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sábado, 22 de enero de 2022

Los cuatro de Visegrado (I)

 

En la primavera de 2001, dos altos cargos del departamento de Ampliación de la Unión Europea se trasladaron a Varsovia para analizar, junto con sus colegas polacos, los datos estadísticos contenidos en un informe presentado por el entonces país candidato a adhesión.

 

Los eurócratas no lograban disimular su desasosiego; las cifras no cuadraban. ¿Simple error contable?

 

¿No es lo que ustedes deseaban? preguntó el interlocutor polaco.

 

Lo que nos interesa es la información exacta, fidedigna, contestó el emisario de Bruselas.

 

Pues eso es lo que necesitan. De todos modos, no se molesten; no se hará ningún cambio. Francia quiere que ingresemos en la UE e… ingresaremos, repuso el polaco.

 

El malentendido se disipó tres años más tarde, en mayo de 2004, al anunciar Bruselas el ingreso de Polonia y de otros nueve países de Europa oriental y del Mediterráneo - República Checa, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania y Malta - en la Unión.  

 

A finales de la década de los 90, algunos expertos en asuntos comunitarios expresaron sus dudas respecto de la inusual velocidad de crucero de las negociaciones con los candidatos de Europa oriental, antiguos miembros del COMECON y del Pacto de Varsovia.  La postura oficial de los miembros del club de Bruselas fue tajante: los países del Este tienen que integrarse cuanto antes en la UE. Sin embargo, hay que persuadirlos de que la pertenencia a la Alianza Atlántica es el requisito sine qua non para la puesta en marcha de las consultas para su adhesión. El argumento base, el anzuelo, por así decirlo, era que la OTAN facilitaba más fondos que Bruselas. Argumento éste de peso para unas naciones pauperizadas, que buscaban desesperadamente la inversión extranjera. No hay que extrañarse, pues, al comprobar que la senda de las ampliaciones está plagada de errores voluntarios y excepciones.

 

Los temores de los años 90 se materializaron al cabo de tres décadas, cuando los Gobiernos de Polonia y Hungría se rebelaron contra las políticas de la Unión. Mientras a las autoridades de Varsovia se les echó en cara su autoritarismo, a los vecinos húngaros se les tildó de populistas. Los conservadores polacos trataron de modificar el sistema judicial, reduciendo la autonomía de los magistrados, limitando la libertad de información y censurando algunas normas de orientación sexual aprobadas por Bruselas. Unas políticas que – según la Comisión – iban contra el consenso comunitario.

 

Los húngaros, por su parte, rechazaron la directiva de educación sexual en los colegios, considerándola inadecuada e incompatible con los usos y costumbres del país magyar.

 

En ambos casos, la respuesta de Bruselas fue inhábil al remitir a los díscolos a los fallos del Tribunal Europeo. Los polacos no tardaron en sacar el as de la manga: la soberanía nacional. Un concepto que algunos olvidaron a la hora de arrimar el hombro al proceso de edificación de la sacrosanta unidad europea. Sin embargo, para los países que habían vivido durante décadas en la zona de influencia de la URSS, la soberanía sigue siendo un derecho sagrado. ¿Renunciar a ella para complacer a los eurócratas? ¡Qué herejía!   

 

Los polacos, los húngaros y ciudadanos de otros países de la primera ampliación, miembros o simpatizantes de la política llevada a cabo por los integrantes del inconformista Grupo de Visegrado, desean una Europa fuerte de naciones independientes, una Europa donde las fronteras desaparecen, pero donde el respeto a las tradiciones y la soberanía no se diluyen.  Una Europa que – según las palabras del viceprimer ministro polaco y presidente del partido soberanista-conservador PiS, Jaroslaw Kaczynski, no debe convertirse en el cuarto Reich alemán.

 

Hay países que no están entusiasmados con la perspectiva de construir un Cuarto Reich alemán en suelo de la UE, manifestó el presidente del partido de Gobierno polaco. Sus palabras causaron un gran revuelo en la capital comunitaria. Kaczynski tuvo que puntualizar: la frase Cuarto Reich alemán no tiene connotaciones negativas porque no se trata del Tercer Reich (la Alemania nazi), sino el Primero (el Sacro Imperio Romano Germánico).

 

El debate se cierra en falso. Los inconformistas del Grupo de Visegrado (*) y sus potenciales aliados comunitarios nos deparan otras – múltiples – sorpresas.

 

(*) Los miembros fundadores del Grupo de Visegrado son: Hungría, Polonia y Checoslovaquia.  República Checa y Eslovaquia, tras la separación de los territorios en 1993. 

lunes, 5 de noviembre de 2018

Si vis pacem, para bellum


La República Francesa o, mejor dicho, la “Francia imperial” del napoleónico  Emmanuel Macron, conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, la gran deflagración continental que sacudió los cimientos de los imperios que pretendían regir los destinos de lo que antaño se conocía bajo el nombre de “civilización occidental”.  De hecho, el mundo iba a cambiar. La caída de las monarquías trajo consigo una remodelación del mapa geopolítico del Viejo Continente; un cambio acompañado por una gran dosis de ingenuidad y optimismo.

En efecto, en aquél entonces, muchos europeos esperaban el advenimiento de una era de paz duradera, la edificación de un mundo mejor, un mundo de concordia, bienestar y fraternidad. Un sueño para después de una guerra…  ¿Acaso no se pueden tener sueños utópicos después de un cataclismo?

La última guerra… Recuerdo el diálogo de La Gran Ilusión, la famosa película del cineasta francés Jean Renoir, rodada en 1937, en el umbral de otro conflicto, que finalizaba con las palabras: “Esta guerra tiene que terminar; espero que sea la última”.

Apenas dos años después del estreno de la película, estalló la Segunda Guerra Mundial, un enfrentamiento aún más mortífero, que oponía dos ideologías totalitarias: el nazismo y el comunismo. Ambas doctrinas se habían adueñado del vocablo socialismo, desvirtuando su significado y vaciándolo de contenido. Pero resultaría sumamente peligroso tratar de comparar la estructura criminal de los regímenes de terror instaurados por Adolf Hitler y José Stalin. Una vez desaparecidas las causas, nosotros, los europeos, nos precipitamos en minimizar los posibles efectos. No contábamos con la aparición de nostálgicos de las dictaduras de todo signo…

Sin embargo, durante el período de aparente paz que acompañó la Guerra Fría empezaron a gestarse respuestas radicales. Al nacionalismo, difícil de erradicar, pese a los esfuerzos de los “padres” de la Europa Unida, se sumaron los extremismos y los mal llamados populismos de todo signo, que algunos no dudaron en calificar, hace más de una década,  de… neofascismos. Pero la palabra “fascismo” queda vedada en el lenguaje “políticamente correcto” de la sociedad occidental.

En Rusia o, mejor dicho, en la antigua URSS, el nacionalismo ha sido la baza utilizada por los gobernantes para mantener el miedo a Occidente, fomentando así los antagonismos.

Sin bien los argumentos esgrimidos por los populismos varían – encontramos al alimón consideraciones tan dispares como crisis económica, paro, xenofobia, terrorismo, guerra mundial o invasión del sagrado territorio de la Patria, las respuestas desembocan forzosamente en la misma solución: totalitarismo. Es el objetivo que los populistas, tanto de derechas como de izquierdas, procuran ocultar.
   
El Occidente tiene la desventaja de haber descubierto, en este desconcertante ambiente de crisis y/o transición hacia un nuevo modelo de sociedad, un corrosivo mal común: la corrupción. No es una lacra reciente, pero al parecer los escándalos brotan con mayor facilidad en periodos de cambio.

Quo vadis, Europa?  A esta pregunta, más que lícita, no hallamos una respuesta coherente. El fenómeno de la globalización debería obligarnos a contemplar argumentos globales. Sin embargo, la política del Viejo Continente sigue empleando los parámetros posbélicos: Estados Unidos, Alianza Atlántica, Rusia, enemigos.

Si bien parece que la nueva política exterior del Presidente Trump incita a los europeos a dirigir sus miradas hacia el coloso ruso, posible (aunque por ahora poco probable) “socio y vecino”, la Alianza Atlántica no duda en recordar a sus miembros, tanto occidentales como orientales, que Rusia sigue siendo el “peligro potencial, el enemigo que no se dejó doblegar”.

En ese contexto, las recientes maniobras de la OTAN en el Árctico y en Escandinavia, donde se pretende proteger a las democracias occidentales contra una hipotética invasión de tropas procedentes del Este, tratan de poner los puntos sobre las “íes”.

Comentando la nutrida presencia de tropas y material bélico de la Alianza Atlántica en el Árctico – el mayor ejercicio militar organizado desde el final de la Segunda Guerra Mundial – un importante rotativo español titulaba: La OTAN se prepara. ¿Para qué? ¿Quién es el enemigo?

Recordémoslo: Europa conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial. Los comentarios sobran.

jueves, 21 de junio de 2018

Crisis migratoria: neofascismo vs. buenismo


La reciente epopeya del barco de rescate Aquarius, obligado a vagar por las aguas del Mediterráneo hasta Valencia, un lejano puerto de la Península Ibérica, ha desencadenado una tormentosa campaña mediática en las dos orillas del Mare Nostrum. Por vez primera, uno de los principales países de acogida de inmigrantes ilegales – Italia – se negó a recibir a los pasajeros de una embarcación que efectuaba una misión humanitaria en las aguas de Libia. El nuevo Gobierno de Roma, un conglomerado de populistas euroescépticos y radicales de derechas, optó por cerrar el grifo a la inmigración.

Huelga decir que los italianos no son los únicos detractores de la nueva y caótica oleada migratoria. Austriacos, húngaros y polacos, nacionalistas y xenófobos, comparten los temores de los políticos romanos. “¿Inmigrantes? No, gracias. La barca está llena”, pregonan los populistas. La “fortaleza Europa” cierra sus puertas.

Pero esta vez, la Comisión Europea está empeñada en buscar una solución. Será, muy probablemente, un apaño de última hora, destinado a allanar la vía de la cumbre comunitaria sobre emigración, prevista para el próximo día 28 de junio.

“Los comunitarios se ha puesto en marcha”, afirman los valedores de las iniciativas de Bruselas. Sí, los comunitarios se han  puesto en marcha. Pero…con 35 años de retraso.

 En efecto, lo que está sucediendo en el Mediterráneo era previsible. Las advertencias nos vienen de muy antiguo. El que eso escribe recuerda que ya en la década de los 80 del pasado siglo, los expertos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) llamaron la atención sobre las desigualdades del mundo en que vivimos. Un amplio informe presentado ante la Asamblea anual de la organización hacía hincapié en el reparto de la riqueza, subrayando que un 13 por ciento de la población mundial, es decir, los habitantes del primer mundo, controlaba el 80 por ciento de los recursos del planeta. Cabía suponer, pues, que el 87 por ciento de la población mundial podría reclamar el derecho de disfrutar del bienestar que conlleva el control de la riqueza. Pero los Gobiernos de los países ricos optaron por desentenderse del asunto.

En 1995, al lanzar la UE su iniciativa euromediterránea, las consignas de Bruselas fueron muy claras: hablaremos de la cooperación económica, tecnológica, de seguridad, de la lucha contra el crimen organizado, obviando la cuestión migratoria.

Ante la postura obtusa de los europeos: “inmigrantes – que no vengan”, los países de la otra cuenca propusieron la opción: “emigrantes – que no tengan que marcharse”. Los pocos esfuerzos destinados a crear centros de capacitación profesional y puestos de trabajo en los países de origen de los candidatos a la emigración fueron neutralizados,  tanto en el Norte de África como en Oriente Medio, por el poco benéfico impacto de las “primaveras árabes”.

A partir de 2003 – 2005, centenares, miles de pateras cruzan el Mediterráneo. Europa no cuenta con una política común, coherente, en materia de inmigración.

La situación dio un vuelco radical a finales de 2015, cuando el Viejo Continente acogió,  merced al “efecto Merkel”, a más de un millón de migrantes irregulares. Ante la imposibilidad de asumir el coste de su estancia, la canciller alemana estableció cuotas de reparto comunitarias. Los países de Europa oriental, dotados de menos recursos económicos y… menos generosos que los antiguos miembros de la Unión, rechazaron la propuesta.

La crisis se fue acentuando tras la llegada al  poder de los populistas. La aventura del Aquarius, la iniciativa del ministro del Interior italiano de expulsar a parte de la población gitana de la Península, refleja un inquietante cambio de actitud de algunos Gobiernos europeos.

Obviamente, ni el neofascismo italiano no el buenismo español brindan soluciones adecuadas para la crisis. La respuesta depende, en este caso concreto, de la voluntad real de “los 28 ó 27”. El tiempo apremia; esta vez, los países ricos no disponen de 35 años para tomar una decisión…

martes, 22 de mayo de 2018

Los quintacolumnistas


Todo estaba cuidadosamente preparado para convertir la solemne ceremonia de inauguración de la Embajada estadounidense en Jerusalén en un sonado acontecimiento mediático. Ivanka Trump y Jared Kushner ostentaban la representación del actual  inquilino de la Casa Blanca, un crecido Benjamín Netanyahu trataba de eclipsar, con su inconmensurable ego, la presencia del Presidente de Israel, Reuven Rivlin; la plana mayor del Ejército judío, fundamental pilar del Estado, recordaba que, en vísperas del 70 aniversario de su fundación, Israel sigue siendo un país en guerra. Una guerra interminable, permanente, que tenía por escenario aquel día, la frontera con la Franja de Gaza, de ese exiguo territorio superpoblado que el legendario David Ben Gurion, primer jefe de Gobierno de Israel, tachaba, allá por los años 50, de auténtica bomba de relojería.

La bomba estalló, muy oportunamente, el día en que Trump regaló a Israel la capitalidad de Jerusalén, el día en que los palestinos se aprestaban a celebrar la Naqba (la Catástrofe), fecha en la que se conmemora la expulsión de los árabes tras la creación del Estado judío.

El balance de la protesta de Gaza es harto conocido. La contundente intervención del Ejército judío arrojó un saldo de 107 muertos y más de 10.000 heridos. Algo inimaginable en los peores momentos de la primera Intifada. ¿La justificación de la severidad de la tropa?  Oficialmente, los disturbios de Gaza fueron ideados por el movimiento terrorista Hamas, que controla la Franja y teledirigidos por el régimen teocrático de… ¡Irán! Inevitable alusión al enemigo del Presidente Trump, a la bestia negra del establishment político-militar de Tel Aviv.

Hemos perdido la batalla mediática; los palestinos se han apuntado otro tanto, confesaba un alto mando del Ejército de Tel Aviv. Aparentemente, no había comprendido que el verdadero campo de batalla se hallaba en Jerusalén, en el faraónico escenario de la legación diplomática estadounidense. De hecho, fue allí donde la bendición de Donald Trump desencadenó el conflicto que podría desembocar en el resquebrajamiento de la Unión Europea.

Además de los tres Estados latinoamericanos que optaron por trasladar sus respectivas legaciones de Tel Aviv a Jerusalén -  Guatemala, Paraguay y Honduras – cuatro países miembros de la Unión Europea – Austria, Republica Checa, Hungría y Rumanía – estuvieron presentes en la inauguración de la Embajada estadounidense en la Ciudad Tres Veces Santa, haciendo caso omiso de la normativa comunitaria, que no reconoce la capitalidad de Jerusalén, decretada unilateralmente por Israel en 1949. De hecho, casi todas las sedes diplomáticas permanecieron hasta ahora en Tel Aviv, metrópoli designada como centro administrativo del Estado judío en el plan de partición de la ONU de 1947.

El jefe de la diplomacia belga, Didier Reynders, censuró el gesto de los cuatro rebeldes: Si queremos que los europeos desempeñen un papel en la solución del conflicto de Oriente Medio,  debemos tratar que Europa hable con una sola voz,  manifestó el ministro.
    
Conviene señalar que los rebeldes, los quintacolumnistas, pertenecen al clan de los euroescépticos. Austria cuenta con un Gobierno populista; los checos dirigen el llamado grupo de Visegrad, que aglutina y gestiona el malestar provocado por las políticas de Bruselas en los países de Europa Central y Oriental, los actuales dirigentes de Budapest no disimulan su simpatía hacia la política del zar Putin, Rumanía fantasea desde hace más de dos años con una estrepitosa salida de la Unión, siguiendo el ejemplo británico.
  
¿Después de Brexit, Roxit?  Ficticia o real, la amenaza existe. A finales de la pasada semana, un medio electrónico bucarestino reveló que durante la visita oficiosa del presidente del Partido Socialdemócrata rumano, Liviu Dragnea, a Israel, el primer ministro Netanyahu sugirió que los poderes fácticos podrían asumir, en caso del abandono de la Unión, la deuda del país carpático con las instituciones comunitarias, asegurandole al mismo tiempo el mantenimiento de la alianza estratégica con Washington. Al regresar a Bucarest, Dragnea reclamó el traslado de la sede diplomática rumana a… Jerusalén. Fue acusado, sin embargo, de alta traición y usurpación de cargo público, ya que las decisiones en materia de política exterior incumben al Jefe del Estado. Aún así, el Ministerio de Asuntos Exteriores asegura que los aspectos jurídicos del posible traslado han sido estudiados; sólo falta perfilar el modus operandi del cambio de sede.

 Sería prematuro hablar de una crisis institucional en el seno de la UE.  Mas hay que reconocer que Washington o, mejor dicho, la actual Administración estadounidense, no desea contar con una Europa fuerte.
  
Durante la cumbre de la OTAN celebrada el pasado año en Varsovia, el Presidente Trump intentó por todos los medios provocar un distanciamiento entre la nueva Europa (los países del Este) y la vieja, es decir, del núcleo duro de la Unión, empleando la vieja y muy socorrida estrategia del divide y reinarás.  La brecha entre el Este y el Oeste corre el riesgo de ensancharse.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Populistas de todos los países…


Los “eurócratas” dieron un gran suspiro de alivio al comprobar que el electorado austriaco se decantó, hace apenas unas semanas, por el candidato ecologista independiente a la presidencia de la República, Alexander Van der Bellen. Su contrincante, el derechista Norbert Hofer, estuvo a punto de alzarse con la victoria en la primera vuelta de la consulta, celebrada en el mes de mayo. Sin embargo, el Tribunal Constitucional anuló los resultados de los comicios al detectar irregularidades en el recuento de los votos emitidos por correo.

Pero, ¿qué temían los representantes de las altas instancias comunitarias? Las atribuciones del Presidente de Austria son, al menos aparentemente, bastante limitadas. Mas el Jefe del Estado ostenta también el cargo de comandante el jefe del Ejército. Tiene la prerrogativa de nombrar al Canciller (Primer Ministro) y de disolver el Parlamento. Demasiado poder para un estadista perteneciente a una agrupación radical de extrema derecha como el FPÖ (Partido para la Libertad de Austria), dispuesta a cambiar el rumbo de la política de este país centroeuropeo, que vio nacer el su suelo a Adolfo Hitler y llegó a ser gobernado, allá por los años 80 – 90 del pasado siglo, por el diplomático Kurt Waldheim, acusado de haber cometido crímenes contra la Humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. El recuerdo de aquellos episodios convulsos permanecen, tal nubes negras, en la memoria de los austriacos.

El resurgir de la extrema derecha europea, la agresividad de la retórica empleada por sus líderes en el avance hacia las cimas del poder, preocupan tanto a la clase política como a los expertos en ciencias sociales, quienes divisan en la propagación del llamado  populismo un profundo malestar de la ciudadanía. Algunos, como por ejemplo los partidos de izquierdas, achacan el fenómeno a los estragos causados por la crisis económica; otros prefieren recurrir, simplemente, al miedo a la globalización.

Miedo o rechazo, poco importa. Según un estudio realizado recientemente por la fundación alemana Bertelsmann, el electorado europeo prefiere dirigir sus miradas hacia las opciones populistas de derechas, que rechazan cualquier intento globalizador, empezando por la tan cacareada integración europea. La encuesta llevada a cabo por los expertos de la fundación en 28 países de la UE pone de manifiesto que alrededor de la mitad de los europeos – un 45 por ciento - considera que la globalización es perniciosa. Rechazan el fenómeno el 55 por ciento de los austriacos, el 54 por ciento de los franceses, el 39 por ciento de los italianos y los españoles, el 36 por ciento de los británicos. A ellos se suma el 47 por ciento de los húngaros, el 40 por ciento de los holandeses y el 45 por ciento de los alemanes.

Curiosamente, no se trata de una opción ideológica, sino del divorcio entre la sociedad y la clase política tradicional. Estiman los sociólogos alemanes que los factores que inciden en la decisión de los ciudadanos son: la educación, el nivel económico y la edad.

La crisis económica genera, a su vez, una masa de maniobra importante para la extrema derecha europea. Es uno de los argumentos esgrimidos por el 67 por ciento de los votantes del Frente Nacional francés, el 54 por ciento de los afiliados a la Liga Norte italiana, el 49 por ciento de la Alternativa para Alemania (AfD) o el 32 por ciento de los miembros del Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP). 
  
Todos y cada uno reclaman la vuelta a los valores tradicionales, es decir, al nacionalismo aislacionista.

Detalle interesante: los expertos de Bertelsmann no han analizado la otra faceta del fenómeno: el populismo de izquierdas. ¿Por qué será? 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Europa se está resquebrajando


Europa se está resquebrajando. El viejo y ¡ay! cuán socorrido estribillo, acompaña esta vez la avalancha de negros nubarrones, precursores de la gigantesca tempestad que se avecina. Europa se está resquebrajando, repiten insistentemente las fuentes transatlánticas, empeñadas en persuadirnos que la apuesta por la unidad europea tiene los días contados. Sí, esta vez, la advertencia nos llega de Washington, aunque también de los populistas griegos, dispuestos a jugar a fondo la baza de la destrucción/reconstrucción de las endebles estructuras de la Unión Europea.

Muchos son los heraldos de la inminente desgracia, aunque distintas las partituras que vaticinan el ocaso del sueño europeísta. Algo huele a podrido en el Viejo Continente, aseguran las almas caritativas de Washington, Nueva York o Londres. ¿Mero catastrofismo? Efectivamente, muchas cosas huelen a podrido en estas latitudes. Los males que achacan a los europeos tienen nombre: crisis económica, populismo, racismo, xenofobia, una gigantesca oleada de inmigrantes (y no sólo refugiados) que busca el bienestar en países opulentos, unos confines comunitarios convertidos en coladero, una nueva amenaza: el radicalismo islámico, que se abre camino a pasos agigantados en los países de Europa occidental. Pero hay más.

En esas circunstancias, nada halagüeñas para los pobladores del Viejo Continentes, aparecen, ¡cómo no! los pájaros de mal agüero. Se trata de personajes ilustres, que utilizan su prestigio para entonar las primeras notas del canto del cisne comunitario. No, ese no es el Réquiem por la Señora Europa, aunque sus intérpretes tratan de convencernos que nuestro proyecto no tiene porvenir. ¿Sus alegaciones?

Empecemos por la rivalidad entre los dos imperios: Estados Unidos y Rusia. Durante la primera quincena de febrero, el exsecretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, se entrevistó en Moscú con el Presidente Putin. Su cometido: tratar de convencer a los dueños del Kremlin de la utilidad de sumarse al proceso de globalización capitaneado por Washington. Lógicamente, ello implica el abandono por parte de Rusia del proyecto BRICS, que preocupa tanto a los grandes bancos estadounidenses como al propio Fondo Monetario Internacional (FMI).

Kissinger, artífice de la crisis del petróleo que desembocó, en 1974, en la creación del petrodólar, es un ferviente defensor de la política económica llevada a cabo por el Partido republicano. Consciente de que un posible descalabro del sistema financiero  mundial afectaría no sólo al futuro inquilino de la Casa Blanca, sino también y ante todo a los duendes de Wall Street, el exsecretario pidió a los rusos que actúen con exquisita prudencia a la hora de deshacerse de los bonos del Tesoro americanos adquiridos en las últimas décadas. En efecto, una venta masiva podría provocar el colapso de las instituciones financieras estadounidenses. El impacto del crac superaría la debacle bursátil de 2008. 
 
El no menos sonado viaje del periodista y escritor norteamericano Robert D. Kaplan a los Balcanes coincidió, extrañamente, con la estancia de Kissinger en Moscú. Kaplan, que se hizo famoso a raíz de sus análisis sobre la evolución de los países de Europa oriental tras la caída del imperio soviético, no dudó en advertir a los políticos de la región – Rumanía, Bulgaria, Polonia, los Estados bálticos – que Europa tiene problemas, ya que está sumida en una crisis muy profunda,  que los gobernantes difícilmente podrán superar. Por si fuera poco, Kaplan sugiere que la clase política de Europa oriental está cada vez más propensa a dirigir sus miradas hacia los Estados Unidos, único protector válido y poderoso. El experiodista independiente que pisó por vez primera el suelo balcánico en 1981, apuesta por la vuelta de las divisiones americanas al Viejo Continente, donde, según él, han de estar acuartelados, ya que su presencia podría disuadir al enemigo: Rusia.

Por su parte, el Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, advierte en las mismas fechas que la OTAN dispone de armas nucleares y no descarta su posible (aunque por ahora hipotética) utilización. Mensaje dirigido a Moscú que, según Stoltenberg, está llevando a cabo una política agresiva.

Por último, aunque no menos importante, es el deseo del propio Presidente Obama de intervenir de manera directa o indirecta en la campaña del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. El inquilino de la Casa Blanca tratará de persuadir a los ingleses sobre las ventajas de su pertenencia al club comunitario. Una misión extremadamente difícil, teniendo en cuenta el rechazo de la sociedad inglesa de su política de globalización, así como el sentimiento generalizado de que los políticos europeos son incapaces de gestionar los asuntos de la Unión.

Tampoco hay que olvidar la otra cara de la moneda: Inglaterra ha sido, es y será la punta de lanza de los intereses estadounidenses en Europa. Lo advirtió en su momento el anglófobo general De Gaulle, lo han podido comprobar sus sucesores. 

En resumidas cuentas: ¿se está resquebrajando Europa? O, mejor dicho ¿a quién le interesa el que Europa se esté resquebrajando?