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jueves, 3 de agosto de 2023

El siglo de Turquía (II) Mirando hacia La Meca

 

La próxima cumbre Putin-Erdogan se celebrará próximamente en un lugar de Anatolia. Lo acaba de anunciar el portavoz del Kremlin, resumiendo un extenso diálogo mantenido por el zar de todas las Rusias y el sultán del renaciente Imperio Otomano o, tal vez del Gran Turán, el nuevo engendro de los ideólogos de Ankara, que irrita sobremanera a los estrategas moscovitas. Con razón: el Gran Turán es una nueva variante de los dominios del Imperio; un proyecto de tipo confederal que, lejos de contemplar una islamización tosca y la sumisión total, presenta una forma suave y civilizada de mahometismo, más acorde con la tradición laxista de la Sublime Puerta o del Estado Moderno fundado por Mustafá Kemál Atatürk.

La reciente presentación del mapa del Gran Turán, comercializada en las librerías y los zocos de Turquía, ha causado sorpresa, incredulidad e incluso ira en la planta noble del Kremlin. En efecto, el hipotético dominio de los nuevos otomanos se extiende a tierras de los Urales, las antiguas repúblicas caucásicas de la URSS, pobladas por tribus turcomanas, gran parte del suelo iraní y la zona norte de la República Popular China habitada por los uigures. El proyecto, que destaca la importancia geopolítica de Turquía, neutralizará casi por completo a Rusia y a Irán, limitando las pretensiones geopolíticas de China. No hay que extrañarse, pues, si en Moscú se habla de los delirios de grandeza de Erdogan.

El conflicto de Ucrania podría tener una nueva víctima: el vínculo entre Putin y Erdogan, advertía recientemente el Washington Post. Craso error. Sin embargo, el aparente cambio de rumbo del presidente turco al tratar de allanar al menos, aparentemente, el ingreso de Suecia a la OTAN, ha generado en Occidente una oleada de comentarios sobre un posible distanciamiento de Turquía de Rusia y un hipotético regreso al redil atlantista. ¿Cuánto tiempo puede durar la relación especial entre Vladimir Putin y Erdogan?, preguntaban los articulistas del primer mundo, incapaces de comprender que el líder turco está manejando las relaciones internacionales de Ankara de la manera que considera más benéfica para los intereses de Turquía y, sobre todo, para su propia supervivencia política.

¿Alejarse del Kremlín a cambio de los 13.000 millones de dólares ofrecidos casi in extremis por Joe Biden para sanear el estado de las finanzas de Ankara o por la flotilla de cazas F-16 apalabrada con Washington desde hace más de un año? El guion resulta bastante extravagante. Para los turcos, Rusia es y seguirá siendo el gran vecino al que le unen importantes lazos históricos. Un vecino amable en tiempos de paz, un temible rival, en épocas de conflicto.

Al evaluar la importancia de las relaciones con los países de la región, Erdogan sigue las normas de la sabiduría musulmana: Más vale estar a buenas con los vecinos que con la familia.  Y los vecinos, Rusia, Bulgaria, Rumanía, Israel, Egipto, Arabia Saudita, cuentan con la transigencia de Turquía.

Las relaciones con Moscú y Pekín se perfilarán en el mes de agosto, durante la cumbre de los Estados de BRICS, que estudiará la solicitud de adhesión de Ankara al nuevo bloque económico que pretende acabar con el mundo unipolar ideado por Washington.

Pero los proyectos de Erdogan no se limitan a definir el porvenir de las relaciones con China y Rusia: hay más vecinos con los que pretende entablar lazos de amistad y, ante todo, de cooperación económica y financiara Es el caso de Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo Pérsico. 

Recientemente, el gigante petrolero saudí ARAMCO se reunió con 80 contratistas turcos para evaluar la posible puesta en marcha de proyectos por un valor de 50.000 millones de dólares.  Se nos invita a participar a la construcción de refinerías, oleoductos, edificios administrativos, obras de infraestructura, señala el presidente de la Asociación de Contratistas de Turquía, Erdal Eren.  

ARAMCO, la tercera empresa petrolera del mundo, pretende apoyar a las empresas turcas, afectadas tanto por los vaivenes de la guerra en Ucrania como por los terremotos que se cobraron la vida de unas 50.000 personas a comienzos de este año. Un detalle importante, teniendo en cuenta que las dos principales potencias regionales – Turquía y Arabia Saudita - se habían distanciado en los últimos tiempos debido a los vínculos del clan Erdogan con la secta de los Hermanos Musulmanes, desaprobada por la monarquía wahabita, y el asesinato, en 2018, en el consulado saudí de Estambul del periodista Jamal Khashoggi, opositor de la Casa Real saudí. 

El interés de ARAMCO en involucrar a las empresas turcas puede interpretarse como parte de los intentos de reconciliación entre Ankara y Riad. Sabido es que Erdogan está buscando alternativas para aliviar la presión ejercida por las instituciones financieras del primer mundo sobre la economía turca. En este contexto, los contratos con los países del Golfo Pérsico, incluida ARAMCO, forman parte de la estrategia postelectoral del presidente turco para tratar de neutralizar los efectos negativos de las presiones económicas.  

Por otra parte, conviene señalar que el heredero de la Corona saudí, Mohammed bin Salman (MBS), ha sido más que generoso con el sultán, al regalarle el pasado año 5 millones de dólares, invertidos en proyectos industriales turcos.


En la República Turca del Norte de Chipre, territorio ocupado por Ankara desde la invasión de 1974, proliferan los bancos saudíes y libaneses. Además, durante la era Erdogan, Turquía se ha convertido en un gran mercado para las mezquitas “prefabricadas” en Arabia Saudí.


Cierto es que, durante la reciente campaña electoral, Erdogan mencionó solo a dos amigos extranjeros - Rusia y los países del Golfo - como fuentes de financiación de la economía. Se puede decir que Putin y las monarquías del Golfo le ayudaron a ganar la consulta electoral, asegura el analista económico Soner Cagaptay, quien confía en la profundización de los lazos turco-sauditas y turco-emiratíes en el futuro. Es la opción estratégica que otorgaría a Turquía la independencia frente a Occidente, añade 


Pero, ¿qué persiguen exactamente los saudíes al normalizar sus relaciones con Ankara? ¿A qué se debe la repentina generosidad del príncipe bin Salmán? ¿Ingenuidad, solidaridad, visión geoestratégica? Es preciso recordar que los saudíes financiaron, en las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, la construcción de la bomba atómica paquistaní la llamada bomba islámica.  También podrían decantarse por sacar a flote la maltrecha economía turca o… dedicar ¿por qué no? parte de su riqueza a la creación del por ahora estrafalario Gran Turán.

 


jueves, 13 de julio de 2023

El siglo de Turquía (I) Recuperar el esplendor del Imperio

 

Cuando las autoridades de un país industrializado sorprenden a sus socios con un paquete de fundadas (o  infundades) reivindicaciones, los heraldos gubernamentales suelen hablar de exigencias inesperadas. Cuando un país no perteneciente al primer mundo, véase Turquía, sorprende a sus socios con demandas justas (o  justificadas) que entorpecen ¡ay! el buen funcionamiento de los engranajes burocráticos de Uniones, Alianzas u organismos internacionales, su discurso se traduce por el despectivo giro chantaje de última hora.

Es lo que sucedió recientemente con el veto de Ankara a la adhesión de Suecia a la Alianza Atlántica, bloqueada por los turcos al alegar el escaso interés del país escandinavo de acabar con el núcleo terrorista léase, presencia de nacionalistas kurdos en las instituciones suecas. La OTAN había dado por zanjada la crisis, considerando que la nueva normativa jurídica adoptada por las autoridades suecas debía contentar al ejecutivo de Ankara. Sin embargo, Erdogan exigía más, mucho más. En lenguaje diplomático, ello se traducía por la neutralización o total desaparición del grupo de presión kurdo de Estocolmo. Pero los suecos no daban su brazo a torcer. En jerga geopolítica, la factura de la membresía sueca a la OTAN incluía la venta de una treintena de cazas F-16 estadounidenses al Ejército turco – bloqueada por la Administración Biden – y el compromiso de los escandinavos a apoyar el reinicio de las negociaciones sobre la adhesión de Turquía a la Unión Europea, un proceso congelado en 2018 por la Canciller Angela Merkel, quien alegó la falta de compromiso de Ankara con las reformas europeas en materia de los derechos fundamentales. Un comodín éste, que franceses y alemanes suelen emplear muy a menudo para obstaculizar el diálogo con Turquía. Sin embargo…

En las actuales circunstancias, Occidente se vio obligado a ceder ante las exigencias del sultán. Va de la unidad de la Alianza; si al envío a las calendas griegas de la petición de ingreso de Vlódimir Zelenski se suma el bloqueo de la adhesión de Suecia, la imagen de monolitismo de la OTAN resulta muy dañada. Turquía tendrá, pues, sus F-16 y… una promesa más o menos firme de Estocolmo de potenciar la reanudación del diálogo entre Ankara y Bruselas.

Pero dialogar no significa, forzosamente, pactar. Los negociadores turcos lo saben.  Ankara presentó su solicitud de ingreso en 1987 y tardó doce años en recibir el estatus de candidato. Las negociaciones se abrieron ya en 2005 y no han parado de tener altibajos. El club cristiano de Bruselas se ha mostrado siempre muy reacio al ingreso de Turquía, país que utiliza como dique de contención contra la avalancha de refugiados e inmigrantes provenientes de Oriente Medio y Asia en el prospero huerto de la gran familia europea. Las reformas de Mustafá Kemal Atatürk jamás convencieron a los occidentales. A la hora de la verdad, el factor religioso pesa más que los cambios estructurales, la adecuación del sistema institucional a las normas europeas. En pocas palabras: el gran fallo de los turcos es… ¡ser musulmanes!

Conscientes del gran hándicap intelectual de los centroeuropeos, los sucesivos Gobiernos de Ankara hicieron suya la famosa máxima del humorista español, adaptándola a su manera: Si doña Europa no nos quiere, renunciamos generosamente a la mano de doña Europa.  Y así pasaron varias décadas…

El que esto escribe recuerda una conversación sostenida en el silencio de la noche de Ankara, pocas fechas después de la victoria del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), con el ex primer ministro turco, Bülent Ecevit, uno de los impulsores de la política europeísta de Ankara. Ecevit no dudaba de la voluntad de sus rivales islamistas de proseguir el diálogo con Europa. ¿Un fracaso de las negociaciones? Lo dudo. Hay consenso a nivel de la clase política turca: la meta es Europa, afirmaba el catedrático y poeta que ostentó tres veces el cargo de primer ministro. De todos modos, habrá otras opciones. Mire, Asia es un gran continente con el que tenemos importantes lazos históricos. Y, además, podría haber otras opciones…

Ecevit me habló aquella noche de los países o regiones en las que el Imperio Otomano y la Turquía moderna influyeron con su presencia colonial o su diplomacia; Afganistán, Libia, Azerbaiyán, Qatar, Somalia, Djibutí, los tártaros y las comunidades musulmanas de Rusia o los Balcanes. La lista resultó ser muy larga. Pero la opción aún no tenía nombre.

En realidad, la alternativa empezó a esbozarse una década más tarde, cuando los ideólogos del AKP pusieron de moda la expresión neo-otomanismo. La nueva doctrina pretendía recuperar el esplendor del Imperio Otomano, influir en los territorios históricamente administrados por Estambul o Ankara, convertir la Turquía moderna, potencia regional en ciernes, en una potencia global. Para ello, el aparato de propaganda del AKP ha ideado el slogan: El siglo de Turquía.

El proyecto fue lanzado poco después de la consulta popular celebrada en el mes de mayo, cuando los seguidores de Erdogan lograron un nuevo mandato legislativo. Se trata del tercer renacimiento turco, afirman orgullosamente los militantes islamistas.

İhsan Aktaş, profesor de periodismo en la Universidad Medipol de Estambul e incondicional del presidente Erdogan, explica: Personalmente, estimo que la primera era turca comenzó con la alianza formada con Bagdad en Transoxiana, una región histórica repartida actualmente entre Uzbekistán, Kazajistán, Turkmenistán, Kirguistán y Tayikistán. 

La segunda coincidió con los siglos XIV al XVI cuando los otomanos influían en la política de la mayoría de los imperios. Sabemos que los europeos no podían prescindir de Turquía desde la Edad Media y que los otomanos influenciaron a los europeos durante 400 años, después de la Paz de Westfalia.

Creo que el tercer renacimiento de los turcos se dará en esta época.

Para Aktaș, el porvenir de Turquía se forjará en las antiguas plazas fuertes de los otomanos. Si doña Europa no nos quiere… En fin, esto queda por ver. De momento, conviene centrarse en los logros del chantaje de última hora de Erdogan, como lo calificó, muy cariñosamente, el jefe supremo de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, olvidando el desafío lanzado desde la tribuna de las Naciones Unidas por Erdogan a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: El mundo no se limita a cinco (superpotencias).

De hecho, antes de ganar las elecciones del pasado mes de mayo, Erdogan se había planteado seriamente la posibilidad de adherirse al grupo de los BRICS, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, opción que provocó en auténtico terremoto en Washington. Erdogan, ese amigo de Putin, nos está traicionando, bramaban los altos cargos de la Administración.

Pero, ¿quién avalaría este cambio de bando, este estrepitoso abandono de Occidente?  ¿Moscú? ¿Pekín? Aparentemente, ninguno de los grandes. Y si fuera… ¡La Meca!


jueves, 8 de septiembre de 2022

El camino de espinas de Recep Tayyip Erdogan

 

Lo que podía haber sido una marcha triunfal del islamismo turco hacia un radical cambio de sociedad, hacia la cancelación de la herencia y los vestigios del kemalismo, se está convirtiendo en un sinuoso camino de espinas para el presidente Erdogan.
Consciente de que los cambios estructurales contemplados por su agrupación política – el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) – tropezarán con fuertes reticencias por parte Occidente, aunque también, de un gran porcentaje de la población de su país, el sultán no dudó en dosificar su ofensiva ideológica. No se trataba de hacer borrón y cuenta nueva del legado de Mustafá Kemal Atatürk, el fundador del Estado moderno idolatrado por la mayoría de los habitantes de Anatolia, sino de introducir medidas aparentemente anodinas destinadas a transformar paulatinamente el tejido social de Turquía.
Mas los anodinos cambios desembocaron, en el verano de 2016, en una intentona de golpe de Estado. A Erdogan le salvó un soplo procedente de… los servicios de inteligencia rusos, lo únicos que se molestaron en advertirle sobre el peligro de la conjura. Las consecuencias de la intervención del Kremlin son harto conocidas: militares, policías, jueces, catedráticos y servidores públicos fueron arrestados, investigados, encarcelados o depurados. Pero, ¿en realidad hubo decenas de miles de culpables, de cómplices del golpe? ¿Quiénes fueron los cabecillas del movimiento sedicioso? Erdogan acusó al afamado predicador islámico, Fetullah Gülen, antiguo compañero de camino suyo, de haber urdido el complot. Gülen desmiente, por activas y los pasivas, estas acusaciones. En las capitales occidentales, planea la duda. ¿Fuimos nosotros? ¿Los… o los…? Como la transparencia no es el fuerte de las instituciones heredadas de los otomanos… Lo cierto es que Erdogan decidió vengarse de los oficiales turcos destinados al cuartel general de la OTAN; de allí surgieron algunas complicaciones políticas. ¿Intento de socavar el prestigio de la Alianza Atlántica? ¿Coartada para distanciarse de Occidente? La respuesta de Ankara es, invariablemente, la misma: Somos aliados fieles de la OTAN. Sin embargo, la compra de material militar de origen ruso levantó nuevas sospechas. ¿Cómo compaginar la instalación de sistemas de defensa enemigos con el sofisticado arsenal de misiles de fabricación estadounidense? Las quejas de los atlantistas empezaron a llover. Al igual que las advertencias, las inevitables sanciones del socio norteamericano. El distanciamiento – ficticio o real – coincidió con el incremento de las relaciones estratégicas y comerciales con la Federación Rusa.  Y, curiosamente, con el operativo bélico de Ucrania.
Erdogan siempre presumió de la capacidad de persuasión de Turquía, de la habilidad de su diplomacia a la hora de ofrecer sus buenos oficios como mediador en conflictos internacionales. En el caso concretos de Ucrania, los emisarios turcos lograron organizar varios encuentros entre dignatarios de Moscú y de Kiev. A mediados de esta semana, Ankara hizo correr la voz de que el desenlace del conflicto era inminente; el equipo de Erdogan estaba preparando la alfombra roja para la cumbre de los jefes de Estado. Poco tardó en llegar el mentís, el efecto de la jarra de agua fría.
La guerra sigue, al igual que las presiones ejercidas desde el primer momento por la Administración estadounidense, poco propensa a aceptar la zigzagueante postura del fiel aliado turco, que decidió no sumarse a las sanciones impuestas a Rusia. Erdogan optó por desempeñar el papel de líder de una potencia regional independiente y soberana. Ello implica, forzosamente, no aceptar las sacrosantas reglas dictadas por el Imperio.
Joe Biden no dudó en llamar a Erdogan. Sin embargo, fracasó en el intento de razonar al Gran Turco. No, Turquía no se sumará a las sanciones impuestas por Washington y Bruselas; Ankara tiene su propia política, sus prioridades. El inquilino de la Casa Blanca encargó a sus fieles escuderos transatlánticos, Charles Michel y Ursula von der Leyen, presidentes del Consejo y la Comisión Europea respectivamente, a proseguir la labor de zapa. Misión imposible para quienes trataron de persuadirle a Erdogan que, de momento, Turquía no podrá ocupar el ansiado lugar en el club cristiano de Bruselas. Tocó el turno de la OTAN. El noruego Stoltenberg se llevó a su vez la poco agradable sorpresa de tropezar con la negativa de Erdogan. Y también, con la advertencia: Ankara vetará el ingreso de Suecia y Finlandia, nidos de terroristas kurdos, en la Alianza. Este turco es más inflexible que los comunistas, manifestó uno de los asesores escandinavos del secretario general de loa OTAN.
Quedaba, pues, otra opción; la última. Advertir a los empresarios turcos que el comercio con Rusia, fomentado por Ankara, podría acarrear sanciones por parte del Tesoro estadounidense. El subsecretario de Hacienda, Adewale Adeyemo, advirtió por carta a las empresas e instituciones turcas que comercian con Rusia sobre el riesgo de seguir las pautas del Gobierno Erdogan. El mensaje fue publicado también por el rotativo Wall Street Journal. La respuesta de Ankara no tardó en llegar.
La carta (del Tesoro de EE. UU.) enviada a los círculos empresariales turcos no debería causar ansiedad. Nuestros empresarios deberían sentir que el poder del Estado los acompaña, manifestó el Ministro de Finanzas turco, Nurettin Nebati, quien añadió: Estamos decididos a desarrollar nuestras relaciones económicas y comerciales con nuestros vecinos (rusos) en varios sectores.
Según las estadísticas oficiales, entre los meses de mayo a julio de este año las exportaciones de Turquía a Rusia aumentaron casi un 50% en comparación con el mismo período de 2021.
Más aun; Ankara anunció también que pagará los suministros de gas ruso parcialmente en rublos y potenciará la introducción del nuevo sistema de pago Mir - equivalente y competidor del SWIFT- a Turquía. 
Comentando la interrupción del flujo de gas natural ruso a Europa en represalia por las sanciones impuestas por Occidente, Erdogan afirmó que Europa está cosechando lo que sembró. Más claro, imposible. Para los eurócratas de Bruselas, el sultán se había convertido en un agente del Kremlin. Sin embargo…
En clave europea, el presidente turco tendrá que decidir si da luz verde al anunciado enfrentamiento bélico con Grecia, ideado ante todo para reavivar los sentimientos nacionalistas de su pueblo en vísperas de las elecciones generales del año próximo. Sabido es que el nacionalismo y el chovinismo venden… 
Siguiendo por la senda de espinas, Erdogan también logró defraudar a su amigo Putin. A finales de julio, el presidente turco comunicó a los miembros del Gabinete que su homólogo ruso le había pedido, durante la reunión tripartita celebrada en Teherán, autorizar la creación en Rusia de una fábrica de drones de combate Bayraktar. Los aparatos, utilizados por el ejército ucranio, se habían convertido en la pesadilla del cuerpo expedicionario ruso. Pero Erdogan ha dejado muy claro que Turquía no venderá los Bayraktar TB2 a Moscú.
El dueño de la empresa Baykar, que fabrica los drones, se apresuró en poner los puntos sobre las íes. Para nosotros, el dinero no es una prioridad. El dinero y los recursos materiales nunca han sido el objetivo de nuestro negocio. Nuestra amistad y cooperación con Ucrania vine de muy antiguo. No importa cuánto dinero nos ofrezca Moscú, seremos honestos; los drones TB2 no se venderán a Rusia", manifestó Haluk Bayraktar, director ejecutivo de Baykar y… yerno de Erdogan.  
Al final, Rusia tuvo que recurrir a drones de fabricación iraní, más voluminosos y menos fiables que los turcos. A Putin no le queda, pues, más remedio que recorrer parte del camino de espinas de su cambiante socio y amigo Erdogan.

domingo, 22 de mayo de 2022

Erdogan a los nórdicos: “No os molestéis en enviar emisarios a Ankara”

 

La decisión de Ankara de rechazar la adhesión de Finlandia y Suecia a la Alianza Atlántica provocó un hondo malestar en las Cancillerías europeas. ¿Oponerse al ingreso de dos nuevos socios en la OTAN en esos momentos dramáticos para el equilibrio de fuerzas en el Viejo Continente? ¿Jugar el papel de árbitro en un conflicto clave entre el mundo libre y el despotismo de Putin? ¿Tener la desfachatez de oponerse a la corrección política de una organización creada para defender a Occidente? Pero bueno; ¿qué se han creído esos turcos? ¿No convendría echarlos pura y simplemente de la Alianza?

El hartazgo de los diplomáticos dista mucho de la postura más pragmática de los estrategas del cuartel general de las fuerzas aliadas, que prefieren tildar la reacción de Erdogan de mera tormenta en un vaso de agua.

Sí, es cierto: el sultán advirtió a Suecia y Finlandia que no deberían molestarse en enviar emisarios a Ankara para persuadir a Turquía que no se oponga a su solicitud de ingreso en la OTAN. De hecho, Erdogan aprovechó su conversación telefónica del sábado para   insinuar que no iba a recibir emisarios.

 No es esta la primera vez en la que las desavenencias con Ankara se tratan desde posturas maximalistas. ¿Se puede llegar a un acuerdo? Por supuesto; basta con que ambas partes lleguen a medio camino entre la postura oficial y el compromiso. Es lo que en realidad pretende Erdogan.

El presidente turco acusa a los países nórdicos de ofrecer refugio a militantes vinculados a organizaciones terroristas como el Partido de Trabajadores de Kurdistán (PKK), financiado hace décadas por la STASI germanooriental e incluso de contar con terroristas en el Parlamento sueco. Y también, de proteger a los simpatizantes del clérigo liberal turco Fethullah Gulen, antiguo compañero de camino del propio Erdogan, acusado de participar activamente en la intentona golpista de 2016. Ficticia o real, la acusación llevó a la depuración de los organismos estatales, que cobijaban, según los datos facilitados por los servicios de inteligencia del Estado, a… miles de simpatizantes de Gulen.

Erdogan afirma que su país no confía en los nuevos candidatos a la OTAN. Ninguno de estos países – Suecia y Finlandia - tiene una actitud clara hacia las organizaciones terroristas. ¿Cómo podemos confiar en ellos? ¿Vienen a Turquía a convencernos? Para el presidente turco, convendría que los nórdicos se ahorren el viaje.

¿El compromiso? Es probable que un compromiso implique la ilegalización de las organizaciones kurdas existentes en Suecia (aunque no su desaparición de la palestra), la suspensión del embargo a la venta de armas turcas en Occidente – medida aprobada por la OTAN tras la compra por Ankara del sistema antimisiles rusos S 400 – y el suministro de los aviones F 35 estadounidenses adquiridos por Turquía, cuya venta ha sido bloqueada en su momento por Washington.

Una negociación difícil, pero nada resulta imposible en un mercado turco. Basta con que la Casa Blanca mande a sus emisarios. Erdogan no se molestaría por menos.

sábado, 27 de marzo de 2021

Los bateleros del Danubio (ya) no temen al oso ruso

 

Hungría no considera que Rusia sea una amenaza directa para su territorio. Curiosamente, esas palabras fueron pronunciadas por el ministro húngaro de Asuntos Exteriores, Peter Szijjarto, en la última reunión de cancilleres de la OTAN celebrada en Bruselas.  

Szijjarto añadió que las autoridades de Budapest comprenden y respetan el hecho de que otros Estados miembros de la Alianza piensen de manera diferente. Sin embargo, Budapest prefiere distanciarse de la postura atlantista, que trata de reconvertir a Rusia en el principal enemigo de Europa. Szijjarto recordó que su país siempre había sido leal a sus aliados, contribuyendo a los para fortalecer el su flanco oriental de la Alianza y apoyando la seguridad de los Estados bálticos. 

Por otra parte, Hungría solicitó el amparo de la OTAN a la hora de defender los derechos de la comunidad húngara de Ucrania, sistemática y gravemente violados por las autoridades de Kiev. 

¿Y la desconcertante apuesta de Budapest por las vacunas COVID 19 fabricadas en Rusia y China? preguntaron los informadores. La contestación del ministro húngaro fue rápida y contundente: Ya es hora de que la campaña contra la vacuna no se rija por consideraciones de índole ideológica.

Lejos quedan los tiempos de la rebelión de Hungría de 1956, de la llegada de los tanques soviéticos, de las señales de emergencia lanzadas por el hereje reformista Imre Nagy, el comunista que dirigió el Gobierno revolucionario que intentó, sin éxito, plantar cara a Nikita Jrushchov, el sucesor de Stalin.

Huelga decir que el constante alejamiento de Budapest de la postura archiortodoxa de los miembros de la Alianza difiere mucho de las tomas de posición de los países bálticos y escandinavos, poco propensos a minimizar o descartar el peligro que supone la maquinaria de guerra rusa.

El 11 de marzo, la Agencia Sueca de Inteligencia de Defensa (FOI), publicaba un voluminoso informe sobre la capacidad de defensa de Occidente en el Norte de Europa frente a la amenaza que representa Rusia. El principal problema militar (de Occidente) es que Rusia disfruta de una mayor disponibilidad de sus fuerzas armadas y puede lanzar un ataque rápido en el flanco oriental antes de que la OTAN tenga tiempo de reaccionar, señalan los suecos.

 Rusia está mejor preparada para una guerra a gran escala en el norte de Europa que los estados miembros de la OTAN, constatan, evaluando la capacidad militar de los estados que tienen una frontera terrestre o marítima común con Rusia, o países dispuestos a hacer frente a una posible amenaza, como Francia y Gran Bretaña, o el contingente europeo de tropas estadounidenses, capaces de intervenir con suficiente rapidez en el teatro de operaciones del norte de Europa.

El documento del FOI analiza el nuevo rumbo de la política exterior estadounidense, que centra sus esfuerzos en Asia. Si Washington cambia sus prioridades a largo plazo, los aliados europeos deben asumir una mayor responsabilidad en la defensa colectiva, manteniendo un nivel adecuado de preparación para el combate en todos los entornos: terrestre, aéreo, naval, espacial y cibernético.  

Aparentemente, el argumento de la próxima contienda está servido. Una perspectiva ésta que no todos los europeos consienten o desean. Hay cada vez más voces que disienten de la óptica atlantista. ¿Una guerra con Rusia? ¿A quién le beneficia?  

Occidente necesita reconocer la importancia de Rusia, afirma el príncipe Michael de Liechtenstein, economista, empresario, fundador y presidente de Geopolitical Intelligence Services, consultora de relaciones internacionales con sede en Vaduz (Liechtenstein). Para el príncipe, que pertenece a la vieja aristocracia europea, Joe Biden no acertó al tildar a China de competidor serio y a Rusia de oponente.

Varios temas sin resolver siguen generando tensiones entre Occidente y Moscú. Entre ellos se encuentran la anexión de la península de Crimea por parte de Rusia, la guerra hibrida en el este de Ucrania y denuncias sobre las violaciones de derechos humanos. Sin embargo, las transgresiones del lado chino son peores, señala Michael de Liechtenstein. Beijing está cometiendo algo parecido a un genocidio contra los uigures (minoría musulmana) en el oeste de China y está forzando brutalmente la asimilación de los pobladores en el Tíbet. Está infringiendo la libertad y el estado de derecho en Hong Kong, persiguiendo a los cristianos y pisoteando los derechos civiles de sus ciudadanos.

Tanto Rusia como China desafían a Estados Unidos en el ciberespacio y están acusados de intentar influir en las elecciones estadounidenses, generalmente a través de la difusión de noticias falsas.

Es difícil comprender por qué Biden decidió atacar a Moscú. Hacerlo es probablemente un error geopolítico significativo. Moscú ha comenzado a alinear algunas de sus estrategias con las de Beijing, aunque no existe una alianza formal entre los dos. El Kremlin quiere evitar una asociación directa con los chinos y, por lo tanto, ha tratado de mejorar sus relaciones con otros países asiáticos, como Japón y Corea del Sur, indicaba la pasada semana el presidente del GIS.

Rusia y Occidente comparten algunos intereses comunes, como la lucha contra el islam radical, el desarrollo del comercio mundial, la necesidad de obtener acceso a los recursos naturales, recuerda Michael de Liechtenstein.

Por otra parte, conviene recordar que Occidente sigue siendo el lugar donde residen los mayores intereses geopolíticos de Moscú. Es necesaria una postura más abierta y respetuosa, pero aún firme, hacia Rusia. Tal posición apoyaría la integridad política y territorial de los vecinos de Moscú, pero también mostraría moderación retórica y respeto por el régimen…

Decididamente, el economista, politólogo, geoestratega y exponente de la vieja aristocracia europea no confía en que a Vladimir Putin podría barrerle una revolución de colores.


jueves, 26 de marzo de 2015

A la caza de los "submarinos rojos"


Hay verdades ocultas y revelaciones que conviene silenciar. El escándalo o, mejor dicho, la tormenta en un vaso de agua estalló en octubre del pasado año, cuando las autoridades suecas denunciaron la presencia de submarinos intrusos en sus aguas territoriales. Acto seguido, el Ministerio de Defensa del neutral Reino de Suecia decretó la mayor movilización militar desde el final de la Guerra Fría. Algunos recordaban vagamente que en 1981 un sumergible soviético que transportaba armas nucleares encalló cerca de las costas suecas.

Aunque durante el aparentemente inexplicable incidente producido en octubre los servicios de inteligencia suecos no señalaron a Rusia, el diario Svenska Dagbladet informó que los militares habían interceptado mensajes de emergencia procedentes de un mini submarino que solicitaba auxilio. Curiosamente, el objeto no identificado desapareció tras la llegada en la zona de un barco-laboratorio ruso, dedicado a la investigación científica del fondo de los mares. ¿Mera casualidad?

Al parecer, en el trasfondo de los extraños incidentes navales hallamos el distanciamiento entre Rusia y los países de Occidente que han impuesto sanciones a Moscú por lo que consideran un apoyo encubierto del Kremlin a los rebeldes ucranios.

Pero, ¿cómo se explica la aparición y desaparición de los submarinos rusos en las costas escandinavas? La clave del misterio estriba en uno de los secretos mejor guardados por la cúpula de la Alianza Atlántica: los rusos controlan actualmente una base militar ultrasecreta en Noruega, país miembro de la OTAN.

Hagamos memoria: hace apenas seis años, los políticos noruegos decidieron que la Federación Rusa había dejado de ser una amenaza para sus vecinos. Se habló del posible desmantelamiento de algunas instalaciones militares, cuyo mantenimiento resultaba muy gravoso para las arcas del país. El Ministerio de Defensa se decantó por la venta de la base secreta de Olavsvern, ubicada en una región montañosa, cerca de Tromsø. La base tiene una superficie de 948.900 metros cuadrados. Dispone de amarres para buques de guerra y submarinos. Cuenta también con 124 dormitorios. En resumidas cuentas, podría ser el refugio ideal para un… ejército. Un refugio situado en las inmediaciones de la frontera con Rusia.

La construcción de la base se realizó entre 1964 y 1994. Su coste ascendió a… ¡440 millones de Euros! Sin embargo, el Gobierno noruego decidió venderla – sin éxito - por 12,1 millones.  Finalmente, consiguió deshacerse de Olavsvern por el módico precio de  4,4 millones.

El comprador, el hombre de negocios Gunnar Wilhelmsen, no tardó en encontrar inquilino. Se trata de la empresa rusa Sevmorneftegeofizika, especializada en la medición sísmica marítima. Pero las embarcaciones de Sevmorneftegeofizika forman parte de la marina de guerra rusa. Los barcos, que realizan mediciones sísmicas y ejercen una estrecha vigilancia estratégica del entorno marino,  envían mini submarinos a las aguas territoriales de Suecia, Finlandia y Noruega. Todo ello, utilizando como punto de partida la antigua base de la OTAN, considerada durante décadas como uno de los pilares de la defensa de la soberanía noruega.

Si bien los políticos han puesto el grito en el cielo, la población de Tromsø no tiene queja alguna del comportamiento muy urbano de los visitantes rusos. Al contrario, espera que los negocios de la base se multipliquen.

Para recuperar las instalaciones estratégicas sacrificadas en el ara de la efímera convivencia pacífica con el oso ruso, el Gobierno debería invalidar la venta. Una opción ésta sumamente difícil en un país regido por la economía de mercado.

Detalle interesante: la venta de la base ultrasecreta de Olavsvern se realizó durante el mandato del Primer Ministro conservador Jens Stoltenberg, actual Secretario General de la Alianza Atlántica (OTAN) y ferviente defensor de la política de mano dura contra el Presidente Putin. Los comentarios sobran.