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martes, 10 de febrero de 2026

Netanyahu vuelve a Washington

 

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, vuelve mañana a Washington para comentar con Donald Trump los escasos resultados de las negociaciones de los enviados de la Casa Blanca con Irán, celebradas el pasado fin de semana en Omán y, ante todo, para presentar unas exigencias ¡otras más! al equipo negociador estadounidense. Aparentemente, las consultas de Omán hacen caso omiso de los intereses inmediatos de Tel Aviv: la limitación de los misiles balísticos iraníes, capaces de alcanzar objetivos estratégicos en el territorio del Estado judío, así como el cese total y definitivo del apoyo de Teherán a los movimientos islamistas radicales de la zona: Hezbolah (Líbano) y Hamas (Palestina).

Conviene señalar que las consultas indirectas llevadas a cabo en Omán la pasada semana parecían volver al punto de partida del diálogo sobre el programa nuclear iraní. Y aunque Trump calificó los casi inexistentes resultados de muy buenos, no dudó en amenazar a Teherán con el uso de la fuerza para reactivar el debate sobre el programa nuclear iraní. La respuesta de los ayatolás fue contundente: no hablaremos del programa nuclear ni del porvenir de los misiles balísticos.  

La Casa Blanca optó por acelerar el envío a la zona del portaaviones Abraham Lincoln y de otros buques de guerra, que recibieron este fin de semana la visita del almirante Brad Cooper, jefe del Mando Central del Ejército de EE. UU. y de los emisarios de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner. Para las Cancillerías del Golfo Pérsico, esta visita podría interpretarse como un presagio para el estallido de un conflicto regional.

Las declaraciones del titular de Asuntos Exteriores de la República Islámica de Irán, Abbas Araghchi, a la cadena de televisión quatarí Al Jazeera son un indicio: si Estados Unidos ataca Irán, nuestro país no tiene la capacidad de ripostar a EE.UU. y, por tanto, debe atacar o tomar represalias contra bases estadounidenses en la región. Más claro…

 Araghchi no se pronunció sobre la propuesta presentada por los jefes de las diplomacias de Egipto, Turquía y Catar sobre la posible congelación del programa de enriquecimiento de uranio iraní durante tres años, el envío del uranio altamente enriquecido fuera del país (probablemente, a Rusia) y el compromiso de Teherán de no usar sus misiles balísticos contra los Estados de la zona (léase, Israel).

Esos dos últimos puntos justifican la visita relámpago de Netanyahu a la Casa Blanca.  Pero en su caso, no se trata de rogar ni de pedir, sino de exigir el apoyo (siempre incondicional) del amigo americano.

 


martes, 7 de agosto de 2018

Irán: trumpocracia vs. Teocracia


El pasado 8 de mayo, cuando el presidente Trump anunció la retirada de los Estados Unidos del Pacto nuclear con Irán, la plana mayor de los clérigos iraníes comprendió que no podían tomarse el asunto a la ligera. Tal vez porqué el impredecible inquilino de la Casa Blanca, menos versado en los rudimentos de la diplomacia que un tendero de Brooklyn, tiene el mérito de salirse siempre con la suya. Sí, los impulsos suelen llevarle a buen puerto. Mas en este caso concreto, la decisión de Trump no parecía ajena a las motivaciones de dos de sus aliados regionales: Arabia Saudita e Israel que, por razones distintas, rezan por el debilitamiento, véase la caída del régimen teocrático iraní.

Los saudíes, que lideran la corriente sunita del Islam, consideran que los chiitas de Teherán son sus principales adversarios. En el Yemen, la pugna religiosa se ha convertido en… conflicto armado.

Por su parte, Israel lleva más de dos décadas denunciando la peligrosidad del programa nuclear iraní. Los sucesivos Gobiernos de Tel Aviv han exigido al “gran hermano” estadounidense la destrucción de las instalaciones atómicas iraníes; sin éxito. En comparación con los operativos relámpago llevados a cabo por la Fuerza Aérea hebrea  en Siria e Irak, en el caso de Teherán tropezaron contundente veto de la Casa Blanca. 

En ambos casos, Donald Trump prometió echar una mano a sus amigos e incondicionales aliados, apoyando militarmente el esfuerzo bélico de la monarquía wahabita en la Península Arábiga y amenazando con el palo a los clérigos chiitas, enemigos jurados de la “entidad sionista”, léase Israel.   
La primera tanda de sanciones económicas anunciadas por Washington tras el portazo de Donald Trump ha entrado en vigor esta semana. Se trata de la prohibición de comerciar con oro y metales preciosos, la venta de coches a la República Islámica, la importación de alfombras y textiles, la compra de la deuda o la utilización del dólar en el mercado de cambios persa. Es sólo de un comienzo, pues las sanciones más contundentes – embargo a las exportaciones de petróleo y productos petroquímicos -  se darán a conocer en el mes de noviembre.

El anuncio ha caído como un jarro de agua fría en Bruselas: la Unión Europea teme por los intereses de las grandes multinacionales europeas que operan en Irán – Airbus, Peugeot, etc.  Junto con China y Rusia, los europeos tratan de preservar el acuerdo nuclear con Teherán.

Sabido es que las exigencias actuales de Washington poco o nada tienen que ver con el programa nuclear iraní. Lo que se pretende es obligar a Irán a acabar con su presencia militar en Oriente Medio – Siria, Líbano – reducir el alcance de sus programa balístico y retirar el apoyo a los llamados “movimientos terroristas” – Hezbollah, en el Líbano y Hamas en los territorios palestinos.

Curiosamente, Trump pretende clonar el guion empleado con el líder de Corea del Norte: amenazar con la destrucción  del país y, acto seguido, formular una oferta de diálogo. Me sentaré a hablar con el Presidente Rohani sin condiciones previas, anuncia el inquilino de la Casa Blanca. La respuesta de Teherán no tarda en llegar: No se dialoga con alguien que viene con un cuchillo de la mano. Más claro…

Asegura Trump que Norteamérica no desea provocar la caída del régimen de los ayatolás. Sin embargo, las protestas antigubernamentales proliferan en las ciudades persas. Ello coincide con la proliferación de un nuevo perfil de diplomáticos estadunidenses: los expertos en movimientos sociales, léase disturbios callejeros. Los “disturbólogos” han encontrado refugio en misiones diplomáticas situadas en países clave: Afganistán, Paquistán, Egipto, países de Europa Oriental.

En resumidas cuentas: no provocar la caída de Gobiernos es una cosa; desestabilizarlo…

Los ayatolás lo saben; y no sólo los ayatolás.

domingo, 13 de mayo de 2018

El imprevisible Míster Trump: unilateralismo y bravuconadas


De “grave error histórico” calificó el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la firma, en julio de 2015, del Acuerdo Nuclear con la República Islámica de Irán. De “mayor despropósito” de la era Trump tildaron los estadistas y políticos de medio mundo la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca de abandonar el Pacto y reinstaurar las sanciones impuestas al régimen de los ayatolas. De nada sirvieron las advertencias formuladas por el Presidente Macron y la Canciller Merkel; Doland Trump optó por escuchar los cantos de sirena de Tel Aviv y de Riad, unos aliados que, por motivos diametralmente opuestos, apuestan por el hipotético final del sistema teocrático instaurado en 1979 por el ayatolá Jomeini, líder de la revolución islámica.  
  
Hay quien trata de persuadirnos que la llamada “amenaza nuclear” iraní se remonta a la década de los 70 del pasado siglo. Trato de hacer memoria. Mi primer encuentro con el Programa nuclear de Irán se remonta a la época del Sha. De hecho, tiene sus orígenes en el año 1957, cuando Teherán firma el primer acuerdo de cooperación nuclear civil, patrocinado por el programa “Átomos para la Paz” de las Naciones Unidas. El objetivo de esa iniciativa: qué todos los pueblos del Planeta tengan libre acceso a la energía nuclear.

En 1959, el Centro de Investigación Nuclear iraní disponía de un reactor de 5 megavatios de fabricación estadounidense, alimentado con… ¡uranio enriquecido! Hacia mediados de la década de los 70, el Sha contemplaba la instalación de una veintena de plantas nucleares. El plan contaba con el visto bueno de Washington y del Organismo Internacional de Energía Nuclear (OIEA).

En 1975, el entonces Secretario de Estado norteamericano, Henry A. Kissinger, firmó un memorándum titulado U.S.-Iran Nuclear Co-operation, en el que se mencionaba que la venta de equipos de energía nuclear a Irán traería a las corporaciones estadounidenses ganancias de más de seis mil millones de dólares. Además de los suministros de equipo técnico alemán y norteamericano, se creó un consorcio multinacional integrado por empresas francesas, belgas, españolas y suecas, cuya tarea consistía en facilitar financiación y tecnología nuclear a las autoridades iraníes. Tras la revolución islámica, los suministros de material quedaron congelados. Conviene señalar, sin embargo, que durante esa travesía del desierto, el establishment militar israelí intentó un acercamiento científico-estratégico a Irán. Curiosamente, la maniobra coincidió con el escándalo Irangate. ¿Simple casualidad?

La normativa del actual acuerdo nuclear – PIAC (Plan Integral de Acción Conjunta) -  es harto conocida. El régimen de los ayatolás, acusado de llevar a cabo un programa secreto para la fabricación de armas atómicas, (¿qué sabían los israelíes al respecto?) se comprometió a reducir sus reservas de uranio enriquecido de 10.000 a 300 kilos durante un período de 15 años, a limitar el número de centrifugadoras de 19.000 a 6.000 y a abandonar la construcción de nuevas instalaciones nucleares durante tres lustros. El uranio enriquecido se almacenó en una sola planta. Por otra parte, la instalación subterránea de Fordo se convirtió en un centro de investigación dedicado sola y únicamente a la utilización del átomo con fines pacíficos. A cambio de ello, Estados Unidos y sus aliados procedieron al levantamiento de las sanciones económicas y financieras decretadas contra el régimen iraní hace más de diez años. 

Según los informes facilitados recientemente por la  OIEA, Irán cumplió  con todas sus obligaciones. Quien no cumplió fue el Presidente Trump.  De hecho, el actual inquilino de la Casa Blanca exigió la incorporación de varias modificaciones de fondo al Tratado, como por ejemplo la eliminación de la cláusula que permite reiniciar el proyecto nuclear, la limitación del programa de misiles balísticos y la abolición de la “injerencia terrorista y desestabilizadora” de la República Islámica en la zona, léase en los conflictos de Siria y Yemen.

El ultimátum de Trump provocó la ira de Teherán. En presidente Hasán Rohaní advirtió que Irán podría reanudar el enriquecimiento de uranio "sin limite".  La respuesta de los saudíes, valedores del Islam sunita, no tardó: si Irán fabrica la bomba atómica, el reino wahabita se dotará a su vez de artefactos nucleares.

Pero hay más: a la ofensiva verbal se sumó, pocas horas después del anuncio de la Casa Blanca, un aparatoso ataque con misiles balísticos contra el territorio israelí, perpetrado desde las posiciones iraníes en Siria. Tel Aviv llamo a filas a los reservistas, abrió los refugios nucleares ubicados en el Norte del país y lanzó un espectacular operativo contra las instalaciones iraníes situadas en la país vecino. 

Ante la escalada de la tensión, la Unión Europea, Rusia y China se comprometieron solemnemente a salvar el acuerdo con la República Islámica. El presidente Marcon aludió, por su parte, a la necesidad de proteger el orden mundial, recordando, junto con la Canciller Merkel, que Europa ya no puede confiar en el aliado norteamericano para su defensa.

En cuanto a las implicaciones económicas de las sanciones anunciadas por la Administración Trump se refiere, cabe suponer que el precio del crudo no experimentará, a la larga, grandes fluctuaciones. Arabia Saudita compensará la ausencia de los 300 – 500.000 barriles diarios de petróleo iraní. Las medidas podrían afectar, sin embargo, a las trasferencias bancarias, y/o la contratación de seguros para los intercambios comerciales. .

España no ha sabido aprovechar las facilidades ofrecidas en su momento por los interlocutores persas. La situación apenas ha variado: hoy en día, sólo seis empresas españoles cuentan con delegaciones permanentes en Teherán.

martes, 9 de enero de 2018

La “primavera iraní” - ¿un asunto interno?


“Si las primaveras árabes fueron ideadas por gnomos del equipo de George W. Bush y llevadas a la práctica con la inestimable ayuda de veteranos asesores de la Administración norteamericana, no cabe la menor duda de que la cacareada primavera iraní es un invento de Dolad Trump”, afirmaba recientemente un cínico analista político libanés afincado en Francia. 

Ficticia o real, la acriminación encuentra eco en las manifestaciones de numerosos políticos y diplomáticos europeos o asiáticos, quienes no dudan en calificar la impetuosa actuación del actual inquilino de la Casa Blanca de intrusión en los asuntos internos de la República Islámica de Irán. La reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, convocada a finales de la pasada semana por la diplomacia estadounidense, ha puesto de manifiesto el rechazo de los miembros de la ONU ante la arrogante política imperial de la Casa Blanca. “Los problemas internos de Irán no constituyen un peligro para la paz mundial”, advirtieron los embajadores de las grandes potencias que integran el Consejo.

Cierto es que tanto el Presidente Trump como el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tienen interés en acabar, de forma más o menos pacífica, con el régimen de los ayatolás. Donald Trump pretende liquidar el legado de su antecesor, Barack  Obama: el acuerdo nuclear con Teherán, que no es del agrado de los legisladores republicanos. Por su parte, Netanyahu espera ansiosamente la “luz verde” de Washington para la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes, deseada por mentor, el general Sharon.
  
No hay que extrañarse, pues, al comprobar que los ayatolás echan la culpa de todos los males a los “agentes extranjeros” - Estados Unidos, Gran Bretaña, Arabia Saudita o Israel. Nada nuevo bajo el sol: lo mismo sucedió durante las últimas semanas del reinado del Sha, cuando se identificaba a los miembros de la guardia imperial dedicados a reprimir las revueltas populares con… ¡agentes del Mosad israelí!

Sin embargo, parece más que improbable que los manifestantes de 2018 acepten esas alegaciones. En comparación con la revuelta de 2009, organizada por una agrupación supuestamente liderada por los “verdes”, la actual primavera iraní es la emanación de un movimiento más heterogéneo, que congrega a exponentes del Irán profundo, las capas más desfavorecidas de la sociedad persa, hasta ahora ausente en las movilizaciones populares, a jóvenes, estudiantes, parados y mujeres. En este caso concreto, las quejas de los iraníes son múltiples y variopintas. ¿Su común denominador? La innegable voluntad de cambios estructurales.

Las primeras manifestaciones tuvieron como escenario la población de Mashad, ciudad natal del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de la revolución islámica y el feudo de la resistencia contra su adversario político, el reformador Hasán Rouhaní. Al día siguiente, las protestas se trasladaron a Kermanshah, localidad afectada por el último terremoto. Luego el movimiento se extendió a Teherán y otras localidades del país. La intervención de los Guardianes de la Revolución, unidades de élite que se dedican a proteger al régimen teocrático, se saldó con más de una veintena de muertos, centenares de heridos y detenciones masivas. Si bien el general Mohamad Alí Yafar, comandante en jefe de los Guardianes, se precipitó en anunciar el “fin de la sedición”, las protestas siguieron durante el fin de semana.

¿Se puede hablar de “sedición”? Aunque en las primeras horas se oyeron gritos de No a la República Islámica o Abajo el dictador (por el ayatolá Jameney), el movimiento se tornó rápidamente en una protesta social. Los “sediciosos” reclaman la introducción de nuevas reformas socio-económicas, ansiadas por la sociedad civil.

Los manifestantes denunciaban el  alto índice de desempleo – el 12,4 por ciento – alrededor del 29 por ciento en el caso de los jóvenes; una tasa anual de inflación del orden del 9 por ciento (controlada por las autoridades, puesto que en 2013 se había registrado la cifra récord del 35 por ciento); el aumento desmesurado del precio de los alimentos, la carestía de los hidrocarburos, el estancamiento de los sueldos (el salario mínimo ronda el torno a 155 – 170 euros),  el elevado gasto militar, debido ante todo al involucramiento del ejército y de las agrupaciones paramilitares en el conflicto del Yemen, el control de algunas zonas clave en la vecina Irak, así como la presencia de elementos castrenses en Siria y en el Líbano. A ello se suma el funcionamiento salvaje de sociedades financieras “opacas”, creadas durante la presidencia del populista Mahmud Ahmadineyad, acérrimo oponente de la política del ayatolá Rouhaní.

Por último, aunque no menos importante, la campaña a favor de los derechos básicos de los ciudadanos y las reivindicaciones más que justificadas de los grupos feministas.

Obviamente, el principal factor de la crisis es la patente incapacidad de los clérigos de llevar a cabo impostergables reformas económicas o de combatir la corrupción, un mal existente durante la época del Sha que, dicho sea de paso, fue el detonante (o la coartada) para el cambio de régimen.

Las embrionarias medidas contempladas por Hasán Rouhaní – reducción de los impuestos e incremento de los sueldos bajos – servirían para redorar, al menos, provisionalmente, la imagen del actual Gobierno. Sin embargo, podrían avivar las críticas de una oposición empeñada en condenar la aparente  “debilidad” del ala reformadora del establishment político, liderada por el propio Rouhaní.
Cabe suponer, pues, que al finalizar esa criptoprimavera persa, el país entrará en una etapa de inestabilidad, deseada por los detractores de la República islámica. La lista es muy larga: son legión…

miércoles, 15 de julio de 2015

Cuando el "gran Satán" corteja al "eje del mal"


De acuerdo histórico califican las cancillerías occidentales el pacto nuclear entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán sellado esta semana en Viena. Sin embargo, el Primer Ministros de Israel, Benjamín Netanyahu, estima que se trata de un grave error histórico que afecta la seguridad e incluso la supervivencia del Estado judío. Comparten su pesimismo dos ponencias regionales: Arabia Saudita, adalid del wahabismo y Egipto, artífice de refinadas iniciativas diplomáticas capaces de mantener el precario equilibrio del variopinto mundo árabe-musulmán.

Lo cierto es que para el actual inquilino de la Casa Blanca el acuerdo de Viena equivale a una especie de maná celeste. Barack Hussein Obama no habrá sido uno de los mejores presidentes de los Estados Unidos. Al contrario, podría figuran en la lista de los gobernantes menos eficientes. La mayoría de sus proyectos sociales no llegaron a materializarse. En política exterior, sus constantes zigzagueos desconcertaron a los aliados y se tradujeron por la innegable pérdida de prestigio de la pomposamente llamada primera potencia mundial.

El Nobel de la Paz avivó los conflictos de Oriente Medio, autorizó el despliegue de tropas y material bélico en los confines con su ex aliada Rusia, reactivó el escudo antimisiles, opción abandonada sus antecesores en los años de la llamada convivencia pacífica. Pero Obama puede enorgullecerse de su legado histórico: la normalización de las relaciones con Cuba y el armisticio con Irán. Un armisticio que tendrá que contar con el visto bueno del Congreso estadounidense, controlado por los republicanos y cuyo referente es… ¡el israelí Benjamín Netanyahu! 

Por su parte, el Presidente iraní, Hassan Rohaní, no dudó en echar las campanas al vuelo al anunciar la victoria diplomática del país persa en las negociaciones con los miembros permanentes del Consejo de Seguridad  de las Naciones Unidas, a los que se sumó Alemania, potencia económica regional y… habitual suministradora de tecnología (¿nuclear?) a Irán. 

Para la República Islámica, la pacto de Viena presupone el levantamiento de las sanciones impuestas por Washington y sus aliados europeos, avaladas por las resoluciones de las Naciones Unidas, la descongelación de los haberes iraníes bloqueados en los bancos occidentales, la eliminación de las trabas impuestas al comercio con Estados Unidos y los países de la Unión Europea. Ni que decir tiene que ello se traduciría en un incremento de la inversión, tanto pública como privada, un estímulo al consumo y una progresiva liberalización de la sociedad.

A cambio, Irán se compromete a modificar la estructura de su programa nuclear. ¿Un cambio radical? El actual inquilino de la Casa Blanca asegura que el tratado obstaculizará la proliferación de armas atómicas en una región que cuenta ya con varias potencias nucleares: China, India, Paquistán e… Israel. Sin embargo, la aún inexistente bomba iraní preocupa sobremanera a los vecinos de la República Islámica.

Irán tendrá que reducir de 19.000 a 6.104 el número de centrifugadoras de uranio. Sólo 5060 podrán utilizarse, durante un plazo de 10 años, para el enriquecimiento de uranio.  Asimismo, se reducirán de 10.000 a 300 kilogramos las reservas de uranio enriquecido.

Teherán se compromete, además, a aceptar la presencia permanente en su territorio de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), que elaborarán informes sobre el cumplimiento del acuerdo sellado en la capital austriaca.

¿Un trato justo? ¿Es lo que podía o debía esperar uno de los mayores productores de oro negro del planeta? El previsible incremento de sus exportaciones de crudo iraní preocupan a los vecinos saudíes.

Sin embargo, hay algo que provoca mayor preocupación en la zona: el papel que podría desempeñar el Irán chiita en la lucha contra el Estado Islámico. De hecho, los estrategas estadounidenses estiman que Teherán sería una excelente punta de lanza de la ofensiva contra el terrorismo de corte sunita, ideado y apoyado por el vecino y enemigo histórico de Irán en la zona.


Cuando el  gran Satán corteja al eje del mal, todo es posible…

jueves, 5 de marzo de 2015

La bofetada de "Bibi" Netanyahu


De bofetada a la Administración Obama tildaron los altos cargos de la diplomacia norteamericana el discurso pronunciado esta semana por el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ante las Cámaras del Congreso de los Estados Unidos. ¿Un golpe en la cara que ensancha aún más la brecha entre Washington y Tel Aviv? Aparentemente, la insolente actuación de Netanyahu irritó no sólo a Barack Obama, sino a la inmensa mayoría de sus colaboradores. Fue la gota que hizo desbordar el vaso…

No es costumbre que un estadista utilice la tribuna parlamentaria de un país extranjero para alertar a los representantes electos de otra nación sobre los peligros – ficticios o reales – que implica la política llevada a cabo por sus gobernantes. Es exactamente lo que hizo Benjamín Bibi Netanyahu al censurar el posible pacto nuclear con Irán. El líder del derechista Likud, invitado por la mayoría republicana del Congreso a intervenir en el debate sobre política exterior, aseguró que el hipotético mal acuerdo con el país de los ayatolás sólo serviría para allanar la vía hacia una catástrofe nuclear. Si a los estadounidenses les importa  su seguridad, a los israelíes nos preocupa la supervivencia, señaló Netanyahu. Su advertencia fue acogida con innegable júbilo por los congresistas republicanos (aunque también demócratas), partidarios de la mano dura en las relaciones con los países rebeldes – Corea del Norte, Irán, Siria… Rusia. Una postura inquietante, teniendo en cuenta la proliferación de los focos de tensión que acompaña los espectaculares reajustes geoestratégicos iniciados en la última década del siglo XX.

Recordemos que Netanyahu fue uno de los primeros políticos que alertó, a finales de los años 90, sobre el peligro que supone el programa nuclear iraní. De hecho, el establishment israelí no descartó la posibilidad de una intervención armada contra las instalaciones atómicas de Teherán, opción rechazada por los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca. Si bien las autoridades de Tel Aviv desean mantener a toda costa el monopolio de potencia nuclear regional,  Washington no descarta la existencia de un duopolio. Y ello, siempre y cuando los intereses estratégicos de Irán coincidan con los designios de los Estados Unidos. De hecho, una embrionaria bomba atómica persa implicaría el aumento de la cooperación militar (y también económica) de Washington con Arabia saudita, Irak y los Emiratos del Golfo Pérsico. El Estado judío tiene otras prioridades; el siempre vigente programa de gobierno del ayatolá Jomeyni contempla… ¡la destrucción total de Israel!

Desde el inicio de las consultas entre Teherán y las potencias occidentales sobre el programa nuclear iraní, las autoridades hebreas presentaron un documento de trabajo conocido bajo el nombre del memorándum de los cuatro “no”.  No al enriquecimiento del uranio, No al centrifugado, No al almacenamiento de uranio enriquecido, No al suministro de agua pesada para el reactor nuclear de Arak. Con el paso del tiempo, los cuatro no se han convertido en historia. Los científicos iraníes han adquirido los conocimientos necesarios para la fabricación de armas atómicas. Desde el punto de vista tecnológico, el proceso parece, pues, irreversible. ¿Frenar la producción de artefactos nucleares? Todo depende de la contrapartida ofrecida por Occidente. De momento, los interlocutores de Teherán sugieren una moratoria de 15 a 20 años, que los persas rechazan tajantemente.

Un nuevo factor se añadió recientemente al regateo nuclear: la ofensiva global contra el Estado Islámico. La Casa Blanca tiene interés en asociar a los países del mundo árabe-musulmán a la coalición ideada para combatir a las fuerzas del mal. En ese contexto, el Irán chiita sería, sin duda, un elemento clave en la lucha contra el radicalismo sunita.  Barack Obama está empeñado en alcanzar un acuerdo con los iraníes.

Por su parte, Benjamín Netanyahu, primer ministro saliente de Israel, aprovecha los últimos días de la campaña electoral en su país para romper moldes, sabiendo positivamente que el golpe en la cara de la Administración estadounidense podría facilitar su reelección o convertirle en incuestionable líder de una oposición conservadora intransigente. Bibi Netanyahu ¿profeta en tierra de Israel? Un legado éste difícil de gestionar sin la ayuda del Congreso de los Estados Unidos.

jueves, 8 de mayo de 2014

Todo va bien, señora baronesa


Todo va bien en el mejor de los mundos posibles. Ya lo decía Voltaire en su Cándido, obra maestra publicada a mediados del siglo 18.  Hoy en día, el mejor de los mundos posibles, nuestro mundo, vive bajo la amenaza de los conflictos de intereses, de los cambios sistémicos, de una accidentada transición socio-cultural, del renacer de totalitarismos de todo signo. Nuestro mundo no tiene que enfrentarse a un solo enemigo, sino a varios, a un sinfín de iluminados que tratan de imponer sus reglas de juego. Poco importa el interés general, el bienestar de los pueblos del planeta. Los detentores de la verdad absoluta se empeñan en ganar guerras mediáticas. Las otras, los conflictos bélicos, arrojan saldos de centenares de miles de víctimas reales, que algunos se limitan a calificar de… colaterales. 

Desde 1990, cuando Bush padre anunció en advenimiento del Nuevo Orden Mundial, el mejor de los mundos posibles se tornó en un universo violento, convulso, intolerante. Los profetas del pensamiento único trataron de persuadirnos del final de la Historia. ¿Final de la Historia? Pero si aún nos quedaba por asumir el choque de civilizaciones y/o la saludable globalización. Todo un programa, destinado a convertir el mejor de los mundos posibles en… universo orwelliano. 

Aparentemente, la pesadilla iba a acabar a finales de 2008, cuando Barack Hussein Obama se convirtió en el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos. No, Obama no era un ser sediento de sangre, un intrigante que perseguía  sórdidas venganzas. De hecho, pocos meses después de asumir el cargo,  fue galardonado, prematuramente, con el Premio Nobel de la Paz.  Una auténtica proeza para un político incapaz de acabar con los múltiples focos de tensión que sacuden la tierra. 

Durante la campaña electoral de 2008, Barack Obama desveló su ambicioso objetivo: una nueva estrategia para un nuevo mundo. Estiman los editorialistas del New York Times que el presidente logró algunas de sus metas, como el diálogo nuclear con el régimen islámico de Teherán, la retirada gradual de las tropas estacionadas en Irak y Afganistán, el derrocamiento del dictador libio Mummar al Gadafi o la ejecución de Osama bin Laden, el enemigo público número uno de la civilización occidental. 

Sin embargo, el actual inquilino de la Casa Blanca no pudo o no supo controlar las poco espontáneas primaveras árabes, que desembocaron en el auge del islamismo en los países del Magreb, ni de ofrecer una solución negociada al conflicto sirio, en el que Washington apoya, directa o indirectamente, a grupúsculos radicales islámicos afines al ideario de Al Qaeda.

Tampoco logró Obama poner punto final al conflicto israelo-palestino. El Secretario de Estado John Kerry se limitó a ofrecer a las partes un ultimátum con fecha de caducidad: israelíes y palestinos tenían que hacer las paces en un plazo de… ¡nueve meses! 

Más trágica e inquietante es la tirantez generada por la crisis de Ucrania, donde los occidentales – léase Estados Unidos y Alemania – apostaron al caballo perdedor. Sus aliados de Kiev no tienen talla de estadistas ni auténticas credenciales democráticas. 

¿Y Rusia? Vladimir Putin, al que la prensa alemana no duda en tachar desde hace ya algún tiempo de déspota ilustrado, supo aprovechar la crisis ucrania para promover un maquiavélico y aún embrionario proyecto: la Neorrusia. 

La respuesta de la Alianza Atlántica no tardó: el general Philip Breedlove, comandante en jefe de la fuerzas de la OTAN en Europa, anunció el incremento del contingente estacionado en Europa oriental, es decir, en Polonia, Rumanía y los países bálticos. ¿Tambores de guerra? No en absoluto: se trata, según los estrategas, de una simple reevaluación de los intereses geoestratégicos de Occidente. 

Las perspectivas son bastante sombrías. Los comunitarios no logran ponerse de acuerdo sobre una postura común. La Alemania merkeliana sueña con una Europa del Atlántico a Moskau (perdón, Moscú en nuestro idioma, mientras no nos lo germanicen), el virrey de los galos, François Hollande, defiende unos obsoletos y poco creíbles conceptos ético-imperiales, nuestros nuevos socios comunitarios, los antaño “oseznos” del Pacto de Varsovia, prefieren bailar al son de la pandereta del Tío Sam. 

El mundo de la globalización, del pensamiento único,  de la Coca Cola y la hamburguesa tiende a convertirse en un universo… ¡multipolar! 

En resumidas cuentas: todo va bien, señora baronesa.