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martes, 7 de diciembre de 2021

Diez millones de mahometanos abrazan la fe en Cristo

 

Influido por acontecimientos impactantes, como por ejemplo la caída de Kabul, un creciente número de musulmanes teme y rechaza el Islam radical, escribía recientemente Daniel Pipes, islamólogo y ante todo consejero áulico de la derecha estadounidense. A Pipes, fino conocedor de los entresijos del Islam moderno, se le echa en cara su parcialidad a la hora de analizar el complejo proceso de transformación que atraviesa el mundo árabe musulmán. Aunque los temas tratados suelen ser de gran relevancia, a veces la información facilitada puede parecernos incompleta. Pero el que fuera asesor de varios presidentes norteamericanos raramente corrige su tiro. ¿Mera soberbia? ¿Riesgo calculado?

 

Al abordar el espinoso tema de las conversiones de musulmanes al cristianismo – alrededor de diez millones desde los año 60 del pasado siglo – Daniel Pipes elude las estadísticas, detalle sumamente importante para comprender el alcance del problema. No se sabe a ciencia cierta si pretende apaciguar los ánimos de sus amigos israelíes, más propensos a censurar la violencia del mal llamado Islam político que a profundizar sobre el malestar provocado por los comportamientos radicales en el seno de la sociedad musulmana. Pipes nos ofrece, eso sí, su definición de los conversos, a los que tilda pomposamente de anti islamistas, dividiéndolos en cuatro categorías: los moderados, los irreligiosos, los apostatas y los conversos. 

 

Escasean también los datos sobre los países de origen. Los facilita, sin embargo, una cadena de televisión cristiana magrebí Al Hayat, dirigida por el hijo de un imán que abrazó la fe cristiana. Al Hayat alude en sus programas semanales a candidatos a la conversión provenientes de Jordania, Egipto, Túnez o Marruecos. Si bien se sabe que en Irán se registraron en las últimas décadas alrededor de 300.000 conversiones al cristianismo y budismo, se desconoce la situación reinante actualmente en países como Afganistán o Pakistán, donde el radicalismo islámico avanza a pasos agigantados.

 

En comparación con los eurócratas de Bruselas, que apuestan por eliminar las alusiones al cristianismo de la tediosa jerga comunitaria, los nuevos conversos parecen muy propensos a disfrutar de los usos y costumbres de su nuevo credo. Algunos hacen hincapié en el hecho de que la cuestión confesional no era un tema acuciante en el Oriente de comienzos del siglo pasado. Sin embargo, hoy en día la problemática ha variado. A la presión ejercida sobre las comunidades cristianas del antiguo Imperio Otomano a partir de 1915 – 1920, se suma la ofensiva contra los musulmanes que, según los doctores de la Ley coránica, se están apartando de la ortodoxia de las principales corrientes del mahometismo. En este contexto, los ejemplos que aporta Daniel Pipes son significativos.

En Egipto, los Hermanos musulmanes contaron, durante décadas, con el beneplácito y el apoyo del presidente Hosni Mubarak. Tras la caída del raís y el poco concluyente interregno del islamista Mohamed Morsi, las críticas contra el radicalismo redundaron en el auge de los detractores del Islam de trincheras, como Islam al Behairyh, Ibrahim Issa, Muktar Jomah, Khaled Montaser y Abadallah Nasr. Curiosamente, estos críticos cuentan con el apoyo del presidente Al Sisi, antiguo simpatizante de los Hermanos musulmanes.

 

En Arabia Saudita, cuna y baluarte del Islam puro (término acuñado por Osama Bin Laden), los ateos representan el 5 por ciento de la población, una cifra similar a la de Estados Unidos. Utilizando la estrategia del palo y la zanahoria, la monarquía saudita trató de abrir el país a un estilo de vida más moderno – más derechos para la mujer – promulgando al mismo tiempo una Ley antiterrorista que castiga el pensamiento ateo en todas sus formas o el cuestionamiento de los fundamentos de la religión musulmana en la que se basa el Estado. En resumidas cuentas, se establece la ecuación: ateo = terrorista.

 

Para el responsable de Inteligencia de la República Islámica de Irán, Mahmud Alavi, la rápida conversión de los musulmanes persas al cristianismo presupone un peligro para las estructuras estatales.

 

Uno de los principales objetivos del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por  el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan era la creación de una generación pía. Sin embargo, los jóvenes turcos no parecen dispuestos a elegir el modo de vida islámico. A la hora de la verdad, la mayoría se decanta por costumbres occidentales: relaciones prematrimoniales, sexo fuera del matrimonio, homosexualidad. Según una encuesta realizada en Turquía por el Instituto Gallup, el 73 por ciento de los entrevistados se define como “no religioso”.

 

La situación es, sin duda, diametralmente opuesta en las comunidades musulmanas de Occidente, donde el radicalismo islámico sigue ganado apoyos. ¿Algo que ver con nuestra percepción o actitud frente al Islam?

 

Un último dato que me aporta exultante mi documentalista: el jeque kuwaití Abdullah al Sabah, miembro del clan que dirige desde hace décadas los destinos del próspero principado, confirmó su reciente conversión al cristianismo. Una excelente noticia para Daniel Pipes y, ante todo, para los asesores de… Donald Trump.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Joe Biden en el país del coronavirus

 

Creo que me he equivocado; el verdadero peligro (para Occidente) no es el Islam, sino China. Habrá que profundizar en el tema.

Las palabras de Samuel Huntington, el padre y pope del controvertido ensayo El choque de civilizaciones, sorprendieron a los participantes en el multitudinario acto celebrado en la Universidad Complutense de Madrid en mayo de 1995. Con razón; los diplomáticos, periodistas, universitarios y agentes de los servicios de inteligencia occidentales esperaban una evaluación objetiva del recién estrenado conflicto ente Occidente y el Islam, publicitado por los medios de comunicación estadounidenses en 1992, fecha en la que el peligro islámico tomó el relevo de la ya anacrónica amenaza comunista. Obviamente, el mundo libre, las democracias occidentales, no podían vivir sin enemigos.

Pese a las alegaciones de Huntington, el mundo islámico se convirtió – a partir de 2001 – en el verdadero quebradero de cabeza de las Cancillerías del primer mundo. El famoso choque anunciado por el politólogo estadounidense degeneró en un auténtico enfrentamiento armado, del que la guerra de Afganistán resultó ser un mero preludio. Tres presidentes norteamericanos – George Bush, Barack Obama y Donald Trump – se tornaron en adalides de la guerra sin cuartel contra el islamismo radical, un combate que todavía no ha cesado. La presencia del Estado Islámico y al Qaeda en Oriente Medio y el Norte de África es una muestra de ello. De hecho, el radicalismo islámico cuenta actualmente con importantes ramificaciones políticas y económicas que impiden la elaboración de estrategias coherentes y eficaces por parte del Primer Mundo. Las ofensivas ideológicas y militares de los radicales islámicos ya no se fraguan en las cuevas de Bora Bora, sino en las lujosas mansiones de los potentados del Máshreq. Aparentemente, la clase política occidental ha perdido la ocasión de idear o de crear un frente común ante el mal llamado, aunque siempre inquietante, peligro islámico.

Al finalizar el primer año de la pandemia provocada por el COVID 19 – inicio de la era de la seguridad sanitaria – los políticos tratan de escamotear los estragos causados por el virus chino – expresión ésta acuñada por Donald Trump – para centrar el interés de la opinión pública en otro desafiante fenómeno: la incipiente guerra fría entre China y Occidente.

El conflicto se percibía de manera completamente distinta en la década de los 90 del pasado siglo, cuando Huntington lanzó su primera advertencia. En aquel entonces, los politólogos barajaban la posibilidad de un conflicto bélico entre Washington y Pekín, esgrimiendo argumentos de índole estratégica, invocando la superioridad numérica de los ejércitos y la capacidad de destrucción de los arsenales balísticos. Error, grave error; en este caso concreto, la rivalidad se ha trasladado al plano económico.

En realidad, los chinos empezaron a desvelar sus planes en la década de los 80 del pasado siglo, al iniciar una gran ofensiva comercial en los mercados de Occidente. A la expansión de los intercambios – algunos acusan a los chinos de practicar el dumping – venta de productos por debajo del precio normal, prohibida por las normas del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio - se sumaba la compra masiva de bienes inmuebles y terrenos en los países industrializados: Estados Unidos, Francia, Inglaterra, España. Menos éxito tuvieron los inversores chinos en la región de Oriente Medio, donde su expansión quedó obstaculizada por la presencia nipona.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China estalló en 2018, cuando Washington optó por aprobar un paquete de sanciones económicas que afectan seriamente las exportaciones de Pekín. Si bien el promotor de dichas sanciones fue el presidente Obama, la aplicación concreta de las medidas de retorsión resultó ser obra del multimillonario Donald Trump, quien no oculta, por otra parte, sus intereses económicos en China.

En el último trimestre de 2020, la economía china experimentó un importante nivel de recuperación. Pekín centra sus esfuerzos en incrementar la autonomía tecnológica. El presidente Xi Jinping utilizó las palabras innovación y tecnología más de veinte veces en su discurso ante el último Congreso del Partido Comunista Chino.

En cuanto a la globalización se refiere, Xi Jinping señaló que prefería centrarse en el mercado interno, ya que China ya no debería depender, para su desarrollo, únicamente de la inversión extranjera.

Estiman los analistas estadounidenses que la estrategia de Xi Jinping de incrementar su poder e imponer el control ferrero al sector privado podría conducir a una ruptura con Estados Unidos.

También hallamos intereses convergentes, como el deseo de las dos superpotencias de combatir la influencia de los gigantes de la informática, como Facebook y Google.

El equilibrio se rompe en el sector de la defensa y, muy concretamente, a la hora de comparar el poderío naval de los dos países.    

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, China ha experimentado en mayor crecimiento de sus embarcaciones de guerra. La Armada cuenta actualmente con una gran dotación de cruceros, destructores y barcos anfibios, a los que se suman dos primeros portaaviones, con un tercero ya en construcción.

En 1993, China tenía 47 submarinos, incluido un submarino de misiles balísticos clase Xia, cinco submarinos de ataque nuclear clase Han, 34 submarinos eléctricos diésel clase Romeo de la década de 1950 y seis submarinos del Clase Ming. 

Según el Servicio de Investigación del Congreso estadounidense, en 2019 la flota norteamericana consistía en cuatro submarinos de misiles balísticos, seis submarinos de ataque de propulsión nuclear y 50 submarinos de ataque eléctricos diésel. 

La flota de submarinos de EE. UU. se mantendrá bastante estática en la próxima década (2020-30), disminuyendo ligeramente de 68 a 66 el número de submarinos de todo tipo.

Los exhaustivos informes que obran en poder del presidente electo, Joe Biden, reflejan claramente las semejanzas y disparidades estructurales entre los dos países.

¿Serán éstas el punto de partida para la ansiada nueva Guerra Fría?  


sábado, 8 de agosto de 2020

Embrollo beirutí

 

Vuelvo a mirar, por enésima vez, el trozo de película que me mandó una compañera árabe. Con un comentario escueto: Mírala bien. Sorprendente, ¿verdad? El puerto de Beirut en llamas. Sí, me recuerda el famoso incendio de 1977, que dio el pistoletazo de salida de la guerra civil libanesa. Sin embargo, esta vez…

En la imagen reciente, difundida por varias cadenas de televisión internacionales, se divisa un punto negro, parecido a un helicóptero o un misil, que se aproxima al lugar del incendio. Desaparece detrás de la columna de humo; las llamas cambian de color. Sigue una deflagración que da paso a un enorme champiñón blanco. ¿Un ensayo nuclear?

No, no es una explosión atómica; es un nuevo arma desarrollado por el Ejército israelí, asegura el periodista galo Therry Meysaan, refugiado en Damasco desde 2002. Meyssan publicó en Francia un libro que rebate  las versiones oficiales sobre el atentado del 11-S. El ensayo provocó la ira de la Casa Blanca y de los servicios de inteligencia norteamericanos, que solicitaron su envío a los Estados Unidos. París se negó a extraditarlo. Curiosamente, Meyssan desapareció en medio del regateo diplomático franco-americano. Se trasladó a la capital siria, desde donde prosigue su campaña mediática contra los poderes fácticos de Occidente. Sus revelaciones resultan muy a menudo molestas para el establishment político occidental. Y no sólo occidental…

Israel destruye Beirut con un nuevo arma, reza el noticiario de la Red Voltaire, servicio informativo dirigido de Meyssan. Explican los autores de la noticia que se trata de un nuevo artefacto bélico, ensayado por los israelíes tanto en Siria – ataques contra los depósitos de armas y municiones del movimiento radical chiita Hezbollah - como en las aguas del Golfo Persico, en operativos contra navíos de guerra iraníes. Los colaboradores de la Red Voltaire recalcan que no se trata de un arma nuclear y que los niveles de contaminación son muy escasos. Lo que pretendía Israel, estiman, era acabar con los explosivos almacenados por Hezbollah en el puerto de la capital libanesa.  Ficticia o real, la acusación de Meyssan recuerda, extrañamente, el atentado de 2005, que acabó con la vida del entonces primer ministro libanés, Rafik Hariri.

Para el teniente coronel Mordechai Kedar, experto israelí en grupos islámicos y organizaciones radicales, las tres explosiones registradas en Beirut corresponden a la destrucción distintos tipos de mercancías: explosivos, municiones y combustible para misiles, material enviado por los iraniés a los combatientes de Hezbollah. No hay que extrañarse, pues, de que el líder del movimiento chiita, Hassan Narsallah, decidiese levantar la voz contra el enemigo sionista, amenazando con provocar una catástrofe del mismo alcance en el puerto israelí de Haifa. Sus amenazas no cayeron en saco roto: poco después de las deflagraciones, centenares de oficiales del Ejército de Tel Aviv iniciaron una guerra virtual contra Hezbollah. Los simuladores instalados en el Cuartel General del Comando de Entrenamiento reproducían paisajes reales del país vecino: calles, carreteras, mezquitas, colegios, luces de tráfico. Curiosa coincidencia…

El presidente libanés, Michel Aoun, se decantó por un lenguaje más moderado a la hora de comentar las circunstancias reales de la explosión. Sin embargo, no dudó en barajar la opción de una intervención externa con un misil o una bomba… ¿Recuerdan la película? Otra curiosa coincidencia.

En fin, tal vez se trate de un simple… embrollo beirutí.


jueves, 19 de mayo de 2016

Moscú acusa a Washington de ocultar datos sobre la participación saudí en el 11 - S


Recuerdo que a comienzos de la década de los 90 del pasado siglo, poco después de la atomización del imperio soviético, la casa Real saudí inició un tímido acercamiento hacia Moscú. Las gestiones diplomáticas, llevadas a cabo con suma cautela, sorprendieron a los occidentales; para los wahabitas, Rusia había sido, durante décadas, el reino de los apostatas, algo así como el imperio del mal norteamericano, aunque con un tinte ideológico diametralmente opuesto. Con razón: el país de los soviets, baluarte de la liberación del ser humano y de la dictadura del proletariado se había convertido en la pesadilla de los príncipes saudíes, defensores a ultranza del sistema feudal.

Sin embargo, algo tenían en común los dos países; el sistema autocrático de gobierno. La rivalidad ideológica dio lugar a enfrentamientos indirectos. Arabia Saudí  potenció la creación de Al Qaeda en el Afganistán ocupado por las tropas soviéticas; Moscú jugó la baza de la laicidad tanto en Siria como en Irak, países vecinos y enemigos del reino wahabita.  

Algo más tenían en común Rusia y Arabia Saudita: el petróleo. Los dos rivales son… los mayores productores de oro negro del planeta. ¿Contrincantes? Hasta cierto punto: los dos enemigos estaban llamados a entenderse. A los inevitables roces se sumaba la preocupación por el reparto de cuotas de producción y de comercialización de los crudos. Para ello, hacía falta un entendimiento. Así se explica la operación sonrisa protagonizada por la Casa Real saudí tras la desintegración de la URSS. 

Pero Moscú tenía otros intereses estratégicos en Oriente Medio. Su relación privilegiada con el Irán de los ayatolás no era del agrado de la monarquía wahabita. Los iraníes, chiítas, encarnaban el mayor peligro para el Islam sunita, que los saudíes se enorgullecían de liderar. Mas en este caso concreto, el contencioso no es meramente religioso; Irán y Arabia se disputan la primacía militar en la región. Rusia suministra misiles y aviones de combate al ejército de Teherán; Norteamérica se vuelca en ayudar militarmente a las fuerzas armadas saudíes. Una situación que obliga a los estrategas a llamar la atención sobre el peligro de la carrera armamentista en la región.

La guerra de Siria ha acentuado aún más las diferencias. El apoyo ruso al régimen de Bashar el Assad y los ataques aéreos contra las milicias financiadas y entrenadas por los saudíes irritan sobremanera a la Corona saudí. Sin embargo, un operativo bélico contra Rusia queda descartado. Aun pensando en una posible alianza estratégica con Turquía, cuya clase dirigente parece propensa a coquetear con la idea. Pero el país otomano forma parte de la OTAN y la Alianza Atlántica no desea, al menos de momento, un enfrentamiento directo con Moscú. 

Queda, pues, la guerra del petróleo, un conflicto en el cual ambas potencias productoras de oro negro prefieren actuar con exquisita prudencia. De hecho, Rusia y Arabia Saudita, preocupados por el levantamiento de sanciones impuestas hace una década a Irán, se comprometieron hace unas semanas a congelar la producción de crudos, con el fin de mantener la cotización del petróleo en los mercados mundiales. A veces, los peores enemigos pueden convertirse en fieles aliados.

Pero el combate sigue. Ante la avalancha de acusaciones – verídicas o falsas – vertidas por la maquinaria de propaganda occidental, Rusia optó por contraatacar a los estadounidenses buscando el talón de Aquiles de sus más que dudosos aliados. La pasada semana, los medios de comunicación moscovitas revelaron la existencia de un polémico informe secreto elaborado por la Comisión de Investigación de los atentados del 11-S en el que se destaca el papel desempeñado por algunos adinerados saudíes residentes en suelo norteamericano en la preparación de los trágicos eventos. El documento, que resume los 80.000 informes del FBI,  cuenta con 850 páginas. En una treintena de páginas confidenciales figuran los nombres de los sospechosos, así como datos concretos relacionados con la trama.  La CIA advirtió que la desclasificación de estos documentos podría provocar el enfado de los saudíes, quienes amenazaron con vender 750.000 millones de dólares en activos estadounidenses si la justicia americana da luz verde a la revelación de datos sumamente comprometedores.

La prensa moscovita nos deja con la duda: ¿qué oculta la aparente inquebrantable amistad entre Washington y Riad? Conviene señalar que el príncipe Turki al Faysal, el hombre que montó el operativo islamista en Afganistán, acabó su carrera política como embajador del Reino de Arabia Saudí en los Estados Unidos. ¿Simple casualidad?

jueves, 28 de abril de 2016

El Estado Islámico, en los confines de la Unión Europea


La Agencia Europea para el control de fronteras – Frontex – lanzó recientemente un grito de alarma: los confines de la Unión se han convertido en un auténtico coladero para los radicales islámicos, quienes aprovechan la llegada masiva de inmigrantes procedentes de Oriente Medio para infiltrar yihadistas en suelo europeo.

En un informe publicado hace apenas unas semanas, la Agencia denuncia una serie de errores cometidos por los servicios de seguridad de los 28, que facilitaron la entrada de personas que llevaban documentación falsa en los principales países receptores del caótico flujo migratorio: Grecia e Italia. De hecho, algunos pasaportes sirios falsos o sustraídos fueron encontrados tras los mortíferos atentados de París. 
   
Pese a la gravedad de las alegaciones, el informe elaborado por Frontex pasó casi inadvertido. ¿Simple dejadez de las altas instancias comunitarias? ¿Deseo de ocultar los verdaderos designios de la sospechosa generosidad de la Canciller Merkel? ¿Complicidad de los Gobiernos centroeuropeos? Lo cierto es a las críticas formuladas por los ultranacionalistas alemanes y escandinavos se suma la negativa de algunos Estados de Europa oriental de acoger refugiados/emigrantes procedentes de Oriente Medio. Sería sumamente arriesgado tildar su postura de meramente egoísta. ¿Miedo? ¿Inseguridad? ¿Rechazo de una política comunitaria del ordeno y mando?  Obviamente, la crisis humanitaria divide a los ya de por sí poco cohesionados miembros de la UE.

Pero hay más. A comienzos de 2016, la Agencia para el control de fronteras denunció la existencia de campamentos del Estado Islámico en algunos países balcánicos. Se trata de campos de entrenamiento dirigidos por instructores del EI, donde los reclutas aprenden a matar al enemigo, a decapitar a sus rehenes. ¿Países balcánicos? La fórmula ambigua empleada por Frontex  pretende ocultar el nombre del territorio: Bosnia.

Expertos ingleses y alemanes hacen hincapié en la presencia de radicales islámicos en varias localidades del norte de Bosnia y, concretamente, en Dojna Slapnica, Bosanska Bojna y Velika Kladusa y otras aldeas shariá, donde rige la ley islámica. Aunque los servicios de Seguridad del Estado bosnio niegan la existencia de asentamientos islamistas, la Fiscalía antiterrorista de Sarajevo asegura haber detectado en la región septentrional, cerca de la frontera con Croacia, país miembro de la UE, a decenas de familias que siguen a rajatabla las normas de la shariá. En dichas localidades se hallaron decenas de armas de fuego y… ¡banderas del Estado Islámico!

La Fiscalía acusó al imam Husein Bilal Bosnic de ser el predicador del odio. El religioso fue condenado a siete años de cárcel por incitación al terrorismo y reclutamiento de voluntarios para el Estado Islámico. ¿Simple campaña de desacreditación? No, en absoluto. Según los informes del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización, con sede en Londres, alrededor de 300 radicales abandonaron Bosnia en 2015 para alistarse en las filas del Estado Islámico. Alrededor de 50 voluntarios que combatieron en Siria o en Irak regresaron recientemente al país. ¿Son la punta de lanza de la hidra en Europa, la avanzadilla de un ejército llamado a trasladar la yihad al Viejo Continente?

De todos modos, no se trata de un fenómeno reciente. La islamización de la comunidad musulmana de Bosnia empezó en 1992, durante la guerra de los Balcanes. En aquel entonces, los países islámicos – Turquía, Jordania, Irán, Arabia Saudita - se sintieron obligados a mandar misiones al teatro del conflicto. Algunos se limitaron a facilitar ayuda humanitaria a la población. Otros, como por ejemplo Irán o Arabia Saudita, aprovecharon la presencia de sus contingentes para introducir armas, propaganda o formadores religiosos, encargados del adoctrinamiento de sus correligionarios bosnios. Todo ello, con la aquiescencia del entonces Presidente de la República de Bosnia-Herzegovina, Alija Izebegovic, discreto protector de los emisarios de Al Qaeda infiltrados en el país. En algunos casos, los servicios de información de la OTAN lograron desarticular las incipientes estructuras jomeynistas  o salafistas; en otros…

Para los países balcánicos – Serbia, Bulgaria, Rumanía, Macedonia – Bosnia se ha convertido en un nido de conspiradores. Ficticio o real, el peligro se halla en los confines de la Unión Europea, recordándonos, por si hacía falta, los calamitosos vaticinios de… Osama Bin Laden.