Mostrando entradas con la etiqueta Samuel Huntington. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Samuel Huntington. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de octubre de 2021

Israel se reserva el derecho de emplear la fuerza contra Irán

 

Mientras la Administración Biden centra sus baterías en el nuevo rival-competidor-enemigo – China – el inquilino de la Casa Blanca invita a sus aliados a hacer frente común contra el… peligro amarillo.

Nada nuevo bajo el sol: los humanos y, ante todo, los adalides de los grandes imperios, necesitan enemigos. En el siglo XX, el oponente se llamaba Rusia, los soviets, el comunismo, el marxismo. En el umbral del nuevo milenio, el Islam tomó el relevo del peligro rojo. Samuel Huntington nos presentó, con sumo detenimiento, su teoría sobre el choque de las civilizaciones, que podría resumirse en pocas palabras: Islam contra Occidente. Poco después, los radicales de Osama Bin Laden se encargaron de abrir la caja de Pandora: sangre, terrorismo, inestabilidad política, racismo, xenofobia. Aparentemente, el nuevo rival era más despiadado que el manido oso ruso, inductor de tantas pesadillas en el civilizadísimo Mundo Libre.

¿El Islam? No, es un error; nuestro verdadero contrincante será China, advirtió el bueno de Huntington, tras haber recibido una nueva revelación. Mas el peligro tardó en materializarse. De todos modos, Trump y Biden no descubrieron la pólvora, ya que se trata de un invento…  chino.

Huelga decir que más cerca de nosotros, en el Mediterráneo, la percepción de los peligros es muy distinta. Aquí, los chinos tendrán su muelle en el puerto de Haifa, hasta ahora escala predilecta de la 6a Flota estadounidense en el Mediterráneo. Y, por si fuera poco, el gigante asiático cuenta con otra cabeza de puente: el puerto de Pireo.  

Aquí, la verdadera obsesión es Irán, el peligro que implica el programa nuclear del país de los ayatolás.  Israel, que lleva más de un cuarto de siglo advirtiendo sobre la amenaza iraní, optó por plantar cara al gran Hermano norteamericano, tras comprobar la tibieza de la Casa Blanca para con Irán.

Israel se reserva el derecho de emplear la fuerza contra Teherán para evitar que los iraníes adquieran el arma nuclear, advirtió ayer en Washington el ministro de Asuntos Exteriores del Estado judío, Yair Lapid, durante una conferencia de prensa conjunta con el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken. Era la constatación del fracaso de una gira diplomática en la cual Lapid, un político moderado, tropezó con la indecisión y la irritante ambigüedad de la Administración Biden.

Cierto es que tanto Washington como Moscú están desplegando grandes esfuerzos para salvar el acuerdo sobre el programa nuclear iraní. Rusos y americanos prefieren volver a la mesa de negociación, confiando en poder imponer una solución diplomática.  La pasada semana, el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Hossein Amir-Abdollahian, se entrevistó en Moscú con su colega ruso, Sergey Lavrov. Poco antes de la reunión, Lavrov habló con el secretario de Estado Blinken acerca de los esfuerzos para reconducir las consultas con Irán. Al término del encuentro, Amir-Abdollahian insinuó que las conversaciones se reanudarán pronto.

Pero los israelíes no confían en las buenas palabras de los diplomáticos; estiman que hacen falta argumentos más contundentes para persuadir a los iraníes. ¿Un nuevo paquete de sanciones económicas? ¿La amenaza de un posible recurso a la fuerza? ¿Campañas de desestabilización interna? Los estrategas de Tel Aviv no descartan ninguna opción. Recuerdan, si es preciso, que el programa de Gobierno del líder de la revolución islámica, el ayatolá Jomeini, finalizaba con la frase: combatiremos hasta el día en que la bandera verde del Islam ondee sobre Jerusalén.

Decididamente, los comentarios sobran.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Joe Biden en el país del coronavirus

 

Creo que me he equivocado; el verdadero peligro (para Occidente) no es el Islam, sino China. Habrá que profundizar en el tema.

Las palabras de Samuel Huntington, el padre y pope del controvertido ensayo El choque de civilizaciones, sorprendieron a los participantes en el multitudinario acto celebrado en la Universidad Complutense de Madrid en mayo de 1995. Con razón; los diplomáticos, periodistas, universitarios y agentes de los servicios de inteligencia occidentales esperaban una evaluación objetiva del recién estrenado conflicto ente Occidente y el Islam, publicitado por los medios de comunicación estadounidenses en 1992, fecha en la que el peligro islámico tomó el relevo de la ya anacrónica amenaza comunista. Obviamente, el mundo libre, las democracias occidentales, no podían vivir sin enemigos.

Pese a las alegaciones de Huntington, el mundo islámico se convirtió – a partir de 2001 – en el verdadero quebradero de cabeza de las Cancillerías del primer mundo. El famoso choque anunciado por el politólogo estadounidense degeneró en un auténtico enfrentamiento armado, del que la guerra de Afganistán resultó ser un mero preludio. Tres presidentes norteamericanos – George Bush, Barack Obama y Donald Trump – se tornaron en adalides de la guerra sin cuartel contra el islamismo radical, un combate que todavía no ha cesado. La presencia del Estado Islámico y al Qaeda en Oriente Medio y el Norte de África es una muestra de ello. De hecho, el radicalismo islámico cuenta actualmente con importantes ramificaciones políticas y económicas que impiden la elaboración de estrategias coherentes y eficaces por parte del Primer Mundo. Las ofensivas ideológicas y militares de los radicales islámicos ya no se fraguan en las cuevas de Bora Bora, sino en las lujosas mansiones de los potentados del Máshreq. Aparentemente, la clase política occidental ha perdido la ocasión de idear o de crear un frente común ante el mal llamado, aunque siempre inquietante, peligro islámico.

Al finalizar el primer año de la pandemia provocada por el COVID 19 – inicio de la era de la seguridad sanitaria – los políticos tratan de escamotear los estragos causados por el virus chino – expresión ésta acuñada por Donald Trump – para centrar el interés de la opinión pública en otro desafiante fenómeno: la incipiente guerra fría entre China y Occidente.

El conflicto se percibía de manera completamente distinta en la década de los 90 del pasado siglo, cuando Huntington lanzó su primera advertencia. En aquel entonces, los politólogos barajaban la posibilidad de un conflicto bélico entre Washington y Pekín, esgrimiendo argumentos de índole estratégica, invocando la superioridad numérica de los ejércitos y la capacidad de destrucción de los arsenales balísticos. Error, grave error; en este caso concreto, la rivalidad se ha trasladado al plano económico.

En realidad, los chinos empezaron a desvelar sus planes en la década de los 80 del pasado siglo, al iniciar una gran ofensiva comercial en los mercados de Occidente. A la expansión de los intercambios – algunos acusan a los chinos de practicar el dumping – venta de productos por debajo del precio normal, prohibida por las normas del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio - se sumaba la compra masiva de bienes inmuebles y terrenos en los países industrializados: Estados Unidos, Francia, Inglaterra, España. Menos éxito tuvieron los inversores chinos en la región de Oriente Medio, donde su expansión quedó obstaculizada por la presencia nipona.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China estalló en 2018, cuando Washington optó por aprobar un paquete de sanciones económicas que afectan seriamente las exportaciones de Pekín. Si bien el promotor de dichas sanciones fue el presidente Obama, la aplicación concreta de las medidas de retorsión resultó ser obra del multimillonario Donald Trump, quien no oculta, por otra parte, sus intereses económicos en China.

En el último trimestre de 2020, la economía china experimentó un importante nivel de recuperación. Pekín centra sus esfuerzos en incrementar la autonomía tecnológica. El presidente Xi Jinping utilizó las palabras innovación y tecnología más de veinte veces en su discurso ante el último Congreso del Partido Comunista Chino.

En cuanto a la globalización se refiere, Xi Jinping señaló que prefería centrarse en el mercado interno, ya que China ya no debería depender, para su desarrollo, únicamente de la inversión extranjera.

Estiman los analistas estadounidenses que la estrategia de Xi Jinping de incrementar su poder e imponer el control ferrero al sector privado podría conducir a una ruptura con Estados Unidos.

También hallamos intereses convergentes, como el deseo de las dos superpotencias de combatir la influencia de los gigantes de la informática, como Facebook y Google.

El equilibrio se rompe en el sector de la defensa y, muy concretamente, a la hora de comparar el poderío naval de los dos países.    

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, China ha experimentado en mayor crecimiento de sus embarcaciones de guerra. La Armada cuenta actualmente con una gran dotación de cruceros, destructores y barcos anfibios, a los que se suman dos primeros portaaviones, con un tercero ya en construcción.

En 1993, China tenía 47 submarinos, incluido un submarino de misiles balísticos clase Xia, cinco submarinos de ataque nuclear clase Han, 34 submarinos eléctricos diésel clase Romeo de la década de 1950 y seis submarinos del Clase Ming. 

Según el Servicio de Investigación del Congreso estadounidense, en 2019 la flota norteamericana consistía en cuatro submarinos de misiles balísticos, seis submarinos de ataque de propulsión nuclear y 50 submarinos de ataque eléctricos diésel. 

La flota de submarinos de EE. UU. se mantendrá bastante estática en la próxima década (2020-30), disminuyendo ligeramente de 68 a 66 el número de submarinos de todo tipo.

Los exhaustivos informes que obran en poder del presidente electo, Joe Biden, reflejan claramente las semejanzas y disparidades estructurales entre los dos países.

¿Serán éstas el punto de partida para la ansiada nueva Guerra Fría?