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viernes, 4 de noviembre de 2022

Turquía: dos décadas de gobierno islamista

 

A veces, la inmediatez informativa nos obliga a relegar a un segundo, véase tercer plano, el análisis minucioso que permite descubrir el trasfondo de las noticias. Guerras, bombardeos, crisis alimentarias, sanciones económicas, amenazas inflacionistas, catástrofes naturales y atentados terroristas ocupan las primeras planas de los periódicos. Las televisiones y las redes sociales, lejos de mejorar la comprensión de los acontecimientos, sirven para la mera banalización de los hechos.

¿Adquirió el islamismo cartas de naturaleza en el umbral del siglo XXI, como afirman algunos comentaristas radiofónicos? ¿Es el comunismo un proyecto ideado por una letrada ibérica que se viste de Chanel? ¿Es la política de cancelación un descubrimiento de nuestra era?

Resulta sumamente difícil, cuando no, imposible, analizar la trayectoria política del islamismo turco sin toparnos con un sinfín de adjetivos y estereotipos, muy a menudo, inútiles, que dificultan la percepción de la realidad. De hecho, ¿cuál sería el posible balance de las dos décadas de gobierno islámico en el país musulmán más moderno de la cuenca mediterránea?

Trato de hacer memoria. El 3 de noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación política de corte religioso se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en Turquía, el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, envió un contundente mensaje a sus aliados europeos: Míster Erdogan es un islamista moderado; hay que agilizar el ingreso de Turquía en la Unión Europea.

Recep Tayyip Erdogan, militante islamista de la primera hora, que llegó a desempeñar el cargo de alcalde de Estambul, había sido inhabilitado a perpetuidad por la justicia de su país para desempeñar cargos públicos y políticos por incitación al odio sobre la base de diferencias religiosas. La condena fue suspendida en 2003, después de la formación del primer Gobierno de AKP.     

Pero la Casa Blanca veía en el nuevo líder turco - islamista moderado, liberal en lo económico y democráticamente electo – un modelo exportable al resto del mundo árabe-musulmán, sobre todo en el contexto de la expansión del radicalismo encarnado por el Estado Islámico o la aparición de un fenómeno ilusorio: la primavera árabe.

Tras el inesperado pistoletazo washingtoniano, asistimos a un notable incremento de la cooperación económica, cultural y militar de Turquía con los países pro occidentales de la región: inauguración de una amplia red de centros culturales, oficinas de intereses comerciales – tanto oficiales como privadas – organización de maniobras militares conjuntas con las fuerzas aéreas de Israel y Jordania.

Norteamérica parecía dispuesta a olvidar las carencias denunciadas por sus socios occidentales: violencia terrorista, atentados que se remontan a la época de los Gobiernos laicos, situación precaria de los derechos humanos, habitual caballo de batalla de los gobiernos europeos, problema kurdo. La inacción de Washington sólo sirvió para que la situación se perpetúe. 

La percepción de los europeos parecía completamente diferente. Algunos politólogos recordaban un detalle del programa político del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contemplaba: la remusulmanización de Turquía, así como la islamización de la diáspora, que conllevan a la erosión de las estructuras del Estado laico creado por Mustafá Kemal Atatürk.  

Pero la preocupación fundamental de los dignatarios europeos poco tenía que ver, al menos, aparentemente, con esos aspectos culturales. Interesaba más el déficit de sus balanzas comerciales con Turquía, que hubiesen experimentado un incremento de 400 por ciento en caso de la integración de Ankara en el club de Bruselas.

Las diferencias culturales se manifiestan a la hora de negociar los acuerdos. Ante la negativa de Erdogan de firmar el reconocimiento de Chipre, país dividido tras la invasión turca de 1974, el ministro de asuntos exteriores de Luxemburgo no dudó en dirigirse a los negociadores de Ankara con las poco diplomáticas palabras: aquí, en Europa, no nos comportamos como vendedores de alfombras. Una ofensa que Erdogan no perdonó. Las conversaciones con Bruselas siguen congeladas.

El distanciamiento de Ankara durante la invasión de Irak causó un profundo malestar en Washington. Los inquilinos de la Casa Blanca – tanto Bush como Obama – no comprendieron por qué un aliado de los Estados Unidos se niega a participar en un conflicto que les opone a otro Estado musulmán. Sin embargo, el Corán lo explica claramente. 

Tras la elección de Barack Obama, la propuesta turco-brasileña para reencauzar el programa nuclear iraní fue muy mal acogida en Washington. Si bien el distanciamiento entre las dos capitales comenzó en 2013 a raíz del conflicto iraquí, el malestar se acentuó durante el verano de 2016 con lo que Occidente suele llamar la deriva autoritaria del gobierno turco, pero que Erdogan presenta como una reacción contra conspiraciones judeo-occidentales durante la intentona golpista del ejército. El mandatario turco acusó a los servicios secretos occidentales de haber potenciado (o silenciado) la trama golpista, revelada en el último momento por… ¡los agentes de la KGB destinados en Ankara!

Los roces con Washington se fueron acentuando durante la intervención en Siria, en la que EE UU y Turquía perseguían objetivos contrapuestos.

La ruptura de las relaciones con Israel y el distanciamiento de Europa Occidental favorecieron el comenzó de una nueva era en las relaciones con Rusia. Satanizada por Occidente, la alianza turco-rusa facilitó la materialización de un viejo proyecto de la diplomacia de Ankara: la conversión de Turquía en una potencia regional respetable y respetada, capaz de moderar en los conflictos entre vecinos. La actuación de Ankara en el caso de Ucrania pone de manifiesto la brillantez de su diplomacia.

El neo-otomanismo, doctrina cuyos pormenores fueron revelados en los últimos meses, contempla la recuperación de los referentes históricos del Imperio Otomano: el Mediterráneo, la región del Cáucaso, Afganistán, la región del Golfo Pérsico, donde Turquía cuenta con instalaciones militares y navales, el Cuerno de África.

En resumidas cuentas: una visión del mundo que podría provocar los celos de otro político que sueña con recuperar la grandeza de su imperio desvanecido: el ruso Vladímir Putin.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Afganistán: el Gobierno del 11- S

 

La suerte está echada; la plana mayor del emirato islámico afgano ha decidido inaugurar en nuevo Gobierno provisional de Kabul a finales de esta semana, más concretamente, el próximo día 11 de septiembre, fecha en la que se conmemora en vigésimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. La alusión a los héroes y mártires del 11 – S es patente. Los taliban pretenden retomar el hilo de la historia un día señalado, rindiendo homenaje a quienes hicieron temblar los cimientos de la civilización occidental, humillando al prepotente Imperio ateo que trató poner de rodillas a los valedores del Islam puro y duro, ideado por Sayyd Qutb, Hasan al Banna u Osama Bin Laden.   

¿Simple casualidad? No, en absoluto. Maktub; todo estaba escrito. Los tratados de los padres del islamismo moderno, los premonitorios mensajes del líder de Al Qaeda, vaticinaban la victoria del Dar al Islam – las tierras del Islam – sobre el Dar el Harb – la morada de la Guerra – es decir, la cristiandad. Los mensajes enviados al mundo occidental después del 11 – S eran inequívocos: volveremos para derrotaros. El Presidente Bush no dudó en declarar la guerra permanente a los islamistas en 2001. Mas se trataba de un error de cálculo que muchos politólogos occidentales criticaron. Al confundir el mundo islámico con el terrorismo, Bush no hacía más que ensanchar la brecha entre Oriente y Occidente. El seguidismo de los gobernantes del primer mundo fue la gota que hizo colmar el vaso.

El escaso, por no decir, nulo conocimiento del Islam en los países occidentales sólo sirvió para acentuar las diferencias. Los trasnochados proyectos de algunos politólogos occidentales, partidarios de exportar la democracia a los países musulmanes, tropezaron con el contundente rechazo de sus interlocutores islámicos. ¿Democracia? Pero, ¿qué modelo de democracia?

En el caso concreto de Afganistán, cabe suponer que el recién creado Gabinete no estará en condiciones de cumplir sus promesas de encaminarse hacia el modernismo, el respeto de los derechos humanos, la aceptación de la mujer, el reconocimiento de los derechos de las distintas etnias y corrientes religiosas. Lo más probable es que trate de emular el sistema de gobernanza de los años 90, cuando los talibán y Al Qaeda sumergieron a la sociedad afgana – emancipada desde mediados del siglo XX -   en el más negro período de oscurantismo de su historia[AML1] .

De hecho, en actual Gabinete está integrado por veteranos de la época del régimen de 1996 – 2001 o por herederos de los sanguinarios señores de la guerra.

El Gobierno del 11 – S está presidido por el mulá Muhammad Hassan Akhund, que ostenta el cargo de primer ministro. Su mano derecha es el mulá Abdul Ghani Baradar, que ocupa la función de viceprimer ministro.  Baradar, cofundador original de los talibanes en 1994 y jefe de la oficina política de Doha, ocupó varios cargos gubernamentales entre 1996 y 2001.

El Ministro del Interior en funciones, Sirajuddin Haqqani, figura en la lisita de los terroristas más buscados el FBI.

El Ministro de Defensa en funciones, Mohammad Yaqoob, es el hijo del fallecido mulá Omar, también fundador del movimiento talibán.

Los actuales dueños de Afganistán buscan el reconocimiento internacional. De momento sólo hay cuatro países islámicos dispuestos a reconocer el Gobierno de Kabul.

Los Estados Unidos, interesados en borrar de nuestra memoria los errores, las mentiras y la mala gestión de la reciente crisis, atribuible a la torpeza del presidente Biden, tratan de ofrecernos una imagen amable del nuevo Gobierno afgano.

Si la memoria no nos falla, es lo que trató de hacer en 2002 George W. Bush, cuando se precipitó en presentarnos al vencedor de las elecciones generales turcas, Tayyep Recep Erdogan, como un islamista moderado que convenía acoger sin dilación en el seno de la UE.

Lo que pasó después…

 [AML1]


miércoles, 23 de marzo de 2016

Estamos en guerra...


Se veía venir… Fue esta mi primera reacción al descubrir las horroríficas escenas de los atentados de Bruselas. Sí, cabía esperar una reacción violenta por parte de los radicales islámicos, de las famosas células durmientes de Al Qaeda, tras la detención en la capital belga de Salah Abdeslam, el cerebro de la matanza de París. Se veía venir; los servicios de inteligencia occidentales conocían los planes de los terroristas. Sin embargo, optaron por actuar siguiendo la rajatabla las sacrosantas normas de conducta del sistema democrático. Mas olvidando un detalle: estamos en guerra. Una guerra larvada, un conflicto no declarado que amenaza a todos los pobladores del Viejo Continente.

Me preguntaba un amigo periodista cuál de los dos movimientos radicales musulmanes – Al Qaeda o el Estado Islámico – resultaba, a mi juicio, más pernicioso para la seguridad mundial. Mi respuesta le sorprendió: Pero si estamos hablando de dos engendros gemelos. Tienen los mismos padres y, si te descuidas, los mismos padrinos.

¿Los mismos padres? Conviene recordar que Occidente tardó en denunciar la crueldad de los combatientes del Estado Islámico, los métodos inhumanos empleados por esos nuevos defensores de la fe. Los gobernantes del Primer Mundo empezaron a preocuparse por la suerte de las víctimas de las huestes del Islam cuando el Estado Islámico se adueñó de los yacimientos petrolíferos de Siria y de Irak. Por vez primera, en las redacciones de los medios occidentales aparecieron los vocablos yazidíes, alevíes, kurdos. Poblaciones en peligro, según las cajas de resonancia de Washington o de Bruselas, que habían permanecido silenciosas durante los enfrentamientos de Siria, donde la multicéfala hidra trataba de derrocar el régimen de Bashar el Assad.

El Estado Islámico y Al Qaeda combatían en el mismo bando. Sus valedores eran las monarquías supuestamente pro occidentales de Qatar y Arabia Saudita, aliadas de Washington e integrantes de la coalición internacional antiterrorista liderada por el Presidente Barack Obama.

En ambos casos, se trata de agrupaciones que persiguen el mismo objetivo: levantar un Califato regido por la Sharia, la ley islámica. Algo que, de paso sea dicho, Osama Bin Laden había conseguido en el Afganistán de los talibanes. Huelga decir que la eliminación física del multimillonario saudí no obstaculizó el desarrollo del proyecto. Al contrario, su muerte aceleró el proceso de radicalización.

Trato de hacer memoria. En noviembre de 2001, la plana mayor de Al Qaeda, cercada por las tropas de la alianza liderada por los Estados Unidos, se refugió en las montañas del Este de Paquistán. Pocos días antes del cese de las hostilidades, Bin Laden lanzó una advertencia a los cruzados y los judíos, es decir, a los cristianos y los sionistas. La tempestad de los aviones no se calmará, si Alá quiere, mientras (Estados Unidos e Inglaterra) no cesen su apoyo a los judíos en Palestina, no levanten el embargo a Irak y no abandonen la Península Arábiga… Si no lo hacen, la tierra se incendiará a sus pies.

Sabido es que el operativo militar Libertad Duradera, ideado y capitaneado por los estrategas del Pentágono, no logró acabar con la presencia de los talibánes en tierras afganas o paquistaníes. Sin bien los aliados occidentales ganaron los combates de primera hora, la nutrida fuerza multinacional estacionada en suelo afgano fue incapaz de erradicar el islamismo militante. Ello se debe ante todo a que los políticos del primer mundo no llegaron a analizar el fondo de la cuestión. Para muchos, Al Qaeda no dejaba de ser un fenómeno aislado, un mero accidente histórico. Sin embargo, Bin Laden había avisado: volveremos dentro de diez años.

A veces, el candor de los políticos nos conmueve. Cabe preguntarse si sus actos obedecen a la ingenuidad, pureza, honradez de esos personajes públicos, o bien a una mala fe disfrazada de una delgadísima capa de buenismo. Lo cierto es que la trayectoria de esos mal llamados gobernantes se caracteriza por el zigzagueo y el titubeo continuos, por el deseo de complacer a seguidores y detractores. Ello genera situaciones rocambolescas, que recuerdan los libretos del género chico.

Conviene recordar que en 1992, tras el desmoronamiento del bloque socialista, Norteamérica y la OTAN buscaban un enemigo. Un político español no dudó en ponerle nombre: el enemigo es el Islam. Siguió un largo tiempo de silencio, de aparente olvido. Las guerras en tierra del Islam no eran, no podían ni debían ser nuestras guerras. ¿Simple error de cálculo?

Cabe preguntarse, pues: ¿a qué se debe esta anacrónica postura de los gobernantes del Primer Mundo? El tardío despertar de la clase política, su repentino afán el declarar la guerra al Estado Islámico presenta malos presagios para las relaciones con el mundo árabe-musulmán. Si bien es cierto que la mayoría de los musulmanes no se identifica con los salvajes procedimientos de los yihadistas del EI o la farragosa retórica de Al Qaeda, también es verdad que los argumentos empleados por Occidente – libertad de expresión, derecho a criticar, véase ofender al Islam – no cuentan con muchos seguidores en el mundo musulmán.

Es obvio que George W. Bush no ganó la guerra contra el terrorismo. Lo único que logró el expresidente norteamericano fue un incremento de la corriente anti islámica en Estados Unidos y algunos países de Europa occidental. Un buen caldo de cultivo para la incomprensión y el odio. Los atentados del 11-M de Madrid (2004) y/o las bombas que estallaron durante la maratón de Boston (2013) sirvieron para alimentar la animadversión de una opinión pública desconcertada. La matanza perpetrada en la redacción del semanario parisino Charlie Hebdo (2014) fue la detonante para la nueva ofensiva, esta vez, generalizada, contra el radicalismo islámico. ¿Contra el radicalismo o contra algunos radicales?

La guerra global desencadenada por el Presidente Bush en 2001, se cobró su infinidad de víctimas, tanto en el mundo islámico como en Occidente. Sin hablar, claro está, de los daños colaterales, las millones de personas sospechosas de connivencia con el enemigo (¡islámico!), que figuran en las listas negras elaboradas por los organismos de seguridad estadounidenses y/o europeos. Sin embargo, el ideario de Al Qaeda se fue propagando a la casi totalidad de los países de Oriente Medio y el Magreb. Brotes islamistas surgieron en el África subsahariana. Su presencia generó un profundo malestar en las cancillerías occidentales. El enemigo se estaba acercado a pasos agigantados. No es nuestro propósito analizar en estas líneas la espectacular expansión de los movimientos islámicos en Asia y África. Este fenómeno merece ser estudiado con mayor minuciosidad.

Letanía por una guerra anunciada. Sí, estamos en guerra. Esto se veía venir. Las células durmientes han despertado. Ello presagia un porvenir sombrío para el Viejo Continente. ¿Sólo para la Vieja Europa?

viernes, 23 de octubre de 2015

Disiente y pagarás


Un fantasma recorre Europa; es el fantasma de la corrupción. Pero, ¿son corruptos los europeos? O, mejor dicho, ¿de verdad son tan corruptos como afirman algunos? Lo cierto es que desde hace más de una década, los escándalos financieros, las denuncias por irregularidades económicas y blanqueo de dinero de las temibles y prolíficas mafias empañan el horizonte del hasta ahora honrado, cuando no intachable Viejo Continente. 

De hecho, Europa se enorgullecía de haber promovido una serie de conceptos éticos, de haber ideado y llevado a la práctica normas de buena conducta empresariales o de convivencia social. No, el Viejo Continente no era, no pretendía ser, el jardín del Edén. Sin embargo, el abanico de las ventajas sociales logradas por los pobladores de la mayoría de los Estados que conforman la Unión Europea hacía palidecer a la clase política de otras latitudes. Norteamericanos, canadienses y asiáticos miraban con recelo hacia el continente que había regido los destinos del planeta. Mas la Europa de la segunda mitad del siglo XX poco tenía que ver con aquél conglomerado de imperios autoritarios. La cuna de la democracia y de los derechos humanos, quebrada por dos contiendas mundiales, fracturada por el bipolarismo impuesto por las superpotencias nucleares, procuraba levantar cabeza. Lo consiguió merced a los primeros tratados de cooperación firmados en Roma, París, Bonn y Bruselas. La Comunidad Europea del Carbón y el Acero, precursora del Mercado Común, abrió la vía a la integración económica del Viejo Continente. Pocos recuerdan hoy en día la época en la que el concepto de Europa Unida era sinónimo de mito, de mera utopía. Pero qué duda cabe de que la unión hace la fuerza.

La fuerza, la cohesión de los europeos, empezó a preocupar, allá por los años 70 del siglo pasado, a sus amigos y aliados de allende. Una Europa fuerte sí, pero una Europa protagonista, no. Los poderes fácticos no veían con buenos ojos la aparición de un nuevo polo de poder. Con el paso del tiempo, surgieron los primeros roces. Las discordancias se acentuaron a partir de 2001, cuando las principales potencias europeas  - Alemania y Francia – optaron por no convertirse en aliados incondicionales del Presidente Bush en su guerra total contra el terrorismo. Una cruzada que algunos asimilaron a un enfrentamiento con el Islam, con un nuevo enemigo, con un fantasma fabricado por quienes necesitaban a toda costa sustituir los  peligros rojo y amarillo, por la hidra verde. Mas el Viejo Continente tardó en reaccionar; hicieron falta los ataques directos – Copenhague, París - para hacerse a la idea de que también los europeos estaban en guerra. No quedaba más remedio que seguir a Washington en su ineficaz combate contra el yihadismo.  

Curiosamente, la otra guerra que el gigante transatlántico quería ganar era la de Rusia, a través de una Ucrania interpuesta. Pero las cosas se torcieron cuando el Kremlin decidió contrarrestar el golpe. 

Las sanciones impuestas a Rusia contaron, desde el primer momento, con el apoyo de la Unión Europea. Un apoyo algo timorato, teniendo en cuenta los variopintos intereses económicos de los 28, su dependencia de los suministros energéticos rusos. Pero cuando la potente locomotora alemana optó por distanciarse progresivamente de la postura intransigente de Washington, estallaron los escándalos. La Deutsche Bank, principal instituto financiero germano, fue acusada por el Departamento de Justicia estadounidense de blanquear de dinero de oligarcas rusos allegados a Vladimir Putin, cuyos nombres figuran en las listas negras elaboradas por Washington. 

Pocas semanas después, el FBI lanzaba a su vez un ataque contra la FIFA. La campaña pretendía acusar a la plana mayor de la Federación Internacional de Futbol de haber empleado métodos poco transparentes para la organización de los campeonatos internacionales de Qatar (2018) y… ¡Moscú! (2022).

Pero el golpe de gracia contra el gigante europeo llegó en el mes de septiembre, cuando la Agencia Norteamericana para la Protección del Medio Ambiente desveló la existencia de programas que manipulan los niveles de contaminación en los motores de 11 millones de automóviles (de fabricación alemana) Volkswagen. Cierto es que los americanos habían descubierto el fallo hace más de cuatro años. Pero al detectarse los primeros síntomas de recuperación de la economía germana, la perspectiva de unas sanciones económicas de 18.000 millones de dólares sólo en los Estados Unidos nos obliga a recapacitar.

Aparentemente, la nueva política de cooperación de los Estados Unidos podría resumirse en dos palabras: disiente y pagaras.