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jueves, 9 de septiembre de 2021

Afganistán: el Gobierno del 11- S

 

La suerte está echada; la plana mayor del emirato islámico afgano ha decidido inaugurar en nuevo Gobierno provisional de Kabul a finales de esta semana, más concretamente, el próximo día 11 de septiembre, fecha en la que se conmemora en vigésimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. La alusión a los héroes y mártires del 11 – S es patente. Los taliban pretenden retomar el hilo de la historia un día señalado, rindiendo homenaje a quienes hicieron temblar los cimientos de la civilización occidental, humillando al prepotente Imperio ateo que trató poner de rodillas a los valedores del Islam puro y duro, ideado por Sayyd Qutb, Hasan al Banna u Osama Bin Laden.   

¿Simple casualidad? No, en absoluto. Maktub; todo estaba escrito. Los tratados de los padres del islamismo moderno, los premonitorios mensajes del líder de Al Qaeda, vaticinaban la victoria del Dar al Islam – las tierras del Islam – sobre el Dar el Harb – la morada de la Guerra – es decir, la cristiandad. Los mensajes enviados al mundo occidental después del 11 – S eran inequívocos: volveremos para derrotaros. El Presidente Bush no dudó en declarar la guerra permanente a los islamistas en 2001. Mas se trataba de un error de cálculo que muchos politólogos occidentales criticaron. Al confundir el mundo islámico con el terrorismo, Bush no hacía más que ensanchar la brecha entre Oriente y Occidente. El seguidismo de los gobernantes del primer mundo fue la gota que hizo colmar el vaso.

El escaso, por no decir, nulo conocimiento del Islam en los países occidentales sólo sirvió para acentuar las diferencias. Los trasnochados proyectos de algunos politólogos occidentales, partidarios de exportar la democracia a los países musulmanes, tropezaron con el contundente rechazo de sus interlocutores islámicos. ¿Democracia? Pero, ¿qué modelo de democracia?

En el caso concreto de Afganistán, cabe suponer que el recién creado Gabinete no estará en condiciones de cumplir sus promesas de encaminarse hacia el modernismo, el respeto de los derechos humanos, la aceptación de la mujer, el reconocimiento de los derechos de las distintas etnias y corrientes religiosas. Lo más probable es que trate de emular el sistema de gobernanza de los años 90, cuando los talibán y Al Qaeda sumergieron a la sociedad afgana – emancipada desde mediados del siglo XX -   en el más negro período de oscurantismo de su historia[AML1] .

De hecho, en actual Gabinete está integrado por veteranos de la época del régimen de 1996 – 2001 o por herederos de los sanguinarios señores de la guerra.

El Gobierno del 11 – S está presidido por el mulá Muhammad Hassan Akhund, que ostenta el cargo de primer ministro. Su mano derecha es el mulá Abdul Ghani Baradar, que ocupa la función de viceprimer ministro.  Baradar, cofundador original de los talibanes en 1994 y jefe de la oficina política de Doha, ocupó varios cargos gubernamentales entre 1996 y 2001.

El Ministro del Interior en funciones, Sirajuddin Haqqani, figura en la lisita de los terroristas más buscados el FBI.

El Ministro de Defensa en funciones, Mohammad Yaqoob, es el hijo del fallecido mulá Omar, también fundador del movimiento talibán.

Los actuales dueños de Afganistán buscan el reconocimiento internacional. De momento sólo hay cuatro países islámicos dispuestos a reconocer el Gobierno de Kabul.

Los Estados Unidos, interesados en borrar de nuestra memoria los errores, las mentiras y la mala gestión de la reciente crisis, atribuible a la torpeza del presidente Biden, tratan de ofrecernos una imagen amable del nuevo Gobierno afgano.

Si la memoria no nos falla, es lo que trató de hacer en 2002 George W. Bush, cuando se precipitó en presentarnos al vencedor de las elecciones generales turcas, Tayyep Recep Erdogan, como un islamista moderado que convenía acoger sin dilación en el seno de la UE.

Lo que pasó después…

 [AML1]


viernes, 3 de septiembre de 2021

La brigada del alférez Borrell


La precipitada y caótica retirada de Occidente de Afganistán ha puesto de manifiesto tanto la peligrosísima falta de previsión de la Administración Biden, obligada a recurrir a un sinfín de malabarismos para justificar los múltiples fracasos de su gestión, como la ineptitud de Europa como actor político global.

El actual inquilino de la Casa Blanca ha dejado constancia de que su slogan América ha vuelto debería interpretarse de una manera más restrictiva. En realidad, el lema del presidente estadounidense es Sólo América. El resto del mundo, adversarios o aliados, se merece el mismo displicente trato. Biden no dudó en convertir sus fracasos o errores de cálculo en extraordinarios éxitos. Frases conocidas también en otras latitudes.

Extraordinarios éxitos. Pero ¿de verdad lo fueron la retirada de Kabul, la entrega del poder a los talibanes, el abandono de los nutridos arsenales regalados al enemigo? Joe Biden, tal Poncio Pilato, se lavó las manos.

¿Y sus aliados? Los países occidentales, involucrados durante dos décadas en el operativo de defensa ISAF – OTAN, abandonaron el terreno cumpliendo a rajatabla las indicaciones del mando estadounidense.  La frustración se fue adueñando de los miembros de la Alianza Atlántica, simples peones de esta partida de ajedrez en la que los extraordinarios éxitos de la Casa Blanca compiten con la incontestable victoria del movimiento islámico.  

¿Los europeos? Obligados a actuar a la zaga de Washington, los eurócratas de Bruselas no dudaron en jugar su baza, al sugerir la creación de un ejército europeo independiente. La iniciativa, presentada la pasada semana por el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, experimentó una rápida metamorfosis en los últimos días. El ejército se convirtió en un cuerpo de intervención rápida, el cuerpo, en una brigada integrada por unos 5 a 6.000 efectivos.  Algunos ministros de defensa de países miembros de la Unión Europea apuntaron a cifras más altas – 15 a 20.000 soldados, pero los duendes de la Comisión se apresuraron a rebajar las exigencias. El propio Borrell se comprometió a presentar un borrador de proyecto antes de finales de año, recordando tal vez la regañina que se llevó el presidente galo, Emmanuel Macron, cuando propuso la creación de un dispositivo de defensa europeo desvinculado de la Alianza Atlántica. Donald Trump logró frenar su impulso con un calma, chico. La iniciativa francesa quedó semiarchivada. Pero después de la debacle de Afganistán, a los europeos les pareció lícito resucitarla.  

Huelga decir que el planteamiento no es nuevo. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, los partidarios de la integración europea contemplaron la creación de un mercado interior y de una política exterior y de seguridad coordinada. La Unión Paneuropea, fundada por europeístas de primera hora y presidida por el archiduque Otto von Habsburg, debía albergar la nueva casa europea. Sin embargo, von Habsburg constató que la casa acabó convirtiéndose en … en una aldea.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la estructura supranacional emanante del Tratado de Roma se fijó como objetivo transformar el Viejo Continente en una gran Suiza. Pero siguiendo el modelo francés, sólo consiguió crear una gran Italia. La manía de la armonización institucional y social que prevalece en estos momentos, obliga a los europeos a vivir en una morada estrictamente regulada. Y no cabe la menor duda de que una política exterior y de seguridad común no puede evolucionar mientras los Estados miembros estén asfixiados por una excesiva regulación. 

Hay quien estima que el futuro sistema de defensa común no debería recaer bajo el paraguas de las instituciones comunitarias. Autónomo o vinculado a la estructura de la OTAN, sería más eficaz que un simple brazo armado de Bruselas.  

Consideran los estrategas que no todos los Estados miembros de la Unión deberían pertenecer al sistema de defensa. La participación tendría que ajustarse a las inquietudes de cada nación, que varían según la proximidad a distintas zonas de conflicto: África, Oriente Medio o Rusia. 

La brigada del alférez Borrell debería fijarse, pues, la doble meta de reducir la dependencia militar de los Estados Unidos y actuar como socio estratégico global. Ambiciosos objetivos que descartan a priori el férreo control de los burócratas o eurócratas, llámense como se quiera.  

jueves, 19 de agosto de 2021

Bienvenidos al Emirato Islámico

 

Suiza, mayo de 1983. En la tranquilidad de la campiña ginebrina, los señores de la guerra afganos disfrutan de su five o’clock tea. Vinieron a la Ciudad de Calvino para negociar con los emisarios del Kremlin la retirada de las tropas rusas inmovilizadas en el avispero afgano.

Los rusos se irán muy pronto, vaticinaban los jefes de tribu pashtuns. ¿Qué pasará después? preguntamos. ¿Después? Un extraño silencio se apoderó del grupo. ¿Desconcierto?  ¿Temor? ¿Apocamiento?  La respuesta nos la dio un joven barbudo, que había pasado completamente inadvertido. Será el reino del Islam, del Islam verdadero, del Islam puro…

¿A qué Islam se refiere, preguntamos, al modelo saudí o al iraní?  No, ninguno de los dos; el Islam saudí es corrupto; el iraní, demasiado tibio. Nosotros vamos a implantar el Islam puro.

El joven barbudo se llamaba Osama Bin Laden; acababa de cumplir 25 años.  Unos años más tarde, en 1996, los talibanes – formados en los centros de adestramiento y adoctrinamiento financiados por el emir Bin Laden - fundaron el Emirato Islámico de Afganistán.  

A comienzos de 2002, el fugitivo Bin Laden, perseguido por las tropas estadounidenses que ocuparon Afganistán, advirtió a los occidentales: volveremos dentro de 10 – 15 años. Pero hubo que esperar hasta el 15 de agosto de 2021 para que su promesa se materialice.

Durante años, los talibanes y las fuerzas de ocupación occidentales jugaron al escondite. Los servicios de inteligencia militar de Washington y de la OTAN seguían muy de cerca los desplazamientos de los grupúsculos talibanes, estaban al tanto de sus contactos con los jefes de tribu afganos y los responsables de la seguridad de Kabul. ¿Intervenir? Parecía poco aconsejable. ¿Revelar el escondite de Bin Laden? Más que inoportuno. La pantomima duró hasta la firma del acuerdo de Doha, que contemplaba la retirada de las tropas estadounidenses del país asiático. Joe Biden fue el mero ejecutor de la rendición del Imperio.

El 15 de agosto, los talibanes volvieron a adueñarse de Kabul, proclamando el Emirato Islámico de Afganistán. La suerte está echada.

Y ahora, ¿qué? No vamos a enumerar aquí los ásperos preceptos impuestos por la shari’à (la ley islámica). Los nuevos gobernantes del país afgano aseguran que su aplicación se ajustará a los cánones de la modernidad. Recuerdo las palabras de Bin Laden: el Islam saudí es corrupto; el iraní, demasiado tibio. La variante de los talibanes aún queda por descubrir.

Y ahora, ¿qué? Al parecer, después del sonado fiasco diplomático y verbal del inquilino de la Casa Blanca, incapaz de justificar la entrega exprés de Afganistán, todos y cada uno de los protagonistas de este descomunal vodevil… ¡tiene un plan! Hagamos un breve repaso:

El Acuerdo Abraham, negociado durante el mandato de Donald Trump e invocado por Biden para justificar la claudicación de Washington ante los talibanes no contempla todas las ecuaciones políticas de la zona.  Trump no era un perfeccionista. Al presidente Biden le incumbe recuperar la confianza de sus aliados y restablecer el desvanecido prestigio internacional de los Estados Unidos. ¿Misión imposible?

Hay que hablar con los talibanes; han ganado la guerra, afirma por su parte el socialista catalán Josep Borrell, que ostenta el cargo de jefe de la diplomacia europea. Olvida que una de las reglas de oro de la UE es no tratar con terroristas y con regímenes totalitarios. Pero Borrell es, qué duda cabe, el triste reflejo de un continente a la deriva.

Las dos grandes potencias regionales, Rusia y China, tratarán de sacar provecho del distanciamiento forzoso de Occidente. En los últimos tiempos, el Kremlin trató de establecer un diálogo cortés con las facciones talibanes, artífices de su vergonzosa retirada de Afganistán en 1989. La penetración de elementos radicales en las repúblicas exsoviéticas del Cáucaso se convirtió en una auténtica pesadilla para Moscú. Hoy en día, Rusia trata de evitar la aparición de una nueva marea integrista en sus confines.

Idéntica preocupación tiene China, empeñada en aislar a su población uigur del resto del mundo. Pero sus intereses no se limitan a la simple cuestión étnica. Pekín tratará de reforzar su cooperación con Kabul y abrir una vía terrestre hacia el Golfo Pérsico. A la ruta de la seda podría sumarse una ruta del petróleo. Todo es cuestión de tiempo. Y para los chinos, el tiempo no constituye un obstáculo.

Turquía, convertida en potencia regional, no escatimará esfuerzos para jugar su baza otomana. El imperio estuvo presente en la región. De hecho, el primer hospital inaugurado en Kabul a comienzos del siglo XX fue… el Hospital Otomano.  

Ankara procurará afianzar su presencia en los países musulmanes de Asia, tratando de servir de puente entre éstos y la Europa comunitaria. Además, el régimen de Erdogan podría filtrar a los refugiados afganos, al igual que hizo con los sirios desplazados durante la guerra civil.

Preocupada por la posible vuelta del extremismo de la década de 1990, la República Islámica de Irán debe lidiar con unos vecinos con los que tenía profundas tensiones en los años 90, cuando los talibanes reprimían a los chiitas Hazzara en Afganistán y daban cobijo a elementos de Al Qaeda dispuestos a atacar a Irán. Mas el panorama cambió radicalmente tras la intervención estadounidense.

Actualmente, los medios de comunicación oficiales de Teherán hacen hincapié en la diversidad étnico-religiosa de Afganistán y sugieren a los talibanes implementar su forma de gobierno de conformidad con la voluntad del pueblo. Al régimen de los ayatolas de gustaría convertirse en un ejemplo de convivencia para los afganos. Su tibieza en materia de aplicación de la ley islámica a las minorías étnicas podría servir de ejemplo. Pero hay que darle tiempo al tiempo…

martes, 3 de noviembre de 2020

¿Radicales o radicalizados?


Los últimos atentados perpetrados en suelo europeo deberían servir para recordarnos el mantra de nuestra clase política; todo se centra, cómo no, alrededor del llamado terrorismo islamista, una lacra difícil de aceptar o de combatir, una perversidad que no somos capaces de eliminar. Algunos dirán que el mero hecho de emplear el término terrorismo islámico constituye una digresión, un atajo políticamente incorrecto. Permítanme disentir: al escribir eses líneas no me refiero al terrorismo musulmán (¡sería un sacrilegio!), sino a los grupúsculos violentos que siembran la muerte y la desolación no sólo en el Viejo Continente, sino en todas las latitudes. La verdad es que lo llamaron terrorismo islámico poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los asesores del entonces presidente norteamericano, George Bush, acuñaron este termino tras haber intentado la variante terrorismo árabe – mucho más ofensiva e imprecisa – y otras lindezas, que apuntaban en la misma dirección: la criminalización de un grupo étnico.

Recuerdo que ya en aquel entonces nos rebelamos contra la ligereza de los islamólogos (islamologists) de la Casa Blanca, quienes trataban de convertir el mundo árabe – musulmán en el nuevo enemigo de Occidente. La URSS había desaparecido y, aparentemente, el peligro rojo también. Sin embargo, no podíamos ni debíamos practicar la política del avestruz; obviamente, si el Islam no era el peligro, el terrorismo radical islámico, heredado de las cabezas pensantes de Al Qaeda, sí lo era.

¿Qué pasó exactamente? Tras la mal llamada guerra contra el terror, iniciada por Bush, el enemigo público número uno, Osama Bin Laden, abandonó su escondite afgano, refugiándose en Waziristan, la zona montañosa de Pakistán De allí emitió el mensaje dirigido a los Estados Unidos y a Occidente: el combate continúa.  Volveremos dentro de diez años.

En realidad, todo empezó en 1988, unos meses antes de la retirada de las tropas soviéticas acantonadas en Afganistán.  Bin Laden y su lugarteniente, Mohammad Atef, antiguo policía egipcio perteneciente a la Yihad Islámica, decidieron convertir la oficina de coordinación de las brigadas internacionales que combatían junto a los afganos en un organismo encargado de velar por la repatriación y/o reasentamiento de los guerrilleros islámicos.

Sin embargo, la supuesta ayuda para la repatriación de los excombatientes, principal objetivo manifiesto de la organización, serviría de tapadera para los designios de sus fundadores, quienes pretendían disponer de un auténtico ejército en la sombra, capaz de reactivarse mediante el envío de una simple consigna a células militantes o grupúsculos “durmientes”. Para garantizar la eficacia de la red, los comandos operativos debían contar con una compleja infraestructura logística: dirección militar, suministro de armas y documentación, transmisiones, fuentes de financiación, pisos francos, etc.

Después del 11 de septiembre, los servicios de inteligencia occidentales parecían centrar su interés en detectar y desmantelar las células que formaban la telaraña integrista financiada por el régimen del ayatolá Jomeini. Pocos hablaban de las demás redes de corte islámico que pululaban en Occidente. Tanto es así, que a la hora me mencionar la existencia de agrupaciones radicales o de lobos solitarios – termino usualmente empleado a sabiendas para minimizar la peligrosidad de dichas bandas, los investigadores utilizaban gustosamente la expresión se han radicalizado.

Se han radicalizado. Pero, ¿por qué no reconocer las evidencias? Se trataba de agrupaciones extremistas afincadas en Europa en el momento en que los servicios de lucha contra el terrorismo empezaron a confeccionar el censo de dichos grupúsculos y de fichar a sus miembros.

Durante décadas, el suelo francés fue utilizado por movimientos radicales argelinos (FIS, GIA), tunecinos (En Nahda), turcos (Kaplan) y un sinfín de organizaciones afines a la ideología y las cajas de caudales de la monarquía saudí. Los fondos y donativos procedentes de Riad y los emiratos del Golfo Pérsico – principalmente Qatar - fueron gestionados por la Federación Nacional de los Musulmanes de Francia, que actuaba bajo los auspicios de la Liga Islámica, ente-paraguas administrado por Arabia Saudí y Pakistán. 

Alemania federal, que cuenta con varios millones de inmigrantes de origen turco, aunque también bosnio y magrebí, se convirtió en feudo de los radicales de Milli Gorüs, Kaplan y Nurgiu, agrupaciones que apoyan, directa o indirectamente, a los islamistas de Turquía.

En Italia y Bélgica proliferan organizaciones de corte religioso convertidas en plataformas y apoyo logístico de organizaciones muy activas en los países limítrofes.

En España, el añorado Al Andalus, las asociaciones islámicas habían gozado, al menos aparentemente, de un estatus privilegiado en comparación con Francia, Alemania o el Reino Unido, países en que las dos grandes corrientes que propugnan el Islam radical, los iraníes y los saudíes, pugnaron para afianzar su presencia.

No hay que extrañarse, pues, al comprobar que la Comunidad Islámica de España, integrada por asociaciones musulmanas creadas en las últimas décadas en Andalucía, propugnaba en su acta fundacional que: “... la autoridad del último profeta, Muhammad (la Paz con él), debe ser reconocida sobre las formas anteriores de religión de Moisés y Jesús”. Más claro…

Sin embargo, los emisarios de Riad procuraban limitar su actuación al establecimiento de centros culturales, cuyo principal objetivo era la creación de una nueva hornada de españoles mahometanos, punta de lanza del Islam conservador en tierras del Califato (¡de Córdoba!).

Los paquistaníes, que actuaban a la sombra de la monarquía saudí, fueron los artífices de la puesta en marcha de estructuras económicas en zonas clave para la inmigración musulmana: Cataluña, Madrid y las Islas Canarias. Sin descuidar, claro está, Ceuta y Melilla.

Durante años, las autoridades españolas trataron de eludir cualquier comentario relacionado con la actividad de los grupúsculos y asociaciones de corte islámico. Sin embargo, los funcionarios encargados de supervisar los programas de lucha antiterrorista no ocultan su inquietud ante la constante proliferación de agrupaciones vinculadas al Islam conservador y radical.

Con razón: los atentados perpetrados en las últimas semanas en Europa no son los primeros ni serán los últimos. Culpar de los recientes estallidos de violencia a Al Qaeda, Estado Islámico, Irán o Turquía sería pecar de miopía. La gran telaraña ideada por Bin Laden se ha activado y es más dinámica que nunca.

Sería, pues, un error afirmar que sus integrantes se han radicalizado. No, en absoluto: los miembros de las células hasta ahora durmientes son radicales. Ocultar las evidencias no beneficia a nadie.

viernes, 26 de junio de 2020

Osama Bin Laden: ¿mártir o terrorista?


Osama Bin Laden: ¿terrorista, criminal o… mártir?  El Primer Ministro paquistaní, Imran Khan, sorprendió a propios y a extraños al afirmar ante los miembros del Parlamento de Islamabad que el jefe de Al Qaeda murió como mártir en 2011, cuando un comando de las fuerzas especiales estadounidenses asaltó su escondite de Abbottabad, situado a escasos kilómetros de la Academia Militar de Paquistán. La zona, estrechamente vigilada por el ISI – todopoderoso servicio de inteligencia militar – resultó ser un blanco excesivamente fácil para los “rambos” norteamericanos, que ejecutaron la misión en un cuarto de hora. Un operativo impecable, cuidadosamente preparado, que no encontró resistencia alguna por parte de los guardianes del edificio, combatientes de élite de la agrupación islamista capitaneada por el multimillonario saudí.

El jefe del Gobierno paquistaní provocó la ira de los parlamentarios al afirmar que los militares estadounidenses vinieron a Abbottabad para matar a Osama Bin Laden, para convertirle en mártir. Luego, el mundo empezó a maldecirnos, a hablar mal de nosotros (los paquistaníes), manifestó Khan.

Los líderes de los partidos políticos no dudaron en tildar al Primer ministro de amenaza para la seguridad nacional. Una actitud ésta muy acorde con la versión oficial de las autoridades, empeñadas en defender la tesis de que el ejército paquistaní  había combatido a los talibanes de Bin Laden.
  
Cierto es que después de la derrota de Al Qaeda en Afganistán, los militares paquistaníes combatieron contra los talibanes que cruzaron la frontera buscando un refugio seguro en el país vecino. Esa operación limpieza causó numerosas bajas en el seno del Ejército. No es menos cierto que a la hora de emprender su retirada estratégica, el saudí se decantó por las montañas de la vecina Paquistán. 

¿Pura casualidad? Bin Laden mantuvo buenas relaciones con la inteligencia militar de Paquistán. Cabe suponer que el ISI conocía su escondite. Más aún; que lo había protegido. Las versiones sobre su localización y ejecución varían. El afamado periodista norteamericano Seymur Hersh, premio Pulitzer, refutó la versión oficial de la Casa Blanca, que atribuyó el éxito del operativo relámpago de Abbottabad a la labor de la CIA. Hersh afirmó que los americanos recibieron un soplo de un oficial paquistaní, que suministró detalles a los servicios de inteligencia a cambio de una cuantiosa recompensa y un permiso de residencia estadounidense. 

Edward Snowden, el artífice de Wikileaks, asegura que Osama no murió en Paquistán. Fue trasladado, junto con su familia, a Bahamas, donde vive custodiado por un ejercito de agentes de la CIA. 

Más discretos, los familiares de Bin Laden confesaban en conversaciones privadas, que se les había informado acerca del paradero del líder de Al Qaeda, localizado por la inteligencia militar estadounidense en las montañas paquistaníes, cercado por unidades de élite, que garantizaban su integridad física.

¿Qué sucedió realmente? ¿Volverá a aparecer el caudillo de los talibanes? Su vida, al igual que su muerte, genera quebraderos en cabeza en Washington, Londres, París o Riad. El incidente de esta semana en el Parlamento de Islamabad podía haber pasado inadvertido si no fuera por la palabra tabú pronunciada por el Primer Ministro Imran Khan. ¡Shahid! – mártir. En la cultura musulmana, al shahid se le venera más que a un santo. Es el motivo por el cual la Administración Obama trató de borrar todas las huellas terrestres de Bin Laden.

¿Osama, shahid? La polémica está servida.

lunes, 5 de marzo de 2018

Los buenos, los malos y los ilusos


En el verano de 2010, cuando el Tribunal Constitucional español publicó el fallo que declaraba inconstitucionales 14 de los 223 artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña, un afamado politólogo madrileño pronunció la entonces inexplicable frase: nos encaminamos, forzosamente, hacia la secesión

Secesión fue la palabra que nadie se atrevió a pronunciar hasta el verano de 2017. Mas cuando los políticos descubrieron el vocablo, era demasiado tarde; el mal ya estaba hecho. El camino se había recorrido sin pena; los secesionistas estuvieron a punto de ganar la batalla al hipócrita silencio oficial.
¿Hacia dónde nos lleva la hipocresía? La hipocresía de los poderes fácticos que rigen los destinos de nuestro Planeta. Porque hay hipocresía por doquier. 

Veamos un poco. Cuando Donald Trump afirma que Rusia, China y Corea del Norte constituyen las mayores amenazas para la prosperidad de los Estados Unidos y, de paso, del mundo occidental, nadie se atreve a rebatir sus imperiales argumentos; unos argumentos que encuentran su debido (o tal vez, indebido) eco en los medios de comunicación del mundo libre. Rusia representa el sempiterno peligro nuclear; China, el gigantesco rival que cuenta con una economía en pleno auge, con unos recursos financieros que hacen palidecer a los banqueros de Wall Street. Oficialmente, tanto Moscú como Pekín figuran (o figuraban) en la lista de socios estratégicos de Washington. Pero el actual inquilino de la Casa Blanca optó por modificar las reglas del juego; los amigos de ayer se han convertido en los competidores de mañana… 

Cuando Vladímir Putin revela, en vísperas de las elecciones presidenciales rusas, la existencia de un invencible y moderno arsenal bélico compuesto por los misiles Sarmat, que no pueden ser interceptados por el Escudo Antimisiles desplegado por Washington o por el cohete Kinjál, capaz de derribar cazabombarderos enemigos, los mismos medios de comunicación se rebelan contra la osadía del oso ruso. Estiman que la política del Kremlin es militarista, belicista, autoritaria y destructiva. Qué duda cabe, pues, que el Presidente ruso es el artífice y promotor de la nueva guerra fría.  

¿Guerra fría? Lo más probable es que esta guerra, la Tercera Guerra Mundial, haya empezado el 11 de septiembre de 2001, con los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York. En realidad, el conflicto larvado dio comienzo en la última década del siglo XX, cuando un ejército de iluminados mercenarios, capitaneado por el millonario saudí Osama Bin Laden y financiado por la CIA estadounidense y su homóloga saudí, precipitó la retirada de las tropas rusas acantonadas en Afganistán. Un auténtico éxito estratégico. O tal vez, el mero preludio a la penetración de elementos yihadistas en las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso, metas ocultas del islamismo radical. 

Rusia trató de defenderse. Pero cuando el Kremlin optó por combatir la amenaza islamista en el territorio de la antigua URSS, los políticos occidentales, que aplaudieron la victoria de Al Qaeda en Afganistán, pusieron el grito en el cielo: el Kremlin no respeta los derechos humanos. Fue ésta la cantinela de Washington y de Bruselas. Pero, ¿de qué derechos estamos hablando, señores? Al Qaeda y su abominable Frankenstein, el Estado Islámico, han dado sobradas muestras de desconocer o ignorar este bárbaro concepto: derechos humanos.

¿Y la tan cacareada guerra fría? La guerra larvada, ese conflicto cuyos comienzos se remontan a la década de los 90 del pasado siglo, se ha tornado en un siniestro enfrentamiento armado entre mercenarios de Rusia, Norteamérica, Irán, Arabia Saudita y Qatar. El escenario es Siria, uno de los pocos países cuyo régimen autoritario no claudicó ante la ofensiva de las llamadas primaveras árabes, proyecto que brotó en Washington durante el mandato de George W. Bush, pero que llegó a materializarse durante la presidencia del pacifista Barack Obama. 

En efecto, ante la imposibilidad de desencadenar una nueva guerra mundial tradicional – el potencial bélico de las dos superpotencias lo impide – los nuevos protagonistas de la farsa llamada globalización utilizan el exiguo territorio sirio para simular un más que desaconsejable enfrentamiento global. La geopolítica tiene sus razones ocultas, fácilmente disimulables con las lacrimógenas imágenes de la catástrofe humanitaria. 

Mas la guerra de Siria, disimulada durante siete años por el eufemismo conflicto interno, no es más que un preludio; otro preludio. El preludio de la re esclavización social e intelectual del planeta Tierra. Una campaña que empezó en 2008, utilizando la tapadera de la… crisis económica. Otro mero pretexto… 

¿La guerra? Recuerdo los diálogos de la Gran Ilusión, la admirable película de Jean Renoir (1937) Esta será la última guerra, mi capitán.  ¿La última? ¡Vamos, hombre…!

domingo, 20 de agosto de 2017

Justificada ira


Justificada ira, de quienes ven en los atentados de Barcelona y Cambrils el reflejo del enfrentamiento entre el Bien y el Mal, la civilización y la barbarie, la tolerancia y la negación, véase la destrucción del otro

Justificada ira, de quienes defienden los valores de la sociedad democrática, rechazan el oscurantismo de estructuras feudales que alimentan el odio, fomentan el radicalismo, financian las redes terroristas.
Justificada ira. Ira contra el enemigo que golpea; contra la amenaza invisible que se está adueñando del alma de nuestra sociedad. De la amenaza verde: el Islam…

Ira contra un enemigo fabricado, allá por los años 90 del pasado siglo, por quienes decidieron poner fin al enfrentamiento ideológico Este-Oeste, por quienes firmaron, tal vez precipitadamente, el acta de defunción del imperio soviético. 

El nuevo enemigo, el Islam, se manifestó por vez primera el 11 de septiembre de 2001. ¿Islam o Islam radical? ¿Musulmanes o árabes violentos? ¿Terroristas descerebrados o disciplinados combatientes de un ejército planetario, liderado por un carismático caudillo: Osama bin Laden?
Desde el verano de 1991, fecha en la que los politólogos estadounidenses fabricaron la amenaza verde, el mundo se divide en dos bandos: el Bien, encarnado por los valores de Occidente y el Mal, sumido en el nebuloso universo del terrorismo. (Aquí falta, probablemente, la palabra clave: islámico. ¿No le parece, estimado lector?)

El Bien, víctima de las constantes agresiones perpetradas por el Mal, se defiende con sus predilectas herramientas: la Ley y el Orden.

¿Se defiende? Esta es la cuestión. Las valoraciones del “establishment” del primer mundo, de los países industrializados, carecen del indispensable rigor científico. ¿Cómo y por qué surge el radicalismo islámico? ¿Dónde hallamos las raíces del mal? ¿A quién le beneficia en enfrentamiento entre Islam y Occidente?  Y, por ende, ¿quién financia el gigantesco entramado terrorista? Occidente, que parecía haberse sumado a la guerra total contra el terrorismo declarada en 2001 por el entonces presidente Bush, se ha caracterizado por su dejadez, por el laxismo.

Recuerdo que a finales de la década de los 80, al regresar de una larga estancia en Oriente Medio, detecté indicios de una incipiente actividad islamista en los enclaves españoles del Norte de África: Ceuta y Melilla. Se me ocurrió sugerir a los medios de comunicación madrileños la elaboración de un informe periodístico sobre el fenómeno, que había presenciado los años anteriores en otras latitudes. Tropecé, sin embargo, con la negativa de quienes evaluaban el interés informativo de las noticias.

Unos años más tarde, en 1997, me llamó la atención la publicación, en Francia, de un ensayo titulado Islamisme et États-Unis – une alliance contre l’Europe, cruel y fidedigna radiografía de la implantación de movimientos y células de corte islamista en el Viejo Continente. España figuraba, ya en aquel entonces, en la lista de países afligidos por el mal. Los servicios de inteligencia galos (¡y españoles!) habían detectado estructuras radicales en Andalucía, Valencia, Cataluña y Aragón; unas estructuras integradas por marroquíes y argelinos, financiadas con… dinero saudí. Los políticos madrileños no desconocían los hechos. Pero el lugar de estrechar la vigilancia, algunos optaron por imaginar una aberrante Alianza de Civilizaciones, integrada por europeos buenistas y musulmanes… buenos. Los resultados son harto conocidos.

Si bien la amenaza verde es una invención de origen transatlántico, la materialización del proyecto se debe, ante todo, al wahabismo saudí. Los príncipes del oro negro participaron activamente a la creación de Al Qaeda, instrumento ideado para facilitar la expulsión de los herejes rusos de Afganistán. Más la liberación (¿liberación?) de la tierra musulmana iba a ser sólo una primera etapa del largo caminar ideado por los radicales islámicos. Siguieron las repúblicas ex soviéticas de Asia, donde los comandos de Al Qaeda tropezaron con el rigor del ejército ruso. En este caso concreto, Occidente censuró la violencia de Moscú. Chechenia, Abjasia y Daguestán quedaban muy lejos.

También se hizo caso omiso de la presencia de fondos saudíes en estos conflictos. Al igual que durante la guerra de Bosnia, donde la teocracia del país de las dunas logró adueñarse temporalmente de las estructuras administrativas del nuevo Estado.

Durante más de dos décadas (hay quien estima que la penetración saudí dio comienzo a mediados de los años 60 del pasado siglo) Occidente ha sido incapaz de plantar cara al poderoso aliado saudí. Los intereses económicos privan…
 
Hoy en día, las cadenas de televisión religiosas han invadido el mundo musulmán. La cultura islamista se ha generalizado. En Argelia, Marruecos, Túnez, Libia, Egipto o Mauritania, los jóvenes padecen el virus del adoctrinamiento radical. Las democracias occidentales repiten los cacareados slogans anti islamistas. Las fuerzas de seguridad cantan victoria tras el desmantelamiento de las células activas o durmientes. Pero nadie se atreve a extirpar las raíces del Mal.

¿Laxismo? ¿Dejadez? ¿Cobardía? Justificada ira. Y malos, pésimos augurios para las instituciones democráticas.