Mostrando entradas con la etiqueta refugiados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta refugiados. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de marzo de 2020

Siria: los amigos de mis enemigos son… mis aliados



Beirut, otoño de 1978. Nuestro avión, una flamante aeronave e la compañía de bandera suiza, aterrizó en la pista del aeropuerto internacional esquivando un nutrido fuego de artillería.

“¿Están ustedes locos? ¿Qué hacen aquí? Nos están bombardeando; estamos en guerra”, refunfuñaba en jefe de escala armenio, presa de pánico. “¿Una guerra, Monsieur? ¿Quiénes son los contrincantes?”, pregunta la imperturbable azafata suiza. “Todo el mundo contra todo el mundo, mademoiselle. Pero ¡márchense ya, márchense, por lo que más quieran…” 

Me acordé de este rocambolesco episodio a comienzos del conflicto de Siria, cuando un sinfín de grupos armados con exóticas denominaciones convirtieron las tierras del antiguo Califato Omeya en laboratorio de la guerra moderna.

Todo empezó por… un error de cálculo. Los artesanos de las “primaveras árabes” se equivocaron al suponer que una oleada de protestas populares acabaría con la dinastía de los al-Assad, uno de los regímenes más autoritarios de la región. El fracaso de las más o menos “espontaneas” manifestaciones de la oposición dejó paso a llegada de facciones radicales extranjeras. Los enfrentamientos, deseados por los radicales islámicos, por Arabia Saudita y sus aliados estadounidenses, convirtieron en país en el tablero de la violencia en el Mashrek. Todo ello, bajo la complaciente mirada de Washington y la casi total indiferencia de los europeos, vecinos inmediatos de Siria, país involucrado en la dinámica del proceso euro mediterráneo de Barcelona.
  
Estados Unidos intervino en la internacionalización del conflicto al adueñarse de la región rica en yacimientos de petróleo y gas natural. Los intereses energéticos privan… A su vez, Rusia, que cuenta con una importante base naval en Tartús – única estructura militar allende de sus fronteras – optó a incrementar su presencia en la zona, avalando al régimen de Damasco. La famosa ofensiva contra de terrorismo internacional parecía limitarse a los movimientos estratégicos de los dos supergrandes, poco propensos a acabar realmente con la implantación de movimientos radicales islámicos.
 
Norteamérica apoyó a las facciones armadas de la etnia kurda siria; Rusia, al ejército nacional de Bashar al Assad y a las milicias cristianas. Las dos superpotencias condenaron la utilización de armas químicas durante el sangriento conflicto. Sin embargo, ambas negaron tajantemente su participación en los ataques con dicho armamento.
   
La llegada de Turquía al escenario bélico coincidió con el anuncio – el pasado año - de la retirada de los efectivos estadounidenses. Una medida parcial, implementada sin excesiva prisa por el mando norteamericano. ¿La justificación? “No estamos allí (en Siria) para proteger el petróleo”, declaró el presidente Trump. Obviamente, el inquilino de la Casa Blanca pretendía ocultar la realidad.

Turquía justificó su intervención militar en la vecina Siria alegando la necesidad imperiosa de… acabar con el terrorismo kurdo, que había trasladado su central de operaciones al Kurdistán sirio. Sin embargo, la situación sobre el terreno poco tenía que ver con la argumentación de Ankara. Las unidades kurdo-sirias no compartían el ideario de las milicias del PKK turco. Su combate, junto a las tropas estadounidenses, se centraban en el derrocamiento de un enemigo común: el régimen de al Assad.  Washington cayó en la trampa de Ankara al autorizar la puesta en marcha del operativo de Erdogan. 

El ejército turco entró en Siria de la mano de los aliados rusos. Mas la luna de miel resultó ser muy corta. La pasada semana, Ankara solicitó el apoyo de la OTAN para contrarrestar la presencia rusa en el frente de Idlib, último enclave controlado por las facciones islamistas aliadas de Ankara. En los combates terrestres y aéreos fallecieron 36 militares turcos. Erdogan no dudó en clamar venganza. 

Paralelamente a la ofensiva en el frente ruso, el régimen de Ankara amenazó a la Unión Europea con la apertura de fronteras y la llegada de oleadas de refugiados que ocuparían Europa. Algo muy parecido al guion de 2015, cuando Alemania se comprometió a absorber un millón de migrantes procedentes de Oriente Medio.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. Hoy en día, los europeos, poco propensos a aceptar una nueva oleada de refugiados, califican las amenazas de Erdogan de “ataque a la UE”.
    
 "Este es un ataque (de Turquía) contra la Unión Europea y Grecia. Hay gente que acostumbra a ejercer presiones sobre Europa”, manifestó el canciller austriaco, Sebastian Kurz, durante una comparecencia ante los medios de comunicación dedicada a la situación en Siria.

Mientras los europeos se lamentaban de su suerte, los Estados Unidos manifestaban su deseo de ayudar al ejército turco a luchar con las tropas rusas y el ejército de al Assad.
   
Pero la sangre no llegó al río. Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan, reunidos en Moscú a finales de esta semana, acordaron un alto el fuego en la provincia de Idlib, evitado la escalada bélica.

Las medidas anunciadas por los dos presidentes contemplan:

·         La aplicación de un alto el fuego en Idlib, que entró en vigor en la noche del jueves al viernes;
·        La creación de un pasillo de seguridad de seis kilómetros de ancho al sur y de seis kilómetros   al norte de la carretera M-4;
·        La puesta en marcha, a partir del 15 de marzo, de patrullas conjuntas ruso turcas en la autopista M-4.

Con ello, Moscú espera poner fin a los combates y eliminar la amenaza de un conflicto bélico entre Damasco y Ankara, que acabaría involucrando a Rusia.

Turquía consigue la creación de una zona tampón en el norte de Idlib, que le permite controlar el flujo de refugiados que se dirigen hacia su frontera.

Por ende, el régimen sirio mantiene el control sobre los territorios conquistados durante la última ofensiva, incluida la autopista que conecta Damasco con Alepo.

En resumidas cuentas: esta vez, Putin y Erdogan han logrado evitar la escalada bélica. Pero en este galimatías geopolítico, que recuerda extrañamente las horas bajas de Beirut, la desconfianza reina.

viernes, 13 de mayo de 2016

Turquía – UE: un frágil y escueto noviazgo


La crisis de los refugiados de Oriente Medio, esa catástrofe humanitaria que ha hecho correr mucha tinta en Occidente y aún más lágrimas de cocodrilo en algunas capitales comunitarias, se está convirtiendo en el barómetro de las inestables relaciones entre Bruselas y Ankara.

En efecto, tras la llegada masiva de emigrantes árabes – musulmanes o cristianos – a Grecia, las instituciones comunitarias empezaron a hacer cábalas sobre la posibilidad de contener esta marea humana, aparentemente deseada por algunos políticos de la Mitteleuropa (Europa Central), pero que genera insatisfacción, cuando no, rechazo, en muchos Estados miembros de la UE. Se barajó, en cierto momento, la hipótesis de devolver a los emigrantes económicos, que no refugiados, a Turquía, primer país de acogida, exigiendo a los políticos otomanos que… asuman su responsabilidad ante la catástrofe.

Ankara no tardó en formular sus exigencias: reclamaba fondos – alrededor de 4.000 millones de euros - para hacerse cargo de las personas desplazadas que se hallaban en su territorio, así como la reanudación de las consultas sobre la adhesión de Turquía a la UE, interrumpidas desde hace más de dos años.

Otra de las exigencias formuladas por el Gobierno de Ankara fue la supresión de los visados comunitarios para los ciudadanos turcos. Una solicitud que los europeos parecían dispuestos a considerar con cierta premura. Sin embargo…

Turquía se adelantó a Bruselas, al anunciar, 24 horas antes de darse a conocer la postura comunitaria, que levantaría la obligatoriedad de visado para los ciudadanos de la UE. Una medida simbólica, ya que la normativa legal vigente en el país otomano se limitaba al pago de una tasa de ingreso simbólica, exigido en los puntos fronterizos. Aun así, el Gobierno turco no dudó en dar el primer paso, confiando en la aplicación por parte europea de criterios de reciprocidad.

Pero la respuesta de Bruselas llegó tal un jarro de agua fría. En efecto, los europeos reclamaron la aplicación de… ¡72 medidas! supuestamente liberalizadoras que las autoridades de Ankara difícilmente podrán aceptar. Entre las más controvertidas figuran la derogación de la Ley antiterrorista, utilizada por los turcos para combatir a la guerrilla kurda, la normativa sobre la libertad de prensa, que aún permite amordazar a los informadores propensos a criticar al régimen, la eliminación de las trabas impuestas a las organizaciones pro derechos humanos.

Si los europeos están dispuestos a albergar a los terroristas en tiendas de campaña, ofreciéndoles más privilegios en aras de la democracia, nosotros no vamos a cambiar nuestro rumbo; que cada cual siga su camino, advirtió el Presidente Recep Tayyip Erdogan en una intervención televisada  que no resultó ser del agrado de los políticos europeos. Con razón: el islamista moderado de la pasada década, convertido en islamo-conservador en la mayoría de los medios de comunicación occidentales, aprovechó la ocasión para exigir un cambio de la Carta Magna turca, que contemple la introducción de un sistema presidencialista. Todo ello, unos días después de la sonada  dimisión de su Primer Ministro, Ahmet Davutoglu, inseparable compañero de camino de las últimas décadas, que decidió retirarse de la vida política.

La crisis abierta por el innegable endurecimiento de la postura de Erdogan podría poner en tela de juicio en acuerdo con la Unión Europea. No se trata, en este caso concreto, de un simple asunto de visados o de custodia de personas desplazadas, sino de un posible e inquietante cambio de rumbo de la hasta ahora laica Turquía. Sabido es que Erdogan no comulga con el ideario del padre de la Turquía moderna, Mustafá Kemal Atatürk.

¿Otro síntoma de desestabilización? ¿Otro más…?

jueves, 28 de abril de 2016

El Estado Islámico, en los confines de la Unión Europea


La Agencia Europea para el control de fronteras – Frontex – lanzó recientemente un grito de alarma: los confines de la Unión se han convertido en un auténtico coladero para los radicales islámicos, quienes aprovechan la llegada masiva de inmigrantes procedentes de Oriente Medio para infiltrar yihadistas en suelo europeo.

En un informe publicado hace apenas unas semanas, la Agencia denuncia una serie de errores cometidos por los servicios de seguridad de los 28, que facilitaron la entrada de personas que llevaban documentación falsa en los principales países receptores del caótico flujo migratorio: Grecia e Italia. De hecho, algunos pasaportes sirios falsos o sustraídos fueron encontrados tras los mortíferos atentados de París. 
   
Pese a la gravedad de las alegaciones, el informe elaborado por Frontex pasó casi inadvertido. ¿Simple dejadez de las altas instancias comunitarias? ¿Deseo de ocultar los verdaderos designios de la sospechosa generosidad de la Canciller Merkel? ¿Complicidad de los Gobiernos centroeuropeos? Lo cierto es a las críticas formuladas por los ultranacionalistas alemanes y escandinavos se suma la negativa de algunos Estados de Europa oriental de acoger refugiados/emigrantes procedentes de Oriente Medio. Sería sumamente arriesgado tildar su postura de meramente egoísta. ¿Miedo? ¿Inseguridad? ¿Rechazo de una política comunitaria del ordeno y mando?  Obviamente, la crisis humanitaria divide a los ya de por sí poco cohesionados miembros de la UE.

Pero hay más. A comienzos de 2016, la Agencia para el control de fronteras denunció la existencia de campamentos del Estado Islámico en algunos países balcánicos. Se trata de campos de entrenamiento dirigidos por instructores del EI, donde los reclutas aprenden a matar al enemigo, a decapitar a sus rehenes. ¿Países balcánicos? La fórmula ambigua empleada por Frontex  pretende ocultar el nombre del territorio: Bosnia.

Expertos ingleses y alemanes hacen hincapié en la presencia de radicales islámicos en varias localidades del norte de Bosnia y, concretamente, en Dojna Slapnica, Bosanska Bojna y Velika Kladusa y otras aldeas shariá, donde rige la ley islámica. Aunque los servicios de Seguridad del Estado bosnio niegan la existencia de asentamientos islamistas, la Fiscalía antiterrorista de Sarajevo asegura haber detectado en la región septentrional, cerca de la frontera con Croacia, país miembro de la UE, a decenas de familias que siguen a rajatabla las normas de la shariá. En dichas localidades se hallaron decenas de armas de fuego y… ¡banderas del Estado Islámico!

La Fiscalía acusó al imam Husein Bilal Bosnic de ser el predicador del odio. El religioso fue condenado a siete años de cárcel por incitación al terrorismo y reclutamiento de voluntarios para el Estado Islámico. ¿Simple campaña de desacreditación? No, en absoluto. Según los informes del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización, con sede en Londres, alrededor de 300 radicales abandonaron Bosnia en 2015 para alistarse en las filas del Estado Islámico. Alrededor de 50 voluntarios que combatieron en Siria o en Irak regresaron recientemente al país. ¿Son la punta de lanza de la hidra en Europa, la avanzadilla de un ejército llamado a trasladar la yihad al Viejo Continente?

De todos modos, no se trata de un fenómeno reciente. La islamización de la comunidad musulmana de Bosnia empezó en 1992, durante la guerra de los Balcanes. En aquel entonces, los países islámicos – Turquía, Jordania, Irán, Arabia Saudita - se sintieron obligados a mandar misiones al teatro del conflicto. Algunos se limitaron a facilitar ayuda humanitaria a la población. Otros, como por ejemplo Irán o Arabia Saudita, aprovecharon la presencia de sus contingentes para introducir armas, propaganda o formadores religiosos, encargados del adoctrinamiento de sus correligionarios bosnios. Todo ello, con la aquiescencia del entonces Presidente de la República de Bosnia-Herzegovina, Alija Izebegovic, discreto protector de los emisarios de Al Qaeda infiltrados en el país. En algunos casos, los servicios de información de la OTAN lograron desarticular las incipientes estructuras jomeynistas  o salafistas; en otros…

Para los países balcánicos – Serbia, Bulgaria, Rumanía, Macedonia – Bosnia se ha convertido en un nido de conspiradores. Ficticio o real, el peligro se halla en los confines de la Unión Europea, recordándonos, por si hacía falta, los calamitosos vaticinios de… Osama Bin Laden.

viernes, 11 de marzo de 2016

El ocaso de la Fortaleza Europa


Los cimientos de la Fortaleza Europa empezaron a temblar en agosto del pasado año, cuando la Canciller alemana, Angela Merkel, anunció la suspensión del Reglamento de Dublín, compleja normativa jurídica que regulaba el ingreso y la permanencia de refugiados sirios en la Unión Europea. Pocas horas después del anuncio de Berlín, interminables columnas de personas desplazadas emprendieron camino hacia Grecia, primer país comunitario situado en los confines con el Cercano Oriente. En menos de seis meses, alrededor de un millón de inmigrantes llegó a Europa, tierra de promisión para las víctimas de los conflictos étnico religiosos de Siria e Irak.  A los refugiados se sumaron inmigrantes económicos afganos, paquistaníes, somalíes, magrebíes, deseosos de llegar a Alemania, Suecia o Inglaterra. Alguien les había indicado que el paraíso terrenal se hallaba en el Norte. A los inmigrantes, núcleos de aún inconfesados yihadistas que buscaban nuevos escenarios para la pugna entre el Islam – la llamada casa de la Paz – y Occidente – la casa de la Guerra.

Quienes recuerdan los flujos migratorios generados por la Segunda Guerra Mundial no dudan en hacer un paralelismo entre los millones de refugiados europeos y las caóticas formaciones de personas que recorren actualmente el Viejo Continente repitiendo el mantra Alemania.

Resulta sumamente difícil hacer un análisis objetivo de la situación creada por esa marea humana, de las repercusiones socio-económicas de su presencia en suelo europeo, de los aspectos culturales de su integración en una sociedad poco propensa a aceptar las peculiaridades del otro, del ser distinto que desconoce los códigos que rigen las normas de convivencia entre europeos. En algunos países comunitarios, donde la religión católica está muy arraigada, como Polonia o Hungría, por ejemplo, la llegada masiva de inmigrantes mahometanos provocó un hondo malestar. Un ejemplo: las autoridades polacas advirtieron que sólo aceptarían pequeños cupos de árabes cristianos. Los musulmanes…

Detalle interesante: la Administración Obama trata de convencer a los europeos que la llegada de refugiados procedentes de Oriente Medio tendrá efectos benéficos para la economía comunitaria. Algunos diplomáticos estadounidenses insinúan que Europa necesitará más de veinte millones de inmigrantes en las próximas décadas. Y advierten que las reacciones xenófobas registradas últimamente en algunos países de Europa septentrional – Alemania, Suecia, Dinamarca – se deben ¡ay! a la campaña de incitación al odio llevada a cabo por los servicios secretos rusos, que emplean los viejos métodos de la KGB.  

Al inusual histerismo del aliado transatlántico se suma la preocupación de algunos Gobiernos europeos. Hace apenas unas semanas, el Gabinete de Angela Merkel encargó a los servicios de inteligencia un informe sobre la posible participación de Rusia en la campaña de desestabilización política en Alemania, así como la relación del Kremlin con los movimientos populistas de extrema derecha. Por su parte, los analistas políticos de la OTAN advierten: si el Frente Nacional capitaneado por Marine Le Pen se alza con la victoria en las elecciones presidenciales francesas, el responsable del fracaso de los partidos democráticos será… Vladímir Putin.
  
Extraña manera ésta de interpretar el origen de los acontecimientos. En resumen: Angela Merkel abre la puerta a la inmigración masiva, Grecia se desentiende del control de sus fronteras, pero el responsable del flujo migratorio está en el Kremlin. ¡Palabra de politólogo!

Por su parte, las autoridades de Ankara no dudan en echar más leña al fuego, asegurando que los bombardeos rusos contra objetivos del Estado Islámico en Siria constituyen una injerencia directa en la crisis de los refugiados. El país otomano, que acogió en su suelo a más de dos millones de personas desplazadas, recibirá de la UE alrededor de 6.000 millones de euros para la custodia de los refugiados. Además, Bruselas se compromete a suspender la obligatoriedad del visado para los ciudadanos turcos que viajen al espacio Schengen y a reactivar las consultas sobre la adhesión de Ankara a la UE.

Grecia, mero alfil en este complejísimo tablero de la geopolítica germano norteamericana, no parece muy propensa en asumir el papel de… campamento de refugiados de la Vieja Europa.

Huelga decir que al aliado transatlántico le preocupa más en estos momentos el impacto de la futura alianza entre Rusia y China. Y, por supuesto, el porvenir de su indomable enemigo jurado: Vladimir Putin, encarnación de todos los males.  ¿Por qué será?