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martes, 8 de febrero de 2022

Israel: entre COVID y Pegasus


Hacía tiempo que no recibía llamadas telefónicas de Israel. La verdad es que no eran muy frecuentes, pero siempre… oportunas. Coincidían con algún terremoto geopolítico, algún casus belli o, pura y simplemente, con una sonada tormenta en un vaso de agua que conmovía a la opinión pública de Oriente Medio.

¿Casualidad? No, en absoluto. Siempre pensé que detrás del amable interlocutor había una grabadora o cualquier otro sistema de escucha, cuya misión era recoger mis ingenuas palabras, mis truncados o sesgados comentarios. Sí, en algunos países, muchos países, se escuchan las opiniones, las críticas o los comentarios del corresponsal extranjero. Y más aún, si el escuchado tiene fama de díscolo o, por lo menos, inconformista. Las llamadas eran, pues, una especie de partido de ping-pong, que podía ganar o perder, según las circunstancias. Las asimilaba a charlas de café, sin mayor trascendencia para el destino de la Humanidad, la afligida región de Oriente Medio o… la paz mundial. Nada que ver con los partidos del doctor Kissinger, que tantos quebraderos de cabeza provocaron.

Mi inusual gesta finalizó al inicio de la siniestra mascarada habitualmente llamada pandemia. Las noticias siguieron llegando a través de los medios de comunicación. Ante mi gran sorpresa, me enteré que para el jefe de investigación de Pfizer, Israel era una especie de laboratorio para la aplicación de las vacunas, argumentación rechazada por las autoridades sanitarias del país y reprobada por los negacionistas, que para el consejero delegado de la multinacional farmacéutica el Estado judío era el laboratorio mundial, que para los científicos israelíes – tardos en reaccionar – el COVID era cualquier cosa menos un virus. Un golpe duro para las empresas farmacéuticas, que coincide, extrañamente, con la proliferación de noticias sobre los inquietantes fallos técnicos o médicos detectados en las últimas semanas. Un golpe duro también para una sociedad archivacunada, persuadida de haber superado los peligros del contagio.

También me enteré durante mi prologando confinamiento – la pandemia no perdona – que el sistema de escucha cuya presencia había intuido durante años tiene un nombre: Pegasus. Concebido, fabricado y comercializado por la empresa de seguridad israelí NSO, este troyano se ha tornado en el caballo de batalla de la prensa israelí, que reveló la existencia de un gran escándalo político, que involucra a los servicios de seguridad del Estado judío.

En realidad, Pegasus, cuya presencia ha sido identificada en varios affaires de espionaje político en Europa, Norteamérica y el Norte de África, ha sido utilizado ilegalmente por la policía israelí para recabar datos relacionados con varios procedimientos judiciales en curso. El más sonado es el juicio contra el ex primer ministro Benjamín Netanyahu.

Sin embargo, a la encuesta contra el líder del Likud se suman otras diligencias. Según el periódico digital Calcalist, en la lista de personas espiadas a través de Pegasus figuran altos cargos del Gobierno, activistas políticos, periodistas, alcaldes y contactos del ex primer ministro. Uno de los hijos de Netanyahu, Avner, también fue espiado por los servicios de escucha de la policía. Huelga decir que en la lista hecha pública ayer figuran decenas de nombres de personas que no eran sospechosas de delitos. Al parecer, las escuchas telefónicas se prolongaron durante varios años.

Al trascender las primeras informaciones sobre la vigilancia masiva – en los listados publicados ayer figuran decenas de nombres – la policía negó rotundamente la existencia del operativo. Tras la insistencia de los medios de comunicación, se hizo pública una nota explicando que se había procedido a la ampliación de las escuchas, contando con una supuesta actualización de los datos.  

El primer ministro Naftali Bennett prometió una respuesta contundente esta semana.  Los hechos alegados son muy graves, señala el comunicado de Bennett, recordando sin embargo que el programa Pegasus es una herramienta importante en la lucha contra el terrorismo.

Más ambigua ha resultado la declaración del presidente Herzog, hijo de militar, procedente de la función pública. No podemos renunciar a nuestra democracia, tampoco podemos renunciar a nuestra policía. Ni podemos perder el apoyo de la opinión pública, dijo.

Con todo esto, sigo preguntándome: ¿De verdad le interesaba a Pegasus la opinión de una persona tan insignificante como el autor de estas líneas? 

domingo, 24 de diciembre de 2017

La recalentada Guerra Fría de Donald Trump


Solo contra el Mundo. La decisión del Presidente Trump de reconocer Jerusalén como capital del Estado de Israel y ordenar el traslado de la misión diplomática estadounidense de Tel Aviv a la ciudad Tres Veces Santa ha vuelto a abrir la brecha entre Oriente y Occidente o, mejor dicho, ente el mundo musulmán y Washington. Trump rompió con una tradición de siete décadas, en las cuales todos los Gobiernos respetaron el estatuto de corpus separatum  de la milenaria urbe venerada y odiada por judíos, cristianos y musulmanes.

Tras el veto impuesto por la Administración norteamericana al proyecto de resolución presentado por los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que condenaba la iniciativa de Trump, el Gobierno de Ankara solicitó la convocatoria de una sesión extraordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que censuró la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca. Poco diplomática resultó ser la respuesta del primer mandatario estadounidense: quien no apoye nuestra política internacional puede olvidarse de la ayuda económica americana. Más claro… 

Trato de hacer memoria. Las encuestas de opinión llevadas a cabo en el mundo árabe por sociólogos norteamericanos después de los atentados del 11 S reflejaban claramente el odio de los jóvenes musulmanes contra Occidente y, más concretamente, contra los Estados Unidos, por el apoyo incondicional prestado durante décadas al Estado de Israel. Ni que decir tiene que el malestar se ha ido acentuando tras la guerra de Afganistán y la intervención armada en Irak, donde brotó el germen del Estado Islámico. Un mal que hasta ahora se ha combatido con meras acciones bélicas, propiciadas y bendecidas por la todopoderosa industria de armamentos americana.

Cabe suponer, pues, que el “episodio” de la Embajada siga alimentando la ira de las masas musulmanas, generando nuevas y temibles amenazas terroristas. Pero, ¿acaso no es eso lo que de verdad pretenden algunos gobernantes?

Más alarmante nos parece, sin embargo, la otra resolución adoptada recientemente por la Administración republicana y anunciada con bombo y platillo por Donald Trump. Se trata de la nueva estrategia de seguridad de los EE.UU., iniciativa que pretende:

· Proteger el país, el pueblo y el estilo de vida estadounidenses;
· Promover la prosperidad de la nación americana;
· Mantener la paz mediante la fuerza; y
· Aumentar el protagonismo de los EE.UU. a escala planetaria.

El nuevo plan de acción de Washington describe a Rusia y China como “amenazas” a la postura hegemónica de Norteamérica. En ambos casos, se acusa a Moscú y Pekín de tener sistemas económicos menos “libres y justos”, intensificar los gastos de defensa y reprimir a sus respectivas sociedades. ¿Simple exceso de ingenuidad o… de cinismo? “América vuelve con fuerza”, vaticinó Trump. “América ganará la apuesta”…

Por otra parte, a la América de la “Pax Trumpiana” no le interesa luchar contra el cambio climático: los monopolios mandan. Preocupa, en cambio, la inexplicable e inexplicada presencia de los OVNIS, fenómeno al que se le destinarán inversiones de decenas de millones de dólares.

¿Postmodernismo? No exactamente: convendría hablar de la vuelta al unilateralismo, al aislacionismo deseado por los círculos más conservadores. 

El Presidente Putin no dudó en tildar de “agresiva” la estrategia de seguridad estadunidense, recordando que cualquier movimiento de tropas detectado en suelo de la Federación rusa suele interpretarse como un peligro para los aliados de la Alianza Atlántica, mientras que la instalación de bases militares occidentales en los confines de la antigua URSS pasa por ser un… gesto normal.

¿Los chinos? Conocido es el hermetismo de Pekín en la materia. Los chinos suelen sorprendernos con gestos, no con palabras.

De todos modos, no cabe la menor duda de que las principales potencias mundiales recelan de este  descarado intento de Trump de acabar con el multilateralismo, de recalentar la vieja, aunque no olvidada Guerra Fría. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Barack Hussein Obama – luces y sombras


A Barack Hussein Obama, cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, se le recordará… ¿por? Hay quien estima que el segundo y último mandato del actual inquilino de la Casa Blanca ha pasado el Ecuador con más sombras que luces. El Presidente busca desesperadamente el equilibrio entre sus derrotas y sus victorias para poder dejar huella en la historia norteamericana.

Obama empezó su carrera a la Presidencia de los Estados Unidos con un persuasivo Yes, we can (Sí, podemos). Una frase que llenaba de optimismo a los ciudadanos de un país humillado por los ataques del 11 de septiembre, una gigantesca operación castigo contra el régimen talibán de Kabul, que acabó en un atolladero, el fracaso de la intervención armada de Irak, que engendró nuevos semblantes del radicalismo islámico. Yes, we can…  Norteamérica estaba deseosa de olvidar el sombrío pasado.  Sus pobladores apostaron, por vez primera, por un candidato afroamericano.

Apenas un año después de su llegada a la Casa Blanca, el exsenador demócrata por Illinois fue galardonado con el Premio Nobel por la Paz, por sus esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos y su visión de un mundo sin armas nucleares. Algunos politólogos no dudaron en tildar de precipitada la decisión del Comité Nobel noruego. En efecto, durante la presidencia de Obama los conflictos internacionales se multiplicaron. Las turbulencias pusieron de manifiesto la fragilidad del hasta entonces incontestable poderío de los Estados Unidos.  Seis años después de aquel convincente Yes, we can, algunos analistas políticos se dedican a poner en entredicho la gestión del Presidente.
    
A la hora de evaluar los éxitos y los fracasos de la política de Obama, los medios de comunicación procuran hacer hincapié en los aspectos positivos de ésta: el acuerdo nuclear con Irán, que pretende evitar la proliferación de armas atómicas en una de las regiones más inestables del planeta y la normalización de las relaciones con Cuba, interrumpidas desde la década de los 60, pírrica victoria del imperialismo yanqui sobre el socialismo revolucionario castrista.

En ambos casos, conviene estudiar con detenimiento el alcance de las medidas. El acuerdo nuclear con Irán tendrá que contar con el visto bueno (y probable supervisión) de las Cámaras, controladas por mayorías republicanas hostiles a la acción exterior del Presidente y propensas a hacer suya la argumentación belicosa de los halcones de Tel Aviv. ¿Sobrevivirá el acuerdo nuclear? Los dinamiteros de Washington y de Teherán harán todo lo que esté en su poder para precipitar el naufragio.

La normalización de las relaciones Estados Unido – Cuba ha tenido un gran impacto a nivel continental. Sin embargo, sus detractores aseguran que se trata de un mero intento de aislar al llamado grupo de países bolivarianos - Venezuela, Ecuador, Bolivia, ¿Argentina? – cuyos gobernantes apuestan por la fuerte presencia rusa y china en el hemisferio Sur. Ficticia o real, la amenaza se ha convertido en la pesadilla de Washington.

Por su parte, los detractores del Presidente (que son legión) prefieren destacar los errores cometidos por Barack Obama desde su llegada a la Casa Blanca. Aluden al fracaso de las mal llamadas Primaveras árabes, el derrocamiento de Gadafi y el caos que se apoderó de Libia tras la intervención de la OTAN, la caída de Hosni Mubarak, que dejó vía libre al Gobierno liderado por los Hermanos Musulmanes, la crisis diplomática con Israel, el fiel aliado de Washington en la zona, el enfriamiento d las relaciones con Arabia Saudita, el otro incondicional de la política estadounidense, la incapacidad de apreciar en su justo valor el poderío y, por consiguiente, el peligro del Estado Islámico, el abandono prematuro de Irak y Afganistán, la incomprensible permisividad frente al talente poco democrático del Presidente turco Erdoğan…  

Para Daniel Pipes, politólogo republicano que defendió en su momento la política exterior de George W. Bush,  la doctrina de Obama se resume en pocas palabras: buenas relaciones con los enemigos de los Estados Unidos y frías con sus aliados.

Queda otra incógnita: la postura de Barack Obama ante un posible enfrentamiento con Rusia en el conflicto armado de Ucrania. En este caso concreto, las mayores reticencias provienen de las capitales europeas: París y Berlín. Los gobernantes del Viejo Continente prefieren la solución diplomática. 

viernes, 23 de enero de 2015

Guerra contra la "hidra islámica" y… ¿más?


Me preguntaba el otro día un amigo periodista cuál de los dos movimientos radicales musulmanes – Al Qaeda o el Estado Islámico – resultaba, a mi juicio, más pernicioso para la seguridad mundial. Mi respuesta le sorprendió: “Pero si estamos hablando de dos engendros gemelos. Tienen los mismos padres y, si te descuidas, los mismos padrinos”. 

¿Los mismos padres? Conviene recordar que Occidente tardó en denunciar la crueldad de los combatientes del Estado Islámico, los métodos inhumanos empleados por esos nuevos defensores de la fe. Al parecer, los gobernantes del Primer Mundo empezaron a preocuparse por la suerte de las víctimas de las huestes del Islam cuando el EI se adueñó de los yacimientos petrolíferos de Siria y de Irak. Por vez primera, en las redacciones de los medios occidentales aparecieron los vocablos yazidíes, kurdos, alevíes. Poblaciones en peligro, según las cajas de resonancia de Washington o de Bruselas, que habían permanecido silenciosas durante los enfrentamientos de Siria, donde la multicéfala hidra trataba de derrocar el régimen autoritario de Bashar el Assad.

El Estado Islámico y Al Qaeda combatían en el mismo bando. Sus valedores eran los supuestamente pro occidentales Qatar y Arabia Saudita, aliados de Washington y… miembros la de coalición internacional antiterrorista liderada por el Presidente Barack Obama.  

En ambos casos, se trata de agrupaciones que persiguen el mismo objetivo: levantar un Califato regido por la Sharia, la ley islámica. Algo que, de paso sea dicho, Bin Laden había conseguido en el Afganistán de los talibanes. Ni que decir tiene que la eliminación física del multimillonario saudí no obstaculizó el desarrollo del proyecto. Al contrario, su muerte aceleró el proceso de radicalización. O al menos, eso es lo que se pretende insinuar a través de imágenes distorsionadas, de argumentos perversos.

Es obvio que George W. Bush no ganó la guerra contra el terrorismo. Lo único que logró el expresidente norteamericano fue un incremento de la corriente anti islámica en Estados Unidos y algunos países de Europa occidental. Un buen caldo de cultivo para la incomprensión y… el odio. Los atentados del 11 – M de Madrid (2004) y/o las bombas que estallaron durante la maratón de Boston  (2013) sirvieron para alimentar la animadversión de una opinión pública desconcertada. La matanza perpetrada en la redacción del semanario parisino Charlie Hebdo fue la detonante para la nueva ofensiva, esta vez, generalizada, contra el radicalismo islámico. ¿Contra el radicalismo o contra algunos radicales?

Conviene preguntarse, pues: ¿a qué se debe este largo paréntesis de silencio de los políticos occidentales? A finales de 2001, durante la retirada de Afganistán, Al Qaeda advirtió que la lucha no había acabado, que sus combatientes volverán a manifestarse al cabo de dos o tres lustros. Los servicios de inteligencia habían detectado la presencia de las llamadas células durmientes en Europa y Norteamérica, los movimientos de los yihadistas extranjeros en los países del Mashrek, la connivencia de los regímenes islámicos moderados con las agrupaciones armadas. Por si fuera poco, los atentados de Boston y de París han sido calificados de ataques contra los valores democráticos de Occidente. Razones más que suficientes para actuar. Sin embargo…

El tardío despertar de los estadistas del Primer Mundo, su afán el declarar (¿redeclarar?) la guerra al Estado Islámico presenta malos presagios para las relaciones con el mundo árabe-musulmán. Si bien es cierto que la mayoría de los musulmanes no se identifica con los salvajes procedimientos de los yihadistas del EI o la farragosa retórica de Al Qaeda, también es verdad que los argumentos empleados por Occidente – libertad de expresión, derecho a criticar, véase ofender al Islam – no cuentan con muchos seguidores en el mundo musulmán.

¿Miopía política o deseo de fabricar un nuevo enemigo? ¿Es preciso que el mundo sin ideales, sin ideología, sin rumbo se movilice contra algo, contra alguien? Aparentemente, los gobernantes lo tienen claro: tras 24 meses de guerra sin cuartel contra los movimientos islamistas, tocará abrir otros frentes. Señores kremlinólogos, prepárense.   

jueves, 21 de agosto de 2014

La guerra encubierta de Barack Hussein Obama


¡Fuera, fuera árabes! No quiero que este país sea gobernado por los árabes. Sucedió durante la campaña presidencial estadounidense de 2008, durante un mitin del Partido Republicano. El árabe era el candidato demócrata, Barack Hussein Obama y la contestataria, una mujer mayor que se había dejado intoxicar por los argumentos de la maquinaria de propaganda de un poderoso lobby con ramificaciones en las altas esferas del poder. El político republicano que había acudido a la cita con sus electores no tardó en poner los puntos sobre las íes. No, Barack Obama no era árabe, sino un buen ciudadano norteamericano, un respetable y respetado miembro del Senado de los Estados Unido. De hecho, unas semanas más tarde Obama se convirtió en el cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos.

Curiosamente, el Presidente Obama no supo aprovechar al máximo las resonancias orientales de su segundo nombre – Hussein -  para lograr un acercamiento al mundo árabe musulmán, traumatizado por las intervenciones militares estadounidenses en Afganistán e Irak, frustrado por el apoyo incondicional de Washington al conflictivo aliado israelí. Es cierto, el Presidente de los Estados Unidos se dirigió a la nación árabe en junio de 2009, vaticinando un nuevo comienzo de las relaciones entre Estados Unidos y el Islam. Pero el mensaje dirigido a los musulmanes desde la Aula Magna de la Universidad de El Cairo quedó en agua de borrajas. Sí, Obama anunció la retirada de las tropas estacionadas en Afganistán e Irak, el final de la política intervencionista de Washington, la introducción de normas éticas en las relaciones internacionales. Las buenas palabras, que no los actos, le valieron el Premio Nobel de la Paz. Una distinción prematura y, según los politólogos, inmerecida.

Las llamadas primaveras árabes fueron el primer intento fallido de normalización de las relaciones con el mundo islámico. Los estrategas norteamericanos pensaron – erróneamente – que la sustitución de los regímenes autoritarios pro occidentales  por estructuras islámicas modernas iba a contar con el beneplácito de los intelectuales y de la sociedad civil de los países del Magreb y el Mashrek. Craso error; los Gobiernos de corte islamista provocaron un espectacular retroceso político y social. En el caso de Egipto, Washington optó por devolver el poder al ejército; en Libia, las heridas provocadas por el nada ético derrocamiento de Mummar al Gaddafi siguen abiertas. La primavera árabe no cuajó en Siria, donde el régimen de Bashar el Assad mantiene su pulso con los movimientos yihadistas financiados, al igual que Al Qaeda en su momento, por las monarquías árabes conservadoras, aunque también apoyados por las… ¡democracias occidentales!

Occidente no intervino militarmente en la guerra civil de Siria. Hay quien estima que había demasiados intereses creados, demasiadas contradicciones en las políticas de los socios comunitarios. Los valedores de los yihadistas fueron Arabia Saudita, Qatar y Kuwait, feudos del conservadurismo árabe… pro occidental.

Barack Obama cumplió su promesa al retirar el contingente americano de Irak en 2011. Pero se trataba de un repliegue completamente caótico, que hacía caso omiso de las condiciones objetivas existentes en el país: inestabilidad política, conflictos étnicos y religiosos, desintegración paulatina del Estado nación, etc.

También cumplieron su promesa los combatientes del Estado Islámico de Irak y Levante al trasladarse desde Alepo al Kurdistán iraquí y, aprovechando la aparente debilidad de las instituciones autonómicas kurdas, anunciando la creación del califato en tierras del Islam. Un proyecto descabellado, si no fuera por el espectacular avance de los yihadistas, que llegaron a varias decenas de kilómetros de Bagdad. Pero hay más: el Estado Islámico pretende expandirse al Líbano, Jordania y la Península del Sinaí. 
  
La persecución de la minoría kurda y las matanzas de centenares de yazidíes, una secta que jamás llamó en interés de los occidentales, fueron los detonantes para el regreso de Washington al escenario iraquí. Pero esta vez, el operativo militar, apoyado por la mayoría de los miembros de la Unión Europea, está disfrazado de operación humanitaria. No, Occidente no mandará tropas a Irak. Basta con armar hasta los dientes a los kurdos. Qué se maten ellos…

La maquinaria de propaganda del Estado Islámico tilda a Barack Hussein Obama de Cruzado, esclavo de Washington o perro de los romanos. Y pensar que hace apenas unos años no querían árabes en la Casa Blanca…  

viernes, 25 de julio de 2014

Fabricar un enemigo


Hace tres lustros, tras la desaparición del imperio soviético, los políticos occidentales empezaron a echar de menos la ausencia del enemigo. De un peligro ideológico, de una amenaza justificada, que permitiera cerrar filas en torno al adalid de una causa común: la lucha sin cuartel contra… Pero, ¿contra quién? El oso ruso acababa de entrar en un  largo período de hibernación, sus adláteres de Europa oriental se decantaban por las dichas (¡jamás desdichas!) de la economía de mercado, los enemigos de antaño se convertían en fieles seguidores del Nuevo Orden Mundial. Superada la etapa de los enfrentamientos Este-Oeste, surgía el interrogante: ¿y el enemigo? Obviamente, el ser humano no podía permitirse el lujo de vivir sin adversarios.

A finales de 1992, los politólogos y los estrategas militares dieron un gran suspiro de alivio: Occidente había encontrado un nuevo contrincante: el Islam. La aparatosa campaña mediática que se puso en marcha recordaba, extrañamente, los viejos tiempos del anticomunismo visceral, de la demonización del otro, de la cruzada contra el ateísmo, de la victoria del bien sobre el mal. En realidad, no resultó difícil convencer a la opinión pública que los vocablos Islam, árabe, infiel y terrorista eran… meros sinónimos. Los atentados del 11 – S sirvieron de colofón de esta ofensiva. Con la destrucción de las Torres Gemelas, símbolo de la opulencia de Occidente, los militantes de Al Qaeda  dejaron constancia de su odio hacia el modelo de sociedad impuesto y liderado por el capitalismo estadounidense. El enemigo sacó los colmillos; era exactamente lo que se pretendía. Los habitantes del primer mundo abominaban el Islam/islamismo radical/violencia/terrorismo; los pobladores del Dar al Islam llegaron a aborrecer a Norteamérica/Occidente/colonialismo/materialismo/sionismo. Extraña mezcolanza de conceptos que, metidos en el mismo saco, servían para fabricar al enemigo.

Mas con el paso del tiempo, Oriente y Occidente lograron superar el impacto primitivo de los estereotipos. Ni todos los árabes eran terroristas, no todos los occidentales unos ateos materialistas.

Las mal llamadas primaveras árabes, ejercicio de estilo ideado por politólogos estadounidenses, tuvieron un impacto negativo en el mundo musulmán.  Según el estudio Auge de inquietudes motivadas por el fundamentalismo islámico en Oriente Próximo realizado recientemente por el Pew Research Center, los pobladores de Líbano, Túnez, Egipto, Jordania y Turquía se muestran más preocupados por la amenaza fundamentalista que hace apenas doce meses. Con Al Qaeda, Hezbolá y Hamas, en el punto de mira, la opinión pública árabe repudia las opciones radicales, véase violentas.

Señala el informe del Pew Research Center que de todos los grupos musulmanes encuestados, los cisjordanos y los gazatíes albergan la opinión más favorable – el 26 por ciento - de Al-Qaeda, mientras que sólo el 6 por ciento de los árabes israelíes se muestran partidarios del engendro de Osama Bin Laden.

Mientras el 62 por ciento de los habitantes de Gaza se muestra partidario de los atentados suicidas, en Cisjordania, el porcentaje queda limitado al 36 por ciento de los encuestados. Curiosamente, Hamas cuenta (o contaba) con menos apoyo que Hezbolá tanto en Gaza como en Cisjordania. ¿Será por la inmediatez?

Según los datos de Pew, se deduce que el islamismo radical está de capa caída en el mundo musulmán. ¿Está? ¿Estaba? Huelga decir que el estudio del centro se publicó el pasado 1 de julio, unos días antes del inicio de la ofensiva israelí contra la Franja de Gaza. Un operativo que, lejos de acabar con la violencia terrorista, como afirma Israel, resucita el fantasma del odio y la intolerancia.  Los árabes, varones, mujeres y niños, vuelven a desempeñar el papel de abominables terroristas, los amigos de Israel, cómplices de la matanza de seres inocentes.  

Si el objetivo final de Israel era fabricar un enemigo, el mensaje subliminal puede resumirse en dos palabras: misión cumplida. El odio de los palestinos se perpetuará durante generaciones. Pero a lo mejor eso es justamente lo que desea la derecha sionista: librarse del estéril, molesto y hasta peligroso dialogo con los palestinos durante dos o tres generaciones. Misión cumplida.

miércoles, 8 de enero de 2014

Al Qaeda ha vuelto




En noviembre de 2001, la plana mayor de Al Qaeda, cercada por las tropas de la alianza occidental liderada por los Estados Unidos, se refugió en las montañas del Este de Paquistán. Pocos días antes del cese de las hostilidades, Osama Bin Laden lanzó una advertencia a “los cruzados y los judíos”, es decir, a los cristianos y los sionistas. “La tempestad de los aviones no se calmará, si Alá quiere, mientras (Estados Unidos e Inglaterra) no cesen su apoyo a los judíos en Palestina, no levanten el embargo a Irak y no abandonen la Península Arábiga… Si no lo hacen, la tierra se incendiará a sus pies”. 

Sabido es que el operativo bélico Libertad  Duradera, ideado y capitaneado por los estrategas del Pentágono,  no logró acabar con la presencia de los talibán en tierras afganas o paquistaníes. Sin bien los aliados occidentales ganaron los combates de primera hora, la nutrida fuerza multinacional fue incapaz de erradicar el islamismo militante. Ello se debe ante todo a que los políticos del “primer mundo” no llegaron a analizar el fondo de la cuestión. Para muchos, Al Qaeda no dejaba de ser un fenómeno aislado, un mero accidente histórico. Sin embargo, Bin Laden había avisado: “volveremos dentro de diez años”.

La (mal) llamada guerra global contra el terrorismo se cobró su infinidad de víctimas, tanto en el mundo islámico como en Occidente. Sin hablar, claro está, de los daños colaterales, las millones de personas sospechosas de connivencia con el “enemigo” (¡islámico!), que figuran en las listas negras elaboradas por los organismos de seguridad estadounidenses y/o europeos. Sin embargo, el ideario de Al Qaeda se fue propagando a la casi totalidad de los países de Oriente Medio y el Magreb. Brotes islamistas surgieron en el África subsahariana. El accidente histórico acabó convirtiéndose en una enfermedad contagiosa. En 1992, tras el desmoronamiento del bloque socialista, Norteamérica y la OTAN buscaban un enemigo. Un político español no dudó en ponerle nombre: el enemigo es el Islam.

La aventura bélica iraquí de George W. Bush abrió la caja de Pandora. El entonces inquilino de la Casa Blanca buscaba a los “terroristas de Al Qaeda” en un país laico, donde el radicalismo religioso estaba vedado. Mas al abusar del peligroso mantra Bin Laden, los Estados Unidos lograron fabricar una primera hornada de terroristas. Algunos procedían de la vecina Arabia Saudita, cuna del radicalismo islámico moderno, otros…

Cuando los dirigentes rusos lanzaron los primeros ataques contra los grupos de excombatientes de la guerra de Afganistán que se habían adueñado de  Chechenia, los europeos no dudaron en condenar a Moscú por… la violación de los derechos humanos. Sin embargo, la presencia de Al Qaeda en el Magreb causó un profundo malestar en las cancillerías occidentales. El “enemigo” se estaba  acercado a pasos agigantados.

No es nuestro propósito analizar en estas líneas la espectacular expansión de los movimientos islámicos en Asia y África. Este fenómeno merece ser estudiado con mayor minuciosidad. Creemos, sin embargo, que sería útil comentar la presencia del Emirato Islámico de Irak y el Levante, emanación de Al Qaeda, en la guerra civil siria y los recientes acontecimientos que tuvieron por escenario las localidades de Ramadi y Faludja, sitiadas en el “triángulo suní” de Irak, antiguo baluarte de las tribus aliadas al dictador Saddam Hussein, que se ha convertido en la mayor cantera de radicales islámicos. Tal vez porque los suníes se sienten perseguidos por la mayoría chiita que controla actualmente el país. 

Si bien la Casa Blanca no contempla la posibilidad de reenviar tropas a Irak, pues “no es del interés de los Estados Unidos tener tropas en cada conflicto de Oriente Medio”, como señalaba el subsecretario de Seguridad Nacional Benjamin Rhodes, Norteamérica no descarta la posibilidad de comprometer material bélico sofisticado en el combate contra las huestes del Emirato. 

Más interesante aún es la postura del Presidente Obama frente al régimen de Damasco. Curiosamente, la ofensiva islamista en Siria y los encarnizados combates entre los guerrilleros del Emirato y los aún más radicales miembros del Frente Al Nusra en las inmediaciones de Idlib y Alepo, convierten a Bashar el Assad, el siniestro dictador de 2013 y bestia negra de la Administración estadounidense, en… posible futuro aliado del mundo occidental. 

Todo ello podría parecernos disparatado. Sin embargo, al descifrar los códigos, hallamos la inquietante respuesta: Al Qaeda ha vuelto. Así de simple.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La importancia de llamarse Mohamed


Cuando los milicianos nos dieron el alto para un mero “control de identidad”, mis compañeros intercambiaron miradas inquietas. “Dejadme hablar; a mí me respetan. Me llamo Mohamed”, dijo el joven apuesto que permaneció silencioso durante la travesía del desierto libio. El intercambio verbal duró menos de tres minutos; los guerrilleros nos invitaron amablemente a seguir el viaje. Al comprobar mi asombro, el joven se sintió obligado a puntualizar: “En las familias religiosas, llamar Mohamed al hijo primogénito es una obligación. Procedo de una familia muy religiosa; como habrás podido comprobar, a veces el nombre sirve de salvoconducto…”

Recordé las palabras de aquel extraño viajero, titular de varios pasaportes diplomáticos, el día en que Mohamed Mursi, ingeniero educado en California, asumió la presidencia de la República de Egipto. Huelga decir que en el caso de Mursi, la explicación parecía superflua. La consigna de su partido – Justicia y Libertad – considerado el ala política de la Hermandad Musulmana – era El Islam es la solución. De ahí la presagiar que los Hermanos iban a establecer una teocracia fundamentalista no había más que un  paso. Mohamed Mursi no dudó en dar este paso, valiéndose del apoyo popular, de la voluntad de los egipcios de hacer tabula rasa con el pasado, de borrar el recuerdo de los regímenes militares de Gamal Abdel Nasser y Hosni Mubarak. 

Los Hermanos se enorgullecían de haber creado un Estado dentro del Estado egipcio. Un Estado de bienestar, unas estructuras sociales basadas en la honradez. Su Estado en la sombra, edificado durante décadas, contaba con numerosos colegios, hospitales, centros de capacitación profesional. Unas instituciones dinámicas, donde la burocracia, la corrupción, el clientelismo o el proselitismo brillaban por su ausencia. Nada que ver con la rígida e ineficaz maquinaria estatal. Mas la popularidad de los Hermanos Musulmanes poco tenía que ver, al menos aparentemente, con el slogan El Islam es la solución. En Egipto, al igual que en el Líbano y Palestina, los movimientos de corte religioso – Hezbollah, Hamas - lograron imponerse en la palestra de la política con la máxima: Por sus actos los reconocerán. Ni que decir tiene que las agrupaciones islámicas ganaron la batalla de la eficacia merced a su buen hacer.  

Tras el inicio de las llamadas Primaveras árabes, el establishment político de los países industrializados aceptó de buenas ganas la presencia de militantes islámicos en los Gobiernos de Túnez, Egipto, Libia. Más aún: no dudó en bendecir a los jihadistas radicales que tratan por todos los medios de acabar con las estructuras laicas implantadas en Siria por los colonizadores franceses y perpetuadas por la dinastía de los Assad. 

Cabe preguntarse: ¿serán los militantes islámicos el relevo deseado por Occidente en una región hasta ahora controlada por regímenes autoritarios y retrógrados? ¿A quién le favorece el cambio? Aparentemente, no a los pueblos de la zona.

A la hora de buscar el común denominador de la nueva clase dirigente emanante de las Primaveras, sorprende el paralelismo entre el egipcio Mohamed Mursi, educado en California, el libio Mahmud Jibril, economista que proviene de las universidades norteamericanas, el tunecino Ahmed al Ganoushi, uno de los ideólogos islámicos de mayor relieve, educado en Francia y exiliado en Londres, el iraquí Ahmed Chalabi, titulado del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), el también iraquí Ali Alawi, ex ministro de comercio y de defensa de Irak, educado en los Estados Unidos. 

¿Simple casualidad? Demasiadas casualidades. Pero no, las casualidades no existen. Ahora bien, si hacemos caso omiso de las teorías conspiracionistas, llegaremos fácilmente a la conclusión de que los espectaculares cambios socio-políticos contemplados a comienzos de la pasada década por la Administración Bush se han ido materializando. Pero los nuevos aliados de Washington y de Bruselas no son valedores de la democracia ni defensores del ideario humanista de la civilización occidental.  Su llegada al poder no mejora la imagen de los Estados Unidos y/o de sus socios europeos en el mundo árabe, ni deja entrever un cambio de actitud de la opinión pública musulmana frente al fiel aliado de Norteamérica en la región: Israel. Al contrario: las llamadas Primaveras parecen hacer especial hincapié en la… importancia de llamarse Mohamed.