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martes, 28 de noviembre de 2023

Estrechar el cerco a Rusia


En una conversación telefónica con el Secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, solicitó la suspensión de las sanciones aplicadas por la Casa Blanca a los viajes de los miembros de su Gobierno a los Estados Unidos, alegando que las restricciones eran improcedentes.

La respuesta de Blinken fue instantánea: las restricciones se levantarán cuando las autoridades azeríes decidan entablar conversaciones de paz serias con el Gobierno de Armenia. Washington espera y desea que la firma del acuerdo de paz entre Bakú y Ereván se materialice antes de finales del año. Aparentemente, hoy en día, la obsoleta – aunque siempre eficaz – diplomacia de la cañonera puede resumirse a una simple llamada telefónica.  

Sin embargo, persuadir a Aliyev, más amigo del Irán de los ayatolás o de la Turquía neo-otomana de Erdogan ha de ceñirse al guion preestablecido por la Administración Biden no resulta tarea fácil. Es cierto; la invasión de Nagorno Karabaj por las tropas azeríes el pasado mes de septiembre contaba con el beneplácito de Washington y de Ankara. Los 1.500 soldados rusos estacionados en la zona tampón entre Azerbaiyán y el enclave armenio fueron incapaces de frenar el avance de los 60.000 efectivos del ejército de Bakú. El Presidente armenio, Nikol Pashinyán, que no decretó la movilización del ejército de su país, lamentó la dejadez de los rusos. Pero, ¿se puede hablar de dejadez?

Después de acoger a los cien mil armenios que huyeron del enclave de la discordia, temiendo una operación de limpieza étnica, parecida a la llevada a cabo por Turquía a comienzos del siglo pasado, Pashinyán viajó a Europa, para formular sus quejas a la UE y tratar de persuadir a los miembros del Parlamento Europeo que la firma del acuerdo de paz con Azerbaiyán era… inminente.  ¿Inocencia? ¿Error de cálculo de los autores del guion Nagorno-Karabaj, que desconocen los entresijos de la política regional, de la mentalidad de los publos de la zona? O pura y simplemente, ¿un fallo del superordenador que suele dictar las líneas maestras de la diplomacia del Imperio?  

Lo cierto es que Pashinyán confiaba en el poder de convocatoria de la Administración norteamericana, interesada en contrarrestar la influencia de la Federación Rusa en el Cáucaso. Armenia, único país cristiano de la región, ubicado estratégicamente en las inmediaciones de la Madre Rusia, a medio camino entre la República Islámica de Irán y la no menos reislamizada Turquía representa, desde el punto de vista geopolítico, un área tremendamente codiciada por las potencias interesadas en el control de las riquezas energéticas de la región, en sus oleoductos y gasoductos, en el trazado en la nueva ruta de la seda.

Las maniobras militares de los ejércitos armenio y norteamericano, Eagle Partner 2023, celebradas el pasado mes de septiembre, sorprendieron a los países vecinos; se trataba del primer ejercicio estratégico conjunto en el que tropas de la OTAN coincidían - en un espacio muy exiguo - con las bases militares rusas presentes en suelo armenio desde hace más de medio siglo.  

Pero hay más: Armenia había establecido también vínculos con la Agencia de Defensa para la Reducción de Amenazas (DTRA), dependiente del Pentágono. Desde 2008, funcionan en territorio armenio una docena de bio laboratorios, que realizan proyectos de investigación coordinados por el Programa de Defensa Biológica de Estados Unidos (CBEP).

 

Algunos politólogos armenios estiman que el giro pro-otanista y pro-europeista de Nikol Pashinyan, empeñado en establecer relaciones con las industrias de defensa del Viejo Continente, podría llevar a Armenia a la paulatina pérdida de su frágil soberanía. Los más pesimistas no descartan la posibilidad de que Armenia acabe termine fagocitado por su archienemiga Turquía, convirtiéndose en un protectorado atlantista cuya supervivencia generaría graves tensiones futuras.

Para los miembros del Comité Nacional, organización que agrupa a empresarios, militares, políticos y representantes de la sociedad civil, la firma del reconocimiento por parte de Pashinyán de la soberanía de Bakú sobre Nagorno Karabaj constituye un acto de lesa patria, que debería sancionarse con la destitución inmediata del Primer Ministro. 

Sin embargo, Pashinyán insiste: la paz con Azerbaiyán supondría la apertura, bajo la jurisdicción de Armenia, de la línea de ferrocarril Meghri, el famoso Corredor Zangezur que, según el Presidente Recep Tayyip Erdogan, se convertiría en un nexo de unión panturco, el posible desarrollo de las relaciones con la Unión Europea, más seguridad regional y la desvinculación progresiva del tradicional aliado de los armenios - Rusia – que quedaría aislado en Transcaucasia.

 

Para Moscú, ello presupone un paso más hacia el estrechamiento del cerco de Occidente a Rusia. Los otros dos peones llamados a caer próximamente son Georgia y Moldova.

 

Huelga decir que, en este caso concreto, el superordenador de Washington no se equivoca.

miércoles, 31 de mayo de 2023

El incombustible sultán Erdogan

 

En noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) liderado por Recep Tayyip Erdogan, se alzó con la victoria en las elecciones generales convocadas en Turquía tras la crisis provocada por el desmembramiento de la coalición integrada por DSP-MHP-ANAP, agrupaciones políticas de distinto corte político, que defendían el carácter laico del país, el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, se apresuró en enviar un mensaje a sus socios comunitarios, reclamando la rápida adhesión de Ankara a la Unión Europea.

El Sr. Erdogan en un islamista moderado, cuyo ingreso en la UE facilitaría nuestros intereses en la región de Oriente Medio, rezaba el mensaje del inquilino de la Casa Blanca. La misiva fue acogida con recelo en Bruselas. Para las altas instancias comunitarias, se trataba de una intolerable injerencia de Bush en los asuntos internos de la Unión. Y más aún, teniendo en cuenta que Erdogan, ex alcalde de Estambul, había sido inhabilitado por la Corte Suprema de Turquía por manifestaciones de apoyo al islamismo, incompatibles con la normativa jurídica del Estado laico fundado en 1923 por Mustafá Kemal Atatürk.

Por otra parte, el establishment de Bruselas se había familiarizado con el programa electoral del AKP, que contemplaba la remusulmanización de Turquía y la islamización de la diáspora. Una amenaza potencial ésta para los países comunitarios, que acogen alrededor de 4 millones de emigrantes procedentes de Anatolia.       

¿Una emigración islamizada? Aparentemente, el peligro es mínimo. La mayoría de los emigrantes turcos se rige por las normas de la moderación religiosa, es decir, poco propensa a interferir con las creencias de los países de inmigración. Sin embargo, el miedo al otro, al ser diferente, alimenta el discurso de las agrupaciones radicales. La preocupación real de los gobernantes es otra: se trata del desequilibrio de la balanza comercial entre los países comunitarios y el Estado turco. Un estado de cosas que provoca pavor en los círculos empresariales. Turquía en un competidor serio y temible.

En las dos últimas décadas, el moderado Erdogan logró convertirse en el fiscal del proteccionismo comunitario, detractor de las políticas de defensa de la OTAN, aliado y sostén le Kremlin, amigo de los ayatolás de Teherán, aliado de las monarquías del Golfo Pérsico que rechazan la hegemonía de Arabia Saudita, líder de una potencia regional que trata de resucitar y relumbrar la grandeza de las glorias de antaño, del resplandeciente Imperio otomano.

Después de la intentona golpista de 2016, ideada – según el sultán y sus secuaces – por los servicios de inteligencia occidentales, Erdogan se ha ido distanciando aún más de los miembros de la UE.

La decisión de Angela Merkel de congelar las negociaciones para la adhesión de Turquía a la UE fue interpretada como una auténtica declaración de guerra. Por si fuera poco, en la OTAN se oyeron voces reclamando insistentemente la salida de Ankara del sistema de defensa atlántico. Pero en este caso concreto, Washington se sintió obligado a calmar la revuelta. Turquía sigue siendo una pieza clave en la estructura de defensa de Occidente. Por otra parte, el papel de mediador ejercido por Erdogan en el conflicto de Ucrania le convierte en juez y árbitro del juego peligroso que opone la Casa Blanca al Kremlin.

Si bien Turquía tiene que hacer frente a una crisis económica sin precedentes, Recep Tayyip Erdogan ha aprovechado la campaña electoral para recordar los excelentes resultados obtenidos por la industria de defensa, que sale fortalecida del forcejeo entre Rusia y Occidente. Erdogan ha sido el político turco más poderoso durante las dos últimas décadas. Parece poco probable que cambie drásticamente de rumbo tras su reelección.

El Occidente, que ha apostado por el candidato kemalista Kemal Kilicdaroglu, jefe de fila del Partido Republicano del Pueblo, ha tenido que rectificar el tiro tras la victoria electoral de Erdogan. No cabe duda de que las capitales europeas hubiesen preferido tratar con las agrupaciones laicas capitaneadas por los kemalistas, predispuestas a un acercamiento con las posturas de Washington y de Bruselas.

Al cumplirse cien años de la fundación del Estado moderno, Turquía recupera, merced a su política neo-otomanista del AKP, su pompa imperial. Mas el fasto de las celebraciones no logrará acallar las críticas de la oposición, que denuncia la constante erosión de las normas democráticas, la persecución de los disidentes, la discriminación de la comunidad LGBTI, la situación de la comunidad kurda. De hecho, Erdogan aprovechó su primer contacto telefónico con su rival Kilicdaroglu para exigir información detallada acerca del acuerdo firmado por los kemalistas con el partido kurdo. ¿Es cierto que os habéis comprometido a excarcelar a sus líderes? preguntó Erdogan, acérrimo enemigo de las agrupaciones paramilitares kurdas que operan en Turquía y Siria.

Tanto Erdogan como Kilicdaroglu se comprometieron a iniciar el proceso de repatriación de los refugiados sirios – alrededor de 3,5 millones de personas desplazadas – que perderán la protección de los organismos internacionales. Uno de los problemas más acuciantes es, sin duda, la escasez de viviendas en el país vecino, asolado por el terremoto del pasado mes de febrero, pero ante todo por la destrucción masiva provocada durante el conflicto interno. Un auténtico quebradero de cabeza para el sultán, que inicia su tercer mandato en un ambiente de crisis y desconfianza.

Pero en incombustible Erdogan seguirá gobernando Turquía cinco años más. Guste o no a la Casa Blanca; guste o no al club cristiano de Bruselas.

domingo, 12 de julio de 2020

El Islam de Erdogan: de Bukhara a Al Ándalus



En noviembre de 2002, cuando en AKP se alzó con la victoria en las elecciones generales turcas, unos de los primeros estadistas que abogó por el ingreso de Turquía en la Unión Europea fue… el presidente Bush.

El mensaje del inquilino de la Casa Blanca sorprendió a los analistas occidentales. Su contenido: “El Sr. Erdogan es un islamista moderado; hay que facilitar el ingreso de su país en la UE”. La recomendación de Bush causó sorpresa y malestar en Bruselas; inquietud e incredulidad en los círculos académicos, acostumbrados a estudiar con mayor detenimiento los programas de Gobierno de los partidos políticos, con suma cautela las propuestas de las agrupaciones islámicas, la agenda oculta de los lideres del mundo árabe musulmán.

Huelga decir que el AKP no disimulaba las líneas maestras de gobernanza. El programa del partido de Erdogan hablaba claramente de la necesidad de islamizar la diáspora  y de remusulmanizar Turquía. ¿Los medios para lograr ese objetivo? Obviamente, el nuevo equipo de Gobierno de Ankara se guardaba varios ases en la manga.  Las sorpresas empezaron a aflorar en 2003, durante la invasión de Irak, cuando Turquía, miembro de la Alianza Atlántica, decidió prohibir a la aviación estadounidense sobrevolar su espacio aéreo a los cazas que iban a llevar a cabo misiones en Irak. No se trataba de la primera advertencia: los aliados tropezaron con las mismas reticencias en el verano de 1990, cuando el Gobierno del socialdemócrata Bulent Ecevit expresó su profundo malestar por la utilización del despacio aéreo turco por la aviación estadounidense. En ambos casos, Ankara esgrimió el mismo argumento: un país musulmán no puede participar – directa o indirectamente – en operativos bélicos contra otro país árabe. Argumentos que Washington no parecía muy propenso a aceptar.

Durante la primera legislatura del AKP (2002 – 2007) los islamistas trataron de aprovechar al máximo el legado del anterior Gobierno – proyección internacional, relaciones de buena vecindad con los Estados de la zona, cooperación económica y militar con los actores cave del Cercano Oriente – Israel, Jordania, la Autoridad Nacional Palestina, los Estados del Sudeste europeo.

Las relaciones con la Unión Europea, aparentemente bien encauzadas, entran en crisis en 2013, cuando Alemania y Holanda optan por congelar el dialogo con Ankara. Seguirá la crisis de los refugiados (2015), el intento de golpe de Estado contra Erdogan (2016), el distanciamiento de Washington (2016 – 2017) y acercamiento a Moscú (2018).

En el plano interno, la caza de brujas iniciada en 2016 permite el afianzamiento de grupos afines a Erdogan en los ministerios de Justicia, Interior y Defensa, la depuración de los llamados elementos terroristas, el control de los medios de comunicación por parte del Gobierno. 

El neo otomanismo, doctrina en la que se sustenta el proyecto de la Nueva Turquía de Erdogan, contempla la vuelta al Islam y al Califato. Ello implica, claro está, la ruptura con las estructuras del Estado laico proclamado por Mustafá Kemal Atatürk en 1924.

La decisión de reconvertir la basílica Santa Sofia – emblemático monumento de la Cristiandad – en lugar de culto musulmán, se inscribe en la línea de los cambios radicales contemplados por los islamistas turcos, reflejando su deseo de alejarse del legado del kemalismo, cuando no de hacer borrón y cuenta nueva de las instituciones de la Turquía contemporánea.

Santa Sofia volverá, pues, a ser mezquita, al igual que en 1453, cuando Mehmet el Conquistador entró a caballo en el templo cristiano, anunciando el final de una era.  Erdogan sustituyó el caballo por las cámaras de televisión. Su mensaje, más agresivo que el del que considera su antepasado, reza así: la reconversión de Santa Sofia en lugar de culto musulmán augura la liberación de la mezquita jerosolimitana de Al Aqsa, el resurgir del Islam en Bukhara (Uzbekistán) y… al Ándalus. La mención a España no figura, sin embargo, en la página web del Gobierno de Ankara.

Curiosamente, el discurso del moderado Erdogan recuerda la doctrina de la monarquía wahabita, cuando no la vehemente argumentación de uno de sus súbditos: Osama Bin Laden 

jueves, 2 de mayo de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (II)


Erdogan - entre Rusia e Irán

Poco después de la intentona golpista de julio de 2016, la política exterior de Turquía experimentó un cambio radical. Erdogan, que había logrado enemistarse con  los líderes europeos poco propensos a aceptar el ingreso de Ankara en la Unión Europea – Alemania y Holanda – dirigió su mirada hacia el Kremlin. Huelga decir que las relaciones turco-norteamericanas se habían enrarecido durante la guerra del Golfo, cuando Ankara se mostró muy reacia a autorizar la utilización de su espacio aéreo para las incursiones de cazas estadounidenses contra Irak, país musulmán “hermano”. El Parlamento turco tuvo que ceder ante las presiones de Occidente; un miembro fundador de la Alianza Atlántica no podía disociarse de la política militar común. Su compromiso con la OTAN debía ser… inquebrantable. Washington exigió la aplicación del artículo 5º del Tratado del Atlántico Norte, relativo a la defensa colectiva; el Parlamento turco no tuvo más remedio que plegarse a las exigencias de los aliados. Una doble derrota, puesto que a las consideraciones de índole política se sumaba la deshonra de no haber cumplido con la sacrosanta obligación de solidaridad islámica. Un detalle éste que los estrategas del Pentágono habían descuidado. El 99 por ciento de los habitantes de Turquía, Estado aparentemente laico, profesa la fe mahometana. De ahí los equívocos…

La otra batalla perdida fue la del acceso a la Unión Europea. Una larga sucesión de encuentros y desencuentros que se prolongó durante cuatro décadas. El país ideado y fundado por Mustafa Kemal Atatürk quería ser europeo. Pero los miembros del “club cristiano” de Bruselas vetaron el ingreso. Los conservadores alegaron motivos “culturales”, los liberales y progresistas, argumentos políticos. Hace ya más de tres lustros, los mandatarios de Ankara empezaron a buscar otras alternativas, más acordes con la idiosincrasia turca. 

Tras el desmembramiento de la URSS, reapareció la opción del “panturquismo”, alianza de todos los pueblos turcomanos de Asia, liderada por Turquía. Después de la llegada al poder de los islamistas del AKP, el “panturquismo” dejó paso al “neo-otomanismo”, que contempla la acción política de Turquía en todas las regiones que se hallaron bajo el dominio otomano. La nueva estrategia, concebida por el ex ministro de Asuntos Exteriores de Erdogan, Ahmet Davutoglu, empezó a implementarse con bastante éxito a mediados de la pasada década, allanando el camino hacia la materialización del sueño de la clase política: convertir el país en una predominante potencia regional.

Con el paso del tiempo, los sueños de grandeza de los insumisos islamistas de Ankara se convirtieron en una auténtica pesadilla para sus aliados occidentales. ¿Resucitar el espíritu del Imperio Otomano, el esplendor de los sultanes – califas del Islam, la presencia turca en tres continentes? “Imposible, aberrante y ante todo, peligroso”, estimaban las Cancillerías occidentales. Y si a ello se le suma la tentación totalitaria del líder del AKP, el autoritarismo y las redundantes consignas nacionalistas, el deterioro de la imagen institucional es innegable. Recep Tayyip Erdogan deja de ser un aliado, para convertirse en… adversario de Occidente y, ante todo, de los Estados Unidos.

La noche del 15 al 16 de julio de 2016 marca un punto de inflexión. Los “poderes fácticos” apostaron por la eliminación de Erdogan, cometido factible en un país habituado a los golpes de Estado. El ejército no encontró resistencia alguna al ejecutar la primera fase del plan: la ocupación de los puntos estratégicos. Sin embargo, treinta minutos antes de la llegada de los comandos golpistas a la residencia de verano de Erdogan, este abandonó la localidad costera de Marmaris a borde de un avión privado, dirigiéndose hacia Estambul, ciudad controlada por los rebeldes. Al parecer, pocas horas antes del inicio de la intentona, el Presidente turco recibió una llamada del… Kremlin. Su interlocutor ruso, conocedor de los planes del ejército, puso a su disposición un satélite ruso de telecomunicaciones, que le permitió contactar con los militares fieles. El general Umit Dundar recuperó el control del aeropuerto internacional de Estambul, permitiendo en aterrizaje del avión presidencial.

¿Está tratando Turquía de crear ‎su propia alianza militar?

En este contexto, el acercamiento entre Ankara y Moscú resulta no sólo comprensible, sino inevitable. Las posteriores visitas del mandatario turco al Kremlin desembocaron en la firma de numerosos acuerdos comerciales y… militares. Después de ultimar la compra del sistema de defensa antiaérea  ruso S-400, ‎el ejército turco anunció la probable adquisición de aviones de combate ¡rusos! Su-35 o ‎‎Su-57, competidores de los F 35 norteamericanos. Hay quien especula con una posible (aunque hoy por hoy hipotética) retirada de Turquía de la Alianza Atlántica. Pero se barajan otras alternativas: la creación de una alianza militar entre Turquía, Irán y Rusia para gestionar conjuntamente el conflicto de Siria. Aparentemente, los tres países tienen intereses divergentes: Rusia apoya a su fiel amigo Bashar el Assad, Irán quiere afianzar su presencia estratégica en los confines con Israel, Turquía pretende eliminar a los combatientes kurdos, amigos de los norteamericanos y aliados del PKK. Con ello, Ankara pretende ‎impedir que Estados Unidos utilice las milicias que combaten en suelo sirio para fomentar nuevas “primaveras ‎árabes”.
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También existe otro proyecto, aún más ambicioso: la creación de un bloque militar que agruparía a ‎Turquía, Irán y Qatar, como posible contrapeso a una “OTAN árabe” capitaneada por Washington. Si Erdogan consigue involucrar al Kremlin, la relación de fuerzas en el mundo árabe musulmán cambiaría ‎en detrimento de los Estados Unidos y sus incondicionales aliados del Golfo Pérsico.

martes, 30 de abril de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (I)


“Terroristas” y contestatarios 


A finales de la pasada semana, la fiscalía de Estambul ordenó la detención y el encarcelamiento de 210 personas acusadas de haber participado en los preparativos del golpe militar de 2016.  Entre los sospechosos figuraban miembros de las fuerzas armadas: ejército de tierra, marina, aviación y guardia costera, así como oficiales de la gendarmería y de otros cuerpos de la seguridad del Estado, acusados de pertenecer a la organización “terrorista” liderada por el clérigo Fetullah Gulen, ex aliado del Presidente Erdogan, que vive en el exilio desde 1999. Gulen negó en reiteradas ocasiones su participación en los preparativos de la intentona.

Los detenidos fueron identificados a través de grabaciones de llamadas telefónicas efectuadas por los servicios de inteligencia militar.

Actualmente, hay más de 77,000 personas detenidas por su presunta participación en el golpe de Estado. Al parecer, la fiscalía cuenta con una larga lista de “sospechosos” que suponen una amenaza para la seguridad nacional, cuyo arresto sería inminente. 
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Conviene recordar que desde el verano de 2016, las autoridades turcas suspendieron o despidieron a alrededor de 150.000 funcionarios públicos y militares supuestamente adscritos a las redes de Gulen.  
Sabido es que los aliados occidentales de Turquía, país miembro de la Alianza Atlántica, han criticado en reiteradas ocasiones las medidas represivas adoptadas por Ankara, insinuando que Erdogan trata de usar el golpe como coartada para deshacerse de detractores o testigos molestos.

La cierto es que la guerra fratricida contra el popular clérigo desterrado ha causado demasiadas victimas. Una situación ésta que generó un hondo malestar en el seno del oficialista Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación fundada por el propio Erdogan escasos meses antes de alzarse con la victoria en las elecciones legislativas celebradas  en el otoño de 2002. 
 
Nace un nuevo partido político
El solemne comunicado de la fiscalía de Estambul eclipsó la noticia de la creación de un nuevo partido político, facilitada casi paralelamente por la prensa de oposición. La nueva agrupación,  Yeni Parti  (Nuevo Partido), fue fundada por tres veteranos del AKP, pilares de la política nacional y antiguos compañeros de camino de Tayyip Recep Erdogan. Se trata de  Ahmet Davutoglu, antiguo primer ministro y jefe de la diplomacia turca, Abdullah Gül, antiguo Presidente de la República y Ali Babacan, exministro de Economía y Asuntos Exteriores. Los tres compartieron las horas bajas y los momentos de gloria del “sultán”; los tres fueron marginados o desterrados de la política por sus desavenencias con el actual Presidente de la República.

Sus hojas de servicios son impecables. Abdullah Gül, el “islamista socialdemócrata”, sirvió de tapadera para las actividades políticas de Erdogan durante la fase constitutiva del AKP. Como se sabe, Erdogan había sido inhabilitado penalmente para el ejercicio de funciones públicas a raíz de unas manifestaciones pro islamistas en Estambul.

Alí Babacan, economista de formación, fue uno de los artífices de los programas de desarrollo elaborados por el primer Gabinete Erdogan.

Ahmet Davutoglu, politólogo, catedrático y diplomático, fue el autor intelectual del neo-otomanismo, doctrina que contempla el acercamiento de Turquía al mundo árabe musulmán, como posible respuesta al rechazo de la candidatura de Ankara a la Unión Europea.

Según informes publicados en algunos medios turcos, los tres políticos se comprometieron ante Occidente a “devolver el país a la senda de la democracia”. El núcleo duro del Yeni Parti cuenta actualmente con medio centenar de miembros del AKP.  

Aparentemente, el proyecto – liderado por Gül – surgió hace unas semanas, tras el fracaso del AKP en las elecciones municipales, primer síntoma de debilitamiento de la agrupación islámica.

Davutoglu, que negoció y firmó en nombre de Turquía el acuerdo con la UE sobre  migrantes y personas desplazadas, hizo público u documento de 15 páginas en el que critica la política del AKP, así como su fracaso en la reciente consulta electoral. Estima el padre del neo-otomanismo, la deriva del partido de gobierno se debe a su alianza con los ultranacionalistas, las limitaciones impuestas a los medios de comunicación, a una política económica alejada de los principios básicos de la libertad de mercados, a la corrupción y el nepotismo.  Y enfatiza:el espíritu reformista y liberal del AKP ha sido reemplazado en los últimos años por un enfoque basado en la seguridad y el estatismo, impulsado por el deseo de mantener el status quo”.
 
Los periódicos de Estambul resumen a reacción del Presidente de Turquía con el siguiente titular: Erdogan: ira y promesas de venganza.

Obviamente, los complejos problemas internos entorpecen la actuación del sultán, más preocupado en forjar nuevas alianzas regionales. Sus objetivos prioritarios: Siria, la cuestión kurda, Rusia y el Golfo Pérsico, antiguo feudo del Imperio Otomano.