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jueves, 18 de enero de 2024

La otra guerra de Putin

 

¿Otra guerra auspiciada por el Kremlin? Pero no se trata, en este caso concreto, de un conflicto armado, sino más bien de una ofensiva de… desarme. De desarme económico y financiero; de un enfrentamiento entre gigantes de la economía global, de sistemas financieros diametralmente opuestos, por no decir, antagónicos.

A finales de octubre del pasado año, el presidente Biden advirtió que, a su juicio, la humanidad necesita un nuevo orden mundial para reemplazar al vigente en los últimos 50 años. Un orden que – según el actual inquilino de la Casa Blanca – había funcionado bastante bien, pero que de alguna manera se quedó… sin aliento. Es preciso crear un nuevo orden, basado, claro está, en las normas y las reglas establecidas por la economía dominante – la norteamericana – y supervisadas por sus fieles lugartenientes: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Añadió Biden, eso sí, sin ahondar en el tema, de que también Rusia es partidaria de crear un nuevo orden. La nueva estructura, promovida por Moscú y Pekín, se llama… BRICS. Es el acrónimo de los fundadores del movimiento: Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, creado en 2006 por potencias económicas emergentes dispuestas a contrarrestar la hegemonía estadounidense. En la última ampliación, acordada el pasado año, se sumaron al grupo otros seis países: Argentina, Egipto, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Etiopía. Tras la victoria electoral del populista Javier Milei, Argentina reconsideró su decisión de integrar los BRICS. Aparentemente, a Milei le apetece más una audiencia en  el Despacho Oval de la Casa Blanca que una foto en el Kremlin o la Gran Muralla china. Aun así, la deserción de Buenos Aires no parece preocupar sobremanera a los artífices de la multipolaridad. El ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov, reveló que el bloque considerará este año las candidaturas de una treintena de Estados dispuestos a adherirse a BRICS.

El principal objetivo de BRICS consiste en reemplazar el orden mundial unipolar (léase norteamericano) por un sistema multipolar, algo que ocultó en su discurso Joe Biden.

Los países miembros de BRICS, que aglutinan al 46% de la población mundial, representan el 29% del PIB del planeta, controlan el 22% de los intercambios comerciales, el 42% de la producción global de petróleo y el 55% de las reservas de gas natural, podrían convertirse en la piedra angular de un orden mundial emergente, en una pieza clave en el debate sobre el futuro de un mundo multipolar.

Rusia ostenta este año la presidencia rotatoria de BRICS, un ejercicio que permitirá al Kremlin organizar alrededor de 200 actos y una docena de reuniones ministeriales en suelo de la Federación Rusa. Una estrategia que pretende ofrecer una imagen de normalidad, fuera del conflicto de Ucrania.

Para Moscú, es importante ampliar la influencia de la asociación, convertir BRICS en un punto de encuentro y diálogo entre países con sistemas económicos y sociales diferentes, disponer de una herramienta jurídica capaz de neutralizar las sanciones arbitrarias, ilegítimas y unilaterales impuestas por los Estados Unidos y sus aliados. Los altos cargos del Kremlin advierten: Rusia es un banco de ensayo. Las sanciones se aplicarán mañana a China. ¿Política ficción? No forzosamente.

Otro frente importante es el de la desdolarización, la ofensiva destinada a acabar con la hegemonía del dólar en los intercambios comerciales internacionales. De momento, BRICS se centra en introducir los pagos en monedas nacionales. La creación de una moneda común, deseada por algunos socios, contemplada por los expertos del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, queda por ahora relegada a un segundo plano.


domingo, 16 de enero de 2022

El Mossad, contra la bomba islámica

 

En la primavera de 1983, un afamado politólogo paquistaní reunió a sus amigos en un céntrico local ginebrino para compartir la buena nueva: Señores, me enorgullezco de pertenecer a un país que acaba de ingresar en el club nuclear. Pakistán acaba de efectuar su primer ensayo atómico; una explosión en frío controlada por nuestros científicos.

Hablar de la pertenencia al club nuclear en Ginebra, ciudad donde los grandes de este mundo negociaban el desarme atómico, resultaba más bien insólito. Y más aún, empleando el tono triunfalista de nuestro anfitrión, persuadido de que la noticia iba a ser acogida con satisfacción, véase, con entusiasmo, por el restringido circulo de invitados llamados a brindar por el éxito de la nueva potencia nuclear. Un brindis, eso sí, con té de menta; nuestro convidante seguía a rajatabla los preceptos del Islam: nada de alcohol. Así fue como festejamos el advenimiento de la bomba islámica, también bautizada bomba verde (color Islam).

Nuestro interlocutor trató con suma cautela el espinoso tema de la paternidad del proyecto. Supimos que se trataba de una iniciativa avalada por el ex primer ministro Zulfikar Alí Bhutto, un diplomático buen conocedor del funcionamiento de las Naciones Unidas. Durante los últimos años de su mandato, Bhutto tuvo ocasión de entrevistarse con Abdul Khader Khan, un ingeniero paquistaní que trabajaba en Europa, quien le ofreció en bandeja de plata los planos de la bomba nuclear. Si es preciso, los paquistaníes comerán hierba, pero tendremos armas atómicas, exclamó Bhutto. Pero la verdad es que no hizo falta comer hierba; la República Popular China suministró la tecnología – pensando en neutralizar los planes de su gran rival asiático, la India – mientras que Arabia Saudita financió el proyecto.

¿Contar con una bomba atómica islámica? ¡Un regalo del cielo! Los saudíes no podían permitirse el lujo de emprender esta aventura; estaban atados por el estrecho vínculo con Washington. Sin embargo, Henry Kissinger había avalado la puesta en marcha del proyecto nuclear iraní. ¿El átomo en manos de los chiitas? ¡Una afrenta al Islam! pensaban los wahabitas. Lo que no se podían imaginar es que el padre de la bomba islámica, Abdul Khader Khan, iba transfiriendo los secretos nucleares al Irán de los ayatolás y, más tarde, a la Libia del coronel Khaddafi. En realidad, Khan era un mercenario; el mercenario mejor pagado y más vigilado del planeta. Falleció hace unos meses, a la edad de 84 años, de cáncer. Al parecer, los servicios secretos de medio mundo acogieron la noticia de su muerte con, perdón, con júbilo.

En efecto, pocas semanas después del fallecimiento de Khan, las centrales de inteligencia optaron por desclasificar los documentos relativos a su lucha contra el proyecto nuclear paquistaní y sus ramificaciones en el mundo islámico.

Dos agencias de espionaje, la CIA estadunidense y el Mossad israelí, entraron en liza para tratar de frenar el proyecto paquistaní. Los norteamericanos, a través de gestiones diplomáticas; los israelíes, empleando la presión y la violencia. Es lo que se desprende de un exhaustivo informe publicado recientemente por el prestigioso rotativo suizo Neue Zürcher Zeitung (NZZ), que tuvo acceso a algunos de los documentos desclasificados por Washington y Berna.   

Según los autores del informe, se sospecha que en la década de los 80 del pasado siglo, el Mossad israelí detonó bombas y profirió amenazas contra las empresas alemanas y suizas que colaboraron activamente en el incipiente programa nuclear de Pakistán. Si bien no hay constancia concreta de la participación del Mossad en los ataques, es obvio que para Israel la perspectiva de que Pakistán pudiera convertirse en un país islámico nuclearizado representaba una amenaza vital. Y más aún, teniendo en cuenta la estrecha colaboración entre Pakistán y la República Islámica de Irán en la construcción de dispositivos militares. En principio, una entidad totalmente desconocida, la Organización para la No Proliferación de Armas Nucleares en el Sur de Asia, se atribuyó el mérito de las explosiones en Suiza y Alemania. Detalle interesante: los atentados fueron perpetrados varios meses después del fracaso de las gestiones diplomáticas llevadas a cabo por Washington.

Las empresas suizas y alemanas que trabajaron para el programa nuclear paquistaní se beneficiaron de la interpretación laxista de la normativa sobre la exportación de material de doble uso. Conviene señalar que la mayoría de los componentes necesarios para el enriquecimiento de uranio, como, por ejemplo, las válvulas de vacío de alta precisión, se utilizan principalmente para fines civiles. Los informes confidenciales estadounidenses tildan la actitud de las autoridades de Bonn y de Berna de no intervencionista.

¿No intervencionista? La situación dio un vuelco radical en la década de los 90, cuando las sospechas de Washington se trasladaron al aún incipiente programa nuclear iraní. Dos jefes de Gobierno del Estado judío, Ariel Sharon y Benjamín Netanyahu, capitanearon la ofensiva anti iraní, haciendo especial hincapié en el hecho de que la política de la República Islámica contempla la destrucción total del llamado ente sionista.  

Lo que sucedió después es harto conocido. Occidente negoció el pacto nuclear con Teherán, mientras la Administración Obama accedió a colocar a la oposición al régimen teocrático iraní en la lista de… organizaciones terroristas.  

Cabe suponer que los meses venideros nos depararán más sorpresas. 

sábado, 6 de marzo de 2021

¿Quién resucita los demonios de la guerra fría?

 

La salida de Donald Trump de la Casa Banca coincidió, curiosamente, con un sorprendente recrudecimiento de las manifestaciones belicistas formuladas por los hasta ahora discretos aliados europeos de Washington. Al enunciado Rusia, nuestro viejo enemigo de Josep Borrell, Alto Representante para Política Exterior de la Unión Europea, acogido con una mezcolanza de sorpresa e indignación en el Kremlin, se sumó la no menos diáfana declaración de Jens Stoltenberg, secretario general de la Alanza Atlántica, quien añadió más leña al fuego con El diálogo con Rusia tiene que basarse en la fuerza y en la firmeza. Todo ello, en unos momentos en que el presidente Biden manifiesta su deseo de reactivar las relaciones de la Administración estadunidense con los aliados europeos ninguneados o humillados por el expresidente Trump.

Detalle interesante: las declaraciones de los políticos europeos parecen abonar el terreno para el inicio de la nueva cruzada de la Casa Blanca: la ofensiva global para la defensa de los valores democráticos. Nada sorprendente: Norteamérica suele movilizar sus ejércitos y, por supuesto, su opinión pública, utilizando el mantra democracia. Curiosamente, el único caso en el que Washington prefirió no emplear esta palabra fue la guerra contra Saddam Hussein. 

El resurgir de la amenaza de una guerra fría, argumento empleado ad nauseam por los políticos del Viejo Continente, no encuentra eco entre politólogos y estrategas de la nueva generación, quienes prefieren buscar respuestas más sosegadas a la vehemente argumentación de los pseudopacifistas empeñados en defender los valores tradicionales de Occidente.

Tratemos de llamar las cosas por su nombre: actualmente, el peligro de un enfrentamiento con Rusia es real. Los importantes cambios sociopolíticos y estratégicos registrados en las dos últimas décadas han desembocado en la modificación de las doctrinas militares, de los proyectos de defensa, de la configuración de los bloques y los confines. Quienes seguían con preocupación los avances de la carrera nuclear en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, difícilmente logran asimilar los cambios. Las amenazas se han multiplicado; los conflictos tradicionales han ido pasando en un segundo plano; la guerra moderna depende cada vez más de los avances tecnológicos, de la capacidad destructora de sofisticados artilugios creados por los humanos como respuesta a los desafíos de la última conflagración mundial. Hablar de tanques y misiles resulta, hasta cierto punto, anticuado. En las guerras modernas (o posmodernas, según como se mire), habrá que regirse por un nuevo concepto: contención. A ello se está dedicando la Red de Expertos UE-Rusia en Política Exterior, establecida en 2016 por el Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia y la delegación de la Unión Europea en Moscú.

Uno de sus últimos documentos de trabajo elaborados por esta red de expertos contempla cuatro posibles escenarios para la evolución de las relaciones entre Moscú y Occidente durante la próxima década: la asociación fría, la caída en la anarquía, al borde de la guerra y la comunidad de valores. Aparentemente, todas las hipótesis son válidas. Conviene, pues, analizarlas con detenimiento.

La asociación fría. La búsqueda de áreas de cooperación comienza con pequeños pasos. Para que este escenario se materialice, deben registrarse cambios tanto en la UE como en Rusia.

Cabe suponer que en 2030 la Unión Europea superará por completo la crisis económica provocada por la pandemia de Covid-19. Como consecuencia de ello, optará por la adopción de un rumbo de desarrollo económico independiente, que consiste en la no participación en la rivalidad entre Estados Unidos y China, así como el mantenimiento de buenas relaciones con ambas partes. Esto llevaría a la emancipación económica de la Unión, seguida de la emancipación estratégica. También consistirá en la negativa de algunos países de la UE miembros de la OTAN de aumentar su presencia militar en el Este y el incremento de gastos en políticas que podrían percibirse en Moscú como generadoras de tensiones. 

Esta evolución política de la Unión Europea irá acompañada por cambios en Rusia. En 2024, los rusos optarán por la salida de Putin de la presidencia y por el inicio de profundas reformas, principalmente en el ámbito de la digitalización de la administración y la lucha contra la corrupción, lideradas por Alexander Ogaryov, el joven sucesor del actual inquilino del Kremlin. El país estará sumido en el estancamiento y descontento general yla oposición comunista se ira fortaleciendo. Una política interna más prosocial, abierta a la presencia del capital extranjero facilitaría la estabilización del país y la reconstrucción gradual de la confianza de Occidente.

La cuestión de Crimea seguirá enfrentando a Europa y Rusia. En otras áreas, como por ejemplo Oriente Medio, Moscú adoptará decisiones "ad hoc", formando alianzas pragmáticas con los miembros de la UE.

La caída en la anarquía. En este escenario, Rusia, severamente afectada por la crisis provocada por la pandemia Covid-19, logra estabilizar su situación interna con bastante rapidez, ayudada por el aumento de los precios del petróleo resultante del conflicto de Oriente Medio, que se acentuará entre 2021y 2022. 

Al igual que en el anterior escenario, Putin se marcha después de 2024, pero es reemplazado por un político que se muestra reacio a Occidente.

Rusia dependerá cada vez más de sus relaciones con China, pero Pekín, inmerso en una competencia estratégica con Estados Unidos, no aprovecha el cambio. Rusia conserva su potencial, pero la percepción de la Unión Europea es completamente diferente.

Una de las primeras víctimas de este cambio de rumbo sería la política oriental de la Unión. Algunos países, como Alemania, Italia y Hungría, querrán conseguir ventajas competitivas en el mercado europeo de hidrocarburos, utilizando su relación especial con Rusia. Las divisiones inter europeas se verán acentuadas por las maniobras de los Estados Unidos, país afectado por la crisis e instigando a la división de los europeos.

En la década 2021-2031, Ucrania no se recuperará de la crisis económica, a la que se sumará una fuerte polarización política. Rusia, aprovechando las divisiones de la sociedad ucraniana, intentará ejercer su influencia en el país vecino. Por su parte, Estados Unidos no estará dispuesto a involucrarse militarmente en Ucrania. Los separatistas ganarán terreno en la región de Járkov y establecerán un nuevo Estado, inmediatamente reconocido por Moscú.

Alemania querrá construir su relación especial con Rusia, independientemente de la opinión de sus aliados occidentales. Como consecuencia de ello, las divisiones en el seno de la UE se irán profundizando.

Al borde de la guerra. En esta variante, Putin liderará Rusia hasta 2030 y no se vislumbra su salida del escenario político. Los precios del petróleo se mantendrán bajos durante la próxima década, pero el Kremlin, que ha construido una economía fuertemente controlada por el Estado, logrará mantener la estabilidad política y social sin disminuir su capacidad para imponer una política de poder.

Europa saldrá fortalecida de la crisis. Las relaciones transatlánticas serán mejores, ya que Estados Unidos estará dirigido por una Administración menos crítica con los europeos que durante el mandato de Trump. 

La economía europea estará en pleno auge, lo que implicará el mejoramiento de sus relaciones con China e India.

La situación será completamente distinta en Rusia, que exporta materias primas y trigo, productos cuya demanda irá disminuyendo. 

Tras superar la crisis, Estados Unidos vuelve a la posición de líder mundial en crecimiento tecnológico. La relación de Washington con Pekín, tensa y poco amistosa, no evoluciona hacia la hostilidad. 

Los problemas internos surgen en China impulsados por la desaceleración del crecimiento económico y la perspectiva de una buena cooperación entre Washington y Delhi.

La OTAN está recuperando protagonismo; la presión conjunta de Estados Unidos y Europa sobre Rusia, incluidas las sanciones, está aumentando en intensidad. China, poco propensa a verse arrastrada a un conflicto entre las dos potencias, se aleja gradualmente de Moscú. 

Comunidad de valores. Es, según los expertos, el escenario menos realista, resultante del fortalecimiento de la Unión Europea después del Covid-19 y el debilitamiento significativo de Rusia, tanto desde el punto de vista económico como político.

En Rusia, la crisis va acompañada de una creciente oleada de separatismo regional, fenómeno que surge alrededor de 2027, la desaparición casi completa de la vieja élite del Kremlin, la parálisis del liderazgo político ante las dificultades internas y el desvanecimiento del sueño de recobrar el pasado imperial.

Estas dos tendencias, una Europa fuerte, unida y prudente en su política exterior y una Rusia debilitada y empobrecida con una nueva élite gobernante, podrían entorpecer la reconciliación y la cooperación entre los dos gigantes.  

La mayoría de los expertos de la Red UE-Rusia considera, sin embargo, que el escenario más plausible sería el primero: la asociación fría. Pero a nivel continental subsisten dos incógnitas: Polonia y Ucrania, países cuya evolución interna podría afectar seriamente las relaciones de Occidente con Moscú.

La buena noticia: la perspectiva del conflicto armado parece alejarse.  ¿Hasta cuándo?