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lunes, 25 de febrero de 2019

Rearme nuclear: ¿quién rompió la baraja?


Hace apenas unas semanas, cuando el actual inquilino de la Casa Blanca comunicó su decisión de abandonar el Tratado sobre el control de Armas nucleares de alcance intermedio (INF), rubricado por las dos superpotencias – Estados Unidos y la URSS - en diciembre de 1987, la noticia fue acogida con aparente calma y una gran dosis de resignación por los estrategas de la Alianza Atlántica. ¿Sorprendidos? No, en absoluto. Desde la ceremonia de instalación, Donald Trump había divulgado el largo elenco de medidas de desconexión imprescindibles, según él, para llevar a cabo su proyecto: América primero. Una opción aislacionista, que pretende alejar a Norteamérica del resto del mudo.

Muy a menudo, las medidas contempladas por el actual Presidente de los Estados Unidos hacen caso omiso de los compromisos adquiridos por Washington en las últimas décadas en materia de seguridad, cooperación internacional, comercio o desarme. En el plano internacional, Donald Trump ha resucitado el viejo mantra de los enemigos de América: Rusia, China, Corea e Irán, creando un insostenible ambiente de psicosis bélica. ¿Estamos presenciando el resurgir de la guerra fría? Los politólogos occidentales tratan de quitarle hierro al asunto. Sin embargo, los nuevos-viejos rivales de Norteamérica prefieren no infravalorar la belicosidad del lenguaje del multimillonario americano. Sí, Trump parece un elefante en una  tienda de porcelana… reconocen algunos analistas, sorprendidos por la infinidad de estragos que logra causar la política del Presidente.

En el caso del Tratado sobre Armas de Alcance Intermedio (INF), pieza clave para el mantenimiento del equilibrio estratégico en Europa, Trump acusó a Rusia de haber infringido las cláusulas del acuerdo, al desarrollar misiles ultramodernos capaces de alcanzar objetivos estratégicos situados en suelo europeo. En principio, el INF prohibía a las potencias nucleares producir y almacenar misiles balísticos con un alcance de entre 500 y 5.500 kilómetros. La limitación progresiva de armamentos implicó la retirada y la destrucción de numerosos artefactos nucleares rusos y norteamericanos.

 Al anunciar la decisión de desvincularse del INF, Trump hizo caso omiso de detalles clave, como por ejemplo la expansión de la OTAN a los países de Europa oriental pertenecientes al antiguo Pacto de Varsovia, los deliberados intentos de incorporar nuevos Estados - Georgia, Ucrania y la República Moldova -  a la Alianza, la presencia de buques de guerra de la OTAN en el mar Negro, la proliferación de instalaciones militares occidentales en los países bálticos, Polonia, Bulgaria y Rumanía.

En los últimos dos años, el Kremlin ha protestado contra la presencia de los sistemas Aegis Ashore en Polonia y Rumanía. Para los estrategas de la Alianza, los artefactos balísticos almacenados en la inmediación de la frontera con la Federación rusa no constituye una violación del Tratado INF, puesto que el llamado escudo antimisiles desplegado por Washington y sus aliados tiene carácter meramente defensivo. Los militares rusos no comparten este punto de vista. Para los expertos en balística, se trata de armamentos de doble uso. En resumidas cuentas, el Kremlin y la Alianza Atlántica se acusan mutuamente de infringir las cláusulas del  Tratado, denunciado por Rusia 24 horas después de haberse materializado la retirada estadounidense.

Los socios estadounidenses han declarado que suspenden su participación en el acuerdo; nosotros también lo suspendemos”, manifestó Vladimir Putin durante una reunión con diplomáticos y militares rusos. Sin embargo, Putin instó al personal diplomático y militar a restablecer el diálogo con sus habituales interlocutores norteamericanos,  con miras a iniciar a la mayor brevedad una nueva ronda de negociaciones de desarme.

Pero apenas una semana después de la reunión, el presidente ruso aprovechó su discurso sobre el estado de la Nación, dirigido a los miembros de as dos Cámaras del Parlamento para amenazar con una nueva escalada armamentista si los Estados Unidos deciden desplegar más misiles en los países de la OTAN. 

Estamos listos para hacer frente a  una nueva crisis de los misiles, parecida a la de Cuba (1962) si Estados Unidos despliega más artefactos en Europa, señaló Putin, haciendo hincapié en la voluntad de Rusia de responder de forma simétrica y asimétrica a las amenazas de Washington. El primer mandatario ruso recordó que la industria de armamentos rusa está ultimando la producción de misiles hipersónicos y de drones submarinos. 

Curiosamente, en este caso concreto, la Alianza Atlántica, que no censuró la decisión de Trump de abandonar el INF, condenó la postura del Kremlin, exigiendo… más moderación.
  
Subsisten los interrogantes: ¿quién rompió la baraja y por qué?  Y, ante todo, ¿qué repercusiones tendrá la ausencia de un Tratado de control de armas nucleares para la seguridad del Viejo Continente?

viernes, 26 de octubre de 2018

Putin, Trump y los neoNATOs


Vientos de pánico soplan desde hace unos días en los países de la OTAN situados en los confines con la Federación Rusa. Pánico y preocupación por la posible respuesta del Kremlin tras la decisión de Donald Trump de abandonar el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares de Corto y Medio Alcance (INF) firmado en 1987 por el Presidente Reagan y el Primer Secretario del PCUS, Mijaíl Gorbachov. En aquel entonces, los europeos vivían los últimos coletazos de la Guerra Fría, el conflicto ideológico que dividió el Viejo Continente durante cuatro décadas.
  
Cuando Washington y Moscú apostaron por renunciar al enfrentamiento, los pobladores de la vieja Europa confiaron en poder redescubrirse, en reanudar las cordiales relaciones existentes en los efímeros momentos de calma del período interbélico. Los europeístas de los años 50 y 60, fervientes defensores de la unificación del continente, soñaban con la materialización de su ansiado proyecto: el establecimiento de los Estados Unidos de Europa.  Sin embargo…

La desaparición del llamado “campo socialista” y el ocaso de la ideología  marxista precipitaron la integración de los países de Europa oriental en las estructuras socio-político-militares de Occidente. Curiosamente, la Unión Europea supeditaba la adhesión de los nuevos candidatos a su integración en la OTAN, la estructura militar que podía enorgullecerse de haber derrotado a su rival soviético – el Pacto de Varsovia – sin disparar un solo tiro. Pero el desmantelamiento de la OTAN, acordado por las superpotencias en los años 90, jamás llegó a producirse.  De hecho, con el paso del tiempo las estructuras de la Alianza Atlánticas se fueron trasladando hacia el Este. Hoy en día, la frontera entre los dos mundos antagónicos no se halla en la famosa línea Oder-Niesse, sino en la nueva demarcación Báltico-mar Negro.

Si en los últimos lustros Moscú se limitaba a elevar tímidas protestas contra la expansión de la OTAN hacia el Este, el tono empezó a cambiar a partir de 2015, cuando la Administración Obama dio luz verde al incremento de la presencia militar estadounidense en el flaco Este de la Alianza. Para Moscú, la llegada de contingentes norteamericanos estacionados en Alemania y Holanda desencadenó el sistema de alarma. La guerra híbrida de Ucrania, la presencia de tanques americanos en la República Moldova, suponían una auténtica provocación. La OTAN, por su parte, se escudaba detrás del “peligro de invasión” rusa de sus nuevos aliados de Europa oriental.

La situación experimentó un notable deterioro tras la llegada de Donad Trump a la Casa Blanca. En comparación con su antecesor, Barack Obama, el problemático Premio Nobel de la Paz que acompañó con buenas palabras la ofensiva estratégica hacia el Este, Trump se decantó por un lenguaje duro, que nada tiene que ver con los usos y costumbres de la diplomacia tradicional. Un estilo que, lamentablemente, se está afianzando. Y si a ello se suma el hecho de que gran parte de los asesores presidenciales son acérrimos enemigos de la convivencia con Rusia, se llega fácilmente a la conclusión de que la retirada de Washington del INF podría presagiar un primer paso hacia el abandono progresivo de los acuerdos internacionales de desarme.

La respuesta del Kremlin no tardó; Vladímir Putin advirtió al inquilino de la Casa Blanca que Rusia se verá obligada a atacar a los países europeos que aceptarían acoger en su territorio instalaciones balísticas estadounidenses. Una alusión directa a Polonia y Rumanía, que facilitaron la presencia de bases militares americanas.
  
El Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, insiste en que las estructuras balísticas ubicadas en la línea Báltico – mar Negro no están dirigidas contra Rusia.  Más aún; que la OTAN no tiene intención alguna de aumentar el número de ojivas nucleares en suelo europeo. Sin embargo, Rusia, que rechaza tajantemente las acusaciones de Trump relativas a posibles violaciones del tratado INF en los últimos años, advierte: la nueva generación de misiles intercontinentales rusos tendrán trayectorias difíciles de anticipar. Además, podrán lanzar ataques simultáneos en varias direcciones, que el sistema de intercepción de la OTAN será incapaz de detectar. 
 
El general Serguey Karakayev,  comandante de las Fuerzas Estratégicas Nucleares de la Federación rusa, asegura que los proyectiles de última generación no tendrían dificultad alguna en aniquilar las instalaciones “defensivas” de la OTAN situadas en Polonia o Rumanía. ¿Defensivas? Si bien los estrategas occidentales aseguran que el “escudo antimisiles” instalado en la frontera con Rusia sirve sola y únicamente para proteger a los aliados contra un hipotético ataque ¡iraní!, los militares rusos insisten en que una simple modificación de los programas informáticos utilizados por la Alianza podría convertir el sistema defensivo en una espectacular fuerza de combate.
  
Aparentemente, a los estrategas rusos no les preocupan sobremanera las maniobras conjunta llevadas a cabo por los ejércitos de Polonia, los países bálticos, Rumanía y Bulgaria, ni la presencia de tropas estadounidenses en la zona; lo que de verdad inquieta es la perspectiva de un ataque masivo de la Alianza contra el territorio de la Federación.

Por su parte, los expertos de la Alianza no disimulan su inquietud ante la guerra híbrida iniciada por Moscú en la década de los 80, cuando las grandes compañías rusas se adueñaron de empresas petroquímicas o siderúrgicas de Europa oriental. Los estrategas de la OTAN denuncian las reiteradas violaciones del espacio aéreo del mar Negro por aviones de combate rusos, el incremento de la presencia de agentes moscovitas en la república de Moldova, el excesivo interés del Kremlin por los yacimientos de gas natural del mar Negro, controlados no sólo por el Gobierno de Bucarest, sino también por multinacionales energéticas estadunidenses.

“Creo que nuestra pertenencia a la OTAN supone más inconvenientes que ventajas. Nuestros muchachos se están convirtiendo en carne de cañón”, confesaba recientemente un oficial de alta graduación del Ejército rumano. La sinceridad le valió un expediente disciplinario. No fue el primero y, probablemente, tampoco el último.