Mostrando entradas con la etiqueta Estado Islámico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estado Islámico. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de diciembre de 2025

"Nuestros bastardos"

 

Las cámaras de la CNN se dedican a hacer un discreto barrido del Despacho Oval de la Casa Blanca. Detectan – en un rincón – a los protagonistas de la noticia del día: el presidente Trump y el líder islamista moderado sirio Abdulkadir al-Golani, más conocido últimamente como Ahmed Sharaa, exjefe del Estado Islámico en el norte del país, región controlada por el ejército estadounidense, que alberga importantes yacimientos de petróleo.

Estás muy elegante, afirma el Coloso (apodo de Trump empleado ad nauseam por los periódicos de Europa oriental). Me encanta tu traje: ¿procede de Saville Row? pregunta, al retirar discretamente un par de pelos de la chaqueta de su huésped.

No, está confeccionado en mi país. Tenemos muy buenos sastres en Damasco, responde el dictador (ay, perdón: el nuevo presidente interino del Estado Sirio).  

Por cierto; tendríamos que hablar de… Las cámaras de televisión se alejan.

Nadie se preguntó qué hacía el exjefe del Estado Islámico en la Casa Blanca. Hace unos meses, cuando el presidente Bashar el Assad tuvo que abandonar Siria, el nombre de Abdulkadir al-Golani figuraba aun en la lista negra del FBI y de un sinfín de servicios de inteligencia occidentales. Cuando el nuevo hombre fuerte de Damasco anunció que tenía intención de visitar las capitales occidentales, los gobernantes se encontraron con el dilema: ¿vamos a recibir a un terrorista fichado por nuestros servicios? La respuesta fue . El primer país que levantó la veda fue Francia. Por afinidades históricas o por la tibieza de Emmanuel Macron. Los demás europeos – tanto comunitarios como no comunitarios – siguieron. La seguridad del Viejo Continente es importante, pero cuando se trata de suministros de petróleo…

Pero, ¿qué llevó a este cambio de imagen? ¿Cómo se convierte un líder islamista sanguinario en un político moderado? Curiosamente, la respuesta procede de un diplomático estadounidense, Robert Ford, antiguo representante de Washington en Siria, quien admite haber ayudado al cambio de imagen del jefe del Estado Islámico. Ford, confiesa haber participado - junto al servicio secreto británico MI6 - en un proyecto para sacar al líder del Estado Islámico en Siria del mundo del terrorismo y llevarlo a la política.  Según Ford, en 2023, una ONG británica (excelente tapadera para el MI6,  lo invitó a colaborar en esta reconversión. Acabó reuniéndose personalmente con Golani, quien reconoció que las tácticas brutales empleadas por el Estado Islámico en Irak no sirven cuando se trata de gobernar a cuatro millones de personas. Sin embargo, el islamista jamás se disculpó por los atentados cometidos por su organización en Irak o en Siria.

Las declaraciones de Ford revelan lo que muchos analistas sospechaban: Occidente ya no elimina a los extremistas, los recicla cuando conviene a sus intereses geopolíticos. En sus palabras, ayudamos a llevarlos del mundo del terrorismo al de la política.  Lo que recuerda, extrañamente, la lógica del excpcionalismo estadounidense de los años 60 al tratar de definir las relaciones con los dictadores latinoamericanos. Sí, serán unos bastardos, pero son nuestros bastardos.

Hace unas semanas, cuando la aviación israelí bombardeó varios lugares estratégicos de Damasco, Trump lanzó una advertencia directa a Tel Aviv contra la desestabilización de Siria y su nuevo liderazgo.

Es muy importante que Israel mantenga un diálogo fuerte y verdadero con Siria, y que no ocurra nada que interfiera en la evolución de Siria hacia un Estado próspero, escribió Trump, quien impulsa un pacto de seguridad entre Israel y Siria desde que la coalición islamista de Al Sharaa derrocó, hace un año, al presidente Bashar al-Assad.

A buen entendedor…


viernes, 4 de noviembre de 2022

Turquía: dos décadas de gobierno islamista

 

A veces, la inmediatez informativa nos obliga a relegar a un segundo, véase tercer plano, el análisis minucioso que permite descubrir el trasfondo de las noticias. Guerras, bombardeos, crisis alimentarias, sanciones económicas, amenazas inflacionistas, catástrofes naturales y atentados terroristas ocupan las primeras planas de los periódicos. Las televisiones y las redes sociales, lejos de mejorar la comprensión de los acontecimientos, sirven para la mera banalización de los hechos.

¿Adquirió el islamismo cartas de naturaleza en el umbral del siglo XXI, como afirman algunos comentaristas radiofónicos? ¿Es el comunismo un proyecto ideado por una letrada ibérica que se viste de Chanel? ¿Es la política de cancelación un descubrimiento de nuestra era?

Resulta sumamente difícil, cuando no, imposible, analizar la trayectoria política del islamismo turco sin toparnos con un sinfín de adjetivos y estereotipos, muy a menudo, inútiles, que dificultan la percepción de la realidad. De hecho, ¿cuál sería el posible balance de las dos décadas de gobierno islámico en el país musulmán más moderno de la cuenca mediterránea?

Trato de hacer memoria. El 3 de noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación política de corte religioso se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en Turquía, el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, envió un contundente mensaje a sus aliados europeos: Míster Erdogan es un islamista moderado; hay que agilizar el ingreso de Turquía en la Unión Europea.

Recep Tayyip Erdogan, militante islamista de la primera hora, que llegó a desempeñar el cargo de alcalde de Estambul, había sido inhabilitado a perpetuidad por la justicia de su país para desempeñar cargos públicos y políticos por incitación al odio sobre la base de diferencias religiosas. La condena fue suspendida en 2003, después de la formación del primer Gobierno de AKP.     

Pero la Casa Blanca veía en el nuevo líder turco - islamista moderado, liberal en lo económico y democráticamente electo – un modelo exportable al resto del mundo árabe-musulmán, sobre todo en el contexto de la expansión del radicalismo encarnado por el Estado Islámico o la aparición de un fenómeno ilusorio: la primavera árabe.

Tras el inesperado pistoletazo washingtoniano, asistimos a un notable incremento de la cooperación económica, cultural y militar de Turquía con los países pro occidentales de la región: inauguración de una amplia red de centros culturales, oficinas de intereses comerciales – tanto oficiales como privadas – organización de maniobras militares conjuntas con las fuerzas aéreas de Israel y Jordania.

Norteamérica parecía dispuesta a olvidar las carencias denunciadas por sus socios occidentales: violencia terrorista, atentados que se remontan a la época de los Gobiernos laicos, situación precaria de los derechos humanos, habitual caballo de batalla de los gobiernos europeos, problema kurdo. La inacción de Washington sólo sirvió para que la situación se perpetúe. 

La percepción de los europeos parecía completamente diferente. Algunos politólogos recordaban un detalle del programa político del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contemplaba: la remusulmanización de Turquía, así como la islamización de la diáspora, que conllevan a la erosión de las estructuras del Estado laico creado por Mustafá Kemal Atatürk.  

Pero la preocupación fundamental de los dignatarios europeos poco tenía que ver, al menos, aparentemente, con esos aspectos culturales. Interesaba más el déficit de sus balanzas comerciales con Turquía, que hubiesen experimentado un incremento de 400 por ciento en caso de la integración de Ankara en el club de Bruselas.

Las diferencias culturales se manifiestan a la hora de negociar los acuerdos. Ante la negativa de Erdogan de firmar el reconocimiento de Chipre, país dividido tras la invasión turca de 1974, el ministro de asuntos exteriores de Luxemburgo no dudó en dirigirse a los negociadores de Ankara con las poco diplomáticas palabras: aquí, en Europa, no nos comportamos como vendedores de alfombras. Una ofensa que Erdogan no perdonó. Las conversaciones con Bruselas siguen congeladas.

El distanciamiento de Ankara durante la invasión de Irak causó un profundo malestar en Washington. Los inquilinos de la Casa Blanca – tanto Bush como Obama – no comprendieron por qué un aliado de los Estados Unidos se niega a participar en un conflicto que les opone a otro Estado musulmán. Sin embargo, el Corán lo explica claramente. 

Tras la elección de Barack Obama, la propuesta turco-brasileña para reencauzar el programa nuclear iraní fue muy mal acogida en Washington. Si bien el distanciamiento entre las dos capitales comenzó en 2013 a raíz del conflicto iraquí, el malestar se acentuó durante el verano de 2016 con lo que Occidente suele llamar la deriva autoritaria del gobierno turco, pero que Erdogan presenta como una reacción contra conspiraciones judeo-occidentales durante la intentona golpista del ejército. El mandatario turco acusó a los servicios secretos occidentales de haber potenciado (o silenciado) la trama golpista, revelada en el último momento por… ¡los agentes de la KGB destinados en Ankara!

Los roces con Washington se fueron acentuando durante la intervención en Siria, en la que EE UU y Turquía perseguían objetivos contrapuestos.

La ruptura de las relaciones con Israel y el distanciamiento de Europa Occidental favorecieron el comenzó de una nueva era en las relaciones con Rusia. Satanizada por Occidente, la alianza turco-rusa facilitó la materialización de un viejo proyecto de la diplomacia de Ankara: la conversión de Turquía en una potencia regional respetable y respetada, capaz de moderar en los conflictos entre vecinos. La actuación de Ankara en el caso de Ucrania pone de manifiesto la brillantez de su diplomacia.

El neo-otomanismo, doctrina cuyos pormenores fueron revelados en los últimos meses, contempla la recuperación de los referentes históricos del Imperio Otomano: el Mediterráneo, la región del Cáucaso, Afganistán, la región del Golfo Pérsico, donde Turquía cuenta con instalaciones militares y navales, el Cuerno de África.

En resumidas cuentas: una visión del mundo que podría provocar los celos de otro político que sueña con recuperar la grandeza de su imperio desvanecido: el ruso Vladímir Putin.

miércoles, 3 de marzo de 2021

“América ha vuelto”, pero el mundo ha cambiado

 

“¡América ha vuelto!” fue el mantra del discurso de Joe Biden en la Conferencia Internacional de Seguridad celebrada en Múnich el 19 de febrero. El presidente norteamericano aprovechó su participación en este primer evento internacional para enfatizar una clara ruptura con el cliché de “América primero” de su predecesor, marcando el regreso de los Estados Unidos a la arena internacional como socio dispuesto a cooperar con sus aliados tradicionales.

En la capital bávara, Biden hizo especial hincapié en la asociación transatlántica y el papel desempeñado en la actualidad por la OTAN, insinuando que las futuras relaciones con Rusia y China serán el caballo de batalla de la nueva Administración. Al abordar el espinoso tema de Oriente Medio, el inquilino de la Casa Blanca no dudó en señalar que a Washington le interesa reanudar el diálogo sobre el acuerdo nuclear con Teherán.

A la Administración Biden le gustaría volver al statu quo existente antes de la ruptura escenificada por Donald Trump; sus aliados europeos le presionan para hacerlo, basándose más bien en sus propios intereses económicos en la región. Olvidan, sin embargo, que la situación ha cambiado en los últimos años y que los iraníes han podido comprobar que el acuerdo nuclear sólo ha resuelto parcialmente sus problemas económicos y estratégicos. Aprovechando la retirada estadounidense, Irán abandonó gradualmente los compromisos asumidos a través de este instrumento jurídico vinculante. Por mucho que a la Administración demócrata le gustaría resucitar el legado de Barack Obama, la condición sine qua non para el buen funcionamiento del tratado sería el cumplimiento estricto por parte de Irán de todas las disposiciones de dicho acuerdo que, de paso sea dicho, debería incluir nuevas cláusulas capaces de reforzar el marco jurídico de los compromisos contraídos por ambas partes. Queda por ver si la hasta ahora utópica ofensiva de apaciguamiento de Joe Biden llegará a dar frutos.  

Los primeros pasos de la administración Biden en el Medio Oriente marcan cambios significativos en la política exterior de Washington.  Los aliados clave a los que Donald Trump había dado prácticamente libertad de acción en la zona fueron tratados con inesperada frialdad.

El 17 de febrero, el presidente Biden llamó por primera vez al jefe del gobierno israelí, Benjamín Netanyahu. Sin bien el escueto comunicado de la Casa Blanca reza: El presidente Joseph R. Biden Jr. mantuvo hoy una conversación telefónica con el primer ministro Netanyahu, la versión facilitada por la Oficina de Prensa del Gobierno israelí no duda en incluir los términos diálogo cordial y temas de mutuo interés para los dos países.  

En realidad, el actual presidente de los Estados Unidos tiene bastantes razones para no simpatizar con el político israelí. Biden formó parte de la administración Obama, que desde un principio tuvo una relación muy compleja y complicada con Benjamin Netanyahu, como resultado de la férrea oposición del líder del Likud al acuerdo nuclear con Teherán

Pero hay más; Bibi incluso se permitió desafiar a Obama en marzo de 2015, cuando por invitación del presidente republicano de la Cámara de Representantes, John Bohner, pronunció un belicoso discurso anti iraní ante el Congreso, haciendo caso omiso de las normas protocolarias, que habrían requerido la aprobación de su embajada ante los congresistas por… la Casa Blanca. Por si fuera poco, Netanyahu también se equivocó al dudar en reconocer, durante diez días, la victoria electoral de Joe Biden en los comicios del pasado mes de noviembre.

Biden respondió con la misma moneda; dejó pasar casi un mes desde que asumió el cargo hasta que llamó a Netanyahu. Un plazo de tiempo inusualmente largo que no pasó desapercibido ni en Estados Unidos ni en Israel; Sin embargo, Washington insistió en que “no pasaba nada” puesto que Bibi fue el primer estadista de Oriente Medio contactado por el inquilino de la Casa Blanca.

El primer cambio concreto en la política norteamericana en la zona está relacionado con la pugna entre Irán, principal potencia chiita de Oriente Medio, y Arabia Saudita, baluarte del Islam sunita: la guerra en Yemen. 

A comienzos de febrero, Joe Biden anunció que retiraba el apoyo estadounidense a la intervención saudí en ese país . Conviene recordar que en 2015 los saudíes atacaron a las milicias chiítas hutíes por temor a una alianza entre estas y el régimen teocrático de Teherán. Riad considera que Yemen forma parte de su área exclusiva de intereses, por lo que los iraníes nada tienen que ver en esta región.  

Recordemos que la guerra en Yemen es una de las iniciativas del heredero de la Corona saudí, Muhammad bin Salman. Con el aval de su padre, el monarca saudita, el príncipe revolucionó la política de Riad, tanto interna como internacional. Impuso una línea de fuerza en el exterior, que los miembros de la Casa Real hubiesen preferido evitar; potenció una apertura sin precedentes en las relaciones con Israel, con el que existe una cooperación discreta para limitar la influencia de Irán en la zona y reconoció el derecho a existir del Estado Judío.  Asimismo, Muhammad bin Salman inició un amplio proceso de reformas económicas y sociales diseñado para modernizar su país, convirtiéndolo en una potencia del siglo XXI. 

Sin embargo, Bin Salman no se distanció de los métodos empleados por los regímenes autoritarios de la región: eliminó a sus rivales, obligó a los saudíes más adinerados a ceder partes importantes de su riqueza y encarceló a los activistas que apostaron ingenuamente por su ficticia política de liberalización. El mayor escándalo fue el relacionado con el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, por parte de los esbirros de Bin Salman, un asesinato que el propio príncipe ordenó. Durante el mandato de Donald Trump, la Casa Blanca “toleró” su actuación. El heredero de la Corona saudí tenía contactos directos con el primer mandatario norteamericano, gracias a su amistad con el yerno de Trump, Jared Kushner. 

La administración Biden no parece dispuesta a asumir esta relación. Tras la publicación del voluminoso informe de la CIA que lo incrimina directamente en la muerte de Khashoggi, el príncipe apeló a las monarquías árabes del Golfo exigiendoles la adopción de una postura política común frente a… los Estados Unidos.

Por último, aunque no menos importante, es el descuidado o deliberadamente olvidado proceso de paz israelo-palestino, relegado a un segundo, cuando no, tercer plano por Trump, Kushner y, por supuesto, el obstruccionista Netanyahu.

El presidente Clinton, valedor de la iniciativa, no logró persuadir a israelíes y palestinos a llevar a la práctica los Acuerdos de Oslo. George W. Bush y los neoconservadores que lo rodeaban imaginaron que podían exportar la democracia a la región manu militari, pero solo lograron alentar el radicalismo musulmán, abonando el terreno para el surgimiento del Estado Islámico. Barack Obama presenció el período de las grandes transformaciones protagonizado por la mal llamada Primavera Árabe, que no modificó las relaciones entre las dos comunidades: israelí y palestina.

El acuerdo nuclear con Irán no sobrevivió a la era Trump, y la retirada de tropas de Irak quedó neutralizada por la inesperada aparición del Estado Islámico. En cuanto a la presidencia de Donald Trump se refiere,  su gran legado debería haber sido tan cacareado plan de paz (Acuerdo Abraham), que nació muerto. Sólo los ingenuos podrían haber imaginado que tenía alguna posibilidad de éxito, incluso si Trump se hubiera quedado otros cuatro años en la Casa Blanca.

La historia muestra que los cambios impuestos suelen acabar muy mal en Oriente, lo que no significa, sin embargo, que no deban ser alentadas y apoyadas las iniciativas que surgen naturalmente. Sin embargo, para que se produzcan nuevos cambios, es sumamente importante que la región se mantenga estable. Y aquí el papel de Estados Unidos puede ser sumamente importante, especialmente en este período en el que otros actores buscan ejercer una mayor influencia en la región. En estos momentos, cuatro potencias están contribuyendo a la inestabilidad en la zona. Se trata de Rusia, Turquía, Irán y Arabia Saudita.

Decididamente, el mundo ha cambiado, míster Biden. El mundo está cambiando…


sábado, 12 de octubre de 2019

Operación Manantial de Paz – la “traición” de Donald Trump


Donald Trump lo dijo claramente: la decisión de los antiguos inquilinos de la Casa Blanca de intervenir en Oriente Medio resultó ser la peor iniciativa de los Estados Unidos. Obviamente, el avispero meso-oriental dificulta los planes del multimillonario convertido en político o, mejor dicho, del aspirante a político obsesionado por los negocios.

A veces, las cosas se tuercen; un buen ejemplo del fracaso diplomático del clan Trump es el malogrado acuerdo de paz para Oriente Medio – el Acuerdo del Siglo – que no convenció a israelíes ni a palestinos, pese al incondicional apoyo del fiel aliado de Washington en la región: Arabia Saudita. Sin embargo, los saudíes no están en condiciones de imponer su voluntad a las demás naciones de la zona: el enfrentamiento con Irán, faro chií del Islam moderno, ha ensanchado la brecha existente entre las dos grandes corrientes del mahometismo. Hoy en día, el país de los ayatolás cuenta con numerosos seguidores en el espacio árabe-musulmán. Es un hecho novedoso, que los islamólogos estadounidenses, véase occidentales, tardarán en asimilar.

Cuando los actores deciden modificar el guion de la obra sobre la marcha, el desenlace puede ser dramático. Esta fue, al parecer, la percepción de muchas Cancillerías occidentales tras el anuncio de la retirada de las tropas estadounidenses estacionadas en el noreste de Siria, cuya presencia obstaculizaba el inicio de un operativo bélico de gran envergadura por parte del Ejército turco, encargado de acabar, de una vez por todas, con el llamado terrorismo kurdo.
  
Aparentemente, el operativo contaba, desde el pasado mes de agosto, con el visto bueno de Donald Trump, quien avaló la creación de una zona tampón de 480 kilómetros de largo y 30 kilómetros de ancho entre la frontera turca y el territorio sirio situado al Este del Éufrates. Un espacio que debía convertirse en el hogar de los refugiados asentados en Turquía.

En la región, controlada hasta ahora por las milicias kurdo-sirias, se hallaban varias instalaciones militares estadounidenses. La decisión de Trump de dar por terminada la guerra contra el derrotado Estado Islámico cambió radicalmente los datos del problema. Los militares norteamericanos abandonaron precipitadamente sus bases. Lo que siguió en harto conocido.

Recordemos que los kurdos sirios que integran las Unidades de Protección Popular (YPG) lucharon junto con los norteamericanos contra los yihadistas del Estado Islámico. Más aún: las milicias de YPG se encargan de custodiar a los 12.000 combatientes islámicos hechos prisioneros durante los combates de los últimos 24 meses. Curiosamente, asimilados por las autoridades de Ankara a los guerrilleros del PKK turco, corren el riesgo de convertirse en blanco de las tropas que participan en la operación Manantial de Paz.

Ante la sorpresa, la preocupación, cuando no la ira de los congresistas estadounidenses, el Presidente optó por corregir el tiro, amenazando a su frívolo aliado Erdogan. Si Turquía decide emprender acciones que superen los límites de lo permitido, yo con mi gran e inigualable sabiduría, procederé a la destrucción total de su economía,  advirtió el inquilino de la Casa Blanca.

La respuesta del Presidente turco fue igual de contundente: Seguiremos adelante (con la acción militar) pase lo que pase y pese a quien pese. A los países de la UE les dirigió la siguiente advertencia: Si os atrevéis a criticarme, abriré las fronteras dejando pasar a los millones de refugiados  que custodiamos… Más claro…

Ante la retirada estratégica de Norteamérica, que prefiere enviar refuerzos a Arabia Saudita, permanecen en el ensangrentado tablero sirio actores cuyos intereses son muy a menudo divergentes:  la Unión Europea, Irak, Irán y Rusia.

Mientras Irán defiende la presencia de sus brigadas de muyahidines en la zona – Siria y Líbano – Rusia se ha convertido en el valedor del régimen de Bashar al Assad. Irak trata por todos los medios de proteger su frontera; la UE mantiene su habitual postura ambigua. Pero todos, absolutamente todos, acusan a Norteamérica de… ¡traición!

Traicionar a los kurdos, a los sirios, a los aliados… Olvidan, probablemente la famosa frase de John Foster Dulles, Secretario de Estado con Eisenhower, atribuida años más tarde al maquiavélico  Henry Kissinger: Estados Unidos no tiene aliados; sólo tiene intereses.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Siria: Donald Trump tira la toalla


Hemos derrotado al Estado Islámico en Siria; la única razón para estar allí bajo mi mandato presidencial. El anuncio-tuit de Donald Trump recordaba extrañamente un famoso parte de guerra emitido en Burgos el 1 de abril de 1939 por el bando nacional: …cautivo y desarmado en ejército rojo, la guerra ha terminado.  

Dirán que todos los partes de guerra se parecen y que, en este caso concreto, las comparaciones son odiosas.  Es posible, aunque al autor de estas líneas le resulta difícil comparar la paz de Burgos con el anuncio de la retirada de los efectivos estadounidenses destacados a Siria. Para los vencedores de 1939, se trataba de poner punto final a un sangriento conflicto interno; en el caso de la tan cacareada guerra global contra el terror, el inquilino de la Casa Blanca se retira antes de la ofensiva final, afirmando lacónicamente: Ya es hora de que otros luchen…

Trump sabe positivamente que la guerra no ha terminado; aún quedan en Siria y en la vecina Irak alrededor de 30.000 yihadistas dispuestos a defender los últimos reductos del califato proclamado por el Estado Islámico. Su aniquilamiento presupone un auténtico quebradero de cabeza para los aliados de Washington.

En efecto, tanto los combatientes sirios de las Unidades para la Defensa del Pueblo (YPG), integradas por miembros de la minoría kurda, como los estrategas del Tel Aviv, manifestaron su preocupación ante el precipitado anuncio del presidente de los Estados Unidos, quien no se molestó en consultar con la plana mayor del Pentágono ni informar a la OTAN sobre las consecuencias de su política tuitera.

La Alianza Atlántica  se limitó a tomar nota de la decisión de Trump, destacando – en un breve comunicado – el continuo compromiso de los Estados Unidos con la coalición internacional que lucha contra el islamismo. Conviene señalar que la OTAN no está directamente involucrada en los combates llevados a cabo en Siria; su papel se limita a la capacitación del nuevo ejército iraquí y la supervisión de los vuelos de vigilancia en la zona.

Por su parte, Turquía ha acogido con satisfacción la retirada de los efectivos estadounidenses, que entrenaban y… protegían a los kurdos. En efecto, la presencia norteamericana había obstaculizado un operativo militar turco en la región del Éufrates,  deseado por el Presidente Erdogan. Para las autoridades de Ankara, los miembros de las YPG son una simple extensión del PPK – Partido de los Trabajadores de Kurdistán – prohibido en Turquía.

Ante el peligro de una ofensiva turca, las Unidades para la Defensa del Pueblo han edificado fortificaciones en Manbij, la región fronteriza con Turquía. Pueden cavar túneles o trincheras; pueden esconderse bajo tierra si lo desean. Cuando llegue el momento, serán enterrados en las trincheras/cunetas  que cavan, manifestó el ministro de Defensa turco, Hulusi Akar, durante una visita relámpago a la base militar turco-qatarí de Doha. El propio presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, advirtió recientemente que su país podría lanzar una operación militar en Siria en cualquier momento. La respuesta de Washington fue contundente: cualquier acción militar unilateral en el noreste de Siria sería inaceptable.

El establishment militar israelí trata de minimizar el impacto de la retirada estadounidense sobre la ya de por sí compleja relación con el enemigo Bashar el Assad, pero ante todo con Irán y Rusia, elementos clave en la crisis. Si bien el Primer Ministro Netanyahu logró establecer últimamente puentes con Moscú, la presencia iraní alimenta el contagio islamista tanto en la vecina Líbano como en la Franja de Gaza, donde la influencia de Teherán está en pleno auge.

Curiosamente, nadie aludió a los yacimientos de petróleo y de gas natural situados en la zona controlada por las milicias kurdas bajo la discreta vigilancia de consejeros militares estadounidenses. Sabido es que durante la ocupación del Estado Islámico, el crudo extraído en la región solía comercializarse en el mercado negro controlado por hombres de negocios saudíes, libaneses y… turcos. Sin embargo, las concesiones pertenecían a compañías occidentales, acusadas – tal vez injustamente – de percibir royalties de esas ventas ilegales.
  
Ya es hora de que otros luchen, decía Donald Trump en su tuit, aludiendo tanto a Rusia, cuyos dirigentes aplauden la retirada estadounidense, como a los… ¿europeos? poco propensos a tomar cartas en los combates fratricidios. ¿Cobardía? ¿Debilidad? ¿Error de cálculo?

¿Y si la derrota del Estado Islámico en Siria conlleva el posible traslado del campo de batalla al… Viejo Continente?
  
El porvenir nos lo dirá.

viernes, 6 de abril de 2018

Siria: Trump se va, Putin se queda


Quiero salir. Quiero traer a nuestras tropas de vuelta a casa, empezar a reconstruir nuestra nación.  Con esas palabras expresó el presidente Trump su deseo de retirar el contingente norteamericano – unos 2.000 efectivos – desplegado en Siria para combatir las huestes del Estado Islámico.

Curiosamente, el triunfalismo de Trump nos recordó el no menos pomposo tono del último parte de la Guerra Civil española, dado el 1 de abril de 1939 en Burgos. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. LA GUERRA HA TERMINADO.  Pero las comparaciones son odiosas: Trump no es Franco. Además, la guerra de Siria aún no ha terminado. 

El Estado Islámico, principal beneficiario del conflicto, no ha sido derrotado.  Es uno de los motivos que incita a los estrategas de Washington a cuestionar la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca. Al igual que lo hicieron cuando Barack Obama y Donald Trump se decantaron por la retirada de las tropas acantonadas en Afganistán. Demasiado pronto, demasiado peligroso, advirtieron los generales. La virulencia de los ataques perpetrados por los talibanes no justifica un repliegue de tropas; tampoco lo justifica la sorprendente facilidad con la cual el Estado Islámico logra reconquistar los feudos perdidos en suelo iraquí. La retirada sería, pues, inoportuna. 

Si Trump se marcha, Norteamérica se queda, advierten los altos mandos del Pentágono. Washington no puede permitirse el lujo de entregar Siria a los rusos o… los iraníes, principales contrincantes de los Estados Unidos en la zona. El mero hecho de delegar la defensa de los intereses de Occidente en Siria a países como Arabia Saudita o los emiratos del Golfo Pérsico resucita el fantasma del operativo militar iraquí, el mayor fracaso estratégico del Washington en Oriente Medio.
  
De hecho, los propios saudíes apuestan por la presencia militar estadounidense en la región. Sabido es que los príncipes de Riad suelen jugar a dos barajas. Con una mano, contentan a Occidente; con la otra, defienden (y financian) los valores del Islam radical. El papel de gendarme de la zona resultaría sumamente incómodo, cuando no peligroso, para la dinastía wahabí.

La hipotética retirada norteamericana también presupone una amenaza para los gobernantes de Tel Aviv. El amigo Trump no nos traicionará, afirman rotundamente los halcones de Benjamín Netanyahu. Sin embargo, los estrategas hebreos recuerdan la traición a las milicias kurdas de Siria, armadas, adiestradas y… abandonadas por Washington.  Pero los israelíes no son kurdos. Unas vez más, las comparaciones son odiosas.

Conviene señalar, sin embargo, que el anuncio de Donald Trump coincide en el tiempo con la celebración en Ankara de la cumbre de los jefes de Estado de Rusia, Irán y Turquía, potencias cuyos intereses, aparentemente divergentes, se difuminan ante la presencia de un adversario común: Norteamérica. 

Ni que decir tiene que a Moscú, Teherán y Ankara les favorecería la posible retirada estadounidense. Los tres desean afianzar su protagonismo en la zona, algo que Washington trató de impedir en los cinco últimos años.

Pero este circunstancial frente común euroasiático se distingue por la diversidad de sus intereses.
El Kremlin pretende apoyar a su incondicional aliado Bashar al Assad, defender sus objetivos estratégicos en la región, es decir, las bases militares de Hmainim y Tartús y aprovechar el actual teatro de operaciones para expandir su influencia en Oriente Medio.
    
La República Islámica de Irán apuesta por reforzar la presencia chita – minoritaria - en la zona. Con el beneplácito de Damasco, los iraníes podrían tener libre acceso a Líbano, donde las milicias chiitas de Hezbollah desempeñan – ante la gran desesperación del establishment de Tel Aviv -  un importante papel político-estratégico.

Las inquietudes de Turquía se limitan, al parecer, a los focos de resistencia kurda en suelo sirio. Tanto el Partido de la Unión Democrática como las Unidades de Protección Popular se han convertido en la bestia negra de las autoridades de Ankara. Los sirios de origen kurdo cuentan (o contaban) con el apoyo de los Estados Unidos. Algo inconcebible e imperdonable para la plana mayor del país otomano, empeñada en doblegar a los kurdos de Turquía. Para lograr esta meta, la minoría étnica de Siria no debe adquirir carta de naturaleza.

Aunque la cumbre tripartita de Ankara haya finalizado sin resultados espectaculares – el comunicado final alude tímidamente a vuelta a la calma y la indispensable desescalada de la violencia – los mandatarios aprovecharon la ocasión para cargar contra sus enemigos. El iraní Hassan Rouhaní criticó la política de Washington y la injerencia sionista en Siria. También recomendó la celebración de elecciones generales, así como la retirada de las tropas turcas de la región kurda de Afrin, conquistada recientemente por el ejército de Ankara.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, hizo a su vez hincapié en la necesidad de garantizar la unidad territorial de la vecina Siria siempre y cuando los factores externos (léase, Estados Unidos) retiren su apoyo a las milicias kurdas.

Por su parte, Vladimir Putin abandonó el escenario de la cumbre frotándose las manos. Aseguró a los iraníes del apoyo de Moscú en la pugna con Washington sobre el controvertido programa nuclear persa y logró fijar fecha para la entrega de misiles S 400 a Turquía. Por si fuera poco, las autoridades de Ankara anunciaron la puesta en marcha de un proyecto por valor de 20.000 millones de dólares para la edificación de la primera central nuclear turca en la región de Mersin. La tecnología será suministrada por el gigante ruso Rosatom, lo que provocó, obviamente, la ira de Washington y poco veladas reticencias por parte de la OTAN.

Pero volvamos al rompecabezas sirio. Si prevalece la opción retirada que contempla Donald Trump, los estrategas sospechan que el vacío favorecerá los planes de Moscú y ¡del Estado Islámico! Sin embargo, si la presencia militar estadounidense se perpetúa,  resultará muy difícil renunciar al statu quo actual.

Mas pretender que los destinos de Siria dependan de la buena voluntad de Rusia, Irán o Arabia Saudita equivale a dar un paso más hacia el precipicio, hacia el caos.