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martes, 5 de diciembre de 2023

Moldova: la Caperucita Maia y el Feroz Oso Vladímir


Tal vez cueste imaginar que un uno de diciembre, fecha en la cual los rumanos celebran su fiesta nacional, miles de ciudadanos de la República Moldova, territorio controlado hasta 1990 por la extinta Unión Soviética, salgan a la calle para bailar la hora, la danza popular que ameniza los jolgorios de varios pueblos balcánicos y carpáticos: rumanos, búlgaros, serbios o griegos. La hora se baila en círculo; puede sonar una música lenta o rápida, siempre adaptada al estado de ánimo de los bailarines, hombres y mujeres que suelen entonar estrofas de canciones folclóricas o patrióticas aprendidas desde la más tierna infancia.  

Pero el pasado sábado – uno de diciembre – las celebraciones han revestido un carácter particular. Miles de habitantes de la ex república soviética salieron la calle ondeando enormes banderas rumanas y cantando la Hora Unirii – himno de la unión – escrita para celebrar la unificación, hace más de un siglo, de los principados que iban a conformar el joven reino de Rumanía. A los pobladores de Moldova, país vecino de Ucrania y de la Federación Rusa, este uno de diciembre les brindaba la oportunidad de refirmar su pertenencia a una nación separada por fronteras artificiales. Su patria – Besarabia – fue troceada por el imperio austrohúngaro, el reino de Polonia, la revolución rusa de 1917. No hay que extrañarse, pues, si muchos moldavos sueñan con la reunificación, con la vuelta a… Rumania, el país creado en 1862 por los unionistas liberales de Moldova y Valaquia.

Mas no todos los pobladores de Moldova comparten este deseo. Pera la presidenta Maia Sandu, una economista formada en los Estados Unidos, que llegó a ostentar un importante cargo en el Banco Mundial, el provenir de su país pasa forzosamente por la integración en las estructuras euroatlánticas.  Sandu no descarta la colaboración con las autoridades rumanas, muy generosas a la hora de apoyar, tanto política como económicamente, este exiguo territorio que apenas cuenta con 2,7 millones de habitantes; algo menos que la población de Bucarest o de Madrid.

Huelga decir que los contrincantes de Sandu en la campaña por la presidencia de Moldova fueron el político prorruso Igor Dodon, líder del Partido Socialista, que se las ingenió para tener unos ingresos extra de 45.000 dólares mensuales procedentes de las arcas del Kremlin, y también el avezado hombre de negocios Ilan Șor, que fundó su propia agrupación política, el Partido Chance, convertido en el altavoz de la propaganda mscovita en Chișinău.

Dodon, acusado de corrupción, desaparecio de la palestra hace unos años. Por su parte, Șor, que hace gala de su doble nacionalidad – moldava e israelí - navega entre Chișinău y Tel Aviv. Sus contactos con los organismos oficiales rusos son archiconocidos. El Servicio de Inteligencia y Seguridad de Moldova (ISS) afirma tener constancia de varias transacciones de dinero ruso destinado a Chance a través de ciudadanos de terceros países, como por ejemplo… Kazajstán.

Pero hay más; el ISS asegura que entre los contactos rusos de Ilan Șor destacan el empresario Igor Ceaika, hijo del ex fiscal general de Rusia y amigo personal de Vladímir Putin, así como el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, artífices ambos de proyectos destinados a derrocar a la presidenta Sandu y devolver Moldova a la zona de influencia de Rusia. El rotativo estadounidense Washington Post se hizo eco de la noticia, citando como fuente tanto a la inteligencia moldava como al servicio de contraespionaje ucranio, que suministró datos concretos sobre la financiación de los intentos de desestabilización por parte de Rusia. Aparentemente, Moscú se habría gastado entre 55 y 90 millones de dólares en la campaña contra las instituciones moldavas. A ello se suma un rocambolesco plan que contemplaba el envío de un ejército de mercenarios extranjeros – rumanos, búlgaros, sirios, turcos y kazajos – encargado de llevar a cabo atentados terroristas.

Ficticia o real, la situación de inestabilidad política generada por el feroz oso ruso incita a Maia Sandu a recurrir, una y otra vez, a su mantra: Urge nuestra integración en la OTAN.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Putin - Erdogan: en tablas

 

Aseguran los testigos que el diálogo entre los dos jefes de Estado parecía estar sacado de una obra de teatro del dramaturgo franco-rumano Eugène Ionesco:

Vladímir Putin: Querido amigo Erdogan: Sé que tiene la intención de plantear la cuestión del acuerdo de cereales. Estamos abiertos a negociaciones sobre el tema.

Recep Tayyip Erdogan: Hermano Putin, traigo una propuesta irrenunciable. Se la envía el Secretario General de las Naciones Unidas. El mundo entero está esperando noticias sobre el porvenir del corredor de cereales.

Vladímir Putin: ¿Trae también noticias sobre sobre el centro de distribución de gas natural (ruso) de Turquía? Luego hablaremos del acuerdo sobre cereales.

Esta vez, los conciliábulos a alto nivel se parecían más a un regateo en el zoco.

Erdogan venía con buenas intenciones; se trataba de resucitar la iniciativa del Mar Negro, que Moscú abandonó en el mes de julio, alegando que Occidente no había cumplido su parte del trato. También pretendía el sultán reforzar su imagen de mediador entre dos países en guerra – Ucrania y Rusia – y sacar rédito del prestigio obtenido a nivel nacional, uno de los factores clave que facilitó su victoria electoral el pasado mes de mayo.  Sin embargo, esta vez…

Vladímir Putin, conocedor de la propuesta redactada por el portugués Antònio Guterres, secretario general de la ONU, exigía más, mucho más. En principio, el paquete de medidas elaborado por las Naciones Unidas debía facilitar las exportaciones de alimentos y fertilizantes rusos, interrumpidas por las medidas adoptadas por Occidente en 2022. Cierto es que las restricciones no afectan, en principio, los productos alimentarios y los fertilizantes. Sin embargo, la desconexión de los bancos rusos del sistema SWIFT y el bloqueo de los activos de empresas rusas congelados en Occidente frenaron las exportaciones. A ello se deben añadir las trabas impuestas a las aseguradoras, navieras y entidades financieras interesadas en el comercio con Rusia.

Entre las propuestas enviadas por Guterres figura la conexión de la filial europea del Banco Agrícola ruso Rosseljozbank al sistema electrónico de pagos SWIFT, así como el desbloqueo de algunos activos. Sin embargo, Putin estima que no es bastante generosa. ¿Reconectarse a SWIFT? ¿Por qué no? ¿Ampliar la lista de entidades bancarias beneficiarias de la generosidad de la ONU? Por supuesto. Y ya que estamos, ¿no convendría pedir la reapertura del gasoducto de Togliatti – Odessa, utilizado para la exportación de fertilizantes rusos a través de los puertos ucranios? ¿O el levantamiento del embargo al suministro de recambios para tractores? Es de justicia.

Erdogan se comprometió a trasladar la contrapropuesta de Putin a las Naciones Unidas.  La reactivación del acuerdo de cereales tendrá que esperar.

Durante la rueda de prensa conjunta celebrada al final de las consultas, alguien aludió a la crisis alimentaria que provocaría el bloqueo de las exportaciones de grano de Ucrania, al espectro de la hambruna.

La cuota de mercado de las exportaciones de cereales ucranios es del 5 por ciento, respondió fríamente Vladímir Putin. Añadió el hombre fuerte del Kremlin que Rusia suministrará un millón de toneladas de cereales a los puertos turcos, que asegurarán su posterior transporte gratuito a países del tercer mundo. El operativo sería financiado por Qatar, país amigo de Rusia y de Turquía.

Poco trascendió sobre el porvenir del centro de distribución del gas natural ruso de Turquía. Aparentemente, ambos países tienen interés en la puesta en marcha del proyecto, que facilitaría el suministro del gas ruso a otros Estados del Mediterráneo. Rusia tiene interés en acelerar el proceso. Turquía recuerda, sin embargo, eso sí, en voz baja, que el gasoducto Turkish Stream, construido en cooperación con Moscú, ha sido atacado repetidamente con drones. ¿Drones? Erdogan prefiere guardar silencio.

Putin – Erdogan: en tablas. Cuando las cosas se complican…

jueves, 3 de agosto de 2023

El siglo de Turquía (II) Mirando hacia La Meca

 

La próxima cumbre Putin-Erdogan se celebrará próximamente en un lugar de Anatolia. Lo acaba de anunciar el portavoz del Kremlin, resumiendo un extenso diálogo mantenido por el zar de todas las Rusias y el sultán del renaciente Imperio Otomano o, tal vez del Gran Turán, el nuevo engendro de los ideólogos de Ankara, que irrita sobremanera a los estrategas moscovitas. Con razón: el Gran Turán es una nueva variante de los dominios del Imperio; un proyecto de tipo confederal que, lejos de contemplar una islamización tosca y la sumisión total, presenta una forma suave y civilizada de mahometismo, más acorde con la tradición laxista de la Sublime Puerta o del Estado Moderno fundado por Mustafá Kemál Atatürk.

La reciente presentación del mapa del Gran Turán, comercializada en las librerías y los zocos de Turquía, ha causado sorpresa, incredulidad e incluso ira en la planta noble del Kremlin. En efecto, el hipotético dominio de los nuevos otomanos se extiende a tierras de los Urales, las antiguas repúblicas caucásicas de la URSS, pobladas por tribus turcomanas, gran parte del suelo iraní y la zona norte de la República Popular China habitada por los uigures. El proyecto, que destaca la importancia geopolítica de Turquía, neutralizará casi por completo a Rusia y a Irán, limitando las pretensiones geopolíticas de China. No hay que extrañarse, pues, si en Moscú se habla de los delirios de grandeza de Erdogan.

El conflicto de Ucrania podría tener una nueva víctima: el vínculo entre Putin y Erdogan, advertía recientemente el Washington Post. Craso error. Sin embargo, el aparente cambio de rumbo del presidente turco al tratar de allanar al menos, aparentemente, el ingreso de Suecia a la OTAN, ha generado en Occidente una oleada de comentarios sobre un posible distanciamiento de Turquía de Rusia y un hipotético regreso al redil atlantista. ¿Cuánto tiempo puede durar la relación especial entre Vladimir Putin y Erdogan?, preguntaban los articulistas del primer mundo, incapaces de comprender que el líder turco está manejando las relaciones internacionales de Ankara de la manera que considera más benéfica para los intereses de Turquía y, sobre todo, para su propia supervivencia política.

¿Alejarse del Kremlín a cambio de los 13.000 millones de dólares ofrecidos casi in extremis por Joe Biden para sanear el estado de las finanzas de Ankara o por la flotilla de cazas F-16 apalabrada con Washington desde hace más de un año? El guion resulta bastante extravagante. Para los turcos, Rusia es y seguirá siendo el gran vecino al que le unen importantes lazos históricos. Un vecino amable en tiempos de paz, un temible rival, en épocas de conflicto.

Al evaluar la importancia de las relaciones con los países de la región, Erdogan sigue las normas de la sabiduría musulmana: Más vale estar a buenas con los vecinos que con la familia.  Y los vecinos, Rusia, Bulgaria, Rumanía, Israel, Egipto, Arabia Saudita, cuentan con la transigencia de Turquía.

Las relaciones con Moscú y Pekín se perfilarán en el mes de agosto, durante la cumbre de los Estados de BRICS, que estudiará la solicitud de adhesión de Ankara al nuevo bloque económico que pretende acabar con el mundo unipolar ideado por Washington.

Pero los proyectos de Erdogan no se limitan a definir el porvenir de las relaciones con China y Rusia: hay más vecinos con los que pretende entablar lazos de amistad y, ante todo, de cooperación económica y financiara Es el caso de Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo Pérsico. 

Recientemente, el gigante petrolero saudí ARAMCO se reunió con 80 contratistas turcos para evaluar la posible puesta en marcha de proyectos por un valor de 50.000 millones de dólares.  Se nos invita a participar a la construcción de refinerías, oleoductos, edificios administrativos, obras de infraestructura, señala el presidente de la Asociación de Contratistas de Turquía, Erdal Eren.  

ARAMCO, la tercera empresa petrolera del mundo, pretende apoyar a las empresas turcas, afectadas tanto por los vaivenes de la guerra en Ucrania como por los terremotos que se cobraron la vida de unas 50.000 personas a comienzos de este año. Un detalle importante, teniendo en cuenta que las dos principales potencias regionales – Turquía y Arabia Saudita - se habían distanciado en los últimos tiempos debido a los vínculos del clan Erdogan con la secta de los Hermanos Musulmanes, desaprobada por la monarquía wahabita, y el asesinato, en 2018, en el consulado saudí de Estambul del periodista Jamal Khashoggi, opositor de la Casa Real saudí. 

El interés de ARAMCO en involucrar a las empresas turcas puede interpretarse como parte de los intentos de reconciliación entre Ankara y Riad. Sabido es que Erdogan está buscando alternativas para aliviar la presión ejercida por las instituciones financieras del primer mundo sobre la economía turca. En este contexto, los contratos con los países del Golfo Pérsico, incluida ARAMCO, forman parte de la estrategia postelectoral del presidente turco para tratar de neutralizar los efectos negativos de las presiones económicas.  

Por otra parte, conviene señalar que el heredero de la Corona saudí, Mohammed bin Salman (MBS), ha sido más que generoso con el sultán, al regalarle el pasado año 5 millones de dólares, invertidos en proyectos industriales turcos.


En la República Turca del Norte de Chipre, territorio ocupado por Ankara desde la invasión de 1974, proliferan los bancos saudíes y libaneses. Además, durante la era Erdogan, Turquía se ha convertido en un gran mercado para las mezquitas “prefabricadas” en Arabia Saudí.


Cierto es que, durante la reciente campaña electoral, Erdogan mencionó solo a dos amigos extranjeros - Rusia y los países del Golfo - como fuentes de financiación de la economía. Se puede decir que Putin y las monarquías del Golfo le ayudaron a ganar la consulta electoral, asegura el analista económico Soner Cagaptay, quien confía en la profundización de los lazos turco-sauditas y turco-emiratíes en el futuro. Es la opción estratégica que otorgaría a Turquía la independencia frente a Occidente, añade 


Pero, ¿qué persiguen exactamente los saudíes al normalizar sus relaciones con Ankara? ¿A qué se debe la repentina generosidad del príncipe bin Salmán? ¿Ingenuidad, solidaridad, visión geoestratégica? Es preciso recordar que los saudíes financiaron, en las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, la construcción de la bomba atómica paquistaní la llamada bomba islámica.  También podrían decantarse por sacar a flote la maltrecha economía turca o… dedicar ¿por qué no? parte de su riqueza a la creación del por ahora estrafalario Gran Turán.

 


viernes, 2 de diciembre de 2022

Turquía: la "guerra hibrida" de la Casa Blanca

 

La alarma saltó el 14 de noviembre, escasas horas después del atentado perpetrado en la céntrica calle Istiklal de Estambul por una mujer kurda procedente de Siria. La acción terrorista dejó seis muertos y más de ochenta heridos. Nada nuevo bajo el sol, aseveraron los analistas políticos de la antigua capital otomana. Turquía se había acostumbrado a los ciclos de violencia provocados por el constante enfrentamiento con los grupúsculos paramilitares kurdos, tachados de marxistas a sueldo de Moscú o de Alemania del Este en los años 70 y 80 del siglo pasado. Después de la desintegración de la URSS y la caída del Muro de Berlín, los kurdos se quedaron sin padrinos, aunque no sin armas.

El ministro turco del Interior, Suleyman Soylu, sorprendió a los diplomáticos extranjeros al rechazar, abierta y públicamente, las condolencias de la Embajada estadounidense. Sabemos dónde se coordinó el ataque. Hemos recibido el mensaje que nos han enviado. No aceptamos las condolencias de la Embajada, manifestó el titular de Interior, quien había criticado la postura de Estados Unidos frente al acto terrorista, pero sin revelar el verdadero motivo del descontento de Ankara.

¿Cuál era el contenido oculto del mensaje al que se refería Soylu? Pese a los múltiples y constantes roces con Washington, Turquía había adoptado una postura pro occidental en el conflicto de Ucrania. Al envío de los drones Bayraktar TB2, suministrados al ejército de Kiev, se suma la presencia – aún no confirmada – de misiles de medio alcance fabricados por la industria armamentística turca. Aparentemente, este escabroso detalle no entorpece las bunas relaciones con Moscú. Turquía es un buen cliente de Rusia. A las importaciones que van viento en popa, se suma otro atractivo: desde la introducción de las sanciones occidentales, los aeropuertos de Anatolia se han convertido en la única puerta de salida para los viajeros rusos.

Comercio, turismo, cooperación en materia de defensa, suministro de tecnología nuclear… Decididamente, el laxismo de las autoridades de Ankara no es del agrado de Washington. Después de todo, Turquía es uno de los miembros fundadores de la OTAN; uno de los baluartes de la Alianza Atlántica, que coquetea descaradamente con Rusia y con Irán, acérrimos enemigos de Occidente. ¡Incomprensible! ¡Intolerable!

¿Incomprensible? Olvidan los detractores de Erdogan que, en el verano de 2016, cuando se gestó la intentona golpista contra el presidente turco, los servicios de inteligencia occidentales permanecieron mudos. Curiosamente, los únicos que le advirtieron al sultán - presidente sobre el peligro inminente fueron los agentes de la KGB destinados en Ankara. Obviamente, el sultán puede ser cruel, aunque también… agradecido. La gratitud al Kremlin produjo un hondo malestar en la Casa Blanca. El entonces presidente Obama y su mano derecha, Joe Biden, trataron de recomponer los platos rotos. ¿La culpa? La culpa no es de nadie; es de todos. Así lo comprendió, en su momento, Recep Tayyip Erdogan.

Los Estados Unidos están llevando a cabo una guerra hibrida contra Turquía e Irán, afirmaba la pasada semana la prensa moscovita proclive al Kremlin, que no debería llegar a manos del lector occidental. ¿Los motivos?

Muy sencillo: algunos rotativos rusos aseguran que Estados Unidos participaron en la orquestación del reciente ataque terrorista de Estambul e incitaron a los servicios secretos de Kiev a sabotear, por segunda vez en menos un año, el gasoducto TurkStream, que suministra gas natural ruso no sólo a Turquía, sino también a Europa del Este y región balcánica. El intento de sabotaje se produjo poco después de la propuesta de Vladímir Putin de convertir a Turquía en centro para la distribución del gas ruso a Europa.

¿Se trata de castigar a Erdogan por su empeño en buscar un equilibrio entre sus compromisos con la OTAN y el deseo de cooperar con los BRIC y con la Organización de Cooperación de Shanghái, de su voluntad de llevar a cabo una política asiática independiente?

El periodista y politólogo turco Onur Sinan Guzaltan, autor de varios libros sobre la geopolítica del Mediterráneo y el Mundo Árabe, estima que Estados Unidos no tiene interés alguno de contar con países fuertes en la región, recordando que Washington intervino en Yugoslavia, Irak, Siria e Irán. Según él, Norteamérica dividió Irak y tratará de emular el ejemplo en Siria y de desestabilizar a Irán.

¿Y Turquía? Turquía trata de hacer frente a la ofensiva de Washington, lo que explica sus dificultosas relaciones con la Casa Blanca. Pero de ahí hasta vaticinar una aparatosa salida de Ankara de la OTAN hay un abismo. O… tal vez no.


jueves, 8 de septiembre de 2022

El camino de espinas de Recep Tayyip Erdogan

 

Lo que podía haber sido una marcha triunfal del islamismo turco hacia un radical cambio de sociedad, hacia la cancelación de la herencia y los vestigios del kemalismo, se está convirtiendo en un sinuoso camino de espinas para el presidente Erdogan.
Consciente de que los cambios estructurales contemplados por su agrupación política – el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) – tropezarán con fuertes reticencias por parte Occidente, aunque también, de un gran porcentaje de la población de su país, el sultán no dudó en dosificar su ofensiva ideológica. No se trataba de hacer borrón y cuenta nueva del legado de Mustafá Kemal Atatürk, el fundador del Estado moderno idolatrado por la mayoría de los habitantes de Anatolia, sino de introducir medidas aparentemente anodinas destinadas a transformar paulatinamente el tejido social de Turquía.
Mas los anodinos cambios desembocaron, en el verano de 2016, en una intentona de golpe de Estado. A Erdogan le salvó un soplo procedente de… los servicios de inteligencia rusos, lo únicos que se molestaron en advertirle sobre el peligro de la conjura. Las consecuencias de la intervención del Kremlin son harto conocidas: militares, policías, jueces, catedráticos y servidores públicos fueron arrestados, investigados, encarcelados o depurados. Pero, ¿en realidad hubo decenas de miles de culpables, de cómplices del golpe? ¿Quiénes fueron los cabecillas del movimiento sedicioso? Erdogan acusó al afamado predicador islámico, Fetullah Gülen, antiguo compañero de camino suyo, de haber urdido el complot. Gülen desmiente, por activas y los pasivas, estas acusaciones. En las capitales occidentales, planea la duda. ¿Fuimos nosotros? ¿Los… o los…? Como la transparencia no es el fuerte de las instituciones heredadas de los otomanos… Lo cierto es que Erdogan decidió vengarse de los oficiales turcos destinados al cuartel general de la OTAN; de allí surgieron algunas complicaciones políticas. ¿Intento de socavar el prestigio de la Alianza Atlántica? ¿Coartada para distanciarse de Occidente? La respuesta de Ankara es, invariablemente, la misma: Somos aliados fieles de la OTAN. Sin embargo, la compra de material militar de origen ruso levantó nuevas sospechas. ¿Cómo compaginar la instalación de sistemas de defensa enemigos con el sofisticado arsenal de misiles de fabricación estadounidense? Las quejas de los atlantistas empezaron a llover. Al igual que las advertencias, las inevitables sanciones del socio norteamericano. El distanciamiento – ficticio o real – coincidió con el incremento de las relaciones estratégicas y comerciales con la Federación Rusa.  Y, curiosamente, con el operativo bélico de Ucrania.
Erdogan siempre presumió de la capacidad de persuasión de Turquía, de la habilidad de su diplomacia a la hora de ofrecer sus buenos oficios como mediador en conflictos internacionales. En el caso concretos de Ucrania, los emisarios turcos lograron organizar varios encuentros entre dignatarios de Moscú y de Kiev. A mediados de esta semana, Ankara hizo correr la voz de que el desenlace del conflicto era inminente; el equipo de Erdogan estaba preparando la alfombra roja para la cumbre de los jefes de Estado. Poco tardó en llegar el mentís, el efecto de la jarra de agua fría.
La guerra sigue, al igual que las presiones ejercidas desde el primer momento por la Administración estadounidense, poco propensa a aceptar la zigzagueante postura del fiel aliado turco, que decidió no sumarse a las sanciones impuestas a Rusia. Erdogan optó por desempeñar el papel de líder de una potencia regional independiente y soberana. Ello implica, forzosamente, no aceptar las sacrosantas reglas dictadas por el Imperio.
Joe Biden no dudó en llamar a Erdogan. Sin embargo, fracasó en el intento de razonar al Gran Turco. No, Turquía no se sumará a las sanciones impuestas por Washington y Bruselas; Ankara tiene su propia política, sus prioridades. El inquilino de la Casa Blanca encargó a sus fieles escuderos transatlánticos, Charles Michel y Ursula von der Leyen, presidentes del Consejo y la Comisión Europea respectivamente, a proseguir la labor de zapa. Misión imposible para quienes trataron de persuadirle a Erdogan que, de momento, Turquía no podrá ocupar el ansiado lugar en el club cristiano de Bruselas. Tocó el turno de la OTAN. El noruego Stoltenberg se llevó a su vez la poco agradable sorpresa de tropezar con la negativa de Erdogan. Y también, con la advertencia: Ankara vetará el ingreso de Suecia y Finlandia, nidos de terroristas kurdos, en la Alianza. Este turco es más inflexible que los comunistas, manifestó uno de los asesores escandinavos del secretario general de loa OTAN.
Quedaba, pues, otra opción; la última. Advertir a los empresarios turcos que el comercio con Rusia, fomentado por Ankara, podría acarrear sanciones por parte del Tesoro estadounidense. El subsecretario de Hacienda, Adewale Adeyemo, advirtió por carta a las empresas e instituciones turcas que comercian con Rusia sobre el riesgo de seguir las pautas del Gobierno Erdogan. El mensaje fue publicado también por el rotativo Wall Street Journal. La respuesta de Ankara no tardó en llegar.
La carta (del Tesoro de EE. UU.) enviada a los círculos empresariales turcos no debería causar ansiedad. Nuestros empresarios deberían sentir que el poder del Estado los acompaña, manifestó el Ministro de Finanzas turco, Nurettin Nebati, quien añadió: Estamos decididos a desarrollar nuestras relaciones económicas y comerciales con nuestros vecinos (rusos) en varios sectores.
Según las estadísticas oficiales, entre los meses de mayo a julio de este año las exportaciones de Turquía a Rusia aumentaron casi un 50% en comparación con el mismo período de 2021.
Más aun; Ankara anunció también que pagará los suministros de gas ruso parcialmente en rublos y potenciará la introducción del nuevo sistema de pago Mir - equivalente y competidor del SWIFT- a Turquía. 
Comentando la interrupción del flujo de gas natural ruso a Europa en represalia por las sanciones impuestas por Occidente, Erdogan afirmó que Europa está cosechando lo que sembró. Más claro, imposible. Para los eurócratas de Bruselas, el sultán se había convertido en un agente del Kremlin. Sin embargo…
En clave europea, el presidente turco tendrá que decidir si da luz verde al anunciado enfrentamiento bélico con Grecia, ideado ante todo para reavivar los sentimientos nacionalistas de su pueblo en vísperas de las elecciones generales del año próximo. Sabido es que el nacionalismo y el chovinismo venden… 
Siguiendo por la senda de espinas, Erdogan también logró defraudar a su amigo Putin. A finales de julio, el presidente turco comunicó a los miembros del Gabinete que su homólogo ruso le había pedido, durante la reunión tripartita celebrada en Teherán, autorizar la creación en Rusia de una fábrica de drones de combate Bayraktar. Los aparatos, utilizados por el ejército ucranio, se habían convertido en la pesadilla del cuerpo expedicionario ruso. Pero Erdogan ha dejado muy claro que Turquía no venderá los Bayraktar TB2 a Moscú.
El dueño de la empresa Baykar, que fabrica los drones, se apresuró en poner los puntos sobre las íes. Para nosotros, el dinero no es una prioridad. El dinero y los recursos materiales nunca han sido el objetivo de nuestro negocio. Nuestra amistad y cooperación con Ucrania vine de muy antiguo. No importa cuánto dinero nos ofrezca Moscú, seremos honestos; los drones TB2 no se venderán a Rusia", manifestó Haluk Bayraktar, director ejecutivo de Baykar y… yerno de Erdogan.  
Al final, Rusia tuvo que recurrir a drones de fabricación iraní, más voluminosos y menos fiables que los turcos. A Putin no le queda, pues, más remedio que recorrer parte del camino de espinas de su cambiante socio y amigo Erdogan.

miércoles, 24 de agosto de 2022

Erdogan: encomendándose a Dios y al diablo

 

Erdogan, el político mutante; Erdogan, el ser camaleónico… Últimamente, resulta cada vez más difícil analizar el discurso del presidente turco, apreciar en su justo valor el porqué de su zigzagueante actuación política. Recep Tayyip Erdogan navega entre dos mundos, dos galaxias, mejor dicho. Hace apenas unas semanas, cuando el presidente turco ultimaba en Soci los acuerdos de cooperación económica y militar con Vladimir Putin, el rotativo británico Financial Times se hacía eco del malestar reinante en los círculos más ortodoxos de la Alianza Atlántica, que tildaban a Erdogan de traidor, cuando no de criado del Kremlin. Más aun; el diario insinuaba que algunos integrantes del núcleo duro de la OTAN, cuya identidad no revelaba, coqueteaban con la idea de expulsar a Turquía de la Alianza.

Hace apenas unas horas, el político turco recuperó los favores de Occidente al afirmar - en un foro internacional de corte atlantista - que la anexión de Crimea por parte de Rusia fue ilegitima e ilegal y que la devolución de la península a Ucrania, de la que es parte inseparable, es un requisito básico del derecho internacional. Sus palabras, aplaudidas por los participantes en la Plataforma de Crimea, iniciativa del presidente Zelensky que cuenta con el aval diplomático y apoyo financiero de la Casa Blanca, provocaron la ira del Kremlin. ¿Devolver, qué? ¿A quién? Los truenos de Moscú dejaban presagiar una abrumadora tormenta. Para despejar el horizonte, Erdogan recurrió a los servicios de su portavoz presidencial, Ibrahim Kalin, quien se apresuró de poner los puntos sobre las íes.

Si se llega a un acuerdo entre Ucrania y Rusia, Crimea debería volver a formar parte de Ucrania, puntualizó Kalin ante las cámaras de la CNN. Y añadió: Crimea fue anexionada ilegalmente. La postura de Turquía no ha variado desde 2014; Crimea es parte del territorio ucraniano.

 Una de cal y otra de arena. Es difícil navegar entre dos aguas; comprar tecnología nuclear a Rusia y vender drones al Ejército de Ucrania. Pero Erdogan se complace en desempeñar este papel de puente entre potencias beligerantes, de mediador, de artífice de la paz entre Moscú y Kiev. De contar con el visto bueno del Congreso de los Estados Unidos para la compra de cazas F – 16; de ganar las próximas elecciones generales turcas. Un juego endiablado, que los políticos y los estrategas occidentales difícilmente logran entender.

Pero hay más. El dignatario turco se guarda unos ases en la manga. En efecto, durante la teleconferencia, Erdogan aludió también a la situación de la minoría tártara de Crimea, recordando que la defensa de los compatriotas de península constituye una de las prioridades de Ankara.  El mandatario exigió, la liberación del presidente de la Unión de Tártaros de Crimea, Nariman Dzhelyal, así como de los 45 militantes nacionalistas detenidos en 2021 por las fuerzas de seguridad rusas.

Los tártaros de Crimea, que han padecido muchas injusticias a lo largo de la historia, desean vivir dignamente en su país. Turquía seguirá apoyando al gobierno ucraniano y a los tártaros de Crimea en el proceso de pacificación del país, manifestó Erdogan.

Cierto es que algunos políticos o medios de comunicación occidentales olvidan o pura y simplemente ignoran el hecho de que Crimea formó parte del Imperio Otomano durante tres siglos. El Estado turco moderno se siente responsable por la suerte de estos compatriotas quienes, en condiciones normales, recibirían - al igual que la mayoría de las comunidades tártaras de los Balcanes - la protección consular y el apoyo político y cultural de Ankara. Algo completamente inimaginable bajo la administración rusa.

domingo, 10 de abril de 2022

Para que Rusia no vuelva a levantar cabeza


 De cómo atenazar a Rusia. Este fue el extraño mensaje que recibieron los lectores de una prestigiosa revista de relaciones internacionales que se publica en Nueva York. Sucedió allá, a comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, en pleno idilio entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov.

¿Atenazar a Rusia? Los tiempos habían cambiado y la percepción del mudable coloso ruso poco tenía que ver con los estereotipos empleados durante los primeros años de la Guerra Fría. En principio, el país de la glasnost y la perestroika gozaba de la aún embrionaria simpatía del mundo libre. Sin embargo…

Atenazar a Rusia. Eliminar al gigante soviético de la lista de las superpotencias mundiales. Fue éste el sueño de varias generaciones de mandatarios occidentales. El aliado de la Segunda Guerra Mundial debía tornarse, forzosamente, en enemigo de nuestra civilización, en adversario de nuestros valores. Aun así, aquel informe realizado por un equipo de politólogos de la Universidad de Yale resultó más bien desconcertante. ¿Eliminar a Rusia (soviética) en el momento en que Gorbachov parecía dispuesto a aceptar las exigencias de la Casa Blanca, a hacer un sinfín de concesiones? Obviamente, los autores del documento habían elaborado una estrategia a largo plazo. ¿Se trataba de relegar a Rusia al estatuto de simple potencia regional, como la calificó años más tarde Barack Obama? El proceso, que implicaba la creación de un cordón sanitario en las fronteras europeas y la asociación de China a la tenaza contra Moscú, estaba en marcha. La primera fase – el acercamiento de la Alianza Atlántica a los confines de la Federación Rusa – finalizó durante el mandato de Obama. La segunda – la conquista de China – no llegó a materializarse.

En el Viejo Continente, se daban las condiciones para un enfrentamiento con el oso ruso. Sin embargo, el Kremlin no movía ficha. Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente de los Estados Unidos durante el mandato de Obama, se estrenó en la presidencia empleando un lenguaje agresivo para con Vladimir Putin. Las poco diplomáticas descalificaciones se prolongaron hasta después de la cumbre celebrada en Ginebra en junio del pasado año, durante la cual el presidente ruso rechazó la propuesta de sumarse al proyecto globalista de los socios de Biden.

Obviamente, había que atenazar a Rusia. Para ello, hacia falta encontrar un anzuelo. ¿Por qué no… Ucrania? Un país vecino de Rusia, donde reinaba una corrupción galopante, donde el nacionalismo y la rusofobia hallaron carta de naturaleza, donde habían surgido, con el beneplácito de Occidente, movimientos neonazis, donde se hallaban doscientos asesores militares estadounidenses, donde funcionaban bio-laboratorios financiados por instituciones públicas y privadas norteamericanas. (Los nombres y la ubicación de estos proyectos figuraban, hasta la invasión de las tropas rusas, en la página web de la Embajada de los Estados Unidos en Kiev).

El Kremlin tardó en aceptar el reto de Biden, quien había fijado incluso la fecha de la invasión.

En 2004, durante la revolución naranja que propició la caída del Gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich, la canciller alemana Angela Merkel se negó a avalar al conglomerado de agrupaciones políticas que protagonizaban el cambio. La identidad de los emisarios del movimiento Maidán no le inspiraban confianza. Ello explica las recientes críticas contra la excanciller formuladas por Volodímir Zelensky.

Pero la guerra entre Washington y Moscú, la auténtica guerra de los globalistas contra los tradicionalistas, se libra en otro campo de batalla. Las divisiones de la Alianza Atlántica y los misiles nucleares de Rusia se desvanecen ante las sanciones impuestas a Moscú por Occidente. Se trata de un arma de doble filo, cuya utilización no coge desprevenido a Vladímir Putin. Hace tiempo que Rusia contempla la opción de llevar a cabo cambios sustanciales en la estructura económica y financiera del planeta.

Cambios económicos: tratando de resucitar y reactivar el bloque BRICS, compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que representa al 40 por ciento de la población mundial y genera gran parte del PIB de nuestro planeta. La decisión se produce una semana después de que el presidente Biden dijera que se establecería un nuevo orden mundial liderado por los Estados Unidos.

Cambio en el sistema financiero: para los dignatarios rusos, el abandono del dólar y el euro como principales reservas mundiales no parece un proyecto descabellado. Según ellos, un sistema financiero renovado debería basarse en la preponderancia de las monedas regionales – rublo, yuan, etc. – vinculados al patrón oro. Tanto Rusia como China utilizan este sistema de compensaciones, ante la gran desesperación de la banca tradicional, preocupada por la constante revaluación de dichas monedas.

Atenazar a Rusia. Cierto es que China no ha seguido el guion escrito por los politólogos de Yale. Y ello, pese a las concesiones de Washington a la hora de negociar nuevos acuerdos comerciales con Pekín, a las inevitables sanciones económicas, los intentos de soborno y, como no, la amenaza militar que supone la creación de la alianza militar AUKUS, que los chinos interpretan como un desafío directo.

La verdadera guerra será, pues, una guerra económica. Con vencedores y vencidos, inevitablemente. Cabe preguntarse qué pasaría si la estrategia de las tenazas no surte efecto. Es el dilema afrontan actualmente los economistas occidentales.   

sábado, 25 de diciembre de 2021

Gorbachov denuncia la "arrogancia" de Washington


Mijaíl Gorbachov, el nonagenario dirigente soviético acusado por los medios de comunicación británicos de haber perdido un imperio en unas Navidades, volvió a la palestra esta semana, escasas horas después de la celebración de la explosiva rueda de prensa anual del actual líder del Kremlin, Vladimir Putin, quien acusó a los Estados Unidos y la OTAN de haber engañado miserablemente a Rusia en las últimas décadas.

A primera vista, el resurgir de Gorbachov parecía fortuito. En su caso, se trataba de rememorar el 30 aniversario de la desaparición de la Unión Soviética, el gigante que se desmontó de un plumazo en diciembre de 1991, cuando los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el acta de defunción de la URSS. Se trataba, según Gorbachov, del lógico final de la Guerra Fría.

Treinta años después, el último líder del imperio soviético entona la mea culpa. Sí, Occidente lo había engañado. Su interlocutor predilecto, Ronald Reagan, le había advertido en reiteradas ocasiones: Fíate de mi palabra, pero comprueba los hechos… Pero Gorbachov se limitó a fiarse de las palabras de sus interlocutores estadounidenses. Al igual que su sucesor, Boris Yeltsin, controvertido personaje que acabó desmantelando el sistema comunista antes de… darse de baja del Partido. Un confuso legado para su heredero, el crédulo Vladimir Putin.

Para el actual inquilino del Kremlin, el colapso de la URSS fue el mayor desastre geopolítico del siglo XX. Una decisión que Putin, al igual que los ultranacionalistas de Vladimir Jhirinovsky, considera un punto de inflexión para el declive de Rusia.

Para Gorbachov, el desmembramiento de la Unión Soviética alimentó la arrogancia de los Estados Unidos, facilitando la expansión de la Alianza Atlántica hacia el Este. Los Estados Unidos adoptaron una postura triunfalista, considerando que fueron ellos los vencedores de la Guerra Fría. Olvidan que la confrontación y la carrera nuclear quedaron superadas gracias al esfuerzo conjunto de Moscú y Washington, añade.

El último presidente de la Unión Soviética confía en que las negociaciones de seguridad ruso-norteamericanas, solicitadas por el equipo de Putin, finalizarán con resultados positivos. Entre las demandas presentadas por el Kremlin figuran la congelación de las candidaturas a la OTAN de dos países limítrofes – Ucrania y Georgia – así como el compromiso formal de Occidente de no abrir nuevas bases militares en el territorio de Estados pertenecientes a la antigua URSS.  

La tardía reacción de Mijaíl Gorbachov coincide, pues, con el aniversario del colapso de la Unión Soviética. Una fecha en la cual muchos ciudadanos de la Federación Rusa añoran los buenos viejos tiempos del autocrático régimen de los gulags. No, desengañemos; los nostálgicos de la URSS prefieren centrarse en la grandeza de la fenecida segunda potencia mundial, pasando un tupido velo sobre los aspectos sombríos del régimen de los soviets.

¿El pasado? Recuerdo aquel día de noviembre de 1985, cuando el entonces primer secretario del PCUS nos invitó a la inexpugnable sede ginebrina de la Unión Soviética ante la ONU para hablarnos de los importantes cambios que se avecinaban. Fue un discurso sorprendente.

Al abandonar el recinto de la misión diplomática, escuché el comentario de dos agentes de seguridad – probablemente miembros de la KGB – que no daban crédito a sus oídos: Pero, ¿qué está haciendo este hombre?

¿De verdad confió en la buena fe de sus interlocutores, Mijaíl Sergueievich? ¿De verdad, camarada Gorbachov?  

Confieso que los periodistas somos algo más incrédulos.  


domingo, 19 de diciembre de 2021

Europa: entre las fábulas de La Fontaine y la abstrusa jerga de la OTAN

 


El convulso panorama internacional, el cruce de acusaciones entre los líderes de las superpotencias, las tensiones fronterizas y las amenazas de conflictos bélicos, sean estas ficticias o reales, me han remitido, forzosamente, a las obras de los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII y, concretamente, a las fabulas de Jean de La Fontaine, quien resumiría metafóricamente el conflicto entre Washington y Moscú de la siguiente manera:

Acercose el zorro de Delaware a la cueva del oso siberiano. Hallándose en el umbral de la osera, divisó la enorme pata del plantígrado, visiblemente molesto por la intromisión del indeseado visitante.

¿Qué hacéis en mi osera?, inquirió el gigante siberiano. 

¡No se le ocurra agredirme! repuso el embaucador legado de la otra extremidad del Planeta. No me agreda, qué llamo a…

¿Quería decir… la OTAN? Sí, en realidad, es lo que dijo.

Este imaginario dialogo tuvo lugar en las orillas del Gran Lago Turco, es decir, del Mar Negro, un territorio que el zorro de Delaware, el león británico y el quiquiriquí galo pretenden conquistar, recurriendo a la vieja y muy manida política de la cañonera. Los tiempos han cambiado; las mentalidades…

Pero volvamos a nuestra época. Traducida al lenguaje periodístico anglosajón, la fabula de La Fontaine se resumiría a la escueta frase: ¿Ucrania? Kiev perdió el tren hacia Occidente; hoy exige desesperadamente que le presten un paraguas.

Ucrania es, en realidad, escenario y protagonista de la crisis que enfrenta a las dos superpotencias. Una crisis que genera inquietud, debido a las amenazas proferidas últimamente por los inquilinos del Kremlin y de la Casa Blanca, que tienen sobradas razones para pensar que son los únicos detentores de la verdad absoluta. Pero en este conflicto prefabricado hay un sinfín de luces y sombras. Quizás más sobras que luces.

La supuesta confusión viene de lejos.  En la primavera de 1990, escasos meses después de la caída del Muro de Berlín, el entonces líder de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, advirtió a su homólogo estadounidense, George W. Bush, que Moscú jamás tolerará asignar a la Alianza Atlántica un papel determinante en la edificación de la nueva Europa. Gorbachov, que contemplaba el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, equivalencia moscovita de la OTAN, tildó el sistema de defensa occidental de símbolo de un peligroso pasado.

La Historia nos dirá si el adalid de la glasnost se equivocó o… se dejó engañar. Lo cierto es que los sucesivos presidentes norteamericanos no dudaron en llevar a cabo políticas encaminadas a integrar a los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia en miembros de pleno derecho de la OTAN. Pese al peligro inminente para su seguridad, Rusia no adoptó una postura firme a la hora de frenar la adhesión de sus antiguos aliados en la estructura militar de Occidente. Sin embargo, la estrategia de Washington y Bruselas parecía transparente. A los candidatos a la adhesión al club de Bruselas, se les instaba a… solicitar el ingreso en la OTAN. La llamada Asociación por la paz de Bill Clinton facilitó en ingreso en la Alianza de varios países de Europa Central y Oriental.

En 2002, durante la primera cumbre de la OTAN celebrada en Praga, la consejera de Seguridad Nacional de la Administración Bush, Condoleezza Rice, hizo hincapié en la expansión de la Alianza a regiones a las que nadie pensó que podría alcanzar. Dos años después, se integraron al bloque Lituania, Letonia, Estonia, Eslovenia, Eslovaquia, Rumanía, y Bulgaria.

Pero aún faltaban piezas en el tablero de los estrategas de Occidente. Se trataba concretamente de los países limítrofes de la Federación rusa: Ucrania, Georgia y la República Moldova, cuyas candidaturas tropezaron con el niet rotundo del Kremlin, preocupado por el imparable avance de la Alianza Atlántica hacia sus confines. ¿Una reacción tardía? Moscú decidió mover ficha en 2014, procediendo a la anexión (o reconquista, según se mire) de Crimea y el inicio de una guerra hibrida en la frontera con Ucrania.

Razones no le faltaban: los sucesivos Gobiernos de Kiev habían intentado un aventurado acercamiento a Occidente apostando ora por sus vínculos históricos con Alemania ora por la ingenuidad del establishment político de Washington. En ambos casos, los intentos fracasaron.

Tras la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, las relaciones entre Washington y Moscú experimentaron un notable deterioro. A la habitual postura intransigente del exvicepresidente de Barack Obama para con Rusia, se sumaron una serie de consideraciones de índole personal que influyen en la actuación del inquilino de la Casa Blanca.

A mediados de noviembre, Vladimir Putin solicitó a Occidente garantías de seguridad debido a las maniobras de la OTAN llevadas a cabo en las inmediaciones de sus fronteras y a la venta de material bélico estadounidense al Gobierno de Kiev. Paralelamente, Moscú incrementó su presencia militar en la frontera con Ucrania, provocando la ira de la Casa Blanca y la OTAN, que no dudó en enviar sus cañoneras, perdón, destructores, al Mar Negro.

En inquilino del Kremlin volvió a insistir sobre la necesidad de contar con garantías de seguridad por parte del conjunto de países occidentales. Esta vez, Rusia advertía: en el caso de no recibir dichas garantías, la respuesta de Moscú sería militar o técnico-militar. Ante la amenaza, Estados Unidos y la Unión Europea se limitaron a anunciar nuevas sanciones contra Moscú, sumando la amenaza: Rusia pagará muy caro una posible agresión contra Ucrania.

Los politólogos rusos tratan de quitar hierro al asunto, asegurando que el Kremlin no tiene intención alguna de desencadenar un conflicto global. Moscú baraja otras opciones, como por ejemplo el incremento de la presencia militar en Bielorrusia, el despliegue de tropas y armas de la última generación en la región de Kaliningrado, enclave ruso en el Mar Báltico, convertido en base de supersofisticados misiles, una guerra hibrida de baja intensidad, con ataques digitales dirigidos contra los Estados Unidos y sus aliados europeos o el anuncio de una nueva y temible generación de misiles hipersónicos, que podrían convertirse en el arma total de un posible conflicto venidero.

En resumidas cuentas y volviendo a las fábulas de La Fontaine, el oso no atacará Ucrania, pero…

domingo, 28 de noviembre de 2021

La Guerra Fría del pacifista Biden

 

Es Joe Biden el presidente pacifista llamado a subsanar los errores de Donald Trump, a hacernos olvidar los exabruptos del multimillonario convertido en estadista autodidacta?  Esta fue, por lo menos, la imagen que nos proyectaron durante la campaña presidencial de 2020 los asesores del partido Demócrata, empeñados en presentar a un candidato capaz de acabar los todos los males que aquejaban una América conmocionada por el inusual estilo del intruso Trump.

Cierto es que Donald Trump revolucionó el panorama político estadounidense. Mejor dicho, lo desajustó, logrando acabar con la alternancia de las dos corrientes dominantes – republicana y demócrata - con una fraseología carente de contenido y la capacidad de amoldarse a inverosímiles compromisos. Sin embargo, tras la salida de Trump de la Casa Blanca, asistimos a una especie de retorno a los viejos modales.

Trato de recordar: el eslogan de Trump fue: América primero; el de su sucesor: América ha vuelto. ¿La vieja América, la tradicional, la conservadora? Biden no tardó en facilitarnos la respuesta: su América es la del poderío militar, de la confrontación entre grandes potencias, de las guerras comerciales, de las famosas listas negras ideadas por políticos anglosajones.  El pacifista instalado en la Casa Blanca no dudó de tildar a su archirrival, Vladimir Putin, de… asesino, reservando un trato más benévolo al líder chino, Xi Jinping.

Joe Biden no tuvo inconveniente en tensar la cuerda de las relaciones con el Kremlin, acercándose cada vez más a los azarosos confines de la Guerra Fría. En los últimos meses, la presencia naval estadounidense en las inmediaciones de las aguas territoriales de Rusia se ha ido acentuando. Vladimir Putin lanzó el grito de alarma, al evidenciar la instalación de sistemas balísticos de la OTAN en Rumania y Polonia, así como la intensificación de las actividades militares de la Alianza Atlántica en Europa oriental y septentrional, así como en la región del Mar Negro. 

Las quejas no son nuevas. Reflejan, sin embargo, el creciente malestar del Kremlin ante el avance estratégico de Washington y sus aliados en la frontera con la Federación rusa. Esta semana, el ministro de defensa ruso, Serguei Shoigu, ha revelado un simulacro de ataque nuclear contra Rusia, llevado a cabo a comienzos de noviembre por bombarderos estadunidenses, que se acercaron a unos 20 kilómetros de la frontera con Rusia. ¿Se trataba realmente de una especie de tenaza nuclear, como pretenden los estrategas militares rusos?  ¿De una advertencia de Occidente ante la movilización de 94.000 soldados en los confines con Ucrania? Lo cierto es que el tono entre Washington y Moscú sube.

A finales de esta semana, la televisión oficial moscovita ha anunciado que Rusia podría destruir – con sus nuevos misiles ASAT - 34 satélites militares de la OTAN, neutralizando por completo los sistemas GPS de los misiles, aviones, barcos y unidades terrestres de la Alianza.

Los ASAT fueron ensayados recientemente al procederse a la destrucción en el espacio de un satélite soviético obsoleto. La metralla resultante de la explosión rebotó en las inmediaciones de la Estación Espacial Internacional, provocando la indignación de Washington y de los expertos de la NASA.

Pocas horas después de este inusual episodio, el jefe de Estado Mayor ruso, Valeri Guerasimov, y su homólogo norteamericano, Mark Milley, sostuvieron una larga conversación telefónica en la que se abordaron asuntos de seguridad relacionados con la tensión en Ucrania, la presencia de efectivos estadounidenses en Europa y la crisis en la frontera entre Bielorrusia y Polonia.  Escasas horas antes de la conversación con Guerasimov, el general Milley conversó con el jefe del Estado Mayor de Ucrania, Valeri Zalujni, reiterando el compromiso de la Administración estadounidense de enviar asesores militares y material bélico al Gobierno de Kiev. Un anuncio que bien valía ciertos esclarecimientos…

jueves, 17 de junio de 2021

Cumbre Biden – Putin: la desconfianza reina

 

¡Qué difícil resulta recomponer los platos rotos! Es lo que debió pensar el octogenario Joe Biden, 46º presidente de los Estados Unidos, al abandonar ayer el escenario de la bucólica Ginebra tras un brevísimo y nada cálido encuentro con su homólogo ruso, Vladimir Putin.  

 

Ginebra tenía que ser, pensamos los veteranos de las cumbres ruso-americanas, cuyo punto de partida fue justamente la ciudad de Calvino, en marzo de 1983. En aquel primer diálogo con la jerarquía soviética, el entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, que había protagonizado varias películas de vaqueros made in Hollywood, quedó impresionado por la simpatía y la preparación intelectual de su interlocutor, Mijaíl Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la URSS. Aún recuerdo la caricatura publicada por el New York Times en la que Reagan preguntaba a uno de sus asesores: ¿Está usted seguro de que Gorbi es comunista? Efectivamente, la percepción que tenía la clase política estadounidense del Gran Satán ruso era completamente distinta.

 

En Ginebra, Mijaíl Gorbachov ofreció un trato al actor presidente: renunciar al comunismo a cambio de la tecnología americana. ¡Ay! Y por cierto; disponer de capital para financiar la compra de esa tecnología. Un Reagan enternecido aceptó la propuesta. Lo demás ya es historia.

 

Mas el rumbo de la historia cambió el 17 de marzo de 2021, cuando Joseph Robinette Biden – Joe para sus compatriotas yanquis - llamó asesino al presidente Putin. El casus belli se saldó con la simple retirada de los embajadores. Pero para arreglar los platos rotos, Joe Biden se vio obligado a llamar al asesino, invitándole a un encuentro en terreno neutral. Ginebra tenía que ser; aquí empezó todo.

 

La reunión entre los dos grandes, cuidadosamente preparada por la diplomacia helvética, duró menos de lo previsto. No hubo apretones de mano ni comida de gala. Los dos estadistas quisieron dejar constancia de que aquello era una especie de titubeante volver a empezar, a poner los cronómetros a cero.

 

Fuentes atlantistas tratan de convencernos que en el orden del día del encuentro figuraban una cincuentena de puntos. Los asesores de la Casa Blanca aseguran que el presidente Biden presentó una lista de 16 sectores estratégicos que Washington pretende proteger. Destacan el sector de las telecomunicaciones, sanidad, alimentación y energía.

Por su parte, Putin resumió los acuerdos con el dignatario estadounidense en los siguientes términos: tras las acusaciones estadounidenses relativas a los ciberataques provenientes de Rusia, existe un acuerdo de principio para iniciar consultas de seguridad cibernética; el inicio de un diálogo sobre estabilidad estratégica y; la decisión relativa al regreso de los embajadores a Moscú y Washington.

 

Ante la aparición de nuevas armas, entre ellas las hipersónicas, Rusia ha propuesto ampliar la agenda de desarme e incluir todas las armas ofensivas y defensivas, tanto nucleares como convencionales, capaces de realizar tareas estratégicas. Todo ello, tras enumerar los recientes abandonos de Washington de los acuerdos de desarme: el Tratado ABM (Misiles Balísticos) en 2002, el Tratado INF (Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio) en 2019 y el Tratado de Cielos Abiertos, que garantiza la transparencia en el control de armamentos en 2020.

 

¿Armamentos? Joe Biden manifestó que, en su opinión, Putin está preocupado por estar cercado por ejércitos extranjeros, insinuando que Washington tenía intención de derribarlo. Nosotros no actuamos contra Rusia; sólo nos interesa la seguridad del pueblo estadounidense, dijo el presidente.  ¿Acaso ello supone que los bombarderos que sobrevuelan el Báltico o los buques de guerra desplegados en el Mar Negro velan por la seguridad de los granjeros de Kansas?

A diferencia de Washington, Moscú no realiza maniobras en los confines de los Estados Unidos, repuso Putin.

Al despedirse, Joe Biden reconoció que el presidente ruso era un oponente digno, pero eso sí, un tipo muy duro. Lejos queda el asesino del mes de marzo. Aun así, nada ha cambiado; la desconfianza reina.


martes, 15 de junio de 2021

La Guerra Fría ha vuelto

 

No la esperábamos tan pronto, pero estábamos persuadidos de que iba a volver. Las últimas manifestaciones de ciertos estadistas, de muchos estadistas, permitían adivinar su retorno. De hecho, el primer interrogante surgió el 10 de noviembre de 1989, pocas horas después de la caída del Muro de Berlín. Despedimos la euforizante noticia con un desalentador Y ahora, ¿qué?, muestra del habitual fatalismo periodístico.

Y ahora, ¿qué? Después de la perestroika, la glasnost, el Nuevo Orden Mundial, la globalización, el episodio del Muro de Berlín se tornó en un ladrillo más lanzado a la cabeza de quienes lidiaban con los intríngulis de la política internacional, tratando de descifrar el pensamiento de los grandes de este mundo, los misterios de las Cancillerías.

Y ahora, ¿qué? Recuerdo la sarcástica despedida de uno de los compañeros: No os preocupéis; todo lo que venga será peor.  No se equivocaba; a la estrepitosa caída de las llamadas democracias populares le siguió el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, brazo armado del Kremlin en los Este europeo, la desaparición de los organismos de cooperación económica, la marcha a pasos agigantados hacia la economía de mercado, la apuesta por el capitalismo salvaje. Nada que ver con la férrea disciplina impuesta por la nomenklatura moscovita, que había dosificado con sumo cuidado los niveles de falacia y corrupción permitidos por el ejemplar sistema socialista.

Pero el espectacular vuelco registrado en los países del Este europeo no logró derribar las murallas del sistema soviético. Más aun, las rebautizadas instituciones se convirtieron en baluartes de un conservadurismo inmovilista. La Madre Rusia volvió a la palestra, disfrazada de su new British look. Pero los arsenales nucleares, las brigadas de tanques, los cazas supersónicos, los misiles intercontinentales y los submarinos atómicos seguían en manos de los mismos oficiales graduados en la Academia Militar Frunze, la West Point de la Unión Soviética. Con la agravante de que…

Con la agravante de que, al no haberse derrumbado el imperio, el Ejército se convirtió en una herramienta clave para la estabilidad de los dueños del Kremlin. Después de la aventura de Afganistán, autentico detonante del integrismo islamista, el poder moscovita volvió a recurrir a las fuerzas armadas en Osetia, Ucrania y Crimea. Con la agravante, eso sí, de que en este caso concreto Moscú no puede alegar que los conflictos tienen como escenario su zona de influencia. Estas zonas han dejado de existir.

Rusia ha establecido bases militares en el Cáucaso, en Oriente Medio (Siria), en el Norte de África (Libia). Sería un error hablar del declive del Ejército ruso. Tal vez por ello los estrategas de la Alianza Atlántica echan en cara a Moscú su política agresiva y desestabilizadora en las fronteras con la OTAN. Unas fronteras que, recordémoslo, no debían haberse desplazado de la Línea Oder-Nisse establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, a la Línea Báltico–Mar Negro, diseñada y bendecida durante el mandato de Donald Trump. Las fronteras de la OTAN son, en realidad, las fronteras de Rusia.

Durante la cumbre de la Alianza celebrada ayer en Bruselas, primera reunión presencial de los jefes de Estado y Gobierno después de la pandemia, los 30 miembros de la OTAN trataron de redefinir las nuevas amenazas. Finalmente, llegaron a la conclusión de que el nuevo enemigo se hallaba en dos países cuya riposta autoritaria atentaba contra el orden establecido: Rusia y China. Según el presidente Biden, que ostentó la vicepresidencia de los Estados Unidos durante el mandato de Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz llamado a gestionar el mayor número de conflictos bélicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Rusia sigue siendo el peor enemigo de las democracias occidentales. ¿Y China? China es el rival más poderoso. El tablero de los conflictos se recompone; ya tenemos enemigo. Enemigos, mejor dicho. Curiosamente, el contrincante se encuentra siempre en el Este.

La asamblea de la OTAN trató de actualizar la postra de los aliados frente a distintas cuestiones, como la elaboración de un nuevo Concepto Estratégico Global, la protección contra los ciberataques, las políticas de disuasión y defensa, la concertación y la cohesión, la financiación común, la resiliencia, y la lucha contra el cambio climático.

Para los tres candidatos permanentes a la adhesión: Ucrania, Georgia y la República Moldova, que reclaman la integración rápida en las estructuras de la Alianza, la cumbre sólo sirvió para escuchar las buenas palabras de sus amigos occidentales. Algo así como un mañana, mañana en varios idiomas. Aparentemente, Joe Biden, que se entrevistará mañana en Ginebra con Vladimir Putin, tomó muy en serio la advertencia del inquilino del Kremlin: si Ucrania se convierte en miembro de la OTAN, será la guerra. En efecto, un misil disparado desde Harkov podría alcanzar Moscú en 7 a 10 minutos. Y este sería el auténtico casus beli.  Pero de esto no se habló en Bruselas; sabido es que la OTAN es una alianza meramente… defensiva. 

domingo, 2 de mayo de 2021

La lista negra de Putin

 

Mientras el llamado “primer mundo” se está mirando el ombligo - mala costumbre adquirida durante siglos de autocomplacencia – en la otra punta del continente europeo se está gestando un singular combate estratégico. Se trata de la respuesta del Kremlin a los variopintos ataques de las Cancillerías  occidentales, que acusan al presidente de la Federación rusa de atentar contra la soberanía de Ucrania al concentrar tropas y blindados en los confines con la secesionista región del Dombás, de violar el ya inexistente statu quo de Crimea, la península ruso-turco-tártara anexionada por Moscú en 2014, de atentar contra la vida del opositor ruso Alexei Navalny, detenido en una cárcel de alta seguridad desde su regreso – en enero de este año – de Alemania, de intentos de influir en los resultados de la campaña presidencial estadounidense del pasado mes de noviembre, utilizando el espionaje electrónico, de…

La lista de acusaciones formuladas por el actual inquilino de la Casa Blanca y su ejército de asesores es excesivamente larga. De hecho, Biden amenazó a Putin con una nueva tanda de sanciones; otra más. Pero esta vez, el ruso dijo basta; ¡sanción con sanción se paga!

Siguiendo el mal ejemplo anglosajón, que consiste en designar cuando no infamar al enemigo, Moscú elaboró a su vez una lista negra de Estados hostiles, que no tardó en filtrar a sus amigos occidentales. Según las ONG europeas que promueven la democracia y defienden los derechos de los ciudadanos de la ex Unión Soviética, la famosa lista incluye los siguientes países: Estados Unidos, Polonia, República Checa, Lituania, Letonia, Estonia, Gran Bretaña, Canadá, Ucrania y Australia.

Detalle interesante: Alemania, principal beneficiario de las ventas de hidrocarburos rusos, no figura en la lista de Moscú. Tampoco aparecen dos países conflictivos ubicados en la orilla del Mar Negro – Bulgaria y Rumania - miembros de la Alianza Atlántica, cuya reciente agresividad verbal podría implicar un deterioro, ficticio o real, de sus relaciones con la Federación Rusa. De hecho, tanto Bucarest como Sofía expulsaron últimamente a agregados militares rusos acusados de espionaje. Si bien en el caso de Rumanía la enemistad es abierta y declarada, al igual que las llamadas de socorro dirigidas a la OTAN y el gran amigo norteamericano, la postura de Bulgaria, defensora a ultranza del paneslavismo, sorprendió a muchos observadores occidentales. Hasta ahora, los sucesivos gobiernos de Sofía se negaron a contemplar acciones dirigidas contra los hermanos rusos. Al parecer, la era Biden se parecerá más, por su agresividad y crispación, a la agitada presidencia de Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz que se dedicó a cultivar un sinfín de conflictos bélicos.

Entre las medidas de retorsión adoptadas por Moscú figura también la prohibición de viajar a Rusia de ocho altos cargos de la UE, lo que provocó la explicable ira del establishment de Bruselas. La UE castiga, pero descarta el principio de reciprocidad.  

Fiel a su trayectoria antirrusa, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión, Josep Borrell, volvió a atacar al Kremlin. Pero sus amenazas cayeron en saco roto; Moscú ya no teme al jefe de la diplomacia comunitaria.  La retórica de míster Europa es poco convincente.