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jueves, 18 de abril de 2024

UE - Turquía: y volvamos al amor...



Hay momentos en la vida en los que las estrofas o los estribillos de una vieja canción acompañan – voluntaria o involuntariamente – acontecimientos palpables. Noticias tristes, sorprendentes, dramáticas, aberrantes… impactantes. Los insomnes adictos a la información nocturna, devoradores de últimas horas que muy raras veces inciden en los destinos de la Humanidad, tienen la manía de asociar la noticia a la letra de alguna copla cuyo recuerdo perdura en memorias privilegiadas

Olvidemos nuestro enfado, olvidemos nuestro enfado y volvamos al amor, cantaba allá por los años 60 del pasado siglo la famosa interprete francesa Marie Laforêt. Un sugestivo acompañamiento éste para la información procedente de Bruselas, sí, de Bruselas, que se hacía eco del deseo de los líderes de la Unión Europea de establecer – restablecer, mejor dicho – una relación mutuamente beneficiosa con Turquía, destinada a crear un entorno estable en el Mediterráneo oriental.

Señalaba la declaración de los jefes de Gobierno de los 27 que la Comisión estaba trabajando en la elaboración de un paquete de medidas que incluían el reinicio de consultas sobre la modernización del acuerdo de unión aduanera, la liberalización de visados para los ciudadanos turcos negociada por Ankara desde hace más de una década y las más que accidentadas negociaciones sobre la adhesión de Turquía a la UE. En resumidas cuentas: un auténticamente fingido volvamos al amor.

Un amor que en esos momentos no comparten los despechados novios turcos, que se habían hecho a la idea de que los eurócratas de Bruselas brillan por ser adalides de la estrategia del palo y la zanahoria. Los novios saben que la cacareada luz al final del túnel no deja de ser un mero espejismo.

¿Reanudar el diálogo con la Turquía de Erdogan? Decididamente, se trata de un… mal útil. El mapa geopolítico de Oriente está en plena mutación. Los vasallos de ayer se han convertido en los guerreros de hoy, en los lideres de mañana.  Los vasallos de ayer han dejado de acatar órdenes.

En su reciente negociación con la Casa Blanca, Erdogan puso precio al ingreso de Suecia en la OTAN: 13.000 millones de dólares, una flotilla de cazas F 16, otras ventajas ocultas para Ankara. Por otra parte, Erdogan se ha distanciado mucho de la postura de Occidente, criticando la política de Israel, la guerra de Gaza y el conflicto, cada vez más patente, entre el Occidente colectivo y el mundo islámico. Por si fuera poco, Turquía baraja la posibilidad de pedir el ingreso en los BRICS, el bloque económico liderado por Rusia y China, que cuenta actualmente con una cuarentena de solicitudes de adhesión. La estrategia de los BRICS contempla la voladura de la estructura económica internacional creada después de la Segunda Guerra Mundial y liderada por los Estados Unidos y la desdolarización de los intercambios comerciales. En las Cancillerías occidentales proliferan las señales de alerta: Turquía se nos va. Y no sólo Turquía. 

Otros vecinos del país de Erdogan – Georgia y Armenia – se hallan en pleno proceso de ebullición. Las autoridades de Ereván tratan de deshacerse de la tutela del Kremlin. Se trata de una maniobra de los gobernantes armenios, que apuestan por una nueva alianza con Bruselas y Washington. La apuesta no cuenta con el beneplácito de la opinión pública. Los armenios recuerdan que Rusia fue, durante siglos, la única protectora de la minoría cristiana del Cáucaso. Cabe preguntarse si el nivel de vida de la población experimentará mejoras notables bajo el paraguas – los paraguas – de Occidente.

Georgia, país candidato al ingreso a la UE desde el pasado mes de diciembre, tiene que hacer frente a una oleada de protestas provocada por el acalorado debate de un proyecto de ley destinado a limitar la actuación de agentes extranjeros.  La oposición clama que se trata de una copia conforme de la legislación coercitiva rusa de 2014. Otros recuerdan que dicha normativa legal es vigente en varios países occidentales, entre ellos, los Estados Unidos. Pero los ánimos se están caldeando. ¿Se puede contemplar un posible enfrentamiento civil?

Curiosamente, en los tres casos intervienen factores externos. Lejos quedan de tus estrofas, admirada Marie Laforêt… y volvamos al amor. Hoy en día, el mundo se rige por el mantra: haz la guerra, no el amor. Los tiempos cambian…


viernes, 5 de enero de 2024

Negociando sobre escombros


Resulta sumamente difícil, cuando no, imposible, tratar de analizar con calma y detenimiento la problemática real de nuestro mundo al comprobar que los hasta ahora insignificante rebeldes hutiés, que siembran el terror en las aguas del Mar Rojo, hacen caso omiso de las advertencias de Washington y ¡de Londres! que les instan a abandonar su postura belicosa frente a los mercantes que transportan fletes destinados a Israel, que el líder máximo de la revolución islámica iraní confunde a los terroristas del Estado Islámico con los agentes del Mossad, que los políticos del jardín de Occidente, que se merece las loas del diplomático jefe de la UE, Josep Borrell, achacan el constante deterioro de sus boyantes economías a la guerra de Putin (¿por qué de Putin? ¿Están en guerra con Rusia?), que los politólogos del universo postsoviético se hartan en escribir la palabra “Israel” con un extraño entrecomillado, que gobernantes inexpertos proclaman que la solución de la crisis de Gaza estriba en la proclamación de un Estado Palestino.

Resulta sumamente difícil, cuando no, imposible, pronunciarse sobre el somnambulismo político del actual inquilino de la Casa Blanca (término acuñado esta misma semana por los medios de comunicación transatlánticos), teniendo en cuenta los vaivenes de la Administración estadounidense. En efecto, parece incomprensible que un estadista que proclama su apoyo incondicional a Israel, exija a sus interlocutores que eliminen al enemigo con delicadeza, olvidado los trágicos episodios de las guerras de Vietnam, Afganistán, Irak o Siria. ¿Simple amnesia?

Lo cierto es que tras el constante deterioro de la situación en Oriente Medio – eliminación del número dos de Hamas en la capital libanesa, el sangriento atentado de Kerman, el recrudecimiento de los ataques hutíes en el Mar Rojo – el Tío Joe (nada despectivo, simple homenaje a un gran literato -Mark Twain) decidió enviar a su criado Antony (homenaje a Shakespeare) a un viaje relámpago de cuatro días por países y territorios de la región, encargándole a defender una agenda que incluye  importancia de proteger las vidas de civiles en Israel, Cisjordania y Gaza, la liberación de todos los rehenes de Hamas, la entrega de asistencia humanitaria a los civiles en Gaza, el freno a las deportaciones forzosas de los pobladores de la Franja, la creación de  mecanismos para frenar la violencia y reducir las tensiones regionales  y evitar una escalada bélica en el Líbano.

En resumidas cuentas, una agenda de cuatro días que requeriría cuatro décadas para su implementación. ¿Arrogancia somnambulística o supina ignorancia?  

Lo cierto es que el periplo del jefe de la diplomacia estadounidense a la región coincide con el estado de alerta máxima decretado por las autoridades de Tel Aviv en la frontera con el Líbano. La plana mayor del Ejército judío no descarta la inminencia de un operativo bélico de Hezbollah en respuesta por la ejecución de Saleh al Aruri, el fundador de la Brigadas Izzadín al Qasem, brazo armado de Hamas, abatido en las dependencias beirutíes del movimiento islámico libanés.

La desaparición de Al Aruri presupone la apertura de un nuevo frente para Israel. Con la agravante de que, en este caso concreto, Irán podría involucrarse directamente en los combates, apoyando a sus aliados libaneses. De todos modos, ello no implica el abandono de la operación militar de Gaza, aunque…

Por primera vez, la prensa estadounidense se hace eco esos días de la dramática situación de los gazatíes, de la crisis humanitaria que afecta a alrededor del 90 por ciento de los habitantes desplazados y a los más de 2 millones de pobladores del territorio al borde de la hambruna. Cabe preguntarse, pues, ¿qué supondría para esta población afligida por los horrores de la guerra la creación de un Estado Palestino?

Cuando se trata de buscar soluciones para la posguerra, las opiniones divergen. Algunos miembros de la coalición de derechas de Benjamín Netanyahu han pedido lanzar una bomba atómica sobre Gaza, la aniquilación total del territorio como represalia por los atentados del 7 de octubre o el empobrecimiento de la población que se viera obligada a abandonar la Franja. Por su parte, la embajadora de Israel en Gran Bretaña manifestó en una entrevista radiofónica que la única solución para Israel sería arrasar las escuelas, las mezquitas y las viviendas para acabar con la infraestructura militar de Hamás.

Los altos mandos militares que supervisan el operativo de Gaza serían partidarios de entregar la gestión de la Franja a clanes tradicionalmente conectados con localidades o sectores específicos, es decir, a las familias de los viejos caciques gazatíes.  

La idea sería reemplazar a Hamás con grupos familiares que no hayan estado conectados con el movimiento terrorista y que se encargarían de controlar la distribución de alimentos, agua y otros suministros clave. Esto supondría un auténtico reto, ya que Hamás ha gobernado en solitario la Franja durante 16 años.

Los miliares hebreos no explican cuál sería el modus operandi, pero recuerdan que este modelo fue aplicado por los Estados Unidos en Irak y Afganistán después del derrocamiento de los regímenes enemigos.

Tampoco está claro cómo funcionará el nuevo operativo en el Norte de Gaza, dado que casi la totalidad de sus 1,4 millones de habitantes fueron evacuados al sur y se espera que la zona norte de Gaza, completamente arrasada. sea inhabitable durante un lustro.

 

Conviene señalar que los Estados Unidos y los países occidentales serían partidarios de contar con el sombrero de la Autoridad Nacional Palestina, algo a lo que el primer ministro Benjamín Netanyahu se resiste, aunque su futuro rival para el cargo de primer ministro, Benny Gantz, mantiene como opción abierta.

 

Otra alternativa sería contemplar una coalición de clanes locales con la Autoridad Nacional Palestina y otros países árabes de la zona - Arabia Saudita, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos - involucrados bajo algún tipo de paraguas de la ONU. Es decir, una especie de protectorado inviable, igual o peor que Kosovo.

 

 

viernes, 8 de septiembre de 2023

¿Quién teme a los BRICS?


La reciente adhesión de seis nuevos países - Arabia Saudita, Argentina, Egipto, Etiopía, Irán y Emiratos Árabes Unidos – al bloque de los BRICS, agrupación de países emergentes liderada por Rusia y China, ha hecho correr mucha tinta en los rotativos del llamado Occidente colectivo, eufemismo empleado por los promotores del no menos novedoso concepto de potencia euroasiática, aplicable a… Rusia.

El Occidente colectivo engloba, pues, a los países industrializados – Estados Unidos, la Unión Europea y… Japón. El Occidente colectivo desconocía o, mejor dicho, se negaba a reconocer la existencia del bloque BRICS – Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica – creado hace más de una década por los estrategas de Pekín y Moscú. Su principal objetivo: crear una estructura económica y financiera diferente de la que regía las relaciones internacionales después de los Acuerdos de Bretton Woods y la introducción del sistema de regulación controlado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial a través de una moneda única: el dólar. La otra moneda fuerte, el euro, adoptada por los países de la Unión Europea hace apenas dos décadas, encarna para los BRICS el mismo recelo, al representar la no siempre deseada imagen del Occidente colectivo.

Uno de los objetivos prioritarios de los BRICS es el abandono de las transacciones comerciales en dólares, su sustitución por el uso de monedas nacionales y la espera de la creación de una unidad monetaria propia, aceptada a priori por una cuarentena de países. Ni que decir tiene que esa perspectiva suscita temores en Occidente. Y más aún, teniendo en cuenta que el BRICS XI, el nuevo bloque, aglutina al 46% de la población mundial, representa el 29% del PIB del planeta, el 22% de los intercambios comerciales y el 42% de la producción global de petróleo. El rotativo británico Financial Times lanza un grito de alarma: en la próxima cumbre de los BRICS, que tendrá lugar en Rusia en 2024, Pekín instará a sus socios a convertir la formación en el rival geopolítico del G7.

Ficticia o real, la supuesta amenaza está basada en las declaraciones de intenciones de algunos miembros (y futuros candidatos) que estiman que el bloque debería contar con una estructura política y también con… ¡proyectos de defensa! Pero Rusia y China no parecen dispuestos a abordar el tema en un futuro próximo.

Aunque los asesores de seguridad de la Casa Blanca insisten en que Washington no tiene interés alguno en entorpecer la marcha de los BRICS, la impresión de muchos politólogos occidentales es que el propósito de los Estados Unidos es de dinamitar las estructuras del bloque. Con razón: entre los quince candidatos a la próxima ampliación figura también Turquía, miembro fundador de la Alianza Atlántica.

Estamos en un mundo multipolar donde los BRICS superan al G7 y Estados Unidos no lo acepta, afirmaba recientemente el economista estadounidense Jeffrey Sachs, antiguo asesor de la Casa Blanca, de las Naciones Unidas y de varios políticos norteamericanos.

Ya estamos en un mundo post-estadounidense y post-occidental, asegura Sachs, subrayando el hecho de que la Casa Blanca sigue persuadida de que gobierna un mundo en el que sólo Rusia y China son sus rivales.

Podríamos dirigirnos hacia un mundo de conflictos y desastres masivos, o hacia un mundo en el que algún líder estadounidense inteligente y no octogenario se levante y diga: Ya no necesitamos a la OTAN; lo que necesitamos es tener relaciones normales con China, India, Rusia, Brasil y la Unión Europea. De repente, la percepción del panorama mundial sería muy diferente, concluye Sachs.

Cabe suponer que en la antigua Unión Soviética a Jeffrey Sachs le hubieran tratado de enemigo del pueblo con todas las consecuencias que ello implica. Pero aparentemente, hoy por hoy hablar de multipolaridad en los Estados Unidos no es un crimen.   

miércoles, 16 de agosto de 2023

El siglo de Turquía (III) Erdogan: entre el globalismo y el multipolarismo

 

Después de la intentona golpista de 2016, Recep Tayyip Erdogan vivió con la disyuntiva: Oriente u Occidente. Se trataba de escoger amigos, por no decir, aliados. El Occidente le había traicionado: para el sultán, el golpe de los militares turcos había sido urdido con la complicidad de la CIA y del servicio de inteligencia alemán. Pero tanto Washington como Berlín se apresuraron a negar su participación en los preparativos del levantamiento. La entonces Canciller Angela Merkel se enfadó mucho con Erdogan. Cierto es que unos meses después la propia Merkel anunció la congelación definitiva de las negociaciones sobre la adhesión de Ankara a la Unión Europea. La decisión siguió vigente hasta el mes pasado, cuando los 27 se vieron obligados a resucitar el diálogo. El motivo: parafraseando al Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, se trataba de un chantaje de última hora del Presidente turco, que exigió la reanudación de las consultas con los comunitarios a cambio de la suspensión del veto de Ankara al ingreso de Suecia en… la Alianza Atlántica. Aparentemente, la UE no tuvo más remedio que pasar por el aro.


En el verano de 2016, se rumoreó que Erdogan salvó su vida gracias a un soplo (también de última hora) de los servicios de inteligencia rusos, que vigilaban muy de cerca las actividades de sus competidores occidentales. ¿Simples rumores? Cierto es que, a partir del otoño de 2016, los contactos entre Ankara y Moscú se multiplicaron. Turquía se decantó por adquirir el sistema de defensa antiaéreo ruso S 400, una herejía para un país miembro de la OTAN, encargó a la agencia atómica rusa la construcción de la primera central nuclear de Anatolia, expandió los intercambios comerciales con el gran vecino del Norte, fomentó la cooperación industrial y los intercambios turísticos. 


Sólo desde el comienzo del conflicto de Ucrania, las exportaciones de productos turcos a Rusia se han disparado, pasando de 2600 millones de dólares en la primera mitad de 2022 a 4900 millones de dólares durante el mismo período de este año.

Rusia es el principal proveedor de gas natural de Turquía y representa aproximadamente la mitad de todas las importaciones. Antes de las elecciones del pasado mes de mayo, Moscú aplazó los pagos de gas por valor de miles de millones de dólares.

Más aún: Turquía permite el acceso de la Armada rusa a los mares cálidos. Además, Erdogan ha desempeñado un papel crucial en el desbloqueo del suministro de grano ucraniano a los mercados mundiales. Sin embargo, Ankara no reconoce la anexión de Crimea por parte de Rusia y considera que su invasión de Ucrania es ilegal.

Erdogan fue, recordémoslo, uno de los primeros líderes mundiales en llamar a Putin durante la rebelión del grupo Wagner por la gestión e la guerra de Ucrania. Y ello, a pesar de que Turquía no es un actor neutral en este conflicto. Los primeros drones empleados por el Ejército de Kiev en esta guerra, los Bayraktar, son producidos por el yerno y aparente heredero de Erdogan, Selcuk Bayraktar. Cuando se trata del bienestar de la familia…

En los primeros meses de 2023, se especuló con la posible adhesión de Turquía al grupo de los BRICS, conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Sabido es que en la cumbre de la organización, que tendrá lugar a finales de este mes, se estudiará la candidatura de una veintena de países árabes, africanos y latinoamericanos, dispuestos a convertirse en los pilares del mundo multipolar ideado por la élite de Rusia y China.

¿Y Turquía? El acercamiento de Erdogan a las estructuras creadas por Moscú y Pekín se remonta al año 2012, cuando el presidente turco contestó, medio en broma, al tanteo de Vladímir Putin: Si de verdad quiere saber lo que pienso, admita a Turquía como miembro de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) y revisaremos nuestras relaciones con la UE.  Las palabras de Erdogan reflejaban en realidad el hartazgo de Turquía con el lento progreso del proceso de adhesión a la UE.

Por otra parte, es natural que Ankara coopere con los países más poblados del mundo, como China e India. Por si fuera poco, Turquía tiene vínculos étnicos y culturales con los países túrquicos de Asia Central, como Azerbaiyán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajstán y Kirguistán, que integran la OCS.

Inevitablemente, podemos estar buscando otras opciones, ya que la UE no nos ha dejado entrar durante 52 años. La UE puede preguntar por qué Erdogan va a Shanghai, por qué se reúne con los líderes de la OCS. Por supuesto, me reuniré (con ellos). No creo que deba ninguna explicación a la UE.

Conviene recordar, sin embargo, que estas declaraciones fueron formuladas antes de la cumbre de Vilnius, cuando Bruselas cedió a las exigencias de Ankara.

Si bien es cierto que la actuación de Erdogan en la reunión de la OTAN irritó sobremanera a Rusia, tampoco debe interpretarse como un cambio brusco de la postura de Turquía hacia Occidente. De hecho, Erdogan tardó menos de un día en recordar que el parlamento turco no podría ratificar probablemente la adhesión de Suecia antes del receso estival de julio, aunque tenía la autoridad para extender la sesión parlamentaria. Erdogan pretende obtener garantías firmes de que el Congreso estadounidense permitirá la venta de cazas F-16 y que Estocolmo cumpliría sus promesas de extraditar a los militantes kurdos antes de dar luz verde a la adhesión de Suecia a la Alianza Atlántica. 


Finalmente, hay que reconocer que las negociaciones con Bruselas no van viento en popa. El compromiso de la UE se limita, por ahora, a la reapertura de dos capítulos conflictivos del regateo diplomático: la modificación del sistema aduanero y la exención de visados para los ciudadanos turcos que viajan al espacio Schengen. Ambos temas quedaron estancados antes de la congelación del diálogo.


Ante el efecto sorpresa de las exigencias de Ankara, los 27 anunciaron la creación de un grupo de trabajo encargado de estudiar nuevas iniciativas. Quienes conocen el funcionamiento de los foros internacionales y de los subforos creados para elaborar nuevas propuestas, saben positivamente que los grupos de trabajo pueden convertirse en auténticos… cementerios de ideas.


En definitiva, Erdogan tendrá que escoger entre Oriente y Occidente.


martes, 23 de mayo de 2023

Moldova: entre los hechizos de Mimi y las garras del Kremlin


Europa es Moldova - Moldova es Europa. El slogan coincidió con el aterrizaje en el aeropuerto internacional de Chișinău, la capital de la República Moldova, de un nutrido grupo de asesores comunitarios. No se trataba, al parecer, de expertos enviados por Bruselas, sino de los sherpas encargados de preparar la Cumbre de la Comunidad Política Europea, que se celebrará la próxima semana en el castillo de Mimi, auténtica joya arquitectónica que evoca los tiempos de gloria de Besarabia, el territorio arrebatado por los zares de Rusia al Principado de Moldavia en 1812.

El castillo de Mimi, escenario de la primera cumbre paneuropea organizada en suelo moldavo, no pertenecía a una adinerada cortesana afincada en esa tierra de viñedos. Su propietario fue el aristócrata Constantin Mimi, un empresario que ostentó el cargo de gobernador de la provincia en la época del imperio ruso. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando Besarabia volvió a integrar el reino de Rumanía, el exgobernador Mimi recibió con todos los honores al rey Carlos II, soberano de los principados de Valaquia y Moldavia, quien no dudó en nombrarle presidente del Banco Nacional de Rumanía. No hay que extrañarse, pues, si después de proclamar su independencia, en 1991, Moldova, antigua república de la URSS, haya barajado la opción de una hipotética reunificación con la occidentalizada y conservadora Rumanía, país que se había decantado por una política más proamericana que pro europea. Pero no fue esta la opción de los poderes fácticos, partidarios de añadir una estrella a la bandera azul de la UE.

El pasado fin de semana, la presidenta Maia Sandu apareció ante las cámaras de la televisión estatal moldava para informar a sus compatriotas que la Cumbre de la Comunidad Política Europea es a todas luces una señal de solidaridad y apoyo de Europa con su país, destacando que la prioridad para Moldova sigue siendo la integración en la infraestructura de la UE. De hecho, la mandataria espera poder formalizar la candidatura de ingreso en el “club de Bruselas” antes de finales del año.

Sandu señaló que los 50 jefes de Estado y de Gobierno que confirmaron su presencia en este encuentro abordarán asuntos relacionados con la seguridad regional, temas relativos al suministro de energía, así como la elaboración de nuevos proyectos de cooperación transfronteriza.

El mero hecho de que esta cumbre se celebre en las inmediaciones de la frontera con Ucrania constituye en mensaje claro para nuestros pueblos – moldavo y ucranio – de que no estamos solos, manifestó la presidenta. Sin embargo, Maia Sandu prefirió eludir la respuesta a la pregunta del comentarista de la televisión: ¿Acudirá Zelensky?

Cabe suponer que la contestación de la primera mandataria habría que buscarla en la cada vez más frecuentes alusiones a los intentos de desestabilización llevados a cabo – según las autoridades de Chișinău – por los servicios secretos de la Federación Rusa. El fantasma del golpe de Estado auspiciado por el Kremlin se ha convertido en el mantra de la clase política moldava. Aparentemente, la amenaza es real.

Desde la proclamación de la independencia, la República Moldova ha sido escenario de constantes luchas intestinas entre partidos proccidentales y agrupaciones políticas afines a la ideología del Kremlin. De hecho, para Vladimir Putin, la actual presidenta moldava, economista educada en Harvard, es la oveja negra que conviene neutralizar. Pero el dueño del Kremlin no parece muy propenso a decantarse por el golpe de Estado; sabe que puede recurrir a otras estratagemas.   

Si bien para los politólogos occidentales el problema clave de Chișinău estriba en la presencia del ejército ruso en el enclave secesionista de Transnistria, para el establishment moldavo el principal quebradero de cabeza se llama Gagauzia, la región autónoma cuya población de origen túrquico – unos 160.000 habitantes – suele beber de las fuentes de Moscú. De hecho, ya en 1991, tras el primer intento de golpe de Estado prorruso, los diputados gagaúzos se pronunciaron a favor de la permanencia de su región en la antigua Unión Soviética. La situación no ha variado desde entonces. La mayoría de los bashkan (gobernadores) de Gagauzia fueron partidarios de estrechar las relaciones con Moscú. En la última consulta popular, celebrada en la primera quincena de mayo, se alzó con la victoria la candidata del prorruso partido Shor, Evghenia Gutul. Se trata de una vieja conocida de las autoridades moldavas, muy reacias en entablar el diálogo con la minoría gagauza.

La nueva gobernadora ha abogado por mejorar los contactos con Moscú, contemplando incluso la apertura de una oficina de representación diplomática de Gagauzia en Moscú. Al día siguiente a la celebración de la consulta popular, la policía moldava irrumpió en la sede de la Comisión Electoral Central de la autonomía, tratando de incautar las papeletas destinadas a validar los resultados de las elecciones.

Las autoridades de Chișinău no quieren reconocer la victoria de la señora Gutsul, señalan los miembros de la Comisión Electoral, recordando que la Asamblea Popular (Parlamento) de Gagauzia ratificó la victoria de la representante del partido Shor. Los gagaúzos acusan al Gobierno de la República Moldova de intimidaciones e interferencia en el funcionamiento del sistema electoral.

Pero hay más: en los confines de Gagauzia se halla el no menos conflictivo distrito de Taraclia, hogar de la minoría búlgara de Moldova, donde se hallan numerosas instituciones culturales y educativas. El búlgaro es también uno de los idiomas de instrucción en la Universidad Estatal de Taraclia.

Semiindependiente del gobierno central de Moldova, la administración regional del distrito mantiene relaciones especiales con Rusia. En efecto, al igual de Gagauzia, Taraclia se considera un bastión de los partidos pro moscovitas. Debido al descontento con las políticas del gobierno central Chișinău, las tendencias separatistas se han intensificado en los últimos años.

Transnistria, Gagauzia, Taraclia. Sólo tres de los numerosos quebraderos de cabeza de Maia Sandu a la hora de contemplar la ansiada adhesión a la Unión Europea; a la hora de querer librarse de las garras del Kremlin. 

jueves, 18 de mayo de 2023

¿Hacia una autonomía estratégica global?

 

A Emmanuel Macron no se le puede echar en cara su… falta de sinceridad. Macron, ¿hipócrita? No, en absoluto. Pero lo cierto es que a veces sus verdades pueden resultar molestas para sus pares, los hombres y mujeres que dirigen los destinos del Planeta.  

El presidente galo afirmó recientemente que la victoria de Kiev en el conflicto con Moscú ha de ser el objetivo prioritario de las democracias occidentales, pero que los europeos tienen que idear una relación sostenible con Rusia. Si bien sus aliados comunitarios aplaudieron la primera parte del discurso – la victoria de Ucrania – consideraron que sería prematuro contemplar un hipotético restablecimiento de relaciones normales con el Kremlin.

Pero hay más; cuando Macron manifestó que el desequilibrio de fuerzas creado por la intervención rusa en Ucrania convierte a Moscú en un mero vasallo de China, logró abrir la caja de los truenos del Kremlin. El portavoz de Vladimir Putin le recordó al inquilino del Eliseo que las relaciones entre Rusia y China están basadas en el respeto mutuo y la cooperación fraternal, conceptos – según él – casi inexistentes en el vocabulario de la clase política occidental.  

Por ende, cuando el primer mandatario francés se erigió en defensor de la autonomía estratégica del Viejo Continente, el secretario general de la OTAN se apresuró en recordarle la irremplazable importancia del paraguas nuclear estadounidense. Menos diplomática resultó ser la reacción de Donald Trump al enterarse, durante la cumbre de la Alianza celebrada en 2017 en Varsovia, del extravagante neologismo de Macron. La respuesta del entonces presidente norteamericano fue contundente: ¿Autonomía? Pague su cuota a la OTAN y procure incrementar su contribución.

Con el paso del tiempo, el concepto de autonomía estratégica adquirió un nuevo significado. Tras la invasión de Ucrania, la imposición de sanciones contra Moscú, los desequilibrios económicos y monetarios generados por la alteración de las reglas aplicables a los intercambios comerciales, muchos Gobiernos tratan de hallar otras vías para el desarrollo armónico de las relaciones internacionales. Rusia y China abogan en pro del surgimiento de un mundo multipolar, que acabe con el papel hegemónico de los Estados Unidos. Se suman a este proyecto los mayores productores de petróleo – Araba Saudita e Irán – así como algunas potencias regionales emergentes que pertenecen al llamado Sur Global. El objetivo de estos países es de crear nuevas estructuras para el desarrollo de una intensa cooperación política y económica a través de plataformas globales y regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) o la Organización de Cooperación de Shanghái. (OCS).

Una de las prioridades de Moscú y Pekín es la desdolarización de los intercambios comerciales y la paulatina sustitución de la divisa estadounidense por un sistema de pagos basado en la utilización de monedas nacionales o la creación de una nueva unidad monetaria común.

La esencia de este concepto (autonomía estratégica) es que una nación mantenga sólidas relaciones de alianza y, al mismo tiempo, cultive la capacidad de pensar de manera independiente y actuar en función de sus propios valores e intereses, señala el catedrático y economista Kerem Alkin, que ostenta en cargo de representante de Turquía ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Señala el profesor estambulí, partidario de nuevas posibles alternativas para la integración de su país en un amplio concierto internacional, que el concepto de autonomía estratégica no se limita a los países del Sur, ya que también está siendo debatido entre los miembros de la Unión Europea y… la Alianza Atlántica.

En un mundo donde el equilibrio político-económico se está desplazando del Atlántico a Asia-Pacífico, las naciones líderes están experimentando diferencias significativas, ideas contradictorias e intereses en conflicto con sus supuestos socios y aliados de los últimos 22 años, sostiene el representante de Ankara en la OCDE. 

Si bien en las décadas posteriores a la Guerra Fría, la mayoría de las economías de los países industrializados abrazaron el concepto de autonomía estratégica y la indispensabilidad de convertirse en naciones autosuficientes en materia de defensa, energía, agricultura. alimentación, salud, tecnología digital y logística, la cuestión que destaca actualmente es la escasa confianza en el sistema multilateral, la equidad e imparcialidad de los organismos internacionales o la transparencia de las decisiones tomadas por dichas organizaciones.

Apostar por el multilateralismo. ¿Acaso ello significa que Turquía está dispuesta a abandonar su viejo sueño europeo para acercarse progresivamente al perverso eje Pekín-Moscú? Lo cierto es que, en los últimos meses, el presidente Recep Tayyip Erdogan no disimuló su interés por concertar un posible ingreso de Ankara en este Club de los Emergentes.

El porvenir nos los dirá.


sábado, 13 de mayo de 2023

Después de Erdogan, ¿qué?

 

No nos vamos a dedicar, estimado lector, a analizar la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones turcas ni a hacer una evaluación científica del incremento del precio de la cebolla en la cesta de compra de los pobladores de Anatolia. Cierto es que muchos analistas vinculan estas cuestiones con los resultados de la consulta popular que se celebra este fin de semana en Turquía, díscolo aliado de la Alianza Atlántica y eterno candidato al ingreso en la Unión Europea, cuya admisión ha sido pospuesta en reiteradas ocasiones tanto por las carencias en la aplicación de una normativa pro derechos humanos equiparable a la europea, como - y ante todo – por tratarse de un país musulmán que inundó los mercados comunitarios con productos muy competitivos. Amenaza cultural, pues, para la Europa cristiana; fuerte competidor comercial de las economías del Viejo Continente.

Tampoco vamos a dedicar mucho espacio al fenómeno de la emigración turca, pujante en Alemania y Francia, las dos locomotoras económicas de la Unión Europea. Los hijos de Anatolia llegaron aquí para quedarse, integrándose en las estructuras sociales de los países de inmigración. Alemania es, sin duda, el mejor ejemplo de este mestizaje intercultural. ¿Un ejemplo para el porvenir interracial de Europa? Los franceses lo dudan; la palabra otomano sigue ateniendo connotaciones incómodas.

Pero, volvamos a Anatolia, donde se celebran unas elecciones presidenciales y generales que podrían acabar con los 20 años de gobierno de Recep Tayyip Erdogan. Este es, al menos, el deseo (y la esperanza) de la oposición liderada por Kemal Kiliçdaroglu, que aglutina a cinco agrupaciones políticas de distinto corte.    

Resulta difícil pasar por alto los paralelismos entre las elecciones de 2002, cuando el partido de Erdogan se alzó con la victoria, y las de 2023. En las primeras, el electorado se enfrentó a una inflación vertiginosa, políticas económicas dañinas y un coste de vida en aumento. En aquel entonces, una sociedad cansada de los viejos políticos reclamó un gobierno que pudiera centrarse en la economía, una mayor democracia y más libertades.

Em 2023, con la inflación en espiral y un coste de vida galopante, medidas económicas poco ortodoxas, claramente impulsadas por una política a corto plazo en lugar de un crecimiento a largo plazo, demandas de más democracia y libertades, exigen a los votantes hartos de polémicas y guerras culturales (religiosas) buscar un nuevo momento que pueda unir, sanar y garantizar mejores condiciones económicas para el conjunto de la sociedad.

El kemalista Kemal Kilicdaroglu, dirigente del Partido Republicano del Pueblo, aboga por el regreso a un sistema parlamentario fuerte, amnistía para los opositores y presos políticos, al multipartidismo democrático.  Asimismo, promete un regreso a políticas fiscales convencionales, un banco central independiente y un paquete de medidas destinadas a reducir la inflación.

 

La victoria de Erdogan supondría, según los analistas, la consolidación a largo plazo de un gobierno de partido único, lo que hará que Turquía esté mucho más cerca del modelo chino que de cualquier otro referente del mundo islámico. 

 

La situación actual de la economía turca es poco boyante. En los últimos 18 meses, la inflación ha pasado del 20% a más del 80%, aunque se estima que la tasa real podría superar el 100%. La depreciación de la lira turca y el repunte de la inflación han provocado un gran descontento popular.

 

Consciente del descenso de su popularidad, Erdogan anunció, una semana antes de la celebración de los comicios, una subida salarial del 45% para 700.000 funcionarios públicos. Actualmente, el salario mínimo mensual de los funcionarios asciende a 15.000 liras turcas (768 dólares). También está previsto un incremento del 10% para las víctimas del terrorismo o los empleados de larga duración.

 

Aunque la mala respuesta gubernamental de los catastróficos terremotos del sudeste de Turquía podría jugar contra el candidato-presidente, cabe suponer que la población de estas regiones, en su gran mayoría, religiosa y muy conservadora, seguirá apoyando al candidato Erdogan. No es este el caso de los jóvenes que votarán por primera vez – alrededor de 6 millones, es decir, un 7% ciento del electorado - que censuran las políticas restrictivas de Erdogan.

Una victoria de la oposición tendría un enorme impacto en Occidente. La Unión Europea debería responder reactivando el programa de liberalización de visados, mejorando el acceso de Turquía al mercado único y cooperando más estrechamente en materia de política exterior.

Otro asunto pendiente sería la renegociación del acuerdo migratorio con la Unión, aunque las peticiones del nuevo gobierno a Bruselas solo quedarían claras después de las elecciones.

La nueva administración turca mantendría la política equidistante de Erdogan en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Seguiría suministrando drones a Kiev, pero no se uniría a las sanciones contra Moscú, ya que depende demasiado de Rusia para la realización de sus proyectos energéticos y el mercado turístico.

Estados Unidos continuará cooperando con Turquía profundizando las relaciones con el gobierno que elija el pueblo turco. Turquía es un aliado importante de la OTAN y desempeña un papel clave importante en muchos asuntos que preocupan a Estados Unidos, señala el portavoz del Departamento de Estado, recordando la participación activa de Ankara en la implementación de la Iniciativa de Granos del Mar Negro.

El Gobierno de Ankara, no ha disimulado su descontento con el aparente favoritismo de Washington por la oposición en este período preelectoral. De hecho, el embajador de los Estados Unidos en Turquía, Jeffry Flake, se reunió a finales de marzo con Kemal Kılıçdaroğlu, el candidato de la oposición, provocando la ira de Erdogan.

Sabido es que el Partido para la Justicia y el Desarrollo (Partido AK) de Erdoğan adopta una postura internacional que no es totalmente pro-occidental ni apoya firmemente a otras potencias atlantistas; el sentimiento antiestadounidense se hizo más visible en la opinión pública después de los comentarios de Joe Biden, quien, en una entrevista de 2020, dejó muy claro el apoyo de Estados Unidos a la oposición, provocando en rechazo de la clase política, que interpretó las palabras del inquilino de la Casa Blanca como una injerencia directa en los asuntos internos del país.

Subsisten, pues, los interrogantes: ¿Erdogan o Kılıçdaroğlu? ¿Continuismo o cambio? El autor de estas líneas recuerda que, allá por los años 60, el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, publicó en el exilio un libro – poco conocido en España – titulado Después de Franco, ¿qué? En el caso del libro de Carrillo, hubo dos respuestas, que reflejaban la polarización de la sociedad española: Después de Franco, la democracia, decían algunos. Después de Franco, otro Franco, respondía el bunker.

Pues bien, y después de Erdogan, ¿qué?

 

 


martes, 28 de marzo de 2023

Embajador en el Ártico (I)

 

Queremos que el Ártico sea una región pacífica, estable y próspera; es una zona que tiene una importancia estratégica vital para los Estados Unidos, manifestó recientemente el jefe de la diplomacia norteamericana, Antony Blinken, al anunciar la creación del cargo de embajador general para la región ártica, que sustituye al actual coordinador del Ártico del Departamento de Estado.

Oficialmente, la misión de este nuevo plenipotenciario consistirá en tratar asuntos relacionados con el medio ambiente y el desarrollo regional, haciendo especial hincapié en los intereses económicos y de seguridad nacional derivados de los efectos del calentamiento global en el Polo Norte.  

Conviene señalar que la Unión Europea se adelantó a la iniciativa de Washington, anunciando el nombramiento de su representante para asuntos árticos y la apertura de una oficina de cooperación de la Comisión Europea en Groenlandia, dirigida por un… embajador.

La competencia se libra también a nivel discursivo-ideológico. El recién estrenado término euroártico, empleado por los funcionarios de Bruselas, define los intereses de la UE en la región: llevar a cabo una política independiente más activa, aprovechando el entorno para fortalecer los lazos con los países del Atlántico Norte, desde Noruega y las Islas Feroe hasta Islandia y Groenlandia, sin olvidar, claro está a los aliados estratégicos clave, Estados Unidos y Canadá.

Los informes escritos en la (casi) ininteligible jerga comunitaria indican que la estrategia de Bruselas debe centrarse en cuestiones de seguridad en las que la UE puede desempeñar un papel importante, como la importación de minerales y materias primas, el uso de los sistemas de satélites civiles y militares, la conversión de la Unión en un actor geopolítico dispuesto a explotar activamente sus interdependencias económicas, es decir, el aprovechamiento de los múltiples recursos minerales de la región.

 

Parecen olvidar los autores del informe comunitario que el Ártico es, en realidad, un escenario de confrontación entre Rusia y Estados Unidos. Para Washington, la Federación Rusa representa una verdadera amenaza militar, teniendo en cuenta los vientos belicistas que soplan en el Viejo Continente. Y, reconozcámoslo:  Rusia, que cuenta con grandes reservas de petróleo y gas natural en el Ártico, lleva años reforzando su presencia militar con armamento de toda índole: submarinos, cohetes, tanques y aviones.  

Los analistas occidentales temen que Estados Unidos y Europa no puedan controlar los ansiados recursos energéticos y establecer un equilibrio estratégico en la región mientras Rusia siga colocando más personal civil y militar en el Ártico, haciendo que peligre – siempre según Occidente - el desarrollo económico y la seguridad de las demás naciones cuyos territorios soberanos se encuentran dentro del Círculo Polar: Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia.

En un sonado artículo titulado La batalla por el Ártico continúa y Estados Unidos ya están atrasados, el omnipresente secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, aseguró que tenía información fidedigna e inquietante sobre el aumento del contingente militar ruso en la zona.  

Afirma Stoltenberg que la defensa aérea de Rusia en la región está cubierta por los misiles S-400 y Pantsir. La brigada de fusileros motorizados 80 utiliza versiones especiales de vehículos todo terreno Vityaz capaces de operar en condiciones extremas, así como tanques T-80BVM.

La principal amenaza para Rusia es, sin duda, la flota de sofisticados submarinos de última generación de la Alianza Atlántica.

La estrategia militar del Ártico, lanzada en octubre de 2022 por el Pentágono, es mucho más agresiva e inequívoca que el discurso conciliador del Departamento de Estado, ya que proclama el deseo de posicionar a Norteamérica como primus inter pares en la competencia con el Kremlin.

 

El plan estratégico de los militares se basa en los siguientes componentes: 

 

1º – Seguridad

2ª - Cambio climático y protección ambiental

3º - Desarrollo económico sostenible

4º - Cooperación y Gobernanza Internacionales

 

En enero de 2021, el plan Restaurar el dominio en el Ártico elaborado por el Departamento de Defensa era mucho más explícito:

 

1º - Crear un cuartel general con brigadas de combate especialmente entrenadas y equipadas;

2º - Aumentar la preparación material de las unidades capaces de actuar en el Ártico;

3º - Mejorar la formación individual y colectiva en condiciones de montaña y alta montaña;

4º - Mejorar la calidad de vida de los militares, civiles y familiares que viven y trabajan en la región del Ártico.

 

Por ende, el Concepto Estratégico de la OTAN adoptado en la cumbre de Madrid de 2022 establece que la libertad de navegación a través del Atlántico Norte es un desafío estratégico para la Alianza.

 

Recapitulemos: submarinos atómicos, rompehielos, comandos especiales, artillería, tanques, misiles con ojivas nucleares.

 

Ahora bien: parafraseando al dramaturgo francés Jean Giraudoux podríamos decir que La guerra del Ártico no tendrá lugar. Mas escuchando las enigmáticas palabras de Antony Blinken, nos veríamos obligados a añadir: Al menos, de momento.

Sería licito preguntarse, pues: ¿Para qué sirven los embajadores en el Ártico?


miércoles, 23 de noviembre de 2022

La opción asiática de Erdogan


Si la Unión Europea no nos acepta, habrá que pensar en otros esquemas de integración. Turquía dirigirá sus miradas hacia Asia, hacia los países con los que compartimos una historia común, una cultura y una civilización similar, me confesaba a comienzos de 2003 el ex primer ministro turco, Bülent Ecevit, un pacifista y europeísta convencido.

Aparentemente, Ecevit estaba más preocupado por las reiteradas negativas de los eurócratas de Bruselas que por la victoria del islamista Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) en las elecciones generales celebradas a finales de 2002. Somos turcos; el rumbo de nuestra historia lo tendremos que decidir entre todos. Nuestros referentes: el pasado de este país, del Imperio Otomano.

Bülent Ecevit no parecía muy propenso a hablar del glorioso pasado imperial de su país; pertenecía a la generación de socialdemócratas modernos, imbuidos por la doctrina kemalista. Su mensaje podía resumirse en pocas palabras: Turquía, país moderno, laico y democrático. Pero, eso sí, un país cuyas instituciones parecían incapaces de combatir eficazmente la violencia y la corrupción, lastres para una sociedad predispuesta a mirar hacia el futuro, hacia la modernidad centroeuropea, hacia una sociedad desarrollada, pero que… recelaba del mahometismo.

¿Ingresar en la UE? Un sueño, una quimera. Los políticos turcos, los expertos en relaciones internacionales, los intelectuales, eran plenamente conscientes de que el club cristiano de Bruselas, como lo llamaban algunos, tratará por todos los medios de obstaculizar la adhesión del turco. No, los europeos no son racistas, no somos racistas, pero cuando se trata de acoger en el seno de nuestra sociedad judeo-cristiana a nada menos que 70 millones de musulmanes…

En 2002, poco antes de la consulta electoral en la que el AKP se alzó con una aplastante victoria, las negociaciones entre Bruselas y Ankara parecían estancadas. Turquía había accedido a las exigencias comunitarias sobre la libertad de prensa, derechos humanos, sistema educativo de las minorías étnicas, modernización de la justicia.

Los sucesivos Gobiernos del AKP trataron de seguir por esta senda. Sin embargo…  En 2016, las negociaciones se paralizaron. Bruselas acusó nuevamente a Turquía de violaciones de los derechos humanos. En septiembre de 2017, la entonces canciller alemana Angela Merkel manifestó, durante un debate televisivo, que trataría de poner fin a las consultas sobre la adhesión de Ankara a la UE. En febrero de 2019, el Parlamento Europeo acordó la suspensión de las conversaciones. Los temores de Bülent Ecevit se habían confirmado.

Y ahora, ¿qué? Durante los primeros años del Gobierno del AKP, los ideólogos del partido confesional se empeñaron en resucitar un término empleado en la década de los 80 por el entonces primer ministro, Turgut Özal: el neo otomanismo. Una doctrina que consiste en recuperar y estrechar los lazos con países o regiones que conformaban el Imperio Otomano. 

En 2009, fue creado en Estambul el Consejo de Cooperación de los Estados de Habla Túrquica, organización intergubernamental integrada por Azerbaiyán, Kazajistán, Kirguistán y Turquía. Unos años más tarde, se sumó a la recién modificada estructura – la Organización de Estados Turcos (TDT) - Uzbekistán. Turkmenistán, Hungría y la República Turca del Norte de Chipre participan en los trabajos de la TDT en calidad de observadores.

Durante la última cumbre de la Organización, celebrada recientemente en Samarcanda, el presidente en funciones de la TDT, Recep Tayyip Erdogan, instó a sus colegas a seguir el ejemplo de la Unión Europea, eliminando las barreras al comercio, simplificando los trámites aduaneros y garantizando la libertad en el transporte, la circulación de capitales y las personas. Un proyecto éste nada utópico, teniendo en cuenta la trayectoria de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, creada en 1951 por seis países del Viejo Continente, que se convirtió cinco años más tarde – en 1956 – en la Comunidad Económica Europea.

Los participantes en la reunión de la TDT acordaron la creación de un Fondo de Inversión Turco - institución financiera que tiene como objetivo movilizar el potencial económico de los estados miembros, fomentar los intercambios comerciales y desarrollar proyectos de cooperación conjuntos, haciendo hincapié en la agricultura, logística y transporte, eficiencia energética, energías renovables, tecnologías de la información y comunicación, turismo, infraestructura, desarrollo humano, recursos naturales y proyectos de medio ambiente urbano.

El Fondo apoyará a las pequeñas y medianas empresas (PYME), brindándoles financiación a través de sus activos, así como de otras instituciones financieras locales o regionales.

Un primer proyecto de cooperación regional – el Corredor Medio – contempla la unificación de las conexiones ferroviarias y terrestres entre Turquía, Georgia, Azerbaiyán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguistán y Kazajstán hasta la frontera con China. Dicho proyecto estará auspiciado por los ministerios de Asuntos Exteriores, Transportes y Energía.

Por último, aunque no menos importante, es el compromiso de desarrollar un concepto de seguridad común y fomentar la cooperación transfronteriza para prevenir y gestionar la migración irregular. Conviene recordar que, desde 2014, Turquía es el país que acoge al mayor número de refugiados del mundo.

La opción asiática de Ankara, su embrionario Mercado Común Túrico, ha echado a andar. Cabe suponer que sus promotores tropezarán con numerosos obstáculos. Aunque también, con bastantes ofertas de cooperación. La edificación de Europa es, qué duda cabe, un buen referente.