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domingo, 2 de junio de 2024

La OTAN: un bombero que apaga el incendio con lanzallamas (Orban)

 

Hay inicios de que Ucrania podría perder la guerra. Los primeros en lanzar el grito de alarma fueron los expertos de la inteligencia militar británica. Al día siguiente, las portadas de algunos tabloides estadounidenses anunciaban sin miramientos: Ucrania está perdiendo la guerra. No se trataba, claro está, de una constatación objetiva; el ataque iba dirigido ante todo contra la política del inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, acérrimo defensor del infructuoso esfuerzo bélico de Volodímir Zelenski.

En las últimas semanas, el contingente ruso logró apoderarse de unos 800 kilómetros cuadrados de tierra ucrania. La ofensiva contra Járkov, el segundo centro urbano más poblado del país, parecía imparable. Kiev exigía el envío de armamento sofisticado, pero la Casa Blanca tropezaba con el obstinado rechazo del legislativo. A las maniobras dilatorias del Senado estadounidense se sumaba la irritación de algunos miembros de la UE, poco propensos a seguir financiando el conflicto.

¿Error de cálculo?  Por supuesto; los analistas occidentales, los estragas atlantistas, habían contado con una guerra relámpago, con el espectacular debilitamiento del sistema exsoviético, con la estrepitosa caída del castillo de naipes de Vladimir Putin. O, en el peor de los casos, con la internacionalización del conflicto.

En primero en aludir a la posibilidad de enviar tropas extranjeras a Ucrania fue el presidente francés, Emmanuel Macron. ¿Soldados de la OTAN en suelo ucranio?  ¡Descartado!, contestaron los portavoces de las altas esferas de la Alianza. Sin embargo, Moscú no tardó en corregir el tiro, desvelando la presencia en Ucrania de unidades de la Legión Extranjera gala. París se salió del paso alegando que se trataba de un reducido número de instructores militares. Macron no se sintió obligado a facilitar más detalles. Pero la opción de una intervención militar occidental seguía vigente.

El Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, cuyo mandato finaliza en otoño, no tardó en sugerir el posible empleo de misiles de largo alcance de fabricación estadounidense para frenar la retirada de las tropas de Kiev en las inmediaciones de Járkov. Se trataba de artefactos que podían alcanzar objetivos en territorio de Rusia, lejos de la zona de combates. Apoyaron la propuesta Joe Biden, Emmanuel Macron, Olaf Scholz y otros gobernantes europeos.

Biden se apresuró en puntualizar: se trata sólo de objetivos estratégicos o militares. Una advertencia muy parecida a la enviada hace unas semanas al Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu. El líder del Likud optó por hacer oídos sordos. ¿Y Zelenski? 

Lo cierto es que los misiles están disponibles; basta con apretar el botón.

Huelga decir que la reacción negativa más contundente procede de un país… miembro de la OTAN: Hungría. El jefe del Ejecutivo de Budapest, Viktor Orban, el amigo de Putin, según los eurócratas de Bruselas, cargó contra la iniciativa de Stoltenberg alegando: La OTAN se asemeja a un bombero que apaga un incendio con un lanzallamas…Cuanto más disparen los ucranios, más avanzarán los rusos. Existe el riesgo, y hay que tenerlo muy presente, de que si apoyamos a Ucrania en el bombardeo del territorio ruso, podemos conseguir que los rusos se acerquen a nosotros, señaló Orban en una entrevista concedida a la emisora nacional radio Kossuth.

Conviene señalar que Orban no es el único detractor de esa iniciativa. Varios países del Este europeo comparten sus inquietudes.

Los jerarcas rusos se han limitado, al menos, de momento, a… levantar la voz. Claro que en su caso se trata de amenazar con una escalada que podría desembocar en una guerra nuclear.

Rusia responderá asimétricamente a los ataques ucranianos a su territorio con armas suministradas por los Estados Unidos, señaló el presidente del Comité de Defensa de la Duma, Andrei Kartapolov, quien añadió que la decisión de Biden de permitir ataques limitados dentro de Rusia con armamento estadounidense no afectará la operación militar rusa en Ucrania.

 

Por su parte, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, Dmitry Medvedev, advirtió el pasado viernes que Rusia no fanfarronea cuando habla de la posibilidad de utilizar armas nucleares tácticas contra Ucrania y que su conflicto con Occidente podría escalar hasta convertirse en una guerra total.

Asimismo, señaló que Moscú destruiría el personal militar y el armamento occidental en Ucrania o más allá de las fronteras del país si estuvieran involucrados en ataques contra Rusia.

 

Esto, lamentablemente, no es ni intimidación ni engaño, afirmó Medvedev. Por lo tanto, nadie puede descartar hoy la transición del conflicto a su etapa final…

¡Una guerra nuclear! ¿Preparados?


domingo, 5 de mayo de 2024

Biden – Netanyahu: del apoyo incondicional al cálculo electoral

 

Muchos fueron los errores de cálculo cometidos por el octogenario inquilino de la Casa Blanca en política internacional o geopolítica planetaria. Empezando con la caótica retirada de tropas estadounidenses de Afganistán, coincidiendo con el inicio de su mandato, en enfrentamiento con el presidente Erdogan, que impuso en veto de Ankara al ingreso en la OTAN de Suecia y Finlandia, cuyo “rescate” le costó al Tesoro norteamericano la friolera de 13.500 millones de dólares, el espectacular abandono de Arabia Saudita, que sucumbió a los cantos de sirena de Pekín, sumándose  sorpresivamente al bloque de los BRICS, liderado por Rusia y China, potenciales enemigas de Washington, los roces con algunos países comunitarios, que contemplan la creación de un sistema de defensa europeo, el espaldarazo “incondicional” a las autoridades de Tel Aviv ante la incursión en la Franja de Gaza.

Se trata, qué duda cabe, de desatinos que la diplomacia estadounidense tendrá que corregir, cueste lo que cueste, para preservar el papel hegemónico de los Estados Unidos en el mundo. Lo contrario supondría una claudicación, el reconocimiento implícito del estrepitoso fracaso de la tan cacareada Pax Americana.

Durante décadas, Norteamérica nos había acostumbrado a aceptar la dicotomía democracia – soborno; todo se compra, todo se vende. Los países y sus gobernantes tienen un precio. Lo que había funcionado en algunos países suramericanos, en el “patio trasero” del Imperio, tiene que amoldarse al resto del mundo. Sin embargo…

En el caso del actual conflicto de Oriente Medio, la mal llamada guerra de Gaza, los cálculos del presidente Biden no se ajustaron a la realidad. Lo que podía haber sido una operación de castigo relámpago, dirigida contra los batallones de Hamas, se tornó en una intervención militar prolongada del Ejército judío, en un combate contra un enemigo invisible, que empleaba las viejas, aunque no obsoletas, tácticas del Vietcong. Y todo esto, coincidiendo ¡ay! con una fecha clave para el inquilino de la Casa Blanca: la celebración de las elecciones presidenciales.

Joe Biden, el aliado incondicional de Netanyahu en la lucha contra el terrorismo palestino, necesita cuidar a sus electores, a sumar votos. Pero las movilizaciones pro palestinas en los campus universitarios norteamericanos, generadas por el rechazo a los métodos empleados por las tropas israelíes en la Franja de Gaza, requieren respuestas transparentes por parte de la Administración. Pese a las recientes desavenencias con el archiconservador Netanyahu, poco propenso a aceptar las sugerencias del octogenario presidente, Biden mantiene su inquebrantable apoyo a Israel.

Eso le va a costar muchos votos, estiman los políticos demócratas, señalando que su principal contrincante, Donald Trump, adopta una postura muy prudente frente al cisma social provocado por la rebelión de los jóvenes.

Pero Biden no rectifica. Reconoce la existencia del malestar en los campus, pero no considera necesario pronunciarse al respecto. Su fiel escudero, Antony Blinken, responsable de la política exterior de Washington, cosecha un sinfín de fracasos durante sus giras por Oriente Medio. Hace unas semanas, al comprobar el aparente rechazo de Hamas a la última propuesta de tregua de Tel Aviv y Washington, Blinken contactó con el primer ministro de Qatar, Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, instándole que expulse a la plana mayor de Hamas refugiada en el emirato si el movimiento sigue negándose a aceptar las condiciones de la tregua, presentada en las conversaciones de El Cairo. Extraña manera de solucionar una crisis internacional. Lejos quedan los tiempos en los que un huraño doctor Kissinger conseguía el acercamiento entre Washington y Pekín durante… un partido de ping-pong.

Al desacierto de Antony Blinken se suma también la última amenaza de Netanyahu, quien advirtió a la plana mayor de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) que las presiones ejercidas por el gobierno de Ramallah para que la Corte Penal Internacional (CIP) emita órdenes de detención contra políticos hebreos podrían desembocar en una ofensiva de Tel Aviv que conduciría al colapso de la Autoridad Palestina. Huelga decir que en la solicitud cursada por la ANP figuran el propio Netanyahu, su ministro de defensa, Yoav Gallant y el jefe del Estado Mayor del Ejército, el teniente general Herzi Halevi. 

Por ahora, tanto Washington como Londres aseguran que no acatarán una hipotética orden de arresto del CIP contra los dignatarios hebreos, que gozarán de una inmunidad diplomática especial en sus desplazamientos en el extranjero.

De momento, la Corte Penal Internacional se limitó a emitir una segunda orden internacional de detención contra… Vladímir Putin. Ya lo decía el padrecito de todas las Rusias, José Stalin: Hay guerras justas y guerras que no lo son…


domingo, 14 de abril de 2024

¿Contención?


Octubre de 1978. Las oficinas de la censura del Ministerio de Información de Irán se habían convertido en un lugar muy concurrido. Los periodistas extranjeros enviados a cubrir los disturbios que precedieron la caída del Sha se amontonaban para escuchar los mensajes dirigidos al pueblo persa por un clérigo exiliado en Francia: el ayatolá Jomeini. Eran llamadas a la rebelión, a la lucha contra el despótico régimen de Mohamed Reza Pahlevi, el rey de los reyes, emperador de los emperadores.

¿Las grabaciones de Jomeini? No, no temeos copias. Pero podrán encontrarlas en el Bazar, aseguraba Farideh, la joven interprete licenciada en filología inglesa por la Universidad de California. ¿Mis opiniones políticas? Miren; nosotros, los expatriados, hemos probado el néctar de la democracia…

¿Y el programa político de Jomeini, señorita Farideh? ¿Qué opina el último punto del mensaje: la destrucción de la entidad sionista, del Estado de Israel?

En Irán viven muchos judíos. Pero hay poca simpatía por lo hebreo entre las clases populares, contesta la joven traductora.

En aquella época, el Estado de Israel contaba con una nutrida representación comercial y consular en Teherán. Sin embargo, la mayoría de sus empleados no se dedicaba al comercio ni a las tareas… consulares. Tras la salida del Sha y el advenimiento de la revolución islámica, el bunker judío del centro de la capital iraní se convirtió en… la representación oficial de Palestina.

El ayatola Ruhollah Musavi Jomeini regresó a Irán en febrero de 1979. Había pasado varios años exiliado en Irak y unos meses – pocos – en Francia. En enero de 1979, en plena ebullición del país persa, el entonces presidente francés, Valery Giscard d’Estaing se reunió en la isla de Guadalupe con su homólogo norteamericano, Jimmy Carter, al que le informó apresuradamente: Mon cher ami, tengo un sustituto para el Sha. Se trataba, según Giscard, de un clérigo iraní, anciano y fácilmente manipulable. Tres semanas más tarde, el futuro líder de la revolución islámica aterrizaba en Teherán.  A su llegada, el ayatolá daba a conocer las líneas maestras de su política, que podrían resumirse de la siguiente manera:

· Establecimiento de la República islámica;

· Unificación de todos los países musulmanes;

· Creación de la tercera potencia mundial, que congregue a los países       árabes productores de petróleo;

· Utilización del “oro negro” como arma para imponer el punto de vista  del Islam en todos los problemas clave para la Humanidad; y

· Destrucción del Estado de Israel.

Los sucesivos gobiernos iraníes siguieron a rajatabla el programa Jomeini.

En 2001, cuando el general Ariel Sharon asumió el cargo de Primer Ministro de Israel, las autoridades de Tel Aviv designaron a Teherán como principal enemigo del Estado judío en la región. ¿Pura paranoia? No, en absoluto. Había indicios para pensar que Teherán estaba poniendo en marcha un ambicioso programa nuclear. Los temores de Sharon se confirmaron años más tarde. Pero las sanciones económicas impuestas entre 2006 y 2010 no surtieron efecto. Con el paso del tiempo, Irán logró afianzarse como potencia militar regional y global. Sus alianzas con los movimientos radicales islámicos de Oriente Medio – Hezbollah, Hamas, hutíes yemenitas, agrupaciones islamistas armadas sirias e iraquíes – lo convierte en un temible adversario de las monarquías pro occidentales de la región y, ante todo, de la abominable entidad sionista. Desde hace más de medio siglo, los ayatolás sueñan con borrar a Israel del mapa; desde hace más de cinco lustros, el establishment castrense hebreo espera una señal para acabar con las instalaciones nucleares iraníes. Pero… hacía falta una chispa, un detonante. El ataque de la aviación israelí contra el consulado de Irán en Damasco fue el pretexto ideal. El régimen islámico se sentía con derecho para lanzar su operativo La Verdadera Promesa.

No vamos a insistir sobre los pormenores de esa espectacular operación militar, una terrorífica exhibición que ha tenido en vilo a los Estados Mayores de numerosos ejércitos. Estiman los estrategas que el forcejeo termino en un empate: Teherán dejó constancia de su capacidad de combate; Israel, la de su eficaz defensa frente a los ataques enemigos.

Al término de la pesadilla, el actual inquilino de la Casa Blanca se precipitó en informar a los ayatolás que los Estados Unidos no participarán en una posible (y muy probable) ofensiva israelí contra la república islámica, mientras que al detestable amigo Netanyahu le aseguró que el fracaso de la operación iraní suponía una victoria de Israel y de sus aliados sobre el malvado régimen de los clérigos chiitas.

Aprovecha la vitoria, le recomendó Biden al Primer Ministro hebreo, recordándole, una vez más, el mantra de las últimas horas: contención.

¿Victoria? ¿Miedo? ¿Contención? Pues bien, al menos de momento, conviene emplear el eufemismo contención. 

viernes, 16 de febrero de 2024

Putin no insulta

 

Ahora, que ya sabemos que Joe Biden es el candidato predilecto de Vladimir Putin a la presidencia de los Estados Unidos, que Donald Trump se ha convertido en un personaje demasiado conflictivo para la élite demócrata de Washington, la OTAN y… el Kremlin, no nos queda más remedio que analizar – con una inevitable mezcolanza de humor y preocupación – las nuevas normas impuestas por el actual inquilino de la Casa Blanca en las cada vez más fluctuantes e impredecibles relaciones internacionales. Puntualicemos: al escrutinio diplomático se suma, en este caso concreto, la evaluación lingüística.


La lectura o relectura de la magistral novela El Señor Presidente, del Premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias nos asombra con el párrafo en el que el líder máximo despide a gritos al medicucho Barreño: ¡Retírese, salga y… llame a ese animal!


¡Yo soy ese animal! explica el secretario del Señor Presidente de la República, acostumbrado con el discurso algo florido de su amo y señor.


En las últimas semanas, Joe Biden tildó al Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de idiota, imbécil, mala persona y otras lindezas reproducidas instantáneamente por los principales medios audiovisuales estadounidenses. Curiosamente, no hubo desmentidos de la Casa Blanca; sabido es que Biden no controla sus… lapsus. Pero, ¿se trata de meros traspiés?


En Israel, donde la opinión pública está dividida entre el rechazo a la política llevada a cabo por el líder del Likud y sus socios ultranacionalistas y el apoyo al operativo bélico de Gaza, los reiterados deslices de Biden causaron un profundo malestar.


 Biden, no puedes llamar idiota a nuestro primer ministro; sólo nosotros podemos hacerlo, rezaba el editorial del rotativo Jerusalem Post, una de las pocas publicaciones de referencia en la casi totalidad de los países de Oriente Medio. De hecho, los traspiés de Biden distan mucho de las promesas de apoyo incondicional formuladas por el propio Presidente tras el ataque del 7 de octubre, cuando Tel Aviv manifestó su intención de intervenir militarmente en la Franja de Gaza


Para los redactores del Jerusalem Post, el aliado transatlántico se había equivocado. En lugar de presionar a Israel para que detenga su ofensiva, Estados Unidos y el resto del mundo deberían aumentar la presión sobre el grupo terrorista para que libere a los rehenes y se rinda. Una opinión ésta compartida por la gran mayoría de israelíes, traumatizados por el impacto de la incursión de Hamas. Obviamente, Israel había perdido su halo de fortaleza inexpugnable.

Sin embargo, los analistas y estrategas hebreos coinciden en que Joe Biden tiene sobradas razones para estar molesto con Netanyahu. En primer lugar, porque el jefe del Ejecutivo de Tel Aviv se ha distanciado del plan de Biden para Gaza del día después, de vincular la normalización de las relaciones con Arabia Saudita a un control reforzado de la Franja otorgado a la Autoridad Nacional Palestina, lo que conduciría a la aceptación de la fórmula de dos Estados, rechazada por Israel.

Por otra parte, la insistencia de Netanyahu en mantener a sus socios de extrema derecha Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich en la coalición también debe irritar, así como la percepción de Biden de que el gobierno israelí no está tomando medidas para frenar las acciones violentas de los colonos extremistas de Cisjordania.

Finalmente, la obstinación de Netanyahu en continuar la guerra de Gaza hasta su conclusión de invadir Rafah y eliminar a los combatientes y las bases de Hamas, sin un plan claro para proporcionar una retirada segura a los más de un millón de gazatíes que se han congregado en la ciudad asediada durante la guerra, es probablemente el tema que más indujo a Biden a hablar de Netanyahu en términos… poco diplomáticos.

Pero también hay otro factor, tal vez más importante: con cada gazatí que muere en la ofensiva israelí, Biden está perdiendo apoyo político para su campaña de reelección por parte del ala progresista de su electorado. Es cierto que un operativo bélico importante en Rafah pondrá en peligro a muchos más civiles, incluso si se aplica un plan de evacuación.

Pero curiosamente, aunque Biden le guarde rencor a Netanyahu, también es cierto que el general Benny Gantz, miembro del actual Gabinete de guerra israelí, a quien algunos ven como la alternativa moderada a Netanyahu, apoya la ampliación de la ofensiva en el sur de Gaza y Rafah.

Cabe preguntarse, pues: ¿serán todos los políticos israelíes idiotas, imbéciles, a malas personas? ¿Será Donald Trump este personaje peligroso del que los norteamericanos deberían desembarazarse a la mayor brevedad?

Extrañamente, Vladímir Putin no insulta. 

viernes, 2 de febrero de 2024

Biden a Netanyahu: elimine al enemigo con gentileza y elegancia

 

El fallo de la Corte Internacional de Justicia sobre la acusación de genocidio perpetrado por Israel en la Franja de Gaza sorprendió a los inocentes y las almas caritativas. Tal vez no a quienes conocen el funcionamiento de los organismos internacionales, que se rigen siempre por la norma: una de cal y otra de arena. ¿Condenar a Israel? Sí, pero… ¿Satisfacer al régimen surafricano? Por supuesto, pero sin ofender a nadie.

La lectura del primer editorial publicado por el rotativo israelí The Jerusalem Post tras darse a conocer el fallo del Tribunal de La Haya es reveladora: Durante 35 minutos, la Corte Internacional de Justicia se dedicó a vituperar a Israel, pero luego sorprendió al Estado judío al no emitir ninguna orden concreta contra las Fuerzas de Defensa (Ejército)… No hubo dictaminen alguno sobre el cese de las hostilidades ni sobre la retirada de las FDI de Gaza.

Alivio en Israel; satisfacción en Sudáfrica. No hubo descontentos. Una de cal…

Luego surgieron las acusaciones de Tel Aviv sobre la participación de personal de las Naciones Unidas en el ataque del 7 de octubre. ¿La neutralidad de los funcionarios internacionales? Sí, pero en este caso concreto se trata de nacionales de un país en conflicto. ¿Agravante o atenuante? Simple reconocimiento de los hechos.

Durante varias semanas, partidarios y detractores de Israel y Palestina, de los árabes y los judíos, trataron de expresar sus puntos de vista, de manifestar, de imponer públicamente sus creencias. Las intervenciones – no siempre acertadas – de los poderes públicos alimentaron el confusionismo, ensancharon la brecha entre gobernantes y gobernados. ¿Quién defiende la causa justa? ¿Cómo explicar a las víctimas potenciales de un conflicto armado que se encuentran del buen o el mal lado de la Historia? ¿De verdad ello importa?

Lo cierto es que la ofensiva mediática que presenciamos en las últimas semanas nos deparó algunas sorpresas. Entre las más sonadas figura la gestión de la Fiscalía General de Suiza, que confirmó que el Presidente de Israel, Isaac Herzog, había sido objeto de varias denuncias penales durante su visita al Foro Económico Mundial en Davos. La Fiscalía no reveló detalles sobre la naturaleza o el número de las denuncias ni sobre la identidad de los querellantes. Indicó, eso sí, que se pondría en contacto con el Ministerio de Asuntos Exteriores suizo para examinar la cuestión de la inmunidad del Presidente. Una gestión que parece insólita en un país que cuenta con numerosas juristas de renombre especializados en el derecho internacional. Pero reconozcámoslo; los habitantes de este país centroeuropeo, que se enorgullece ser el laboratorio de ideas de Europa, viven en… otro mundo.

No, Isaac Herzog, abogado de profesión e hijo de un afamado militar que ostentó dos veces el cargo de Presidente del Estado de Israel, no está involucrado directamente en ningún operativo bélico que podría asociarse el genocidio. Un genocidio que Herzog negó en Davos, alegando el derecho del Estado judío a la legítima defensa.

¿Iniciar un proceso de paz? ¿Contemplar la solución de dos Estados?  Nadie en su sano juicio está dispuesto ahora a pensar en un proceso de paz, manifestó Herzog en Davos. Israel ha perdido la confianza en los procesos de paz porque ve que nuestros vecinos glorifican el terror… esta guerra no es solo entre Israel y Hamás; hay un imperio del mal que emana de Irán, señaló. Decididamente, la postura del laborista Herzog no dista mucho de la del conservador Netanyahu.

Si bien es cierto que a Isaac Herzog no se le podría perseguir por crímenes contra la Humanidad, hay que reconocer que otros destacados políticos israelíes sí fueron involucrados en actos de terrorismo. Se trata de Menájem Begin, antiguo primer ministro de Israel que compartió el Premio Nobel de la Paz con el presidente egipcio Anwar El Sadat, y de Isaac Shamir, también primer ministro de Israel y copatrocinador de la Conferencia de Paz de Madrid de 1991.

En 1946, siendo Beguín líder del Irgún, una organización paramilitar judía radical, coordinó el atentado contra el Hotel King David de Jerusalén, cuartel general del Gobierno militar británico de Palestina. La explosión acabó con la vida de 91 personas.

Isaac Shamir, miembro del triunvirato que dirigió el Irgún en la misma época, ordenó numerosos atentados y asesinatos, entre otros el del conde sueco Folke Bernadotte, primer enviado de la ONU a Palestina al final de la Segunda Guerra Mundial. Bernadotte fue – conviene recordar – el primer defensor de la solución de los dos Estados.

Tanto Begin como Shamir fueron perseguidos por la justicia europea; ambos tenían inmunidad.

El ambiente eufórico que se adueñó de la plana mayor del Gobierno sudafricano tras darse a conocer el fallo del Tribunal de La Haya resulta difícilmente comprensible para quienes desconocen la complejidad de las relaciones entre Johannesburgo y Tel Aviv. Unas relaciones que se remontan a la época del apartheid puro y duro, del aislamiento impuesto al régimen de Pretoria por la presión internacional. En aquel periodo, el desierto de Namibia se convirtió en el banco de pruebas de los primeros ensayos nucleares israelíes. Las explosiones atómicas no podían ni debían llamar la atención de los vecinos árabes del Estado judío. Siguieron las ventas masivas de armas a Sudáfrica, la cooperación militar…

En 1981, el entonces Presidente sudafricano, Pieter W. Botha, dio luz verde al ultrasecreto proyecto Coast, que contemplaba el acceso de Pretoria a armas químicas y biológicas, indispensables para la defensa del país contra sus enemigos externos: Angola y Mozambique, donde la guerrilla marxista logró hacerse con el poder.

Hacia finales de 1982, el Coast se cobró las primeras víctimas. Se trataba de varios centenares de guerrilleros del SWAPO, detenidos por el ejército sudafricano.

Entre los años 1983 y 1986, se desarrollaron vacunas capaces de provocar la esterilización masiva de hombres y mujeres de raza negra. Curiosamente, alguien alertó a los militantes del Consejo Nacional Africano, partido nacionalista liderado por Nelson Mandela, sobre la existencia del proyecto, en el que supuestamente participaban científicos israelíes. La noticia, divulgada por los rotativos de Tel Aviv, provocó un hondo malestar en el seno de la opinión pública hebrea. Los portavoces oficiales se apresuraron en desmentir la información, anunciando al mismo tiempo el cese definitivo de la colaboración científica con Sudáfrica. Fue a partir de este incidente que el Consejo Nacional Africano empezó a centrar su atención en la lucha del pueblo palestino. En este contexto, los rumores acerca de las inmejorables relaciones entre los actuales Gobiernos de Johannesburgo y Teherán parecen irrelevantes. Pero irrelevantes no significa forzosamente inexistentes…

¿Qué sorpresas nos depara el porvenir?


domingo, 21 de enero de 2024

Netanyahu - accidentado final de trayecto


Trato de hacer memoria. Sucedió hace tiempo; hace más de tres décadas. Jerusalén, 18 de octubre de 1988. El candidato del derechista Likud en las elecciones legislativas, Isaac Shamir, celebraba su enésima rueda de prensa anterior a la contienda electoral. Le preguntamos sobre iniciativa de la OLP de proclamar la independencia de Palestina. El proyecto coincidía, recordémoslo, con el innegable impacto mediático de la primera Intifada. ¿Un Estado Palestino? ¡No habrá jamás un Estado Palestino! aseveró el líder conservador.

Argel, 15 de noviembre de 1988. El Consejo Nacional Palestino (Parlamento de la OLP), reunido en la capital argelina, proclama la independencia de Palestina.  Las emisoras de los países árabes transmiten en directo los debates del Parlamento: …ejerciendo el derecho del pueblo árabe palestino a la autodeterminación, a la independencia política y a la soberanía sobre su territorio, el Consejo Nacional Palestino, en nombre de Dios y del pueblo árabe palestino, proclama la creación del Estado de Palestina sobre nuestra tierra palestina, con su capital en Jerusalén, al-Quds al-Sharif.

No hubo grandes festejos en el sector árabe de Jerusalén. Los pobladores palestinos de la urbe tuvieron que contentarse con esporádicos fuegos artificiales, disparados tras el paso de las patrullas del ejército israelí. La canción Biladi (mí país) convertida en himno nacional, sonó en algunos vecindarios nacionalistas. Mas había que enfrentar los hechos: la ciudad, capital eterna e indivisible de Israel, seguía bajo ocupación. Palestina contaba con su territorio - las tierras ocupadas por el Estado judío en la guerra de 1967 – pero sin soberanía internacionalmente reconocida.

Después de la euforia inicial, los pobladores de la ciudad Tres Veces Santa asistieron a la puesta en marcha de la implacable maquinaria de propaganda israelí, que no tardó en advertir a los países amigos de Tel Aviv sobre la temeridad de posibles actuaciones unilaterales. En este caso concreto, la temeridad consistía en el reconocimiento del Estado Palestino. A la ofensiva del Likud se sumó la voz del recién elegido Presidente de los Estados Unidos, George Bush, antiguo director de la CIA, que tenía sobradas razones para no enemistarse con el establishment israelí.

La proclamación del Estado Palestino fue el detonante de la puesta en marcha de las consultas que desembocaron en la celebración, en 1992, de la Conferencia de Madrid y las discretas negociaciones diplomáticas que llevaron a la firma de los Acuerdos de Oslo. El propio Isaac Shamir decidió corregir su discurso, pasando del no habrá jamás un Estado palestino al más presumible tal vez en un plazo de diez años. Una postura posibilista, que permitía a los sucesivos Gobiernos israelíes celebrar nuevas reuniones destinadas a vaciar de contenido los Acuerdos de Oslo y el Memorando de Wye Plantation. Todos los jefes de Gobierno conservadores - Shamir, Olmert, Sharon, Netanyahu – y sus relevos laboristas - Barak, Ben Ami - navegaron en la misma dirección. La extensión de tierras asignadas a la Autonomía palestina disminuyó considerablemente tras la creación de nuevos asentamientos judíos en Cisjordania. Por si fuera poco, tanto Ariel Sharon como Benjamín Netanyahu manifestaron que el Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, había dejado de ser un interlocutor válido en el accidentado diálogo con Tel Aviv. Curiosamente, los datos del problema cambiaron radicalmente después del ataque de Hamas del 7 de octubre del pasado año, cuando Washington y Tel Aviv llegaron a la conclusión de que el único elemento moderado al que podían recurrir era… Mahmud Abbas. Para conquistarlo, israelíes y norteamericanos optaron por recurrir tanto al coqueteo como al chantaje.

El chantaje se ha convertido en la principal baza del actual maratón diplomático meso oriental estadounidense. El Secretario de Estado Antony Blinken se empeñó en convencer al Presidente Erdogan sobre la necesidad de apoyar la postura de Israel en la pugna con los palestinos. ¿A cambio de la entrega de unos cazas F-16? Un error garrafal, teniendo en cuenta la trayectoria ideológica del político turco, hábil negociador y ferviente islamista. O de ofrecer un trato equitativo a Benjamín Netanyahu, persuadiéndole de que Arabia Saudita costeará los gastos para la reconstrucción de Gaza y normalizará sus relaciones con Tel Aviv a cambio del plácet israelí para la creación de un Estado palestino. Tropezó, una vez más, con la negativa rotunda del Primer Ministro hebreo, poco propenso a aceptar la existencia de este Estado, liderado por los elementos moderados de la OLP o por una coalición internacional integrada por saudíes, egipcios, palestinos y… norteamericanos. Netanyahu dejó las cosas claras en su último discurso: El día después de la era Netanyahu habrá un Estado gobernado por la Autoridad Palestina. Él, Netanyahu, no tiene intención alguna de claudicar.  Y ello, pese a la advertencia de Washington: La paciencia de Joe Biden se ha agotado. Aviso a los políticos noveles y las almas caritativas que acaban de descubrir la problemática del conflicto. No hay que tratar de amenazar con la opción de dos Estados ni con la imposición de un Estado creado por Occidente, por países que durante décadas hicieron suya la estrategia de la no intervención unilateral en los asuntos de la región.

En las últimas semanas, la Administración Biden trató de eludir los contactos con Netanyahu a la hora de sentar las bases para posibles soluciones del día después del operativo bélico, recurriendo al diálogo con otros políticos israelíes o representantes de la sociedad civil. Sin embargo, los altos cargos del Departamento de Estado reconocen que, al término del conflicto, alguien tendrá que reconstruir Gaza, alguien tendrá que gobernar Gaza, alguien tendrá que proporcionar seguridad en Gaza. Israel se enfrenta a decisiones muy difíciles en los próximos meses, estiman los jefes de la diplomacia estadounidense. ¿Simple constatación o advertencia? Pero Israel no es una república bananera.

Tampoco los palestinos parecen dispuestos a ceder: el precio pagado por los gazatíes desde el inicio de la operación militar ha sido demasiado elevado.

Subsiste, pues, el doble dilema: Netanyahu no tiene intención de dimitir; tiene cuentas pendientes con la Justicia israelí. El Estado judío no quiere claudicar; tiene cuentas pendientes con… Hamas.


viernes, 5 de enero de 2024

Negociando sobre escombros


Resulta sumamente difícil, cuando no, imposible, tratar de analizar con calma y detenimiento la problemática real de nuestro mundo al comprobar que los hasta ahora insignificante rebeldes hutiés, que siembran el terror en las aguas del Mar Rojo, hacen caso omiso de las advertencias de Washington y ¡de Londres! que les instan a abandonar su postura belicosa frente a los mercantes que transportan fletes destinados a Israel, que el líder máximo de la revolución islámica iraní confunde a los terroristas del Estado Islámico con los agentes del Mossad, que los políticos del jardín de Occidente, que se merece las loas del diplomático jefe de la UE, Josep Borrell, achacan el constante deterioro de sus boyantes economías a la guerra de Putin (¿por qué de Putin? ¿Están en guerra con Rusia?), que los politólogos del universo postsoviético se hartan en escribir la palabra “Israel” con un extraño entrecomillado, que gobernantes inexpertos proclaman que la solución de la crisis de Gaza estriba en la proclamación de un Estado Palestino.

Resulta sumamente difícil, cuando no, imposible, pronunciarse sobre el somnambulismo político del actual inquilino de la Casa Blanca (término acuñado esta misma semana por los medios de comunicación transatlánticos), teniendo en cuenta los vaivenes de la Administración estadounidense. En efecto, parece incomprensible que un estadista que proclama su apoyo incondicional a Israel, exija a sus interlocutores que eliminen al enemigo con delicadeza, olvidado los trágicos episodios de las guerras de Vietnam, Afganistán, Irak o Siria. ¿Simple amnesia?

Lo cierto es que tras el constante deterioro de la situación en Oriente Medio – eliminación del número dos de Hamas en la capital libanesa, el sangriento atentado de Kerman, el recrudecimiento de los ataques hutíes en el Mar Rojo – el Tío Joe (nada despectivo, simple homenaje a un gran literato -Mark Twain) decidió enviar a su criado Antony (homenaje a Shakespeare) a un viaje relámpago de cuatro días por países y territorios de la región, encargándole a defender una agenda que incluye  importancia de proteger las vidas de civiles en Israel, Cisjordania y Gaza, la liberación de todos los rehenes de Hamas, la entrega de asistencia humanitaria a los civiles en Gaza, el freno a las deportaciones forzosas de los pobladores de la Franja, la creación de  mecanismos para frenar la violencia y reducir las tensiones regionales  y evitar una escalada bélica en el Líbano.

En resumidas cuentas, una agenda de cuatro días que requeriría cuatro décadas para su implementación. ¿Arrogancia somnambulística o supina ignorancia?  

Lo cierto es que el periplo del jefe de la diplomacia estadounidense a la región coincide con el estado de alerta máxima decretado por las autoridades de Tel Aviv en la frontera con el Líbano. La plana mayor del Ejército judío no descarta la inminencia de un operativo bélico de Hezbollah en respuesta por la ejecución de Saleh al Aruri, el fundador de la Brigadas Izzadín al Qasem, brazo armado de Hamas, abatido en las dependencias beirutíes del movimiento islámico libanés.

La desaparición de Al Aruri presupone la apertura de un nuevo frente para Israel. Con la agravante de que, en este caso concreto, Irán podría involucrarse directamente en los combates, apoyando a sus aliados libaneses. De todos modos, ello no implica el abandono de la operación militar de Gaza, aunque…

Por primera vez, la prensa estadounidense se hace eco esos días de la dramática situación de los gazatíes, de la crisis humanitaria que afecta a alrededor del 90 por ciento de los habitantes desplazados y a los más de 2 millones de pobladores del territorio al borde de la hambruna. Cabe preguntarse, pues, ¿qué supondría para esta población afligida por los horrores de la guerra la creación de un Estado Palestino?

Cuando se trata de buscar soluciones para la posguerra, las opiniones divergen. Algunos miembros de la coalición de derechas de Benjamín Netanyahu han pedido lanzar una bomba atómica sobre Gaza, la aniquilación total del territorio como represalia por los atentados del 7 de octubre o el empobrecimiento de la población que se viera obligada a abandonar la Franja. Por su parte, la embajadora de Israel en Gran Bretaña manifestó en una entrevista radiofónica que la única solución para Israel sería arrasar las escuelas, las mezquitas y las viviendas para acabar con la infraestructura militar de Hamás.

Los altos mandos militares que supervisan el operativo de Gaza serían partidarios de entregar la gestión de la Franja a clanes tradicionalmente conectados con localidades o sectores específicos, es decir, a las familias de los viejos caciques gazatíes.  

La idea sería reemplazar a Hamás con grupos familiares que no hayan estado conectados con el movimiento terrorista y que se encargarían de controlar la distribución de alimentos, agua y otros suministros clave. Esto supondría un auténtico reto, ya que Hamás ha gobernado en solitario la Franja durante 16 años.

Los miliares hebreos no explican cuál sería el modus operandi, pero recuerdan que este modelo fue aplicado por los Estados Unidos en Irak y Afganistán después del derrocamiento de los regímenes enemigos.

Tampoco está claro cómo funcionará el nuevo operativo en el Norte de Gaza, dado que casi la totalidad de sus 1,4 millones de habitantes fueron evacuados al sur y se espera que la zona norte de Gaza, completamente arrasada. sea inhabitable durante un lustro.

 

Conviene señalar que los Estados Unidos y los países occidentales serían partidarios de contar con el sombrero de la Autoridad Nacional Palestina, algo a lo que el primer ministro Benjamín Netanyahu se resiste, aunque su futuro rival para el cargo de primer ministro, Benny Gantz, mantiene como opción abierta.

 

Otra alternativa sería contemplar una coalición de clanes locales con la Autoridad Nacional Palestina y otros países árabes de la zona - Arabia Saudita, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos - involucrados bajo algún tipo de paraguas de la ONU. Es decir, una especie de protectorado inviable, igual o peor que Kosovo.

 

 

martes, 26 de diciembre de 2023

Mar Rojo: vuelve la diplomacia de las cañoneras


 En el otoño del pasado año, los estrategas atlantistas revelaron la existencia de un nuevo peligro para la estabilidad del entorno geopolítico del Planeta. Se trataba de las maniobras de Rusia y China destinadas a controlar la ruta marítima del Ártico, un codiciado atajo para el transporte mundial de mercancías.

¿Un reto para Occidente? Curiosamente, la presencia rusa en el Ártico se remonta a la época de los zares. Los soviets no hicieron más que reforzarla, multiplicando el número de centros de vigilancia meteorológica y de laboratorios encargados de mapear los múltiples recursos naturales de la zona: minerales, petróleo, diamantes. Competían con los rusos las misiones científicas de los países nórdicos, que llevaban a cabo su actividad bajo el paraguas anglo-norteamericano.

Conviene señalar que los países escandinavos solían compartir información con los científicos rusos. Una tarea ésta harto difícil, teniendo en cuenta las presiones ejercidas por el establishment miliar estadounidense, poco propenso a entablar el dialogo con Moscú. A los altibajos de estas relaciones se sumó un nuevo factor: la llegada de un nutrido grupo de científicos chinos, más dados a trazar las posibles rutas del corredor marítimo ártico.

Detalle interesante: los primeros cargueros de bandera china que cruzaron las aguas del Ártico iban escoltados por fragatas pertenecientes al Ejército Popular de Pekín.

En el contexto del actual conflicto de Ucrania, la alianza de Rusia y China – competidores cuando no enemigos de los Estados Unidos – se convertía en un peligro para los intereses estratégicos de Washington. De ahí que algunos políticos o miembros del estamento militar estadounidense se dedicaran a reclamar medidas para desembarazar la zona de estos rivales potenciales.  Pero la guerra del Ártico no tuvo lugar; quedó pospuesta por el inicio de otro conflicto: la ofensiva de los rebeldes hutíes en el Mar Rojo.

Si bien en el caso del Ártico la Casa Blanca dudó en recurrir a la diplomacia de las cañoneras, la región de Oriente Medio parece el lugar idóneo para resucitar la herramienta de los viejos imperialismos.

En el siglo XIX, Inglaterra mandaba barcos de guerra para presionar a los países menos desarrollados a aceptar tratos injustos o humillantes. La Navy se limitaba a bombardear los puertos y las ciudades de sus enemigos. Décadas más tarde, la Armada estadounidense logró añadir otro factor disuasorio: el desembarco de destacamentos de fusileros marinos, convirtiendo la diplomacia de las cañoneras en una invasión en toda regla.  Sombríos presagios estos para el enfrentamiento del Mar Rojo.

Hay quien trata de resumir el actual conflicto en cuatro frases telegráficas: Hamas ataca a Israel; Israel entra en la Franja de Gaza; Washington apoya a Tel Aviv; los rebeldes hutíes contraatacan. Pero hay más; muchísimo más. Veamos: Hamas subestima la reacción del Gobierno Netanyahu; la actuación del Ejército israelí supera con creces los cálculos de los estrategas de Hamas; Washington exige la estricta aplicación del Derecho Humanitario, olvidando sus excesos en Vietnam, Afganistán, Irak; Irán, que sigue a rajatabla el programa político del ayatolá Jomeini – destrucción total de la entidad sionista (Israel) – procura descartar un enfrentamiento directo con los Estados Unidos. Los hutíes, armados hasta los dientes por Teherán, reciben la orden de atacar. El presidente Biden, antiguo lugarteniente del inmerecido Nobel de la Paz Barack Obama, sigue el ejemplo de sus antecesores en la Casa Blanca – Bush Jr. y Obama – anunciando la creación de una coalición internacional destinada a proteger el comercio internacional en la ruta del Mar Rojo.

No, no se trata, en esta ocasión, de defender la democracia, como en los antiguos partes de guerra de Washington. En este caso concreto, lo único que se pretende es salvaguardar los intereses de las grandes navieras. Business is business…

El operativo bélico de Gaza está socavando la estabilidad en el Mar Rojo, creando complicaciones para los intereses geoestratégicos de los actores regionales que compiten entre sí, señala el economista jordano-palestino Riad al Khouri, experto en relaciones comerciales internacionales y consultor del Fondo Monetario Internacional.

Recuerda Al Khouri que el Mar Rojo, punto estratégico clave para el comercio mundial desde la apertura del Canal de Suez en 1869, interesa a las potencias regionales y globales a raíz del papel llamado a desempeñar para la puesta en marcha de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) auspiciada por Pekín.

Desde Yibuti a través del Mar Rojo hasta el Mediterráneo, hay una expansión de las inversiones en infraestructuras previstas por la Iniciativa de la Franja y la Ruta, así como una creciente presencia militar china y/o de otros actores mundiales. Los puertos de Sudán se han ido desarrollado y modernizado. Es el caso de la ampliación, con capital chino, de la terminal de contenedores de Port Sudan.

En 2018, el Gobierno sudanés firmó un acuerdo de 99 años con Turquía para la rehabilitación del puerto de Suakin, que le garantiza a Ankara una presencia estratégica en la región.

Al adquirir una participación del 49% en el proyecto de infraestructura del Golfo de Suez y el Norte del Canal, los Emiratos Árabes Unidos (UAE) fortalecen su posición con respecto al transporte marítimo en el Mar Rojo.

Los puertos eritreos también están llamando la atención de las potencias regionales. Los Emiratos Árabes Unidos tienen una base en Eritrea que apoya sus operativos militares contra los rebeldes hutíes del Yemen.

Moscú, que dejó de ser un actor predominante en la zona desde que sus fuerzas abandonaron Egipto en la década de los 70, anunció en 2018 el establecimiento de un centro logístico en Eritrea.

Rusia también mostró interés en Port Sudan, al proponer en 2020 un acuerdo de 25 años con Jartum para la construcción de instalaciones destinadas a sus buques de guerra. Sin embargo, Sudán suspendió el contrato al año siguiente.

La guerra de Israel en Gaza y los combates en Sudán plantean serios desafíos para las autoridades de Riad. La estabilidad en el Mar Rojo es crucial para los planes de desarrollo económico e industrial saudíes. Para la economía petrolera tradicional, la terminal del oleoducto Yanbu en el Mar Rojo es fundamental como alternativa a la exportación de petróleo a través del conflictivo estrecho de Ormuz.

De todos modos, los ataques hutíes también pueden llegar a poner en peligro las islas de Tirán y Sanafir, situadas en la desembocadura del golfo de Aqaba, la puerta de entrada para las mercancías destinadas a Jordania e Israel.

Por ende, a nivel estratégico, el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC), presentado en septiembre como contrapeso a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, evita por completo el Mar Rojo. El IMEC, cuyo flanco oriental conecta la India con la península arábiga, mientras que el septentrional enlaza con Europa, es una importante propuesta geopolítica que aleja a los Estados de la región de la Franja y la Ruta, a pesar de que Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos también son signatarios de la iniciativa china.

El IMEC reduciría el tiempo de transporte de mercancías de la India a Europa en un 40% y también podría ayudar a posicionar a Arabia Saudita como centro logístico global. El enlace ferroviario que une los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí con Jordania e Israel, depende de la normalización de las relaciones entre Riad y Tel Aviv.  

Del éxito o el fracaso de la diplomacia de las cañoneras de Joe Biden depende el porvenir del mapa geopolítico de Oriente Medio. Del éxito o el fracaso del operativo Ucrania, el porvenir del Viejo Continente.

El Ártico queda, de momento, relegado a un segundo plano. Sólo de momento…


viernes, 17 de noviembre de 2023

Biden - Xi: conoce a tu enemigo

 

Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo. Esta máxima del dictador José Stalin encabezaba los textos de muchos manuales de materialismo dialéctico, lectura obligada de varias generaciones de ciudadanos del llamado paraíso socialista ideado y gobernado por Moscú.

Conoce a tu enemigo. Aparentemente, el actual inquilino de la Casa Blanca y superviviente – al igual que algunos de nosotros – de la Guerra Fría, conoce y aprecia en su justo valor a los enemigos de su país y de los valores americanos. No, no se trata de la mítica hamburguesa y la Coca Cola, elevadas a la cúspide civilizacional por la exsecretaria de Estado Condoleezza Rice, quien no dudó en mencionarlas en los informes de la diplomacia estadounidense, sino de los viejos clichés de la propaganda de los años 50 ó 60 del siglo pasado, cuando para demonizar al enemigo solía recurrirse a términos mucho más contundentes. Joe Biden conoce perfectamente esta terminología.

En abril de 2021, diez meses antes del inicio del conflicto de Ucrania, Biden no dudó en tachar a Vladímir Putin de asesino. Esta semana, al termino de su encuentro con el presidente chino, Xi Jinping, el inquilino de la Casa Blanca le atribuyó el calificativo de dictador.  

¿Dictador, señor presidente? preguntaron los chicos de la prensa. La respuesta de Biden sorprendió más que la afirmación:  Bueno, es un dictador en el sentido de que es un tipo que dirige un país comunista, que se basa en una forma de gobierno totalmente diferente a la nuestra. Verdades como puños. Y una dialéctica desaparecida en Washington desde hace varias décadas.

El portavoz del ministerio chino de asuntos exteriores, Mao Ning, calificó las palabras de Biden de extremadamente erróneas. Se trata de una manipulación política irresponsable, advirtió el funcionario chino. Obviamente, Pekín no tiene interés alguno de retroceder en el tiempo, de volver a los enfrentamientos dialecticos eliminados por arte de magia por la diplomacia del ping pong de Henry Kissinger durante su primera visita a China en 1971. Sí, es cierto; los tiempos han cambiado, pero…

Hace unos meses, la Casa Blanca llegaba a la conclusión que si Rusia era una amenaza llamada a extinguirse (¿merced a la ofensiva del ejército de Zelensky?) y que el enemigo potencial del poderío estadunidense era… China. Una tesis ésta aireada allá por los años 90 por Samuel Huntington, olvidada y desempolvada recientemente por la Administración Biden.

El rival ruso, que rechazó tajantemente la oferta/ultimátum de asumir los conceptos globalistas de la Agenda 2030, debía consumirse en las llamas del infierno. China, con su enorme potencial económico y militar se convirtió en el auténtico enemigo. Resultaba imposible, pues, que el gigante asiático no fuese gobernado por… un dictador. Los chinos, acostumbrados a tratar a sus rivales con exquisita delicadeza, quedaron sorprendidos por la inusual agresividad de Washington. Después de la creación de la alianza militar AUKUS, integrada por Australia, el Reino Unidos y los Estados Unidos, la controvertida visita de la ex presidenta del Senado, Nancy Pelosi, a Taiwán, las maniobras navales de las potencias amigas de Washington en el Pacífico, la introducción de nuevas sanciones económicas, a Pekín sólo le quedaba por aguantar estoicamente el lenguaje belicoso de la Administración norteamericana. La decisión de Xi Jinping de acudir a la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), celebrada esos días en San Francisco, obedecía al imperioso deseo de rebajar la tensión. Una misión fallida, según los analistas. Biden recibió mucho más de lo estaba dispuesto a ofrecer.

Washington logró la reanudación de los contactos militares a alto nivel, asunto clave para los estrategas del Pentágono. Sin embargo, el interés del presidente americano se centraba en otras cuestiones estratégicas, como la no injerencia de Pekín en el conflicto de Ucrania o su posible mediación frente a Irán para limitar la expansión de la violencia en Oriente Medio.

La cooperación en materia del desarrollo de la inteligencia artificial, la lucha contra el tráfico de materias sicotrópicas y la utilización de energías renovables figuraban también en la agenda de la Casa Blanca.

Por su parte, los chinos insistieron sobre la necesidad de eliminar las restricciones a la exportación de tecnología estadounidense, que habían perjudicado seriamente el desarrollo económico del gigante asiático.

Por último, aunque no menos importante, la instalación de una línea directa entre Washington y Pekín. Algo así como el teléfono rojo que unió el Kremlin a la Casa Blanca durante la Guerra Fría. ¿Un teléfono rojo para contrarrestar el peligro amarillo? ¿Rojo? La nueva Guerra Fría nos impone situaciones aberrantes.


lunes, 6 de noviembre de 2023

Caos

 

Ver al Secretario de Estado Antony Blinken paseando por Bagdad, la reconquistada capital devuelta a la democracia, con un chaleco antibalas puede provocar cierto asombro. ¿Tan frágil es el sistema político instaurado por los mensajeros de la mayor democracia del mundo? ¿Tan peligrosa la legendaria capital de los califas abasíes?  

El segundo periplo del jefe de la diplomacia estadounidense a Oriente Medio en menos de un mes no ha sido un camino de rosas. Blinken regresó para tomar el pulso del conflicto entre Israel y Hamas, para ver, dialogar, negociar treguas, proponer soluciones milagrosas. Pero su periplo se limitó en realidad a un tsunami de palabras; de buenas palabras.

Palabras y amonestaciones. Posturas intransigentes, como la del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, reproches y reivindicaciones de los aliados árabes de Washington, incapaces de disimular su irritación ante el apoyo incondicional de la Casa Blanca a la política ultraconservadora de Israel.

Buscar componendas con Dios y con el Diablo. Complacer a Tel Aviv sin provocar el enfado del mundo árabe; una misión sumamente difícil, casi imposible, para el Secretario de Estado.

Decididamente, Blinken no es Kissinger. Netanyahu dista mucho de ser Begin. Los gobernantes árabes bendecidos por el Acuerdo Abraham no han abandonado su tradicional apuesta anti israelí. Las primeras espadas de la región – Arabia Saudita, Irán, Turquía – tampoco. Los rumores acerca de una posible expansión del conflicto no dejan de correr por la zona. Las noticias procedentes de la Franja de Gaza alimentan la tensión, el pesimismo, el catastrofismo. En Washington, se elevan voces reclamando más pragmatismo por parte del inquilino de la Casa Blanca, en Kiev, más inquietud por un posible (aunque poco probable) abandono de Ucrania por sus aliados occidentales, En la vieja Europa, una creciente preocupación por el resurgir del antisemitismo y el incremento de la amenaza terrorista. En resumidas cuentas: el caos presagiado tras los atentados del 11 S se ha ido materializando.

No, Blinken no es Kissinger. El veterano politólogo y diplomático nacido en Alemania durante la República de Weimar hubiese criticado, con toda probabilidad, la espectacular (y muy penosa) retirada estadounidense de Afganistán, los constantes mensajes del actual presidente de los Estados Unidos instando a Vladimír Putin – su criminal de guerra in pectore - a entrar en Ucrania, el inquebrantable apoyo a Israel en la lucha contra el terrorismo de Hamas. Pero claro; Henry Kissinger prefiere guardar silencio. Los éxitos y los errores de la actual Administración no son de su incumbencia.

Joe Biden se posicionó abiertamente a favor de Israel. Los sentimientos humanos primaron sobre el precepto de prudencia que exige el ejercicio de su cargo. Sus palabras causaron un hondo malestar en el mundo musulmán.  

Pero lo cierto es que Biden tiene otras prioridades. En el ámbito internacional, tiene que lidiar con dos conflictos: el frente de Rusia-Ucrania, una guerra que corre el riesgo de perpetuarse sine die, la irritación de Pekín ante la amenaza que posibles represalias económicas, más duras y más eficaces que las impuestas hasta ahora al Kremlin. Sin olvidar, claro está, la constante expansión de los BRICS, adalides de la desdolarización del comercio internacional, ni la bancarrota del Estado, que podría alentar el caos en los mercados financieros.

A nivel interno, hay otro peligro que acecha al obstinado octogenario candidato a la reelección Joe Biden: su impetuoso y vociferante rival Donald Trump. Pero esa es otra historia.


jueves, 19 de octubre de 2023

Teherán - Tel Aviv: espadas en alto

 

El pasado sábado, pocas horas después de finalizar el descanso de Sabbat, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, realizó una visita relámpago a la frontera de Gaza. Su propósito: espolear a los militares que esperaban la orden de batalla. ¿Estáis listos para la próxima fase?, preguntó Bibi Netanyahu, el único político hebreo que no había logrado ascender en el escalafón del ejército israelí. El capitán Netanyahu, valiente pero indisciplinado, consiguió llevar a cabo varias operaciones militares brillantes, que… no contaron con el aval de sus superiores. Unas actuaciones excepcionales, dignas de un consejo de guerra o… ¡de una medalla merito!

Sí, las tropas congregadas en la línea divisoria con Gaza estaban preparadas para entrar en combate. Sin embargo, el establishment no había encontrado respuesta al sinfín de preguntas que acompañaban este operativo de castigo. ¿Acabar con Hamas? Pero. ¿cómo? ¿Arrasar Gaza? ¿Y después? ¿Quién custodiará los cadáveres? ¿Quién vigilará los camposantos? ¿Quién administrará las toneladas de escombros? ¿Quién será el vencedor de la contienda? Muchos interrogantes y pocas respuestas. Y en eso, ¡llegó el tío Joe!

No se sabe si a Joe Biden lo llamó el propio Netanyahu, como insinúan los rotativos estadounidenses, su fiel escudero, Antony Blinken, que navegaba entre las capitales de la zona, tratando de negociar algún acuerdo con los líderes árabes – Oriente Medio estaba a rojo vivo – o alguna advertencia de los servicios secretos: Míster President, Irán parece dispuesto a tomar cartas en el asunto. De todos modos, el inquilino de la Casa Blanca optó por desplazarse personalmente a la región para reiterar su apoyo firme e incondicional al pueblo de Israel. Su visita fue precedida por la llegada a la zona de os gigantescos portaaviones de la flota norteamericana, el Gerald S. Ford y el Dwight D. Eisenhower, que tomaron posiciones cerca de las costas de Siria y de Líbano. A la fuerza naval se suman unos 2.000 a 4.000 efectivos terrestres.

Al ex lugarteniente de Barack Obama, inmerecido Premio Nobel de la Paz, testigo durante su mandato del mayor número de conflictos bélicos a escala mundial, lo acompañaban los duendes de la política exterior estadounidense; la situación creada por la intromisión de Teherán en el conflicto exigía la presencia de un nutrido equipo de politólogos. La crisis corría el riesgo de inflamar toda la zona.

Teherán había advertido: si el ejército de Israel entra en Gaza, nos reservamos en derecho de adoptar una serie de medidas preventivas. Si se desencadena un operativo contra nuestros aliados libaneses de Hezbollah, será un auténtico casus belli. Irán tiene los medios (¡y el deseo!) de afrontar el combate. Tremendo y doloroso golpe para Washington, que acababa de desbloquear 6.000 millones de dólares de los fondos iraníes congelados en los bancos americanos; un primer gesto de apaciguamiento de la Administración Biden hacia el régimen de los ayatolás.  Duro golpe para Biden, que tampoco pudo reunirse con los gobernantes árabes en la cumbre de Amman, auspiciada por el rey Abdalá de Jordania. Los participantes – Egipto y la Autoridad Nacional Palestina – cancelaron su participación. El lenguaje empleado por Biden no encaja con la mentalidad de la clase dominante de la región.

Joe Biden tuvo que añadir unos cuantos peros a sus palabras de apoyo incondicional a Israel. Si bien no criticó la decisión de Tel Aviv de llevar a cabo una operación de limpieza en Gaza, señaló que la intervención militar debía ajustarse a las leyes de la guerra y a los cánones del derecho humanitario, es decir, respetando los criterios de proporcionalidad. Para los juristas, ello se traduce por otro eufemismo: intervenir de manera justa y fuerza adecuada. Después del conflicto, se dirá que ello resultó ser… inviable. De momento…

De momento, Joe Biden y Benjamín Netanyahu se dedican a deshojar margaritas. ¿Atacar? ¿No atacar? Hamas bien merece un castigo ejemplar, estiman los israelíes, sorprendidos por la incursión de los radicales gazatíes en su territorio.

El primer ministro de Israel, partidario de castigar a Irán por su amenazante proyecto nuclear, ha redescubierto esos días el viejo, aunque no anticuado, programa político del ayatolá Jomeini, que finalizaba el ardoroso mensaje: nuestra lucha concluirá cuando la bandera verde del Islam ondee en Jerusalén. 

Espadas en alto. Malos augurios para los Nóbel de la Paz y sus secuaces…