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miércoles, 16 de agosto de 2023

El siglo de Turquía (III) Erdogan: entre el globalismo y el multipolarismo

 

Después de la intentona golpista de 2016, Recep Tayyip Erdogan vivió con la disyuntiva: Oriente u Occidente. Se trataba de escoger amigos, por no decir, aliados. El Occidente le había traicionado: para el sultán, el golpe de los militares turcos había sido urdido con la complicidad de la CIA y del servicio de inteligencia alemán. Pero tanto Washington como Berlín se apresuraron a negar su participación en los preparativos del levantamiento. La entonces Canciller Angela Merkel se enfadó mucho con Erdogan. Cierto es que unos meses después la propia Merkel anunció la congelación definitiva de las negociaciones sobre la adhesión de Ankara a la Unión Europea. La decisión siguió vigente hasta el mes pasado, cuando los 27 se vieron obligados a resucitar el diálogo. El motivo: parafraseando al Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, se trataba de un chantaje de última hora del Presidente turco, que exigió la reanudación de las consultas con los comunitarios a cambio de la suspensión del veto de Ankara al ingreso de Suecia en… la Alianza Atlántica. Aparentemente, la UE no tuvo más remedio que pasar por el aro.


En el verano de 2016, se rumoreó que Erdogan salvó su vida gracias a un soplo (también de última hora) de los servicios de inteligencia rusos, que vigilaban muy de cerca las actividades de sus competidores occidentales. ¿Simples rumores? Cierto es que, a partir del otoño de 2016, los contactos entre Ankara y Moscú se multiplicaron. Turquía se decantó por adquirir el sistema de defensa antiaéreo ruso S 400, una herejía para un país miembro de la OTAN, encargó a la agencia atómica rusa la construcción de la primera central nuclear de Anatolia, expandió los intercambios comerciales con el gran vecino del Norte, fomentó la cooperación industrial y los intercambios turísticos. 


Sólo desde el comienzo del conflicto de Ucrania, las exportaciones de productos turcos a Rusia se han disparado, pasando de 2600 millones de dólares en la primera mitad de 2022 a 4900 millones de dólares durante el mismo período de este año.

Rusia es el principal proveedor de gas natural de Turquía y representa aproximadamente la mitad de todas las importaciones. Antes de las elecciones del pasado mes de mayo, Moscú aplazó los pagos de gas por valor de miles de millones de dólares.

Más aún: Turquía permite el acceso de la Armada rusa a los mares cálidos. Además, Erdogan ha desempeñado un papel crucial en el desbloqueo del suministro de grano ucraniano a los mercados mundiales. Sin embargo, Ankara no reconoce la anexión de Crimea por parte de Rusia y considera que su invasión de Ucrania es ilegal.

Erdogan fue, recordémoslo, uno de los primeros líderes mundiales en llamar a Putin durante la rebelión del grupo Wagner por la gestión e la guerra de Ucrania. Y ello, a pesar de que Turquía no es un actor neutral en este conflicto. Los primeros drones empleados por el Ejército de Kiev en esta guerra, los Bayraktar, son producidos por el yerno y aparente heredero de Erdogan, Selcuk Bayraktar. Cuando se trata del bienestar de la familia…

En los primeros meses de 2023, se especuló con la posible adhesión de Turquía al grupo de los BRICS, conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Sabido es que en la cumbre de la organización, que tendrá lugar a finales de este mes, se estudiará la candidatura de una veintena de países árabes, africanos y latinoamericanos, dispuestos a convertirse en los pilares del mundo multipolar ideado por la élite de Rusia y China.

¿Y Turquía? El acercamiento de Erdogan a las estructuras creadas por Moscú y Pekín se remonta al año 2012, cuando el presidente turco contestó, medio en broma, al tanteo de Vladímir Putin: Si de verdad quiere saber lo que pienso, admita a Turquía como miembro de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) y revisaremos nuestras relaciones con la UE.  Las palabras de Erdogan reflejaban en realidad el hartazgo de Turquía con el lento progreso del proceso de adhesión a la UE.

Por otra parte, es natural que Ankara coopere con los países más poblados del mundo, como China e India. Por si fuera poco, Turquía tiene vínculos étnicos y culturales con los países túrquicos de Asia Central, como Azerbaiyán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajstán y Kirguistán, que integran la OCS.

Inevitablemente, podemos estar buscando otras opciones, ya que la UE no nos ha dejado entrar durante 52 años. La UE puede preguntar por qué Erdogan va a Shanghai, por qué se reúne con los líderes de la OCS. Por supuesto, me reuniré (con ellos). No creo que deba ninguna explicación a la UE.

Conviene recordar, sin embargo, que estas declaraciones fueron formuladas antes de la cumbre de Vilnius, cuando Bruselas cedió a las exigencias de Ankara.

Si bien es cierto que la actuación de Erdogan en la reunión de la OTAN irritó sobremanera a Rusia, tampoco debe interpretarse como un cambio brusco de la postura de Turquía hacia Occidente. De hecho, Erdogan tardó menos de un día en recordar que el parlamento turco no podría ratificar probablemente la adhesión de Suecia antes del receso estival de julio, aunque tenía la autoridad para extender la sesión parlamentaria. Erdogan pretende obtener garantías firmes de que el Congreso estadounidense permitirá la venta de cazas F-16 y que Estocolmo cumpliría sus promesas de extraditar a los militantes kurdos antes de dar luz verde a la adhesión de Suecia a la Alianza Atlántica. 


Finalmente, hay que reconocer que las negociaciones con Bruselas no van viento en popa. El compromiso de la UE se limita, por ahora, a la reapertura de dos capítulos conflictivos del regateo diplomático: la modificación del sistema aduanero y la exención de visados para los ciudadanos turcos que viajan al espacio Schengen. Ambos temas quedaron estancados antes de la congelación del diálogo.


Ante el efecto sorpresa de las exigencias de Ankara, los 27 anunciaron la creación de un grupo de trabajo encargado de estudiar nuevas iniciativas. Quienes conocen el funcionamiento de los foros internacionales y de los subforos creados para elaborar nuevas propuestas, saben positivamente que los grupos de trabajo pueden convertirse en auténticos… cementerios de ideas.


En definitiva, Erdogan tendrá que escoger entre Oriente y Occidente.


sábado, 29 de octubre de 2022

Balcaniadas IV Carpáticos y balcánicos, enfrentados por la llegada del quinto de caballería


En mayo de 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos rumanos esperaban la llegada de los libertadores. No, no se trataba de las divisiones del Ejército Rojo, que habían atravesado el país en el verano de 1944, en su ofensiva hacia Berlín, la capital del Tercer Reich. Los rusos se fueron para volver; para regresar y quedarse, ante la desesperación de los pobladores de estas tierras carpáticas, que no balcánicas, que confiaban en la arribada de… los americanos. De esos muchachos que, en los últimos meses de la ocupación alemana, se dedicaron a bombardear los principales puntos estratégicos de Valaquia, sembrando el pánico entre los ocupantes y encendiendo una tímida llama de esperanza en muchas familias rumanas: Vendrán los americanos…

Pero los americanos, esos míticos personajes que encarnaban las películas de vaqueros y que pilotaban las fortalezas volantes de la década de los 40, no llegaron. En la conferencia de Yalta, los tres grandes de aquel convulsionado mundo se repartieron el Viejo Continente. Norteamérica e Inglaterra se quedaron con la región occidental; el resto del continente – el Este – iba a permanecer en la órbita de la Unión Soviética. En algún museo de historia de Londres sigue expuesta la servilleta de mesa utilizada por Winston Churchill para comunicarle a su anfitrión ruso, José Stalin, su última oferta de reparto de los Balcanes: Añade también Rumanía. Y los americanos ya no llegaron.

Curiosamente, el terreno parecía abonado. Las compañías occidentales – alemanas, británicas, estadounidenses - controlaban los yacimientos de crudos de Rumanía, primer exportador de productos petrolíferos refinados de Europa. Steaua Romana, la primera refinería de petróleo construida en el mundo a finales del siglo XIX, contaba con capital rumano y austro-húngaro.

Las grandes empresas británicas controlaban el mercado de productos químicos y farmacéuticos, así como la importación de automóviles.

La derrotada Alemania podía olvidarse de sus múltiples intereses económicos en este país carpático, donde reinaba la dinastía germánica de los   Hohenzollern-Sigmaringen, emparentada con el Kaiser de Prusia.

Pero los Hohenzollern tuvieron que abandonar Rumania en diciembre de 1947, expulsados por un Gobierno social comunista títere de Moscú. Las empresas occidentales fueron nacionalizadas o quedaron bajo en control del complejo enramado político-empresarial dirigido por unos consejeros soviéticos poco propensos en abandonar el país. No hay que extrañarse: además del petróleo, Rumanía contaba con reservas de oro y… ¡de uranio! Unas riquezas muy mal gestionadas por los Gobiernos de la democracia popular instaurada tras la proclamación de la República.

El mito de la inminente llegada de los americanos resucitó en los años 90, tras la caída del régimen comunista. Pero, una vez más, los libertadores tardaron el llegar. Hubo que esperar hasta el otoño de 2015 para poder saludar, tal vez con menos efusividad que en la década de los 40, a los primeros GI enviados desde Alemania por la Administración Obama. Se trataba de una avanzadilla: de militares encargados de establecer las estructuras del escudo antimisiles o de despejar el terreno para la instalación de las bases aéreas que servirían para la vigilancia del Mar Negro. Un operativo éste que no fue del agrado de los generales turcos, quienes custodiaban la región desde la adhesión de Ankara a la OTAN en 1957. Pero como la postura de los gobernantes de Turquía es impredecible, sobre todo después de la Guerra del Golfo, el peso de la defensa estratégica recae últimamente en los recién llegados al universo atlantista, Rumanía y Bulgaria.   

Huelga decir que el conflicto de Ucrania ha causado y sigue causando graves quebraderos de cabeza a las autoridades de Bucarest y de Sofia. Los búlgaros, que hacen valer su condición de eslavos, prefieren no enemistarse con sus hermanos rusos y ucranios.

Los rumanos, que jamás dudaron en exhibir su consuetudinaria animadversión hacia el gran vecino ruso, son incapaces de disimular su preocupación por la proximidad del conflicto de Ucrania. La integración en la OTAN fue acogida con innegable entusiasmo en 2004, cuando Europa se hallaba fuera del epicentro de los conflictos internacionales: Afganistán, Irak, Líbano. Sin embargo, el envío de contingentes rumanos a los llamados teatros de guerra extraeuropeos modificó la percepción del estamento castrense. Las misiones de paz poco o nada tienen que ver con el afable relato de los seriales televisivos norteamericanos. En realidad, somos carne de cañón, confesaba un general rumano separado de su cargo a la vuelta de una misión en un país asiático.

La pasada semana, el titular de Defensa rumano, Vasile Dancu, afamado sociólogo, académico y escritor, adscrito al Partido Socialdemócrata (ex comunista), presentó su renuncia pocas horas después de manifestar públicamente que el conflicto de Ucrania podría solucionarse si Kiev reconocía la soberanía de Rusia sobre Crimea y la necesidad de ceder algunos territorios ocupadas por las tropas de Moscú. Estimaba el ministro que la OTAN debería auspiciar las negociaciones de paz ruso-ucranias.

Dancu alegó que su renuncia se debía a una supuesta falta de coherencia en las relaciones con el presidente rumano, Klaus Iohannis. Un incidente aparentemente banal, pero que coincidió ¡ay! con la tan ansiada llegada de… los americanos.

Se trataba nada menos que de la 101ª División Aerotransportada del ejército estadounidense, apodada Screaming Eagles, que había sido desplegada en Europa hace más de 70 años, en medio de las tensiones entre la Unión Soviética y la OTAN. La división, que adquirió sus cartas de naturaleza durante el desembarcó en las playas de Normandía, es una unidad de infantería ligera, capaz de desplegarse en pocas horas en cualquier campo de batalla.

Desde que el Kremlin lanzó su invasión de Ucrania, las tropas rusas intentaron controlar la costa del Mar Negro y de capturar las ciudades portuarias de Mykolaiv y Odessa, tratando de cortar el acceso de Ucrania al mar. Esta amenaza, tan cercana del territorio de la OTAN, incitó al Pentágono a enviar a Rumanía a este quinto de caballería moderno, dotado de armamento pesado.

Estamos acompañados por una unidad especial de combate aéreo. Somos una agrupación de infantería ligera, pero confiamos en que nuestra movilidad facilite la actuación de nuestros pilotos en sus ataques aéreos, manifestó al pisar suelo rumano el coronel John Lubas, alto mando del Departamento de Defensa, curtido en múltiples acciones bélicas del ejército de los Estados Unidos.   

Nos estamos avecinando a lo que llamaría una tormenta perfecta, confesó con innegable pesimismo el presidente serbio, Alexander Vucic, quien denunció recientemente que su país – aliado de Rusia - está sujeto a amenazas y presiones para sumarse a las sanciones que Occidente ha impuesto a Moscú tras la invasión de Ucrania.

Basta con comparar el potencial bélico de las fuerzas de las que dispone Rusia en Ucrania con las que trajeron los norteamericanos a Rumanía – me refiero a la 101 División Aerotransportada, la mejor unidad del mundo - desplegada a unos kilómetros de la frontera, para imaginar lo que nos espera (a los serbios) si se produce una colisión directa. Está claro cómo afectará este choque a nuestro país, advirtió Vucic.

En resumidas cuentas: los carpáticos y los balcánicos siguen enfrentados. Como siempre. Pero esta vez, nadie tiene interés en recordar que la Primera Guerra Mundial empezó en los Balcanes; en Sarajevo.

 


miércoles, 24 de agosto de 2022

Erdogan: encomendándose a Dios y al diablo

 

Erdogan, el político mutante; Erdogan, el ser camaleónico… Últimamente, resulta cada vez más difícil analizar el discurso del presidente turco, apreciar en su justo valor el porqué de su zigzagueante actuación política. Recep Tayyip Erdogan navega entre dos mundos, dos galaxias, mejor dicho. Hace apenas unas semanas, cuando el presidente turco ultimaba en Soci los acuerdos de cooperación económica y militar con Vladimir Putin, el rotativo británico Financial Times se hacía eco del malestar reinante en los círculos más ortodoxos de la Alianza Atlántica, que tildaban a Erdogan de traidor, cuando no de criado del Kremlin. Más aun; el diario insinuaba que algunos integrantes del núcleo duro de la OTAN, cuya identidad no revelaba, coqueteaban con la idea de expulsar a Turquía de la Alianza.

Hace apenas unas horas, el político turco recuperó los favores de Occidente al afirmar - en un foro internacional de corte atlantista - que la anexión de Crimea por parte de Rusia fue ilegitima e ilegal y que la devolución de la península a Ucrania, de la que es parte inseparable, es un requisito básico del derecho internacional. Sus palabras, aplaudidas por los participantes en la Plataforma de Crimea, iniciativa del presidente Zelensky que cuenta con el aval diplomático y apoyo financiero de la Casa Blanca, provocaron la ira del Kremlin. ¿Devolver, qué? ¿A quién? Los truenos de Moscú dejaban presagiar una abrumadora tormenta. Para despejar el horizonte, Erdogan recurrió a los servicios de su portavoz presidencial, Ibrahim Kalin, quien se apresuró de poner los puntos sobre las íes.

Si se llega a un acuerdo entre Ucrania y Rusia, Crimea debería volver a formar parte de Ucrania, puntualizó Kalin ante las cámaras de la CNN. Y añadió: Crimea fue anexionada ilegalmente. La postura de Turquía no ha variado desde 2014; Crimea es parte del territorio ucraniano.

 Una de cal y otra de arena. Es difícil navegar entre dos aguas; comprar tecnología nuclear a Rusia y vender drones al Ejército de Ucrania. Pero Erdogan se complace en desempeñar este papel de puente entre potencias beligerantes, de mediador, de artífice de la paz entre Moscú y Kiev. De contar con el visto bueno del Congreso de los Estados Unidos para la compra de cazas F – 16; de ganar las próximas elecciones generales turcas. Un juego endiablado, que los políticos y los estrategas occidentales difícilmente logran entender.

Pero hay más. El dignatario turco se guarda unos ases en la manga. En efecto, durante la teleconferencia, Erdogan aludió también a la situación de la minoría tártara de Crimea, recordando que la defensa de los compatriotas de península constituye una de las prioridades de Ankara.  El mandatario exigió, la liberación del presidente de la Unión de Tártaros de Crimea, Nariman Dzhelyal, así como de los 45 militantes nacionalistas detenidos en 2021 por las fuerzas de seguridad rusas.

Los tártaros de Crimea, que han padecido muchas injusticias a lo largo de la historia, desean vivir dignamente en su país. Turquía seguirá apoyando al gobierno ucraniano y a los tártaros de Crimea en el proceso de pacificación del país, manifestó Erdogan.

Cierto es que algunos políticos o medios de comunicación occidentales olvidan o pura y simplemente ignoran el hecho de que Crimea formó parte del Imperio Otomano durante tres siglos. El Estado turco moderno se siente responsable por la suerte de estos compatriotas quienes, en condiciones normales, recibirían - al igual que la mayoría de las comunidades tártaras de los Balcanes - la protección consular y el apoyo político y cultural de Ankara. Algo completamente inimaginable bajo la administración rusa.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Europa: entre las fábulas de La Fontaine y la abstrusa jerga de la OTAN

 


El convulso panorama internacional, el cruce de acusaciones entre los líderes de las superpotencias, las tensiones fronterizas y las amenazas de conflictos bélicos, sean estas ficticias o reales, me han remitido, forzosamente, a las obras de los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII y, concretamente, a las fabulas de Jean de La Fontaine, quien resumiría metafóricamente el conflicto entre Washington y Moscú de la siguiente manera:

Acercose el zorro de Delaware a la cueva del oso siberiano. Hallándose en el umbral de la osera, divisó la enorme pata del plantígrado, visiblemente molesto por la intromisión del indeseado visitante.

¿Qué hacéis en mi osera?, inquirió el gigante siberiano. 

¡No se le ocurra agredirme! repuso el embaucador legado de la otra extremidad del Planeta. No me agreda, qué llamo a…

¿Quería decir… la OTAN? Sí, en realidad, es lo que dijo.

Este imaginario dialogo tuvo lugar en las orillas del Gran Lago Turco, es decir, del Mar Negro, un territorio que el zorro de Delaware, el león británico y el quiquiriquí galo pretenden conquistar, recurriendo a la vieja y muy manida política de la cañonera. Los tiempos han cambiado; las mentalidades…

Pero volvamos a nuestra época. Traducida al lenguaje periodístico anglosajón, la fabula de La Fontaine se resumiría a la escueta frase: ¿Ucrania? Kiev perdió el tren hacia Occidente; hoy exige desesperadamente que le presten un paraguas.

Ucrania es, en realidad, escenario y protagonista de la crisis que enfrenta a las dos superpotencias. Una crisis que genera inquietud, debido a las amenazas proferidas últimamente por los inquilinos del Kremlin y de la Casa Blanca, que tienen sobradas razones para pensar que son los únicos detentores de la verdad absoluta. Pero en este conflicto prefabricado hay un sinfín de luces y sombras. Quizás más sobras que luces.

La supuesta confusión viene de lejos.  En la primavera de 1990, escasos meses después de la caída del Muro de Berlín, el entonces líder de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, advirtió a su homólogo estadounidense, George W. Bush, que Moscú jamás tolerará asignar a la Alianza Atlántica un papel determinante en la edificación de la nueva Europa. Gorbachov, que contemplaba el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, equivalencia moscovita de la OTAN, tildó el sistema de defensa occidental de símbolo de un peligroso pasado.

La Historia nos dirá si el adalid de la glasnost se equivocó o… se dejó engañar. Lo cierto es que los sucesivos presidentes norteamericanos no dudaron en llevar a cabo políticas encaminadas a integrar a los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia en miembros de pleno derecho de la OTAN. Pese al peligro inminente para su seguridad, Rusia no adoptó una postura firme a la hora de frenar la adhesión de sus antiguos aliados en la estructura militar de Occidente. Sin embargo, la estrategia de Washington y Bruselas parecía transparente. A los candidatos a la adhesión al club de Bruselas, se les instaba a… solicitar el ingreso en la OTAN. La llamada Asociación por la paz de Bill Clinton facilitó en ingreso en la Alianza de varios países de Europa Central y Oriental.

En 2002, durante la primera cumbre de la OTAN celebrada en Praga, la consejera de Seguridad Nacional de la Administración Bush, Condoleezza Rice, hizo hincapié en la expansión de la Alianza a regiones a las que nadie pensó que podría alcanzar. Dos años después, se integraron al bloque Lituania, Letonia, Estonia, Eslovenia, Eslovaquia, Rumanía, y Bulgaria.

Pero aún faltaban piezas en el tablero de los estrategas de Occidente. Se trataba concretamente de los países limítrofes de la Federación rusa: Ucrania, Georgia y la República Moldova, cuyas candidaturas tropezaron con el niet rotundo del Kremlin, preocupado por el imparable avance de la Alianza Atlántica hacia sus confines. ¿Una reacción tardía? Moscú decidió mover ficha en 2014, procediendo a la anexión (o reconquista, según se mire) de Crimea y el inicio de una guerra hibrida en la frontera con Ucrania.

Razones no le faltaban: los sucesivos Gobiernos de Kiev habían intentado un aventurado acercamiento a Occidente apostando ora por sus vínculos históricos con Alemania ora por la ingenuidad del establishment político de Washington. En ambos casos, los intentos fracasaron.

Tras la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, las relaciones entre Washington y Moscú experimentaron un notable deterioro. A la habitual postura intransigente del exvicepresidente de Barack Obama para con Rusia, se sumaron una serie de consideraciones de índole personal que influyen en la actuación del inquilino de la Casa Blanca.

A mediados de noviembre, Vladimir Putin solicitó a Occidente garantías de seguridad debido a las maniobras de la OTAN llevadas a cabo en las inmediaciones de sus fronteras y a la venta de material bélico estadounidense al Gobierno de Kiev. Paralelamente, Moscú incrementó su presencia militar en la frontera con Ucrania, provocando la ira de la Casa Blanca y la OTAN, que no dudó en enviar sus cañoneras, perdón, destructores, al Mar Negro.

En inquilino del Kremlin volvió a insistir sobre la necesidad de contar con garantías de seguridad por parte del conjunto de países occidentales. Esta vez, Rusia advertía: en el caso de no recibir dichas garantías, la respuesta de Moscú sería militar o técnico-militar. Ante la amenaza, Estados Unidos y la Unión Europea se limitaron a anunciar nuevas sanciones contra Moscú, sumando la amenaza: Rusia pagará muy caro una posible agresión contra Ucrania.

Los politólogos rusos tratan de quitar hierro al asunto, asegurando que el Kremlin no tiene intención alguna de desencadenar un conflicto global. Moscú baraja otras opciones, como por ejemplo el incremento de la presencia militar en Bielorrusia, el despliegue de tropas y armas de la última generación en la región de Kaliningrado, enclave ruso en el Mar Báltico, convertido en base de supersofisticados misiles, una guerra hibrida de baja intensidad, con ataques digitales dirigidos contra los Estados Unidos y sus aliados europeos o el anuncio de una nueva y temible generación de misiles hipersónicos, que podrían convertirse en el arma total de un posible conflicto venidero.

En resumidas cuentas y volviendo a las fábulas de La Fontaine, el oso no atacará Ucrania, pero…

lunes, 25 de octubre de 2021

Turquía – ¿el “aliado fiel” de Occidente?


El ministro de Defensa de Turquía, Hulusi Akar, sorprendió a sus aliados de la OTAN al manifestar el malestar de su Gobierno por el establecimiento de acuerdos militares fuera de la Alianza Atlántica. Aludía el titular de Defensa del Gobierno Erdogan al pacto de cooperación estratégica entre Grecia y la República Francesa, rubricado a finales de septiembre, que incluye un pedido de tres fragatas francesas valoradas en 3.000 millones de euros.

Comentando la noticia, el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, señaló que el acuerdo contemplaba una cláusula de asistencia mutua en caso de posibles amenazas externas.

Dado que todos pertenecemos a la OTAN, deberíamos ser conscientes de que el establecimiento de acuerdos fuera del ámbito de la Alianza dañaría el prestigio de la organización, afectarían las relaciones bilaterales y provocarían la erosión de la confianza, manifestó el ministro turco.

Sabido es que Grecia y Turquía se disputan los derechos sobre la zona de exclusión económica de las plataformas continentales y sus respectivas fronteras marítimas. Aparentemente, los contactos exploratorios sobre la soberanía naval, celebrados a comienzos de este año, finalizaron con resultados constructivos, sentando las bases para una nueva ronda de consultas intergubernamentales.  

La clave del conflicto estriba en los derechos de explotación de los recursos marítimos (gas natural, petróleo), que Grecia y Chipre pretenden apropiarse con la complicidad de empresas estatales francesas.

Curiosamente, la advertencia de Akar coincide con la nueva ronda de consultas entre Turquía y Estados Unidos sobre la venta de aviones F-16 a cambio de la cuantiosa inversión de Ankara en el programa de F-35, del que los norteamericanos eliminaron a su fiel socio euroasiático tras la controvertida compra del sistema de defensa antiaéreo ruso S-400, deseada y avalada por el propio presidente Erdogan.

¿Decidió el actual inquilino de la Casa Blanca perdonar a las volubles autoridades turcas, haciendo caso omiso del impacto político, estratégico y mediático causado por la jugada del sultán Erdogan? Obviamente, la adquisición de material bélico ruso por un país miembro de la Alianza Atlántica no puede considerarse un… simple capricho.  De hecho, el llamémoslo desafortunado incidente que algunos pretenden escamotear ha sentado las bases de una cooperación estrecha y duradera entre la Rusia del zar Putin y la potencia regional (que ya no imperial) acaudillada por el sultán Erdogan.

Turquía y Rusia ya no se enfrentarán; las relaciones entre los dos países han entrado en una nueva fase, que tendrá un impacto directo en la dinámica regional y mundial, asegura Aleksander Dugin, controvertido politólogo moscovita que se vanagloria de ser amigo personal y consejero áulico de Vladimir Putin. 

Ese vástago de un antiguo alto cargode la KGB, que llegó a conocer los entresijos de la casa, es también el promotor de la doctrina euroasiática del Kremlin, una baza geopolítica que pretende confluir el mundo cristiano ortodoxo ruso con el Islam caucásico y, por qué no, asiático. Duguin dirige en Moscú el Centro de Estudios Euroasiáticos, un punto de encuentro creado y financiado por el Kremlin que favorece el acercamiento a la cultura y religión musulmanas. No hay que extrañarse, pues, al comprobar que el Doctor Dugin hable en nombre de... Rusia.

Recientemente, Dugin aseguró a los medios de comunicación turcos que los presidentes Erdogan y Putin trazaron, en el encuentro celebrado en Sochi el 29 de septiembre, una hoja de ruta para el futuro al comprometerse a descartar cualquier enfrentamiento armado o posible conflicto económico.

 El gurú ruso vaticinó que Estados Unidos se retirará de Siria de manera gradual, tratando de no generar situaciones de crisis. A partir de este momento, la postura común de Turquía, Rusia e Irán será el factor determinante para la pacificación de Siria.

Aludiendo a Crimea, Dugin hizo hincapié en el hecho de que Rusia considera la península como parte integrante de su territorio, tesis rebatida hasta ahora por Ankara. Si Turquía cambia su posición sobre Crimea, añadió, Rusia podría reconocer la soberanía de la República Turca del Norte de Chipre (TRNC), entidad estatal artificialmente creada por los militares turcos, que sólo cuenta con el reconocimiento de Ankara.   

Conviene recordar que Turquía condenó, junto con los demás miembros de la OTAN, la anexión de Crimea por parte de Moscú en 2014, expresando su apoyo a la integridad territorial de Ucrania.

Analizando las previsiones de Aleksaner Dugin, cabe preguntarse se el hasta ahora molesto eje Moscú – Teherán podría convertirse, en un futuro no demasiado lejano, en el aún más molesto triangulo Moscú – Ankara – Teherán.

Se admiten apuestas.


domingo, 2 de mayo de 2021

La lista negra de Putin

 

Mientras el llamado “primer mundo” se está mirando el ombligo - mala costumbre adquirida durante siglos de autocomplacencia – en la otra punta del continente europeo se está gestando un singular combate estratégico. Se trata de la respuesta del Kremlin a los variopintos ataques de las Cancillerías  occidentales, que acusan al presidente de la Federación rusa de atentar contra la soberanía de Ucrania al concentrar tropas y blindados en los confines con la secesionista región del Dombás, de violar el ya inexistente statu quo de Crimea, la península ruso-turco-tártara anexionada por Moscú en 2014, de atentar contra la vida del opositor ruso Alexei Navalny, detenido en una cárcel de alta seguridad desde su regreso – en enero de este año – de Alemania, de intentos de influir en los resultados de la campaña presidencial estadounidense del pasado mes de noviembre, utilizando el espionaje electrónico, de…

La lista de acusaciones formuladas por el actual inquilino de la Casa Blanca y su ejército de asesores es excesivamente larga. De hecho, Biden amenazó a Putin con una nueva tanda de sanciones; otra más. Pero esta vez, el ruso dijo basta; ¡sanción con sanción se paga!

Siguiendo el mal ejemplo anglosajón, que consiste en designar cuando no infamar al enemigo, Moscú elaboró a su vez una lista negra de Estados hostiles, que no tardó en filtrar a sus amigos occidentales. Según las ONG europeas que promueven la democracia y defienden los derechos de los ciudadanos de la ex Unión Soviética, la famosa lista incluye los siguientes países: Estados Unidos, Polonia, República Checa, Lituania, Letonia, Estonia, Gran Bretaña, Canadá, Ucrania y Australia.

Detalle interesante: Alemania, principal beneficiario de las ventas de hidrocarburos rusos, no figura en la lista de Moscú. Tampoco aparecen dos países conflictivos ubicados en la orilla del Mar Negro – Bulgaria y Rumania - miembros de la Alianza Atlántica, cuya reciente agresividad verbal podría implicar un deterioro, ficticio o real, de sus relaciones con la Federación Rusa. De hecho, tanto Bucarest como Sofía expulsaron últimamente a agregados militares rusos acusados de espionaje. Si bien en el caso de Rumanía la enemistad es abierta y declarada, al igual que las llamadas de socorro dirigidas a la OTAN y el gran amigo norteamericano, la postura de Bulgaria, defensora a ultranza del paneslavismo, sorprendió a muchos observadores occidentales. Hasta ahora, los sucesivos gobiernos de Sofía se negaron a contemplar acciones dirigidas contra los hermanos rusos. Al parecer, la era Biden se parecerá más, por su agresividad y crispación, a la agitada presidencia de Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz que se dedicó a cultivar un sinfín de conflictos bélicos.

Entre las medidas de retorsión adoptadas por Moscú figura también la prohibición de viajar a Rusia de ocho altos cargos de la UE, lo que provocó la explicable ira del establishment de Bruselas. La UE castiga, pero descarta el principio de reciprocidad.  

Fiel a su trayectoria antirrusa, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión, Josep Borrell, volvió a atacar al Kremlin. Pero sus amenazas cayeron en saco roto; Moscú ya no teme al jefe de la diplomacia comunitaria.  La retórica de míster Europa es poco convincente.  

 


martes, 13 de abril de 2021

Ucrania: nuestros fusiles están cargados

 

Concentración de tropas rusas en la frontera con Ucrania, destructores de la marina norteamericana penetran en el Mar Negro, el teniente general Ben Hodges, ex jefe de las tropas estadounidenses en Europa recomienda la inclusión de la República Moldova en los planes de la Alianza Atlántica para la seguridad en el Mar Negro, Turquía no reconoce la soberanía de Moscú sobre la Península de Crimea, el Gobierno de Kiev aprueba una nueva estrategia militar basada en la lucha del pueblo para la defensa del territorio nacional…

La lectura de las noticias provenientes de la otra extremidad del Viejo Continente me recuerda, extrañamente, las estrofas de la vieja canción patriótica interpretada majestuosamente por los coros del Ejército Rojo… “nuestros fusiles están cargados”.  Hoy en día, los fusiles vuelven a estar cargados en la vasta región del río Don, el Mar de Azov y el Cáucaso.  ¿Nuestros fusiles? No, en este caso concreto, los fusiles se han convertido en… misiles.

Curiosamente, ninguno de los presuntos contrincantes – Rusia, Ucrania, Turquía, Norteamérica o la OTAN – exhiben intenciones bélicas. Sin embargo, las elucubrantes estrategias de combate proliferan. Algunos gobernantes las tildan de meramente defensivas; otros hablan de movimientos de tropas rutinarios.  Todos se empeñan en acusar de antemano al posible agresor: el otro.

El informe sobre la nueva estrategia militar de Ucrania, aprobado a finales de marzo por el presidente Volodymyr Zelensky, hace hincapié en una amenaza existencial para el país, que se ve acentuada por el desequilibrio entre las fuerzas militares de Ucrania y… Rusia. Un desequilibrio casi insuperable, teniendo en cuenta la escasez de recursos financieros de las autoridades de Kiev. Pero los autores del documento insisten: la amenaza existencial es… ¡Rusia!

Para hacer frente a los zarpazos del oso de las taigas, los colaboradores de Zelensky recomiendan una solución global: involucrar a todo el pueblo ucranio en una guerra para la defensa del territorio nacional. La estrategia estaría basada en el desarrollo de un conflicto generalizado, recurriendo a los métodos tradicionales empleados por los estrategas a principios y mediados del siglo XX.  

Se contempla, asimismo, la creación una defensa territorial fuerte que, junto con el movimiento popular de resistencia, contribuiría a aumentar los niveles de protección del Estado, la cohesión social y la educación patriótica de los ciudadanos, garantizando la seguridad de las instituciones nacionales. Una misión ésta realmente imposible, si no cuenta con el apoyo de los países de la OTAN o, mejor dicho, de la estructura militar de la Alianza. Uno de los objetivos prioritarios sería, pues, la adhesión inminente de Ucrania a la OTAN, lo que implicaría o facilitaría forzosamente la presencia de tropas occidentales en su territorio.

No está claro la amenaza militar para la seguridad de Ucrania presupone una invasión armada, como sucedió en Dombás o Crimea. Sin embargo, la nueva estrategia contempla el inicio – en cualquier momento - de operaciones militares en ambas regiones.

El informe de los estrategas de Kiev parten del supuesto de que Ucrania puede poner fin (al conflicto) en términos favorables para el país con la ayuda de la comunidad internacional, es decir, con el apoyo político, económico y militar proporcionado por la comunidad internacional en el enfrentamiento geopolítico con la Federación Rusa.

Detalle interesante: el estamento castrense insiste en la necesidad de que Ucrania respete su el estatuto de país desnuclearizado, pero al mismo tiempo asegura que el ex territorio soviético estaría dispuesto a involucrarse en un conflicto armado en el que participarían Estados que disponen de armas nucleares.

Rusia sería, sin duda, uno de los posibles contrincantes. Subsiste el interrogante: ¿cuál sería en segundo?

 


sábado, 27 de marzo de 2021

Los bateleros del Danubio (ya) no temen al oso ruso

 

Hungría no considera que Rusia sea una amenaza directa para su territorio. Curiosamente, esas palabras fueron pronunciadas por el ministro húngaro de Asuntos Exteriores, Peter Szijjarto, en la última reunión de cancilleres de la OTAN celebrada en Bruselas.  

Szijjarto añadió que las autoridades de Budapest comprenden y respetan el hecho de que otros Estados miembros de la Alianza piensen de manera diferente. Sin embargo, Budapest prefiere distanciarse de la postura atlantista, que trata de reconvertir a Rusia en el principal enemigo de Europa. Szijjarto recordó que su país siempre había sido leal a sus aliados, contribuyendo a los para fortalecer el su flanco oriental de la Alianza y apoyando la seguridad de los Estados bálticos. 

Por otra parte, Hungría solicitó el amparo de la OTAN a la hora de defender los derechos de la comunidad húngara de Ucrania, sistemática y gravemente violados por las autoridades de Kiev

¿Y la desconcertante apuesta de Budapest por las vacunas COVID 19 fabricadas en Rusia y China? preguntaron los informadores. La contestación del ministro húngaro fue rápida y contundente: Ya es hora de que la campaña contra la vacuna no se rija por consideraciones de índole ideológica.

Lejos quedan los tiempos de la rebelión de Hungría de 1956, de la llegada de los tanques soviéticos, de las señales de emergencia lanzadas por el hereje reformista Imre Nagy, el comunista que dirigió el Gobierno revolucionario que intentó, sin éxito, plantar cara a Nikita Jrushchov, el sucesor de Stalin.

Huelga decir que el constante alejamiento de Budapest de la postura archiortodoxa de los miembros de la Alianza difiere mucho de las tomas de posición de los países bálticos y escandinavos, poco propensos a minimizar o descartar el peligro que supone la maquinaria de guerra rusa.

El 11 de marzo, la Agencia Sueca de Inteligencia de Defensa (FOI), publicaba un voluminoso informe sobre la capacidad de defensa de Occidente en el Norte de Europa frente a la amenaza que representa Rusia. El principal problema militar (de Occidente) es que Rusia disfruta de una mayor disponibilidad de sus fuerzas armadas y puede lanzar un ataque rápido en el flanco oriental antes de que la OTAN tenga tiempo de reaccionar, señalan los suecos.

 Rusia está mejor preparada para una guerra a gran escala en el norte de Europa que los estados miembros de la OTAN, constatan, evaluando la capacidad militar de los estados que tienen una frontera terrestre o marítima común con Rusia, o países dispuestos a hacer frente a una posible amenaza, como Francia y Gran Bretaña, o el contingente europeo de tropas estadounidenses, capaces de intervenir con suficiente rapidez en el teatro de operaciones del norte de Europa.

El documento del FOI analiza el nuevo rumbo de la política exterior estadounidense, que centra sus esfuerzos en Asia. Si Washington cambia sus prioridades a largo plazo, los aliados europeos deben asumir una mayor responsabilidad en la defensa colectiva, manteniendo un nivel adecuado de preparación para el combate en todos los entornos: terrestre, aéreo, naval, espacial y cibernético.  

Aparentemente, el argumento de la próxima contienda está servido. Una perspectiva ésta que no todos los europeos consienten o desean. Hay cada vez más voces que disienten de la óptica atlantista. ¿Una guerra con Rusia? ¿A quién le beneficia?  

Occidente necesita reconocer la importancia de Rusia, afirma el príncipe Michael de Liechtenstein, economista, empresario, fundador y presidente de Geopolitical Intelligence Services, consultora de relaciones internacionales con sede en Vaduz (Liechtenstein). Para el príncipe, que pertenece a la vieja aristocracia europea, Joe Biden no acertó al tildar a China de competidor serio y a Rusia de oponente.

Varios temas sin resolver siguen generando tensiones entre Occidente y Moscú. Entre ellos se encuentran la anexión de la península de Crimea por parte de Rusia, la guerra hibrida en el este de Ucrania y denuncias sobre las violaciones de derechos humanos. Sin embargo, las transgresiones del lado chino son peores, señala Michael de Liechtenstein. Beijing está cometiendo algo parecido a un genocidio contra los uigures (minoría musulmana) en el oeste de China y está forzando brutalmente la asimilación de los pobladores en el Tíbet. Está infringiendo la libertad y el estado de derecho en Hong Kong, persiguiendo a los cristianos y pisoteando los derechos civiles de sus ciudadanos.

Tanto Rusia como China desafían a Estados Unidos en el ciberespacio y están acusados de intentar influir en las elecciones estadounidenses, generalmente a través de la difusión de noticias falsas.

Es difícil comprender por qué Biden decidió atacar a Moscú. Hacerlo es probablemente un error geopolítico significativo. Moscú ha comenzado a alinear algunas de sus estrategias con las de Beijing, aunque no existe una alianza formal entre los dos. El Kremlin quiere evitar una asociación directa con los chinos y, por lo tanto, ha tratado de mejorar sus relaciones con otros países asiáticos, como Japón y Corea del Sur, indicaba la pasada semana el presidente del GIS.

Rusia y Occidente comparten algunos intereses comunes, como la lucha contra el islam radical, el desarrollo del comercio mundial, la necesidad de obtener acceso a los recursos naturales, recuerda Michael de Liechtenstein.

Por otra parte, conviene recordar que Occidente sigue siendo el lugar donde residen los mayores intereses geopolíticos de Moscú. Es necesaria una postura más abierta y respetuosa, pero aún firme, hacia Rusia. Tal posición apoyaría la integridad política y territorial de los vecinos de Moscú, pero también mostraría moderación retórica y respeto por el régimen…

Decididamente, el economista, politólogo, geoestratega y exponente de la vieja aristocracia europea no confía en que a Vladimir Putin podría barrerle una revolución de colores.


lunes, 22 de febrero de 2021

Mar Negro: la caza del submarino rojo

 

“La democracia está en peligro”, afirma rotundamente Joe Biden, legatario de la política exterior de su antiguo mentor, Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz que más conflictos gestionó durante su mandato presidencial.

El presidente Biden acaba de descubrir la identidad de los verdaderos enemigos de la “democracia occidental”. Se trata, cómo no, de… Rusia y China, países que de alguna manera ocupaban un destacado lugar en la lista de las obsesiones de los estrategas occidentales, sean estos politólogos, analistas o militares.

Rusia y China serán a partir de ahora los gigantes que habrá que combatir empleando la estrategia de las sanciones económicas, temible arma que sustituye el impacto de los misiles balísticos intercontinentales.

Joe Biden seguirá, pues, la táctica estrenada por Obama y seguida, reconozcámoslo, por su sucesor en el cargo, Donald Trump. Pero Biden, cuyo carácter dista mucho del de un multimillonario bocazas, aplicará la estrategia de las sanciones con suma cautela. Los grandes discursos, la retórica aparatosa, serán – a partir de ahora - privativos de los “subordinados”: secretarios de Estado, generales, altos mandos de la OTAN. De todos modos, el anuncio de la próxima tanda de sanciones contra el Kremlin es inminente.  

Pero ¿de verdad está en peligro nuestra democracia, la tan cacareada democracia de Occidente? Es lo que estima también el Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, quien “descubrió”, hace apenas unas semanas, el “peligro” que supone Rusia para la estabilidad en el Mar Negro, una región que se halla, desde los acuerdos de Yalta, en la zona de influencia de Moscú. Una zona que se ha convertido, desde 2016, en coto de caza de los navíos de la OTAN, cuya presencia más allá del Bósforo supone o suponía una violación de la Convención de Montreux de 1936 sobre el paso de los estrechos.

La interpretación moderna de este instrumento internacional poco tiene que ver con las clausulas del instrumento jurídico que limitaba, cuando no prohibía el ingreso de barcos de guerra extranjeros en las aguas del Mar Negro. Sin embargo, la Alianza Atlántica aprovechó la anexión, en 2014, de la península de Crimea a Rusia para colocar sus primeros peones en el tablero del Kremlin. Desde finales de 2016, las “visitas” de las embarcaciones de la OTAN empezaron a multiplicarse. El único argumento esgrimido por la Alianza: sus navíos responden a invitaciones cursadas por la Marina de los países ribereños – Turquía, Rumanía y Bulgaria – puntales de la OTAN en la región.

El último incidente registrado en las aguas del Mar Negro fueron las maniobras navales llevadas a cabo la pasada semana por Estados Unidos y Turquía. La misión de los buques de guerra y los cazas F-16 de la Fuerza Aérea turca consistía en… detectar y neutralizar un submarino “enemigo” en las inmediaciones de las costas de Rusia.

“Estados Unidos está ansioso por encontrar un enemigo en el Mar Negro”, comentó la portavoz del Ministerio Ruso de Asuntos Exteriores, la poliglota Maria Zaharova, que los atlantistas no tardaron en bautizar “la marioneta de Putin”. Descubrimiento algo tardío, ya que Zaharova lleva años desempeñando el cargo de portavoz.

“Las maniobras navales conjuntas de Estados Unidos y Turquía están claramente dirigidas contra Rusia. Se celebran cerca de nuestras fronteras, cerca de la costa rusa del Mar Negro, lo que presupone una amenaza la paz y la estabilidad (en la región). Parece que la VI Flota estadounidense está ansiosa por encontrar un enemigo en el Mar Negro, pero en vano”, comentó Zaharova, aludiendo también a las declaraciones realizadas anteriormente por funcionarios del Departamento de Estado y del Pentágono, según las cuales mediante estos ejercicios Washington y sus aliados contribuirán a mejorar la seguridad en Europa. Detalle interesante: las agencias de noticias rusas – TASS y Novosti – no se hicieron eco de las criticas de la portavoz a la actuación de las fuerzas navales turcas. Aparentemente, la amistad entre Putin y Erdogan es incontestable. Tal vez por ello los medios de comunicación moscovitas prefieren centrar sus baterías en la retorica del secretario general de la OTAN, quien afirmó que la Alianza fortalecerá su presencia en el Mar Negro en respuesta a las acciones de Rusia "después de la anexión ilegal de Crimea".

Stoltenberg reveló también la celebración de otras maniobras navales en la zona, protagonizadas por tres barcos estadounidenses y embarcaciones ucranianas.

Obviamente, la Federación Rusa no puede cambiar su… ubicación geográfica para satisfacer los anhelos atlantistas. La caza del submarino rojo continuará.   


viernes, 16 de septiembre de 2016

El despertar del oso ruso


Tenemos un nuevo enemigo. El enemigo está en el Sur; es el Islam. Eran palabras de un flamante ministro de defensa de la OTAN. Una declaración directa, contundente, inequívoca, acorde con la retórica del comandante en jefe de la Alianza Atlántica en el Viejo Continente, quien no dudaba en identificar el integrismo islámico, la inmigración procedente del Norte de África y el terrorismo como factores de inestabilidad en el Mediterráneo.

Sucedió allá, por los años 90 del pasado siglo, tras la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento del imperio soviético. Occidente buscaba un contrincante, una amenaza susceptible de sustituir al desarmado oso ruso, la pesadilla de la Guerra Fría, el fantasma cuyo parte de defunción habían firmado, tal vez precipitadamente, Washington y Bruselas. Sin embargo, el oso ruso seguía vivo; sólo había entrado en una larga fase de hibernación.

De todos modos, Occidente optó por centrar sus baterías en el combate contra el peligro verde (léase, color Islam), descuidando aparentemente el proceso de decadencia del adversario moscovita.

Pero las apariencias engañan. Mientras a la opinión pública se le proporcionaba continuamente el serial televisivo Al Qaeda – Bin Laden – Saddam Hussein – Irán – Estado Islámico, ideado, financiado y promovido por los poderes fácticos del mundo occidental y sus moderados aliados musulmanes, los comandos especiales del pensamiento atlantista se dedicaban a colocar cargas explosivas en Ucrania, Georgia y Moldova, territorios situados en los confines de Rusia. No se trataba, en realidad, de un trabajo de francotiradores; todo formaba parte de la operación tenazas, un plan de choque destinado a poner cerco a la frontera occidental del antiguo imperio de los zares. La progresión continuó hasta el año 2014, cuando el Gobierno pro ruso de Kiev fue derrocado por las fuerzas democráticas apoyadas por Washington y Berlín. Moscú reaccionó, enviando tropas al Este de Ucrania. El inesperado movimiento del Kremlin provocó la ira de la Unión Europea, empeñada en denunciar la flagrante violación del Derecho internacional. Tres semanas después, la península de Crimea y la ciudad de Sebastopol proclamaron su independencia de Ucrania y la integración, acto seguido, a Rusia. ¡El oso se había despertado!

Lo que siguió después es harto conocido: acercamiento de Moscú a Pekín, reactivación de la alianza BRICS, asociación de los principales economías emergentes de Asia, África y América Latina, cooperación tecnológica y estratégica de Rusia con Irán, Paquistán y… Turquía y abandono progresivo del dólar (y del euro)  como moneda de referencia. Sin olvidar, claro está, la creciente presencia militar rusa en Siria, así como una serie de maniobras militares, calificadas de ofensivas por los estrategas de la OTAN. Nosotros no mandamos brigadas de carros de combate a la frontera con los Estados Unidos, replica Vladimir Putin.

Hace meses, advertíamos sobre el inminente reinicio de la Guerra Fría. Los síntomas no engañan. Recientemente, el rotativo Washington Post señalaba que los servicios de inteligencia estadounidenses desvían un 10 por ciento de los fondos destinados a la lucha contra el terrorismo para recabar información sobre Rusia. Sus prioridades: incrementar el número de agentes en Europa oriental, vigilar los sistemas de satélite, neutralizar el espionaje cibernético. De hecho, el tema del espionaje ruso centró la campaña presidencial  de Hillary Clinton y Donald Trump. Con argumentos rocambolescos, eso sí, dignos de las películas de espías producidas en Hollywood a mediados del siglo pasado.  Una época en la que, recordémoslo, más del 40 por ciento del personal de los servicios de inteligencia estadounidenses se dedicaba a vigilar al mundo soviético.

Estiman los analistas norteamericanos que en la actualidad la agencia de información exterior rusa, SVR, heredera de la KGB,  cuenta con alrededor de 150 agentes en los Estados Unidos. Los espías rusos están presentes en Washington, Nueva York, San Francisco y otras grandes urbes. Por su parte, la CIA tiene varias decenas de agentes en Rusia y también menos de un centenar en Europa oriental y los países bálticos. Pocos, según los medios de comunicación estadounidenses, para afrontar la arrogancia del oso Putin.

Subsiste el interrogante: ¿espionaje o espionítis? Tal vez la respuesta sea: Guerra Fría... algo recalentada.