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viernes, 2 de febrero de 2024

Biden a Netanyahu: elimine al enemigo con gentileza y elegancia

 

El fallo de la Corte Internacional de Justicia sobre la acusación de genocidio perpetrado por Israel en la Franja de Gaza sorprendió a los inocentes y las almas caritativas. Tal vez no a quienes conocen el funcionamiento de los organismos internacionales, que se rigen siempre por la norma: una de cal y otra de arena. ¿Condenar a Israel? Sí, pero… ¿Satisfacer al régimen surafricano? Por supuesto, pero sin ofender a nadie.

La lectura del primer editorial publicado por el rotativo israelí The Jerusalem Post tras darse a conocer el fallo del Tribunal de La Haya es reveladora: Durante 35 minutos, la Corte Internacional de Justicia se dedicó a vituperar a Israel, pero luego sorprendió al Estado judío al no emitir ninguna orden concreta contra las Fuerzas de Defensa (Ejército)… No hubo dictaminen alguno sobre el cese de las hostilidades ni sobre la retirada de las FDI de Gaza.

Alivio en Israel; satisfacción en Sudáfrica. No hubo descontentos. Una de cal…

Luego surgieron las acusaciones de Tel Aviv sobre la participación de personal de las Naciones Unidas en el ataque del 7 de octubre. ¿La neutralidad de los funcionarios internacionales? Sí, pero en este caso concreto se trata de nacionales de un país en conflicto. ¿Agravante o atenuante? Simple reconocimiento de los hechos.

Durante varias semanas, partidarios y detractores de Israel y Palestina, de los árabes y los judíos, trataron de expresar sus puntos de vista, de manifestar, de imponer públicamente sus creencias. Las intervenciones – no siempre acertadas – de los poderes públicos alimentaron el confusionismo, ensancharon la brecha entre gobernantes y gobernados. ¿Quién defiende la causa justa? ¿Cómo explicar a las víctimas potenciales de un conflicto armado que se encuentran del buen o el mal lado de la Historia? ¿De verdad ello importa?

Lo cierto es que la ofensiva mediática que presenciamos en las últimas semanas nos deparó algunas sorpresas. Entre las más sonadas figura la gestión de la Fiscalía General de Suiza, que confirmó que el Presidente de Israel, Isaac Herzog, había sido objeto de varias denuncias penales durante su visita al Foro Económico Mundial en Davos. La Fiscalía no reveló detalles sobre la naturaleza o el número de las denuncias ni sobre la identidad de los querellantes. Indicó, eso sí, que se pondría en contacto con el Ministerio de Asuntos Exteriores suizo para examinar la cuestión de la inmunidad del Presidente. Una gestión que parece insólita en un país que cuenta con numerosas juristas de renombre especializados en el derecho internacional. Pero reconozcámoslo; los habitantes de este país centroeuropeo, que se enorgullece ser el laboratorio de ideas de Europa, viven en… otro mundo.

No, Isaac Herzog, abogado de profesión e hijo de un afamado militar que ostentó dos veces el cargo de Presidente del Estado de Israel, no está involucrado directamente en ningún operativo bélico que podría asociarse el genocidio. Un genocidio que Herzog negó en Davos, alegando el derecho del Estado judío a la legítima defensa.

¿Iniciar un proceso de paz? ¿Contemplar la solución de dos Estados?  Nadie en su sano juicio está dispuesto ahora a pensar en un proceso de paz, manifestó Herzog en Davos. Israel ha perdido la confianza en los procesos de paz porque ve que nuestros vecinos glorifican el terror… esta guerra no es solo entre Israel y Hamás; hay un imperio del mal que emana de Irán, señaló. Decididamente, la postura del laborista Herzog no dista mucho de la del conservador Netanyahu.

Si bien es cierto que a Isaac Herzog no se le podría perseguir por crímenes contra la Humanidad, hay que reconocer que otros destacados políticos israelíes sí fueron involucrados en actos de terrorismo. Se trata de Menájem Begin, antiguo primer ministro de Israel que compartió el Premio Nobel de la Paz con el presidente egipcio Anwar El Sadat, y de Isaac Shamir, también primer ministro de Israel y copatrocinador de la Conferencia de Paz de Madrid de 1991.

En 1946, siendo Beguín líder del Irgún, una organización paramilitar judía radical, coordinó el atentado contra el Hotel King David de Jerusalén, cuartel general del Gobierno militar británico de Palestina. La explosión acabó con la vida de 91 personas.

Isaac Shamir, miembro del triunvirato que dirigió el Irgún en la misma época, ordenó numerosos atentados y asesinatos, entre otros el del conde sueco Folke Bernadotte, primer enviado de la ONU a Palestina al final de la Segunda Guerra Mundial. Bernadotte fue – conviene recordar – el primer defensor de la solución de los dos Estados.

Tanto Begin como Shamir fueron perseguidos por la justicia europea; ambos tenían inmunidad.

El ambiente eufórico que se adueñó de la plana mayor del Gobierno sudafricano tras darse a conocer el fallo del Tribunal de La Haya resulta difícilmente comprensible para quienes desconocen la complejidad de las relaciones entre Johannesburgo y Tel Aviv. Unas relaciones que se remontan a la época del apartheid puro y duro, del aislamiento impuesto al régimen de Pretoria por la presión internacional. En aquel periodo, el desierto de Namibia se convirtió en el banco de pruebas de los primeros ensayos nucleares israelíes. Las explosiones atómicas no podían ni debían llamar la atención de los vecinos árabes del Estado judío. Siguieron las ventas masivas de armas a Sudáfrica, la cooperación militar…

En 1981, el entonces Presidente sudafricano, Pieter W. Botha, dio luz verde al ultrasecreto proyecto Coast, que contemplaba el acceso de Pretoria a armas químicas y biológicas, indispensables para la defensa del país contra sus enemigos externos: Angola y Mozambique, donde la guerrilla marxista logró hacerse con el poder.

Hacia finales de 1982, el Coast se cobró las primeras víctimas. Se trataba de varios centenares de guerrilleros del SWAPO, detenidos por el ejército sudafricano.

Entre los años 1983 y 1986, se desarrollaron vacunas capaces de provocar la esterilización masiva de hombres y mujeres de raza negra. Curiosamente, alguien alertó a los militantes del Consejo Nacional Africano, partido nacionalista liderado por Nelson Mandela, sobre la existencia del proyecto, en el que supuestamente participaban científicos israelíes. La noticia, divulgada por los rotativos de Tel Aviv, provocó un hondo malestar en el seno de la opinión pública hebrea. Los portavoces oficiales se apresuraron en desmentir la información, anunciando al mismo tiempo el cese definitivo de la colaboración científica con Sudáfrica. Fue a partir de este incidente que el Consejo Nacional Africano empezó a centrar su atención en la lucha del pueblo palestino. En este contexto, los rumores acerca de las inmejorables relaciones entre los actuales Gobiernos de Johannesburgo y Teherán parecen irrelevantes. Pero irrelevantes no significa forzosamente inexistentes…

¿Qué sorpresas nos depara el porvenir?


jueves, 21 de diciembre de 2023

Washington – Tel Aviv: después de Gaza, ¿qué?

 

Aparentemente, la visita a Israel del Secretario de Defensa norteamericano, Lloyd Austin, cogió por sorpresa a las autoridades de Tel Aviv. Austin anunció su llegada con un tuit enviado desde el avión que sobrevolaba el Atlántico. ¿Medidas de seguridad? ¿Poca deferencia para con sus anfitriones hebreos? El hecho es que la gira relámpago del jefe del Pentágono se convirtió en una autentica manifestación de apoyo incondicional a la política del Gabinete Netanyahu.

En sus intervenciones públicas, Austin hizo hincapié en el apoyo firme e inquebrantable de Washington a Israel y el férreo compromiso de la Administración Biden para con el Estado judío mientras continúa el conflicto en la Franja de Gaza.

Seguiremos trabajando juntos por un futuro más seguro para Israel y más brillante para los palestinos, manifestó el secretario de Defensa durante su encuentro con su homólogo israelí, Yoav Gallant, uno de los halcones que integra el Gobierno de coalición liderado por el jefe del Likud.

¿Un futuro más brillante para los palestinos? Poco tiene de brillante la situación actual de los pobladores de Gaza y Cisjordania. Cabe preguntarse, pues, qué implica realmente el eufemismo más brillante de Austin.

Desde el pasado 7 de octubre, las autoridades israelíes y sus aliados occidentales han tratado de eludir el debate sobre la posible solución aplicable en la posguerra de Gaza, centrando la atención de la opinión pública en los operativos militares. Una postura ésta muy lógica para un país en guerra, pero menos comprensible en el caso de los burócratas o estrategas que se limitan a analizar la situación desde cómodos despachos situados a miles de kilómetros de las líneas de batalla. Cierto es que algunos políticos, poco conocedores de la problemática real de la zona y de sus constantes vaivenes, optaron por resucitar la formula mágica de los dos Estados – Israel y Palestina, valida en los albores de los Acuerdos de Oslo, aunque neutralizada por el constante trabajo de zapa de la derecha israelí. Hablar de la solución de los dos Estados en el momento actual parece un auténtico sinsentido. ¿Cuáles serían, pues, los posibles desenlaces?

El político y diplomático hebreo Danny Danon, ex embajador de Israel ante las Naciones Unidas y posible sustituto de Netanyahu a la presidencia del derechista Likud, procura hacer un repaso a la posición de los poderes fácticos frente al conflicto israelo-palestino. Recuerda Danon que, si bien en agosto de 1967 los miembros de la Liga Árabe acuñaron los tres noes contra el Estado judío - no a la paz, no al reconocimiento de Israel, no a la negociación con Israel – en las últimas décadas, la postura de la diplomacia internacional ha evolucionado.

Durante la reunión del G7 celebrada el pasado mes de noviembre en Tokio, el Secretario de Estado Antony Blinken dio a conocer los cinco noes de la Casa Blanca - No al desplazamiento forzado de palestinos de Gaza, no a la reocupación de la Franja por el ejército israelí, no a la reducción del territorio de Gaza, no a las amenazas de seguridad de Israel provenientes de la Franja, no al bloqueo de Gaza.

Una de cal y otra de arena. Típica ambigüedad diplomática.

El otro diplomático, Danny Danon, aprovechó para publicitar su propio plan de paz para la posguerra, que consiste en:

· La desmilitarización de la Franja de Gaza;

· La creación de una zona tampón de 3 kilómetros en la Franja;

· La vigilancia por el puesto fronterizo de Rafah (con Egipto) por personal israelí e internacional;

· El abandono de la Franja por los palestinos que deseen establecerse en otros países; y  

· La rehabilitación financiera del territorio sin terrorismo ni incitación a la violencia.

Si bien el Gobierno Netanyahu no se ha pronunciado sobre la propuesta de Danon, el ex embajador asegura que el plan cuenta de antemano con el apoyo de varios miembros del Gabinete.

Curiosamente, se desconoce – al menos en Occidente – la existencia de una contrapropuesta palestina.  ¿Noticias que no nos llegan?

Por ende, conviene dedicar unas líneas al programa no oficial de Lloyd Austin en Tel Aviv, donde se hizo público el anuncio de la creación de una coalición internacional de lucha contra el terrorismo hutí en el Mar Rojo.

Los esquemas bélicos de Afganistán, Irak y Siria siguen vigentes. Pero en este caso concreto, Washington no defiende la democracia, sino la libre circulación de los navíos mercantes por el Canal de Suez. Teniendo en cuenta que las mayores navieras dedicadas al trasporte de fletes operan desde los Estados Unidos, todo tiene una explicación… lógica.


martes, 5 de diciembre de 2023

Moldova: la Caperucita Maia y el Feroz Oso Vladímir


Tal vez cueste imaginar que un uno de diciembre, fecha en la cual los rumanos celebran su fiesta nacional, miles de ciudadanos de la República Moldova, territorio controlado hasta 1990 por la extinta Unión Soviética, salgan a la calle para bailar la hora, la danza popular que ameniza los jolgorios de varios pueblos balcánicos y carpáticos: rumanos, búlgaros, serbios o griegos. La hora se baila en círculo; puede sonar una música lenta o rápida, siempre adaptada al estado de ánimo de los bailarines, hombres y mujeres que suelen entonar estrofas de canciones folclóricas o patrióticas aprendidas desde la más tierna infancia.  

Pero el pasado sábado – uno de diciembre – las celebraciones han revestido un carácter particular. Miles de habitantes de la ex república soviética salieron la calle ondeando enormes banderas rumanas y cantando la Hora Unirii – himno de la unión – escrita para celebrar la unificación, hace más de un siglo, de los principados que iban a conformar el joven reino de Rumanía. A los pobladores de Moldova, país vecino de Ucrania y de la Federación Rusa, este uno de diciembre les brindaba la oportunidad de refirmar su pertenencia a una nación separada por fronteras artificiales. Su patria – Besarabia – fue troceada por el imperio austrohúngaro, el reino de Polonia, la revolución rusa de 1917. No hay que extrañarse, pues, si muchos moldavos sueñan con la reunificación, con la vuelta a… Rumania, el país creado en 1862 por los unionistas liberales de Moldova y Valaquia.

Mas no todos los pobladores de Moldova comparten este deseo. Pera la presidenta Maia Sandu, una economista formada en los Estados Unidos, que llegó a ostentar un importante cargo en el Banco Mundial, el provenir de su país pasa forzosamente por la integración en las estructuras euroatlánticas.  Sandu no descarta la colaboración con las autoridades rumanas, muy generosas a la hora de apoyar, tanto política como económicamente, este exiguo territorio que apenas cuenta con 2,7 millones de habitantes; algo menos que la población de Bucarest o de Madrid.

Huelga decir que los contrincantes de Sandu en la campaña por la presidencia de Moldova fueron el político prorruso Igor Dodon, líder del Partido Socialista, que se las ingenió para tener unos ingresos extra de 45.000 dólares mensuales procedentes de las arcas del Kremlin, y también el avezado hombre de negocios Ilan Șor, que fundó su propia agrupación política, el Partido Chance, convertido en el altavoz de la propaganda mscovita en Chișinău.

Dodon, acusado de corrupción, desaparecio de la palestra hace unos años. Por su parte, Șor, que hace gala de su doble nacionalidad – moldava e israelí - navega entre Chișinău y Tel Aviv. Sus contactos con los organismos oficiales rusos son archiconocidos. El Servicio de Inteligencia y Seguridad de Moldova (ISS) afirma tener constancia de varias transacciones de dinero ruso destinado a Chance a través de ciudadanos de terceros países, como por ejemplo… Kazajstán.

Pero hay más; el ISS asegura que entre los contactos rusos de Ilan Șor destacan el empresario Igor Ceaika, hijo del ex fiscal general de Rusia y amigo personal de Vladímir Putin, así como el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, artífices ambos de proyectos destinados a derrocar a la presidenta Sandu y devolver Moldova a la zona de influencia de Rusia. El rotativo estadounidense Washington Post se hizo eco de la noticia, citando como fuente tanto a la inteligencia moldava como al servicio de contraespionaje ucranio, que suministró datos concretos sobre la financiación de los intentos de desestabilización por parte de Rusia. Aparentemente, Moscú se habría gastado entre 55 y 90 millones de dólares en la campaña contra las instituciones moldavas. A ello se suma un rocambolesco plan que contemplaba el envío de un ejército de mercenarios extranjeros – rumanos, búlgaros, sirios, turcos y kazajos – encargado de llevar a cabo atentados terroristas.

Ficticia o real, la situación de inestabilidad política generada por el feroz oso ruso incita a Maia Sandu a recurrir, una y otra vez, a su mantra: Urge nuestra integración en la OTAN.

lunes, 6 de noviembre de 2023

Caos

 

Ver al Secretario de Estado Antony Blinken paseando por Bagdad, la reconquistada capital devuelta a la democracia, con un chaleco antibalas puede provocar cierto asombro. ¿Tan frágil es el sistema político instaurado por los mensajeros de la mayor democracia del mundo? ¿Tan peligrosa la legendaria capital de los califas abasíes?  

El segundo periplo del jefe de la diplomacia estadounidense a Oriente Medio en menos de un mes no ha sido un camino de rosas. Blinken regresó para tomar el pulso del conflicto entre Israel y Hamas, para ver, dialogar, negociar treguas, proponer soluciones milagrosas. Pero su periplo se limitó en realidad a un tsunami de palabras; de buenas palabras.

Palabras y amonestaciones. Posturas intransigentes, como la del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, reproches y reivindicaciones de los aliados árabes de Washington, incapaces de disimular su irritación ante el apoyo incondicional de la Casa Blanca a la política ultraconservadora de Israel.

Buscar componendas con Dios y con el Diablo. Complacer a Tel Aviv sin provocar el enfado del mundo árabe; una misión sumamente difícil, casi imposible, para el Secretario de Estado.

Decididamente, Blinken no es Kissinger. Netanyahu dista mucho de ser Begin. Los gobernantes árabes bendecidos por el Acuerdo Abraham no han abandonado su tradicional apuesta anti israelí. Las primeras espadas de la región – Arabia Saudita, Irán, Turquía – tampoco. Los rumores acerca de una posible expansión del conflicto no dejan de correr por la zona. Las noticias procedentes de la Franja de Gaza alimentan la tensión, el pesimismo, el catastrofismo. En Washington, se elevan voces reclamando más pragmatismo por parte del inquilino de la Casa Blanca, en Kiev, más inquietud por un posible (aunque poco probable) abandono de Ucrania por sus aliados occidentales, En la vieja Europa, una creciente preocupación por el resurgir del antisemitismo y el incremento de la amenaza terrorista. En resumidas cuentas: el caos presagiado tras los atentados del 11 S se ha ido materializando.

No, Blinken no es Kissinger. El veterano politólogo y diplomático nacido en Alemania durante la República de Weimar hubiese criticado, con toda probabilidad, la espectacular (y muy penosa) retirada estadounidense de Afganistán, los constantes mensajes del actual presidente de los Estados Unidos instando a Vladimír Putin – su criminal de guerra in pectore - a entrar en Ucrania, el inquebrantable apoyo a Israel en la lucha contra el terrorismo de Hamas. Pero claro; Henry Kissinger prefiere guardar silencio. Los éxitos y los errores de la actual Administración no son de su incumbencia.

Joe Biden se posicionó abiertamente a favor de Israel. Los sentimientos humanos primaron sobre el precepto de prudencia que exige el ejercicio de su cargo. Sus palabras causaron un hondo malestar en el mundo musulmán.  

Pero lo cierto es que Biden tiene otras prioridades. En el ámbito internacional, tiene que lidiar con dos conflictos: el frente de Rusia-Ucrania, una guerra que corre el riesgo de perpetuarse sine die, la irritación de Pekín ante la amenaza que posibles represalias económicas, más duras y más eficaces que las impuestas hasta ahora al Kremlin. Sin olvidar, claro está, la constante expansión de los BRICS, adalides de la desdolarización del comercio internacional, ni la bancarrota del Estado, que podría alentar el caos en los mercados financieros.

A nivel interno, hay otro peligro que acecha al obstinado octogenario candidato a la reelección Joe Biden: su impetuoso y vociferante rival Donald Trump. Pero esa es otra historia.


viernes, 2 de diciembre de 2022

Turquía: la "guerra hibrida" de la Casa Blanca

 

La alarma saltó el 14 de noviembre, escasas horas después del atentado perpetrado en la céntrica calle Istiklal de Estambul por una mujer kurda procedente de Siria. La acción terrorista dejó seis muertos y más de ochenta heridos. Nada nuevo bajo el sol, aseveraron los analistas políticos de la antigua capital otomana. Turquía se había acostumbrado a los ciclos de violencia provocados por el constante enfrentamiento con los grupúsculos paramilitares kurdos, tachados de marxistas a sueldo de Moscú o de Alemania del Este en los años 70 y 80 del siglo pasado. Después de la desintegración de la URSS y la caída del Muro de Berlín, los kurdos se quedaron sin padrinos, aunque no sin armas.

El ministro turco del Interior, Suleyman Soylu, sorprendió a los diplomáticos extranjeros al rechazar, abierta y públicamente, las condolencias de la Embajada estadounidense. Sabemos dónde se coordinó el ataque. Hemos recibido el mensaje que nos han enviado. No aceptamos las condolencias de la Embajada, manifestó el titular de Interior, quien había criticado la postura de Estados Unidos frente al acto terrorista, pero sin revelar el verdadero motivo del descontento de Ankara.

¿Cuál era el contenido oculto del mensaje al que se refería Soylu? Pese a los múltiples y constantes roces con Washington, Turquía había adoptado una postura pro occidental en el conflicto de Ucrania. Al envío de los drones Bayraktar TB2, suministrados al ejército de Kiev, se suma la presencia – aún no confirmada – de misiles de medio alcance fabricados por la industria armamentística turca. Aparentemente, este escabroso detalle no entorpece las bunas relaciones con Moscú. Turquía es un buen cliente de Rusia. A las importaciones que van viento en popa, se suma otro atractivo: desde la introducción de las sanciones occidentales, los aeropuertos de Anatolia se han convertido en la única puerta de salida para los viajeros rusos.

Comercio, turismo, cooperación en materia de defensa, suministro de tecnología nuclear… Decididamente, el laxismo de las autoridades de Ankara no es del agrado de Washington. Después de todo, Turquía es uno de los miembros fundadores de la OTAN; uno de los baluartes de la Alianza Atlántica, que coquetea descaradamente con Rusia y con Irán, acérrimos enemigos de Occidente. ¡Incomprensible! ¡Intolerable!

¿Incomprensible? Olvidan los detractores de Erdogan que, en el verano de 2016, cuando se gestó la intentona golpista contra el presidente turco, los servicios de inteligencia occidentales permanecieron mudos. Curiosamente, los únicos que le advirtieron al sultán - presidente sobre el peligro inminente fueron los agentes de la KGB destinados en Ankara. Obviamente, el sultán puede ser cruel, aunque también… agradecido. La gratitud al Kremlin produjo un hondo malestar en la Casa Blanca. El entonces presidente Obama y su mano derecha, Joe Biden, trataron de recomponer los platos rotos. ¿La culpa? La culpa no es de nadie; es de todos. Así lo comprendió, en su momento, Recep Tayyip Erdogan.

Los Estados Unidos están llevando a cabo una guerra hibrida contra Turquía e Irán, afirmaba la pasada semana la prensa moscovita proclive al Kremlin, que no debería llegar a manos del lector occidental. ¿Los motivos?

Muy sencillo: algunos rotativos rusos aseguran que Estados Unidos participaron en la orquestación del reciente ataque terrorista de Estambul e incitaron a los servicios secretos de Kiev a sabotear, por segunda vez en menos un año, el gasoducto TurkStream, que suministra gas natural ruso no sólo a Turquía, sino también a Europa del Este y región balcánica. El intento de sabotaje se produjo poco después de la propuesta de Vladímir Putin de convertir a Turquía en centro para la distribución del gas ruso a Europa.

¿Se trata de castigar a Erdogan por su empeño en buscar un equilibrio entre sus compromisos con la OTAN y el deseo de cooperar con los BRIC y con la Organización de Cooperación de Shanghái, de su voluntad de llevar a cabo una política asiática independiente?

El periodista y politólogo turco Onur Sinan Guzaltan, autor de varios libros sobre la geopolítica del Mediterráneo y el Mundo Árabe, estima que Estados Unidos no tiene interés alguno de contar con países fuertes en la región, recordando que Washington intervino en Yugoslavia, Irak, Siria e Irán. Según él, Norteamérica dividió Irak y tratará de emular el ejemplo en Siria y de desestabilizar a Irán.

¿Y Turquía? Turquía trata de hacer frente a la ofensiva de Washington, lo que explica sus dificultosas relaciones con la Casa Blanca. Pero de ahí hasta vaticinar una aparatosa salida de Ankara de la OTAN hay un abismo. O… tal vez no.


sábado, 3 de septiembre de 2022

Xi: un buen uigur es un buen comunista

 

El drama del pueblo uigur saltó a la palestra en enero de este año, cuando la Administración Biden decretó la prohibición de las importaciones de algodón procedentes de la región china de Xinjiang. Según el actual inquilino de la Casa Blanca, la constante violación de los derechos de los uigures por parte de las autoridades de Pekín representa un desafío para la democracia. Para Joe Biden, los obstáculos no existen; sólo hay que luchar contra los desafíos.

La Unión Europea, Canadá y el Reino Unido se sumaron a las sanciones impuestas por Washington, prohibiendo a su vez la importación de productos provenientes de Xinjiang. La única salvedad: que los fabricantes chinos puedan demostrar ante las autoridades aduaneras europeas que las empresas no habían violado los derechos humanos básicos. Una exigencia que recuerda extrañamente las condiciones impuestas hace años a las autoridades israelíes, obligadas a declarar que las exportaciones provenientes de los territorios ocupados no violaban los derechos de la población palestina.  Exigencia ésta, que Tel Aviv supo sortear.

Huelga decir que antes de la revelación de la Casa Blanca, la cuestión de los derechos de los uigures – minoría musulmana que vive en el territorio chino desde hace siglos – fue abordada, sin excesivo éxito, por Amnistía Internacional, cuyas campañas pueden pasar (casi) inadvertidas si los poderes facticos se entrometen.

Otro proyecto llamado a fracasar fue el informe de la Organización de las Naciones Unidas, supervisado por la Alta Comisionada para los Derechos Humanos y expresidenta de Chile, Michelle Bachelet, a la que se le informó la pasada semana que el documento no debía publicitarse.

Bachelet aprovechó los últimos quince minutos de su mandato, que finalizaba el 31 de agosto, para dar a conocer el informe, que se hacía eco de las desapariciones, las detenciones arbitrarias, las torturas, las esterilizaciones forzadas, la existencia de una amplia red de centros de reeducación destinados a uigures acusados de llevar a cabo actividades terroristas.

¿Terroristas? En junio de 2009, la capital de la provincia de Xinjiang fue escenario de enfrentamientos entre uigures y miembros de la etnia mayoritaria han. La cifra de muertos – 156 - reveladas por el Gobierno de Pekín indican que este podía haber sido uno de los enfrentamientos más serios desde las protestas de la Plaza de Tiananmen de 1989.

Cierto es que una parte de la población uigur, compuesta por 12 millones de personas, tiene sentimientos separatistas y se opone a lo que denomina preponderancia cultural del Partido Comunista Chino. Aunque la mayoría se conformaría con una autonomía real y el respeto de sus derechos culturales y políticos en el marco de la República Popular China, un porcentaje bastante elevado sueña con la creación de una nueva República del Turkestán oriental o de un Uigurstán independiente.

Las autoridades chinas acusan al movimiento separatista islámico de Turkistán Oriental (ETIM), muy activo en la región, de perpetrar numerosos actos terroristas.

Desde hace décadas, la política de las autoridades chinas con respecto a Xinjiang y el pueblo uigur ha tenido tres ejes fundamentales:

 - La represión de cualquier tipo de actividad étnica al margen del Estado;

 - La promoción de la asimilación de los uigures y su progresiva sinificación;

- La realización de importantes proyectos de desarrollo socioeconómico.

Pero todo ello no basta. Tras la visita a la región de los relatores especiales de las Naciones Unidas, el propio presidente Xi Jinping se desplazó a Xinjiang para definir las pautas de actuación futura de los funcionarios comunistas.

Al parecer, Xi venía con los deberes hechos; su primera directriz hacía hincapié en la necesidad de intensificar los esfuerzos para promover el principio de que el Islam local debe tener una orientación china y que las religiones del país deben adaptarse a la sociedad socialista implantada por el Partido Comunista.

Las aspiraciones religiosas de los creyentes deben satisfacerse; estos deben estar estrechamente unidos en torno al Partido y al Gobierno, manifestó Xi. Al referirse a la importancia de la identidad cultural, el dignatario chino instó a los funcionarios del Partido a educar y guiar a las personas de todos los grupos étnicos para reforzar su identificación con la patria, la nación, la cultura, el Partido Comunista Chino (PCCh) y el socialismo con peculiaridades chinas.

En resumidas cuentas, lograr que un buen uigur sea, forzosamente, en buen comunista.

domingo, 22 de mayo de 2022

Erdogan a los nórdicos: “No os molestéis en enviar emisarios a Ankara”

 

La decisión de Ankara de rechazar la adhesión de Finlandia y Suecia a la Alianza Atlántica provocó un hondo malestar en las Cancillerías europeas. ¿Oponerse al ingreso de dos nuevos socios en la OTAN en esos momentos dramáticos para el equilibrio de fuerzas en el Viejo Continente? ¿Jugar el papel de árbitro en un conflicto clave entre el mundo libre y el despotismo de Putin? ¿Tener la desfachatez de oponerse a la corrección política de una organización creada para defender a Occidente? Pero bueno; ¿qué se han creído esos turcos? ¿No convendría echarlos pura y simplemente de la Alianza?

El hartazgo de los diplomáticos dista mucho de la postura más pragmática de los estrategas del cuartel general de las fuerzas aliadas, que prefieren tildar la reacción de Erdogan de mera tormenta en un vaso de agua.

Sí, es cierto: el sultán advirtió a Suecia y Finlandia que no deberían molestarse en enviar emisarios a Ankara para persuadir a Turquía que no se oponga a su solicitud de ingreso en la OTAN. De hecho, Erdogan aprovechó su conversación telefónica del sábado para   insinuar que no iba a recibir emisarios.

 No es esta la primera vez en la que las desavenencias con Ankara se tratan desde posturas maximalistas. ¿Se puede llegar a un acuerdo? Por supuesto; basta con que ambas partes lleguen a medio camino entre la postura oficial y el compromiso. Es lo que en realidad pretende Erdogan.

El presidente turco acusa a los países nórdicos de ofrecer refugio a militantes vinculados a organizaciones terroristas como el Partido de Trabajadores de Kurdistán (PKK), financiado hace décadas por la STASI germanooriental e incluso de contar con terroristas en el Parlamento sueco. Y también, de proteger a los simpatizantes del clérigo liberal turco Fethullah Gulen, antiguo compañero de camino del propio Erdogan, acusado de participar activamente en la intentona golpista de 2016. Ficticia o real, la acusación llevó a la depuración de los organismos estatales, que cobijaban, según los datos facilitados por los servicios de inteligencia del Estado, a… miles de simpatizantes de Gulen.

Erdogan afirma que su país no confía en los nuevos candidatos a la OTAN. Ninguno de estos países – Suecia y Finlandia - tiene una actitud clara hacia las organizaciones terroristas. ¿Cómo podemos confiar en ellos? ¿Vienen a Turquía a convencernos? Para el presidente turco, convendría que los nórdicos se ahorren el viaje.

¿El compromiso? Es probable que un compromiso implique la ilegalización de las organizaciones kurdas existentes en Suecia (aunque no su desaparición de la palestra), la suspensión del embargo a la venta de armas turcas en Occidente – medida aprobada por la OTAN tras la compra por Ankara del sistema antimisiles rusos S 400 – y el suministro de los aviones F 35 estadounidenses adquiridos por Turquía, cuya venta ha sido bloqueada en su momento por Washington.

Una negociación difícil, pero nada resulta imposible en un mercado turco. Basta con que la Casa Blanca mande a sus emisarios. Erdogan no se molestaría por menos.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La guerra ansiada por Israel


La noticia pasó casi inadvertida: durante su reunión de la pasada semana, el Gabinete israelí decidió prohibir la recepción de las emisiones vía satélite y cable de la televisión qatarí Al Jazeera, alegando su “parcialidad” informativa y la “continua incitación a la violencia” durante los disturbios de la Explanada de las Mezquitas. El titular de Comunicación israelí, Ayub Kara, no dudó en aportar su granito de arena al poco mediático debate, acusando a los colaboradores (árabes israelíes y palestinos) de la cadena de “apoyar el terrorismo”.

El incidente podía haber quedado circunscrito al ámbito meramente local, si no fuera por la airada protesta formulada, eso sí, a través de los medios de comunicación israelíes, por el jefe de la delegación de Al Jazeera en Jerusalén, quien hizo hincapié en la “connivencia del Gabinete Netanyahu con los vecinos árabes autocráticos”, alusión directa a la campaña llevada a cabo contra la emisora por Arabia Saudita, Egipto, los Emiratos Árabes, Bahréin y Yemen tras anunciar la ruptura de sus relaciones diplomáticas con el emirato de Qatar. 

Recordemos que el cierre de la cadena – fundada en 1996 por la familia del emir de Qatar - fue una de las exigencias “sine qua non” planteadas por los saudíes y sus aliados, quienes califican la emisora de “foro extremista” que practica una política de “injerencia en los asuntos internos” de los Estados árabes. 

Durante décadas, los israelíes aprovecharon la postura crítica de Al Jazeera para tratar de persuadir a los telespectadores arabofonos israelíes y palestinos de las carencias democráticas del mundo árabe-musulmán. Sin embargo, la presencia de equipos de informadores en Israel y los territorios ocupados acabó planteando serios problemas a la censura del Estado hebreo. De ahí el poco interés en mantener la estructura de la televisión qatarí en suelo israelí.

Pero hay más; mucho más. Israel y Qatar establecieron reacciones comerciales en 1996. En aquel entonces, en Doha funcionaba, al igual que en Teherán durante la época del Sha, una oficina de intereses comerciales, eufemismo que ocultaba su verdadera misión: la representación diplomática. De hecho, Tel Aviv utilizó esta plataforma para establecer contactos discretos con los extremistas de Hamas o con emisarios de países árabes poco propensos a reconocer a la “entidad sionista”.  Varios políticos israelíes pasaron por Doha, aprovechando la celebración de conferencias internacionales, ferias comerciales o invitaciones de extrañas fundaciones culturales. Por si fuera poco, Qatar abrió una embajada ante la Autoridad Nacional Palestina en Gaza, cuyo representante diplomático mantiene una línea abierta de con autoridades de Tel Aviv.  En ese contexto, el cierre de la delegación jerosolimitana de Al Jazeera reviste mayor trascendencia. 

¿A qué obedece, pues, el interés de Netanyahu en romper o congelar los lazos con uno de los pocos países árabes que no muestra animadversión alguna hacia el Estado judío?  ¿Por qué apuestan los estrategas de Tel Aviv por una hipotética alianza con los saudíes y sus secuaces?

Curiosamente, la respuesta parece estar relacionada con el “nuevo orden” o, mejor dicho, desorden regional inaugurado por Donald Trump. Pero conviene matizar: el actual inquilino de la Casa Blanca no es el artífice de los roces, véase enfrentamientos, entre los sunitas saudíes y los chiitas iraníes, obligados a buscar teatros de conflictos más allá de sus fronteras, ni del caos reinante en un Irak incapaz de curar sus profundas heridas de guerra, ni de la tentación de los kurdos de proclamar la independencia en el exiguo territorio de una región autónoma que linda con Turquía e Irán, ni del expansionismo ideológico o militar de los nuevos otomanos de Ankara. 
 
No, Donald Trump no ha creado los problemas, pero sí los está alimentando. Su innegable comprensión por la argumentación de los aliados saudíes, la hostilidad abierta hacia el país de los ayatolás, su desprecio hacia los árabes (salvo algunos productores de petróleo), está generando un nuevo ambiente, en el cual la opción del “Estado étnico” o religioso, emanante y avalado por las Sagradas Escrituras - Torá, Corán, Biblia – priva sobre el concepto moderno de “Estado-nación” introducido tras el acuerdo Sykes-Picot.
  
Obviamente, un enfrentamiento entre las grandes corrientes del Islam – sunitas y chiitas – una guerra abierta entre musulmanes, favorecería los intereses estratégicos de otro Estado étnico, Israel, ya que su conflicto con los árabes quedaría relegado en un segundo plano. Sería ésta la guerra ansiada por Israel…

Nada altruista es la actuación de las dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia, que se limitan a perpetuar por todos los medios su supremacía en la región. 

El tercer actor, la Unión Europea, parece contentarse con controlar, desde Bruselas, París o Berlín, unos incendios que no es capaz ni deseosa de apagar. 

Mientras, las alianzas se hacen y deshacen, los protagonistas cambian de bando y las coartadas, tal el cierre de Al Jazeera, solo sirven para ocultar la perspectiva de nuevas y mortíferas guerras. 

jueves, 15 de junio de 2017

Qatar: ¿primera víctima árabe de la era Trump?


¿Qué sucede cuando el segundo productor de “oro negro” del mundo – Arabia Saudita – arremete contra un molesto vecino - Qatar - segundo exportador de gas natural del planeta? Curiosamente, las rencillas se trasladan a la órbita de las relaciones internacionales, de la Política con mayúscula, y la recriminación tiene nombre: terrorismo. Es lo que pasó esta semana, cuando la Casa Real saudí decidió anatemizar al emir de Qatar, acusándole de apoyar a los movimientos terroristas árabes: Al Qaeda, Estado Islámico, Hamas, los Hermanos Musulmanes egipcios o los rebeldes huthíes de Yemen. Riad anunció la ruptura de relaciones con Doha; Egipto, los Emiratos Árabes, Bahréin, Yemen y las Islas Maldivas no tardaron en seguir su ejemplo.

Extraño comportamiento éste por parte del reino wahabita, instigador y artífice de la creación de Al Qaeda, socio de los servicios de inteligencia occidentales a la hora de engendrar nuevos monstruos: las agrupaciones “rebeldes” que han convertido a Siria en el laboratorio de una cruenta y mal llamada guerra civil. “Qatar fomenta el terrorismo”, afirman rotundamente los saudíes, recordando que Doha acoge a los cabecillas de agrupaciones políticas y militares extremistas, que figuran en las listas negras de Washington o de Bruselas.

De todos modos, las autoridades qataríes aprovecharon el fin de semana para tratar de poner los puntos sobre las “íes”. Mutlak a-Qahtani, consejero especial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Doha encargado de la lucha contra el terrorismo, afirmó que los talibanes afganos que se hallan en el emirato fueron acogidos en 2013 “a petición expresa de los Estados Unidos”. Se trataba de crear una oficina de enlace destinada a facilitar la mediación entre los combatientes islámicos, el Gobierno de Kabul y la Administración estadounidense. La oficina cerró tras el fracaso de las negociaciones. Sin embargo, su personal sigue confinado en Doha.

¿Terrorismo? La preocupación de los saudíes por la “amenaza” terrorista parece un tanto insólita. Los politólogos prefieren barajar otras hipótesis: un enfrentamiento entre los productores de petróleo y los de gas natural, un conflicto entre los guardianes (saudíes) del Islam sunita y los descarrilados adeptos (qataríes) de la corriente chiita (iraní). La postura independiente de Qatar en la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) o su falta de disciplina a la hora de aplicar las decisiones del Consejo de  Cooperación del Golfo (CCG), organismo regional controlado por Riad, serían otros argumentos empleados por los analistas occidentales. 

Conviene señalar que el aislamiento de Qatar beneficia a dos actores clave de la zona: Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Los saudíes no ven con buenos ojos el acercamiento del emirato a Teherán. De hecho, Qatar, Kuwait y Omán han estrechado sus lazos con la República Islámica, principal contrincante de los saudíes en el mundo islámico. El reino wahabita no puede permitirse un enfrentamiento directo con el país de los ayatolás. Sin embargo, puede trasladar el combate a otros escenarios: Yemen, Siria, Irak, Líbano o Palestina. En la mayoría de los casos, la presencia de los qataríes, su ambigüedad a la hora de sellar pactos con uno u otro bando, con varios a la vez, irrita sobremanera a los estrategas de Riad. Pero lo que en realidad exaspera a la monarquía wahabita es la cooperación, tanto económica como estratégica de Doha con el régimen iraní. Recordemos que los dos países controlan y explotan el mayor yacimiento de gas natural del mundo, South Pars. Por si fuera poco, Irán ha firmado un acuerdo de defensa con Qatar, que garantiza la integridad territorial del emirato frente a un (hasta ahora) hipotético ataque saudí. Hay quien estima que la drástica decisión de Riad podría acelerar la aproximación de los qataríes al “gran Satán” chiita. Un peligro real, que podría generar nuevos desequilibrios regionales.

En el caso de los Emiratos Árabes Unidos, el conflicto debe interpretarse en clave… estratégica. Qatar alberga la mayor base militar estadounidense de Oriente Medio, ubicada en Al Udeid, cerca de la frontera con Arabia Saudita, y también el Cuartel General de la 5ª Flota de los EE.UU. Hace tiempo que los Emiratos pugnan por las instalaciones militares norteamericanas. Detalle interesante: los asesores políticos de Donald Trump parecen muy propensos en apoyar el proyecto. Cabe preguntarse, pues, si la reciente visita del Presidente estadounidense en la región no habrá servido de detonante de la actual crisis.

Recordemos que las relaciones entre Doha y Washington atravesaron momentos difíciles tras los atentados de 11 S y la guerra de Afganistán. En efecto, durante el verano de 2002, cuando el entonces presidente George W. Bush le pidió al emir de Qatar que modere la retórica de la cadena de televisión Al Jazeera (controlada por la familia real), éste le recordó amablemente la primera  enmienda de la Constitución de los Estados Unidos: la libertad de información. Al Jazeera, ¿caja de resonancia de la propaganda de Al Qaeda? ¿Portavoz del depuesto presidente egipcio Mohamed Morsi? ¿Vehículo de los mensajes de las “primaveras árabes”?  La cadena cuenta con muchos seguidores y detractores en las capitales árabes, aunque también… en Washington. 

Israel, país que mantiene desde hace décadas relaciones económicas y “semidiplomáticas” con Qatar, interpreta el aislamiento del emirato en clave positiva. Para Tel Aviv, la bravuconada de los saudíes pone de manifiesto la reactivación de la presencia político-diplomática estadounidense en Oriente Medio e implica un posible y deseado acercamiento del Estado judío a Arabia Saudita, Egipto y las monarquías del Golfo.  Por otra parte, la campaña antiqatarí permite que la virulenta retórica antisionista de los Gobiernos árabes quede relegada a un segundo, véase tercer plano.

Desde el punto de vista meramente económico, el boicot de Qatar podría suponer pérdidas de miles de millones de dólares en transacciones comerciales e inversiones en la zona, así como el encarecimiento de los créditos bancarios. Los analistas británicos estiman que los inversores no sabrán distinguir entre los riesgos que implican las transacciones con Qatar y/o los demás países del Golfo.

El boicot marítimo: sabido es que los Emiratos han prohibido el atraque en el puerto de Fuyaira a los barcos con destino a Doha, lo que podría repercutir en los costes de los envíos de gas licuado (GLP). Sin embargo, merced a sus nuevas facilidades portuarias, Qatar mantendrá el nivel de sus exportaciones de gas destinado a los países europeos y asiáticos.

Cabe recordar que en el pasado mes de abril, el excedente comercial del emirato ascendió a 2.700 millones de dólares, lo que permite contemplar un incremento de la compra de productos alimentarios. Qatar importa el 90 por ciento de los alimentos que consume. En 2015, el monto de sus importaciones ascendió a 1.050 millones de dólares. 

Aun así, el pánico se está apoderando de las Bolsas internacionales. Bienvenidos al inestable mundo de… Donald Trump.