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miércoles, 31 de mayo de 2023

El incombustible sultán Erdogan

 

En noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) liderado por Recep Tayyip Erdogan, se alzó con la victoria en las elecciones generales convocadas en Turquía tras la crisis provocada por el desmembramiento de la coalición integrada por DSP-MHP-ANAP, agrupaciones políticas de distinto corte político, que defendían el carácter laico del país, el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, se apresuró en enviar un mensaje a sus socios comunitarios, reclamando la rápida adhesión de Ankara a la Unión Europea.

El Sr. Erdogan en un islamista moderado, cuyo ingreso en la UE facilitaría nuestros intereses en la región de Oriente Medio, rezaba el mensaje del inquilino de la Casa Blanca. La misiva fue acogida con recelo en Bruselas. Para las altas instancias comunitarias, se trataba de una intolerable injerencia de Bush en los asuntos internos de la Unión. Y más aún, teniendo en cuenta que Erdogan, ex alcalde de Estambul, había sido inhabilitado por la Corte Suprema de Turquía por manifestaciones de apoyo al islamismo, incompatibles con la normativa jurídica del Estado laico fundado en 1923 por Mustafá Kemal Atatürk.

Por otra parte, el establishment de Bruselas se había familiarizado con el programa electoral del AKP, que contemplaba la remusulmanización de Turquía y la islamización de la diáspora. Una amenaza potencial ésta para los países comunitarios, que acogen alrededor de 4 millones de emigrantes procedentes de Anatolia.       

¿Una emigración islamizada? Aparentemente, el peligro es mínimo. La mayoría de los emigrantes turcos se rige por las normas de la moderación religiosa, es decir, poco propensa a interferir con las creencias de los países de inmigración. Sin embargo, el miedo al otro, al ser diferente, alimenta el discurso de las agrupaciones radicales. La preocupación real de los gobernantes es otra: se trata del desequilibrio de la balanza comercial entre los países comunitarios y el Estado turco. Un estado de cosas que provoca pavor en los círculos empresariales. Turquía en un competidor serio y temible.

En las dos últimas décadas, el moderado Erdogan logró convertirse en el fiscal del proteccionismo comunitario, detractor de las políticas de defensa de la OTAN, aliado y sostén le Kremlin, amigo de los ayatolás de Teherán, aliado de las monarquías del Golfo Pérsico que rechazan la hegemonía de Arabia Saudita, líder de una potencia regional que trata de resucitar y relumbrar la grandeza de las glorias de antaño, del resplandeciente Imperio otomano.

Después de la intentona golpista de 2016, ideada – según el sultán y sus secuaces – por los servicios de inteligencia occidentales, Erdogan se ha ido distanciando aún más de los miembros de la UE.

La decisión de Angela Merkel de congelar las negociaciones para la adhesión de Turquía a la UE fue interpretada como una auténtica declaración de guerra. Por si fuera poco, en la OTAN se oyeron voces reclamando insistentemente la salida de Ankara del sistema de defensa atlántico. Pero en este caso concreto, Washington se sintió obligado a calmar la revuelta. Turquía sigue siendo una pieza clave en la estructura de defensa de Occidente. Por otra parte, el papel de mediador ejercido por Erdogan en el conflicto de Ucrania le convierte en juez y árbitro del juego peligroso que opone la Casa Blanca al Kremlin.

Si bien Turquía tiene que hacer frente a una crisis económica sin precedentes, Recep Tayyip Erdogan ha aprovechado la campaña electoral para recordar los excelentes resultados obtenidos por la industria de defensa, que sale fortalecida del forcejeo entre Rusia y Occidente. Erdogan ha sido el político turco más poderoso durante las dos últimas décadas. Parece poco probable que cambie drásticamente de rumbo tras su reelección.

El Occidente, que ha apostado por el candidato kemalista Kemal Kilicdaroglu, jefe de fila del Partido Republicano del Pueblo, ha tenido que rectificar el tiro tras la victoria electoral de Erdogan. No cabe duda de que las capitales europeas hubiesen preferido tratar con las agrupaciones laicas capitaneadas por los kemalistas, predispuestas a un acercamiento con las posturas de Washington y de Bruselas.

Al cumplirse cien años de la fundación del Estado moderno, Turquía recupera, merced a su política neo-otomanista del AKP, su pompa imperial. Mas el fasto de las celebraciones no logrará acallar las críticas de la oposición, que denuncia la constante erosión de las normas democráticas, la persecución de los disidentes, la discriminación de la comunidad LGBTI, la situación de la comunidad kurda. De hecho, Erdogan aprovechó su primer contacto telefónico con su rival Kilicdaroglu para exigir información detallada acerca del acuerdo firmado por los kemalistas con el partido kurdo. ¿Es cierto que os habéis comprometido a excarcelar a sus líderes? preguntó Erdogan, acérrimo enemigo de las agrupaciones paramilitares kurdas que operan en Turquía y Siria.

Tanto Erdogan como Kilicdaroglu se comprometieron a iniciar el proceso de repatriación de los refugiados sirios – alrededor de 3,5 millones de personas desplazadas – que perderán la protección de los organismos internacionales. Uno de los problemas más acuciantes es, sin duda, la escasez de viviendas en el país vecino, asolado por el terremoto del pasado mes de febrero, pero ante todo por la destrucción masiva provocada durante el conflicto interno. Un auténtico quebradero de cabeza para el sultán, que inicia su tercer mandato en un ambiente de crisis y desconfianza.

Pero en incombustible Erdogan seguirá gobernando Turquía cinco años más. Guste o no a la Casa Blanca; guste o no al club cristiano de Bruselas.

domingo, 10 de abril de 2022

Para que Rusia no vuelva a levantar cabeza


 De cómo atenazar a Rusia. Este fue el extraño mensaje que recibieron los lectores de una prestigiosa revista de relaciones internacionales que se publica en Nueva York. Sucedió allá, a comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, en pleno idilio entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov.

¿Atenazar a Rusia? Los tiempos habían cambiado y la percepción del mudable coloso ruso poco tenía que ver con los estereotipos empleados durante los primeros años de la Guerra Fría. En principio, el país de la glasnost y la perestroika gozaba de la aún embrionaria simpatía del mundo libre. Sin embargo…

Atenazar a Rusia. Eliminar al gigante soviético de la lista de las superpotencias mundiales. Fue éste el sueño de varias generaciones de mandatarios occidentales. El aliado de la Segunda Guerra Mundial debía tornarse, forzosamente, en enemigo de nuestra civilización, en adversario de nuestros valores. Aun así, aquel informe realizado por un equipo de politólogos de la Universidad de Yale resultó más bien desconcertante. ¿Eliminar a Rusia (soviética) en el momento en que Gorbachov parecía dispuesto a aceptar las exigencias de la Casa Blanca, a hacer un sinfín de concesiones? Obviamente, los autores del documento habían elaborado una estrategia a largo plazo. ¿Se trataba de relegar a Rusia al estatuto de simple potencia regional, como la calificó años más tarde Barack Obama? El proceso, que implicaba la creación de un cordón sanitario en las fronteras europeas y la asociación de China a la tenaza contra Moscú, estaba en marcha. La primera fase – el acercamiento de la Alianza Atlántica a los confines de la Federación Rusa – finalizó durante el mandato de Obama. La segunda – la conquista de China – no llegó a materializarse.

En el Viejo Continente, se daban las condiciones para un enfrentamiento con el oso ruso. Sin embargo, el Kremlin no movía ficha. Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente de los Estados Unidos durante el mandato de Obama, se estrenó en la presidencia empleando un lenguaje agresivo para con Vladimir Putin. Las poco diplomáticas descalificaciones se prolongaron hasta después de la cumbre celebrada en Ginebra en junio del pasado año, durante la cual el presidente ruso rechazó la propuesta de sumarse al proyecto globalista de los socios de Biden.

Obviamente, había que atenazar a Rusia. Para ello, hacia falta encontrar un anzuelo. ¿Por qué no… Ucrania? Un país vecino de Rusia, donde reinaba una corrupción galopante, donde el nacionalismo y la rusofobia hallaron carta de naturaleza, donde habían surgido, con el beneplácito de Occidente, movimientos neonazis, donde se hallaban doscientos asesores militares estadounidenses, donde funcionaban bio-laboratorios financiados por instituciones públicas y privadas norteamericanas. (Los nombres y la ubicación de estos proyectos figuraban, hasta la invasión de las tropas rusas, en la página web de la Embajada de los Estados Unidos en Kiev).

El Kremlin tardó en aceptar el reto de Biden, quien había fijado incluso la fecha de la invasión.

En 2004, durante la revolución naranja que propició la caída del Gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich, la canciller alemana Angela Merkel se negó a avalar al conglomerado de agrupaciones políticas que protagonizaban el cambio. La identidad de los emisarios del movimiento Maidán no le inspiraban confianza. Ello explica las recientes críticas contra la excanciller formuladas por Volodímir Zelensky.

Pero la guerra entre Washington y Moscú, la auténtica guerra de los globalistas contra los tradicionalistas, se libra en otro campo de batalla. Las divisiones de la Alianza Atlántica y los misiles nucleares de Rusia se desvanecen ante las sanciones impuestas a Moscú por Occidente. Se trata de un arma de doble filo, cuya utilización no coge desprevenido a Vladímir Putin. Hace tiempo que Rusia contempla la opción de llevar a cabo cambios sustanciales en la estructura económica y financiera del planeta.

Cambios económicos: tratando de resucitar y reactivar el bloque BRICS, compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que representa al 40 por ciento de la población mundial y genera gran parte del PIB de nuestro planeta. La decisión se produce una semana después de que el presidente Biden dijera que se establecería un nuevo orden mundial liderado por los Estados Unidos.

Cambio en el sistema financiero: para los dignatarios rusos, el abandono del dólar y el euro como principales reservas mundiales no parece un proyecto descabellado. Según ellos, un sistema financiero renovado debería basarse en la preponderancia de las monedas regionales – rublo, yuan, etc. – vinculados al patrón oro. Tanto Rusia como China utilizan este sistema de compensaciones, ante la gran desesperación de la banca tradicional, preocupada por la constante revaluación de dichas monedas.

Atenazar a Rusia. Cierto es que China no ha seguido el guion escrito por los politólogos de Yale. Y ello, pese a las concesiones de Washington a la hora de negociar nuevos acuerdos comerciales con Pekín, a las inevitables sanciones económicas, los intentos de soborno y, como no, la amenaza militar que supone la creación de la alianza militar AUKUS, que los chinos interpretan como un desafío directo.

La verdadera guerra será, pues, una guerra económica. Con vencedores y vencidos, inevitablemente. Cabe preguntarse qué pasaría si la estrategia de las tenazas no surte efecto. Es el dilema afrontan actualmente los economistas occidentales.   

domingo, 20 de marzo de 2022

La UE a Erdogan: cuidado con los malabarismos

 

Si se busca un común denominador de las relaciones entre la Unión Europea y Turquía, la palabra más idónea sería desconfianza. Desconfianza, desprecio, recelo son los términos que podrían emplearse a la hora de calificar los fluctuantes, cuando no, tormentosos vínculos entre los herederos del renombrado imperio Otomano y los eurócratas de la capital belga.

Los turcos no reniegan de su glorioso pasado; los máximos exponentes del club cristiano de Bruselas (Erdogan dixit) miran con recelo a los emisarios de esta nueva potencia regional, dispuesta a hipotecar parte de su reciente historia para convertirse, con el beneplácito de alemanes, franceses, italianos o portugueses, en un miembro más de la familia europea. De la hasta ahora opulenta familia, preocupada por su prosperidad.

Es cierto; los tiempos cambian. Turquía, que solicitó su ingreso en la CE/UE en 1987, sigue manteniendo su estatuto de aspirante a la adhesión. De eterno aspirante, al que se le ha contestado siempre con peros o evasivas. Los turcos saben que detrás de los argumentos esgrimidos por Bruselas: carencias del sistema democrático, violación de los derechos humanos, de la libertad de expresión, de la discriminación de la minoría kurda o la situación de la mujer, se oculta el verdadero motivo: la competitividad de las exportaciones hacia los países miembros de la Unión. Los europeos temen el dinamismo de la economía turca. En realidad, el hombre enfermo de Europa goza de buena salud.

Desde el punto de vista político, los neo-otomanistas de Ankara muestran una lucidez digna de los herederos de un gran imperio. En las últimas décadas, los turcos lograron resucitar o reactivar las relaciones con los países y territorios que pertenecieron al imperio Otomano, incrementando su presencia en los Balcanes, Asia Central, el Golfo Pérsico, el Cuerno de África. Sin olvidar, claro está, el siempre conflictivo espacio postsoviético: Rusia, Ucrania y los estados de la región caucásica.

Turquía firmó acuerdos de cooperación económica y estratégica con Rusia, que cubren la adquisición de sistemas de defensa antiaérea, instalación de centrales atómicas dotadas de tecnología rusa, maquinaría de construcción o productos agroalimentarios.

A Ucrania le suministró tecnología moderna para la fabricación de drones y vehículos militares; a los países de la antigua Yugoslavia, numerosas patentes industriales.

Como miembro fundador de la Alianza Atlántica (OTAN), Turquía tomó partido desde el primer momento a favor de Ucrania en el conflicto con Rusia, pero sin olvidar los compromisos contraídos con el Kremlin. Pese a las desavenencias surgidas durante la segunda guerra de Nagorno Karabaj, en 2020, la relación entre Recep Taiyp Erdogan y Vladímir Putin sigue siendo muy fluida. Bastante fluida, al parecer, para que los eurócratas decidan llamar a capitulo al rebelde presidente turco. 

La pasada semana, el embajador de la UE en Ankara, Nikolaus Meyer-Landrut, le trasladó a Erdogan la preocupación de Bruselas ante la supuesta ambigüedad de la política de Turquía, país que no se sumó a las sanciones decretadas por la UE, no prohibió las emisiones de la cadena de televisión rusa RT, no cerró su espacio aéreo a los vuelos de las compañías rusas, no… En pocas palabras, sugirió que Turquía, mero candidato a la adhesión a la UE, debía alinearse a la política comunitaria.

Turquía no podrá seguir haciendo malabarismos, advirtió Meyer-Landrut, diplomático de carrera germano, que se desempeñó como asesor principal para asuntos europeos de la canciller alemana Angela Merkel, una de las principales detractoras del ingreso de Ankara en el selecto club de Bruselas. ¿Malabarismos? Pero si Turquía no debe nada a los comunitarios…

Es cierto: el Gobierno de Ankara decidió mantener abierto su espacio aéreo para que los rusos residentes en la UE y los ciudadanos comunitarios pudieran seguir viajando a la Federación Rusa. 

Erdogan ha subrayado en reiteradas ocasiones que no tiene intención de renunciar a las relaciones con Kiev ni con Moscú. En deterioro de los contactos con Rusia podría tener consecuencias dramáticas para la política de su país. Por otra parte, el presidente turco criticó recientemente la respuesta de Europa a la invasión rusa de Ucrania, calificándola de caza de brujas dirigida contra el pueblo, la cultura y el arte rusos.

Por ende, conviene recordar que, en la guerra de Ucrania, Ankara ofreció sus buenos oficios como mediador. ¿Malabarismos? Ninguno.


domingo, 18 de abril de 2021

El tío Joe y el “asesino”

 

Extraño titular éste para una columna dedicada a la política internacional, a la dificultosa marcha de nuestro mundo. Es lógico que le sorprenda, estimado lector, pero no se escandalice; en un mundo en que se derriban estatuas, se censuran las hazañas de filósofos, literatos o exploradores, se reniega de la música demasiado colonial de Mozart y de Bach, no conforme con el fascinante estilo de Dua Lipa (por cierto, ¿quién es Dua Lipa?), en un mundo donde todo vale, parece hasta cierto punto normal que los titulares periodísticos cambien. El autor de estas líneas se queda, pues, con el nada provocativo El tío Joe y el “asesino”.

 La semana se cierra con un inquietante incremento de la conflictividad; la paz mundial parece amenazada por la inhabitual concentración de tropas ¡rusas! en los confines con Ucrania. Washington, París y Berlín denuncian los propósitos belicosos de Moscú, que se dispone a llevar a cabo una agresión en los linderos de la OTAN. ¿Linderos de la Alianza Atlántica? Olvidados quedan los acuerdos de Praga, el compromiso de los occidentales de no trasladar unidades militares hacia los territorios del antiguo Pacto de Varsovia. En las últimas décadas, la Alianza se ha expandido al Este. Sus nuevos socios pertenecen a la región del mar Báltico o el mar Negro, Polonia y Rumanía se encuentran en la primera línea de frente. Su adversario, la Federación Rusa, les convierte en un hipotético blanco de los ataques del oso ruso, el espantajo de la Guerra Fría.

Por su parte, el Kremlin trata desdramatizar la situación: la presencia de sus tropas en la frontera con la región secesionista de Dombás nada tiene que ver con unos supuestos planes de agresión contra Ucrania, primer país del Este europeo que estrenó la moda de las revoluciones de colores.

¿Agresión? De ninguna manera; Occidente está empeñado en provocar un conflicto fronterizo para entorpecer la vuelta de una gran potencia – Rusia – a la escena mundial, afirman los medios de comunicación moscovitas.

Del otro lado de la frontera, en la región que Washington no duda en llamar pomposamente el campo de la democracia, la percepción es completamente distinta. El presidente ucranio, Volodymyr Zelensky, evacúa consultas con la Casa Blanca, el Pentágono, la OTAN, los jefes de Gobierno europeos. Su mensaje es invariablemente el mismo: ante la amenaza rusa, urge la adhesión del país a la OTAN y la UE. No estamos dispuestos a quedarnos indefinidamente en la antesala de Europa, afirma Zelensky, aparentemente poco persuadido de que los procesos de adhesión suelen ser largos y (muy) penosos.

El líder ucranio cuenta con el respaldo de Emmanuel Macron, especialista en soluciones a la carta que poco tienen que ver con la normativa jurídica que rige la conducta de los organismos internacionales. De hecho, Macron quiere que Occidente actúe. Y ello, haciendo caso omiso de las recriminaciones de Zelensky, que le echa en cara su excesiva amistad con Vladimir Putin. Pero, ¿quién dijo que los estadistas no se comportan a veces como… niños?

A las escénicas salidas del presidente de Ucrania (actor de profesión) se suman las señales de emergencia emitidas por el estamento castrense de Varsovia y Bucarest, que reclama un sustancial incremento de la presencia militar de la Alianza en sus respectivos países.

El tono sube.  Si la disuasión falla, estamos dispuestos a responder a la agresión con todo el peso de la Alianza Alántica, afirmó el general Tod Wolters, Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas en Europa, durante una audiencia en el Comité de Servicios Armados de Senado estadounidense. La OTAN sigue siendo el centro de gravedad estratégico y la base para la disuasión y la seguridad en Europa. Todo lo que hacemos es construir la paz, añadió el militar.

 

Por su parte, Rusia acusa también a Ucrania de preparar una ofensiva militar contra los separatistas del Dombás. Moscú advierte a las autoridades de Kiev que en este caso podría intervenir para apoyar a la población rusa en Donetsk y Lugansk, las provincias controladas por las fuerzas prorrusas.

 

Los estrategas de Washington reclaman planes de defensa concretos para el Mar Negro; las repúblicas bálticas, mayor presencia aliada.

 

Y aquí interviene el tío Joe, perdón, en presidente Biden, que se dirige a su homólogo ruso, Vladimir Putin, al que había tratado de asesino en una reciente entrevista televisiva. Como consecuencia, Moscú retiró a su embajador en los Estados Unidos, Anatoly Antonov, que aún permanece en la capital rusa. Privado de la presencia del representante diplomático, Biden se vio obligado a conversar directamente con el asesino.

 

Su propuesta: muy sencilla. Celebrar una cumbre en terreno neutral para hablar de todo: Ucrania, las relaciones comerciales de Rusia con Occidente, que tanto molestan a Washington, el espionaje informático, los intentos de desestabilización, Irán…


Biden apuesta por una postura constructiva por parte de su interlocutor. Mas apenas 48 horas después de efectuar esa llamada, la Administración estadounidense anuncia la adopción de nuevas sanciones contra Moscú. Una de cal…

 

Aparentemente, la Casa Blanca no comprende en silencio del Kremlin. El que eso escribe tampoco comprende la música de Dua Lipa…

 

martes, 12 de enero de 2021

Turquía – Occidente: ¿pasar página o volver a empezar? (I)

 

Qué todo siga igual, pero que todo cambie, parece ser el mantra del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en el umbral de la nueva década. Una meta difícil de lograr en circunstancias normales en países donde impera el cartesianismo, pero sin duda compatible con los sutiles matices de Oriente. Pero Turquía es, ante todo, un país oriental, donde la sutilidad y la diplomacia pueden lograr milagros. El primer mandatario turco lo sabe perfectamente y apuesta por soluciones portentosas en el embrollo de las relaciones internacionales.  

Entre los objetivos prioritarios de Erdogan figura la mejora de las relaciones con Washington, seriamente deterioradas durante los últimos años del mandato de Donald Trump, el multimillonario muy propenso a avalar las aventuras bélicas de Turquía en la región mediterránea – Siria, Libia – y el Cáucaso – Azerbaiyán, Armenia – pero inflexible a la hora de aceptar la afrenta de un miembro fundador de la Alianza Atlántica que se decanta por adquirir material bélico ruso. Después de todo, Rusia sigue siendo el enemigo de Occidente e, implícitamente, de la OTAN.

La Casa Blanca decidió, pues, imponer sanciones al régimen de Ankara, suspendiendo su participación en el desarrollo del programa del supercaza F-35. El Pentágono sospechaba que los turcos podrían servir de puente para la trasferencia de tecnología militar estadunidense a Rusia. Pese a la aplicación de las sanciones, el dialogo estratégico entre Washington y Ankara continúa.  

De hecho, el presidente Erdogan confía en que la nueva Administración demócrata decida adoptar un tono más dialogante, véase hacer borrón y cuenta nueva de los agravios de Trump. Quedan, sin embargo, otros aspectos conflictivos, como la negativa de Washington a conceder la extradición del clérigo turco Fethullah Gülen, ex aliado circunstancial de Erdogan y fundador de una gigantesca red de instituciones islámicas – centros culturales, colegios y universidades - con ramificaciones en decenas de países, o el apoyo estadounidense a la facción armada kurdo-siria YPG, socia de los estadounidenses en la lucha contra el Estado Islámico, pero que Ankara tilda de mera prolongación del movimiento marxista kurdo PKK, artífice de la interminable guerra civil que sacudió Turquía durante décadas.

A ello se añade, claro está, el apoyo del Gobierno Erdogan al régimen islámico de Teherán, archienemigo de mimada dinastía saudí, las buenas relaciones con el emirato de Qatar, donde Ankara cuenta con instalaciones militares, o la presencia de asesores turcos en Azerbaiyán. Un atentico quebradero de cabeza para la futura Administración estadounidense.

Sin embargo, Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente durante el mandato de Barack Obama, conoce la problemática de la región. Visitó Turquía en cuatro ocasiones y reiteró su deseo de mantener buenas relaciones con Erdogan.

Los americanos quieren pasar página, ha señalado el portavoz presidencial turco, Ibrahim Kalin, durante su primera comparecencia de 2021. Más aun; el equipo de Erdogan confía en que la Administración Biden podría resucitar, de manera directa o indirecta, el mortecino dialogo entre Ankara y Bruselas, ya que Washington había abogado en el pasado por el ingreso de Turquía en la Unión Europea.  El restablecimiento del diálogo diplomático con Grecia, así como los contactos de Erdogan con la presidenta de la Comisión Europea parecen haber creado una atmosfera positiva.

El enfrentamiento entre Turquía, Grecia y Chipre sobre la frontera marítima del Mar Egeo, véase la explotación de los recursos naturales del Mediterráneo oriental, la multiplicación de los incidentes navales y las amenazas de un posible recurso al uso de la fuerza enturbiaron aún más las tensas relaciones entre los Estados vecinos. Mientras el presidente Macron parecía propenso a apoyar las acciones militares greco-chipriotas, la Canciller Merkel desempeñó un papel moderador en el conflicto. Las aguas parecían haber vuelto a sus cauces hacia finales de diciembre, cuando Atenas, Ankara y Nicosia se decantaron por la celebración de consultas diplomáticas.

Otro escollo importante de las relaciones entre Turquía y la UE es la cuestión de la migración. En marzo de 2016, Bruselas y Ankara llegaron a un acuerdo para detener la migración irregular en el mar Egeo y mejorar las condiciones de vida de los dos millones de refugiados sirios residentes en suelo turco. La entrada en vigor del acuerdo ha logrado contener el flujo de refugiados hacia los países de la UE. Sin embargo, la tardanza de Bruselas en transferir los fondos comprometidos – alrededor de 6.000 millones de euros – ha suscitado un profundo malestar en Ankara. En Gobierno Erdogan amenazó en reiteradas ocasiones con la apertura de la frontera con Grecia, el gran coladero de la inmigración procedente de Oriente Medio.

También figura en la lista de agravios la no suspensión del visado comunitario para los ciudadanos turcos que viajan a la UE, proyecto que debía haberse materializado en 2013. Sin embargo, la decisión de Bruselas sigue relegada a… las calendas griegas.  

A esas incógnitas se suma otra, no menos importante y conflictiva: el porvenir de las relaciones de Turquía con sus vecinos asiáticos - Siria, Irak, Armenia y Georgia - y también europeos - Bulgaria, Grecia y Macedonia – territorios que formaban parte, al final de la Primera Guerra Mundial, de la Gran Turquía.

martes, 21 de mayo de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (IV)


“Europa será musulmana”

 ¿Se convertirá Turquía en miembro de pleno derecho de la Unión Europea? ¿Cuándo se podría materializar su integración?

Confieso que la doble pregunta, formulada por uno de mis lectores, me sorprendió. Al comprobar que no habíamos abordado el tema con bastante detenimiento, decidí corregir este lapsus.

Efectivamente,  las noticias sobre las negociaciones entre Ankara y la Unión Europea brillan por su ausencia. La última referencia se remonta al mes de marzo, cuando el Parlamento Europeo se pronunció a favor de la suspensión de las consultas, alegando el constante deterioro de los derechos políticos y sociales en Turquía tras la intentona golpista de 2016 y ante todo, el clima reinante en el país tras la proclamación del estado de excepción. No fue esta la primera vez en la que los legisladores comunitarios recomendaron la suspensión de los contactos con el Gobierno turco; a finales de 2016, tras el inicio de las purgas masivas llevadas a cabo contra militares, policías y miembros de la judicatura, acusados de pertenecer a organizaciones terroristas, el Parlamento Europeo optó por congelar el diálogo con Ankara, apostando por el advenimiento de… tiempos mejores.
     
¿Tiempos mejores? La verdad es que las relaciones entre Turquía y la UE registraron numerosos altibajos desde 1987, fecha en la que el Gobierno de Ankara solicitó oficialmente la plena incorporación de su país a la Unión. Bruselas puso una serie de condiciones que los turcos aceptaron paulatinamente. Se trataba de adecuar el sistema jurídico del país a la normativa comunitaria, modificar los códigos comerciales, respetar los derechos de las minorías, garantizar la libertad de prensa y, por último, aunque no menos importante, abolir la pena de muerte.

En marzo de 2003, poco después de su nombramiento de Recep Tayyip Erdogan en el cargo de Primer Ministro, el mandatario turco manifestó que su país estaba preparado para formar parte de la familia de la UE. Las negociaciones formales dieron comienzo en octubre de 2005.

El diálogo quedó interrumpido en numerosas ocasiones. Las crisis poco tenían que ver con los supuestos tecnicismos que obstaculizaban el camino. En realidad, los Gobiernos conservadores del Viejo Continente trataban de defender el acervo cultural (léase religioso) europeo, mientras que los progresistas – socialdemócratas y socialistas – hacían hincapié en la situación de los derechos humanos. En ambos casos, se trataba de meras maniobras dilatorias.

La situación ambigua se prolongó hasta la intentona golpista de 2016, obligando a los gobernantes de Ankara a buscar (y encontrar) otras soluciones.

Conviene señalar que la oleada de medidas represivas aplicadas después del golpe ha acrecentado el déficit democrático de la República de Turquía, incompatible con la tradición humanista del Viejo Continente. En abril de 2017, el Parlamento Europeo solicitó la suspensión formal del proceso de incorporación de Turquía a la Unión. En septiembre del mismo año, la Canciller alemana, Angela Merkel, manifestó que quería poner fin a las negociaciones con Ankara.

Pero fueron los resultados de las elecciones municipales cebradas el pasado 31 de marzo que supusieron el frenazo final de las consultas. Erdogan, que perdió el control de tres grandes ciudades – Ankara, Estambul y Esmirna – acabó convirtiéndose en rehén del ultranacionalista Partido del Movimiento Nacional, agrupación de extrema derecha poco proclive al acercamiento a Europa.

Los sondeos realizados últimamente  reflejan un notable descenso en el apoyo de la opinión pública turca al ingreso en la UE.  También ha descendido la aceptación de la candidatura turca en la mayoría de los Estados miembros de la UE. Sólo apoyan la cada vez más hipotética entrada de Turquía el 8% de los ciudadanos franceses, 5% de los alemanes, 5% de los daneses y 5% de los finlandeses.

El propio Erdogan advirtió que convocaría un referéndum para solicitar la opinión de sus conciudadanos acerca de una posible retirada de la candidatura de Ankara a la UE,  recordando que su país estaba harto de las humillaciones impuestas por la infiel Europa.

Huelga decir que la infiel Europa se ha convertido en el estereotipo comúnmente empleado por los políticos turcoa. Pero hay más. El periodista Burak Bekdil, columnista depurado después del golpe de 2016, se ha hecho eco recientemente de las declaraciones del diputado Alparslan Kavaklıoğlu, miembro del AKP y presidente de la Comisión de Seguridad e Inteligencia del Parlamento, quien advirtió a finales de 2018: Europa será musulmana. Y nosotros (los turcos) seremos efectivos en este proceso, si tal es la voluntad de Alá.

¿Será este el canto del cisne de la interminable pantomima comunitaria o, por el contrario, un primer parte de guerra?

martes, 11 de septiembre de 2018

Cuando el oso ruso preocupa al dragón japonés


Afirman los analistas, excelentes intermediarios cuando la clase política prefiere no dar la cara, que el establishment nipón está preocupado por el alcance de las maniobras militares Vostok 18 (Oriente 18) que congregan en suelo siberiano a 300.000 soldados rusos, alrededor de 3.200 militares chinos y un reducido contingente del ejército de Mongolia.  Las maniobras, que los estrategas no dudan en calificar de “mayor ejercicio militar” en la historia de Rusia, finalizarán el próximo sábado.

Pero, ¿qué es lo que de verdad inquieta a los analistas, o mejor dicho, a las autoridades de Tokio?  ¿La participación en esa gigantesca simulación de enfrentamiento bélico de 297.000 efectivos rusos, 36.000 tanques, alrededor de 1.000 aviones, unos 80 navíos de guerra y un número indefinido de drones?

Los chinos, por su parte, anuncian la presencia en la región militar oriental de la Federación rusa de 3.200 soldados, 900 blindados y 30 aviones de combate. Una participación más bien simbólica, pero que reviste una gran importancia teniendo en cuenta las tensas relaciones políticas entre Moscú y Pekín en las últimas décadas.

¿Los mongoles? Ese estado-tampón entre las dos grandes potencias tiene que mentalizarse de que forma o formará parte – voluntaria o involuntariamente – de la estrategia euroasiática de los dueños del Kremlin. Este es, en realidad, en mensaje que rusos y chinos tratan de mandar a sus adversarios occidentales – Norteamérica y la Alianza Atlántica – y orientales – Japón.

Los chinos, con su habitual astucia, no dudaron en “invitar” a los norteamericanos a… participar en las maniobras. Una gentileza que podía haber molestado a los anfitriones rusos, siempre y cuando…

Es obvio que tanto los chinos como los mongoles forman parte del gigantesco proyecto euroasiático de Vladimir Putin. Siberia, escenario de las maniobras militares, es una región rica en materias primas, aunque despoblada. Los chinos, con su fama de gente trabajadora, podrían convertirse en excelentes “colonos” de Siberia. Los mongoles, poco numerosos y menos propensos a emigrar, podrían desempeñar el papel de “personal de apoyo”. 

De momento, se trata de una iniciativa en ciernes. Todo depende, claro está, de la evolución de las relaciones entre las dos superpotencias. Lo cierto es que Rusia necesita a  China como aliado; la alianza entre Moscú y Pekín podría (y debería) contrarrestar la estrategia de aislamiento del “oso ruso” ideada por los estrategas de Washington tras el desmembramiento de la Unión Soviética. La creación de BRICS, el acercamiento al régimen islámico de Teherán, el reciente coqueteo con la Turquía de Erdogan, las beneficiosas relaciones con la Canciller Ángela Merkel, forman parte de la compleja política exterior llevada a cabo por el Kremlin en las última década. Algo que irrita sobremanera al actual inquilino de la Casa Blanca, incapaz de comprender el refinamiento de la diplomacia de los zares. Qué duda cabe de que el antiguo agente de la KGB atrincherado en el Kremlin ha hecho sus deberes.

Volviendo a la “preocupación” nipona y al aparente deseo del Primer Ministro Shinzo Abe de esclarecer con las autoridades rusas el asunto de las manobras y su posible impacto para la seguridad de Japón, queda por contestar otra pregunta: ¿qué hacían el destructor de la marina imperial japonesa Makinami y el barco escuela Kashima en el mar Báltico, durante las maniobras navales de la OTAN celebradas a finales de agosto? Curiosamente, el lema del ejercicio era: Juntos seremos más fuertes. ¿Acaso piensa el dragón japonés que el oso ruso está hibernando?

jueves, 21 de junio de 2018

Crisis migratoria: neofascismo vs. buenismo


La reciente epopeya del barco de rescate Aquarius, obligado a vagar por las aguas del Mediterráneo hasta Valencia, un lejano puerto de la Península Ibérica, ha desencadenado una tormentosa campaña mediática en las dos orillas del Mare Nostrum. Por vez primera, uno de los principales países de acogida de inmigrantes ilegales – Italia – se negó a recibir a los pasajeros de una embarcación que efectuaba una misión humanitaria en las aguas de Libia. El nuevo Gobierno de Roma, un conglomerado de populistas euroescépticos y radicales de derechas, optó por cerrar el grifo a la inmigración.

Huelga decir que los italianos no son los únicos detractores de la nueva y caótica oleada migratoria. Austriacos, húngaros y polacos, nacionalistas y xenófobos, comparten los temores de los políticos romanos. “¿Inmigrantes? No, gracias. La barca está llena”, pregonan los populistas. La “fortaleza Europa” cierra sus puertas.

Pero esta vez, la Comisión Europea está empeñada en buscar una solución. Será, muy probablemente, un apaño de última hora, destinado a allanar la vía de la cumbre comunitaria sobre emigración, prevista para el próximo día 28 de junio.

“Los comunitarios se ha puesto en marcha”, afirman los valedores de las iniciativas de Bruselas. Sí, los comunitarios se han  puesto en marcha. Pero…con 35 años de retraso.

 En efecto, lo que está sucediendo en el Mediterráneo era previsible. Las advertencias nos vienen de muy antiguo. El que eso escribe recuerda que ya en la década de los 80 del pasado siglo, los expertos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) llamaron la atención sobre las desigualdades del mundo en que vivimos. Un amplio informe presentado ante la Asamblea anual de la organización hacía hincapié en el reparto de la riqueza, subrayando que un 13 por ciento de la población mundial, es decir, los habitantes del primer mundo, controlaba el 80 por ciento de los recursos del planeta. Cabía suponer, pues, que el 87 por ciento de la población mundial podría reclamar el derecho de disfrutar del bienestar que conlleva el control de la riqueza. Pero los Gobiernos de los países ricos optaron por desentenderse del asunto.

En 1995, al lanzar la UE su iniciativa euromediterránea, las consignas de Bruselas fueron muy claras: hablaremos de la cooperación económica, tecnológica, de seguridad, de la lucha contra el crimen organizado, obviando la cuestión migratoria.

Ante la postura obtusa de los europeos: “inmigrantes – que no vengan”, los países de la otra cuenca propusieron la opción: “emigrantes – que no tengan que marcharse”. Los pocos esfuerzos destinados a crear centros de capacitación profesional y puestos de trabajo en los países de origen de los candidatos a la emigración fueron neutralizados,  tanto en el Norte de África como en Oriente Medio, por el poco benéfico impacto de las “primaveras árabes”.

A partir de 2003 – 2005, centenares, miles de pateras cruzan el Mediterráneo. Europa no cuenta con una política común, coherente, en materia de inmigración.

La situación dio un vuelco radical a finales de 2015, cuando el Viejo Continente acogió,  merced al “efecto Merkel”, a más de un millón de migrantes irregulares. Ante la imposibilidad de asumir el coste de su estancia, la canciller alemana estableció cuotas de reparto comunitarias. Los países de Europa oriental, dotados de menos recursos económicos y… menos generosos que los antiguos miembros de la Unión, rechazaron la propuesta.

La crisis se fue acentuando tras la llegada al  poder de los populistas. La aventura del Aquarius, la iniciativa del ministro del Interior italiano de expulsar a parte de la población gitana de la Península, refleja un inquietante cambio de actitud de algunos Gobiernos europeos.

Obviamente, ni el neofascismo italiano no el buenismo español brindan soluciones adecuadas para la crisis. La respuesta depende, en este caso concreto, de la voluntad real de “los 28 ó 27”. El tiempo apremia; esta vez, los países ricos no disponen de 35 años para tomar una decisión…