Mostrando entradas con la etiqueta Alianza Atlántica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alianza Atlántica. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de abril de 2021

El tío Joe y el “asesino”

 

Extraño titular éste para una columna dedicada a la política internacional, a la dificultosa marcha de nuestro mundo. Es lógico que le sorprenda, estimado lector, pero no se escandalice; en un mundo en que se derriban estatuas, se censuran las hazañas de filósofos, literatos o exploradores, se reniega de la música demasiado colonial de Mozart y de Bach, no conforme con el fascinante estilo de Dua Lipa (por cierto, ¿quién es Dua Lipa?), en un mundo donde todo vale, parece hasta cierto punto normal que los titulares periodísticos cambien. El autor de estas líneas se queda, pues, con el nada provocativo El tío Joe y el “asesino”.

 La semana se cierra con un inquietante incremento de la conflictividad; la paz mundial parece amenazada por la inhabitual concentración de tropas ¡rusas! en los confines con Ucrania. Washington, París y Berlín denuncian los propósitos belicosos de Moscú, que se dispone a llevar a cabo una agresión en los linderos de la OTAN. ¿Linderos de la Alianza Atlántica? Olvidados quedan los acuerdos de Praga, el compromiso de los occidentales de no trasladar unidades militares hacia los territorios del antiguo Pacto de Varsovia. En las últimas décadas, la Alianza se ha expandido al Este. Sus nuevos socios pertenecen a la región del mar Báltico o el mar Negro, Polonia y Rumanía se encuentran en la primera línea de frente. Su adversario, la Federación Rusa, les convierte en un hipotético blanco de los ataques del oso ruso, el espantajo de la Guerra Fría.

Por su parte, el Kremlin trata desdramatizar la situación: la presencia de sus tropas en la frontera con la región secesionista de Dombás nada tiene que ver con unos supuestos planes de agresión contra Ucrania, primer país del Este europeo que estrenó la moda de las revoluciones de colores.

¿Agresión? De ninguna manera; Occidente está empeñado en provocar un conflicto fronterizo para entorpecer la vuelta de una gran potencia – Rusia – a la escena mundial, afirman los medios de comunicación moscovitas.

Del otro lado de la frontera, en la región que Washington no duda en llamar pomposamente el campo de la democracia, la percepción es completamente distinta. El presidente ucranio, Volodymyr Zelensky, evacúa consultas con la Casa Blanca, el Pentágono, la OTAN, los jefes de Gobierno europeos. Su mensaje es invariablemente el mismo: ante la amenaza rusa, urge la adhesión del país a la OTAN y la UE. No estamos dispuestos a quedarnos indefinidamente en la antesala de Europa, afirma Zelensky, aparentemente poco persuadido de que los procesos de adhesión suelen ser largos y (muy) penosos.

El líder ucranio cuenta con el respaldo de Emmanuel Macron, especialista en soluciones a la carta que poco tienen que ver con la normativa jurídica que rige la conducta de los organismos internacionales. De hecho, Macron quiere que Occidente actúe. Y ello, haciendo caso omiso de las recriminaciones de Zelensky, que le echa en cara su excesiva amistad con Vladimir Putin. Pero, ¿quién dijo que los estadistas no se comportan a veces como… niños?

A las escénicas salidas del presidente de Ucrania (actor de profesión) se suman las señales de emergencia emitidas por el estamento castrense de Varsovia y Bucarest, que reclama un sustancial incremento de la presencia militar de la Alianza en sus respectivos países.

El tono sube.  Si la disuasión falla, estamos dispuestos a responder a la agresión con todo el peso de la Alianza Alántica, afirmó el general Tod Wolters, Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas en Europa, durante una audiencia en el Comité de Servicios Armados de Senado estadounidense. La OTAN sigue siendo el centro de gravedad estratégico y la base para la disuasión y la seguridad en Europa. Todo lo que hacemos es construir la paz, añadió el militar.

 

Por su parte, Rusia acusa también a Ucrania de preparar una ofensiva militar contra los separatistas del Dombás. Moscú advierte a las autoridades de Kiev que en este caso podría intervenir para apoyar a la población rusa en Donetsk y Lugansk, las provincias controladas por las fuerzas prorrusas.

 

Los estrategas de Washington reclaman planes de defensa concretos para el Mar Negro; las repúblicas bálticas, mayor presencia aliada.

 

Y aquí interviene el tío Joe, perdón, en presidente Biden, que se dirige a su homólogo ruso, Vladimir Putin, al que había tratado de asesino en una reciente entrevista televisiva. Como consecuencia, Moscú retiró a su embajador en los Estados Unidos, Anatoly Antonov, que aún permanece en la capital rusa. Privado de la presencia del representante diplomático, Biden se vio obligado a conversar directamente con el asesino.

 

Su propuesta: muy sencilla. Celebrar una cumbre en terreno neutral para hablar de todo: Ucrania, las relaciones comerciales de Rusia con Occidente, que tanto molestan a Washington, el espionaje informático, los intentos de desestabilización, Irán…


Biden apuesta por una postura constructiva por parte de su interlocutor. Mas apenas 48 horas después de efectuar esa llamada, la Administración estadounidense anuncia la adopción de nuevas sanciones contra Moscú. Una de cal…

 

Aparentemente, la Casa Blanca no comprende en silencio del Kremlin. El que eso escribe tampoco comprende la música de Dua Lipa…

 

jueves, 31 de octubre de 2019

Siria: los aliados de Putin – Turquía (II)


Recuerdo que hace años, cuando las autoridades de Ankara aún coqueteaban con el posible ingreso de su país en la Unión Europea, tuve ocasión de sostener un maratoniano diálogo con el jefe de la delegación de Turquía en las consultas con Bruselas. Sucedió hace más de tres lustros, durante la intervención estadounidense en Irak. Al abordar el espinoso tema de los desequilibrios generados en la región por la presencia de ejércitos cristianos en tierras del Islam, mi interlocutor me llamó muy amablemente la atención:

Recuerde que Turquía es un aliado fiel de los Estados Unidos.

¿Lo será también después de su ingreso en la Unión Europea?,  pregunté.

El veterano diplomático tardó unos instantes en responder: No, en este caso seremos el fiel aliado de Europa.  Impactante, muy impactante la sutil pirueta del negociador.

Unos años más tarde, concretamente después del fallido golpe de estado de 2016, Turquía se decantó por otras alianzas. En efecto, Recep Tayyip Erdogan optó por dirigir su mirada hacia Moscú. Mientras el papel desempeñado por las potencias occidentales en la noche del 15 al 16 de julio de 2016 sigue siendo un misterio, parece que la intervención de los servicios de inteligencia rusos le salvaron la vida.

En los últimos tres años (2016 ­– 2019), las relaciones entre Ankara y Moscú se fueron consolidando. A los importantes acuerdos financieros, los multimillonarios intercambios comerciales y ambiciosos proyectos  turísticos se sumaron contratos para el suministro de armamento estratégico incompatibles, al parecer, con la normativa de la Alianza Atlántica.  Los Estados Unidos decidieron castigar a Ankara aplicando represalias; Alemania llegó a insinuar que el comportamiento rebelde de los turcos debería desembocar en… ¡su expulsión de la OTAN!

Washington prefirió actuar con cautela: el Ejército turco es el segundo por orden de importancia de la OTAN y las bases de Incirlik y Malatya representan puntos estratégicos clave para la defensa de los intereses de Occidente en el Mediterráneo sudoriental. En Incirlik se encuentra el mayor depósito de ojivas nucleares de Cercano Oriente; en Malatya, el principal centro de vigilancia radar de la región. En ambos casos, las instalaciones están vigiladas por personal militar norteamericano. La hipotética expulsión, en caso de conflicto, de los militares  transatlánticos se ha convertido en un auténtico quebradero de cabeza para el Pentágono. A la pregunta: ¿Se puede concebir la presencia de armamento de fabricación rusa en las inmediaciones de  sofisticadas estructuras de combate de la  Alianza Atlántica? el estamento castrense turco responde con la hábil pirueta diplomática: ¿Incompatibilidad? ¡Ninguna! Nuestro territorio es bastante amplio…

Tras la decisión del presidente Trump de retirar el contingente estadounidense acantonado en el Noreste de Siria, Ankara inició los preparativos para una ofensiva de gran envergadura en la zona, controlada por las milicias kurdo-sirias, aliadas de los norteamericanos. Poco tenían que ver estos combatientes con los guerrilleros del PKK turco, la bestia negra de los Gobiernos de Ankara. La guerra contra los separatistas del PKK turco se saldó con alrededor de 45.000 muertos. De ahí el deseo de la clase política turca de borrar a los kurdos del mapa. Sin embargo, los politólogos conocedores de la zona aseguran que la minoría kurda de Siria jamás estuvo involucrada en los operativos militares o actos de violencia llevados a cabo por sus correligionarios del PKK turco. No es este el parecer del Gobierno Erdogan, que no duda en tildar a la estructura militar kurdo-siria – las Unidades de Protección Popular (YPG) - de…organización terrorista. Para los pobladores del Kurdistán sirio, la llegada de las tropas turcas equivale, pues, al preludio a una muerte anunciada. Lógicamente, los kurdos tratan de iniciar un acercamiento coyuntural con el Gobierno de Damasco. El tirano al Assad parece haberse convertido en el interlocutor más… idóneo. 

Primera consecuencia: Damasco ha podido desplegar rápidamente tropas en el norte del país, región que había estado fuera de su control durante años. Las fuerzas de Ankara no dudaron en abrir fuego contra los soldados sirios. Por su parte, los rusos se ofrecieron a organizar patrullas ruso – turcas en la zona tapón que separa los dos ejércitos. Es la primera vez que unidades de un país miembro de la OTAN participan en una misión conjunta con militares rusos. Obviamente, la noticia provocó el desconcierto, cuando no la ira de los estrategas de la Alianza Atlántica.

Sabido es que el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan pretende utilizar la zona de seguridad creada en el Noreste de Siria para repatriar (la palabra no parece ser la más adecuada) a alrededor de dos millones de refugiados de origen sirio asilados en su país. Ante las protestas de algunos políticos europeos, quienes estiman que Ankara pretende llevar a cabo un operativo de deportación forzosa, las autoridades turcas esgrimen la amenaza de abrir sus fronteras con… al Unión Europea. Ante la perspectiva de una invasión humanitaria, los eurócratas optan por acallar las críticas.
  
Conviene señalar que la presencia de un cuerpo expedicionario turco en la región septentrional de Siria ha sido acogida con preocupación por el Gobierno de Damasco. Las relaciones turco-sirias han sido y siguen siendo muy densas. A la frustración primitiva, generada por el delusorio reparto territorial establecido por el Pacto Sykes – Picot tras la caída del Imperio Otomano, se sumaron algunos litigios, como por ejemplo el aprovechamiento de los recursos del río Éufrates y por último, aunque no menos importante, por el supremacismo de la doctrina neo-otomanista ideada por el equipo de Erdogan.

Cabe suponer que en los próximos años los destinos de Siria estarán en manos de Rusia, Turquía e Irán, países con intereses divergentes que aprovecharán al máximo el vacío creado  por la precipitada e inoportuna retirada de Norteamérica. Pero como Donald Trump es tan impredecible…

sábado, 6 de abril de 2019

Rusia - OTAN: ¿qué se os ha perdido aquí?


La OTAN tiene que responder a los desafíos de Rusia. De lo contrario, corremos el riesgo de ver aviones rusos sobrevolando Praga, Varsovia y por qué no, Berlín. Sus provocaciones sirven para averiguar hasta dónde llega nuestra paciencia. El tono grave de Andrzej Duda recuerda el discurso catastrofista de la década de los 50 del pasado siglo, cuando los políticos de los dos lados del Telón de Acero solían emplear en sus intervenciones radiofónicas una gran dosis de histerismo para convencer a los ciudadanos europeos de la inminencia de una nueva confrontación bélica.

Había, en aquella Europa dividida, dos bloques militares: la Alianza Atlántica, liderada por los Estados Unidos, que congregaba a los países de Europa occidental, y el Pacto de Varsovia, contrarréplica ideada por Moscú, integrada por los miembros del llamado campo socialista, es decir, los Estados de Europa del Este, entregados al Kremlin por los acuerdos de Yalta. Ambas agrupaciones militares hacían alarde del carácter defensivo de sus respectivas alianzas. Luchamos por la paz, era el slogan empleado por el Pacto de Varsovia. Protegemos al mundo libre, era el lema de la Alianza Atlántica. En realidad, ambos bandos se dedicaban a reforzar sus estructuras militares, haciendo acopio de armamentos supersofisticados. La paz era una paz armada, la protección, garantizada por los uniformados.

Las negociaciones de desarme, iniciadas en la década de los 60 en Ginebra, desembocaron en la firma del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. El equilibrio del terror incitó a las dos superpotencias nucleares – Estados Unidos y la URSS – a proseguir las consultas sobre limitación de armamentos. En el monumental palacio ginebrino, primitiva sede de la extinta Sociedad de las Naciones, se gestaron el Tratado sobre Misiles Anti-Balísticos (ABM), los acuerdos sobre la limitación de armas estratégicas (SALT I) y los misiles balísticos intercontinentales (SALT 2), sobre la reducción de ofensivas estratégicas (SORT) o la limitación de armas nucleares de alcance intermedio (INF), amén de otras medidas colaterales, modestas o ambiciosas, que se suman al elenco de éxitos de la diplomacia multilateral. En realidad, este frágil diálogo sirvió de puente entre Oriente y Occidente durante primera etapa de la llamada política de contención global, período de crispación extrema de la guerra fría.

Con el paso del tiempo, el discurso de los exponentes de los dos pactos militares empezó a moderarse. Pero el primer cambio significativo se produjo tras la firma, en 1975, de la Declaración de Helsinki, instrumento no vinculante, que establecía las normas de buena conducta llamadas a regir las futuras relaciones entre el Este y el Oeste. Conviene señalar que los participantes en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa volvieron a reunirse en Belgrado, Madrid y Viena. Su labor quedó interrumpida en 1990, coincidiendo con el desmembramiento y  la anunciada desaparición del bloque comunista.

En efecto, la reunión entre los presidentes de los Estados Unidos, George H. Bush, y de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, celebrada en Malta en diciembre de 1989, pocas semanas después de la caída del Muro de Berlín, cerró el largo paréntesis de la llamada coexistencia pacífica entre las agrupaciones rivales, separadas por el cada vez más permeable Telón de acero. La obsoleta política de distensión daba paso al Nuevo Orden Mundial o, mejor dicho, a la  globalización.

Los cambios no tardaron en materializarse: Checoslovaquia, Hungría y Polonia abandonaron el Pacto de Varsovia a comienzos de 1991. Tras la retirada de los demás Estados miembros, la disolución de la alianza se formalizó en julio del mismo año. El Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAEM) había firmado su parte de defunción hacia finales del mes de junio.

En 1999, los Gobiernos de Praga, Budapest y Varsovia anunciaban la integración de sus respectivas estructuras de defensa en la OTAN. Los demás miembros del Pacto de Varsovia se adhirieron a la Alianza Atlántica en 2004. La Europa de los bloques, vestigio de la guerra fría, se había convertido en un imponente espacio de defensa continental.

Huelga decir que esta ampliación de la OTAN suscitó reticencias en la otra orilla del Atlántico. Una cuarentena de politólogos y expertos militares norteamericanos expresaron su preocupación ante la expansión costosa e innecesaria de la Alianza. Aparentemente, Rusia había dejado de ser una amenaza para la paz mundial. Pero su percepción cambió en 1995, al estallar en conflicto de Chechenia.

Uno de los compromisos adquiridos por la OTAN en la década de los 90 fue el mantenimiento del statu quo estratégico en el Viejo Continente. La Alianza debía garantizar la permanencia de los contingentes acantonados en la orilla occidental de la línea Oder – Niesse en las bases creadas durante la guerra fría. Sin embargo…

El traslado masivo de tropas aliadas hacia las instalaciones de Europa oriental empezó a producirse en los últimos meses de 2015, coincidiendo con el final del mandato del Nobel de la Paz Barack Obama. Americanos, canadienses, británicos, alemanes, holandeses y españoles tomaron posesión sigilosamente de los principales puntos estratégicos de la línea Mar Báltico – Mar Negro.  En la cumbre de Varsovia de 2016, la OTAN consagró la nueva frontera, situada en los confines de Rusia.

Durante el insólito aquelarre polaco, apropiadamente publicitado en los medios de comunicación de Europa del Este ex socios de la Unión Soviética, Donald Trump aludió en varias ocasiones al ejemplo polaco. ¿Mero gesto de cortesía para con los anfitriones de la conferencia? No, en absoluto. El inquilino de la Casa Blanca sentaba las bases de una nueva estrategia: la expansión de la presencia militar estadounidense en Europa oriental. En efecto, las autoridades de Varsovia habían solicitado el establecimiento de una base norteamericana en su suelo. El proyecto, evaluado en unos 2.000 millones de dólares, recibió luz verde esta semana, antes de la celebración en Washington del 70º aniversario de la Alianza Atlántica.

Entre las alegaciones de los polacos destacan las violaciones del espacio aéreo por cazas rusos, las amenazas cibernéticas, la difusión de noticias falsas, el empeño de Rusia de influir en los procesos electorales de otros países, manifestaciones de poder y arrogancia del Kremlin, según las autoridades de Varsovia. Curiosamente, ningún político aludió la tradicional enemistad entre polacos y rusos, común denominador de las accidentadas relaciones bilaterales. Para los habitantes de Polonia, los enemigos de sus enemigos han de ser, forzosamente, sus amigos.

Actualmente, hay alrededor de 4.500 soldados estadounidenses estacionados en Polonia. Al contingente americano se suma una brigada de la OTAN, integrada por 3.500 soldados británicos, rumanos y croatas. Se especula con la llegada de otros invitados.

Más discreta fue la llegada de las unidades aliadas a Rumania, otro de los países clave para la ofensiva hacia el Este. Los militares americanos llegaron a finales de 2015 a la base aérea de Kogalniceanu, antiguo aeropuerto civil convertido en pista de despegue de los cazas rumanos. Paralelamente, la plana mayor de la OTAN inauguró las instalaciones de Desevelu, punto neurálgico del escudo antimisiles de Washington. Para el Kremlin, el arsenal de Desevelu nada tiene que ver con el escudo. Se trata de armamento convencional, que podría convertirse en blanco prioritario de los cohetes rusos. Las amenazas de los estrategas moscovitas se multiplicaron en los últimos meses, provocando un innegable malestar en el seno del Estado Mayor de Defensa rumano. Por su parte, La OTAN se apresuró a desmentir la versión de los estrategas rusos, indicando que las armas almacenadas en Europa oriental tienen carácter meramente defensivo. Más aún; la Alianza conminó al Kremlin a respetar el espíritu y la letra del Tratado sobre la limitación de armas nucleares de alcance intermedio (INF), abandonado por la Administración Trump la pasada primavera. Según Washington, su retirada del INF se debe al incumplimiento de las normas por parte de Rusia.

Bulgaria resultó ser el único país de la Alianza que no ve con buenos ojos la llegada de efectivos occidentales. En 2016, cuando los primeros barcos de guerra de la OTAN se adentraron en las aguas del Mar Negro, los gobernantes de Sofía dejaron constancia de que hubiesen preferido acoger embarcaciones de recreo. La idea de enfrentarse a los hermanos eslavos (rusos) parecía un auténtico disparate. La Alianza tuvo que enviar cazas canadienses y británicos para reforzar la presencia atlantista en el país de las rosas.

La situación se fue complicando aún más en los años, tras la ocupación de la península de Crimea, cuando los navíos de la OTAN invadieron literalmente el Mar Negro. Moscú no dudó en recurrir a las disposiciones del Convenio de Montreux, que limita la presencia de barcos de guerra extranjeros en la zona. La OTAN, en cambio, alega que la flotilla tiene derecho a navegar en las aguas territoriales de sus tres aliados regionales: Turquía, Bulgaria y Rumanía. Mas cuando la Alianza reveló que tenía intención de organizar maniobras navales con la participación de una veintena de barcos de guerra, los circuitos de alarma saltaron en el Kremlin. Con razón: el equipo de Vladímir Putin procura tener presentes los detalles de la operación tenazas ideada por politólogos y estrategas  estadounidenses en la década de los 90 del pasado siglo. Y si a ello se le añade la reciente decisión de la Asamblea Atlántica de reforzar la presencia naval en el Mar Negro para defender a Ucrania y Georgia, países no miembros de la OTAN, la perspectiva de la expansión es incuestionable.

Un último apunte. En el verano de 1982, durante la invasión de Líbano por el Ejercito israelí, un policía de las Islas Fiyi, perteneciente a los  cascos azules de la ONU, trató de frenar el avance de una columna de blindados hebreos escudándose en la… autoridad moral que confiere el uniforme de las Naciones Unidas.

¿Qué están haciendo ustedes aquí?, preguntó solemnemente el fiyiano.
¿Y usted?, contestó impasible el comandante de la unidad…

lunes, 5 de noviembre de 2018

Si vis pacem, para bellum


La República Francesa o, mejor dicho, la “Francia imperial” del napoleónico  Emmanuel Macron, conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, la gran deflagración continental que sacudió los cimientos de los imperios que pretendían regir los destinos de lo que antaño se conocía bajo el nombre de “civilización occidental”.  De hecho, el mundo iba a cambiar. La caída de las monarquías trajo consigo una remodelación del mapa geopolítico del Viejo Continente; un cambio acompañado por una gran dosis de ingenuidad y optimismo.

En efecto, en aquél entonces, muchos europeos esperaban el advenimiento de una era de paz duradera, la edificación de un mundo mejor, un mundo de concordia, bienestar y fraternidad. Un sueño para después de una guerra…  ¿Acaso no se pueden tener sueños utópicos después de un cataclismo?

La última guerra… Recuerdo el diálogo de La Gran Ilusión, la famosa película del cineasta francés Jean Renoir, rodada en 1937, en el umbral de otro conflicto, que finalizaba con las palabras: “Esta guerra tiene que terminar; espero que sea la última”.

Apenas dos años después del estreno de la película, estalló la Segunda Guerra Mundial, un enfrentamiento aún más mortífero, que oponía dos ideologías totalitarias: el nazismo y el comunismo. Ambas doctrinas se habían adueñado del vocablo socialismo, desvirtuando su significado y vaciándolo de contenido. Pero resultaría sumamente peligroso tratar de comparar la estructura criminal de los regímenes de terror instaurados por Adolf Hitler y José Stalin. Una vez desaparecidas las causas, nosotros, los europeos, nos precipitamos en minimizar los posibles efectos. No contábamos con la aparición de nostálgicos de las dictaduras de todo signo…

Sin embargo, durante el período de aparente paz que acompañó la Guerra Fría empezaron a gestarse respuestas radicales. Al nacionalismo, difícil de erradicar, pese a los esfuerzos de los “padres” de la Europa Unida, se sumaron los extremismos y los mal llamados populismos de todo signo, que algunos no dudaron en calificar, hace más de una década,  de… neofascismos. Pero la palabra “fascismo” queda vedada en el lenguaje “políticamente correcto” de la sociedad occidental.

En Rusia o, mejor dicho, en la antigua URSS, el nacionalismo ha sido la baza utilizada por los gobernantes para mantener el miedo a Occidente, fomentando así los antagonismos.

Sin bien los argumentos esgrimidos por los populismos varían – encontramos al alimón consideraciones tan dispares como crisis económica, paro, xenofobia, terrorismo, guerra mundial o invasión del sagrado territorio de la Patria, las respuestas desembocan forzosamente en la misma solución: totalitarismo. Es el objetivo que los populistas, tanto de derechas como de izquierdas, procuran ocultar.
   
El Occidente tiene la desventaja de haber descubierto, en este desconcertante ambiente de crisis y/o transición hacia un nuevo modelo de sociedad, un corrosivo mal común: la corrupción. No es una lacra reciente, pero al parecer los escándalos brotan con mayor facilidad en periodos de cambio.

Quo vadis, Europa?  A esta pregunta, más que lícita, no hallamos una respuesta coherente. El fenómeno de la globalización debería obligarnos a contemplar argumentos globales. Sin embargo, la política del Viejo Continente sigue empleando los parámetros posbélicos: Estados Unidos, Alianza Atlántica, Rusia, enemigos.

Si bien parece que la nueva política exterior del Presidente Trump incita a los europeos a dirigir sus miradas hacia el coloso ruso, posible (aunque por ahora poco probable) “socio y vecino”, la Alianza Atlántica no duda en recordar a sus miembros, tanto occidentales como orientales, que Rusia sigue siendo el “peligro potencial, el enemigo que no se dejó doblegar”.

En ese contexto, las recientes maniobras de la OTAN en el Árctico y en Escandinavia, donde se pretende proteger a las democracias occidentales contra una hipotética invasión de tropas procedentes del Este, tratan de poner los puntos sobre las “íes”.

Comentando la nutrida presencia de tropas y material bélico de la Alianza Atlántica en el Árctico – el mayor ejercicio militar organizado desde el final de la Segunda Guerra Mundial – un importante rotativo español titulaba: La OTAN se prepara. ¿Para qué? ¿Quién es el enemigo?

Recordémoslo: Europa conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial. Los comentarios sobran.

viernes, 26 de octubre de 2018

Putin, Trump y los neoNATOs


Vientos de pánico soplan desde hace unos días en los países de la OTAN situados en los confines con la Federación Rusa. Pánico y preocupación por la posible respuesta del Kremlin tras la decisión de Donald Trump de abandonar el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares de Corto y Medio Alcance (INF) firmado en 1987 por el Presidente Reagan y el Primer Secretario del PCUS, Mijaíl Gorbachov. En aquel entonces, los europeos vivían los últimos coletazos de la Guerra Fría, el conflicto ideológico que dividió el Viejo Continente durante cuatro décadas.
  
Cuando Washington y Moscú apostaron por renunciar al enfrentamiento, los pobladores de la vieja Europa confiaron en poder redescubrirse, en reanudar las cordiales relaciones existentes en los efímeros momentos de calma del período interbélico. Los europeístas de los años 50 y 60, fervientes defensores de la unificación del continente, soñaban con la materialización de su ansiado proyecto: el establecimiento de los Estados Unidos de Europa.  Sin embargo…

La desaparición del llamado “campo socialista” y el ocaso de la ideología  marxista precipitaron la integración de los países de Europa oriental en las estructuras socio-político-militares de Occidente. Curiosamente, la Unión Europea supeditaba la adhesión de los nuevos candidatos a su integración en la OTAN, la estructura militar que podía enorgullecerse de haber derrotado a su rival soviético – el Pacto de Varsovia – sin disparar un solo tiro. Pero el desmantelamiento de la OTAN, acordado por las superpotencias en los años 90, jamás llegó a producirse.  De hecho, con el paso del tiempo las estructuras de la Alianza Atlánticas se fueron trasladando hacia el Este. Hoy en día, la frontera entre los dos mundos antagónicos no se halla en la famosa línea Oder-Niesse, sino en la nueva demarcación Báltico-mar Negro.

Si en los últimos lustros Moscú se limitaba a elevar tímidas protestas contra la expansión de la OTAN hacia el Este, el tono empezó a cambiar a partir de 2015, cuando la Administración Obama dio luz verde al incremento de la presencia militar estadounidense en el flaco Este de la Alianza. Para Moscú, la llegada de contingentes norteamericanos estacionados en Alemania y Holanda desencadenó el sistema de alarma. La guerra híbrida de Ucrania, la presencia de tanques americanos en la República Moldova, suponían una auténtica provocación. La OTAN, por su parte, se escudaba detrás del “peligro de invasión” rusa de sus nuevos aliados de Europa oriental.

La situación experimentó un notable deterioro tras la llegada de Donad Trump a la Casa Blanca. En comparación con su antecesor, Barack Obama, el problemático Premio Nobel de la Paz que acompañó con buenas palabras la ofensiva estratégica hacia el Este, Trump se decantó por un lenguaje duro, que nada tiene que ver con los usos y costumbres de la diplomacia tradicional. Un estilo que, lamentablemente, se está afianzando. Y si a ello se suma el hecho de que gran parte de los asesores presidenciales son acérrimos enemigos de la convivencia con Rusia, se llega fácilmente a la conclusión de que la retirada de Washington del INF podría presagiar un primer paso hacia el abandono progresivo de los acuerdos internacionales de desarme.

La respuesta del Kremlin no tardó; Vladímir Putin advirtió al inquilino de la Casa Blanca que Rusia se verá obligada a atacar a los países europeos que aceptarían acoger en su territorio instalaciones balísticas estadounidenses. Una alusión directa a Polonia y Rumanía, que facilitaron la presencia de bases militares americanas.
  
El Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, insiste en que las estructuras balísticas ubicadas en la línea Báltico – mar Negro no están dirigidas contra Rusia.  Más aún; que la OTAN no tiene intención alguna de aumentar el número de ojivas nucleares en suelo europeo. Sin embargo, Rusia, que rechaza tajantemente las acusaciones de Trump relativas a posibles violaciones del tratado INF en los últimos años, advierte: la nueva generación de misiles intercontinentales rusos tendrán trayectorias difíciles de anticipar. Además, podrán lanzar ataques simultáneos en varias direcciones, que el sistema de intercepción de la OTAN será incapaz de detectar. 
 
El general Serguey Karakayev,  comandante de las Fuerzas Estratégicas Nucleares de la Federación rusa, asegura que los proyectiles de última generación no tendrían dificultad alguna en aniquilar las instalaciones “defensivas” de la OTAN situadas en Polonia o Rumanía. ¿Defensivas? Si bien los estrategas occidentales aseguran que el “escudo antimisiles” instalado en la frontera con Rusia sirve sola y únicamente para proteger a los aliados contra un hipotético ataque ¡iraní!, los militares rusos insisten en que una simple modificación de los programas informáticos utilizados por la Alianza podría convertir el sistema defensivo en una espectacular fuerza de combate.
  
Aparentemente, a los estrategas rusos no les preocupan sobremanera las maniobras conjunta llevadas a cabo por los ejércitos de Polonia, los países bálticos, Rumanía y Bulgaria, ni la presencia de tropas estadounidenses en la zona; lo que de verdad inquieta es la perspectiva de un ataque masivo de la Alianza contra el territorio de la Federación.

Por su parte, los expertos de la Alianza no disimulan su inquietud ante la guerra híbrida iniciada por Moscú en la década de los 80, cuando las grandes compañías rusas se adueñaron de empresas petroquímicas o siderúrgicas de Europa oriental. Los estrategas de la OTAN denuncian las reiteradas violaciones del espacio aéreo del mar Negro por aviones de combate rusos, el incremento de la presencia de agentes moscovitas en la república de Moldova, el excesivo interés del Kremlin por los yacimientos de gas natural del mar Negro, controlados no sólo por el Gobierno de Bucarest, sino también por multinacionales energéticas estadunidenses.

“Creo que nuestra pertenencia a la OTAN supone más inconvenientes que ventajas. Nuestros muchachos se están convirtiendo en carne de cañón”, confesaba recientemente un oficial de alta graduación del Ejército rumano. La sinceridad le valió un expediente disciplinario. No fue el primero y, probablemente, tampoco el último.