¿El fin de la democracia?
La UE y la OTAN se transformarán en
mecanismos de poder dominante
Prof. Cornel Vișoianu
12 de febrero de 2026
En
el contexto geopolítico actual, marcado por crecientes tensiones y una
reconfiguración de las alianzas internacionales, se puede observar una
tendencia alarmante hacia el abandono de los principios democráticos dentro de
las principales estructuras globales.
Estas
organizaciones, concebidas originalmente como foros para la cooperación
igualitaria, están evolucionando gradualmente hacia mecanismos formales de toma
de decisiones dominados por actores principales, donde el derecho de veto se
está convirtiendo en un vestigio del pasado, reemplazado por decisiones o
directivas mayoritarias.
Basándose
en un análisis previo[1] que exploraba la posibilidad de una OTAN de dos
velocidades, compuesta por un núcleo duro formado por Estados Unidos y aliados
seleccionados que se benefician de garantías especiales de seguridad, junto con
una periferia condicionada por niveles de contribución, esta evolución refleja
las realidades geopolíticas contemporáneas.
Presiones
externas como la agresión rusa en Ucrania, la rivalidad estratégica con China y
la volatilidad política en Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump están
empujando tanto a la UE como a la OTAN hacia una mayor centralización,
sacrificando la democracia interna en favor de la eficiencia.
Este
artículo examina esa tendencia analizando sus causas, manifestaciones e
implicaciones, con especial atención a la desaparición de facto del veto y al
surgimiento de un modelo imperial dentro de estas estructuras.
En
febrero de 2026, con las sanciones contra Rusia prorrogadas hasta mediados de
año y los intensos debates sobre la reforma institucional, la cuestión
fundamental es si estas organizaciones pueden sobrevivir sin erosionar sus
cimientos democráticos.
La
base de esta transformación radica en los desafíos geopolíticos que ponen de
manifiesto los límites de la toma de decisiones democrática durante las crisis.
Actualmente, la Unión Europea enfrenta presiones hacia la centralización
interna impulsadas por sus relaciones con China, Ucrania y Rusia.
Las
relaciones con Pekín permanecen en gran medida sin cambios, pero los riesgos
tecnológicos exigen una regulación más estricta, mientras que las interacciones
con Moscú requieren firmeza, ilustradas por cambios procedimentales en la
política de sanciones que limitan el poder de veto de países como Hungría y
Eslovaquia.
Estas
dinámicas ilustran una presión global hacia la eficiencia, donde la democracia,
caracterizada por el consenso y el poder de veto, aparece cada vez más como un
obstáculo. Dentro de la UE, el veto, considerado durante mucho tiempo un pilar
de la soberanía nacional, es cada vez más disputado.
Por
ejemplo, en enero de 2026, los estados miembros aprobaron una prohibición de
las importaciones de gas ruso hasta finales de 2027 mediante un mecanismo de
mayoría cualificada que evitó la oposición de Hungría y Eslovaquia. [2]
La
decisión, impugnada en los tribunales por Budapest y Bratislava, marca un
cambio de la unanimidad a la mayoría en áreas sensibles como la energía y las
sanciones. Refleja una tendencia más amplia orientada a eliminar la parálisis
institucional mediante el abandono gradual del poder de veto en política
exterior, defensa y asuntos fiscales.
El
Partido Popular Europeo ha propuesto una implementación más asertiva del
Tratado de Lisboa para responder a los cambios en el equilibrio global de
poder, incluida la eliminación de los derechos de veto en la política de
sanciones, como demuestra el paquete de sanciones bloqueado temporalmente por
Eslovaquia en 2025.
Esta
evolución dentro de la UE no es aislada, sino que forma parte de un declive
democrático global más amplio dentro de
las organizaciones internacionales. Informes como la evaluación internacional
IDEA de 2024[3] indican que en 2023, el 47 por ciento de los países experimentó
un deterioro democrático, mientras que Europa se vio afectada por la erosión
institucional en países como Hungría y Polonia.
Freedom
House[4] señala de manera similar una regresión continua de la democracia
en Europa y Eurasia, donde líderes autoritarios debilitan las instituciones
democráticas para mantenerse en el poder, transformando gradualmente
organizaciones como la UE en vehículos para los intereses de las grandes
potencias.
Las
causas son múltiples. Entre ellas se incluyen la retirada parcial de Estados
Unidos de su papel tradicional como promotora de la democracia, la influencia
maligna de Rusia y crisis internas como la ola migratoria de 2015,
que amplificó el nacionalismo y debilitó el entusiasmo por una mayor
ampliación.
Dentro
de la UE, esta tendencia se refleja en propuestas para un protocolo de
"Acción Rápida" basado en la votación por mayoría calificada
(QMV)[5], diseñado para acelerar la toma de decisiones durante crisis,
reconociendo que el poder de veto se ha convertido en una vulnerabilidad
explotable por adversarios externos.
Un
grupo de 12 países apoya la ampliación del voto por mayoría calificada a las
políticas relativas a Ucrania y Rusia para evitar los bloqueos húngaros. Este
cambio corre el riesgo de alinear a los estados más pequeños en una estructura
que se asemeja a un sistema federal dominado por el tándem franco-alemán,
transformando lo que antes era una "confederación basada en el poder de
veto" en un marco centralizado de toma de decisiones.
Una
evolución similar puede observarse dentro de la OTAN. El concepto de
una "alianza de dos velocidades", con un núcleo duro compuesto
por Estados Unidos, Reino Unido, Polonia y los estados bálticos que se
benefician de garantías prioritarias y una periferia condicional, ilustra un
alejamiento de la igualdad democrática.
Fundada
en 1949 bajo el principio de defensa colectiva bajo el Artículo 5, la alianza
enfrenta ahora crecientes desigualdades en el reparto de cargas, con Estados
Unidos aportando más del 70 por ciento de las capacidades totales. Para 2025,
se había adoptado un objetivo de gasto en defensa del 5 por ciento del PIB,
pero pocos miembros lo alcanzan, lo que amplifica la frustración estadounidense
bajo el presidente Donald Trump, quien ha amenazado con aranceles e incluso con
retirarse.
Las
discusiones de enero de 2026, incluidas las propuestas alemanas para una estructura
de defensa "UE de dos velocidades"[6], sugieren una OTAN
reimaginada en la que Europa debe aumentar sus capacidades. Sin embargo, el
riesgo de un mecanismo de dos niveles, con un núcleo dominante, amenaza
el principio de seguridad indivisible.
El
secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha enfatizado la prioridad de
aumentar los esfuerzos de defensa, pero los críticos advierten que tales
desarrollos podrían producir un sistema en el que los principales
contribuyentes dicten efectivamente las decisiones, transformando la
alianza de una coalición igualitaria en un eje de poder entre Estados Unidos y
la UE dominado por grandes estados.
El
comentario sobre X refleja preocupaciones de que la OTAN corra el riesgo de
subordinarse al poder estadounidense, donde las decisiones se moldean por la
fuerza en lugar del consenso, señalando el fin de un orden unipolar liderado
por Estados Unidos y basado en valores democráticos.
Este
retroceso de la práctica democrática está impulsado por imperativos
geopolíticos: la necesidad de agilidad frente a amenazas híbridas, disuasión
contra Rusia y China, y adaptación a un mundo cada vez más multipolar.
Sin
embargo, las implicaciones son profundas. El proceso de centralización dentro
de la Unión Europea amenaza con alterar la naturaleza federal del proyecto,
empujándolo hacia una lógica imperial, un modelo imperial de facto. Esta
trayectoria confirma advertencias anteriores sobre vulnerabilidades sistémicas,
incluidas aquellas dentro del ámbito de la seguridad nuclear.
Las
disparidades internas en potencial económico y capacidad militar amplifican aún
más las desigualdades, permitiendo que los estados más grandes impongan
directrices políticas rígidas. Dentro de la OTAN, un modelo de dos
velocidades podría diluir la disuasión colectiva, generando riesgo moral y
resentimiento, lo que podría llevar a retiradas o colapso institucional que en
última instancia beneficiaría a Moscú y Pekín.
A
nivel global, este declive democrático, en el que las autocracias ocupan una
proporción creciente del PIB global en comparación con las democracias, socava
la legitimidad de las organizaciones internacionales, como señalan Freedom
House y la Carnegie Endowment[7]. La influencia de Rusia y China acelera el
retroceso democrático promoviendo modelos de gobernanza autoritarios en los
Balcanes y Europa Central.
En
conclusión, el retiro de los mecanismos democráticos dentro de la UE y la OTAN,
expresado a través de la desaparición de facto del poder de veto y el auge
de la toma de decisiones dominada por actores importantes, refleja una
adaptación a duras realidades geopolíticas.
Partiendo
de un contexto que plantea dudas sobre la disposición de la UE para una
centralización más profunda y el riesgo de transformación imperial, esta
evolución puede aportar eficiencia a corto plazo pero erosiona la cohesión y la
legitimidad a largo plazo.
Con
Estados Unidos retirándose de su papel como guardián de la democracia y el auge
de las autocracias, el futuro de estas estructuras dependerá de su capacidad
para equilibrar el poder con los principios.
De
lo contrario, la pregunta "¿Qué se debe hacer con la UE?" y, por
extensión, con la OTAN, resonará no solo externamente sino también desde
dentro, amenazando la esencia misma de la alianza transatlántica.
El
abandono del poder de veto y la centralización de la toma de decisiones dentro
de la UE y la OTAN sacrifican la democracia interna por la eficiencia
geopolítica, transformando alianzas de foros igualitarios en mecanismos
dominados por actores importantes.
Esta
deriva imperial socava la cohesión y la legitimidad con el tiempo, dejando el
futuro del orden transatlántico cada vez más moldeado por el poder bruto y la
regresión global de la democracia.
