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jueves, 3 de agosto de 2023

El siglo de Turquía (II) Mirando hacia La Meca

 

La próxima cumbre Putin-Erdogan se celebrará próximamente en un lugar de Anatolia. Lo acaba de anunciar el portavoz del Kremlin, resumiendo un extenso diálogo mantenido por el zar de todas las Rusias y el sultán del renaciente Imperio Otomano o, tal vez del Gran Turán, el nuevo engendro de los ideólogos de Ankara, que irrita sobremanera a los estrategas moscovitas. Con razón: el Gran Turán es una nueva variante de los dominios del Imperio; un proyecto de tipo confederal que, lejos de contemplar una islamización tosca y la sumisión total, presenta una forma suave y civilizada de mahometismo, más acorde con la tradición laxista de la Sublime Puerta o del Estado Moderno fundado por Mustafá Kemál Atatürk.

La reciente presentación del mapa del Gran Turán, comercializada en las librerías y los zocos de Turquía, ha causado sorpresa, incredulidad e incluso ira en la planta noble del Kremlin. En efecto, el hipotético dominio de los nuevos otomanos se extiende a tierras de los Urales, las antiguas repúblicas caucásicas de la URSS, pobladas por tribus turcomanas, gran parte del suelo iraní y la zona norte de la República Popular China habitada por los uigures. El proyecto, que destaca la importancia geopolítica de Turquía, neutralizará casi por completo a Rusia y a Irán, limitando las pretensiones geopolíticas de China. No hay que extrañarse, pues, si en Moscú se habla de los delirios de grandeza de Erdogan.

El conflicto de Ucrania podría tener una nueva víctima: el vínculo entre Putin y Erdogan, advertía recientemente el Washington Post. Craso error. Sin embargo, el aparente cambio de rumbo del presidente turco al tratar de allanar al menos, aparentemente, el ingreso de Suecia a la OTAN, ha generado en Occidente una oleada de comentarios sobre un posible distanciamiento de Turquía de Rusia y un hipotético regreso al redil atlantista. ¿Cuánto tiempo puede durar la relación especial entre Vladimir Putin y Erdogan?, preguntaban los articulistas del primer mundo, incapaces de comprender que el líder turco está manejando las relaciones internacionales de Ankara de la manera que considera más benéfica para los intereses de Turquía y, sobre todo, para su propia supervivencia política.

¿Alejarse del Kremlín a cambio de los 13.000 millones de dólares ofrecidos casi in extremis por Joe Biden para sanear el estado de las finanzas de Ankara o por la flotilla de cazas F-16 apalabrada con Washington desde hace más de un año? El guion resulta bastante extravagante. Para los turcos, Rusia es y seguirá siendo el gran vecino al que le unen importantes lazos históricos. Un vecino amable en tiempos de paz, un temible rival, en épocas de conflicto.

Al evaluar la importancia de las relaciones con los países de la región, Erdogan sigue las normas de la sabiduría musulmana: Más vale estar a buenas con los vecinos que con la familia.  Y los vecinos, Rusia, Bulgaria, Rumanía, Israel, Egipto, Arabia Saudita, cuentan con la transigencia de Turquía.

Las relaciones con Moscú y Pekín se perfilarán en el mes de agosto, durante la cumbre de los Estados de BRICS, que estudiará la solicitud de adhesión de Ankara al nuevo bloque económico que pretende acabar con el mundo unipolar ideado por Washington.

Pero los proyectos de Erdogan no se limitan a definir el porvenir de las relaciones con China y Rusia: hay más vecinos con los que pretende entablar lazos de amistad y, ante todo, de cooperación económica y financiara Es el caso de Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo Pérsico. 

Recientemente, el gigante petrolero saudí ARAMCO se reunió con 80 contratistas turcos para evaluar la posible puesta en marcha de proyectos por un valor de 50.000 millones de dólares.  Se nos invita a participar a la construcción de refinerías, oleoductos, edificios administrativos, obras de infraestructura, señala el presidente de la Asociación de Contratistas de Turquía, Erdal Eren.  

ARAMCO, la tercera empresa petrolera del mundo, pretende apoyar a las empresas turcas, afectadas tanto por los vaivenes de la guerra en Ucrania como por los terremotos que se cobraron la vida de unas 50.000 personas a comienzos de este año. Un detalle importante, teniendo en cuenta que las dos principales potencias regionales – Turquía y Arabia Saudita - se habían distanciado en los últimos tiempos debido a los vínculos del clan Erdogan con la secta de los Hermanos Musulmanes, desaprobada por la monarquía wahabita, y el asesinato, en 2018, en el consulado saudí de Estambul del periodista Jamal Khashoggi, opositor de la Casa Real saudí. 

El interés de ARAMCO en involucrar a las empresas turcas puede interpretarse como parte de los intentos de reconciliación entre Ankara y Riad. Sabido es que Erdogan está buscando alternativas para aliviar la presión ejercida por las instituciones financieras del primer mundo sobre la economía turca. En este contexto, los contratos con los países del Golfo Pérsico, incluida ARAMCO, forman parte de la estrategia postelectoral del presidente turco para tratar de neutralizar los efectos negativos de las presiones económicas.  

Por otra parte, conviene señalar que el heredero de la Corona saudí, Mohammed bin Salman (MBS), ha sido más que generoso con el sultán, al regalarle el pasado año 5 millones de dólares, invertidos en proyectos industriales turcos.


En la República Turca del Norte de Chipre, territorio ocupado por Ankara desde la invasión de 1974, proliferan los bancos saudíes y libaneses. Además, durante la era Erdogan, Turquía se ha convertido en un gran mercado para las mezquitas “prefabricadas” en Arabia Saudí.


Cierto es que, durante la reciente campaña electoral, Erdogan mencionó solo a dos amigos extranjeros - Rusia y los países del Golfo - como fuentes de financiación de la economía. Se puede decir que Putin y las monarquías del Golfo le ayudaron a ganar la consulta electoral, asegura el analista económico Soner Cagaptay, quien confía en la profundización de los lazos turco-sauditas y turco-emiratíes en el futuro. Es la opción estratégica que otorgaría a Turquía la independencia frente a Occidente, añade 


Pero, ¿qué persiguen exactamente los saudíes al normalizar sus relaciones con Ankara? ¿A qué se debe la repentina generosidad del príncipe bin Salmán? ¿Ingenuidad, solidaridad, visión geoestratégica? Es preciso recordar que los saudíes financiaron, en las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, la construcción de la bomba atómica paquistaní la llamada bomba islámica.  También podrían decantarse por sacar a flote la maltrecha economía turca o… dedicar ¿por qué no? parte de su riqueza a la creación del por ahora estrafalario Gran Turán.

 


sábado, 13 de mayo de 2023

Después de Erdogan, ¿qué?

 

No nos vamos a dedicar, estimado lector, a analizar la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones turcas ni a hacer una evaluación científica del incremento del precio de la cebolla en la cesta de compra de los pobladores de Anatolia. Cierto es que muchos analistas vinculan estas cuestiones con los resultados de la consulta popular que se celebra este fin de semana en Turquía, díscolo aliado de la Alianza Atlántica y eterno candidato al ingreso en la Unión Europea, cuya admisión ha sido pospuesta en reiteradas ocasiones tanto por las carencias en la aplicación de una normativa pro derechos humanos equiparable a la europea, como - y ante todo – por tratarse de un país musulmán que inundó los mercados comunitarios con productos muy competitivos. Amenaza cultural, pues, para la Europa cristiana; fuerte competidor comercial de las economías del Viejo Continente.

Tampoco vamos a dedicar mucho espacio al fenómeno de la emigración turca, pujante en Alemania y Francia, las dos locomotoras económicas de la Unión Europea. Los hijos de Anatolia llegaron aquí para quedarse, integrándose en las estructuras sociales de los países de inmigración. Alemania es, sin duda, el mejor ejemplo de este mestizaje intercultural. ¿Un ejemplo para el porvenir interracial de Europa? Los franceses lo dudan; la palabra otomano sigue ateniendo connotaciones incómodas.

Pero, volvamos a Anatolia, donde se celebran unas elecciones presidenciales y generales que podrían acabar con los 20 años de gobierno de Recep Tayyip Erdogan. Este es, al menos, el deseo (y la esperanza) de la oposición liderada por Kemal Kiliçdaroglu, que aglutina a cinco agrupaciones políticas de distinto corte.    

Resulta difícil pasar por alto los paralelismos entre las elecciones de 2002, cuando el partido de Erdogan se alzó con la victoria, y las de 2023. En las primeras, el electorado se enfrentó a una inflación vertiginosa, políticas económicas dañinas y un coste de vida en aumento. En aquel entonces, una sociedad cansada de los viejos políticos reclamó un gobierno que pudiera centrarse en la economía, una mayor democracia y más libertades.

Em 2023, con la inflación en espiral y un coste de vida galopante, medidas económicas poco ortodoxas, claramente impulsadas por una política a corto plazo en lugar de un crecimiento a largo plazo, demandas de más democracia y libertades, exigen a los votantes hartos de polémicas y guerras culturales (religiosas) buscar un nuevo momento que pueda unir, sanar y garantizar mejores condiciones económicas para el conjunto de la sociedad.

El kemalista Kemal Kilicdaroglu, dirigente del Partido Republicano del Pueblo, aboga por el regreso a un sistema parlamentario fuerte, amnistía para los opositores y presos políticos, al multipartidismo democrático.  Asimismo, promete un regreso a políticas fiscales convencionales, un banco central independiente y un paquete de medidas destinadas a reducir la inflación.

 

La victoria de Erdogan supondría, según los analistas, la consolidación a largo plazo de un gobierno de partido único, lo que hará que Turquía esté mucho más cerca del modelo chino que de cualquier otro referente del mundo islámico. 

 

La situación actual de la economía turca es poco boyante. En los últimos 18 meses, la inflación ha pasado del 20% a más del 80%, aunque se estima que la tasa real podría superar el 100%. La depreciación de la lira turca y el repunte de la inflación han provocado un gran descontento popular.

 

Consciente del descenso de su popularidad, Erdogan anunció, una semana antes de la celebración de los comicios, una subida salarial del 45% para 700.000 funcionarios públicos. Actualmente, el salario mínimo mensual de los funcionarios asciende a 15.000 liras turcas (768 dólares). También está previsto un incremento del 10% para las víctimas del terrorismo o los empleados de larga duración.

 

Aunque la mala respuesta gubernamental de los catastróficos terremotos del sudeste de Turquía podría jugar contra el candidato-presidente, cabe suponer que la población de estas regiones, en su gran mayoría, religiosa y muy conservadora, seguirá apoyando al candidato Erdogan. No es este el caso de los jóvenes que votarán por primera vez – alrededor de 6 millones, es decir, un 7% ciento del electorado - que censuran las políticas restrictivas de Erdogan.

Una victoria de la oposición tendría un enorme impacto en Occidente. La Unión Europea debería responder reactivando el programa de liberalización de visados, mejorando el acceso de Turquía al mercado único y cooperando más estrechamente en materia de política exterior.

Otro asunto pendiente sería la renegociación del acuerdo migratorio con la Unión, aunque las peticiones del nuevo gobierno a Bruselas solo quedarían claras después de las elecciones.

La nueva administración turca mantendría la política equidistante de Erdogan en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Seguiría suministrando drones a Kiev, pero no se uniría a las sanciones contra Moscú, ya que depende demasiado de Rusia para la realización de sus proyectos energéticos y el mercado turístico.

Estados Unidos continuará cooperando con Turquía profundizando las relaciones con el gobierno que elija el pueblo turco. Turquía es un aliado importante de la OTAN y desempeña un papel clave importante en muchos asuntos que preocupan a Estados Unidos, señala el portavoz del Departamento de Estado, recordando la participación activa de Ankara en la implementación de la Iniciativa de Granos del Mar Negro.

El Gobierno de Ankara, no ha disimulado su descontento con el aparente favoritismo de Washington por la oposición en este período preelectoral. De hecho, el embajador de los Estados Unidos en Turquía, Jeffry Flake, se reunió a finales de marzo con Kemal Kılıçdaroğlu, el candidato de la oposición, provocando la ira de Erdogan.

Sabido es que el Partido para la Justicia y el Desarrollo (Partido AK) de Erdoğan adopta una postura internacional que no es totalmente pro-occidental ni apoya firmemente a otras potencias atlantistas; el sentimiento antiestadounidense se hizo más visible en la opinión pública después de los comentarios de Joe Biden, quien, en una entrevista de 2020, dejó muy claro el apoyo de Estados Unidos a la oposición, provocando en rechazo de la clase política, que interpretó las palabras del inquilino de la Casa Blanca como una injerencia directa en los asuntos internos del país.

Subsisten, pues, los interrogantes: ¿Erdogan o Kılıçdaroğlu? ¿Continuismo o cambio? El autor de estas líneas recuerda que, allá por los años 60, el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, publicó en el exilio un libro – poco conocido en España – titulado Después de Franco, ¿qué? En el caso del libro de Carrillo, hubo dos respuestas, que reflejaban la polarización de la sociedad española: Después de Franco, la democracia, decían algunos. Después de Franco, otro Franco, respondía el bunker.

Pues bien, y después de Erdogan, ¿qué?

 

 


domingo, 27 de diciembre de 2020

Joe Biden en el país del coronavirus

 

Creo que me he equivocado; el verdadero peligro (para Occidente) no es el Islam, sino China. Habrá que profundizar en el tema.

Las palabras de Samuel Huntington, el padre y pope del controvertido ensayo El choque de civilizaciones, sorprendieron a los participantes en el multitudinario acto celebrado en la Universidad Complutense de Madrid en mayo de 1995. Con razón; los diplomáticos, periodistas, universitarios y agentes de los servicios de inteligencia occidentales esperaban una evaluación objetiva del recién estrenado conflicto ente Occidente y el Islam, publicitado por los medios de comunicación estadounidenses en 1992, fecha en la que el peligro islámico tomó el relevo de la ya anacrónica amenaza comunista. Obviamente, el mundo libre, las democracias occidentales, no podían vivir sin enemigos.

Pese a las alegaciones de Huntington, el mundo islámico se convirtió – a partir de 2001 – en el verdadero quebradero de cabeza de las Cancillerías del primer mundo. El famoso choque anunciado por el politólogo estadounidense degeneró en un auténtico enfrentamiento armado, del que la guerra de Afganistán resultó ser un mero preludio. Tres presidentes norteamericanos – George Bush, Barack Obama y Donald Trump – se tornaron en adalides de la guerra sin cuartel contra el islamismo radical, un combate que todavía no ha cesado. La presencia del Estado Islámico y al Qaeda en Oriente Medio y el Norte de África es una muestra de ello. De hecho, el radicalismo islámico cuenta actualmente con importantes ramificaciones políticas y económicas que impiden la elaboración de estrategias coherentes y eficaces por parte del Primer Mundo. Las ofensivas ideológicas y militares de los radicales islámicos ya no se fraguan en las cuevas de Bora Bora, sino en las lujosas mansiones de los potentados del Máshreq. Aparentemente, la clase política occidental ha perdido la ocasión de idear o de crear un frente común ante el mal llamado, aunque siempre inquietante, peligro islámico.

Al finalizar el primer año de la pandemia provocada por el COVID 19 – inicio de la era de la seguridad sanitaria – los políticos tratan de escamotear los estragos causados por el virus chino – expresión ésta acuñada por Donald Trump – para centrar el interés de la opinión pública en otro desafiante fenómeno: la incipiente guerra fría entre China y Occidente.

El conflicto se percibía de manera completamente distinta en la década de los 90 del pasado siglo, cuando Huntington lanzó su primera advertencia. En aquel entonces, los politólogos barajaban la posibilidad de un conflicto bélico entre Washington y Pekín, esgrimiendo argumentos de índole estratégica, invocando la superioridad numérica de los ejércitos y la capacidad de destrucción de los arsenales balísticos. Error, grave error; en este caso concreto, la rivalidad se ha trasladado al plano económico.

En realidad, los chinos empezaron a desvelar sus planes en la década de los 80 del pasado siglo, al iniciar una gran ofensiva comercial en los mercados de Occidente. A la expansión de los intercambios – algunos acusan a los chinos de practicar el dumping – venta de productos por debajo del precio normal, prohibida por las normas del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio - se sumaba la compra masiva de bienes inmuebles y terrenos en los países industrializados: Estados Unidos, Francia, Inglaterra, España. Menos éxito tuvieron los inversores chinos en la región de Oriente Medio, donde su expansión quedó obstaculizada por la presencia nipona.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China estalló en 2018, cuando Washington optó por aprobar un paquete de sanciones económicas que afectan seriamente las exportaciones de Pekín. Si bien el promotor de dichas sanciones fue el presidente Obama, la aplicación concreta de las medidas de retorsión resultó ser obra del multimillonario Donald Trump, quien no oculta, por otra parte, sus intereses económicos en China.

En el último trimestre de 2020, la economía china experimentó un importante nivel de recuperación. Pekín centra sus esfuerzos en incrementar la autonomía tecnológica. El presidente Xi Jinping utilizó las palabras innovación y tecnología más de veinte veces en su discurso ante el último Congreso del Partido Comunista Chino.

En cuanto a la globalización se refiere, Xi Jinping señaló que prefería centrarse en el mercado interno, ya que China ya no debería depender, para su desarrollo, únicamente de la inversión extranjera.

Estiman los analistas estadounidenses que la estrategia de Xi Jinping de incrementar su poder e imponer el control ferrero al sector privado podría conducir a una ruptura con Estados Unidos.

También hallamos intereses convergentes, como el deseo de las dos superpotencias de combatir la influencia de los gigantes de la informática, como Facebook y Google.

El equilibrio se rompe en el sector de la defensa y, muy concretamente, a la hora de comparar el poderío naval de los dos países.    

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, China ha experimentado en mayor crecimiento de sus embarcaciones de guerra. La Armada cuenta actualmente con una gran dotación de cruceros, destructores y barcos anfibios, a los que se suman dos primeros portaaviones, con un tercero ya en construcción.

En 1993, China tenía 47 submarinos, incluido un submarino de misiles balísticos clase Xia, cinco submarinos de ataque nuclear clase Han, 34 submarinos eléctricos diésel clase Romeo de la década de 1950 y seis submarinos del Clase Ming. 

Según el Servicio de Investigación del Congreso estadounidense, en 2019 la flota norteamericana consistía en cuatro submarinos de misiles balísticos, seis submarinos de ataque de propulsión nuclear y 50 submarinos de ataque eléctricos diésel. 

La flota de submarinos de EE. UU. se mantendrá bastante estática en la próxima década (2020-30), disminuyendo ligeramente de 68 a 66 el número de submarinos de todo tipo.

Los exhaustivos informes que obran en poder del presidente electo, Joe Biden, reflejan claramente las semejanzas y disparidades estructurales entre los dos países.

¿Serán éstas el punto de partida para la ansiada nueva Guerra Fría?  


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Bienvenidos a la nueva Era del Desorden

 

Hay palabras malsonantes, expresiones que no tienen sentido alguno, términos que pretenden ocultar aciagas realidades. La mal llamada “nueva normalidad” introducida recientemente por los poderes facticos que rigen los destinos del planeta Tierra procura ocultar perspectivas poco halagüeñas.

Sí, es cierto: nos inducen a pensar que “ya nada será como antes”, que la “nueva normalidad” nos coloca en el umbral de un largo período de transición, que el camino que toca recorrer será largo y sinuoso, que el mundo venidero será una amalgama de tecnología y ecología, de justicia y probidad. Un sistema social modélico, sólo imaginable en los cuentos de ciencia ficción escritos, allá por los años 30 ó 50 del siglo pasado, por cándidos autores que confiaban en la honradez, la bondad y la nobleza del ser humano. La quimera se desvaneció unas décadas después, cuando el Mal surgió de las tinieblas; nuestro bucólico Universo se tornó en un mosaico de señoríos antagónicos perpetuamente enfrentados. El Bien y el Mal compartían -al igual que en los modernos videojuegos- victorias y derrotas. No, decididamente; ya nada es como antes. Ni lo será a partir de ahora: en la “nueva normalidad” no encontraremos ideales ni… ética. Ni entusiasmo, ni afán de superación.

Afrontaremos resignados, pues, las malas nuevas engendradas por los cerebros binarios de los ordenadores, fríamente expuestas por grupos de ignotos expertos surgidos de las entrañas de sociedades acalambradas. Pero habrá que aceptar ¡qué remedio! sus catastróficas previsiones.  

Un ejemplo concreto de los previsibles descalabros que se avecinan lo hallamos en un voluminoso informe preparado por los analistas económicos de la Deutsche Bank, divulgado la pasada semana. Los expertos del mayor instituto financiero germano advierten que el mundo está en el umbral de un nuevo ciclo estructural, que no dudan en tildar de… “era del desorden”, una etapa en la que presenciaremos la drástica modificación de las estructuras económicas, de los sistemas políticos y, por ende, del modo de vida de los pobladores del Planeta.

El espectacular deterioro de los tejidos económicos y sociales registrado en los primeros meses de la actual pandemia se irá acrecentando. Tanto los Gobiernos como las grandes empresas industriales optarán por un mayor endeudamiento. La próxima década será decisiva para la vitalidad Europa, cada vez más aislada en un mundo “desglobalizado”, cuyos principales protagonistas serán los dos gigantes de la economía: los Estados Unidos y China. Las guerras comerciales se tornarán en el común denominador de las relaciones entre Estados. La propia Unión Europea corre el riesgo de atomizarse. Los economistas no descartan la creación de tres o cuatro subgrupos de países, cuyos intereses no serán forzosamente convergentes. Esta división incluiría los siguientes bloques: Europa central (Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Austria), Europa oriental (los países de Europa del Este y Rusia), Europa meridional (Italia, España, Grecia, Chipre y Malta), el Reino Unido y su aliada, Norteamérica.

El estudio de la Deutsche Bank hace hincapié en una serie de factores que condicionarían la “Era del desorden”, que podrían resumirse de la siguiente manera: 

 · El deterioro de las relaciones entre EE. UU. y China y la reversión de la globalización;  

· Un reto para la supervivencia de Europa;

· El incremento de la deuda, mayor “centrifugado” de capitales;

· La disyuntiva inflación o deflación;

· El incremento de las desigualdades, que podría generar reacciones violentas y cambios a nivel sociedad;

· El ensanchamiento de la brecha intergeneracional;

· El debate sobre el cambio climático;

· La revolución tecnológica o estancamiento

Conclusión de los expertos alemanes: No hay que extrapolar los tímidos pasos de la “nueva normalidad” con las tendencias pasadas, con la época de bonanza de las décadas de los 50 – 80, que acabamos de dejar atrás. Sería uno de los peores errores que el “hombre nuevo” podría cometer; ya nada será como antes.

Poco estimulantes perspectivas; ¿verdad, estimado lector?


jueves, 23 de enero de 2020

Turquía: entre dos aguas


Sería sumamente difícil enumerar los cambios registrados en los últimos meses en la escena política de Turquía sin recurrir a los términos terremoto o tsunami. Terremoto institucional; tsunami social. Lo cierto es que la fisonomía de este mosaico de etnias que conforman la nación turca está en plena mutación.

En el plano interno, presenciamos innegables indicios de erosión del hasta ahora monolítico bloque islamista que lleva las riendas del poder desde 2002, fecha en la que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) se alzó con la victoria en una reñidas elecciones generales que lograron poner punto final a un largo período de inestabilidad política. Los islamistas ganaron las elecciones de 2002 con tres argumentos clave: fe, transparencia y honradez. Algo prácticamente inconcebible en una sociedad hostigada por los innumerables escándalos de corrupción protagonizados por políticos y empresarios vinculados a partidos tradicionales. La plana mayor del AKP trató de mantener sus promesas, pero sabido es que el poder… corrompe. 

Los primeros síntomas de podredumbre se detectan a finales de 2013, cuando varios miembros del Gabinete, incluidos algunos familiares de Erdogan, fueron acusados de malversación de fondos. Curiosamente, las relevaciones coinciden con la ruptura entre Recep Tayyip Erdogan y su fiel aliado, Fetullah Gülen, un clérigo turco residente en los Estados Unidos, propulsor del Islam moderno y dialogante. Después de la intentona golpista de 2016, Gülen se convertirá en el archienemigo de Erdogan; se le acusa de haber infiltrado las entidades estatales – policía, ejército, judicatura, universidades – de haber colocado sus peones en los medios de comunicación, de llevar a cabo estrategias encaminadas al debilitamiento del Estado.  La persecución de los gulenistas se convierte en un fenómeno de masas: decenas de miles de personas fueron detenidas, encarceladas, apartadas de sus cargos, acusadas de… terrorismo.

Esa oleada represiva coincide con el enfriamiento de la economía y sus consecuencias directas: aumento de la desocupación, incremento de los precios, crisis financiera, debilidad de la lira turca. El malestar social acaba adueñándose de los centros urbanos. Malos augurios éstos para las elecciones municipales de 2019, en las que el partido de Erdogan – AKP – sufre un duro revés. Algunas capitales de provincia se decantan por la alternativa opositora: los socialdemócratas del Partido Republicano del Pueblo – CHP – de corte kemalista, considerado el fundador de la Turquía moderna. Para Erdogan, la perdida de Estambul, la ciudad más poblada del país en la que ejerció de alcalde, será el auténtico golpe de gracia.

El resultado de la consulta suscita un sinfín de críticas en el seno del AKP. Criticas y… deserciones. Antiguos socios, confidentes y asesores del Presidente abandonan el navío, alegando desavenencias con el actual jefe del Estado o censurando la deriva totalitaria del núcleo dirigente del Partido. Algunos dejarán la política; otros…

En los últimos meses del 2019,  dos exaliados de Erdogan anuncian la puesta en marcha de nuevas agrupaciones políticas de corte islamista. El exprimer ministro, Ahmet Davutoğlu, encabeza el Partido del Futuro (Gelecek Partis), que apuesta por el Islam conservador, mientras que el exministro de Finanzas, Ali Babacan, un tecnócrata educado en Occidente, ofrece una alternativa centrista: el Islam liberal.

Las grietas podrían poner en entredicho la supervivencia del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y ¿por qué no? del porvenir del riguroso islamismo turco. Sin embargo, cabe suponer que las líneas maestras de la geopolítica de Ankara, ideadas en las últimas décadas por los consejeros áulicos  de Erdogan – el neo otomanismo, por ejemplo – seguirán vigentes.

En cuanto a la política internacional se refiere, la trayectoria zigzagueante de las medidas adoptadas por el Presidente turco después del verano de 2016 se ha tornado en un desconcertante rompecabezas para los analistas occidentales. Con razón: Turquía, el aliado fiel de Norteamérica en la región, la avanzadilla de la OTAN frente al temible peligro rojo, amenaza con el cierre de dos instalaciones clave de la Alianza ubicadas en su territorio: la base aérea de Incirlik, que alberga el mayor arsenal de cabezas nucleares estadounidenses en el Mediterráneo y la estación de radar de Kurecik, que supervisa las transmisiones militares en la región. La amenaza surgió a finales de diciembre del pasado año, durante una entrevista concedida por Erdogan a la cadena pública de televisión A Haber. El mandatario turco respondía a las presiones ejercidas por Washington a raíz de la compra del sistema antimisiles ruso S 400 y la ofensiva del ejército de Ankara en territorio sirio. Todo acabó unos días más tarde, tras un intercambio de discretos mensajes entre Trump y Erdogan, unas declaraciones menos belicosas del titular de Asuntos Exteriores turco y… el anuncio de la compra de misiles balísticos norteamericanos  Patriot destinados a la defensa antiaérea.

Sin embargo, Turquía seguirá adquiriendo sistemas antiaéreos de fabricación rusa. Ankara respondió a las críticas de sus aliados de la OTAN con otra advertencia: los turcos podrían vetar el incremento de la partida presupuestaria de la Alianza destinada a la defensa de Polonia si los socios se atreven a censurar la actuación de sus tropas en Siria, cuyo principal objetivo consiste en acabar con el terrorismo kurdo. Y la OTAN calló…

El último acto de esa desconcertante andanza del nuevo otomano Erdogan se escribió el pasado 30 de diciembre, cuando la compañía nacional búlgara Bulgargaz firmó un acuerdo de colaboración con la rusa Gazprom Export para el suministro de gas natural ruso proveniente de… Anatolia.  El proyecto Türk Stream 2, variante meridional del gasoducto que una Rusia a Europa Occidental, fue inaugurado el 8 de enero, en presencia en dos jefes de Estado: Vladimir Putin y  Recep Tayyip Erdogan.

Para Bulgaria, la llegada del combustible a través de Turquía representa un ahorro anual del orden de 46 millones de dólares. Hasta ahora, el transito se hacía vía Ucrania y Rumanía, países que no dudaban en añadir tasas de peaje a las exportaciones rusas.

Más importante es, sin embargo, el significado político del operativo ruso-turco-balcánico, que entorpece la buena marcha de la Iniciativa de los Tres Mares, proyecto estadounidense para la distribución de gas natural licuado norteamericano a los aliados de Washington del Báltico y Europa oriental. Se trata de una estrategia ideada durante la presidencia de Barack Obama, uno de los principales detractores de la llamada dependencia energética de Occidente de Rusia.

Obama no llevó a buen puerto su plan; Donald Trump ha sido incapaz de materializarlo.

Turquía, pilar de la Alianza Atlántica, se convierte en suministrador de… combustible ruso para los aliados de Washington.

Cabe preguntarse: ¿cuál será el próximo paso?

sábado, 24 de agosto de 2019

G 7 – Biarritz: la cumbre borrascosa



Resulta sumamente difícil hallar un común denominador para la cumbre del G 7 celebrada para este fin de semana en la localidad francesa de Biarritz. La agenda es demasiado heterogénea y los enfoques de los participantes, los jefes de Estado y de Gobierno de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Estados Unidos, Canadá y Japón, muy dispares.

En otras épocas, no muy remotas, los grandes de este mundo solían reunirse para tratar a fondo un problema específico. Hoy en día, las cuestiones sobran, mientras que las soluciones escasean. Es la razón por la cual el Presidente galo, Emmanuel Macron, anfitrión de la cumbre del G 7, descarta a priori la elaboración de un documento final. ¿Mero pragmatismo? ¿Muestra de debilidad? La verdad es que los desafíos no dejan de ser múltiples y variados.

Una primera reflexión se impone: nuestro planeta se encamina hacia una nueva crisis económica mundial, acentuada por la abrogación de los hasta ahora estables acuerdos de libre cambio y la perspectiva de una guerra comercial entre los Estados Unidos y China, postergada en el último momento por el Presidente Trump, al detectarse signos de colapso en la Bolsa de Wall Street.
     
La pasada semana, el índice Dow Jones, infalible barómetro de la inestabilidad bursátil global, registró una caída de 800 puntos. Los mercados financieros reaccionaron a su vez, dejando entrever los primeros síntomas de una crisis provocada por políticas inadecuadas o por errores humanos.  
  
Conviene señalar que la cruda realidad se refleja en cifras y datos incuestionables. La reducción del crecimiento económico y el enfriamiento de las economías punteras se han convertido en la principal preocupación de los responsables económicos. Los indicios dejan presagiar la llegada de una nueva crisis mundial. Los principales motivos serían: la guerra comercial entre Washington y Pekín, que afecta la confianza de los inversores y los mercados. El estallido de la guerra comercial entre los dos gigantes se traduciría por la pérdida, en 2010, de un 0,50 por ciento del crecimiento económico.

A ello se suma la preocupación respecto a la capacidad/incapacidad de los bancos centrales de intervenir eficazmente a la hora de regular los mercados y evitar el pánico y la reacción negativa de los inversores.

Por último, el sector de servicios, motor del crecimiento de la economía global,  podría seguir una curva drásticamente decreciente, contribuyendo al empeoramiento de la situación actual.

Los principales organismos internacionales, empezando por el FMI, han tenido que revisar a la baja los índices de crecimiento global, que alcanzan el 3,2% para 2019 y el 3,5% para el próximo año. Se trata de tasas jamás registradas desde la crisis económica de 2008.

Por primera vez después de 11 años, es decir, desde de la crisis de los productos derivados, la Reserva Federal de los Estados Unidos redujo los tipos de interés de los préstamos, mientras que el Banco Central Europeo apuesta por reanudar los estímulos económicos a partir del próximo mes de septiembre.

Pero vayamos por partes; China ha registrado en 2018 – 2019 el nivel de crecimiento más bajo de las últimas décadas. En el caso de una guerra comercial con los  Estados Unidos debido a la introducción de aranceles del 10 por ciento a las exportaciones por valor de 300 mil millones de dólares, el enfrentamiento afectará, sin duda, a los demás actores mundiales.

La recesión de las cinco principales economías mundiales es muy preocupante. Las estadísticas elaboradas en los primeros meses de 2019 indican que las principales economías globales están al borde de la recesión. Un ejemplo: durante el segundo trimestre, la economía de Alemania - la cuarta del mundo - se contrajo. Alemania es un exportador masivo a China y EE. UU., países que se han declarado una guerra comercial.

La perspectiva del Brexit duro está afectando no sólo a Alemania, sino al conjunto de los países miembros de la UE. El Reino Unido es el segundo mercado de los exportadores europeos. De hecho, Inglaterra entró en recesión en el segundo trimestre de 2019. Cabe suponer que un Brexit sin acuerdo debilitará aún más su economía.
 .
Italia se enfrenta a la nueva crisis de gobierno, determinada por la Ley de Salvini, con una deuda difícil de compensar y con la posibilidad de entrar en una recesión formal en cualquier momento.

Los bancos centrales de India y Tailandia, por nombrar sólo las economías de los primeros 20 Estados del mundo, reducen drásticamente los tipos de interés, tratando de inyectar nuevos estímulos a la economía.

Actualmente, los mecanismos de recuperación económica - aún en fase de debate – se limitáan a políticas de austeridad criticadas por los populistas, desafiadas por los antiglobalistas y condenadas por los nacionalistas y soberanistas.

Resumiendo: nos hallamos en los últimos momentos que permiten pronosticar la llegada de la crisis económica mundial. Después de septiembre, será demasiado tarde; la recesión será un hecho consumado.

Quedan las demás incógnitas abordadas en Biarritz: en enfrentamiento con Irán, la interminable guerra de Siria, el rearme nuclear, el cambio climático, el conflicto ucranio, la crisis humanitaria en el Mediterráneo.  Demasiados quebraderos de cabeza para los capitanes del G 7, extraña embarcación de lujo condenada a navegar… sin rumbo.