Mostrando entradas con la etiqueta Polonia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Polonia. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de abril de 2024

Eslovaquia de frutas

 

Pero, ¿qué estoy diciendo? En realidad, deberíamos decir Macedonia de frutas. Sería lo correcto y lo más comprensible. Pero en este caso concreto, la balcánica Macedonia nos queda un poco lejos. Esos apuntes tratan sobre la actualidad en otro minúsculo país europeo – Eslovaquia – situado en el corazón de Europa. Un Estado cuyo porvenir inquieta a los eurognomos de Bruselas y a los uniformados atlantistas. Un país que pertenece – junto con la República Checa, Polonia y Hungría, al problemático Grupo de Visegrado, que tantos quebraderos de cabeza provoca en las Cancillerías occidentales. Se trata, recordémoslo, de los díscolos de la UE y también – desde hace algún tiempo – de la Alianza Atlántica.

Polonia, que volvió al redil hace apenas unos meses, no consigue desembarazarse de sus tics autoritarios de sus gobernantes radicales, que tanto molestaban a los eurócratas: vigilancia del sistema judicial, rechazo de las políticas de genero de la UE, intimidación de la Prensa.

Hungría siguió la senda de Varsovia, apostando por el nacionalismo y ¡ay! la férrea defensa de la soberanía y los intereses nacionales, amén de una sospechosa amistad con el hombre fuerte del Kremlin: Vladímir Putin.

Las andanzas del primer ministro húngaro, Víctor Orban, no han terminado. Actualmente, el régimen de Budapest se ha convertido en la oveja negra comunitaria. Mas cuando parecía que los húngaros iban a asumir en solitario su ostracismo, surgió un nuevo protagonista dispuesto a actuar de malo de la película: Eslovaquia.

En septiembre de 2023, el socialdemócrata Robert Fico se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en el país. Malas noticias para el mundillo bruselense: Fico, que ya había ostentando en cargo de primer ministro en dos ocasiones, no duda en hacer alarde de su postura prorrusa. Un golpe bajo, sentencia el grupo socialista del Parlamento Europeo, que contempla la expulsión o suspensión de la agrupación parlamentaria bruselense de Smer, el partido de Fico, y de su ala disidente, Hlas, liderada por el hasta ahora presidente del Parlamento de Bratislava, Peter Pellegrini. Sin embargo, los dos políticos no tardaron en comprobar que… había vida después del involuntario destierro.

El pasado fin de semana, Pellegrini se alzó con la victoria en las elecciones presidenciales que lograron poner fin a una etapa de dominación conservadora.

Los socialdemócratas se han apoderado del Parlamento, el Gobierno y la Presidencia de la República, señalaba en la noche del domingo el comentarista político de la BBC. Para el público español interesado en la (buena) marcha del proyecto europeo, la lluvia de epítetos empleada por algunos medios de comunicación enturbió una posible y necesaria visión panorámica. Si bien al nuevo Presidente eslovaco, Peter Pellegrini, se le tacha de prorruso y aliado de Viktor Orban el Primer Ministro Fico cumula los calificativos de antiliberal, socialista, prorruso y populista, que moviliza al electorado joven utilizando narrativas de la extrema derecha.

Frente a ellos, hallamos al candidato derrotado, Iván Korčok, exministro de Asuntos Exteriores, un liberal prooccidental apoyado por la oposición liberal y conservadora. Una auténtica Eslovaquia de frutas.

En resumidas cuentas, lo que insinúa esta avalancha de calificaciones (descalificaciones, en este caso) es que el tándem Fico – Pellegrini podría convertir al país en un incómodo aliado de Orban y Putin.

De todos modos, sería recomendable que los lectores de la prensa mainstream de la Península consulten las noticias – muy escuetas y reveladoras – del servicio español de la BBC.

Los coleccionistas de despropósitos recordarán probablemente la disputa entre dos ciudadanos israelíes que termina con la imprecación: ¡Eres un… antisemita! Y la inevitable coletilla:  Pero, ¿qué estoy diciendo?

¡Ay, sí! una auténtica Eslovaquia de frutas.


martes, 5 de diciembre de 2023

Moldova: la Caperucita Maia y el Feroz Oso Vladímir


Tal vez cueste imaginar que un uno de diciembre, fecha en la cual los rumanos celebran su fiesta nacional, miles de ciudadanos de la República Moldova, territorio controlado hasta 1990 por la extinta Unión Soviética, salgan a la calle para bailar la hora, la danza popular que ameniza los jolgorios de varios pueblos balcánicos y carpáticos: rumanos, búlgaros, serbios o griegos. La hora se baila en círculo; puede sonar una música lenta o rápida, siempre adaptada al estado de ánimo de los bailarines, hombres y mujeres que suelen entonar estrofas de canciones folclóricas o patrióticas aprendidas desde la más tierna infancia.  

Pero el pasado sábado – uno de diciembre – las celebraciones han revestido un carácter particular. Miles de habitantes de la ex república soviética salieron la calle ondeando enormes banderas rumanas y cantando la Hora Unirii – himno de la unión – escrita para celebrar la unificación, hace más de un siglo, de los principados que iban a conformar el joven reino de Rumanía. A los pobladores de Moldova, país vecino de Ucrania y de la Federación Rusa, este uno de diciembre les brindaba la oportunidad de refirmar su pertenencia a una nación separada por fronteras artificiales. Su patria – Besarabia – fue troceada por el imperio austrohúngaro, el reino de Polonia, la revolución rusa de 1917. No hay que extrañarse, pues, si muchos moldavos sueñan con la reunificación, con la vuelta a… Rumania, el país creado en 1862 por los unionistas liberales de Moldova y Valaquia.

Mas no todos los pobladores de Moldova comparten este deseo. Pera la presidenta Maia Sandu, una economista formada en los Estados Unidos, que llegó a ostentar un importante cargo en el Banco Mundial, el provenir de su país pasa forzosamente por la integración en las estructuras euroatlánticas.  Sandu no descarta la colaboración con las autoridades rumanas, muy generosas a la hora de apoyar, tanto política como económicamente, este exiguo territorio que apenas cuenta con 2,7 millones de habitantes; algo menos que la población de Bucarest o de Madrid.

Huelga decir que los contrincantes de Sandu en la campaña por la presidencia de Moldova fueron el político prorruso Igor Dodon, líder del Partido Socialista, que se las ingenió para tener unos ingresos extra de 45.000 dólares mensuales procedentes de las arcas del Kremlin, y también el avezado hombre de negocios Ilan Șor, que fundó su propia agrupación política, el Partido Chance, convertido en el altavoz de la propaganda mscovita en Chișinău.

Dodon, acusado de corrupción, desaparecio de la palestra hace unos años. Por su parte, Șor, que hace gala de su doble nacionalidad – moldava e israelí - navega entre Chișinău y Tel Aviv. Sus contactos con los organismos oficiales rusos son archiconocidos. El Servicio de Inteligencia y Seguridad de Moldova (ISS) afirma tener constancia de varias transacciones de dinero ruso destinado a Chance a través de ciudadanos de terceros países, como por ejemplo… Kazajstán.

Pero hay más; el ISS asegura que entre los contactos rusos de Ilan Șor destacan el empresario Igor Ceaika, hijo del ex fiscal general de Rusia y amigo personal de Vladímir Putin, así como el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, artífices ambos de proyectos destinados a derrocar a la presidenta Sandu y devolver Moldova a la zona de influencia de Rusia. El rotativo estadounidense Washington Post se hizo eco de la noticia, citando como fuente tanto a la inteligencia moldava como al servicio de contraespionaje ucranio, que suministró datos concretos sobre la financiación de los intentos de desestabilización por parte de Rusia. Aparentemente, Moscú se habría gastado entre 55 y 90 millones de dólares en la campaña contra las instituciones moldavas. A ello se suma un rocambolesco plan que contemplaba el envío de un ejército de mercenarios extranjeros – rumanos, búlgaros, sirios, turcos y kazajos – encargado de llevar a cabo atentados terroristas.

Ficticia o real, la situación de inestabilidad política generada por el feroz oso ruso incita a Maia Sandu a recurrir, una y otra vez, a su mantra: Urge nuestra integración en la OTAN.

jueves, 9 de noviembre de 2023

Crepúsculos iliberales


El nuevo Gobierno de Eslovaquia acordó bloquear un paquete de 40,3 millones de euros destinado a la ayuda militar a Ucrania. La noticia, difundida por los medios de comunicación de Bratislava, pasó casi inadvertida en los países de la Unión Europea. Obviamente, las informaciones de esta índole no son del agrado de los eurócratas.

¿Poner en duda la unidad y la cohesión de los 27 frente al conflicto ruso-ucranio? ¡De ninguna manera! Sí, es cierto; la Unión cuenta con algunos – pocos – miembros díscolos.  Se trata, ante todo, de países pertenecientes al Grupo de Visegrado: Polonia, Hungría, Eslovaquia… Durante años, el estamento político bruselense lanzó sus truenos contra los gobernantes polacos y húngaros, poco propensos a plegarse a la disciplina comunitaria. Los ataques al Poder Judicial y la discriminación de género le valieron al Gobierno de Varsovia multas de un millón de euros diarios. La cantidad se descontaba de… los fondos asignados a Polonia por el ejecutivo comunitario.

La última consulta popular, celebrada el pasado mes de septiembre, parecía poner fin a la pesadilla polaca, Con la victoria de Donald Tusk, antiguo presidente del Consejo Europeo, partidario ce la despolitización de la vida pública y adalid del liberalismo económico, Polonia vuelve al redil de la cacareada democracia comunitaria. Hungría, sin embargo…

Viktor Orban, el jurista que dirige los destinos del pueblo magyar, parece más obstinado que sus correligionarios de Varsovia. Partidario de eliminar la llamada educación de género del currículo de la enseñanza, enemigo a ultranza de la inmigración no europea y, por supuesto, no cristiana, el primer ministro húngaro peca también, y ante todo, por su buena relación con Vladimir Putin y la firma de millonarios contratos para la compra de gas natural firmados con el Kremlin. ¿Reprimendas? ¿Sanciones? La oveja negra de Budapest suele hacer caso omiso de las amonestaciones de Bruselas.

Si me quieren echar, señores, háganlo. Yo no me marcho, advierte el primer ministro húngaro. Conviene señalar que las asiduas críticas contra Budapest disminuyeron tras la aplastante victoria de la no menos populista italiana Giorgia Meloni. Claro que para criticar a los políticos transalpinos, Bruselas prefiere emplear… guantes de seda. 

La aparente derrota electoral de los conservadores polacos coincidió en tiempo y espacio con el regreso a la palestra pública de otro controvertido personaje: Robert Fico, primer ministro de Eslovaquia, líder del partido socialdemócrata de su país, agrupación adscrita al Grupo de Socialistas y Demócratas del Parlamento Europeo.

Los medios de comunicación occidentales se precipitaron en tildar a Fico de prorruso y seudosocialdemócrata a raíz de sus estrafalarios mensajes dirigidos a sus conciudadanos durante la campaña electoral: La guerra siempre viene de Occidente; la paz, de Oriente. Ni una sola bala saldría de este país rumbo a Ucrania; la ayuda será únicamente humanitaria y civil. Nuestros asuntos internos serán prioritarios. La paz (en Ucrania) es la única solución. Me niego a que me critiquen sólo por hablar de la paz.

La reacción de los europarlamentarios socialistas fue instantánea. ¿Debemos aislar a Eslovaquia? ¿Sancionar a Fico?

Huelga decir que la formación del nuevo Gobierno de Bratislava deparó más sorpresas. Sus miembros se pronunciaron a favor de bloquear el potencial ingreso de Kiev en la OTAN y de revisar los acuerdos de seguridad con Washington, que permiten a la fuerza aérea estadounidense utilizar las bases de la aviación militar eslovaca de Malacky-Kuchyna y Sliac durante un período de diez años. El acuerdo ha sido mal formulado, afirma el recién nombrado ministro de Defensa, Robert Kalinak, quien se apresuró a transmitir sus dudas al embajador de los Estados Unidos en Bratislava, exigiendo la revisión del tratado.

Pero la nota la dio el vicepresidente del Parlamento de Eslovaquia, Lubos Blaha, quien descolgó de la pared de su despacho la foto oficial de la Presidenta Zuzana Caputova, sustituyéndolo ñor un retrato de Ernesto Che Guevara. Y para que no haya lugar a dudas, Blaha retiró también el estandarte de la UE, colocando en su lugar la bandera eslovaca. Un gesto éste que fue debidamente publicitado por los medios audiovisuales moscovitas.

En resumidas cuentas: Eslovaquia acaba de ingresar en la lista de las ovejas negras de la UE, de las democracias… ¡iliberales!

¿Y Meloni? ¿Qué hacer con Georgia Meloni? De momento, sus planteamientos sobre la lucha contra la inmigración ilegal parecen haber hecho mella en algunos países escandinavos. ¿Iliberales?

Cabe suponer que la palabra se pondrá de moda próximamente. 

lunes, 15 de agosto de 2022

Alemania: la desglobalización nos empobrece

 

La locomotora europea ya no tira. Su velocidad de crucero ha disminuido considerablemente en los últimos meses. Y las perspectivas son poco halagüeñas. En efecto, tanto Francia como Alemania, auténticos motores económicos del Viejo Continente, reconocen su incapacidad de dinamizar el proyecto europeo, paralizado por las incesantes manobras que presagian el comienzo de una nueva Guerra Fría.

La situación del país galo es poco boyante. Cuatro años después del terremoto provocado por los chalecos amarillos, la estructura socio-política de Francia parece descabezada. Emmanuel Macron no cuenta con el apoyo parlamentario indispensable para llevar a cabo su proyecto neoliberal, inspirado por los gurús de los centros de estudios financieros, ya de por sí alejados de la vida cotidiana.

Macron es un buen teórico. Pero de la teoría a la práctica hay un abismo, afirman los veteranos parlamentarios galos, irritados por los frecuentes titubeos y resbalones del Presidente.   

Quien parece haber heredado el ademán de los titubeos (¡políticos!) es el canciller alemán Olaf Sholz, poco propenso a imitar el estilo de su predecesora, Angela Merkel.  Consciente de tener que navegar en aguas turbias, Scholz improvisa, combinando el tremendismo con un excesivo optimismo.

En el ámbito comunitario, el canciller tiene que soportar los frecuentes ataques de los conservadores polacos que, al dirigir sus críticas contra el supuesto autoritarismo de la también alemana presidenta de la Comisión Europea, Ursula van der Leyen, aluden al colonialismo germano de la UE. De hecho, el Parlamento polaco ha exigido la destitución, sí, destitución de van der Leyen alegando su intromisión en los asuntos internos de Polonia al supeditar el envío de los fondos para la recuperación de la pandemia a la modificación de las normas poco democráticas que rigen las relaciones entre el Ejecutivo y el Poder Legislativo polacos.

Otra batalla se libra en el frente húngaro, donde el populista Viktor  Orban reclama la abolición de la normativa de género de la UE, considerándola incompatible con los usos y costumbres del pueblo magyar.

Para nosotros, los húngaros, el núcleo conyugal está compuesto por un hombre y una mujer. ¡Y nada más! afirmó Orban durante su reciente gira por los Estados Unidos. Cosechó los efusivos aplausos de una audiencia de militantes trumpistas, más identificada con el ideario de Orban que con las necedades de los gnomos europeístas de Bruselas. Y aunque los eurócratas traten de acallar las voces discordantes o de ocultar las criticas cada vez más virulentas de los díscolos húngaros y polacos, su discurso encuentra eco en Croacia y Rumanía, cuya opinión pública se identifica con la argumentación de los rebeldes.  

También en el ámbito comunitario, sorprendió la decisión de Berlín de oponerse a la recaudación de fondos para Ucrania. El “paquete” de 8.000 millones de euros destinado a la asistencia a Kiev quedó bloqueado por la negativa alemana de financiar el esfuerzo de guerra de Zelensky. Para el equipo de Scholz, las cantidades exigidas por el líder ucranio difícilmente serán reembolsable a corto o medio plazo.

Berlín puso encima de la mesa 1.000 millones de euros, frenando la euforia comunitaria. Zelensky no tardó en calificar el gesto de Scholz de…crimen, de abandono del pueblo ucranio.    

En el ámbito interno, Olaf Scholz tiene que enfrentarse al creciente malestar del sector empresarial, preocupado por la desglobalización de las actividades económicas. Lo industriales temen que una más que previsible guerra comercial con China resultaría demasiado costosa para su país.

Conviene señalar que, en 2021, los intercambios comerciales con Pekín ascendieron a unos 245 000 millones de euros. Una reducción del comercio tendría consecuencias devastadoras para Alemania.

Una desvinculación económica de la Unión Europea del gigante asiático, que implicaría la adopción de represalias por parte de China, le supondría a Alemania un coste seis veces superior a las pérdidas del Brexit. Es lo que se desprende de un estudio realizado por el Instituto IFO (Institut fuer Wirtschaftsforschung) para la Asociación de Industriales Bávaros.

El trabajo, un índice de clima empresarial de la economía germana, se basa en el resultado de cuestionarios enviados a 7.000 empresas, que evalúan las perspectivas de negocios a corto plazo, utilizado para la confección del indicador mensual de confianza.

La desglobalización nos empobrece. En lugar de alejarse sin una razón aparente de importantes socios comerciales, las empresas deberían disponer de información exhaustiva que les permita reducir la dependencia de ciertos mercados y regímenes autoritarios, afirman los autores del informe, haciendo hincapié en el hecho de que China es, con gran diferencia, el socio comercial más importante de Alemania. Aparentemente, un acuerdo comercial entre la UE y los EE. UU. podría amortiguar el impacto negativo de la desvinculación de China, aunque sin poder compensarlo por completo.

En Alemania, los principales sectores perjudicados por una guerra comercial con el gigante asiático serían la industria automotriz (-8,47% pérdida de valor agregado; -$8.306 millones), las empresas de transporte (-5,14%); -1.529 millones de dólares) y fabricantes de maquinaria y equipos (-4,34%; -5.201 millones de dólares), según datos facilitados por la publicación comunitaria Europe Today .

Si Alemania, país exportador, quiere reorientar su modelo de negocios, la deslocalización de la cadena de suministros no sería la solución más idónea. Una opción más inteligente consistiría en establecer alianzas estratégicas y acuerdos de libre comercio con naciones afines, como los Estados Unidos, sugieren los autores del informe. Más claro…

Obviamente, la locomotora ya no tira.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Los cuarto de Visegrado (II) De soberanos a soberanistas

 

El castillo de Visegrado no figura en la lista de los esplendidos monumentos históricos que dominan los bordes del Danubio; moradas de reyes, príncipes, duques, caballeros teutones, nobles magiares o señores valaquios. Los turistas, en su gran mayoría, ibéricos, suelen aludir a las ruinas de la solariega fortaleza de Visegrado, abandonada por los monarcas húngaros tras la edificación, al pie de la colina, del suntuoso palacio real, testigo de un sinfín de intrigas, amoríos y acontecimientos históricos.

 

En efecto, el actual Grupo de Visegrado (V 4), integrado por Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia, pretende ser la reedición moderna del pacto rubricado en 1335 por los reyes de Hungría, Polonia y Bohemia, unidos para hacer frente a la influyente monarquía de los Habsburgo. Los tres monarcas reunidos en el palacio de Visegrado firmaron un tratado de no agresión, cooperación política y económica, que trataron de emular, en febrero de 1991, los representantes de los Gobiernos de Praga, Budapest y Varsovia. Su objetivo: tratar de acelerar el proceso de su ansiada integración en las instituciones europeas. La primera etapa de su peregrinación hacia el selecto club de Bruselas finalizó en 2004, coincidiendo con la primera gran ampliación de la UE. Sin embargo, para los países de Europa oriental no se trataba de un camino de rosas…

 

Si bien desde el punto de vista demográfico los países del Grupo de Visegrado son equiparables a la población del Reino Unido, el peso político de los cuatro es infinitamente inferior al de Estados como Austria o los Países Bajos, más integrados en el mecanismo de toma de decisiones de la Unión.  

 

Si se contara como una sola entidad, el Grupo sería la duodécima potencia económica mundial, casi equivalente a la Rusia. 

 

El V 4 es una potencia en ascenso, que ofrece a los inversores extranjeros una ubicación geográfica ideal para el desarrollo de proyectos tecnológicos, ofreciendo, además, recursos humanos extremadamente competitivos a costos que desafían los de Europa occidental.

 

Los miembros del V 4 no comparten los prejuicios de algunos Estados de la UE contra la energía nuclear: buscan expandir el uso de las energías atómica, solar y eólica, además de diversificar sus fuentes de suministro de gas natural.

 

Hungría, la República Checa, Polonia y Eslovaquia bloquearán los impuestos del Acuerdo Verde de la UE sobre viviendas y automóviles, estimando que resultan a la vez costosos y prematuros. También han rechazado vehementemente las cuotas de inmigrantes impuesta por Bruselas, sumándose a las autoridades de Estonia, Letonia y Eslovenia, cuyas decisiones no han sido cuestionadas por la UE.

 

Por otra parte, conviene señalar que el apoyo a la democracia es particularmente bajo en Polonia, con solo el 19 por ciento de la ciudadanía apoyando de manera constante el sistema democrático. El porcentaje es aún inferior en Hungría, donde se limita al 16 por ciento.

 

De hecho, algunas políticas populistas llevadas a cabo por los gobernantes de Budapest y Varsovia recuerdan, extrañamente, el lema del Estado Francés instaurado durante la Segunda Guerra Mundial por el mariscal Pétain: Travail, Famille, Patrie (Trabajo, Familia, Patria). ¿Mera casualidad? No, en absoluto. Tanto los polacos como los húngaros son partidarios de una Europa fuerte de naciones independientes. Una Europa donde las fronteras desaparecen, pero donde priman la soberanía nacional y el respeto por las tradiciones.

 

Pero no se trata de voces solitarias; otros países del Este europeo, como por ejemplo Eslovenia y Croacia, simpatizan con el ideario del Grupo.

 

¿Y nosotros? preguntan los rumanos al descubrir los frecuentes mensajes del V 4 en las redes sociales. ¿Y nosotros? La Corte Constitucional de Rumanía ha dictaminado que una decisión del Tribunal Supremo de Justicia de la UE no puede aplicarse sin antes enmendar la constitución del país. Esto significa que los magistrados rumanos, al igual que sus colegas polacos, cuestionan la primacía de la jurisprudencia europea sobre la legislación nacional.

 

Ante la creciente rivalidad de Occidente con Rusia, los miembros del V 4 y sus simpatizantes de Europa oriental reclaman a sus socios más apoyo militar. Adoptan, eso sí, un enfoque poco bruselense, abrazando una ideología muy parecida a la América resurrecta de Donald Trump. Por algo optaron, hace ya décadas, por el lema: Primero la OTAN.


sábado, 22 de enero de 2022

Los cuatro de Visegrado (I)

 

En la primavera de 2001, dos altos cargos del departamento de Ampliación de la Unión Europea se trasladaron a Varsovia para analizar, junto con sus colegas polacos, los datos estadísticos contenidos en un informe presentado por el entonces país candidato a adhesión.

 

Los eurócratas no lograban disimular su desasosiego; las cifras no cuadraban. ¿Simple error contable?

 

¿No es lo que ustedes deseaban? preguntó el interlocutor polaco.

 

Lo que nos interesa es la información exacta, fidedigna, contestó el emisario de Bruselas.

 

Pues eso es lo que necesitan. De todos modos, no se molesten; no se hará ningún cambio. Francia quiere que ingresemos en la UE e… ingresaremos, repuso el polaco.

 

El malentendido se disipó tres años más tarde, en mayo de 2004, al anunciar Bruselas el ingreso de Polonia y de otros nueve países de Europa oriental y del Mediterráneo - República Checa, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania y Malta - en la Unión.  

 

A finales de la década de los 90, algunos expertos en asuntos comunitarios expresaron sus dudas respecto de la inusual velocidad de crucero de las negociaciones con los candidatos de Europa oriental, antiguos miembros del COMECON y del Pacto de Varsovia.  La postura oficial de los miembros del club de Bruselas fue tajante: los países del Este tienen que integrarse cuanto antes en la UE. Sin embargo, hay que persuadirlos de que la pertenencia a la Alianza Atlántica es el requisito sine qua non para la puesta en marcha de las consultas para su adhesión. El argumento base, el anzuelo, por así decirlo, era que la OTAN facilitaba más fondos que Bruselas. Argumento éste de peso para unas naciones pauperizadas, que buscaban desesperadamente la inversión extranjera. No hay que extrañarse, pues, al comprobar que la senda de las ampliaciones está plagada de errores voluntarios y excepciones.

 

Los temores de los años 90 se materializaron al cabo de tres décadas, cuando los Gobiernos de Polonia y Hungría se rebelaron contra las políticas de la Unión. Mientras a las autoridades de Varsovia se les echó en cara su autoritarismo, a los vecinos húngaros se les tildó de populistas. Los conservadores polacos trataron de modificar el sistema judicial, reduciendo la autonomía de los magistrados, limitando la libertad de información y censurando algunas normas de orientación sexual aprobadas por Bruselas. Unas políticas que – según la Comisión – iban contra el consenso comunitario.

 

Los húngaros, por su parte, rechazaron la directiva de educación sexual en los colegios, considerándola inadecuada e incompatible con los usos y costumbres del país magyar.

 

En ambos casos, la respuesta de Bruselas fue inhábil al remitir a los díscolos a los fallos del Tribunal Europeo. Los polacos no tardaron en sacar el as de la manga: la soberanía nacional. Un concepto que algunos olvidaron a la hora de arrimar el hombro al proceso de edificación de la sacrosanta unidad europea. Sin embargo, para los países que habían vivido durante décadas en la zona de influencia de la URSS, la soberanía sigue siendo un derecho sagrado. ¿Renunciar a ella para complacer a los eurócratas? ¡Qué herejía!   

 

Los polacos, los húngaros y ciudadanos de otros países de la primera ampliación, miembros o simpatizantes de la política llevada a cabo por los integrantes del inconformista Grupo de Visegrado, desean una Europa fuerte de naciones independientes, una Europa donde las fronteras desaparecen, pero donde el respeto a las tradiciones y la soberanía no se diluyen.  Una Europa que – según las palabras del viceprimer ministro polaco y presidente del partido soberanista-conservador PiS, Jaroslaw Kaczynski, no debe convertirse en el cuarto Reich alemán.

 

Hay países que no están entusiasmados con la perspectiva de construir un Cuarto Reich alemán en suelo de la UE, manifestó el presidente del partido de Gobierno polaco. Sus palabras causaron un gran revuelo en la capital comunitaria. Kaczynski tuvo que puntualizar: la frase Cuarto Reich alemán no tiene connotaciones negativas porque no se trata del Tercer Reich (la Alemania nazi), sino el Primero (el Sacro Imperio Romano Germánico).

 

El debate se cierra en falso. Los inconformistas del Grupo de Visegrado (*) y sus potenciales aliados comunitarios nos deparan otras – múltiples – sorpresas.

 

(*) Los miembros fundadores del Grupo de Visegrado son: Hungría, Polonia y Checoslovaquia.  República Checa y Eslovaquia, tras la separación de los territorios en 1993. 

jueves, 20 de mayo de 2021

Priviet, Hamilton

 

A quienes desconocen los rudimentos de la lengua rusa o, pura y simplemente, prefieren no molestarse en consultar un diccionario, sea este un engendro de Microsoft, de Google o, con un poco de suerte, un viejo libro guardado en la biblioteca de un ex estudiante anarquista, la traducción de este estrambótico titular sería Hola Hamilton o Hamilton, se te saluda.


A la pregunta – muy licita, por cierto - ¿Qué tiene que ver Hamilton con la lengua rusa? la respuesta sería: ¿Qué hace una patrullera de la Guardia Costera estadounidense en las aguas del Mar Negro, a escasas millas de las aguas territoriales de Rusia, Ucrania o Georgia? Es lo que sucedió hace un par semanas, cuando la embarcación estadounidense cruzó el Bósforo, acompañando al crucero de la Armada norteamericana Donald Cook. Su misión: colaborar con los aliados de la OTAN en la región. Un poco lejos, eso sí, de las aguas territoriales de los Estados Unidos, o tal vez demasiado cerca de las instalaciones navales de Rusia, archienemiga de Washington – Joe Biden dixit - que reclama el control del Mar Negro.


Curiosamente, desde la guerra de Crimea (1853 – 1856), nadie dudó de la supremacía política y naval rusa en la región. Para la mayoría de los países ribereños, el Mar Negro se había convertido en un lago ruso. Antes había sido un lago otomano, un lago griego… Cuando el sultán de Constantinopla ordenó la anexión de la península de Crimea, se encontró con un territorio poblado por colonos griegos, asentados en tierras controladas por el Imperio romano de Oriente.


En la cumbre de la OTAN celebrada en 2016, el imperator Trump decidió que el Mar Negro debía pertenecer, al igual que el Báltico, a la nueva potencia mundial: los Estados Unidos. Tras la desaparición del Pacto de Varsovia, la protección de las nuevas conquistas incumbía a la… Alianza Atlántica. Los feudos de Europa septentrional serían defendidos por Polonia y sus vecinos ex soviéticos, Letonia, Estonia y Lituania; de la vigilancia del Mar Negro se encargarían Turquía, Bulgaria y Rumanía, aliados incondicionales de Occidente en la zona.


¿Aliados incondicionales? Bulgaria fue el primer país de la región en manifestar su disconformidad con los proyectos atlantistas de la Administración estadounidense. Apelando a su tradición y vocación paneslavista, Sofia se negó a participar en operativos bélicos dirigidos contra los hermanos rusos. Obviamente, la OTAN debía contemplar un… cambio de Gobierno en la rebelde Bulgaria.


Quedaban en liza Turquía y Rumanía. Sin embargo, la intentona golpista de 2016, que pretendía eliminar al presidente Erdogan, cambió el rumbo de la política de Ankara. El nuevo sultán inició un acercamiento estratégico a Rusia, vecino molesto de Turquía y enemigo de Occidente, con el cual convenía hacer las paces entre… dos conflictos.


La inesperada amistad entre Erdogan y Putín se convirtió en el quebradero de cabeza de la Casa Blanca y la OTAN. Ankara atesoraba demasiados secretos de la Alianza. Secretos y arsenales nucleares. El sultán supo utilizar a fondo esas bazas.


Rumanía, último aliado de Occidente en el Mar Negro, aprovechó al máximo esta situación privilegiada. ¿Por qué rechazar la presencia de cazas de la OTAN dispuestos a realizar vuelos de vigilancia en la región, la instalación de sofisticados sistemas electrónicos, el constante incremento de tropas desplazadas desde Alemania? En comparación con sus vecinos búlgaros, los rumanos sí son rusófobos. Pero su estado de ánimo no basta para solucionar el problema del lago ruso. Otros países ribereños, Georgia, Ucrania y la República Moldova, podrían sumarse próximamente a la lista de aliados incondicionales de la Alianza Atlántica.


Cuando la patrullera Hamilton cruzó el Bósforo, el crucero Moskva (Moscú) buque insignia de la Flota Rusa, abandonó su puerto de amarre para acercarse, con sus misiles de última generación y los sofisticados sistemas de vigilancia electrónica, a las embarcaciones de la OTAN dispuestas a competir por el control del lago ruso.  No cabe la menor duda de que el Moskva no traía el amistoso mensaje: Priviet Hamilton. Pero la historia de este encuentro aún no se ha escrito.

 

Los protectorados de la OTAN

 

El que esto escribe recuerda que allá, por los años 90, un colaborador de Samuel Huntington, el autor del Choque de civilizaciones, nos aseguraba pomposamente que aún quedaban por definir los confines de Europa. Un argumento un tanto extravagante, proviniendo de un extraeuropeo. Sin embargo, no muy lejos del codiciado Mar Negro, en la siempre convulsa región de los Balcanes, asistimos a la representación de otra obra inspirada en el ideario de quienes pretenden redefinir las fronteras de Europa.


Durante la guerra de los Balcanes, la República Federativa Yugoslavia acabó dividiéndose en varios Estados, que reclamaron y lograron – merced a la generosidad de sus padrinos occidentales - su independencia.  Mas a los antiguos Estados – principados o repúblicas – se sumó un neonato: Kosovo, antigua provincia autónoma de Serbia, reconocida como Estado soberano por 90 de los 193 miembros de las Naciones Unidas, pero que plantea serios dilemas a los países comunitarios obligados a afrontar la cuestión de las minorías: España, Bélgica, Rumanía, etc. Decididamente, los confines de Europa aún quedan por definir.


A finales del mes de abril, el ministro alemán de asuntos exteriores, Heiko Maas, reveló la existencia de un extraño documento que circula en los despachos de la Comisión Europea. Se trata de una propuesta de modificación de las fronteras de los Balcanes Occidentales por razones étnicas y la creación de nuevos Estados: la Gran Serbia, la Gran Croacia y la Gran Albania, entidades geográficas diseñadas expresamente para resolver las tensiones nacionales que obstaculizan aparentemente la integración de los nuevos candidatos - Albania, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina, Serbia y Kosovo – en la Unión Europea.

 

La propuesta, enviada supuestamente por la presidencia de un Estado recién admitido en el club de Bruselas, ha sido rechazada por el jefe de la diplomacia germana, así como por otros dignatarios europeos. Alemania recuerda el error cometido por Bonn a comienzos de la década de los 90, cuando la República Federal se apresuró a reconocer la independencia de Croacia y Eslovenia, abriendo la vía al desmembramiento de Yugoslavia.


Otro error, aún más grave, fue la creación de la República de Kosovo, protectorado de la OTAN ideado por los estrategas del Pentágono y sus colegas del Departamento de Estado. Kosovo fue, y sigue siendo, el primer peón atlantista colocado en el tablero de la nueva Europa. El Báltico y el Mar Negro forman parte de las futuras jugadas de los impulsores de la aberrante política de protectorados.


sábado, 6 de marzo de 2021

¿Quién resucita los demonios de la guerra fría?

 

La salida de Donald Trump de la Casa Banca coincidió, curiosamente, con un sorprendente recrudecimiento de las manifestaciones belicistas formuladas por los hasta ahora discretos aliados europeos de Washington. Al enunciado Rusia, nuestro viejo enemigo de Josep Borrell, Alto Representante para Política Exterior de la Unión Europea, acogido con una mezcolanza de sorpresa e indignación en el Kremlin, se sumó la no menos diáfana declaración de Jens Stoltenberg, secretario general de la Alanza Atlántica, quien añadió más leña al fuego con El diálogo con Rusia tiene que basarse en la fuerza y en la firmeza. Todo ello, en unos momentos en que el presidente Biden manifiesta su deseo de reactivar las relaciones de la Administración estadunidense con los aliados europeos ninguneados o humillados por el expresidente Trump.

Detalle interesante: las declaraciones de los políticos europeos parecen abonar el terreno para el inicio de la nueva cruzada de la Casa Blanca: la ofensiva global para la defensa de los valores democráticos. Nada sorprendente: Norteamérica suele movilizar sus ejércitos y, por supuesto, su opinión pública, utilizando el mantra democracia. Curiosamente, el único caso en el que Washington prefirió no emplear esta palabra fue la guerra contra Saddam Hussein. 

El resurgir de la amenaza de una guerra fría, argumento empleado ad nauseam por los políticos del Viejo Continente, no encuentra eco entre politólogos y estrategas de la nueva generación, quienes prefieren buscar respuestas más sosegadas a la vehemente argumentación de los pseudopacifistas empeñados en defender los valores tradicionales de Occidente.

Tratemos de llamar las cosas por su nombre: actualmente, el peligro de un enfrentamiento con Rusia es real. Los importantes cambios sociopolíticos y estratégicos registrados en las dos últimas décadas han desembocado en la modificación de las doctrinas militares, de los proyectos de defensa, de la configuración de los bloques y los confines. Quienes seguían con preocupación los avances de la carrera nuclear en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, difícilmente logran asimilar los cambios. Las amenazas se han multiplicado; los conflictos tradicionales han ido pasando en un segundo plano; la guerra moderna depende cada vez más de los avances tecnológicos, de la capacidad destructora de sofisticados artilugios creados por los humanos como respuesta a los desafíos de la última conflagración mundial. Hablar de tanques y misiles resulta, hasta cierto punto, anticuado. En las guerras modernas (o posmodernas, según como se mire), habrá que regirse por un nuevo concepto: contención. A ello se está dedicando la Red de Expertos UE-Rusia en Política Exterior, establecida en 2016 por el Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia y la delegación de la Unión Europea en Moscú.

Uno de sus últimos documentos de trabajo elaborados por esta red de expertos contempla cuatro posibles escenarios para la evolución de las relaciones entre Moscú y Occidente durante la próxima década: la asociación fría, la caída en la anarquía, al borde de la guerra y la comunidad de valores. Aparentemente, todas las hipótesis son válidas. Conviene, pues, analizarlas con detenimiento.

La asociación fría. La búsqueda de áreas de cooperación comienza con pequeños pasos. Para que este escenario se materialice, deben registrarse cambios tanto en la UE como en Rusia.

Cabe suponer que en 2030 la Unión Europea superará por completo la crisis económica provocada por la pandemia de Covid-19. Como consecuencia de ello, optará por la adopción de un rumbo de desarrollo económico independiente, que consiste en la no participación en la rivalidad entre Estados Unidos y China, así como el mantenimiento de buenas relaciones con ambas partes. Esto llevaría a la emancipación económica de la Unión, seguida de la emancipación estratégica. También consistirá en la negativa de algunos países de la UE miembros de la OTAN de aumentar su presencia militar en el Este y el incremento de gastos en políticas que podrían percibirse en Moscú como generadoras de tensiones. 

Esta evolución política de la Unión Europea irá acompañada por cambios en Rusia. En 2024, los rusos optarán por la salida de Putin de la presidencia y por el inicio de profundas reformas, principalmente en el ámbito de la digitalización de la administración y la lucha contra la corrupción, lideradas por Alexander Ogaryov, el joven sucesor del actual inquilino del Kremlin. El país estará sumido en el estancamiento y descontento general yla oposición comunista se ira fortaleciendo. Una política interna más prosocial, abierta a la presencia del capital extranjero facilitaría la estabilización del país y la reconstrucción gradual de la confianza de Occidente.

La cuestión de Crimea seguirá enfrentando a Europa y Rusia. En otras áreas, como por ejemplo Oriente Medio, Moscú adoptará decisiones "ad hoc", formando alianzas pragmáticas con los miembros de la UE.

La caída en la anarquía. En este escenario, Rusia, severamente afectada por la crisis provocada por la pandemia Covid-19, logra estabilizar su situación interna con bastante rapidez, ayudada por el aumento de los precios del petróleo resultante del conflicto de Oriente Medio, que se acentuará entre 2021y 2022. 

Al igual que en el anterior escenario, Putin se marcha después de 2024, pero es reemplazado por un político que se muestra reacio a Occidente.

Rusia dependerá cada vez más de sus relaciones con China, pero Pekín, inmerso en una competencia estratégica con Estados Unidos, no aprovecha el cambio. Rusia conserva su potencial, pero la percepción de la Unión Europea es completamente diferente.

Una de las primeras víctimas de este cambio de rumbo sería la política oriental de la Unión. Algunos países, como Alemania, Italia y Hungría, querrán conseguir ventajas competitivas en el mercado europeo de hidrocarburos, utilizando su relación especial con Rusia. Las divisiones inter europeas se verán acentuadas por las maniobras de los Estados Unidos, país afectado por la crisis e instigando a la división de los europeos.

En la década 2021-2031, Ucrania no se recuperará de la crisis económica, a la que se sumará una fuerte polarización política. Rusia, aprovechando las divisiones de la sociedad ucraniana, intentará ejercer su influencia en el país vecino. Por su parte, Estados Unidos no estará dispuesto a involucrarse militarmente en Ucrania. Los separatistas ganarán terreno en la región de Járkov y establecerán un nuevo Estado, inmediatamente reconocido por Moscú.

Alemania querrá construir su relación especial con Rusia, independientemente de la opinión de sus aliados occidentales. Como consecuencia de ello, las divisiones en el seno de la UE se irán profundizando.

Al borde de la guerra. En esta variante, Putin liderará Rusia hasta 2030 y no se vislumbra su salida del escenario político. Los precios del petróleo se mantendrán bajos durante la próxima década, pero el Kremlin, que ha construido una economía fuertemente controlada por el Estado, logrará mantener la estabilidad política y social sin disminuir su capacidad para imponer una política de poder.

Europa saldrá fortalecida de la crisis. Las relaciones transatlánticas serán mejores, ya que Estados Unidos estará dirigido por una Administración menos crítica con los europeos que durante el mandato de Trump. 

La economía europea estará en pleno auge, lo que implicará el mejoramiento de sus relaciones con China e India.

La situación será completamente distinta en Rusia, que exporta materias primas y trigo, productos cuya demanda irá disminuyendo. 

Tras superar la crisis, Estados Unidos vuelve a la posición de líder mundial en crecimiento tecnológico. La relación de Washington con Pekín, tensa y poco amistosa, no evoluciona hacia la hostilidad. 

Los problemas internos surgen en China impulsados por la desaceleración del crecimiento económico y la perspectiva de una buena cooperación entre Washington y Delhi.

La OTAN está recuperando protagonismo; la presión conjunta de Estados Unidos y Europa sobre Rusia, incluidas las sanciones, está aumentando en intensidad. China, poco propensa a verse arrastrada a un conflicto entre las dos potencias, se aleja gradualmente de Moscú. 

Comunidad de valores. Es, según los expertos, el escenario menos realista, resultante del fortalecimiento de la Unión Europea después del Covid-19 y el debilitamiento significativo de Rusia, tanto desde el punto de vista económico como político.

En Rusia, la crisis va acompañada de una creciente oleada de separatismo regional, fenómeno que surge alrededor de 2027, la desaparición casi completa de la vieja élite del Kremlin, la parálisis del liderazgo político ante las dificultades internas y el desvanecimiento del sueño de recobrar el pasado imperial.

Estas dos tendencias, una Europa fuerte, unida y prudente en su política exterior y una Rusia debilitada y empobrecida con una nueva élite gobernante, podrían entorpecer la reconciliación y la cooperación entre los dos gigantes.  

La mayoría de los expertos de la Red UE-Rusia considera, sin embargo, que el escenario más plausible sería el primero: la asociación fría. Pero a nivel continental subsisten dos incógnitas: Polonia y Ucrania, países cuya evolución interna podría afectar seriamente las relaciones de Occidente con Moscú.

La buena noticia: la perspectiva del conflicto armado parece alejarse.  ¿Hasta cuándo?


miércoles, 17 de junio de 2020

Usted no nos representa, señor Borell



La discordancia ha sido, desde siempre, el común denominador de la política exterior de los países miembros de la Unión Europea. Las políticas exteriores, mejor dicho, ya que los socios del club de Bruselas han sido incapaces de elaborar directrices unitarias para su actuación a escala mundial. Y ello, pese a la creación de la figura del Alto Representante de la Unión para Política Exterior, cargo desempeñado con mayor o menor éxito por funcionarios de alto rango de los Estados comunitarios, procedentes - en su gran mayoría -  de agrupaciones políticas de centroizquierda. ¿Ventaja o inconveniente? Difícil decirlo. Lo cierto es que a la hora de la verdad algunos de los tenores que llevan la voz cantante en las cancillerías europeas no dudan en censurar la actuación de los Altos Representantes con un rotundo y solemne no nos representan.

Sucedió hace poco en Berlín, durante la reunión anual de los Embajadores alemanes, destinada a ultimar los preparativos para la presidencia germana de la UE. El pasado 25 de mayo, los diplomáticos de la República Federal escucharon estupefactos la intervención del español Josep Borell, alto representante de la UE para política exterior, interpretada por algunos como el  preludio al  declive de la supremacía estadounidense. Las tesis defendidas por el político catalán, muy parecidas a las del presidente galo, Emmanuel Macron, podrían resumirse de la siguiente manera:

· La UE debería adoptar una postura equidistante en el conflicto entre Estados Unidos y China, tratando de defender sus propios intereses.

· El Brexit constituye una bendición para el proyecto europeo.

· Las relaciones con Rusia deberían edificarse teniendo en cuenta los intereses comunes, sin descuidar los aspectos estratégicos clave para Bruselas y Moscú.

· Las relaciones bilaterales Europa - China deben estar basadas en la confianza, la transparencia y la reciprocidad, en la disciplina colectiva. 
 
En resumidas cuentas, unas líneas maestras un tanto sorprendentes. Y si los alemanes no se inmutaron (por algo son alemanes), sus vecinos de Europa oriental, miembros de la UE aunque también y ante todo de la OTAN, se mostraron consternados por la intervención de Borell.  ¿A quién se le ocurre hablar de intereses comunes con Rusia, de aspectos estratégicos convergentes? ¿A quién se le ocurre subestimar el peligro que reside en el flanco Este de la OTAN? Rumanos y polacos están allí para recordarlo, para advertirle con mayor o menor elegancia al catalán usted no nos representa.

Conviene señalar que uno de los temas que preocupa actualmente al establishment político de Europa central y oriental es la posible retirada de tropas estadounidenses acantonadas en suelo germano. La Administración Trump amenaza con llevarse alrededor de 10.000 (de los 34.500) soldados destinados en la RFA a bases de otros países. Ofrecimientos no faltan; al contrario.

Polonia ha expresado el deseo de acoger algunos de los efectivos que deben abandonar Alemania. El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, se apresuró en recordarle a su amigo Trump que el verdadero peligro se halla en la frontera oriental y por consiguiente, el traslado de fuerzas estadounidenses hacia los confines con Rusia supondría el fortalecimiento de la seguridad para todo el continente europeo.

Morawiecki alega que la reciente expansión militar de Rusia a territorios de Georgia y Ucrania (Crimea y Dombass) justifica la creación de bases militares permanentes norteamericanas en su país.   
No menos compleja es la situación en Rumanía, otro aliado fiel del gigante transatlántico en el Viejo Continente, cuyo papel estratégico se ha visto reforzado a raíz del coqueteo de Erdogan con el Kremlin. Los rumanos, que sienten la misma animadversión hacia la madre Rusia que sus socios polacos, acaban de adoptar una nueva Estrategia de Defensa Nacional 2020 – 2024, que define a la Federación Rusa como estado hostil y amenaza para la región, cuyo comportamiento agresivo inquieta al estamento militar. Durante los últimos meses, las autoridades rumanas reclamaron un incremento sustancial de la presencia de efectivos estadounidenses, lo que irritó sobremanera a la cúpula castrense moscovita.

Rusia estima que la base militar norteamericana de Deveselu dispone de sistemas Aegis Ashore, capaces de disparar misiles de crucero Tomahawk. Deveselu se convierte, automáticamente, en blanco de la aviación rusa.

Pero hay más; los estrategas del Kremlin creen que la nueva Estrategia de defensa de Bucarest contempla también el aumento de la presencia naval de la OTAN y los Estados Unidos en el Mar Negro, el lago vigilado hasta ahora por la Marina turca. Con ello, la actuación de Bucarest contribuirá a aumentar aún más las tensiones en la región y la falta de confianza, aseguran los rusos.

Para las autoridades rumanas, se trata, pura y simplemente, de la adecuación de los planes de defensa al cambio del paradigma global, determinado por el deterioro de las relaciones entre la Alianza Atlántica y la Federación Rusa. El principal artífice de este nuevo enfoque es, sin duda, el actual inquilino de la Casa Blanca: Donald Trump.

No hay que extrañarse, pues, al comprobar que los politólogos bucarestinos – más atlantistas que europeístas - emulan a sus colegas polacos al afirmar: usted no nos representa, señor Borell.