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jueves, 8 de febrero de 2024

Palestina libre, a la conquista del Parlamento Europeo

 

Uno de los principales caballos de batalla del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) en la consulta electoral celebrada en Turquía en 2002 fue el lema: Islamizar la diáspora. Pero pocos gobernantes europeos tomaron en serio en programa electoral del AKP, tal vez partiendo del supuesto de que los partidos prometen, pero no cumplen. ¡Craso error! En el caso de Turquía, la agrupación islámica liderada por Recep Tayyip Erdogan logró que las promesas se materialicen.

Remusulmanizar Turquía e islamizar la diáspora, rezaba en programa del partido de corte religioso, emanación del Refah (Partido del Bienestar), que no logró sobrevivir a los ataques de los sectores laicos de la sociedad, más propensos a aceptar las estructuras irreligiosas del estado moderno creado por Mustafá Kemal Atatürk en 1923.

Pero con el advenimiento del AKP los datos del problema cambiaron radicalmente. Turquía acabó convirtiéndose en un país musulmán respetuoso de los conceptos básicos del Corán y la nutrida diáspora procedente de Anatolia en el… caballo de Troya del islamismo que – según las agrupaciones democristianas del Viejo Continente – amenaza la convivencia confesional europea.

Recientemente, los grandes rotativos alemanes se hacían eco de un proyecto ideado por Erdogan para aprovechar a la diáspora turca como trampolín para llegar al corazón de Europa. Se trataba de la creación – con miras a las elecciones europeas del próximo mes de junio – de un partido turco-alemán, la Alianza Democrática para la Diversidad y el Despertar (DAVA) llamado a aglutinar los votos de la emigración musulmana residente en la República Federal.

Al grito de alarma del democristiano CDU se sumaron las advertencias de algunos medios de comunicación europeos, que denunciaron la amenaza otomana. Es cierto que la diáspora turca representa de la comunidad musulmana más numerosa de Alemania. De los casi 2 millones de inmigrantes, más de la mitad contempla la posibilidad de echar raíces en suelo germano. También es cierto que las políticas de integración del Estado federal fueron mucho más laxas en el caso de los turcos, que gozaron con numerosas ventajas para la obtención de los permisos de residencia, la nacionalización y la inserción laboral. Actualmente, varios ciudadanos de origen turco ocupan puestos clave en los Gobiernos regionales o en la Administración municipal. Pero no serán ellos quienes movilicen a la diáspora para depositar sus votos para el partido auspiciado por Erdogan. Hay otros actores encargados de mover los hilos.

En febrero de 2022, Erdogan recibió en Ankara a una nutrida delegación de la Unión de Demócratas Internacionales (UID), apéndice de su partido en Europa, a la que instó a crear mecanismos capaces de influir en la política nacional de los países de residencia. Asimismo, hizo hincapié en el hecho de que unidos, ningún Estado, partido u organización europea podrán manipularles, pues se convertirán en una comunidad difícilmente ignorada por las fuerzas políticas del Viejo Continente.

 

Al abordar el tema de una posible injerencia de Ankara en las elecciones europeas, los políticos alemanes hacen caso omiso de otra realidad, mucho más impactante: la reciente creación de un grupo de partidos musulmanes nacionales que se presentará a la consulta de junio con la denominación de Palestina libre. Se trata, según sus promotores, de una herramienta capaz de contrarrestar el impacto de los éxitos electorales de la derecha conservadora.

 

Los integrantes de este grupo son: el Partido Andalusí, la agrupación musulmana holandesa NIDA, la Unión Democrática. de los Musulmanes Franceses (UDMF)el Movimiento Islámico Democrático Italiano (MIID), a los que podrían sumarse otros grupos musulmanes europeos o pertenecientes a la diáspora. En principio, los candidatos que obtengan escaños en el Parlamento Europeo se integrarían en la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica, materializando el proyecto del islamista egipcio Tarik Ramadan, ciudadano suizo y nieto de Hassan al Banna, fundador de la cofradía de los Hermanos Musulmanes.

 

Curiosamente, nadie menciona en los medios europeos la existencia de la agrupación Palestina libre.

 

Entre los objetivos prioritarios de la recién creada agrupación figuran: la libertad de movimiento de los inmigrantes en suelo europeo, integración multicultural, la lucha contra la islamofobia. Se trata de Temas prioritarios, que figuraban también en los programas de los partidos socialistas y ecologistas alemanes o de las centrales sindicales germanas.

 

¿Caballos de Troya?  La Unión Democrática. de los Musulmanes Franceses (UDMF) asegura que no tiene intención de islamizar Francia; el Partido Andalusí quiso enfatizar que el hecho de enseñar árabe a los niños no debe considerarse de ninguna manera como proselitismo, ya que resta importancia al factor religioso. El Movimiento Islámico Democrático Italiano (MIID), quiere centrar su campaña en el combate contra la política antimusulana del Gobierno de Giorgia Meloni.

¿Y Palestina? Nosotros contemplamos la creación de un nuevo Estado, donde dentro de 100 o 200 años los cristianos, musulmanes y judíos vivirían pacíficamente, señala Driss Mohamed Amar, líder del partido islámico-humanista español.

De momento, la próxima cita de Palestina libre es… con las elecciones europeas del mes de junio. 

martes, 3 de noviembre de 2020

¿Radicales o radicalizados?


Los últimos atentados perpetrados en suelo europeo deberían servir para recordarnos el mantra de nuestra clase política; todo se centra, cómo no, alrededor del llamado terrorismo islamista, una lacra difícil de aceptar o de combatir, una perversidad que no somos capaces de eliminar. Algunos dirán que el mero hecho de emplear el término terrorismo islámico constituye una digresión, un atajo políticamente incorrecto. Permítanme disentir: al escribir eses líneas no me refiero al terrorismo musulmán (¡sería un sacrilegio!), sino a los grupúsculos violentos que siembran la muerte y la desolación no sólo en el Viejo Continente, sino en todas las latitudes. La verdad es que lo llamaron terrorismo islámico poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los asesores del entonces presidente norteamericano, George Bush, acuñaron este termino tras haber intentado la variante terrorismo árabe – mucho más ofensiva e imprecisa – y otras lindezas, que apuntaban en la misma dirección: la criminalización de un grupo étnico.

Recuerdo que ya en aquel entonces nos rebelamos contra la ligereza de los islamólogos (islamologists) de la Casa Blanca, quienes trataban de convertir el mundo árabe – musulmán en el nuevo enemigo de Occidente. La URSS había desaparecido y, aparentemente, el peligro rojo también. Sin embargo, no podíamos ni debíamos practicar la política del avestruz; obviamente, si el Islam no era el peligro, el terrorismo radical islámico, heredado de las cabezas pensantes de Al Qaeda, sí lo era.

¿Qué pasó exactamente? Tras la mal llamada guerra contra el terror, iniciada por Bush, el enemigo público número uno, Osama Bin Laden, abandonó su escondite afgano, refugiándose en Waziristan, la zona montañosa de Pakistán De allí emitió el mensaje dirigido a los Estados Unidos y a Occidente: el combate continúa.  Volveremos dentro de diez años.

En realidad, todo empezó en 1988, unos meses antes de la retirada de las tropas soviéticas acantonadas en Afganistán.  Bin Laden y su lugarteniente, Mohammad Atef, antiguo policía egipcio perteneciente a la Yihad Islámica, decidieron convertir la oficina de coordinación de las brigadas internacionales que combatían junto a los afganos en un organismo encargado de velar por la repatriación y/o reasentamiento de los guerrilleros islámicos.

Sin embargo, la supuesta ayuda para la repatriación de los excombatientes, principal objetivo manifiesto de la organización, serviría de tapadera para los designios de sus fundadores, quienes pretendían disponer de un auténtico ejército en la sombra, capaz de reactivarse mediante el envío de una simple consigna a células militantes o grupúsculos “durmientes”. Para garantizar la eficacia de la red, los comandos operativos debían contar con una compleja infraestructura logística: dirección militar, suministro de armas y documentación, transmisiones, fuentes de financiación, pisos francos, etc.

Después del 11 de septiembre, los servicios de inteligencia occidentales parecían centrar su interés en detectar y desmantelar las células que formaban la telaraña integrista financiada por el régimen del ayatolá Jomeini. Pocos hablaban de las demás redes de corte islámico que pululaban en Occidente. Tanto es así, que a la hora me mencionar la existencia de agrupaciones radicales o de lobos solitarios – termino usualmente empleado a sabiendas para minimizar la peligrosidad de dichas bandas, los investigadores utilizaban gustosamente la expresión se han radicalizado.

Se han radicalizado. Pero, ¿por qué no reconocer las evidencias? Se trataba de agrupaciones extremistas afincadas en Europa en el momento en que los servicios de lucha contra el terrorismo empezaron a confeccionar el censo de dichos grupúsculos y de fichar a sus miembros.

Durante décadas, el suelo francés fue utilizado por movimientos radicales argelinos (FIS, GIA), tunecinos (En Nahda), turcos (Kaplan) y un sinfín de organizaciones afines a la ideología y las cajas de caudales de la monarquía saudí. Los fondos y donativos procedentes de Riad y los emiratos del Golfo Pérsico – principalmente Qatar - fueron gestionados por la Federación Nacional de los Musulmanes de Francia, que actuaba bajo los auspicios de la Liga Islámica, ente-paraguas administrado por Arabia Saudí y Pakistán. 

Alemania federal, que cuenta con varios millones de inmigrantes de origen turco, aunque también bosnio y magrebí, se convirtió en feudo de los radicales de Milli Gorüs, Kaplan y Nurgiu, agrupaciones que apoyan, directa o indirectamente, a los islamistas de Turquía.

En Italia y Bélgica proliferan organizaciones de corte religioso convertidas en plataformas y apoyo logístico de organizaciones muy activas en los países limítrofes.

En España, el añorado Al Andalus, las asociaciones islámicas habían gozado, al menos aparentemente, de un estatus privilegiado en comparación con Francia, Alemania o el Reino Unido, países en que las dos grandes corrientes que propugnan el Islam radical, los iraníes y los saudíes, pugnaron para afianzar su presencia.

No hay que extrañarse, pues, al comprobar que la Comunidad Islámica de España, integrada por asociaciones musulmanas creadas en las últimas décadas en Andalucía, propugnaba en su acta fundacional que: “... la autoridad del último profeta, Muhammad (la Paz con él), debe ser reconocida sobre las formas anteriores de religión de Moisés y Jesús”. Más claro…

Sin embargo, los emisarios de Riad procuraban limitar su actuación al establecimiento de centros culturales, cuyo principal objetivo era la creación de una nueva hornada de españoles mahometanos, punta de lanza del Islam conservador en tierras del Califato (¡de Córdoba!).

Los paquistaníes, que actuaban a la sombra de la monarquía saudí, fueron los artífices de la puesta en marcha de estructuras económicas en zonas clave para la inmigración musulmana: Cataluña, Madrid y las Islas Canarias. Sin descuidar, claro está, Ceuta y Melilla.

Durante años, las autoridades españolas trataron de eludir cualquier comentario relacionado con la actividad de los grupúsculos y asociaciones de corte islámico. Sin embargo, los funcionarios encargados de supervisar los programas de lucha antiterrorista no ocultan su inquietud ante la constante proliferación de agrupaciones vinculadas al Islam conservador y radical.

Con razón: los atentados perpetrados en las últimas semanas en Europa no son los primeros ni serán los últimos. Culpar de los recientes estallidos de violencia a Al Qaeda, Estado Islámico, Irán o Turquía sería pecar de miopía. La gran telaraña ideada por Bin Laden se ha activado y es más dinámica que nunca.

Sería, pues, un error afirmar que sus integrantes se han radicalizado. No, en absoluto: los miembros de las células hasta ahora durmientes son radicales. Ocultar las evidencias no beneficia a nadie.

domingo, 12 de julio de 2020

El Islam de Erdogan: de Bukhara a Al Ándalus



En noviembre de 2002, cuando en AKP se alzó con la victoria en las elecciones generales turcas, unos de los primeros estadistas que abogó por el ingreso de Turquía en la Unión Europea fue… el presidente Bush.

El mensaje del inquilino de la Casa Blanca sorprendió a los analistas occidentales. Su contenido: “El Sr. Erdogan es un islamista moderado; hay que facilitar el ingreso de su país en la UE”. La recomendación de Bush causó sorpresa y malestar en Bruselas; inquietud e incredulidad en los círculos académicos, acostumbrados a estudiar con mayor detenimiento los programas de Gobierno de los partidos políticos, con suma cautela las propuestas de las agrupaciones islámicas, la agenda oculta de los lideres del mundo árabe musulmán.

Huelga decir que el AKP no disimulaba las líneas maestras de gobernanza. El programa del partido de Erdogan hablaba claramente de la necesidad de islamizar la diáspora  y de remusulmanizar Turquía. ¿Los medios para lograr ese objetivo? Obviamente, el nuevo equipo de Gobierno de Ankara se guardaba varios ases en la manga.  Las sorpresas empezaron a aflorar en 2003, durante la invasión de Irak, cuando Turquía, miembro de la Alianza Atlántica, decidió prohibir a la aviación estadounidense sobrevolar su espacio aéreo a los cazas que iban a llevar a cabo misiones en Irak. No se trataba de la primera advertencia: los aliados tropezaron con las mismas reticencias en el verano de 1990, cuando el Gobierno del socialdemócrata Bulent Ecevit expresó su profundo malestar por la utilización del despacio aéreo turco por la aviación estadounidense. En ambos casos, Ankara esgrimió el mismo argumento: un país musulmán no puede participar – directa o indirectamente – en operativos bélicos contra otro país árabe. Argumentos que Washington no parecía muy propenso a aceptar.

Durante la primera legislatura del AKP (2002 – 2007) los islamistas trataron de aprovechar al máximo el legado del anterior Gobierno – proyección internacional, relaciones de buena vecindad con los Estados de la zona, cooperación económica y militar con los actores cave del Cercano Oriente – Israel, Jordania, la Autoridad Nacional Palestina, los Estados del Sudeste europeo.

Las relaciones con la Unión Europea, aparentemente bien encauzadas, entran en crisis en 2013, cuando Alemania y Holanda optan por congelar el dialogo con Ankara. Seguirá la crisis de los refugiados (2015), el intento de golpe de Estado contra Erdogan (2016), el distanciamiento de Washington (2016 – 2017) y acercamiento a Moscú (2018).

En el plano interno, la caza de brujas iniciada en 2016 permite el afianzamiento de grupos afines a Erdogan en los ministerios de Justicia, Interior y Defensa, la depuración de los llamados elementos terroristas, el control de los medios de comunicación por parte del Gobierno. 

El neo otomanismo, doctrina en la que se sustenta el proyecto de la Nueva Turquía de Erdogan, contempla la vuelta al Islam y al Califato. Ello implica, claro está, la ruptura con las estructuras del Estado laico proclamado por Mustafá Kemal Atatürk en 1924.

La decisión de reconvertir la basílica Santa Sofia – emblemático monumento de la Cristiandad – en lugar de culto musulmán, se inscribe en la línea de los cambios radicales contemplados por los islamistas turcos, reflejando su deseo de alejarse del legado del kemalismo, cuando no de hacer borrón y cuenta nueva de las instituciones de la Turquía contemporánea.

Santa Sofia volverá, pues, a ser mezquita, al igual que en 1453, cuando Mehmet el Conquistador entró a caballo en el templo cristiano, anunciando el final de una era.  Erdogan sustituyó el caballo por las cámaras de televisión. Su mensaje, más agresivo que el del que considera su antepasado, reza así: la reconversión de Santa Sofia en lugar de culto musulmán augura la liberación de la mezquita jerosolimitana de Al Aqsa, el resurgir del Islam en Bukhara (Uzbekistán) y… al Ándalus. La mención a España no figura, sin embargo, en la página web del Gobierno de Ankara.

Curiosamente, el discurso del moderado Erdogan recuerda la doctrina de la monarquía wahabita, cuando no la vehemente argumentación de uno de sus súbditos: Osama Bin Laden 

sábado, 9 de febrero de 2019

He sido facilitador, relator, notario


El reciente debate sobre la necesidad de imponer la figura de facilitador, mediador o notario en el estéril debate entre el Gobierno de la Nación y los veleidosos representantes de una Comunidad autónoma terminó, como era de imaginar, en un estrepitoso fracaso. ¿La razón? No se trataba, como pretendían algunos, de un mero asunto de forma, sino de un problema de fondo. Lo que se pretendía, en realidad, era introducir observadores - preferiblemente, internacionales – en una disputa de familia anquilosada por la inflexibilidad de unos y la patente debilidad de otros. El que eso escribe no pretende analizar la legitimidad de los argumentos esgrimidos por las partes: el sentido común dicta la respuesta.

He de confesar que el galimatías lingüístico empleado por el Gobierno y el gobern, la absurda, aunque exquisita guerra criptosemántica que opone a Madrid y Barcelona, me trajo a la mente viejos recuerdos. Concretamente, el día en el que me convertí en facilitador, relator, notario  del conflicto israelo-árabe.

Sucedió en diciembre de 1973, durante la Conferencia Internacional de Paz convocada por los Estados Unidos y la Unión Soviética y auspiciada por la Secretaría General de las Naciones Unidas. El escenario: el ginebrino Palacio de las Naciones, remanso de paz edificado en los años 30 del pasado siglo, testigo de discretos conciliábulos y de estrepitosos fracasos diplomáticos. El Palacio – sede de la Sociedad de las Naciones, cerró sus puertas en diciembre de 1939. La guerra acababa de empezar.

En diciembre de 1973, acudieron a la cita ginebrina los representantes de tres Estados involucrados en el conflicto de Oriente Medio: Egipto, Israel y Jordania. Siria declinó la invitación cursada por las superpotencias; la OLP brillaba por su ausencia. En realidad, la conferencia se convirtió en un gran acontecimiento mediático. Aquí han más periodistas que delegados, afirmaba el presentador estrella de una cadena de televisión estadounidense. Sí, había más periodistas y, lógicamente, el conflicto se trasladó a las salas de prensa de las Naciones Unidas.
          
Su facilitador, relator, notario estaba dialogando con un pequeño grupo de informadores libaneses. La llegada del redactor jefe del Jerusalem Post, el periódico más influyente de Israel, convirtió nuestra charla en un auténtico velatorio.

¿Colegas árabes? preguntó el periodista del Post. Tengo varias preguntas para ustedes…. El silencio reinaba del otro lado de la mesa. Dígale que si quiere preguntar algo, lo haga a través de usted, contestó – en el mismo idioma – el comentarista político de la televisión libanesa. Me interesaría saber… replicó el israelí, dirigiéndose a mí, siempre en el mismo idioma común, en inglés. Aquello recordaba, salvando las distancias, las peleas familiares: Niño, dile a tu padre…  Tú, dile a tu madre…

La conversación a tres bandas duró alrededor de 45 minutos. No faltaron las descalificaciones, las recriminaciones, las declaraciones solemnes de ambas partes. Hoy en día, cuatro décadas después de aquel estrafalario encuentro, no parece que las posturas de las partes hayan variado.
  
Me quedo, pues, con la duda: ¿para qué sirve el facilitador, relator, notario?

viernes, 23 de junio de 2017

Brexit: ¿quién gana? ¿quién pierde?


La cumbre de la Unión Europea dedicada a la salida del Reino Unido de la Unión (Brexit), celebrada esta semana en Bruselas, finalizó con más interrogantes que respuestas. En efecto, todos y cada uno de los 27 Estados miembros defendieron su respectiva postura, sus intereses, haciendo hincapié en una común prioridad: el estatuto de los ciudadanos comunitarios residentes en las islas británicas. Un frente común, que preocupa a los políticos londinenses, conscientes del escaso margen de maniobra de la Primera Ministra Theresa May, derrotada en las últimas elecciones celebradas en Gran Bretaña. 

Aseguran los líderes europeos que la Primera Ministra británica no está en condiciones de dedicar mucho tiempo a las negociaciones con los 27. La debilidad de su Gobierno le obligará a ceder ante las exigencias comunitarias. 

Brexit: ¿quién gana? ¿Quién pierde?

Para contestar a esas preguntas, hemos decidido ofrecer a continuación un rápido repaso a las posiciones de los socios comunitarios.

Alemania. Cree que los ingleses tendrán que contentarse con “menos”. Es preciso alcanzar un acuerdo global, descartando las negociaciones bilaterales en los sectores de la fabricación de coches, la banca y/o la industria.

Austria. Los británicos no deben recibir “comidas gratis” durante la negociación. En resumidas cuentas, que no salgan aventajados tras la salida de la Unión Europea.

Bélgica. Aboga por el mantenimiento de relaciones estrechas con Londres. Asimismo, advierte ante el peligro que suponen las negociaciones bilaterales. No hay que ceder ante la tentación de celebrar consultas bilaterales. Promueve la introducción de niveles de integración mayor, incluso de una Unión a varias velocidades, con tal de reducir las posibles perturbaciones en el comercio con Gran Bretaña.

Bulgaria. Mantener las ayudas comunitarias tras la salida de los ingleses. 

Croacia. Garantizar la libertad de movimiento de sus ciudadanos residentes en Gran Bretaña. Insiste en que no se conceda acceso al mercado único si Londres no respeta las libertades fundamentales de la UE. 

Chipre. Preservar los derechos de sus ciudadanos que viven y trabajan en las bases militares británicas que operan en la isla, que mantendrán la soberanía inglesa.

Chequia. Partidaria de mantener las relaciones económicas actuales y oponerse a la introducción de obstáculos arancelarios y no arancelarios.

Dinamarca. Proteger el estatuto de sus exportaciones agrícolas y energéticas hacia el Reino Unido, los derechos de pesca en aguas inglesas y la retirada de Londres de la Agencia Europea para Medicamentos.

Eslovaquia. Evitar la aparición de “ciudadanos de segunda” en el Reino Unido.

Eslovenia. Que la retirada no tenga impacto negativo sobre el presupuesto de la Unión.

España. Defender los derechos de los españoles residentes en Gran Bretaña, el mantenimiento de los flujos comerciales, turísticos e inversiones. Negociar la soberanía de Gibraltar.

Estonia. Mantener buenas y estrechas relaciones con Londres. Buscar nuevas vías de cooperación (inclusive en materia de defensa) después de la retirada británica.

Finlandia. Prioridad absoluta a la adopción de una postura unitaria de los 27 durante el periodo de negociación. Preservar el equilibrio de fuerzas tras la retirada del Reino Unido.

Francia. Los británicos no tienen que esperar favores tras la retirada. Garantizar los derechos de los ciudadanos franceses residentes en Gran Bretaña y los derechos de pesca.

Grecia. Principal preocupación: la exportación de sus productos agrícolas. Mantenimiento de los derechos de los ciudadanos griegos – empleados y estudiantes – seguridad social, tasas universitarias, etc. 

Hungría. Mantener, en la medida de lo posible, los niveles de los intercambios comerciales. Estudiar un posible estatuto privilegiado para los intercambios. 

Irlanda. Aboga en pro de unas relaciones estrechas con Inglaterra, de fronteras abiertas entre Eire e Irlanda del Norte.  Favorecer el acceso del Reino Unido al mercado único. Insiste en la necesidad de que Londres facilite la libre circulación de los ciudadanos europeos.

Italia. Defiende de los derechos de los ciudadanos italianos residentes en el Reino Unido

Letonia. Hace hincapié en los derechos de sus residentes en el Reino Unido, la seguridad y la defensa. Quiere que Inglaterra siga participando, después del Brexit, en la política europea de seguridad.

Lituania. Prioridad a los derechos de sus ciudadanos, el mantenimiento de las relaciones comerciales, la contribución inglesa a los programas que seguirán después del Brexit.

Luxemburgo. Mantener y estrechar los lazos con la City de Londres. Acoger la Autoridad Bancaria Europea.

Malta. Desea un acuerdo “bueno y correcto”.

Países Bajos. Proteger los intereses comerciales y las acciones de seguridad. Limitar los daños para las partes.

Polonia. Defiende los derechos del millón de residentes en Gran Bretaña. Siendo Polonia uno de los mayores beneficiarios de los fondos de desarrollo, estima necesario impedir la reducción de éstos tras la retirada del Reino Unido.

Portugal. Prioridad a los derechos de sus ciudadanos, deseo de convertirse en la sede de la Agencia Europea del Medicamento. 

Rumanía. Defiende los derechos de sus residentes. Exige una colaboración estrecha con Londres 

Suecia. Cree que la retirada inglesa no debería implicar un aumento del presupuesto de los 27.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Nuestro amigo Bashar


El 10 de junio de 2000, cuando el oftalmólogo Bashar al Assad asumió en cargo de Presidente de la República Árabe Siria, el recién ungido monarca republicano fue acogido con vítores y gritos de Alá, Siria y Bashar, el viejo país de los omeyas parecía encaminarse hacia una nueva etapa histórica. El rey Abdalá de Jordania no dudó en tildar al hijo del dictador Hafez al Assad de renovador, aperturista y amante del progreso. ¿Falsa percepción? ¿Simple manipulación de una opinión pública occidental crédula e inocente? Huelga decir que los primeros gestos del inexperto gobernante sirio parecían acreditar esta tesis. Pero las primeras reformas emprendidas por el régimen de Damasco fueron a la vez tímidas y lentas. El raís tropezaba invariablemente con las reticencias de la vieja guardia del Partido Ba’as, poco propensa a renunciar a sus prerrogativas. Las férreas estructuras ideadas por el viejo dictador no facilitaban los cambios ansiados por la joven generación. Modificar el sistema suponía romper con el pasado. Mas Bsahar al Assad fue incapaz de llevar a cabo la titánica tarea.

Para las monarquías feudales de la región, Siria era un país laico, que salía de los moldes de la sacrosanta ley coránica, aliado de Moscú y de Teherán, es decir, de  infieles y… de ¡chiitas! Para Occidente, se trataba de uno de los últimos vestigios de la colonización gala en la región, de una isla de cultura francófona, que contaba con intelectuales de primerísima fila: arquitectos, escritores, poetas, filósofos… Una élite cultural que, pese a las limitaciones impuestas por el régimen totalitarista, lograba competir con la flor nata de la intelectualidad europea.

Pero el cambio de rumbo preconizado por Basar al Assad finalizó con la llegada de las mal llamadas primaveras árabes. Alguien de fuera de la zona decidió acabar con las dictaduras laicas y reemplazarlas por regímenes islámicos moderados. A la caída del tunecino Ben Alí le siguió la derrota del egipcio Mubarak, el repulsivo asesinato del libio Gadafi, la guerra civil yemenita. Sin embargo, el califa de Damasco seguía en su trono. Algo realmente imperdonable para los guionistas de las primaveras árabes. Siria acabó convirtiéndose, pues, en el laboratorio de una guerra de guerrilla, en escenario de enfrentamientos entre grupúsculos islámicos de toda índole, apoyados por mecenas saudíes, qataríes y… norteamericanos. Su objetivo prioritario: acabar con Bashar al Assad. Su meta real: convertir al último alfil de Rusia en Oriente Medio en baluarte de la democracia made in USA.

En cuatro años, la guerra civil siria se cobró más de 300.000 víctimas mortales. Alrededor de 2,8 millones de personas cruzaron las fronteras, buscando refugio de los países vecinos. Pero Jordania, Líbano y Turquía no cuentan con las infraestructuras básicas para albergarlos. Por su parte, los países del Golfo Pérsico descartan la posibilidad de acoger a los refugiados. Aparentemente, son… demasiado pobres para poder integrarse en el mundo de la opulencia edificado por el maná de los petrodólares.

Los refugiados optaron por coger el camino de Europa, dirigiéndose hacia la prospera Alemania o la multirracial Inglaterra. ¡Qué vienen los musulmanes! De repente, los gobernantes del Viejo Continente descubrieron que tenían un aliado en tierras de Oriente; un gobernante que combatía el peligro yihadista: el presidente sirio Bashar al Assad. Presidente a secas, sin más calificativos. El mundo cambia.

Hace un par de años, cuando Barack Obama estuvo a punto de bombardear Damasco, bastó con una llamada de atención del Presidente Putin para que los aviones de la Fuerza Aérea se queden el tierra. Hoy en día, Europa coquetea con la idea de sumarse a la guerra contra el yihadismo. Aparentemente, Austria y España son los principales valedores del régimen sirio. Francia se sumará a los bombardeos contra las posiciones del Estado Islámico; Inglaterra no tardará en unirse al operativo bélico. La avalancha de refugiados genera, pues, un tardío y traumático despertar.

¿A qué se debe este cambio radical de Occidente? Tratemos de hacer memoria: hubo una época - no muy lejana - en la que nuestros amigos los dictadores tenían vara muy alta en las Cancillerías del primer mundo. Una época en la que los diplomáticos del Viejo Continente trataban muy ceremoniosamente de monsieur le Président a los Mobutu o los Tchombe, tiranos africanos que controlaban los yacimientos de cobalto o las minas de oro y de diamantes, en la que la modélica democracia de Bonn se desvivía en complacer al general Strossner, oriundo alemán convertido en dictador del Paraguay, cuando la  City de Londres actuaba de principal centro financiero de los jeques del oro negro. En aquel entonces, las afirmaciones de los señores dictadores o los respetables tiranos tenían el don de convertir los ríos de sangre en lingotes de oro. Luego llegó la introducción forzosa de la democracia del mundo civilizado y, con ella, la corrupción.
Es obvio que para hallar una solución coherente y duradera al conflicto sirio es preciso contar con los buenos oficios de Moscú y Teherán. Pero los iraníes advierten: no se puede contemplar un diálogo de paz sin la participación activa de Arabia Saudita y los Estados Unidos, los países que mueven los hilos de la contienda. 

En ese contexto, cabe preguntarse: ¿a qué universo pertenece nuestro (nuevo) amigo Bashar al Assad?