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lunes, 15 de agosto de 2022

Alemania: la desglobalización nos empobrece

 

La locomotora europea ya no tira. Su velocidad de crucero ha disminuido considerablemente en los últimos meses. Y las perspectivas son poco halagüeñas. En efecto, tanto Francia como Alemania, auténticos motores económicos del Viejo Continente, reconocen su incapacidad de dinamizar el proyecto europeo, paralizado por las incesantes manobras que presagian el comienzo de una nueva Guerra Fría.

La situación del país galo es poco boyante. Cuatro años después del terremoto provocado por los chalecos amarillos, la estructura socio-política de Francia parece descabezada. Emmanuel Macron no cuenta con el apoyo parlamentario indispensable para llevar a cabo su proyecto neoliberal, inspirado por los gurús de los centros de estudios financieros, ya de por sí alejados de la vida cotidiana.

Macron es un buen teórico. Pero de la teoría a la práctica hay un abismo, afirman los veteranos parlamentarios galos, irritados por los frecuentes titubeos y resbalones del Presidente.   

Quien parece haber heredado el ademán de los titubeos (¡políticos!) es el canciller alemán Olaf Sholz, poco propenso a imitar el estilo de su predecesora, Angela Merkel.  Consciente de tener que navegar en aguas turbias, Scholz improvisa, combinando el tremendismo con un excesivo optimismo.

En el ámbito comunitario, el canciller tiene que soportar los frecuentes ataques de los conservadores polacos que, al dirigir sus críticas contra el supuesto autoritarismo de la también alemana presidenta de la Comisión Europea, Ursula van der Leyen, aluden al colonialismo germano de la UE. De hecho, el Parlamento polaco ha exigido la destitución, sí, destitución de van der Leyen alegando su intromisión en los asuntos internos de Polonia al supeditar el envío de los fondos para la recuperación de la pandemia a la modificación de las normas poco democráticas que rigen las relaciones entre el Ejecutivo y el Poder Legislativo polacos.

Otra batalla se libra en el frente húngaro, donde el populista Viktor  Orban reclama la abolición de la normativa de género de la UE, considerándola incompatible con los usos y costumbres del pueblo magyar.

Para nosotros, los húngaros, el núcleo conyugal está compuesto por un hombre y una mujer. ¡Y nada más! afirmó Orban durante su reciente gira por los Estados Unidos. Cosechó los efusivos aplausos de una audiencia de militantes trumpistas, más identificada con el ideario de Orban que con las necedades de los gnomos europeístas de Bruselas. Y aunque los eurócratas traten de acallar las voces discordantes o de ocultar las criticas cada vez más virulentas de los díscolos húngaros y polacos, su discurso encuentra eco en Croacia y Rumanía, cuya opinión pública se identifica con la argumentación de los rebeldes.  

También en el ámbito comunitario, sorprendió la decisión de Berlín de oponerse a la recaudación de fondos para Ucrania. El “paquete” de 8.000 millones de euros destinado a la asistencia a Kiev quedó bloqueado por la negativa alemana de financiar el esfuerzo de guerra de Zelensky. Para el equipo de Scholz, las cantidades exigidas por el líder ucranio difícilmente serán reembolsable a corto o medio plazo.

Berlín puso encima de la mesa 1.000 millones de euros, frenando la euforia comunitaria. Zelensky no tardó en calificar el gesto de Scholz de…crimen, de abandono del pueblo ucranio.    

En el ámbito interno, Olaf Scholz tiene que enfrentarse al creciente malestar del sector empresarial, preocupado por la desglobalización de las actividades económicas. Lo industriales temen que una más que previsible guerra comercial con China resultaría demasiado costosa para su país.

Conviene señalar que, en 2021, los intercambios comerciales con Pekín ascendieron a unos 245 000 millones de euros. Una reducción del comercio tendría consecuencias devastadoras para Alemania.

Una desvinculación económica de la Unión Europea del gigante asiático, que implicaría la adopción de represalias por parte de China, le supondría a Alemania un coste seis veces superior a las pérdidas del Brexit. Es lo que se desprende de un estudio realizado por el Instituto IFO (Institut fuer Wirtschaftsforschung) para la Asociación de Industriales Bávaros.

El trabajo, un índice de clima empresarial de la economía germana, se basa en el resultado de cuestionarios enviados a 7.000 empresas, que evalúan las perspectivas de negocios a corto plazo, utilizado para la confección del indicador mensual de confianza.

La desglobalización nos empobrece. En lugar de alejarse sin una razón aparente de importantes socios comerciales, las empresas deberían disponer de información exhaustiva que les permita reducir la dependencia de ciertos mercados y regímenes autoritarios, afirman los autores del informe, haciendo hincapié en el hecho de que China es, con gran diferencia, el socio comercial más importante de Alemania. Aparentemente, un acuerdo comercial entre la UE y los EE. UU. podría amortiguar el impacto negativo de la desvinculación de China, aunque sin poder compensarlo por completo.

En Alemania, los principales sectores perjudicados por una guerra comercial con el gigante asiático serían la industria automotriz (-8,47% pérdida de valor agregado; -$8.306 millones), las empresas de transporte (-5,14%); -1.529 millones de dólares) y fabricantes de maquinaria y equipos (-4,34%; -5.201 millones de dólares), según datos facilitados por la publicación comunitaria Europe Today .

Si Alemania, país exportador, quiere reorientar su modelo de negocios, la deslocalización de la cadena de suministros no sería la solución más idónea. Una opción más inteligente consistiría en establecer alianzas estratégicas y acuerdos de libre comercio con naciones afines, como los Estados Unidos, sugieren los autores del informe. Más claro…

Obviamente, la locomotora ya no tira.

jueves, 4 de agosto de 2022

Olaf Scholtz y la turbina perdida


Scholtz y la turbina perdida… ¿Es este el tema de actualidad, el verdadero tema del día para un comentarista de política internacional? No sé por qué, me parece haber oído comentarios reprobatorios, algo bastante corriente en nuestra profesión. Me llegan ecos:

¿Por qué no hablas del cálido recibimiento del príncipe heredero de Arabia Saudita, el ex paria acusado por Occidente de haber ordenado el asesinato a sangre fría de un compañero tuyo, Jamal Khashoggi, en el Eliseo? ¿También Macron contribuye al blanqueo de imagen del príncipe, sumando su voz a quienes vaticinan una crisis apocalíptica petrolífera? ¿De verdad necesitamos el parche saudí?

¿Por qué no hablas de la crisis provocada por la dimisión de Boris Johnson, de su política errante? ¿O de la caída de Mario Draghi, debida supuestamente a la injerencia del servicio secreto ruso? ¿O del enfrentamiento entre Serbia y Kosovo, un conflicto en ciernes en el corazón de Europa? ¿O del resurgir de la eterna guerra de Nagorni Karabaj, donde turcos e iraníes mueven ficha a través de armenios y azeríes interpuestos? ¿Y Taiwán?  ¿Qué opinas de Taiwán?

No, queridos compañeros; hoy me quedo con las turbinas de Scholtz, con el acuciante problema del suministro de combustible ruso destinado a los países de Europa occidental. Aparentemente, el porvenir oscuro del pueblo alemán se resume – según la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen – a la necesidad de compensar el frío de la hibrida calefacción invernal con un buen jersey de lana y… ¡una manta! Igual que durante la ofensiva de invierno de la Wehrmacht en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos combatientes murieron congelados. Pero ellos dieron la vida por el Reich y el Führer, no por las restricciones impuestas por algún eurócrata.   

Hoy me quedo con las turbinas de Scholtz, un episodio ilustrativo del desconcierto generalizado que se está apoderando de nuestros países. De Occidente, de la OTAN (expresión empleada últimamente para destacar nuestra voluntad de seguir unidos).

La historia de las turbinas me recuerda las operetas vienesas de comienzos del siglo pasado, donde los dramas y los conflictos se esfumaban en los últimos minutos, dando paso a cantos de jubilo de los protagonistas. Aparentemente, el libreto de nuestra opereta bruselense resulta más sobrio, por no decir, triste. Pero prefiero no ahondar en el tema: hoy no toca comentar el conflicto de Ucrania. 

Lo cierto es que la turbina necesaria/indispensable para el suministro de gas ruso a Alemania, que hizo mutis en unos talleres de Canadá, volvió a aparecer en las instalaciones de Siemens de Alemania. Está en perfectas condiciones; puede funcionar y facilitar la reanudación de los suministros. Pero… aún queda un detalle; la turbina tiene que enviarse a Rusia. Algo imposible, según las autoridades germanas; las restricciones impuestas a Rusia lo impiden.

Las sanciones económicas no se aplican a la turbina, afirma rotundamente la dirección de Siemens. Y el sainete continúa, igual que la perspectiva de que los alemanes tengan que agenciarse una buena manta para el próximo invierno.

Mas no es éste el único episodio tragicómico de la actualidad alemana. Hace apenas unos días, los vecinos del canciller Scholtz encontraron en la calle varios documentos confidenciales del Gobierno alemán, así como informes secretos sobre la celebración de la cumbre del G 7, provenientes de la basura de los Scholtz. 

Algunos de los documentos estaban marcados como Confidencial. Tal clasificación implica que los documentos en cuestión tienen un grado máximo de seguridad y no deben salir de los edificios gubernamentales.

Una nota informativa del Ministerio de Asuntos Exteriores ofrece detalles sobre la cumbre del G7 y, especialmente, sobre las cónyuges de los líderes del G7. Se señaló, por ejemplo, que la esposa de Boris Johnson, Carrie Johnson, estudió el arte y la historia del activismo ambiental. El comentario sobre Maria Serenella Cappello, la esposa del primer ministro italiano Mario Draghi, indica que es licenciada en literatura inglesa y que prefiere evitar el público. Sobre la esposa del primer ministro japonés se mencionó que es secretaria en la empresa Mazda; la primera dama de Estados Unidos, Jill Biden, y la esposa de Emmanuel Macron, Brigitte, figuran como maestras.

Señala la prensa alemana que la Administración debería haber abierto un expediente disciplinario por tal falta, tanto más reprobable cuanto que tanto el canciller como su esposa tienen una dilatada experiencia en la política y la función pública.

Pero el incidente tiene, al igual que el sainete de las turbinas, un final burlesco. Resulta que los responsables de la revelación de secretos oficiales son ¡los zorros! que hurgaron en la basura de la familia Sholtz. Por su culpa, decenas de páginas salieron volando de los contenedores, causando la sorpresa y el estupor de los vecinos.

Conociendo la mentalidad alemana, no dudo de que alguien tocó el timbre de los Scholtz, informándole, con la mayor buena voluntad:

Herr Bundeskanzler, se le han traspapelado unos documentos. Un buen alemán sigue siendo un buen alemán, a pesar de las fechorías de los zorros, que se deben, sin duda alguna, al…cambio climático.