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miércoles, 16 de agosto de 2023

El siglo de Turquía (III) Erdogan: entre el globalismo y el multipolarismo

 

Después de la intentona golpista de 2016, Recep Tayyip Erdogan vivió con la disyuntiva: Oriente u Occidente. Se trataba de escoger amigos, por no decir, aliados. El Occidente le había traicionado: para el sultán, el golpe de los militares turcos había sido urdido con la complicidad de la CIA y del servicio de inteligencia alemán. Pero tanto Washington como Berlín se apresuraron a negar su participación en los preparativos del levantamiento. La entonces Canciller Angela Merkel se enfadó mucho con Erdogan. Cierto es que unos meses después la propia Merkel anunció la congelación definitiva de las negociaciones sobre la adhesión de Ankara a la Unión Europea. La decisión siguió vigente hasta el mes pasado, cuando los 27 se vieron obligados a resucitar el diálogo. El motivo: parafraseando al Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, se trataba de un chantaje de última hora del Presidente turco, que exigió la reanudación de las consultas con los comunitarios a cambio de la suspensión del veto de Ankara al ingreso de Suecia en… la Alianza Atlántica. Aparentemente, la UE no tuvo más remedio que pasar por el aro.


En el verano de 2016, se rumoreó que Erdogan salvó su vida gracias a un soplo (también de última hora) de los servicios de inteligencia rusos, que vigilaban muy de cerca las actividades de sus competidores occidentales. ¿Simples rumores? Cierto es que, a partir del otoño de 2016, los contactos entre Ankara y Moscú se multiplicaron. Turquía se decantó por adquirir el sistema de defensa antiaéreo ruso S 400, una herejía para un país miembro de la OTAN, encargó a la agencia atómica rusa la construcción de la primera central nuclear de Anatolia, expandió los intercambios comerciales con el gran vecino del Norte, fomentó la cooperación industrial y los intercambios turísticos. 


Sólo desde el comienzo del conflicto de Ucrania, las exportaciones de productos turcos a Rusia se han disparado, pasando de 2600 millones de dólares en la primera mitad de 2022 a 4900 millones de dólares durante el mismo período de este año.

Rusia es el principal proveedor de gas natural de Turquía y representa aproximadamente la mitad de todas las importaciones. Antes de las elecciones del pasado mes de mayo, Moscú aplazó los pagos de gas por valor de miles de millones de dólares.

Más aún: Turquía permite el acceso de la Armada rusa a los mares cálidos. Además, Erdogan ha desempeñado un papel crucial en el desbloqueo del suministro de grano ucraniano a los mercados mundiales. Sin embargo, Ankara no reconoce la anexión de Crimea por parte de Rusia y considera que su invasión de Ucrania es ilegal.

Erdogan fue, recordémoslo, uno de los primeros líderes mundiales en llamar a Putin durante la rebelión del grupo Wagner por la gestión e la guerra de Ucrania. Y ello, a pesar de que Turquía no es un actor neutral en este conflicto. Los primeros drones empleados por el Ejército de Kiev en esta guerra, los Bayraktar, son producidos por el yerno y aparente heredero de Erdogan, Selcuk Bayraktar. Cuando se trata del bienestar de la familia…

En los primeros meses de 2023, se especuló con la posible adhesión de Turquía al grupo de los BRICS, conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Sabido es que en la cumbre de la organización, que tendrá lugar a finales de este mes, se estudiará la candidatura de una veintena de países árabes, africanos y latinoamericanos, dispuestos a convertirse en los pilares del mundo multipolar ideado por la élite de Rusia y China.

¿Y Turquía? El acercamiento de Erdogan a las estructuras creadas por Moscú y Pekín se remonta al año 2012, cuando el presidente turco contestó, medio en broma, al tanteo de Vladímir Putin: Si de verdad quiere saber lo que pienso, admita a Turquía como miembro de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) y revisaremos nuestras relaciones con la UE.  Las palabras de Erdogan reflejaban en realidad el hartazgo de Turquía con el lento progreso del proceso de adhesión a la UE.

Por otra parte, es natural que Ankara coopere con los países más poblados del mundo, como China e India. Por si fuera poco, Turquía tiene vínculos étnicos y culturales con los países túrquicos de Asia Central, como Azerbaiyán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajstán y Kirguistán, que integran la OCS.

Inevitablemente, podemos estar buscando otras opciones, ya que la UE no nos ha dejado entrar durante 52 años. La UE puede preguntar por qué Erdogan va a Shanghai, por qué se reúne con los líderes de la OCS. Por supuesto, me reuniré (con ellos). No creo que deba ninguna explicación a la UE.

Conviene recordar, sin embargo, que estas declaraciones fueron formuladas antes de la cumbre de Vilnius, cuando Bruselas cedió a las exigencias de Ankara.

Si bien es cierto que la actuación de Erdogan en la reunión de la OTAN irritó sobremanera a Rusia, tampoco debe interpretarse como un cambio brusco de la postura de Turquía hacia Occidente. De hecho, Erdogan tardó menos de un día en recordar que el parlamento turco no podría ratificar probablemente la adhesión de Suecia antes del receso estival de julio, aunque tenía la autoridad para extender la sesión parlamentaria. Erdogan pretende obtener garantías firmes de que el Congreso estadounidense permitirá la venta de cazas F-16 y que Estocolmo cumpliría sus promesas de extraditar a los militantes kurdos antes de dar luz verde a la adhesión de Suecia a la Alianza Atlántica. 


Finalmente, hay que reconocer que las negociaciones con Bruselas no van viento en popa. El compromiso de la UE se limita, por ahora, a la reapertura de dos capítulos conflictivos del regateo diplomático: la modificación del sistema aduanero y la exención de visados para los ciudadanos turcos que viajan al espacio Schengen. Ambos temas quedaron estancados antes de la congelación del diálogo.


Ante el efecto sorpresa de las exigencias de Ankara, los 27 anunciaron la creación de un grupo de trabajo encargado de estudiar nuevas iniciativas. Quienes conocen el funcionamiento de los foros internacionales y de los subforos creados para elaborar nuevas propuestas, saben positivamente que los grupos de trabajo pueden convertirse en auténticos… cementerios de ideas.


En definitiva, Erdogan tendrá que escoger entre Oriente y Occidente.


jueves, 18 de mayo de 2023

¿Hacia una autonomía estratégica global?

 

A Emmanuel Macron no se le puede echar en cara su… falta de sinceridad. Macron, ¿hipócrita? No, en absoluto. Pero lo cierto es que a veces sus verdades pueden resultar molestas para sus pares, los hombres y mujeres que dirigen los destinos del Planeta.  

El presidente galo afirmó recientemente que la victoria de Kiev en el conflicto con Moscú ha de ser el objetivo prioritario de las democracias occidentales, pero que los europeos tienen que idear una relación sostenible con Rusia. Si bien sus aliados comunitarios aplaudieron la primera parte del discurso – la victoria de Ucrania – consideraron que sería prematuro contemplar un hipotético restablecimiento de relaciones normales con el Kremlin.

Pero hay más; cuando Macron manifestó que el desequilibrio de fuerzas creado por la intervención rusa en Ucrania convierte a Moscú en un mero vasallo de China, logró abrir la caja de los truenos del Kremlin. El portavoz de Vladimir Putin le recordó al inquilino del Eliseo que las relaciones entre Rusia y China están basadas en el respeto mutuo y la cooperación fraternal, conceptos – según él – casi inexistentes en el vocabulario de la clase política occidental.  

Por ende, cuando el primer mandatario francés se erigió en defensor de la autonomía estratégica del Viejo Continente, el secretario general de la OTAN se apresuró en recordarle la irremplazable importancia del paraguas nuclear estadounidense. Menos diplomática resultó ser la reacción de Donald Trump al enterarse, durante la cumbre de la Alianza celebrada en 2017 en Varsovia, del extravagante neologismo de Macron. La respuesta del entonces presidente norteamericano fue contundente: ¿Autonomía? Pague su cuota a la OTAN y procure incrementar su contribución.

Con el paso del tiempo, el concepto de autonomía estratégica adquirió un nuevo significado. Tras la invasión de Ucrania, la imposición de sanciones contra Moscú, los desequilibrios económicos y monetarios generados por la alteración de las reglas aplicables a los intercambios comerciales, muchos Gobiernos tratan de hallar otras vías para el desarrollo armónico de las relaciones internacionales. Rusia y China abogan en pro del surgimiento de un mundo multipolar, que acabe con el papel hegemónico de los Estados Unidos. Se suman a este proyecto los mayores productores de petróleo – Araba Saudita e Irán – así como algunas potencias regionales emergentes que pertenecen al llamado Sur Global. El objetivo de estos países es de crear nuevas estructuras para el desarrollo de una intensa cooperación política y económica a través de plataformas globales y regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) o la Organización de Cooperación de Shanghái. (OCS).

Una de las prioridades de Moscú y Pekín es la desdolarización de los intercambios comerciales y la paulatina sustitución de la divisa estadounidense por un sistema de pagos basado en la utilización de monedas nacionales o la creación de una nueva unidad monetaria común.

La esencia de este concepto (autonomía estratégica) es que una nación mantenga sólidas relaciones de alianza y, al mismo tiempo, cultive la capacidad de pensar de manera independiente y actuar en función de sus propios valores e intereses, señala el catedrático y economista Kerem Alkin, que ostenta en cargo de representante de Turquía ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Señala el profesor estambulí, partidario de nuevas posibles alternativas para la integración de su país en un amplio concierto internacional, que el concepto de autonomía estratégica no se limita a los países del Sur, ya que también está siendo debatido entre los miembros de la Unión Europea y… la Alianza Atlántica.

En un mundo donde el equilibrio político-económico se está desplazando del Atlántico a Asia-Pacífico, las naciones líderes están experimentando diferencias significativas, ideas contradictorias e intereses en conflicto con sus supuestos socios y aliados de los últimos 22 años, sostiene el representante de Ankara en la OCDE. 

Si bien en las décadas posteriores a la Guerra Fría, la mayoría de las economías de los países industrializados abrazaron el concepto de autonomía estratégica y la indispensabilidad de convertirse en naciones autosuficientes en materia de defensa, energía, agricultura. alimentación, salud, tecnología digital y logística, la cuestión que destaca actualmente es la escasa confianza en el sistema multilateral, la equidad e imparcialidad de los organismos internacionales o la transparencia de las decisiones tomadas por dichas organizaciones.

Apostar por el multilateralismo. ¿Acaso ello significa que Turquía está dispuesta a abandonar su viejo sueño europeo para acercarse progresivamente al perverso eje Pekín-Moscú? Lo cierto es que, en los últimos meses, el presidente Recep Tayyip Erdogan no disimuló su interés por concertar un posible ingreso de Ankara en este Club de los Emergentes.

El porvenir nos los dirá.


domingo, 22 de mayo de 2022

Erdogan a los nórdicos: “No os molestéis en enviar emisarios a Ankara”

 

La decisión de Ankara de rechazar la adhesión de Finlandia y Suecia a la Alianza Atlántica provocó un hondo malestar en las Cancillerías europeas. ¿Oponerse al ingreso de dos nuevos socios en la OTAN en esos momentos dramáticos para el equilibrio de fuerzas en el Viejo Continente? ¿Jugar el papel de árbitro en un conflicto clave entre el mundo libre y el despotismo de Putin? ¿Tener la desfachatez de oponerse a la corrección política de una organización creada para defender a Occidente? Pero bueno; ¿qué se han creído esos turcos? ¿No convendría echarlos pura y simplemente de la Alianza?

El hartazgo de los diplomáticos dista mucho de la postura más pragmática de los estrategas del cuartel general de las fuerzas aliadas, que prefieren tildar la reacción de Erdogan de mera tormenta en un vaso de agua.

Sí, es cierto: el sultán advirtió a Suecia y Finlandia que no deberían molestarse en enviar emisarios a Ankara para persuadir a Turquía que no se oponga a su solicitud de ingreso en la OTAN. De hecho, Erdogan aprovechó su conversación telefónica del sábado para   insinuar que no iba a recibir emisarios.

 No es esta la primera vez en la que las desavenencias con Ankara se tratan desde posturas maximalistas. ¿Se puede llegar a un acuerdo? Por supuesto; basta con que ambas partes lleguen a medio camino entre la postura oficial y el compromiso. Es lo que en realidad pretende Erdogan.

El presidente turco acusa a los países nórdicos de ofrecer refugio a militantes vinculados a organizaciones terroristas como el Partido de Trabajadores de Kurdistán (PKK), financiado hace décadas por la STASI germanooriental e incluso de contar con terroristas en el Parlamento sueco. Y también, de proteger a los simpatizantes del clérigo liberal turco Fethullah Gulen, antiguo compañero de camino del propio Erdogan, acusado de participar activamente en la intentona golpista de 2016. Ficticia o real, la acusación llevó a la depuración de los organismos estatales, que cobijaban, según los datos facilitados por los servicios de inteligencia del Estado, a… miles de simpatizantes de Gulen.

Erdogan afirma que su país no confía en los nuevos candidatos a la OTAN. Ninguno de estos países – Suecia y Finlandia - tiene una actitud clara hacia las organizaciones terroristas. ¿Cómo podemos confiar en ellos? ¿Vienen a Turquía a convencernos? Para el presidente turco, convendría que los nórdicos se ahorren el viaje.

¿El compromiso? Es probable que un compromiso implique la ilegalización de las organizaciones kurdas existentes en Suecia (aunque no su desaparición de la palestra), la suspensión del embargo a la venta de armas turcas en Occidente – medida aprobada por la OTAN tras la compra por Ankara del sistema antimisiles rusos S 400 – y el suministro de los aviones F 35 estadounidenses adquiridos por Turquía, cuya venta ha sido bloqueada en su momento por Washington.

Una negociación difícil, pero nada resulta imposible en un mercado turco. Basta con que la Casa Blanca mande a sus emisarios. Erdogan no se molestaría por menos.

sábado, 14 de mayo de 2022

Turquía: a mares revueltos…

 

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aprovechó la celebración del Día de Europa para enviar un resolutivo mensaje a la Unión Europea. En realidad, no es la primera vez que Ankara se dirige al club de Bruselas con la solicitud de acelerar los trámites de adhesión, ni es la primera vez que recibe la callada por respuesta. Aparentemente, Turquía no figura en la lista de prioridades de los eurócratas, empeñados a solucionar, créditos y armas mediante, el acuciante problema que plantea la pugna entre Kiev y Moscú.  

Pero Erdogan trata de poner los puntos sobre las íes. La inestable situación política derivada de la guerra-invasión de Ucrania, la perspectiva de una crisis energética y alimentaria mundial, la amenaza de un enfrentamiento generalizado que podría desembocar en un conflicto nuclear, son elementos que deberían hacernos recapacitar sobre el porvenir de nuestras alianzas estratégicas, las ventajas o inconvenientes de contemplar nuevas ampliaciones de la familia comunitaria.

El sultán aduce argumentos de peso, como la importancia estratégica de Turquía para la UE en materia de seguridad, migración, energía o cadenas de suministro, aspectos que recobran mayor relevancia desde el inicio del conflicto de Europa oriental. Turquía ha esperado mucho desde 1999, fecha en la que la UE aceptó oficialmente su candidatura para el ingreso en la Unión. Fue la culminación de un proceso iniciado a mediados de la década de los 60 del pasado siglo, cuando el país moderno creado por Mustafá Kemal Atatürk inició su acercamiento a las instituciones europeas. Ankara trató de sortear los obstáculos, más económicos que políticos, que entorpecían la marcha hacia la meta. Las múltiples crisis le obligaron buscar otras vías de integración, más acordes con la tradición histórica del Estado otomano. Se barajó la posibilidad de lanzar una ofensiva diplomática en Asia Central y la región de Oriente Medio, tratando de reanudar los lazos con los antiguos feudos del Imperio Otomano. La opción geopolítica, el nuevo otomanismo, que contempla la recuperación de los territorios administrados durante siglos por los sultanes de Constantinopla, se convirtió en el caballo de batalla del islamista Erdogan. El nuevo otomanismo es, sin duda, una doctrina muy parecida a la de Vladímir Putin, que sueña con la recomposición de la Rusia de los zares. Menos directo, Erdogan prefiere obrar con más cautela.

Sin embargo, en los últimos años, el líder turco apostó por una mayor visibilidad, por más protagonismo a nivel internacional. En los últimos viajes oficiales, Erdogan se dedicó a criticar al puñado de países victoriosos en la Segunda Guerra Mundial, léase miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que siguen controlando los destinos del planeta.

Es cierto: hace tiempo se está gestando un cambio en el orden mundial. Occidente ha dejado de tener el poder económico y militar que ostentaba tras el derrumbe de la URSS. Sin embargo, Rusia es la única nación que sigue plantándole cara a la globalización. De manera indirecta, claro está; la confrontación abierta entre las supergrandes parece, hoy por hoy, inconcebible. Para potencias intermedias, como Turquía, resulta sumamente difícil mantener el equilibrio a la hora de tratar con el Kremlin o la Casa Blanca, rivales ambos muy exigentes, que tratan de imponer normas de conducta inaceptables para los herederos de la tradición otomana.  

Rusia juega la carta de la vecindad, los antecedentes históricos y los intereses comunes o convergentes en Asia y la región del Cáucaso. Por su parte, Norteamérica apuesta por la pertenencia de Turquía a la Alianza Atlántica, su situación estratégica, la cooperación militar y el apoyo – directo o indirecto – a la economía y las finanzas del Estado turco. A cambio, exige disciplina, por no decir, sumisión en las relaciones bilaterales. Algo difícil de imaginar en tiempos de paz y, aún más, en tiempo de guerra. Las últimas medidas adoptadas por la Casa Blanca y la OTAN – cierre del Bósforo para el tránsito de barcos de guerra rusos, creación de brigadas de intervención rápida ubicadas en Bulgaria y Rumanía, integración inminente en la Alianza de Finlandia y Suecia - no resultan del agrado de las autoridades turcas. Pero sería inconcebible rebelarse contra las decisiones de Washington. En estas circunstancias, queda la alternativa de jugar a fondo… la carta de Europa.

Pero ¡oh, desilusión! Los europeos no cuentan con Turquía a la hora de elaborar sus planes estratégicos. La brújula de seguridad comunitaria, aprobada el 21 de marzo por Bruselas, que describe las medidas que tomarán los 27 miembros para defenderse de las nuevas amenazas y desafíos en la región del Mediterráneo, hace caso omiso de la presencia de Turquía y la República Turca de Chipre Norte en la zona. Una estrechez de miras, estiman los responsables de la política geoestratégica de Ankara. Estrechez de miras u olvido deliberado; Turquía queda excluida de los planes de defensa comunitarios. Cierto es que el Mediterráneo ha sido históricamente escenario de enfrentamiento entre la flota de los sultanes de Constantinopla y los barcos de guerra de la Liga Cristiana. Otros tiempos, dirán algunos. ¿Otros tiempos?

Huelga decir que la brújula de seguridad de la UE contempla la creación de un cuerpo de intervención integrado por 5.000 funcionarios (en realidad, militares) llamados a realizar maniobras en tierra, mar y aire.  Los turcos lamentan haberse enterado de su creación de la brújula a través de los noticiarios.

Más inquietante podría parecernos la evolución de la conflictividad en el Mar Negro. La Convención de Montreux de 1936 sobre el paso de los estrechos otorga a Turquía la vigilancia de los Dardanelos y el Bósforo, así como la prerrogativa de facilitar o rechazar el paso de barcos de guerra de países no pertenecientes a la zona. Hasta finales de la pasada década, se toleraba la presencia en las aguas del Mar Negro de uno o dos buques de guerra pertenecientes a la Alianza Atlántica. Anclados en las instalaciones navales turcas, búlgaras o rumanas, los barcos estadounidenses, franceses o neerlandeses procuraban esquivar la vigilancia de la Armada rusa. El Kremlin condenaba sistemáticamente su intrusión en un perímetro reservado históricamente a la flotilla de los zares. Pero sí, los tiempos cambian; hoy en día, la Casa Blanca exige a Turquía prohibir el tránsito de los navíos de guerra rusos por el Bósforo. Misión bastante desagradable para los cancerberos de los estrechos.

Prohibir el paso de los barcos de guerra rusos, facilitar el tránsito de cargueros que transportan toneladas de trigo, harina, aceite de girasol, petróleo y otras mercancías procedentes de Rusia o de Ucrania, convertir los estrechos en puestos de aduanas que separan los dos mundos… Triste y arriesgada misión para los herederos del Imperio Otomano, partidarios de la integración regional y la cooperación internacional.

Pero es cierto: los tiempos han cambiado.

domingo, 20 de marzo de 2022

La UE a Erdogan: cuidado con los malabarismos

 

Si se busca un común denominador de las relaciones entre la Unión Europea y Turquía, la palabra más idónea sería desconfianza. Desconfianza, desprecio, recelo son los términos que podrían emplearse a la hora de calificar los fluctuantes, cuando no, tormentosos vínculos entre los herederos del renombrado imperio Otomano y los eurócratas de la capital belga.

Los turcos no reniegan de su glorioso pasado; los máximos exponentes del club cristiano de Bruselas (Erdogan dixit) miran con recelo a los emisarios de esta nueva potencia regional, dispuesta a hipotecar parte de su reciente historia para convertirse, con el beneplácito de alemanes, franceses, italianos o portugueses, en un miembro más de la familia europea. De la hasta ahora opulenta familia, preocupada por su prosperidad.

Es cierto; los tiempos cambian. Turquía, que solicitó su ingreso en la CE/UE en 1987, sigue manteniendo su estatuto de aspirante a la adhesión. De eterno aspirante, al que se le ha contestado siempre con peros o evasivas. Los turcos saben que detrás de los argumentos esgrimidos por Bruselas: carencias del sistema democrático, violación de los derechos humanos, de la libertad de expresión, de la discriminación de la minoría kurda o la situación de la mujer, se oculta el verdadero motivo: la competitividad de las exportaciones hacia los países miembros de la Unión. Los europeos temen el dinamismo de la economía turca. En realidad, el hombre enfermo de Europa goza de buena salud.

Desde el punto de vista político, los neo-otomanistas de Ankara muestran una lucidez digna de los herederos de un gran imperio. En las últimas décadas, los turcos lograron resucitar o reactivar las relaciones con los países y territorios que pertenecieron al imperio Otomano, incrementando su presencia en los Balcanes, Asia Central, el Golfo Pérsico, el Cuerno de África. Sin olvidar, claro está, el siempre conflictivo espacio postsoviético: Rusia, Ucrania y los estados de la región caucásica.

Turquía firmó acuerdos de cooperación económica y estratégica con Rusia, que cubren la adquisición de sistemas de defensa antiaérea, instalación de centrales atómicas dotadas de tecnología rusa, maquinaría de construcción o productos agroalimentarios.

A Ucrania le suministró tecnología moderna para la fabricación de drones y vehículos militares; a los países de la antigua Yugoslavia, numerosas patentes industriales.

Como miembro fundador de la Alianza Atlántica (OTAN), Turquía tomó partido desde el primer momento a favor de Ucrania en el conflicto con Rusia, pero sin olvidar los compromisos contraídos con el Kremlin. Pese a las desavenencias surgidas durante la segunda guerra de Nagorno Karabaj, en 2020, la relación entre Recep Taiyp Erdogan y Vladímir Putin sigue siendo muy fluida. Bastante fluida, al parecer, para que los eurócratas decidan llamar a capitulo al rebelde presidente turco. 

La pasada semana, el embajador de la UE en Ankara, Nikolaus Meyer-Landrut, le trasladó a Erdogan la preocupación de Bruselas ante la supuesta ambigüedad de la política de Turquía, país que no se sumó a las sanciones decretadas por la UE, no prohibió las emisiones de la cadena de televisión rusa RT, no cerró su espacio aéreo a los vuelos de las compañías rusas, no… En pocas palabras, sugirió que Turquía, mero candidato a la adhesión a la UE, debía alinearse a la política comunitaria.

Turquía no podrá seguir haciendo malabarismos, advirtió Meyer-Landrut, diplomático de carrera germano, que se desempeñó como asesor principal para asuntos europeos de la canciller alemana Angela Merkel, una de las principales detractoras del ingreso de Ankara en el selecto club de Bruselas. ¿Malabarismos? Pero si Turquía no debe nada a los comunitarios…

Es cierto: el Gobierno de Ankara decidió mantener abierto su espacio aéreo para que los rusos residentes en la UE y los ciudadanos comunitarios pudieran seguir viajando a la Federación Rusa. 

Erdogan ha subrayado en reiteradas ocasiones que no tiene intención de renunciar a las relaciones con Kiev ni con Moscú. En deterioro de los contactos con Rusia podría tener consecuencias dramáticas para la política de su país. Por otra parte, el presidente turco criticó recientemente la respuesta de Europa a la invasión rusa de Ucrania, calificándola de caza de brujas dirigida contra el pueblo, la cultura y el arte rusos.

Por ende, conviene recordar que, en la guerra de Ucrania, Ankara ofreció sus buenos oficios como mediador. ¿Malabarismos? Ninguno.


jueves, 9 de septiembre de 2021

Afganistán: el Gobierno del 11- S

 

La suerte está echada; la plana mayor del emirato islámico afgano ha decidido inaugurar en nuevo Gobierno provisional de Kabul a finales de esta semana, más concretamente, el próximo día 11 de septiembre, fecha en la que se conmemora en vigésimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. La alusión a los héroes y mártires del 11 – S es patente. Los taliban pretenden retomar el hilo de la historia un día señalado, rindiendo homenaje a quienes hicieron temblar los cimientos de la civilización occidental, humillando al prepotente Imperio ateo que trató poner de rodillas a los valedores del Islam puro y duro, ideado por Sayyd Qutb, Hasan al Banna u Osama Bin Laden.   

¿Simple casualidad? No, en absoluto. Maktub; todo estaba escrito. Los tratados de los padres del islamismo moderno, los premonitorios mensajes del líder de Al Qaeda, vaticinaban la victoria del Dar al Islam – las tierras del Islam – sobre el Dar el Harb – la morada de la Guerra – es decir, la cristiandad. Los mensajes enviados al mundo occidental después del 11 – S eran inequívocos: volveremos para derrotaros. El Presidente Bush no dudó en declarar la guerra permanente a los islamistas en 2001. Mas se trataba de un error de cálculo que muchos politólogos occidentales criticaron. Al confundir el mundo islámico con el terrorismo, Bush no hacía más que ensanchar la brecha entre Oriente y Occidente. El seguidismo de los gobernantes del primer mundo fue la gota que hizo colmar el vaso.

El escaso, por no decir, nulo conocimiento del Islam en los países occidentales sólo sirvió para acentuar las diferencias. Los trasnochados proyectos de algunos politólogos occidentales, partidarios de exportar la democracia a los países musulmanes, tropezaron con el contundente rechazo de sus interlocutores islámicos. ¿Democracia? Pero, ¿qué modelo de democracia?

En el caso concreto de Afganistán, cabe suponer que el recién creado Gabinete no estará en condiciones de cumplir sus promesas de encaminarse hacia el modernismo, el respeto de los derechos humanos, la aceptación de la mujer, el reconocimiento de los derechos de las distintas etnias y corrientes religiosas. Lo más probable es que trate de emular el sistema de gobernanza de los años 90, cuando los talibán y Al Qaeda sumergieron a la sociedad afgana – emancipada desde mediados del siglo XX -   en el más negro período de oscurantismo de su historia[AML1] .

De hecho, en actual Gabinete está integrado por veteranos de la época del régimen de 1996 – 2001 o por herederos de los sanguinarios señores de la guerra.

El Gobierno del 11 – S está presidido por el mulá Muhammad Hassan Akhund, que ostenta el cargo de primer ministro. Su mano derecha es el mulá Abdul Ghani Baradar, que ocupa la función de viceprimer ministro.  Baradar, cofundador original de los talibanes en 1994 y jefe de la oficina política de Doha, ocupó varios cargos gubernamentales entre 1996 y 2001.

El Ministro del Interior en funciones, Sirajuddin Haqqani, figura en la lisita de los terroristas más buscados el FBI.

El Ministro de Defensa en funciones, Mohammad Yaqoob, es el hijo del fallecido mulá Omar, también fundador del movimiento talibán.

Los actuales dueños de Afganistán buscan el reconocimiento internacional. De momento sólo hay cuatro países islámicos dispuestos a reconocer el Gobierno de Kabul.

Los Estados Unidos, interesados en borrar de nuestra memoria los errores, las mentiras y la mala gestión de la reciente crisis, atribuible a la torpeza del presidente Biden, tratan de ofrecernos una imagen amable del nuevo Gobierno afgano.

Si la memoria no nos falla, es lo que trató de hacer en 2002 George W. Bush, cuando se precipitó en presentarnos al vencedor de las elecciones generales turcas, Tayyep Recep Erdogan, como un islamista moderado que convenía acoger sin dilación en el seno de la UE.

Lo que pasó después…

 [AML1]


lunes, 22 de febrero de 2021

Mar Negro: la caza del submarino rojo

 

“La democracia está en peligro”, afirma rotundamente Joe Biden, legatario de la política exterior de su antiguo mentor, Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz que más conflictos gestionó durante su mandato presidencial.

El presidente Biden acaba de descubrir la identidad de los verdaderos enemigos de la “democracia occidental”. Se trata, cómo no, de… Rusia y China, países que de alguna manera ocupaban un destacado lugar en la lista de las obsesiones de los estrategas occidentales, sean estos politólogos, analistas o militares.

Rusia y China serán a partir de ahora los gigantes que habrá que combatir empleando la estrategia de las sanciones económicas, temible arma que sustituye el impacto de los misiles balísticos intercontinentales.

Joe Biden seguirá, pues, la táctica estrenada por Obama y seguida, reconozcámoslo, por su sucesor en el cargo, Donald Trump. Pero Biden, cuyo carácter dista mucho del de un multimillonario bocazas, aplicará la estrategia de las sanciones con suma cautela. Los grandes discursos, la retórica aparatosa, serán – a partir de ahora - privativos de los “subordinados”: secretarios de Estado, generales, altos mandos de la OTAN. De todos modos, el anuncio de la próxima tanda de sanciones contra el Kremlin es inminente.  

Pero ¿de verdad está en peligro nuestra democracia, la tan cacareada democracia de Occidente? Es lo que estima también el Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, quien “descubrió”, hace apenas unas semanas, el “peligro” que supone Rusia para la estabilidad en el Mar Negro, una región que se halla, desde los acuerdos de Yalta, en la zona de influencia de Moscú. Una zona que se ha convertido, desde 2016, en coto de caza de los navíos de la OTAN, cuya presencia más allá del Bósforo supone o suponía una violación de la Convención de Montreux de 1936 sobre el paso de los estrechos.

La interpretación moderna de este instrumento internacional poco tiene que ver con las clausulas del instrumento jurídico que limitaba, cuando no prohibía el ingreso de barcos de guerra extranjeros en las aguas del Mar Negro. Sin embargo, la Alianza Atlántica aprovechó la anexión, en 2014, de la península de Crimea a Rusia para colocar sus primeros peones en el tablero del Kremlin. Desde finales de 2016, las “visitas” de las embarcaciones de la OTAN empezaron a multiplicarse. El único argumento esgrimido por la Alianza: sus navíos responden a invitaciones cursadas por la Marina de los países ribereños – Turquía, Rumanía y Bulgaria – puntales de la OTAN en la región.

El último incidente registrado en las aguas del Mar Negro fueron las maniobras navales llevadas a cabo la pasada semana por Estados Unidos y Turquía. La misión de los buques de guerra y los cazas F-16 de la Fuerza Aérea turca consistía en… detectar y neutralizar un submarino “enemigo” en las inmediaciones de las costas de Rusia.

“Estados Unidos está ansioso por encontrar un enemigo en el Mar Negro”, comentó la portavoz del Ministerio Ruso de Asuntos Exteriores, la poliglota Maria Zaharova, que los atlantistas no tardaron en bautizar “la marioneta de Putin”. Descubrimiento algo tardío, ya que Zaharova lleva años desempeñando el cargo de portavoz.

“Las maniobras navales conjuntas de Estados Unidos y Turquía están claramente dirigidas contra Rusia. Se celebran cerca de nuestras fronteras, cerca de la costa rusa del Mar Negro, lo que presupone una amenaza la paz y la estabilidad (en la región). Parece que la VI Flota estadounidense está ansiosa por encontrar un enemigo en el Mar Negro, pero en vano”, comentó Zaharova, aludiendo también a las declaraciones realizadas anteriormente por funcionarios del Departamento de Estado y del Pentágono, según las cuales mediante estos ejercicios Washington y sus aliados contribuirán a mejorar la seguridad en Europa. Detalle interesante: las agencias de noticias rusas – TASS y Novosti – no se hicieron eco de las criticas de la portavoz a la actuación de las fuerzas navales turcas. Aparentemente, la amistad entre Putin y Erdogan es incontestable. Tal vez por ello los medios de comunicación moscovitas prefieren centrar sus baterías en la retorica del secretario general de la OTAN, quien afirmó que la Alianza fortalecerá su presencia en el Mar Negro en respuesta a las acciones de Rusia "después de la anexión ilegal de Crimea".

Stoltenberg reveló también la celebración de otras maniobras navales en la zona, protagonizadas por tres barcos estadounidenses y embarcaciones ucranianas.

Obviamente, la Federación Rusa no puede cambiar su… ubicación geográfica para satisfacer los anhelos atlantistas. La caza del submarino rojo continuará.   


jueves, 9 de mayo de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (III)


Erdogan – un sultán en el almudín de los zares

El Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, se limitó a manifestar su “preocupación” ante la firme decisión de Turquía de formalizar la compra de misiles rusos S – 400, aparentemente “incompatibles” con los sistemas de defensa de la OTAN. Y si Stoltenberg abandonó Ankara visiblemente molesto por el fracaso de su misión – un intento de última hora de persuadir a Erdogan de la imperiosa necesidad de no seguir en tratos con el rival moscovita, enemigo jurado de las “democracias occidentales”- la respuesta de Washington ha sido más contundente: “Turquía pagará muy caro por esta decisión”, señaló Donald Trump, aludiendo a la decisión de preferir el sistema de defensa antiaéreo ruso a los cohetes norteamericanos, tres veces más costosos y, al parecer, menos eficaces. “Nadie puede interferir en los asuntos que atañen a nuestra soberanía nacional”, recalcó el primer mandatario turco. 
   
En realidad, Washington teme que la tecnología con la que están equipadas las baterías S-400 pueda usarse para recopilar datos relativos a los aviones de combate de la OTAN, y que Rusia acabe teniendo acceso a ellos.

Nada parece impedir que Turquía adquiera el sistema ruso S-400. De hecho, se da por seguro que un centenar de militares turcos comenzará a entrenarse a parir de finales de mayo en una base de Rusia. Los turcos se sumarán a un grupo de oficiales chinos que se encuentra en la Federación rusa desde el pasado mes de marzo. Conviene señalar que se trata de una autentica innovación: es la primera vez que el ejército ruso organiza cursos de capacitación para miembros de fuerzas armadas no pertenecientes a una alianza militar liderada por Moscú. 
  
Huelga decir que la disputa sobre la compra del sistema S – 400  tiene raíces más profundas.  El enfado de Trump y de la OTAN se debe, ante todo, a los múltiples y variopintos  proyectos de cooperación militar bilateral y del suministro de material bélico ruso a la República de Turquía.

"Podemos comenzar a desarrollar y producir conjuntamente equipo militar de alta tecnología", señaló Erdogan durante una rueda de prensa celebrada en Moscú el pasado 8 de abril. Entre los objetivos prioritarios de las industrias de armamentos figuran la producción del sistema antimisiles Kornet y la fabricación de vehículos blindados destinados a las fuerzas armadas turcas.
 
Por otra parte, el ejército de Ankara recibirá en breve los primeros misiles Konus fabricados en Ucrania. El contrato, firmado por la corporación estatal turca Makina ve Kimya Endüstrisi Kurumu (MKEK), contempla la producción de estos artefactos en suelo turco, así como su posible y, desde luego, deseada y deseable exportación a los voraces mercados de armas de Oriente Medio.

El anhelado bazar moscovita

Pero las relaciones con Rusia y sus antiguos aliados no se limitan a la compraventa de material bélico. Hay un sinfín de intereses convergentes que no han provocado la ira de los aliados occidentales. Turquía depende, en gran medida, de las importaciones de crudo procedente de Irán. Un negocio sumamente interesante, ya que los persas suministran el petróleo a precio muy competitivo. Precios políticos, dirán algunos.

Rusia es, por su parte, el mayor proveedor de gas natural destinado a la península de Anatolia. El año pasado, las importaciones ascendieron a 24.000 millones de metros cúbicos, cantidad que cubre casi la mitad de las exigencias del país.
  
El gasoducto TurkStream, que aumentará considerablemente el nivel de suministros de gas natural, entrará en funcionamiento antes de finales de año.

Otro proyecto energético clave es la central nuclear de Akkuyu, construida con tecnología rusa, que estará operativa en 2023, coincidiendo con el centenario de la creación de la República turca.
  
El año pasado, los intercambios comerciales entre los dos países experimentaron un incremento del  orden del 16 por ciento, alcanzando la cifra global de 25.000 millones de dólares. “Nuestro objetivo es superar la cifra de 100.000 millones”, señaló Erdogan durante su reciente visita a Rusia.

En los últimos años, las empresas turcas han realizado proyectos por valor de 70.000 millones de dólares. Además de la espectacular expansión de las actividades de empresas constructoras, se ha registrado mayor interés para los sectores manufacturero, metalúrgico, agrícola y de tecnología puntera.
   
Tampoco se han descuidado los intercambios culturales, los contactos en materia de educación, ciencia e investigación científica.

Detalle interesante: la cooperación económica turco-rusa no parece inquietar sobremanera a los miembros de la OTAN.  La clave podría hallarse en la vieja y muy socorrida clausula de los acuerdos de paz firmados después de cada guerra – hubo trece conflictos – entre los zares y Rusia y el sultán de Constantinopla, que contemplaba la… libre circulación de comerciantes y mercancías.

Los monarcas modernos – Erdogan y Putin – se limitan, pues, a emular a sus antecesores.

lunes, 1 de abril de 2019

Turquía: el declive


El pasado fin de semana, dos Estados europeos – Eslovaquia y Ucrania – celebraron elecciones presidenciales. Curiosamente, en ambos casos los vencedores poco o nada tenían que ver con el anticuado establishment político de sus respectivos paises. Los recién llegados procedían de otros horizontes. La nueva Presidenta de Eslovaquia, Zuzana Caputová, es una abogada ecologista; el Presidente en ciernes de Ucrania, Volodymyr Zelensky, se enorgullece de ser guionista y… ¡actor cómico! Algo está cambiando, para bien o para mal, en la tradicionalista Europa. Sin embargo, la auténtica sorpresa llegó desde Turquía, escenario de unas aparentemente modestas consultas locales.

¿Modestas consultas? Jamás unas elecciones municipales despertaron tanto interés en las Cancillerías del Viejo Continente, en los medios de comunicación internacionales o los centros de estudios políticos. Con razón; esta vez, se trataba de comprobar la solidez del entramado institucional del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) y el prestigio de su líder, el Presidente Erdoğan. Un ejercicio sumamente útil, puesto que el país, acostumbrado a décadas de bonanza, está sumido en una grave crisis económica. A la debilidad de la moneda turca se han sumado una galopante inflación, un descenso de la productividad e incremento de la tasa del paro, que asciende al 13,5 por ciento. Poco halagüeñas perspectivas para los ciudadanos turcos, incapaces de asimilar los radicales cambios políticos y sociales registrados después de la intentona golpista de 2016. Al recorte de libertades se añade el constante deterioro de las condiciones de vida. El AKP ya  no está en condiciones de cumplir sus promesas.

Los resultados de la votación del pasado fin de semana reflejan un espectacular vuelco. Los grandes municipios de Anatolia, hasta ahora controlados por los islamistas, se han convertido en feudos del socialdemócrata Partido Republicano de Pueblo (CHP), heredero de la agrupación política fundada por Mustafa Kemal Atatürk. Tras su esperada victoria en  Ankara, el CHP se adueñó de ocho capitales de provincias y un sinfín de localidades pequeñas,  situadas tanto en el centro de país, tradicional baluarte del ultraconservador Partido de Acción Nacionalista (MHP), como en las orillas del Mar Negro, vivero de grupúsculos radicales violentos. Malos presagios, pues, para los islamistas de Recep Tayyip Erdoğan.

¿Se puede hablar de los primeros síntomas del declive del AKP? Sería prematuro presagiarlo: esta vez, los islamistas cosecharon el 45 por ciento de los votos, mientras que los kemalistas del CHP apenas sumaron un escaso 30 por ciento. Los partidos kurdos boicotearon la campaña,  considerando que la consulta estaba “amañada”.  
 
De amaño hablan también los expertos electorales del partido de Erdoğan, aludiendo al resultado de las votaciones de Estambul, donde el CHP no tardó en cantar victoria. En realidad, la diferencia entre los dos candidatos, el oficialista Binali Yildirim y el kemalista Ekrem Imamoğlu, era de apenas un décimo de punto 48,7 por ciento frente a 48,6 por ciento cuando la Comisión Electoral decidió interrumpir el recuento de votos. ¿Miedo a perder el control de Estambul, la joya de la corona? 

Erdoğan lo resumió claramente hace años, durante su mandato de regidor de la gran urbe: Quien gobierna Estambul conquista Turquía

Aparentemente, la actual conquista de Estambul dependerá de un fallo judicial. ¿Será este el comienzo de una nueva era?