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viernes, 17 de noviembre de 2023

Biden - Xi: conoce a tu enemigo

 

Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo. Esta máxima del dictador José Stalin encabezaba los textos de muchos manuales de materialismo dialéctico, lectura obligada de varias generaciones de ciudadanos del llamado paraíso socialista ideado y gobernado por Moscú.

Conoce a tu enemigo. Aparentemente, el actual inquilino de la Casa Blanca y superviviente – al igual que algunos de nosotros – de la Guerra Fría, conoce y aprecia en su justo valor a los enemigos de su país y de los valores americanos. No, no se trata de la mítica hamburguesa y la Coca Cola, elevadas a la cúspide civilizacional por la exsecretaria de Estado Condoleezza Rice, quien no dudó en mencionarlas en los informes de la diplomacia estadounidense, sino de los viejos clichés de la propaganda de los años 50 ó 60 del siglo pasado, cuando para demonizar al enemigo solía recurrirse a términos mucho más contundentes. Joe Biden conoce perfectamente esta terminología.

En abril de 2021, diez meses antes del inicio del conflicto de Ucrania, Biden no dudó en tachar a Vladímir Putin de asesino. Esta semana, al termino de su encuentro con el presidente chino, Xi Jinping, el inquilino de la Casa Blanca le atribuyó el calificativo de dictador.  

¿Dictador, señor presidente? preguntaron los chicos de la prensa. La respuesta de Biden sorprendió más que la afirmación:  Bueno, es un dictador en el sentido de que es un tipo que dirige un país comunista, que se basa en una forma de gobierno totalmente diferente a la nuestra. Verdades como puños. Y una dialéctica desaparecida en Washington desde hace varias décadas.

El portavoz del ministerio chino de asuntos exteriores, Mao Ning, calificó las palabras de Biden de extremadamente erróneas. Se trata de una manipulación política irresponsable, advirtió el funcionario chino. Obviamente, Pekín no tiene interés alguno de retroceder en el tiempo, de volver a los enfrentamientos dialecticos eliminados por arte de magia por la diplomacia del ping pong de Henry Kissinger durante su primera visita a China en 1971. Sí, es cierto; los tiempos han cambiado, pero…

Hace unos meses, la Casa Blanca llegaba a la conclusión que si Rusia era una amenaza llamada a extinguirse (¿merced a la ofensiva del ejército de Zelensky?) y que el enemigo potencial del poderío estadunidense era… China. Una tesis ésta aireada allá por los años 90 por Samuel Huntington, olvidada y desempolvada recientemente por la Administración Biden.

El rival ruso, que rechazó tajantemente la oferta/ultimátum de asumir los conceptos globalistas de la Agenda 2030, debía consumirse en las llamas del infierno. China, con su enorme potencial económico y militar se convirtió en el auténtico enemigo. Resultaba imposible, pues, que el gigante asiático no fuese gobernado por… un dictador. Los chinos, acostumbrados a tratar a sus rivales con exquisita delicadeza, quedaron sorprendidos por la inusual agresividad de Washington. Después de la creación de la alianza militar AUKUS, integrada por Australia, el Reino Unidos y los Estados Unidos, la controvertida visita de la ex presidenta del Senado, Nancy Pelosi, a Taiwán, las maniobras navales de las potencias amigas de Washington en el Pacífico, la introducción de nuevas sanciones económicas, a Pekín sólo le quedaba por aguantar estoicamente el lenguaje belicoso de la Administración norteamericana. La decisión de Xi Jinping de acudir a la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), celebrada esos días en San Francisco, obedecía al imperioso deseo de rebajar la tensión. Una misión fallida, según los analistas. Biden recibió mucho más de lo estaba dispuesto a ofrecer.

Washington logró la reanudación de los contactos militares a alto nivel, asunto clave para los estrategas del Pentágono. Sin embargo, el interés del presidente americano se centraba en otras cuestiones estratégicas, como la no injerencia de Pekín en el conflicto de Ucrania o su posible mediación frente a Irán para limitar la expansión de la violencia en Oriente Medio.

La cooperación en materia del desarrollo de la inteligencia artificial, la lucha contra el tráfico de materias sicotrópicas y la utilización de energías renovables figuraban también en la agenda de la Casa Blanca.

Por su parte, los chinos insistieron sobre la necesidad de eliminar las restricciones a la exportación de tecnología estadounidense, que habían perjudicado seriamente el desarrollo económico del gigante asiático.

Por último, aunque no menos importante, la instalación de una línea directa entre Washington y Pekín. Algo así como el teléfono rojo que unió el Kremlin a la Casa Blanca durante la Guerra Fría. ¿Un teléfono rojo para contrarrestar el peligro amarillo? ¿Rojo? La nueva Guerra Fría nos impone situaciones aberrantes.


martes, 22 de marzo de 2022

Biden a Putin: Venga, criminal de guerra ¡ataca!


Nunca se me había ocurrido que un ser normal, civilizado, acabaría echando de menos la fraseología empleada durante los primeros años de la Guerra Fría, las malsonantes palabras rojo, peligro comunista, oso ruso, conjura imperialista, trama belicista y un sinfín de otras lindezas a las que nos habían acostumbrado los servicios de propaganda instalados de ambos lados del Telón de acero. La Europa posbélica se dividía entre los buenos, es decir, nosotros, y los malos, nuestros enemigos, contrincantes, rivales ideológicos o detractores de nuestra fe. Un mundo polarizado, con un discurso cansino, poco convincente. Cansino, sí, pero muy civilizado en comparación con las esperpénticas diatribas que vomitan actualmente los medios de comunicación – intoxicación – desinformación al abordar los temas de la guerra de Ucrania, la represión en Rusia, el espectacular, aunque inquietante despertar de China. 

Algunos prefieren no emplear el vocablo guerra; les parece demasiado… ofensivo. Otros usan y abusan de esa palabra. Al igual que durante la Guerra Fría, el malo es, forzosamente, el enemigo.

Al cabo de una larga, demasiado prolongada, cura de intoxicación (hoy en día la llaman adoctrinamiento) me acordé de los antiguos guerreros, de los gentilhombres que protagonizaron la batalla de Fontenoy. Disparen, señores franceses, gritó el lord Hay, comandante de la guardia inglesa. Caballeros ingleses, disparen primero, replicó el conde de Auteroche. Los franceses ganaron aquella batalla; fue una victoria honrosa.  

Caballeros ingleses, disparen primero. Sucedió en 1745. Hoy en día, los epítetos son asesino, criminal de guerra o, en el mejor de los casos, corrupto. El último parte que nos llega desde Washington - la capital del imperio anglosajón de Occidente – atribuido a Joseph Biden, reza así: Putin está en un callejón sin salida. Está claro que Rusia está considerando el uso de armas químicas y bilógicas en Ucrania. Pero ¡cuidado! Esta decisión provocaría una severa respuesta por parte de Occidente.

Cierto es que en las últimas semanas circularon noticias sobre la existencia de varios laboratorios dedicados a investigar la posible creación de agentes biológicos, financiados por el Pentágono y otras entidades públicas estadounidenses. El Kremlin acusó a Washington de desarrollar programas militares en los confines de la Federación Rusa. Les puedo asegurar que eso es totalmente falso, dijo Biden durante una reunión con la flor y nata del empresariado norteamericano.

Ahora sabemos que Rusia ha formulado acusaciones falsas contra nosotros y que China parece propensa a avalar sus argumentos propagandísticos. Debemos monitorizar cualquier posible uso de armas químicas y biológicas en Ucrania, advirtió la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki. Eso sí, sin pestañar. Claro que el Congreso de los Estados Unidos fue informado de la existencia de dichos centros por una alta funcionaria del Departamento de Estado, pero aun así…

Por su parte, el presidente Biden resucitó el fantasma de un posible mega ataque cibernético ruso contra las infraestructuras estratégicas de los Estados Unidos.

Conviene señalar que a la habitual subida de tono en los monólogos con Moscú, se ha sumado, en las últimas horas, una poco amistosa advertencia a las autoridades chinas. Cualquier colaboración económica, ideológica o militar con Moscú podría llevar a la adopción de medidas de retorsión por parte de los Estados Unidos. Para empezar, la Casa Blanca contempla la limitación de visados para los miembros del establishment chino.

Obviamente, a los gobernantes de Pekín no se les puede tildar de criminales de guerra. Pero sí se les puede someter al chantaje que suelen ejercer las grandes potencias. En este caso concreto, los comentarios sobran.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Gorbachov denuncia la "arrogancia" de Washington


Mijaíl Gorbachov, el nonagenario dirigente soviético acusado por los medios de comunicación británicos de haber perdido un imperio en unas Navidades, volvió a la palestra esta semana, escasas horas después de la celebración de la explosiva rueda de prensa anual del actual líder del Kremlin, Vladimir Putin, quien acusó a los Estados Unidos y la OTAN de haber engañado miserablemente a Rusia en las últimas décadas.

A primera vista, el resurgir de Gorbachov parecía fortuito. En su caso, se trataba de rememorar el 30 aniversario de la desaparición de la Unión Soviética, el gigante que se desmontó de un plumazo en diciembre de 1991, cuando los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el acta de defunción de la URSS. Se trataba, según Gorbachov, del lógico final de la Guerra Fría.

Treinta años después, el último líder del imperio soviético entona la mea culpa. Sí, Occidente lo había engañado. Su interlocutor predilecto, Ronald Reagan, le había advertido en reiteradas ocasiones: Fíate de mi palabra, pero comprueba los hechos… Pero Gorbachov se limitó a fiarse de las palabras de sus interlocutores estadounidenses. Al igual que su sucesor, Boris Yeltsin, controvertido personaje que acabó desmantelando el sistema comunista antes de… darse de baja del Partido. Un confuso legado para su heredero, el crédulo Vladimir Putin.

Para el actual inquilino del Kremlin, el colapso de la URSS fue el mayor desastre geopolítico del siglo XX. Una decisión que Putin, al igual que los ultranacionalistas de Vladimir Jhirinovsky, considera un punto de inflexión para el declive de Rusia.

Para Gorbachov, el desmembramiento de la Unión Soviética alimentó la arrogancia de los Estados Unidos, facilitando la expansión de la Alianza Atlántica hacia el Este. Los Estados Unidos adoptaron una postura triunfalista, considerando que fueron ellos los vencedores de la Guerra Fría. Olvidan que la confrontación y la carrera nuclear quedaron superadas gracias al esfuerzo conjunto de Moscú y Washington, añade.

El último presidente de la Unión Soviética confía en que las negociaciones de seguridad ruso-norteamericanas, solicitadas por el equipo de Putin, finalizarán con resultados positivos. Entre las demandas presentadas por el Kremlin figuran la congelación de las candidaturas a la OTAN de dos países limítrofes – Ucrania y Georgia – así como el compromiso formal de Occidente de no abrir nuevas bases militares en el territorio de Estados pertenecientes a la antigua URSS.  

La tardía reacción de Mijaíl Gorbachov coincide, pues, con el aniversario del colapso de la Unión Soviética. Una fecha en la cual muchos ciudadanos de la Federación Rusa añoran los buenos viejos tiempos del autocrático régimen de los gulags. No, desengañemos; los nostálgicos de la URSS prefieren centrarse en la grandeza de la fenecida segunda potencia mundial, pasando un tupido velo sobre los aspectos sombríos del régimen de los soviets.

¿El pasado? Recuerdo aquel día de noviembre de 1985, cuando el entonces primer secretario del PCUS nos invitó a la inexpugnable sede ginebrina de la Unión Soviética ante la ONU para hablarnos de los importantes cambios que se avecinaban. Fue un discurso sorprendente.

Al abandonar el recinto de la misión diplomática, escuché el comentario de dos agentes de seguridad – probablemente miembros de la KGB – que no daban crédito a sus oídos: Pero, ¿qué está haciendo este hombre?

¿De verdad confió en la buena fe de sus interlocutores, Mijaíl Sergueievich? ¿De verdad, camarada Gorbachov?  

Confieso que los periodistas somos algo más incrédulos.  


miércoles, 10 de noviembre de 2021

El apagón que (no) viene


Primero fue la pandemia; luego, el espectacular incremento del precio de la energía eléctrica, la dramática escasez de materias primas, el aumento de los fletes marítimos, la inimaginable congestión de los emblemáticos puertos comerciales, el desabastecimiento y, por ende, la perspectiva de una pertinaz crisis alimentaria. Por si fuera poco, surgió el fantasma del apagón. Un apagón general, que sumiría a los habitantes del Viejo Continente en un oscuro y gélido paréntesis que duraría alrededor de… dos semanas.

A quienes hemos ocasión de gozar de los deleites del estrambótico periodo de la Guerra Fría, el cumulo de noticias – reales o ficticias – con las que se nos está bombardeando a diario nos recuerda la época del histerismo generado por la inminencia de un conflicto nuclear. El enfrentamiento – que nunca se produjo - nos incitó a contar con refugios antiatómicos, hacer acopio de alimentos para tres, seis o doce meses, prepararnos a combatir al hipotético invasor a la salida de nuestro inexpugnable escondite, persuadidos, eso sí, de la necesidad de defender a la familia, la patria, el mundo, contra las fuerzas del Mal. Pero la amenaza se desvaneció el día en que los grades de este planeta se tomaron sus vasitos de vodka o de bourbon, charlando amigablemente sobre el tiempo y la familia. Los asuntos más espinosos – contención, desarme y un sinfín de etcéteras – fueron remitidos a los grupos de expertos políticos y militares. En invierno atómico se había acabado.  Al igual que esta derrotada pandemia, que sigue vivita y coleando…

Pero volvamos a nuestro apagón. O, mejor dicho, a la inminente amenaza que ha hecho correr ríos de tinta y alimentado numerosísimos, demasiados comentarios en los medios audiovisuales del Viejo Continente. 

Antes que nada, es precioso situar la noticia en su contexto. El espeluznante panorama – un apagón a escala continental – se gestó en las oficinas vienesas de una empresa especializada en publicidad y conducta social, encargada de elaborar un exhaustivo estudio sobre un hipotético corte de electricidad a nivel europeo causado por una catástrofe natural, el posible desabastecimiento de energía eléctrica, supuestos atentados terroristas o ataques cibernéticos. En realidad, se trataba de una campaña virtual de concienciación del público austriaco, poco dado a aceptar las solemnes advertencias de las autoridades. Pero la publicación del informe de la empresa de consultoría en el anuario del Gobierno austriaco desató la tormenta mediática que asoló el resto del continente.  

Se anuncia un gran corte de energía en toda Europa, Un país ya ha informado a su población sobre los detalles del incidente y ha pedido la ayuda del Ejército, El desastre es inevitable… Los catastróficos titulares invadieron los medios de comunicación. Las cadenas de televisión de toda Europa no dudaron en recurrir a sus expertos/analistas para comentar el dramático evento. Algunos, los más cautos, reconocieron que el peligro parecía real, pero no se podía adivinar la fecha del advenimiento de la nueva plaga. ¿Otra más? Pues sí, al paso que vamos no hay que descartar la llegada de más desgracias.

Con su mentalidad germánica, los austriacos se vieron obligados a poner los puntos sobre las “íes”. No, se trataba de una mera simulación. De hecho, el Ministerio de Defensa jamás advirtió sobre un inminente corte de energía a nivel de la UE, ni predijo su magnitud o su duración. El Gobierno no estaba involucrado en esta descontrolada campaña de publicidad Por su parte, la titular de Defensa, Klaudia Tanner, se limitó a afirmar que se debe considerar la posibilidad de un apagón. La pregunta no es si se producirá un apagón masivo, sino cuándo podría materializarse esta amenaza", dijo Tanner.

En resumidas cuentas, la amenaza no es inminente. Lo que sí debería preocuparnos – y nos está preocupando – en esos momentos es el vertiginoso aumento del precio de la electricidad. En este caso concreto, se trata, en este caso concreto, de una desgracia que afecta a todos los europeos. ¿Peor nos lo quieren poner?


sábado, 6 de marzo de 2021

¿Quién resucita los demonios de la guerra fría?

 

La salida de Donald Trump de la Casa Banca coincidió, curiosamente, con un sorprendente recrudecimiento de las manifestaciones belicistas formuladas por los hasta ahora discretos aliados europeos de Washington. Al enunciado Rusia, nuestro viejo enemigo de Josep Borrell, Alto Representante para Política Exterior de la Unión Europea, acogido con una mezcolanza de sorpresa e indignación en el Kremlin, se sumó la no menos diáfana declaración de Jens Stoltenberg, secretario general de la Alanza Atlántica, quien añadió más leña al fuego con El diálogo con Rusia tiene que basarse en la fuerza y en la firmeza. Todo ello, en unos momentos en que el presidente Biden manifiesta su deseo de reactivar las relaciones de la Administración estadunidense con los aliados europeos ninguneados o humillados por el expresidente Trump.

Detalle interesante: las declaraciones de los políticos europeos parecen abonar el terreno para el inicio de la nueva cruzada de la Casa Blanca: la ofensiva global para la defensa de los valores democráticos. Nada sorprendente: Norteamérica suele movilizar sus ejércitos y, por supuesto, su opinión pública, utilizando el mantra democracia. Curiosamente, el único caso en el que Washington prefirió no emplear esta palabra fue la guerra contra Saddam Hussein. 

El resurgir de la amenaza de una guerra fría, argumento empleado ad nauseam por los políticos del Viejo Continente, no encuentra eco entre politólogos y estrategas de la nueva generación, quienes prefieren buscar respuestas más sosegadas a la vehemente argumentación de los pseudopacifistas empeñados en defender los valores tradicionales de Occidente.

Tratemos de llamar las cosas por su nombre: actualmente, el peligro de un enfrentamiento con Rusia es real. Los importantes cambios sociopolíticos y estratégicos registrados en las dos últimas décadas han desembocado en la modificación de las doctrinas militares, de los proyectos de defensa, de la configuración de los bloques y los confines. Quienes seguían con preocupación los avances de la carrera nuclear en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, difícilmente logran asimilar los cambios. Las amenazas se han multiplicado; los conflictos tradicionales han ido pasando en un segundo plano; la guerra moderna depende cada vez más de los avances tecnológicos, de la capacidad destructora de sofisticados artilugios creados por los humanos como respuesta a los desafíos de la última conflagración mundial. Hablar de tanques y misiles resulta, hasta cierto punto, anticuado. En las guerras modernas (o posmodernas, según como se mire), habrá que regirse por un nuevo concepto: contención. A ello se está dedicando la Red de Expertos UE-Rusia en Política Exterior, establecida en 2016 por el Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia y la delegación de la Unión Europea en Moscú.

Uno de sus últimos documentos de trabajo elaborados por esta red de expertos contempla cuatro posibles escenarios para la evolución de las relaciones entre Moscú y Occidente durante la próxima década: la asociación fría, la caída en la anarquía, al borde de la guerra y la comunidad de valores. Aparentemente, todas las hipótesis son válidas. Conviene, pues, analizarlas con detenimiento.

La asociación fría. La búsqueda de áreas de cooperación comienza con pequeños pasos. Para que este escenario se materialice, deben registrarse cambios tanto en la UE como en Rusia.

Cabe suponer que en 2030 la Unión Europea superará por completo la crisis económica provocada por la pandemia de Covid-19. Como consecuencia de ello, optará por la adopción de un rumbo de desarrollo económico independiente, que consiste en la no participación en la rivalidad entre Estados Unidos y China, así como el mantenimiento de buenas relaciones con ambas partes. Esto llevaría a la emancipación económica de la Unión, seguida de la emancipación estratégica. También consistirá en la negativa de algunos países de la UE miembros de la OTAN de aumentar su presencia militar en el Este y el incremento de gastos en políticas que podrían percibirse en Moscú como generadoras de tensiones. 

Esta evolución política de la Unión Europea irá acompañada por cambios en Rusia. En 2024, los rusos optarán por la salida de Putin de la presidencia y por el inicio de profundas reformas, principalmente en el ámbito de la digitalización de la administración y la lucha contra la corrupción, lideradas por Alexander Ogaryov, el joven sucesor del actual inquilino del Kremlin. El país estará sumido en el estancamiento y descontento general yla oposición comunista se ira fortaleciendo. Una política interna más prosocial, abierta a la presencia del capital extranjero facilitaría la estabilización del país y la reconstrucción gradual de la confianza de Occidente.

La cuestión de Crimea seguirá enfrentando a Europa y Rusia. En otras áreas, como por ejemplo Oriente Medio, Moscú adoptará decisiones "ad hoc", formando alianzas pragmáticas con los miembros de la UE.

La caída en la anarquía. En este escenario, Rusia, severamente afectada por la crisis provocada por la pandemia Covid-19, logra estabilizar su situación interna con bastante rapidez, ayudada por el aumento de los precios del petróleo resultante del conflicto de Oriente Medio, que se acentuará entre 2021y 2022. 

Al igual que en el anterior escenario, Putin se marcha después de 2024, pero es reemplazado por un político que se muestra reacio a Occidente.

Rusia dependerá cada vez más de sus relaciones con China, pero Pekín, inmerso en una competencia estratégica con Estados Unidos, no aprovecha el cambio. Rusia conserva su potencial, pero la percepción de la Unión Europea es completamente diferente.

Una de las primeras víctimas de este cambio de rumbo sería la política oriental de la Unión. Algunos países, como Alemania, Italia y Hungría, querrán conseguir ventajas competitivas en el mercado europeo de hidrocarburos, utilizando su relación especial con Rusia. Las divisiones inter europeas se verán acentuadas por las maniobras de los Estados Unidos, país afectado por la crisis e instigando a la división de los europeos.

En la década 2021-2031, Ucrania no se recuperará de la crisis económica, a la que se sumará una fuerte polarización política. Rusia, aprovechando las divisiones de la sociedad ucraniana, intentará ejercer su influencia en el país vecino. Por su parte, Estados Unidos no estará dispuesto a involucrarse militarmente en Ucrania. Los separatistas ganarán terreno en la región de Járkov y establecerán un nuevo Estado, inmediatamente reconocido por Moscú.

Alemania querrá construir su relación especial con Rusia, independientemente de la opinión de sus aliados occidentales. Como consecuencia de ello, las divisiones en el seno de la UE se irán profundizando.

Al borde de la guerra. En esta variante, Putin liderará Rusia hasta 2030 y no se vislumbra su salida del escenario político. Los precios del petróleo se mantendrán bajos durante la próxima década, pero el Kremlin, que ha construido una economía fuertemente controlada por el Estado, logrará mantener la estabilidad política y social sin disminuir su capacidad para imponer una política de poder.

Europa saldrá fortalecida de la crisis. Las relaciones transatlánticas serán mejores, ya que Estados Unidos estará dirigido por una Administración menos crítica con los europeos que durante el mandato de Trump. 

La economía europea estará en pleno auge, lo que implicará el mejoramiento de sus relaciones con China e India.

La situación será completamente distinta en Rusia, que exporta materias primas y trigo, productos cuya demanda irá disminuyendo. 

Tras superar la crisis, Estados Unidos vuelve a la posición de líder mundial en crecimiento tecnológico. La relación de Washington con Pekín, tensa y poco amistosa, no evoluciona hacia la hostilidad. 

Los problemas internos surgen en China impulsados por la desaceleración del crecimiento económico y la perspectiva de una buena cooperación entre Washington y Delhi.

La OTAN está recuperando protagonismo; la presión conjunta de Estados Unidos y Europa sobre Rusia, incluidas las sanciones, está aumentando en intensidad. China, poco propensa a verse arrastrada a un conflicto entre las dos potencias, se aleja gradualmente de Moscú. 

Comunidad de valores. Es, según los expertos, el escenario menos realista, resultante del fortalecimiento de la Unión Europea después del Covid-19 y el debilitamiento significativo de Rusia, tanto desde el punto de vista económico como político.

En Rusia, la crisis va acompañada de una creciente oleada de separatismo regional, fenómeno que surge alrededor de 2027, la desaparición casi completa de la vieja élite del Kremlin, la parálisis del liderazgo político ante las dificultades internas y el desvanecimiento del sueño de recobrar el pasado imperial.

Estas dos tendencias, una Europa fuerte, unida y prudente en su política exterior y una Rusia debilitada y empobrecida con una nueva élite gobernante, podrían entorpecer la reconciliación y la cooperación entre los dos gigantes.  

La mayoría de los expertos de la Red UE-Rusia considera, sin embargo, que el escenario más plausible sería el primero: la asociación fría. Pero a nivel continental subsisten dos incógnitas: Polonia y Ucrania, países cuya evolución interna podría afectar seriamente las relaciones de Occidente con Moscú.

La buena noticia: la perspectiva del conflicto armado parece alejarse.  ¿Hasta cuándo?


domingo, 27 de diciembre de 2020

Joe Biden en el país del coronavirus

 

Creo que me he equivocado; el verdadero peligro (para Occidente) no es el Islam, sino China. Habrá que profundizar en el tema.

Las palabras de Samuel Huntington, el padre y pope del controvertido ensayo El choque de civilizaciones, sorprendieron a los participantes en el multitudinario acto celebrado en la Universidad Complutense de Madrid en mayo de 1995. Con razón; los diplomáticos, periodistas, universitarios y agentes de los servicios de inteligencia occidentales esperaban una evaluación objetiva del recién estrenado conflicto ente Occidente y el Islam, publicitado por los medios de comunicación estadounidenses en 1992, fecha en la que el peligro islámico tomó el relevo de la ya anacrónica amenaza comunista. Obviamente, el mundo libre, las democracias occidentales, no podían vivir sin enemigos.

Pese a las alegaciones de Huntington, el mundo islámico se convirtió – a partir de 2001 – en el verdadero quebradero de cabeza de las Cancillerías del primer mundo. El famoso choque anunciado por el politólogo estadounidense degeneró en un auténtico enfrentamiento armado, del que la guerra de Afganistán resultó ser un mero preludio. Tres presidentes norteamericanos – George Bush, Barack Obama y Donald Trump – se tornaron en adalides de la guerra sin cuartel contra el islamismo radical, un combate que todavía no ha cesado. La presencia del Estado Islámico y al Qaeda en Oriente Medio y el Norte de África es una muestra de ello. De hecho, el radicalismo islámico cuenta actualmente con importantes ramificaciones políticas y económicas que impiden la elaboración de estrategias coherentes y eficaces por parte del Primer Mundo. Las ofensivas ideológicas y militares de los radicales islámicos ya no se fraguan en las cuevas de Bora Bora, sino en las lujosas mansiones de los potentados del Máshreq. Aparentemente, la clase política occidental ha perdido la ocasión de idear o de crear un frente común ante el mal llamado, aunque siempre inquietante, peligro islámico.

Al finalizar el primer año de la pandemia provocada por el COVID 19 – inicio de la era de la seguridad sanitaria – los políticos tratan de escamotear los estragos causados por el virus chino – expresión ésta acuñada por Donald Trump – para centrar el interés de la opinión pública en otro desafiante fenómeno: la incipiente guerra fría entre China y Occidente.

El conflicto se percibía de manera completamente distinta en la década de los 90 del pasado siglo, cuando Huntington lanzó su primera advertencia. En aquel entonces, los politólogos barajaban la posibilidad de un conflicto bélico entre Washington y Pekín, esgrimiendo argumentos de índole estratégica, invocando la superioridad numérica de los ejércitos y la capacidad de destrucción de los arsenales balísticos. Error, grave error; en este caso concreto, la rivalidad se ha trasladado al plano económico.

En realidad, los chinos empezaron a desvelar sus planes en la década de los 80 del pasado siglo, al iniciar una gran ofensiva comercial en los mercados de Occidente. A la expansión de los intercambios – algunos acusan a los chinos de practicar el dumping – venta de productos por debajo del precio normal, prohibida por las normas del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio - se sumaba la compra masiva de bienes inmuebles y terrenos en los países industrializados: Estados Unidos, Francia, Inglaterra, España. Menos éxito tuvieron los inversores chinos en la región de Oriente Medio, donde su expansión quedó obstaculizada por la presencia nipona.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China estalló en 2018, cuando Washington optó por aprobar un paquete de sanciones económicas que afectan seriamente las exportaciones de Pekín. Si bien el promotor de dichas sanciones fue el presidente Obama, la aplicación concreta de las medidas de retorsión resultó ser obra del multimillonario Donald Trump, quien no oculta, por otra parte, sus intereses económicos en China.

En el último trimestre de 2020, la economía china experimentó un importante nivel de recuperación. Pekín centra sus esfuerzos en incrementar la autonomía tecnológica. El presidente Xi Jinping utilizó las palabras innovación y tecnología más de veinte veces en su discurso ante el último Congreso del Partido Comunista Chino.

En cuanto a la globalización se refiere, Xi Jinping señaló que prefería centrarse en el mercado interno, ya que China ya no debería depender, para su desarrollo, únicamente de la inversión extranjera.

Estiman los analistas estadounidenses que la estrategia de Xi Jinping de incrementar su poder e imponer el control ferrero al sector privado podría conducir a una ruptura con Estados Unidos.

También hallamos intereses convergentes, como el deseo de las dos superpotencias de combatir la influencia de los gigantes de la informática, como Facebook y Google.

El equilibrio se rompe en el sector de la defensa y, muy concretamente, a la hora de comparar el poderío naval de los dos países.    

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, China ha experimentado en mayor crecimiento de sus embarcaciones de guerra. La Armada cuenta actualmente con una gran dotación de cruceros, destructores y barcos anfibios, a los que se suman dos primeros portaaviones, con un tercero ya en construcción.

En 1993, China tenía 47 submarinos, incluido un submarino de misiles balísticos clase Xia, cinco submarinos de ataque nuclear clase Han, 34 submarinos eléctricos diésel clase Romeo de la década de 1950 y seis submarinos del Clase Ming. 

Según el Servicio de Investigación del Congreso estadounidense, en 2019 la flota norteamericana consistía en cuatro submarinos de misiles balísticos, seis submarinos de ataque de propulsión nuclear y 50 submarinos de ataque eléctricos diésel. 

La flota de submarinos de EE. UU. se mantendrá bastante estática en la próxima década (2020-30), disminuyendo ligeramente de 68 a 66 el número de submarinos de todo tipo.

Los exhaustivos informes que obran en poder del presidente electo, Joe Biden, reflejan claramente las semejanzas y disparidades estructurales entre los dos países.

¿Serán éstas el punto de partida para la ansiada nueva Guerra Fría?  


sábado, 9 de noviembre de 2019

Farhen sie nach West - recuerdos del Muro de Berlín


El Muro de Berlín… ¿Cómo no acordarme? Sucedió en 12 de agosto de 1961.  Recuerdo aquella noche de verano, el restaurancito francés junto a las murallas del Castillo de Praga, los tenues acuerdos del piano. Alguien – probablemente un afamando concertista - tocaba una sonata. ¿Beethoven? ¿Brahms? Poco importa; celebrábamos un cumpleaños, mi cumpleaños…

Pasada la medianoche, la centenaria puerta de madera se abrió chirriando. Al visitante lo reconocimos por la voz. Era Paco, el camarada Francisco, el republicano español que recorrió medio mundo antes de recalar aquí, cerca de Vysehrad: Francia, Rusia (ay, perdón: la Unión Soviética), Rumanía, Cuba…

Salud, camaradas. Traigo una gran noticia. Nuestros compañeros alemanes acaban de construir un muro en Berlín. Vamos a separar los dos sectores; los capitalistas ya no podrán venir a husmear en el Este, en la República Democrática… ¿Están de celebraciones? ¿Por qué no abrimos una botella de champán…? O… de vino.

Desafortunadamente, el camarada Francisco tuvo que contentarse con una pinta de cerveza de Pilsen. 
   
Unos meses antes, en el otoño de 1960, tratábamos de esquivar los atascos de Berlín oriental. Los viejos Trabant y los milagrosos Wartburg, orgullo de la industria automovilística de Alemania Oriental, tenían la pésima costumbre de  amontonarse a última hora de la tarde, provocando el habitual caos circulatorio. Había que tener nervios de acero para aguantar la barahúnda de aquellos vehículos de chatarra.

Al percatarse de nuestra desesperación, el Vopo (policía popular) encargado de dirigir el tráfico, nos indicó en voz baja: Fahren sie nach West – diríjanse hacia el sector occidental. Extraño consejo por parte de un representante de las fuerzas de seguridad de la República Democrática Alemana.

No volveré a Berlín; ya no podremos coger los atajos por el Oeste, pensé aquella noche. Pero sí, regresé a Berlín tres lustros después de la caída del Muro.

Nueve de noviembre de 1989. Trabajaba en un periódico español del que – confieso – no guardo los mejores recuerdos. Fue una época muy difícil de mi vida. Llevaba apenas tres meses en Madrid, después de una prolongada estancia en Oriente Medio. No conseguía tomar tierra, aclimatarme a la nueva situación. Mentalmente, aún vivía con la intifada palestina, con los niños de las piedras. Esperaba las galeradas de mi primer libro: Crónicas palestinas, que iba a publicarse a finales de mes. Pero aquella tarde…

Los redactores del pomposamente llamado turno de mañana nos aprestábamos a abandonar la redacción, cuando uno de los jefes, excelente profesional, entró vociferando en la sala: Ojo, algo está pasando en Berlín. Algo muy gordo…

Las primeras imágenes que aparecieron en la pequeña pantalla fueron impactantes. Grupos de jóvenes alemanes trataban de derribar el Muro. A las once de la noche, un policía del sector occidental abrió una puerta; una entrada minúscula. ¿Qué hacen ustedes aquí? preguntó sorprendido a la multitud  que se agolpaba del otro lado del Muro de Protección Antifascista (para algunos) o Muro de la Vergüenza (para otros). Oyó vagamente las palabras de un joven alemán oriental: Somos libres.

Me quedé en la mesa de redacción hasta el cierre de la primera edición del diario. Al jefecillo que vino a darme las gracias por el esfuerzo le respondí: No hay de qué; soy periodista. Algo importante había pasado aquella noche. 

Unas semanas más tarde, los entonces Presidentes Bush y Gorbachov se reunían en Malta. Estábamos completamente desconcertados. Recuerdo los múltiples y embarullados encuentros con mis compañeros; tratábamos de contestar a la pregunta: Ahora que el Muro ha caído, ¿qué nos depara el porvenir?  
Probablemente, nada bueno, concluimos.

En enero de 1990, George H.W. Bush, 41º Presidente de los Estados Unidos y ex director de la CIA, anunciaba la llegada de la… globalización. 

Algo así como el Fahren sie nach West, pero esta vez en boca del superintendente de las fuerzas del Nuevo Desorden mundial.

miércoles, 17 de julio de 2019

De la caída del Telón de Acero a la segunda Guerra Fría


Mientras los convencidos europeístas se aprestan a celebrar con toda pompa el 30 aniversario de la caída del Telón de Acero, los fervorosos atlantistas prefieren dirigir sus miradas hacia el más que incierto futuro, persuadidos del advenimiento de una nueva Guerra Fría.

Pero vayamos por partes. Oficialmente, el Telón de Acero dejó de existir el 11 de septiembre de 1989, tras la apertura de la frontera entre Hungría y Austria. Decenas de miles de ciudadanos de la República Democrática Alemana esperaban el gesto simbólico de las autoridades de Viena; un gesto liberador. La verja cerrada a cal y canto durante cuatro décadas se abrió como por arte de magia, allanando el paso de ciudadanos del campo socialista hacia el ansiado mundo libre. En pocas horas, alemanes, polacos, checos y húngaros descubrieron las dichas de la otra Europa, el universo de la sociedad de consumo. No tardaron mucho en familiarizarse también con sus desdichas…

Los politólogos y diplomáticos occidentales acogieron la noticia con inexplicable calma, véase resignación. Hacía más de una década que las cancillerías habían barajado esta posibilidad. De hecho, el Acta final de la Conferencia de Helsinki sobre Seguridad y Cooperación en Europa contemplaba el inevitable acercamiento entre el Este y el Oeste. Pero de ahí a soñar con la apertura de fronteras…

En realidad, las fisuras en el telón aparecieron al cabo de un lustro, al sumarse a las buenas palabras de la Declaración de Helsinki la actuación del sindicato polaco Solidaridad, la proliferación de grupúsculos liberales incrustados en el establishment político de las llamadas democracias populares, el impacto de la Primavera de Praga, la perestroika de Mijaíl Gorbachov. El proceso, aparentemente lento, se tradujo en fructíferos resultados. Sin embargo…

La desaparición de los dos bloques rivales, el ocaso de las ideologías, el mal llamado pensamiento único y la galopante globalización – camino que no lleva a ninguna parte -  lograron cambiar la faz del Viejo Continente.

Los países de Europa oriental, recién integrados al Club de la Opulencia no lograron asimilar los cambios sociales. Curiosamente, su precipitado ingreso en la OTAN y la Unión Europea, no de tradujo en sustanciosas mejoras para el bienestar de la población. A los escasos niveles de desarrollo económico acabaron sumándose tentaculares redes de corrupción. Unas perspectivas poco halagüeñas para efectuar la transición hacia modelos democráticos. Las consecuencias son harto conocidas.

La Segunda Guerra Fría

Huelga decir la ampliación de la Europa comunitaria no logró eclipsar el otro aspecto del proyecto continental: la defensa común. ¿Defenderse? ¿Contra quién? El Pacto de Varsovia, hipotético contrincante de la OTAN, había desaparecido. Los Estados que lo integraban forman parte actualmente de la Alianza Atlántica. Rusia se quedó sola.

La aparente soledad del Kremlin se convirtió en la baza de los atlantistas, dispuestos a dar el golpe de gracia al oso ruso.  Con las tropas de la Alianza desplegadas en los confines de la Federación Rusa – la vieja línea Oder-Neisse se había desvanecido – los estrategas de la OTAN tratan de encontrar nuevos subterfugios para justificar la ansiada confrontación con el Kremlin.  Incidentes navales, violación del espacio aéreo, fabricación y almacenamiento de nuevos misiles de medio y largo alcance… En realidad, todos los pretextos son válidos. Barack Obama envió unidades terrestres, blindados y aviones de combate a los países de Europa Oriental; Donald Trump denunció tratados de desarme negociados hace más de dos décadas. Cada movimiento iba acompañado por una advertencia: Rusia no quiere la paz.

Lo cierto es que los rusos controlan actualmente el 48 por ciento de las armas nucleares almacenadas por las superpotencias.

El Tratado INF, firmado por los Estados Unidos y la URSS en 1987, prohibió los misiles lanzados desde el suelo, capaces de transportar ojivas nucleares a una distancia de entre 500 y 5.500 kilómetros.

¿Existe un peligro real de enfrentamiento nuclear? ¿Cómo respondería Washington a un ataque lanzado desde Rusia?

El general David Goldfein, jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire no descarta esa posibilidad. Más aún; se dedica a airear las medidas que se tomarían en caso de una ofensiva nuclear rusa.  En una entrevista concedida al rotativo británico Daily Express, asegura que Estados Unidos y sus aliados de la OTAN contemplarían un ataque global.

Prácticamente, en una etapa temprana de un ataque ruso, los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN lanzarán un contraataque de gran envergadura, que involucraría a las fuerzas especiales, la aviación, la actuación de comandos, amén de ataques cibernéticos. Sin olvidar, claro está, la intervención de submarinos nucleares o de los modernísimos cazas F-35, capaces de interceptar y destruir los misiles balísticos rusos.

Una visión catastrofista, que recuerda el caustico humor ruso de la década de los 60. 

¿Qué hacer en caso de un ataque nuclear?

Coger una sábana blanca y dirigirse en fila india hacia el cementerio.

¿Por qué en fila india?

Para que no cunda el pánico.

Avisados estamos…