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domingo, 16 de enero de 2022

El Mossad, contra la bomba islámica

 

En la primavera de 1983, un afamado politólogo paquistaní reunió a sus amigos en un céntrico local ginebrino para compartir la buena nueva: Señores, me enorgullezco de pertenecer a un país que acaba de ingresar en el club nuclear. Pakistán acaba de efectuar su primer ensayo atómico; una explosión en frío controlada por nuestros científicos.

Hablar de la pertenencia al club nuclear en Ginebra, ciudad donde los grandes de este mundo negociaban el desarme atómico, resultaba más bien insólito. Y más aún, empleando el tono triunfalista de nuestro anfitrión, persuadido de que la noticia iba a ser acogida con satisfacción, véase, con entusiasmo, por el restringido circulo de invitados llamados a brindar por el éxito de la nueva potencia nuclear. Un brindis, eso sí, con té de menta; nuestro convidante seguía a rajatabla los preceptos del Islam: nada de alcohol. Así fue como festejamos el advenimiento de la bomba islámica, también bautizada bomba verde (color Islam).

Nuestro interlocutor trató con suma cautela el espinoso tema de la paternidad del proyecto. Supimos que se trataba de una iniciativa avalada por el ex primer ministro Zulfikar Alí Bhutto, un diplomático buen conocedor del funcionamiento de las Naciones Unidas. Durante los últimos años de su mandato, Bhutto tuvo ocasión de entrevistarse con Abdul Khader Khan, un ingeniero paquistaní que trabajaba en Europa, quien le ofreció en bandeja de plata los planos de la bomba nuclear. Si es preciso, los paquistaníes comerán hierba, pero tendremos armas atómicas, exclamó Bhutto. Pero la verdad es que no hizo falta comer hierba; la República Popular China suministró la tecnología – pensando en neutralizar los planes de su gran rival asiático, la India – mientras que Arabia Saudita financió el proyecto.

¿Contar con una bomba atómica islámica? ¡Un regalo del cielo! Los saudíes no podían permitirse el lujo de emprender esta aventura; estaban atados por el estrecho vínculo con Washington. Sin embargo, Henry Kissinger había avalado la puesta en marcha del proyecto nuclear iraní. ¿El átomo en manos de los chiitas? ¡Una afrenta al Islam! pensaban los wahabitas. Lo que no se podían imaginar es que el padre de la bomba islámica, Abdul Khader Khan, iba transfiriendo los secretos nucleares al Irán de los ayatolás y, más tarde, a la Libia del coronel Khaddafi. En realidad, Khan era un mercenario; el mercenario mejor pagado y más vigilado del planeta. Falleció hace unos meses, a la edad de 84 años, de cáncer. Al parecer, los servicios secretos de medio mundo acogieron la noticia de su muerte con, perdón, con júbilo.

En efecto, pocas semanas después del fallecimiento de Khan, las centrales de inteligencia optaron por desclasificar los documentos relativos a su lucha contra el proyecto nuclear paquistaní y sus ramificaciones en el mundo islámico.

Dos agencias de espionaje, la CIA estadunidense y el Mossad israelí, entraron en liza para tratar de frenar el proyecto paquistaní. Los norteamericanos, a través de gestiones diplomáticas; los israelíes, empleando la presión y la violencia. Es lo que se desprende de un exhaustivo informe publicado recientemente por el prestigioso rotativo suizo Neue Zürcher Zeitung (NZZ), que tuvo acceso a algunos de los documentos desclasificados por Washington y Berna.   

Según los autores del informe, se sospecha que en la década de los 80 del pasado siglo, el Mossad israelí detonó bombas y profirió amenazas contra las empresas alemanas y suizas que colaboraron activamente en el incipiente programa nuclear de Pakistán. Si bien no hay constancia concreta de la participación del Mossad en los ataques, es obvio que para Israel la perspectiva de que Pakistán pudiera convertirse en un país islámico nuclearizado representaba una amenaza vital. Y más aún, teniendo en cuenta la estrecha colaboración entre Pakistán y la República Islámica de Irán en la construcción de dispositivos militares. En principio, una entidad totalmente desconocida, la Organización para la No Proliferación de Armas Nucleares en el Sur de Asia, se atribuyó el mérito de las explosiones en Suiza y Alemania. Detalle interesante: los atentados fueron perpetrados varios meses después del fracaso de las gestiones diplomáticas llevadas a cabo por Washington.

Las empresas suizas y alemanas que trabajaron para el programa nuclear paquistaní se beneficiaron de la interpretación laxista de la normativa sobre la exportación de material de doble uso. Conviene señalar que la mayoría de los componentes necesarios para el enriquecimiento de uranio, como, por ejemplo, las válvulas de vacío de alta precisión, se utilizan principalmente para fines civiles. Los informes confidenciales estadounidenses tildan la actitud de las autoridades de Bonn y de Berna de no intervencionista.

¿No intervencionista? La situación dio un vuelco radical en la década de los 90, cuando las sospechas de Washington se trasladaron al aún incipiente programa nuclear iraní. Dos jefes de Gobierno del Estado judío, Ariel Sharon y Benjamín Netanyahu, capitanearon la ofensiva anti iraní, haciendo especial hincapié en el hecho de que la política de la República Islámica contempla la destrucción total del llamado ente sionista.  

Lo que sucedió después es harto conocido. Occidente negoció el pacto nuclear con Teherán, mientras la Administración Obama accedió a colocar a la oposición al régimen teocrático iraní en la lista de… organizaciones terroristas.  

Cabe suponer que los meses venideros nos depararán más sorpresas. 

martes, 7 de agosto de 2018

Irán: trumpocracia vs. Teocracia


El pasado 8 de mayo, cuando el presidente Trump anunció la retirada de los Estados Unidos del Pacto nuclear con Irán, la plana mayor de los clérigos iraníes comprendió que no podían tomarse el asunto a la ligera. Tal vez porqué el impredecible inquilino de la Casa Blanca, menos versado en los rudimentos de la diplomacia que un tendero de Brooklyn, tiene el mérito de salirse siempre con la suya. Sí, los impulsos suelen llevarle a buen puerto. Mas en este caso concreto, la decisión de Trump no parecía ajena a las motivaciones de dos de sus aliados regionales: Arabia Saudita e Israel que, por razones distintas, rezan por el debilitamiento, véase la caída del régimen teocrático iraní.

Los saudíes, que lideran la corriente sunita del Islam, consideran que los chiitas de Teherán son sus principales adversarios. En el Yemen, la pugna religiosa se ha convertido en… conflicto armado.

Por su parte, Israel lleva más de dos décadas denunciando la peligrosidad del programa nuclear iraní. Los sucesivos Gobiernos de Tel Aviv han exigido al “gran hermano” estadounidense la destrucción de las instalaciones atómicas iraníes; sin éxito. En comparación con los operativos relámpago llevados a cabo por la Fuerza Aérea hebrea  en Siria e Irak, en el caso de Teherán tropezaron contundente veto de la Casa Blanca. 

En ambos casos, Donald Trump prometió echar una mano a sus amigos e incondicionales aliados, apoyando militarmente el esfuerzo bélico de la monarquía wahabita en la Península Arábiga y amenazando con el palo a los clérigos chiitas, enemigos jurados de la “entidad sionista”, léase Israel.   
La primera tanda de sanciones económicas anunciadas por Washington tras el portazo de Donald Trump ha entrado en vigor esta semana. Se trata de la prohibición de comerciar con oro y metales preciosos, la venta de coches a la República Islámica, la importación de alfombras y textiles, la compra de la deuda o la utilización del dólar en el mercado de cambios persa. Es sólo de un comienzo, pues las sanciones más contundentes – embargo a las exportaciones de petróleo y productos petroquímicos -  se darán a conocer en el mes de noviembre.

El anuncio ha caído como un jarro de agua fría en Bruselas: la Unión Europea teme por los intereses de las grandes multinacionales europeas que operan en Irán – Airbus, Peugeot, etc.  Junto con China y Rusia, los europeos tratan de preservar el acuerdo nuclear con Teherán.

Sabido es que las exigencias actuales de Washington poco o nada tienen que ver con el programa nuclear iraní. Lo que se pretende es obligar a Irán a acabar con su presencia militar en Oriente Medio – Siria, Líbano – reducir el alcance de sus programa balístico y retirar el apoyo a los llamados “movimientos terroristas” – Hezbollah, en el Líbano y Hamas en los territorios palestinos.

Curiosamente, Trump pretende clonar el guion empleado con el líder de Corea del Norte: amenazar con la destrucción  del país y, acto seguido, formular una oferta de diálogo. Me sentaré a hablar con el Presidente Rohani sin condiciones previas, anuncia el inquilino de la Casa Blanca. La respuesta de Teherán no tarda en llegar: No se dialoga con alguien que viene con un cuchillo de la mano. Más claro…

Asegura Trump que Norteamérica no desea provocar la caída del régimen de los ayatolás. Sin embargo, las protestas antigubernamentales proliferan en las ciudades persas. Ello coincide con la proliferación de un nuevo perfil de diplomáticos estadunidenses: los expertos en movimientos sociales, léase disturbios callejeros. Los “disturbólogos” han encontrado refugio en misiones diplomáticas situadas en países clave: Afganistán, Paquistán, Egipto, países de Europa Oriental.

En resumidas cuentas: no provocar la caída de Gobiernos es una cosa; desestabilizarlo…

Los ayatolás lo saben; y no sólo los ayatolás.