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martes, 8 de febrero de 2022

Israel: entre COVID y Pegasus


Hacía tiempo que no recibía llamadas telefónicas de Israel. La verdad es que no eran muy frecuentes, pero siempre… oportunas. Coincidían con algún terremoto geopolítico, algún casus belli o, pura y simplemente, con una sonada tormenta en un vaso de agua que conmovía a la opinión pública de Oriente Medio.

¿Casualidad? No, en absoluto. Siempre pensé que detrás del amable interlocutor había una grabadora o cualquier otro sistema de escucha, cuya misión era recoger mis ingenuas palabras, mis truncados o sesgados comentarios. Sí, en algunos países, muchos países, se escuchan las opiniones, las críticas o los comentarios del corresponsal extranjero. Y más aún, si el escuchado tiene fama de díscolo o, por lo menos, inconformista. Las llamadas eran, pues, una especie de partido de ping-pong, que podía ganar o perder, según las circunstancias. Las asimilaba a charlas de café, sin mayor trascendencia para el destino de la Humanidad, la afligida región de Oriente Medio o… la paz mundial. Nada que ver con los partidos del doctor Kissinger, que tantos quebraderos de cabeza provocaron.

Mi inusual gesta finalizó al inicio de la siniestra mascarada habitualmente llamada pandemia. Las noticias siguieron llegando a través de los medios de comunicación. Ante mi gran sorpresa, me enteré que para el jefe de investigación de Pfizer, Israel era una especie de laboratorio para la aplicación de las vacunas, argumentación rechazada por las autoridades sanitarias del país y reprobada por los negacionistas, que para el consejero delegado de la multinacional farmacéutica el Estado judío era el laboratorio mundial, que para los científicos israelíes – tardos en reaccionar – el COVID era cualquier cosa menos un virus. Un golpe duro para las empresas farmacéuticas, que coincide, extrañamente, con la proliferación de noticias sobre los inquietantes fallos técnicos o médicos detectados en las últimas semanas. Un golpe duro también para una sociedad archivacunada, persuadida de haber superado los peligros del contagio.

También me enteré durante mi prologando confinamiento – la pandemia no perdona – que el sistema de escucha cuya presencia había intuido durante años tiene un nombre: Pegasus. Concebido, fabricado y comercializado por la empresa de seguridad israelí NSO, este troyano se ha tornado en el caballo de batalla de la prensa israelí, que reveló la existencia de un gran escándalo político, que involucra a los servicios de seguridad del Estado judío.

En realidad, Pegasus, cuya presencia ha sido identificada en varios affaires de espionaje político en Europa, Norteamérica y el Norte de África, ha sido utilizado ilegalmente por la policía israelí para recabar datos relacionados con varios procedimientos judiciales en curso. El más sonado es el juicio contra el ex primer ministro Benjamín Netanyahu.

Sin embargo, a la encuesta contra el líder del Likud se suman otras diligencias. Según el periódico digital Calcalist, en la lista de personas espiadas a través de Pegasus figuran altos cargos del Gobierno, activistas políticos, periodistas, alcaldes y contactos del ex primer ministro. Uno de los hijos de Netanyahu, Avner, también fue espiado por los servicios de escucha de la policía. Huelga decir que en la lista hecha pública ayer figuran decenas de nombres de personas que no eran sospechosas de delitos. Al parecer, las escuchas telefónicas se prolongaron durante varios años.

Al trascender las primeras informaciones sobre la vigilancia masiva – en los listados publicados ayer figuran decenas de nombres – la policía negó rotundamente la existencia del operativo. Tras la insistencia de los medios de comunicación, se hizo pública una nota explicando que se había procedido a la ampliación de las escuchas, contando con una supuesta actualización de los datos.  

El primer ministro Naftali Bennett prometió una respuesta contundente esta semana.  Los hechos alegados son muy graves, señala el comunicado de Bennett, recordando sin embargo que el programa Pegasus es una herramienta importante en la lucha contra el terrorismo.

Más ambigua ha resultado la declaración del presidente Herzog, hijo de militar, procedente de la función pública. No podemos renunciar a nuestra democracia, tampoco podemos renunciar a nuestra policía. Ni podemos perder el apoyo de la opinión pública, dijo.

Con todo esto, sigo preguntándome: ¿De verdad le interesaba a Pegasus la opinión de una persona tan insignificante como el autor de estas líneas? 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

El apagón que (no) viene


Primero fue la pandemia; luego, el espectacular incremento del precio de la energía eléctrica, la dramática escasez de materias primas, el aumento de los fletes marítimos, la inimaginable congestión de los emblemáticos puertos comerciales, el desabastecimiento y, por ende, la perspectiva de una pertinaz crisis alimentaria. Por si fuera poco, surgió el fantasma del apagón. Un apagón general, que sumiría a los habitantes del Viejo Continente en un oscuro y gélido paréntesis que duraría alrededor de… dos semanas.

A quienes hemos ocasión de gozar de los deleites del estrambótico periodo de la Guerra Fría, el cumulo de noticias – reales o ficticias – con las que se nos está bombardeando a diario nos recuerda la época del histerismo generado por la inminencia de un conflicto nuclear. El enfrentamiento – que nunca se produjo - nos incitó a contar con refugios antiatómicos, hacer acopio de alimentos para tres, seis o doce meses, prepararnos a combatir al hipotético invasor a la salida de nuestro inexpugnable escondite, persuadidos, eso sí, de la necesidad de defender a la familia, la patria, el mundo, contra las fuerzas del Mal. Pero la amenaza se desvaneció el día en que los grades de este planeta se tomaron sus vasitos de vodka o de bourbon, charlando amigablemente sobre el tiempo y la familia. Los asuntos más espinosos – contención, desarme y un sinfín de etcéteras – fueron remitidos a los grupos de expertos políticos y militares. En invierno atómico se había acabado.  Al igual que esta derrotada pandemia, que sigue vivita y coleando…

Pero volvamos a nuestro apagón. O, mejor dicho, a la inminente amenaza que ha hecho correr ríos de tinta y alimentado numerosísimos, demasiados comentarios en los medios audiovisuales del Viejo Continente. 

Antes que nada, es precioso situar la noticia en su contexto. El espeluznante panorama – un apagón a escala continental – se gestó en las oficinas vienesas de una empresa especializada en publicidad y conducta social, encargada de elaborar un exhaustivo estudio sobre un hipotético corte de electricidad a nivel europeo causado por una catástrofe natural, el posible desabastecimiento de energía eléctrica, supuestos atentados terroristas o ataques cibernéticos. En realidad, se trataba de una campaña virtual de concienciación del público austriaco, poco dado a aceptar las solemnes advertencias de las autoridades. Pero la publicación del informe de la empresa de consultoría en el anuario del Gobierno austriaco desató la tormenta mediática que asoló el resto del continente.  

Se anuncia un gran corte de energía en toda Europa, Un país ya ha informado a su población sobre los detalles del incidente y ha pedido la ayuda del Ejército, El desastre es inevitable… Los catastróficos titulares invadieron los medios de comunicación. Las cadenas de televisión de toda Europa no dudaron en recurrir a sus expertos/analistas para comentar el dramático evento. Algunos, los más cautos, reconocieron que el peligro parecía real, pero no se podía adivinar la fecha del advenimiento de la nueva plaga. ¿Otra más? Pues sí, al paso que vamos no hay que descartar la llegada de más desgracias.

Con su mentalidad germánica, los austriacos se vieron obligados a poner los puntos sobre las “íes”. No, se trataba de una mera simulación. De hecho, el Ministerio de Defensa jamás advirtió sobre un inminente corte de energía a nivel de la UE, ni predijo su magnitud o su duración. El Gobierno no estaba involucrado en esta descontrolada campaña de publicidad Por su parte, la titular de Defensa, Klaudia Tanner, se limitó a afirmar que se debe considerar la posibilidad de un apagón. La pregunta no es si se producirá un apagón masivo, sino cuándo podría materializarse esta amenaza", dijo Tanner.

En resumidas cuentas, la amenaza no es inminente. Lo que sí debería preocuparnos – y nos está preocupando – en esos momentos es el vertiginoso aumento del precio de la electricidad. En este caso concreto, se trata, en este caso concreto, de una desgracia que afecta a todos los europeos. ¿Peor nos lo quieren poner?


domingo, 7 de febrero de 2021

Davos: el capitalismo ha muerto, viva el Gran Reinicio


Trato de recordar aquellos años difíciles, aunque aparentemente felices, cuando la nueva clase empresarial surgida de una gigantesca conflagración bélica – la Segunda Guerra Mundial – se adentró por la vía de la reconstrucción de la Vieja Europa; un camino que llevaba, forzosamente, en aquellos tiempos, hacia una soñada meta: el capitalismo popular. Un concepto relativamente nuevo, destinado a borrar los traumáticos recuerdos de la Gran Depresión de la década de los 20 o los audaces experimentos populistas del nacionalsocialismo alemán. 

En las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, el mundo de las finanzas y la empresa había apostado por un modelo participativo de corte anglosajón, basado en quimeras, fantasías y… engaños. Curiosamente, los grandes escándalos financieros desembocaban en suicidios. Era el castigo que se autoimponían los seres faltos de ética que preferían eludir las condenas de la Justicia humana. Mas con el paso del tiempo, las buenas costumbres se fueron perdiendo.  ¿El honor? ¿La ética?

El Foro Económico Mundial (World Economic Forum), creado a comienzos de 1971 por un joven economista alemán, Klaus Schwab, se había fijado como meta reintroducir la ética en el mundo de la empresa. Su denominación primitiva – Management Forum – parecía más acorde con las tereas del núcleo duro de la institución: la humanización y democratización de la gestión empresarial. Los primeros pasos no fueron fáciles: Schwab y su equipo tropezaron con la incomprensión y las reticencias de muchos ejecutivos de la vieja escuela, poco propensos a aceptar las normas de conducta preconizadas por el Foro.

Pero las cumbres económicas de Davos dejaron de ser una mera cita anual de financieros y empresarios para convertirse en el aquelarre de los grandes de este mundo: jefes de Estado, Premios Nobel, economistas, políticos, militares. En resumidas cuentas: los poderes fácticos del planeta se reunían con la flor y nata del mundo empresarial. De los encuentros emanaban ideas, sugerencias, documentos de trabajo, ambiciosos planes de acción. Y así pasaron cincuenta años…

Ha llegado el momento del Gran Reinicio, anunciaba el sitio Internet del Foro Económico Mundial la pasada semana, al término de los conciliábulos de Davos. En el orden del día de esta última edición figuraban temas que poco tienen que ver con los aspectos puramente éticos abordados en los años 70. He aquí algunos puntos del programa de 2021: Cómo salvar el planeta, economías más justas, el futuro del trabajo, futuros más saludables, más allá de la geopolítica, etc.

El momento del Gran Reinicio… El informe final de la cumbre señala, por otra parte, que la población está lo suficientemente diezmada, debido al miedo por la tragedia sanitaria.  Un aspecto positivo de la pandemia es que nos ha enseñado que podemos introducir cambios radicales en nuestro estilo de vida con gran rapidez, ya que los ciudadanos han demostrado que están dispuestos a hacer sacrificios, afirmaba el propio Schwab.

Es obvio que existe una voluntad de construir una sociedad mejor y debemos aprovechar esta oportunidad para garantizar el Gran Reinicio que necesitamos con tanta urgencia, señala la Agenda de Davos.

Otro de los aspectos más destacados del informe final es el cuestionamiento del actual sistema capitalista. Marck Benioff, presidente de la compañía Salforces, ha llegado a decir que el capitalismo, tal y como lo hemos conocido, ha muerto.

Es hora de un nuevo capitalismo más justo, un capitalismo equitativo y sostenible que realmente funciona para todos y donde las empresas, incluidas las tecnológicas, no sólo se nutren de la sociedad, sino que realmente devuelven los beneficios, creando un impacto positivo.

De una manera hábil a la vez que sofisticada, el Foro Económico Mundial escamotea su visión globalista del mundo bajo el novedoso concepto de capitalismo inclusivo o equitativo, en el cual los empresarios dejarán de tener el control de sus compañías, sino que formarán parte de ella, al igual que los Gobiernos, los Estados y otras instancias interesadas.

El Foro de Davos ya lo venía anunciando hace años: En 2030, no tendrás nada y serás feliz. Ahora, el equipo de Klaus Schwab, al que pertenecen afamados compañeros de camino como Bill Gates, Jimmy Carter y otras destacadas personalidades de la vida política y la economía avalan y promueven el Gran Reinicio.
  
En 2030, no tendrás nada…  Sin embargo, los pudientes que integran el núcleo duro del proyecto Gran Reinicio y su Nueva Normalidad controlan los recursos hídricos del planeta, las grandes extensiones de terrenos agrícolas de los Estados Unidos, las multinacionales informáticas, los laboratorios farmacéuticos que nos suministrarán las ansiadas vacunas contra el coronavirus o, en última instancia, los Consejos de Administración de los principales institutos financieros.

En 2030, nosotros no tendremos nada.  Ellos…
 


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Bienvenidos a la nueva Era del Desorden

 

Hay palabras malsonantes, expresiones que no tienen sentido alguno, términos que pretenden ocultar aciagas realidades. La mal llamada “nueva normalidad” introducida recientemente por los poderes facticos que rigen los destinos del planeta Tierra procura ocultar perspectivas poco halagüeñas.

Sí, es cierto: nos inducen a pensar que “ya nada será como antes”, que la “nueva normalidad” nos coloca en el umbral de un largo período de transición, que el camino que toca recorrer será largo y sinuoso, que el mundo venidero será una amalgama de tecnología y ecología, de justicia y probidad. Un sistema social modélico, sólo imaginable en los cuentos de ciencia ficción escritos, allá por los años 30 ó 50 del siglo pasado, por cándidos autores que confiaban en la honradez, la bondad y la nobleza del ser humano. La quimera se desvaneció unas décadas después, cuando el Mal surgió de las tinieblas; nuestro bucólico Universo se tornó en un mosaico de señoríos antagónicos perpetuamente enfrentados. El Bien y el Mal compartían -al igual que en los modernos videojuegos- victorias y derrotas. No, decididamente; ya nada es como antes. Ni lo será a partir de ahora: en la “nueva normalidad” no encontraremos ideales ni… ética. Ni entusiasmo, ni afán de superación.

Afrontaremos resignados, pues, las malas nuevas engendradas por los cerebros binarios de los ordenadores, fríamente expuestas por grupos de ignotos expertos surgidos de las entrañas de sociedades acalambradas. Pero habrá que aceptar ¡qué remedio! sus catastróficas previsiones.  

Un ejemplo concreto de los previsibles descalabros que se avecinan lo hallamos en un voluminoso informe preparado por los analistas económicos de la Deutsche Bank, divulgado la pasada semana. Los expertos del mayor instituto financiero germano advierten que el mundo está en el umbral de un nuevo ciclo estructural, que no dudan en tildar de… “era del desorden”, una etapa en la que presenciaremos la drástica modificación de las estructuras económicas, de los sistemas políticos y, por ende, del modo de vida de los pobladores del Planeta.

El espectacular deterioro de los tejidos económicos y sociales registrado en los primeros meses de la actual pandemia se irá acrecentando. Tanto los Gobiernos como las grandes empresas industriales optarán por un mayor endeudamiento. La próxima década será decisiva para la vitalidad Europa, cada vez más aislada en un mundo “desglobalizado”, cuyos principales protagonistas serán los dos gigantes de la economía: los Estados Unidos y China. Las guerras comerciales se tornarán en el común denominador de las relaciones entre Estados. La propia Unión Europea corre el riesgo de atomizarse. Los economistas no descartan la creación de tres o cuatro subgrupos de países, cuyos intereses no serán forzosamente convergentes. Esta división incluiría los siguientes bloques: Europa central (Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Austria), Europa oriental (los países de Europa del Este y Rusia), Europa meridional (Italia, España, Grecia, Chipre y Malta), el Reino Unido y su aliada, Norteamérica.

El estudio de la Deutsche Bank hace hincapié en una serie de factores que condicionarían la “Era del desorden”, que podrían resumirse de la siguiente manera: 

 · El deterioro de las relaciones entre EE. UU. y China y la reversión de la globalización;  

· Un reto para la supervivencia de Europa;

· El incremento de la deuda, mayor “centrifugado” de capitales;

· La disyuntiva inflación o deflación;

· El incremento de las desigualdades, que podría generar reacciones violentas y cambios a nivel sociedad;

· El ensanchamiento de la brecha intergeneracional;

· El debate sobre el cambio climático;

· La revolución tecnológica o estancamiento

Conclusión de los expertos alemanes: No hay que extrapolar los tímidos pasos de la “nueva normalidad” con las tendencias pasadas, con la época de bonanza de las décadas de los 50 – 80, que acabamos de dejar atrás. Sería uno de los peores errores que el “hombre nuevo” podría cometer; ya nada será como antes.

Poco estimulantes perspectivas; ¿verdad, estimado lector?