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sábado, 16 de enero de 2021

Turquía – Oriente: sueños de grandeza, temores, pesadillas (II)

 

Turquía, nuevo líder para un mundo diferente, se titulaba el ensayo que me envió hace más de dos décadas un amigo diplomático con el ruego de publicarlo en una revista especializada. Turquía, nuevo líder, Turquía, potencia regional emergente. Nadie imaginaba, en aquel entonces, que el Estado moderno ideado por Mustafá Kemal Atatürk iba a convertirse, en menos de un siglo, en un ejemplo a seguir para el mundo musulmán, en motivo de preocupación para los poderes fácticos de este mundo, en pesadilla para algunos de los vecinos y ex vasallos del extinto Imperio Otomano.

Recapitulemos los hechos: al final de la Primera Guerra Mundial, dos grandes potencias europeas – Inglaterra y Francia – pusieron todo su empeño en desmantelar las tambaleantes estructuras del gigante otomano, aliado durante la contienda del Reich alemán y del Imperio Austrohúngaro, colosos llamados a su vez a desaparecer tras la paz de Versalles. 

Turquía o, mejor dicho, el Imperio Otomano, vio su suerte sellada por los Tratados de Sèvres y de Lausana, que contemplaban la desintegración del Imperio, la abolición del sultanato, la creación de zonas de influencia italianas y francesas en Anatolia, así como el control del paso de los Estrechos por una comisión internacional. En enero de 1920, antes de la firma del Tratado de Sèvres, la Asamblea Nacional turca rechazó las condiciones leoninas dictadas por los occidentales. Sin embargo, su negativa resultó ser un gesto meramente simbólico. La Cámara quedó disuelta tras la aprobación del llamado Juramento Nacional, que se convirtió, con el paso del tiempo, en el dogma de las aspiraciones políticas del actual liderazgo en Ankara.

Curiosamente, los autores del Juramento Nacional apostaron por el factor tiempo y el tiempo jugó a su favor. En efecto, cien años después de aquella debacle histórica, Turquía y Rusia, los dos grandes imperios de Oriente vuelven a recuperar el protagonismo de antaño. El “zar” Putin y el “sultán” Erdogan actúan en plena sintonía. Ambos se aferran al poder hasta el punto de alcanzar manifestaciones dictatoriales; ambos aprovechan a fondo la baza del terrorismo; ambos promueven políticas nacionalistas y populistas que atraen a sus respectivos seguidores.

Desde la guerra de Georgia, la incursión en el Dombás y la anexión de Crimea, la Rusia de Putin ha comenzado a desvelar sus tendencias neoimperialistas.

Turquía aún no ha anexionado territorios. Por ahora, se limita a reforzar su posición internacional mediante la presencia militar en Siria y Libia, el despliegue naval en el Mediterráneo oriental y los confines con Grecia. 

Sin embargo, tras la llegada de Erdogan llegó al poder, los términos Nueva Turquía o  Gran Turquía, ansiada por los miembros de la Asamblea Nacional de 1920, se han vuelto recurrentes en los medios de comunicación cercanos al poder y, más recientemente, en las intervenciones de algunos parlamentarios. 

Hace apenas unas semanas, el diputado Metin Kulunk, miembro del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) fundado por Erdogan, abogó en pro del retorno a la Gran Turquía, publicando en sus cuentas de Twitter un mapa que incluye el sur de Bulgaria, incluida Varna, el norte de Grecia y las islas del Egeo oriental, Chipre, así como áreas de Armenia, Georgia, Siria e Irak.

El parlamentario turco se dirigió a sus vecinos griegos, invitándoles a recordar sus condiciones de vida durante los cuatro siglos de convivencia con los otomanos. “Pregunta a tus historiadores; te dirán que vivimos como hermanos”, reza el mensaje de Kulunk 

Es obvio que Turquía no podrá volver – a corto o medio plazo – a las fronteras de la Gran Turquía. Las posibilidades de materializar el sueño de los nacionalistas turcos son más probables en algunas áreas de Siria y especialmente en Irak, pero disminuyen drásticamente cuando se apunta a los Estados europeos miembros de la UE o de la OTAN. 

Ciertamente, el actual liderazgo turco no cuestiona la posible existencia de tales oportunidades a nivel internacional; lo que de verdad interesa es saber cuándo surgirán. Por eso, Ankara concede especial importancia a las relaciones con Rusia y China, estados que cumplen las dos condiciones deseadas por Turquía: ser potencias globales capaces de oponerse a los Estados Unidos y a la OTAN y naciones que no disimulan sus reivindicaciones territoriales, estando dispuestas a recurrir al uso de la fuerza para lograr sus objetivos.

Subsiste el interrogante: ¿está dispuesto Erdogan a actuar a nivel político, económico y militar para crear un clima propicio para alcanzar estos objetivos y actuar con valor y eficacia cuando la situación internacional lo permita?

De momento, los países limítrofes del Mar Negro – Bulgaria y Rumania – antiguos vasallos de la Sublime Puerta, apuestan por la presencia en su suelo de contingentes de la Alianza Atlántica, por los tratados de defensa firmados con Washington, por un hipotético cambio de rumbo de la política exterior de Ankara, por unas relaciones más justas (léase fluidas) con el Kremlin.   

En resumidas cuentas, por la posibilidad de escoger entre los dos vecinos, entre dos males…


martes, 12 de enero de 2021

Turquía – Occidente: ¿pasar página o volver a empezar? (I)

 

Qué todo siga igual, pero que todo cambie, parece ser el mantra del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en el umbral de la nueva década. Una meta difícil de lograr en circunstancias normales en países donde impera el cartesianismo, pero sin duda compatible con los sutiles matices de Oriente. Pero Turquía es, ante todo, un país oriental, donde la sutilidad y la diplomacia pueden lograr milagros. El primer mandatario turco lo sabe perfectamente y apuesta por soluciones portentosas en el embrollo de las relaciones internacionales.  

Entre los objetivos prioritarios de Erdogan figura la mejora de las relaciones con Washington, seriamente deterioradas durante los últimos años del mandato de Donald Trump, el multimillonario muy propenso a avalar las aventuras bélicas de Turquía en la región mediterránea – Siria, Libia – y el Cáucaso – Azerbaiyán, Armenia – pero inflexible a la hora de aceptar la afrenta de un miembro fundador de la Alianza Atlántica que se decanta por adquirir material bélico ruso. Después de todo, Rusia sigue siendo el enemigo de Occidente e, implícitamente, de la OTAN.

La Casa Blanca decidió, pues, imponer sanciones al régimen de Ankara, suspendiendo su participación en el desarrollo del programa del supercaza F-35. El Pentágono sospechaba que los turcos podrían servir de puente para la trasferencia de tecnología militar estadunidense a Rusia. Pese a la aplicación de las sanciones, el dialogo estratégico entre Washington y Ankara continúa.  

De hecho, el presidente Erdogan confía en que la nueva Administración demócrata decida adoptar un tono más dialogante, véase hacer borrón y cuenta nueva de los agravios de Trump. Quedan, sin embargo, otros aspectos conflictivos, como la negativa de Washington a conceder la extradición del clérigo turco Fethullah Gülen, ex aliado circunstancial de Erdogan y fundador de una gigantesca red de instituciones islámicas – centros culturales, colegios y universidades - con ramificaciones en decenas de países, o el apoyo estadounidense a la facción armada kurdo-siria YPG, socia de los estadounidenses en la lucha contra el Estado Islámico, pero que Ankara tilda de mera prolongación del movimiento marxista kurdo PKK, artífice de la interminable guerra civil que sacudió Turquía durante décadas.

A ello se añade, claro está, el apoyo del Gobierno Erdogan al régimen islámico de Teherán, archienemigo de mimada dinastía saudí, las buenas relaciones con el emirato de Qatar, donde Ankara cuenta con instalaciones militares, o la presencia de asesores turcos en Azerbaiyán. Un atentico quebradero de cabeza para la futura Administración estadounidense.

Sin embargo, Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente durante el mandato de Barack Obama, conoce la problemática de la región. Visitó Turquía en cuatro ocasiones y reiteró su deseo de mantener buenas relaciones con Erdogan.

Los americanos quieren pasar página, ha señalado el portavoz presidencial turco, Ibrahim Kalin, durante su primera comparecencia de 2021. Más aun; el equipo de Erdogan confía en que la Administración Biden podría resucitar, de manera directa o indirecta, el mortecino dialogo entre Ankara y Bruselas, ya que Washington había abogado en el pasado por el ingreso de Turquía en la Unión Europea.  El restablecimiento del diálogo diplomático con Grecia, así como los contactos de Erdogan con la presidenta de la Comisión Europea parecen haber creado una atmosfera positiva.

El enfrentamiento entre Turquía, Grecia y Chipre sobre la frontera marítima del Mar Egeo, véase la explotación de los recursos naturales del Mediterráneo oriental, la multiplicación de los incidentes navales y las amenazas de un posible recurso al uso de la fuerza enturbiaron aún más las tensas relaciones entre los Estados vecinos. Mientras el presidente Macron parecía propenso a apoyar las acciones militares greco-chipriotas, la Canciller Merkel desempeñó un papel moderador en el conflicto. Las aguas parecían haber vuelto a sus cauces hacia finales de diciembre, cuando Atenas, Ankara y Nicosia se decantaron por la celebración de consultas diplomáticas.

Otro escollo importante de las relaciones entre Turquía y la UE es la cuestión de la migración. En marzo de 2016, Bruselas y Ankara llegaron a un acuerdo para detener la migración irregular en el mar Egeo y mejorar las condiciones de vida de los dos millones de refugiados sirios residentes en suelo turco. La entrada en vigor del acuerdo ha logrado contener el flujo de refugiados hacia los países de la UE. Sin embargo, la tardanza de Bruselas en transferir los fondos comprometidos – alrededor de 6.000 millones de euros – ha suscitado un profundo malestar en Ankara. En Gobierno Erdogan amenazó en reiteradas ocasiones con la apertura de la frontera con Grecia, el gran coladero de la inmigración procedente de Oriente Medio.

También figura en la lista de agravios la no suspensión del visado comunitario para los ciudadanos turcos que viajan a la UE, proyecto que debía haberse materializado en 2013. Sin embargo, la decisión de Bruselas sigue relegada a… las calendas griegas.  

A esas incógnitas se suma otra, no menos importante y conflictiva: el porvenir de las relaciones de Turquía con sus vecinos asiáticos - Siria, Irak, Armenia y Georgia - y también europeos - Bulgaria, Grecia y Macedonia – territorios que formaban parte, al final de la Primera Guerra Mundial, de la Gran Turquía.

domingo, 12 de julio de 2020

El Islam de Erdogan: de Bukhara a Al Ándalus



En noviembre de 2002, cuando en AKP se alzó con la victoria en las elecciones generales turcas, unos de los primeros estadistas que abogó por el ingreso de Turquía en la Unión Europea fue… el presidente Bush.

El mensaje del inquilino de la Casa Blanca sorprendió a los analistas occidentales. Su contenido: “El Sr. Erdogan es un islamista moderado; hay que facilitar el ingreso de su país en la UE”. La recomendación de Bush causó sorpresa y malestar en Bruselas; inquietud e incredulidad en los círculos académicos, acostumbrados a estudiar con mayor detenimiento los programas de Gobierno de los partidos políticos, con suma cautela las propuestas de las agrupaciones islámicas, la agenda oculta de los lideres del mundo árabe musulmán.

Huelga decir que el AKP no disimulaba las líneas maestras de gobernanza. El programa del partido de Erdogan hablaba claramente de la necesidad de islamizar la diáspora  y de remusulmanizar Turquía. ¿Los medios para lograr ese objetivo? Obviamente, el nuevo equipo de Gobierno de Ankara se guardaba varios ases en la manga.  Las sorpresas empezaron a aflorar en 2003, durante la invasión de Irak, cuando Turquía, miembro de la Alianza Atlántica, decidió prohibir a la aviación estadounidense sobrevolar su espacio aéreo a los cazas que iban a llevar a cabo misiones en Irak. No se trataba de la primera advertencia: los aliados tropezaron con las mismas reticencias en el verano de 1990, cuando el Gobierno del socialdemócrata Bulent Ecevit expresó su profundo malestar por la utilización del despacio aéreo turco por la aviación estadounidense. En ambos casos, Ankara esgrimió el mismo argumento: un país musulmán no puede participar – directa o indirectamente – en operativos bélicos contra otro país árabe. Argumentos que Washington no parecía muy propenso a aceptar.

Durante la primera legislatura del AKP (2002 – 2007) los islamistas trataron de aprovechar al máximo el legado del anterior Gobierno – proyección internacional, relaciones de buena vecindad con los Estados de la zona, cooperación económica y militar con los actores cave del Cercano Oriente – Israel, Jordania, la Autoridad Nacional Palestina, los Estados del Sudeste europeo.

Las relaciones con la Unión Europea, aparentemente bien encauzadas, entran en crisis en 2013, cuando Alemania y Holanda optan por congelar el dialogo con Ankara. Seguirá la crisis de los refugiados (2015), el intento de golpe de Estado contra Erdogan (2016), el distanciamiento de Washington (2016 – 2017) y acercamiento a Moscú (2018).

En el plano interno, la caza de brujas iniciada en 2016 permite el afianzamiento de grupos afines a Erdogan en los ministerios de Justicia, Interior y Defensa, la depuración de los llamados elementos terroristas, el control de los medios de comunicación por parte del Gobierno. 

El neo otomanismo, doctrina en la que se sustenta el proyecto de la Nueva Turquía de Erdogan, contempla la vuelta al Islam y al Califato. Ello implica, claro está, la ruptura con las estructuras del Estado laico proclamado por Mustafá Kemal Atatürk en 1924.

La decisión de reconvertir la basílica Santa Sofia – emblemático monumento de la Cristiandad – en lugar de culto musulmán, se inscribe en la línea de los cambios radicales contemplados por los islamistas turcos, reflejando su deseo de alejarse del legado del kemalismo, cuando no de hacer borrón y cuenta nueva de las instituciones de la Turquía contemporánea.

Santa Sofia volverá, pues, a ser mezquita, al igual que en 1453, cuando Mehmet el Conquistador entró a caballo en el templo cristiano, anunciando el final de una era.  Erdogan sustituyó el caballo por las cámaras de televisión. Su mensaje, más agresivo que el del que considera su antepasado, reza así: la reconversión de Santa Sofia en lugar de culto musulmán augura la liberación de la mezquita jerosolimitana de Al Aqsa, el resurgir del Islam en Bukhara (Uzbekistán) y… al Ándalus. La mención a España no figura, sin embargo, en la página web del Gobierno de Ankara.

Curiosamente, el discurso del moderado Erdogan recuerda la doctrina de la monarquía wahabita, cuando no la vehemente argumentación de uno de sus súbditos: Osama Bin Laden 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Coronavirus - el soldado de Alá


Nos remitimos siempre, o casi siempre, a nuestra visión etnocentrista de los asuntos de este mundo, de los males que acechan el Planeta. En el caso concreto del coronavirus, de la terrible pandemia que desconoce las fronteras geográficas diseñadas por la mano el hombre, las voces de alarma proliferan y se superponen. Es un mensaje divino, una advertencia del Ser Supremo, un castigo del Cielo - de los Cielos. Los occidentales suelen emplear la palabra arrepentimiento; los orientales prefieren utilizar el vocablo venganza.

Si analizamos con detenimiento las reacciones provocadas por la expansión del coronavirus en el mundo árabe-musulmán, llegamos fácilmente a la conclusión de que la pandemia se ha convertido en un arma ideológico-religioso. En efecto, para los acérrimos defensores del mahometismo, ulemas esparcidos por las vastas tierras del islam o afincados en las capitales del próspero primer mundo, el devastador avance del virus sirve para infundir miedo a las comunidades musulmanas y reclamar una observancia estricta de los preceptos del Corán.

Cuando el coronavirus afectó la región china de Wuhan, en las redes sociales árabes aparecieron insinuaciones acerca de un castigo de Alá a los chinos por el trato dispensado a la minoría musulmana uigur, discriminada por Pekín.

Curiosamente, cuando el virus llegó a Irán, la noticia encantó a quienes estiman – en el mundo musulmán – que los clérigos chiitas de Teherán aplican un trato atroz a los suníes de Irak, Siria o Yemen. Cuando la pandemia alcanzó los demás Estados árabes de la zona, algunos pensaron que se trataba de una diabólica conjura iraní o… israelí. Alimentó las sospechas de los radicales la sorprendente declaración del ayatolá Nasir Makarim Shirazi, quien aseveró que la ley islámica no prohíbe comprar medicamentos o vacunas a Israel, siempre que no haya otro país que los produzca. En resumidas cuentas, que la prohibición de hacer negocios con la entidad sionista podría obviarse en caso de extrema necesidad.

Aún más chocante resultó la exposición del profesor Muhammad Abdulhamid Qudah, parlamentario jordano y exministro de la Corte hachemita, quien no dudó en calificar al coronavirus de "soldado de Alá", enviado para castigar tanto a Occidente como a los musulmanes. Según Qudah, Alá está enfadado con los desobedientes pobladores de este mundo.
Por su parte, el clérigo salafista tunecino Bashir bin Hassan afirma que Alá tiene muchos soldados, incluidos ángeles y… virus.  El coronavirus es, pues, una advertencia de Alá a los pobladores de la Tierra. Sus efectos malignos desaparecerán el día en que los creyentes vuelvan a los caminos del Señor.
Ni que decir tiene que estas reacciones paranoicas afectarán de manera negativa el embrionario diálogo árabe israelí, advierten los expertos del Instituto de Estrategia y Seguridad de Jerusalén, centro de estudios liderado por militares y politólogos hebreos. Sus integrantes, antiguos altos cargos del Ejército y los servicios de inteligencia israelíes, contemplan la alternativa de ataques suicidas contra el Estado judío perpetrados por terroristas infectados con el virus.
Los estrategas de Tel Aviv tampoco descartan el advenimiento de una crisis internacional larga y profunda, que sumiría en un profundo caos las instituciones políticas y militares del gran aliado transatlántico: Estados Unidos.
Subsiste, pues, el interrogante: ¿Cómo combatir al temible soldado de Alá llamado… coronavirus?

domingo, 12 de enero de 2020

El despertar de los imperios


Nos aseguraba el Presidente Trump que la justicia estadounidense logró borrar del mapa de los peligros para la seguridad de Norteamérica al teniente general Kassem Soleimaní, comandante de la tenaz Fuerza Quds. 
Este enemigo público número uno era más peligroso que Osama Bin Laden, remataba el general David Petraeus, antiguo director de la CIA, excomandante de las tropas estadounidenses en Afganistán e Irak.
El informe de inteligencia que sirvió para localizar a Soleimaní fue elaborado por agentes israelíes, añade presuntuosamente Avigdor Liberman, exministro de defensa del Estado judío. Otros políticos, militares, analistas y espías se suman al coro de voces que alaban el éxito militar de la Administración estadounidense. 
Sin embargo, la temeridad de Trump fue sancionada por el Congreso de los Estados Unidos, que acordó limitar los poderes del Presidente a la hora de decretar nuevas y arriesgadas  operaciones  militares contra el régimen de los ayatolás. 
La respuesta de Teherán fue muy contundente; a la lluvia de misiles disparados contra las instalaciones militares americanas ubicadas en suelo iraquí, el Presidente iraní, Hasán Rojaní añadió la advertencia: el objetivo final de la República Islámica consistirá en echar a las tropas estadounidenses de la región. Aparentemente, nada novedoso; la expulsión de los occidentales de la zona forma parte del ideario jomeynista.
Conviene señalar, sin embargo, que el Parlamento iraquí, controlado por legisladores chiitas, se pronunció a su vez a favor de la expulsión de las tropas occidentales estacionadas en el país. Más agresivo, el clérigo chiita Muktada al Sadr, que controla varios movimientos armados, decretó la movilización de sus huestes reclamando al mismo tiempo la formación de un Gobierno de unidad nacional capaz de acabar con la presencia militar extranjera y la restauración de la soberanía nacional.

En 2003, Al Sadr fundó el Ejército al Mahdi, formación militar que causó ingentes daños a las tropas estadounidenses. Su decisión de retomar las armas ha causado hondo malestar en el Pentágono; al enemigo iraní se le están sumando otros movimientos chiitas, controlados o neutralizados en los últimos tiempos. El Secretario de Defensa, Mark Milley, se vio obligado a recalcar que las fuerzas armadas norteamericanas están preparadas para hacer frente al… enemigo. Pero, ¿cuál era el enemigo del Pentágono?  ¿Los ayatolás iraníes? ¿Los chiíes iraquíes, libaneses, palestinos? ¿Los rebeldes de la primera línea de frente? ¿La mitad del mundo árabe-islámico? Obviamente, los tambores de guerra lograron caldear el ambiente. El propio Donald Trump tuvo que decretar una nueva tanda de sanciones económicas contra el régimen iraní, tratando de rebajar, al menos provisionalmente, la tensión con Teherán. A Irak le advirtió, sin embargo, que cualquier intento de rebelión contra la presencia de unidades estadounidenses en su territorio podría llevar a la congelación de sus activos de Bagdad en los bancos occidentales. Una de cal…

El actual inquilino de la Casa Blanca exhortó a los aliados transatlánticos de la OTAN a incrementar su protagonismo en la región. Sabido es que los cautos estadistas europeos optaron por mantener una política muy discreta en el Cercano Oriente, escenario del conflicto que involucra a los Estados Unidos, Israel y las principales corrientes religiosas del Islam, región con la que la vieja Europa, tiene una relación muy especial. A los innegables lazos históricos que unen las dos cuencas del Mediterráneo se añaden tanto una tradición cultural común como fuertes intereses económicos. Los jóvenes Estados del Cercano Oriente fueron concebidos a comienzos del siglo XX por dos potencias coloniales: el Reino Unido y Francia. El pacto Sykes – Picot, engendro de la diplomacia occidental, consiste en un reparto territorial que hace caso omiso de los lazos de sangre y las afinidades culturales de los pobladores de la zona. En ese contexto, el papel de las potencias europeas podría limitarse, según la propia OTAN, en ayudar a los Gobiernos de la zona en su lucha contra el terrorismo.

Estamos trabajando en esta línea, tanto en Afganistán como en Irak, afirma el Secretario General de la Alianza, Jens Stoltenberg, quien deja la puerta abierta a posibles sugerencias. Pero entendámonos: la OTAN descarta la posibilidad de llevar a cabo acciones audaces y decisivas, como las propugnadas por la Administración Trump.   

Volviendo al escenario de la actual crisis, cabe preguntarse cuáles serían las repercusiones del enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán para el futuro de las relaciones étnico-políticas en el Cercano Oriente. Una primera advertencia: el creciente antiamericanismo de las sociedades árabes podría desembocar en una alianza de las dos grandes corrientes islámicas – chiismo y sunismo -  contra la civilización occidental. Un peligro éste que los europeos aprecian en su justo valor.

Pero hay más; mucho más. En las últimas décadas hemos asistido a la imparable expansión de la presencia militar iraní en los países del contorno mediterráneo: Líbano, Siria, Bosnia durante la guerra de los Balcanes, así como una creciente participación – directa o indirecta – en los conflictos de Yemen, Afganistán y…Palestina.

La brigada Quds, creada durante la guerra contra Irak y comandada hasta ahora por el Teniente General Soleimaní, cuenta actualmente con unos 15 a 20.000 efectivos. A los combatientes de élite iraníes se suman voluntarios afganos, pakistaníes, sudaneses.  Este cuerpo expedicionario, que luchó en Siria contra el Estado Islámico, Al Nusrah y Al Qaeda, se convirtió en la pesadilla constante de los estrategas de Tel Aviv, que no desdeñan la inusual eficacia de sus dotes guerreras. (Al Quds es el nombre árabe de Jerusalén y, de paso, la meta de los combatientes de la brigada).

Durante los últimos meses, los iraníes reclamaron la repatriación de la brigada y la utilización de las ingentes cantidades de dinero destinadas a la intervención militar allende de las fronteras para proyectos sociales domésticos. El régimen iraní acusó a Occidente de fomentar las protestas.

Paralelamente, otra potencia regional – Turquía – aliada coyuntural de Teherán, optó por desplegar tropas en lugares y regiones que habían pertenecido al Imperio otomano. Los militares turcos están presentes en los Balcanes – Bosnia, Kosovo, Albania, en Chipre, Siria, Qatar, Afganistán y Azerbaiyán. Se calcula que de aquí a finales de 2022, Ankara contará con alrededor de 60.000 efectivos en los distintos puntos estratégicos. Una reconquista por parte de los neo otomanistas de Erdogan de los contornos del añorado Imperio.

En realidad, los descendientes de los persas y de los otomanos persiguen el mismo objetivo: internacionalizar su presencia merced a los referentes históricos. En ambos casos, se trata de recomponer el complejísimo rompecabezas imperial. Para ello, iraníes y turcos cuentan con el beneplácito y el apoyo de otro país empeñado en recuperar su pasado imperial: Rusia.              

A buen entendedor…

sábado, 12 de octubre de 2019

Operación Manantial de Paz – la “traición” de Donald Trump


Donald Trump lo dijo claramente: la decisión de los antiguos inquilinos de la Casa Blanca de intervenir en Oriente Medio resultó ser la peor iniciativa de los Estados Unidos. Obviamente, el avispero meso-oriental dificulta los planes del multimillonario convertido en político o, mejor dicho, del aspirante a político obsesionado por los negocios.

A veces, las cosas se tuercen; un buen ejemplo del fracaso diplomático del clan Trump es el malogrado acuerdo de paz para Oriente Medio – el Acuerdo del Siglo – que no convenció a israelíes ni a palestinos, pese al incondicional apoyo del fiel aliado de Washington en la región: Arabia Saudita. Sin embargo, los saudíes no están en condiciones de imponer su voluntad a las demás naciones de la zona: el enfrentamiento con Irán, faro chií del Islam moderno, ha ensanchado la brecha existente entre las dos grandes corrientes del mahometismo. Hoy en día, el país de los ayatolás cuenta con numerosos seguidores en el espacio árabe-musulmán. Es un hecho novedoso, que los islamólogos estadounidenses, véase occidentales, tardarán en asimilar.

Cuando los actores deciden modificar el guion de la obra sobre la marcha, el desenlace puede ser dramático. Esta fue, al parecer, la percepción de muchas Cancillerías occidentales tras el anuncio de la retirada de las tropas estadounidenses estacionadas en el noreste de Siria, cuya presencia obstaculizaba el inicio de un operativo bélico de gran envergadura por parte del Ejército turco, encargado de acabar, de una vez por todas, con el llamado terrorismo kurdo.
  
Aparentemente, el operativo contaba, desde el pasado mes de agosto, con el visto bueno de Donald Trump, quien avaló la creación de una zona tampón de 480 kilómetros de largo y 30 kilómetros de ancho entre la frontera turca y el territorio sirio situado al Este del Éufrates. Un espacio que debía convertirse en el hogar de los refugiados asentados en Turquía.

En la región, controlada hasta ahora por las milicias kurdo-sirias, se hallaban varias instalaciones militares estadounidenses. La decisión de Trump de dar por terminada la guerra contra el derrotado Estado Islámico cambió radicalmente los datos del problema. Los militares norteamericanos abandonaron precipitadamente sus bases. Lo que siguió en harto conocido.

Recordemos que los kurdos sirios que integran las Unidades de Protección Popular (YPG) lucharon junto con los norteamericanos contra los yihadistas del Estado Islámico. Más aún: las milicias de YPG se encargan de custodiar a los 12.000 combatientes islámicos hechos prisioneros durante los combates de los últimos 24 meses. Curiosamente, asimilados por las autoridades de Ankara a los guerrilleros del PKK turco, corren el riesgo de convertirse en blanco de las tropas que participan en la operación Manantial de Paz.

Ante la sorpresa, la preocupación, cuando no la ira de los congresistas estadounidenses, el Presidente optó por corregir el tiro, amenazando a su frívolo aliado Erdogan. Si Turquía decide emprender acciones que superen los límites de lo permitido, yo con mi gran e inigualable sabiduría, procederé a la destrucción total de su economía,  advirtió el inquilino de la Casa Blanca.

La respuesta del Presidente turco fue igual de contundente: Seguiremos adelante (con la acción militar) pase lo que pase y pese a quien pese. A los países de la UE les dirigió la siguiente advertencia: Si os atrevéis a criticarme, abriré las fronteras dejando pasar a los millones de refugiados  que custodiamos… Más claro…

Ante la retirada estratégica de Norteamérica, que prefiere enviar refuerzos a Arabia Saudita, permanecen en el ensangrentado tablero sirio actores cuyos intereses son muy a menudo divergentes:  la Unión Europea, Irak, Irán y Rusia.

Mientras Irán defiende la presencia de sus brigadas de muyahidines en la zona – Siria y Líbano – Rusia se ha convertido en el valedor del régimen de Bashar al Assad. Irak trata por todos los medios de proteger su frontera; la UE mantiene su habitual postura ambigua. Pero todos, absolutamente todos, acusan a Norteamérica de… ¡traición!

Traicionar a los kurdos, a los sirios, a los aliados… Olvidan, probablemente la famosa frase de John Foster Dulles, Secretario de Estado con Eisenhower, atribuida años más tarde al maquiavélico  Henry Kissinger: Estados Unidos no tiene aliados; sólo tiene intereses.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Kurdistan, Druzistan și alte entelehii secesioniste




Odată cu (încă ipotetica) victorie a coaliției internaționale, condusă de Statele Unite și de Rusia asupra trupelor Statului Islamic, se deschid noi perspective pentru instabilitatea în Orientul Mijlociu.
                                                                                                       
Da, cuvântul este “instabilitate”, deoarece la finalul ofensivei contra jihadiștilor, principalele puteri regionale – Arabia Saudită, Iran, Israel și Turcia – vor redesena, fiecare în felul său, viitoarea hartă a rău numitului Mare Orient Mijlociu. Este vorba, să ne amintim, despre un proiect extravagant conceput în anul 2003 de strategii administrației Bush, dornici să schimbe fața lumii, bazându-se pe hărți în culori care reprezentau etnii, credințe religioase, resurse energetice sau zăcăminte de minerale strategice.

Schițele acelea nu aveau nicio legătură cu frontierele lumii actuale, cu nu mai puțin arbitrara distribuție a sferelor de influență a acordului Sykes-Picot, conceput în zorii secolului XX de funcționarii a două mari imperii coloniale: Anglia și Franța. Dar lui George W. Bush nu îi plăcea diviziunea teritorială a Orientului Mijlociu. Succesorilor săi, nici atât. Totuși, izbucnirea Statului Islamic în prim-planul politicii internaționale a blocat proiectele reformatoare ale Washingtonului. Situația a luat o întorsătură spectaculoasă în luna mai, după călătoria lui Donald Trump la Riad și Tel Aviv.

Turneul primului reprezentant american a ajutat la reînvierea fantomelor unui pariu geopolitic periculos: confruntarea dintre cele două curente ale Islamului – șiiții și suniții – precum și modificarea granițelor actuale, bazată pe renașterea entelehiilor secesioniste.

Protagoniștii acestui joc incendiar sunt Arabia Saudită și Iranul, puteri petroliere înfruntate de mai mult de jumătate de secol, țări cu sisteme de guvernare autoritară, care preferă să se războiască în afara granițelor lor. Sprijinul Iranului față de minoritatea huti din Yemen, etnie zaidi șiită, a provocat furia monarhiei de la Riad. În luna martie a anului 2015, aviația saudită a bombardat unitățile rebele huti, declanșând un război în vecinul Yemen. Teheranul nu a ezitat să trimită coreligionarilor săi yemeniți arme și consilieri militari. Trupele saudite au fost incapabile să contracareze ofensiva rebelilor.

Este o primă înfrângere pentru tânărul și neexperimentatul ministru al Apărării, Mohamed bin Salman, fiul monarhului wahabit și… moștenitor al Coroanei! Prințul nu a ezitat să facă față ayatolahilor, decretând izolarea politică  și embargoul economic pentru emiratul Qatarului, principalul aliat al Teheranului în Golful Persic. Dar măsura nu a avut efect. Alte puteri regionale s-au grăbit să-i ajute pe qatarezi. E cazul Turciei, care deține instalații militare importante în emirat. Contingentul otoman este staționat la doar câțiva kilometri de frontiera cu… Arabia Saudită.

Dar asta nu e tot: stratagemele Riadului și ale Teheranului s-au ciocnit frontal în războiul civil din Siria, unde ambele puteri sprijineau miliții rivale. În urmă cu doar câteva săptămâni, prințul Bin Salman a insinuat că protagonismul în creștere al mișcării șiite libaneze Hezbollah, sprijinit de Iran, ar putea dezlănțui un… răspuns belic saudit. Trebuie să ne amintim, totuși, că Hezbollah face parte din coaliția guvernamentală care dirijează destinele Libanului.
În aparență, reacția intempestivă a titularului Apărării saudite se datorează atât instabilității politice din țara cedrilor, creată – potrivit analiștilor – de interese politice și economice complexe ale diferitelor clanuri saudite, precum și de recrudescența operațiunilor militare ale Hezbollahului la granița cu Israelul. În mod curios, guvernanții de la Riad nu sunt interesați de slăbirea așa numitei “entități sioniste”, aliata fidelă în lupta împotriva Marelui Satan iranian. Absurdități? Nu, deloc; establishmentul israelian cere de mulți ani adoptarea de măsuri ferme împotriva “amenințării nucleare” iraniene.

De fapt, atât generalul Ariel Sharon, precum și actualul premier Benjamin Netanyahu au pledat pentru distrugerea pur și simplu a centralelor atomice iraniene. Dar  chiriașii succesivi de la Casa Albă au oprit impulsurile războinice ale Tel Avivului.

Nimic nu e simplu în această partidă specială de șah, în această disperată încercare de a crea sau de a pune mâna pe zone de influență. În ultimele luni, israelienii au înregistrat două eșecuri politice răsunătoare. Primul, când au sprijinit, singuri, referendumul de independență organizat în Kurdistanul irakian; al doilea, încercând că creeze o entitate autonomă drusă în Siria. Acest proiect, potențat de serviciul evreu de inteligență și implementat, de asemenea fără ajutor, de Zineddín Jaldún, un ofițer din armata siriană, a avut “sprijinul” unei… duzini de combatanți!

A crea și a controla zonele de influență. Majoritatea actorilor regionali cunosc regulile jocului, învățate în timpul anilor 90 în războiul din Bosnia. Acolo, misiunile statelor islamice și-au împărțit rolurile. Iranienii aveau arme; saudiții, instructori coranici, care se ocupau cu îndoctrinarea populației musulmane; turcii, experți militari și iordanienii… ajutoare umanitare.

În mod evident, va fi destul de dificilă o transpunere a acestei experiențe fără corecturi sau modificări în nisipurile mișcătoare ale Orientului. Cum s-a putut dovedi, jandarmii regiunii nu exclud recurgerea la forță. Drumul spre pace și concordie este semănat cu… viitoare provocări belice.

Bun venit în geopolitica haosului, stimate cititor.