Mostrando entradas con la etiqueta OLP. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta OLP. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de enero de 2024

Netanyahu - accidentado final de trayecto


Trato de hacer memoria. Sucedió hace tiempo; hace más de tres décadas. Jerusalén, 18 de octubre de 1988. El candidato del derechista Likud en las elecciones legislativas, Isaac Shamir, celebraba su enésima rueda de prensa anterior a la contienda electoral. Le preguntamos sobre iniciativa de la OLP de proclamar la independencia de Palestina. El proyecto coincidía, recordémoslo, con el innegable impacto mediático de la primera Intifada. ¿Un Estado Palestino? ¡No habrá jamás un Estado Palestino! aseveró el líder conservador.

Argel, 15 de noviembre de 1988. El Consejo Nacional Palestino (Parlamento de la OLP), reunido en la capital argelina, proclama la independencia de Palestina.  Las emisoras de los países árabes transmiten en directo los debates del Parlamento: …ejerciendo el derecho del pueblo árabe palestino a la autodeterminación, a la independencia política y a la soberanía sobre su territorio, el Consejo Nacional Palestino, en nombre de Dios y del pueblo árabe palestino, proclama la creación del Estado de Palestina sobre nuestra tierra palestina, con su capital en Jerusalén, al-Quds al-Sharif.

No hubo grandes festejos en el sector árabe de Jerusalén. Los pobladores palestinos de la urbe tuvieron que contentarse con esporádicos fuegos artificiales, disparados tras el paso de las patrullas del ejército israelí. La canción Biladi (mí país) convertida en himno nacional, sonó en algunos vecindarios nacionalistas. Mas había que enfrentar los hechos: la ciudad, capital eterna e indivisible de Israel, seguía bajo ocupación. Palestina contaba con su territorio - las tierras ocupadas por el Estado judío en la guerra de 1967 – pero sin soberanía internacionalmente reconocida.

Después de la euforia inicial, los pobladores de la ciudad Tres Veces Santa asistieron a la puesta en marcha de la implacable maquinaria de propaganda israelí, que no tardó en advertir a los países amigos de Tel Aviv sobre la temeridad de posibles actuaciones unilaterales. En este caso concreto, la temeridad consistía en el reconocimiento del Estado Palestino. A la ofensiva del Likud se sumó la voz del recién elegido Presidente de los Estados Unidos, George Bush, antiguo director de la CIA, que tenía sobradas razones para no enemistarse con el establishment israelí.

La proclamación del Estado Palestino fue el detonante de la puesta en marcha de las consultas que desembocaron en la celebración, en 1992, de la Conferencia de Madrid y las discretas negociaciones diplomáticas que llevaron a la firma de los Acuerdos de Oslo. El propio Isaac Shamir decidió corregir su discurso, pasando del no habrá jamás un Estado palestino al más presumible tal vez en un plazo de diez años. Una postura posibilista, que permitía a los sucesivos Gobiernos israelíes celebrar nuevas reuniones destinadas a vaciar de contenido los Acuerdos de Oslo y el Memorando de Wye Plantation. Todos los jefes de Gobierno conservadores - Shamir, Olmert, Sharon, Netanyahu – y sus relevos laboristas - Barak, Ben Ami - navegaron en la misma dirección. La extensión de tierras asignadas a la Autonomía palestina disminuyó considerablemente tras la creación de nuevos asentamientos judíos en Cisjordania. Por si fuera poco, tanto Ariel Sharon como Benjamín Netanyahu manifestaron que el Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, había dejado de ser un interlocutor válido en el accidentado diálogo con Tel Aviv. Curiosamente, los datos del problema cambiaron radicalmente después del ataque de Hamas del 7 de octubre del pasado año, cuando Washington y Tel Aviv llegaron a la conclusión de que el único elemento moderado al que podían recurrir era… Mahmud Abbas. Para conquistarlo, israelíes y norteamericanos optaron por recurrir tanto al coqueteo como al chantaje.

El chantaje se ha convertido en la principal baza del actual maratón diplomático meso oriental estadounidense. El Secretario de Estado Antony Blinken se empeñó en convencer al Presidente Erdogan sobre la necesidad de apoyar la postura de Israel en la pugna con los palestinos. ¿A cambio de la entrega de unos cazas F-16? Un error garrafal, teniendo en cuenta la trayectoria ideológica del político turco, hábil negociador y ferviente islamista. O de ofrecer un trato equitativo a Benjamín Netanyahu, persuadiéndole de que Arabia Saudita costeará los gastos para la reconstrucción de Gaza y normalizará sus relaciones con Tel Aviv a cambio del plácet israelí para la creación de un Estado palestino. Tropezó, una vez más, con la negativa rotunda del Primer Ministro hebreo, poco propenso a aceptar la existencia de este Estado, liderado por los elementos moderados de la OLP o por una coalición internacional integrada por saudíes, egipcios, palestinos y… norteamericanos. Netanyahu dejó las cosas claras en su último discurso: El día después de la era Netanyahu habrá un Estado gobernado por la Autoridad Palestina. Él, Netanyahu, no tiene intención alguna de claudicar.  Y ello, pese a la advertencia de Washington: La paciencia de Joe Biden se ha agotado. Aviso a los políticos noveles y las almas caritativas que acaban de descubrir la problemática del conflicto. No hay que tratar de amenazar con la opción de dos Estados ni con la imposición de un Estado creado por Occidente, por países que durante décadas hicieron suya la estrategia de la no intervención unilateral en los asuntos de la región.

En las últimas semanas, la Administración Biden trató de eludir los contactos con Netanyahu a la hora de sentar las bases para posibles soluciones del día después del operativo bélico, recurriendo al diálogo con otros políticos israelíes o representantes de la sociedad civil. Sin embargo, los altos cargos del Departamento de Estado reconocen que, al término del conflicto, alguien tendrá que reconstruir Gaza, alguien tendrá que gobernar Gaza, alguien tendrá que proporcionar seguridad en Gaza. Israel se enfrenta a decisiones muy difíciles en los próximos meses, estiman los jefes de la diplomacia estadounidense. ¿Simple constatación o advertencia? Pero Israel no es una república bananera.

Tampoco los palestinos parecen dispuestos a ceder: el precio pagado por los gazatíes desde el inicio de la operación militar ha sido demasiado elevado.

Subsiste, pues, el doble dilema: Netanyahu no tiene intención de dimitir; tiene cuentas pendientes con la Justicia israelí. El Estado judío no quiere claudicar; tiene cuentas pendientes con… Hamas.


domingo, 23 de mayo de 2021

Israel - Palestina: una tregua no hace la paz


Belén, enero de 1988. Aquella tarde, la Plaza del Pesebre estaba abarrotada de vehículos militares. Soldados israelíes vigilaban los pórticos de la basílica de la Natividad, cerrados a cal y canto.

¿Desembarque militar? Pregunté, incapaz de disimular mi preocupación. Medidas de seguridad, contestó Rober, mi acompañante palestino, un cristiano nacido en El Salvador, quien regresó a la tierra de sus antepasados a finales de la década de los 60. Su familia regentaba un comercio de objetos religiosos. Somos ecuménicos. Tenemos género para cristianos, musulmanes y judíos. Belén es una especie de Torre de Babel. Antes era una ciudad cristiana; hoy en día, nuestros hermanos musulmanes representan más de la mitad de la población. Vivimos en paz. El único problema…

¿Los soldados? Pregunté.

No, los soldados nos preocupan menos que algunos grupúsculos islámicos; los radicales creados y potenciados por Israel. Los judíos quieren contrarrestar el peso de Al Fatah. Pero la idea de dar alas al radicalismo islámico nos parece un disparate. Algún día pagarán por ello…

Hamas, el Movimiento de Resistencia Islámica, se convirtió en un elemento distorsionante en la década de los 90, tras el regreso de la plana mayor de la OLP de su exilio tunecino. Tel Aviv no lograba controlar a los líderes islamistas de Gaza y Cisjordania. Los frecuentes enfrentamientos entre islamistas y laicos pertenecientes a las estructuras lideradas por Yasser Arafat, se convirtieron en un quebradero de cabeza para el establishment hebreo. Hamas se había convertido en un arma de doble filo.

Relegado a la Franja de Gaza, el movimiento de resistencia lanzó sus primeros ataques contra Israel a partir de 1994, al término de la primera intifada. Los islamistas se decantaron por los atentados suicidas, método empleado por otros grupúsculos radicales del mundo árabe.

Las incursiones terrestres del ejército israelí en Gaza de 2009 y 2014 se saldaron con miles de víctimas y una devastación masiva de edificios e infraestructuras civiles.

Mayo de 2021. Aislado por la Autoridad Nacional Palestina, ninguneado por Israel, Hamas aprovecha la celebración del Día de Jerusalén - una fiesta nacional judía –– para lanzar un sorpresivo ataque contra la Ciudad Tres Veces Santa. El nombre del operativo Saif al Quds – Espada de Jerusalén, irá asociado a la contrarréplica israelí Shomer Hahomot – Guardián de las Murallas. La avalancha de misiles disparados por Hamas – alrededor de 3.000 – fue contrarrestada por el dispositivo de defensa Cúpula de Hierro, que logró neutralizar un 90 por ciento de los disparos. Ello explica el desigual número de bajas: 232 víctimas palestinas frente a 12 víctimas israelíes.

La respuesta de Washington tardó en materializarse. El presidente Biden utilizó la expresión alto el fuego una semana después del inicio de los combates. Cierto es que Biden telefoneó ocho veces al líder del Likud, Benjamín Netanyahu, quien le aseguró que aún quedaba tarea por terminar. Pocas horas antes de anunciarse la tregua, el Secretario de Estado Antony Blinken lanzó la advertencia: el apoyo de Washington al operativo bélico no puede ser indefinido.

Para Yair Lapid, el político centrista encargado de formar el nuevo Gobierno israelí, la operación militar fue un éxito; el fracaso debe atribuirse a la clase política. Por su parte, los viejos generales israelíes estiman que, en caso de una intervención terrestre, podía haberse asestado un golpe más contundente a Hamas.

El veterano diplomático americano Dennis Ross, excelente conocedor de la región, estima por su parte que el alto el fuego no será duradero, puesto que Hamas aún cuenta con arsenales de misiles.

Finalmente, los analistas consideran que el proceso de normalización de las relaciones entre Israel y los países árabes del Golfo Pérsico – Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos – podría quedar estancado. Los partidarios de la apertura con Tel Aviv tendrán que ser más cautelosos. La mecha encendida por el último operativo bélico podría provocar un nuevo incendio en el mundo árabe musulmán.

La tregua no implica el final del enfrentamiento intercomunitario; el problema subsiste. Para algunos, su nombre es Palestina; para otros, es Eretz Israel.  


sábado, 24 de octubre de 2020

Israel: de la diplomacia oculta al Acuerdo Abraham


 A comienzos de esta semana, los medios de comunicación israelíes facilitaron sorprendentes detalles sobre la diplomacia oculta del Estado judío. La información, procedente con toda probabilidad del Ministerio de Asuntos Exteriores, revelaba la existencia de representaciones diplomáticas encubiertas en dos países del Golfo Pérsico: Qatar y Bahréin. En ambos casos, las supuestas oficinas comerciales estaban dirigidas por funcionarios de alta categoría de la Cancillería israelí. Tras la reciente firma de los acuerdos de paz de con reino de Bahréin, las autoridades de Tel Aviv podían permitirse el lujo de levantar el velo del ocultamiento.

¡Once años de relaciones secretas con Bahréin! ¡Quién lo diría! Probablemente, aquellos que desconocen los rudimentos de la diplomacia secreta, práctica llevada a cabo por los países en conflicto, propensos a mantener contactos discretos o confidenciales con sus enemigos. De hecho, tanto el Kremlin como la Casa Blanca optaron por recurrir a este procedimiento durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Y después?

Teherán, noviembre de 1978. ¿Israel? Va usted a la embajada de Israel, ¿verdad?, pregunta el taxista. ¿Embajada de Israel? Efectivamente, la dirección que le había facilitado correspondía a la calle en la que se encontraba la inexistente embajada del inexistente Estado judío. Un secreto a voces para la SAVAK, la policía política del Sha, y sus innumerables confidentes, véase los taxistas.

La representación no oficial de Tel Aviv llevaba años funcionando en la capital iraní. Se encargaba supuestamente de asuntos agrícolas – sistemas de regadíos – y tecnológicos – ventas de armas al Ejército de Su Majestad Imperial. Sin embargo, el personal encargado de las relaciones externas pertenecía al cuerpo diplomático. Pocos periodistas extranjeros tuvieron ocasión de contactar con la discreta representación del Estado judío. Pero en aquellas fechas, durante los disturbios que precedieron a la caída del Sha, las visitas a la no embajada israelí se multiplicaron. Los informadores buscaban un enfoque diferente…

Tras la triunfal llegada al país del ayatolá Jomeini, los israelíes abandonaron precipitadamente Teherán. Unas semanas más tarde, el líder supremo de la revolución islámica entregaba el chalé-bunker de los asesores israelíes a… la OLP. La verdadera historia de aquellas enmarañadas relaciones aún no se ha escrito. Tiempo al tiempo…

Las revelaciones sobre los contactos diplomáticos recientes con el mundo árabe podrían deparar múltiples sorpresas. No, el modus operandi de las relaciones ocultas no ha cambiado: Israel sigue utilizando empresas tapadera, que emplean funcionarios públicos con doble nacionalidad. En el caso concreto de la oficina de Bahréin, pomposamente llamada Centro para el desarrollo internacional, el personal contratado se desplazaba por las capitales árabes con pasaportes sudafricanos, belgas, británicos o norteamericanos.  Oficialmente, ejercían la profesión de… consultores de empresas. Los contratos de asesoramiento en materia de tecnología médica, energías renovables, seguridad alimentaria o IT eran auténticos; se encargaban de su ejecución compañías israelíes.

Detalle interesante: la futura embajada del Estado judío en Manama ocupará los locales del Centro.

El patrocinador del plan embajadas, más conocido bajo el nombre de Acuerdo Abraham, es el actual inquilino de la Casa Blanca: Donald Trump, que logró neutralizar los planes de anexión de Cisjordania ideados por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ofreciéndole a cambio tratados de paz con sus archienemigos árabes. La extravagante manera de Trump de llevar la política exterior de Washington ha dado sus frutos: después de los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, Sudán ha mordido el anzuelo de Washington, anunciando a su vez su intención de poner fin al estado de beligerancia con Israel. A cambio de ello, el país que dio cobijo a Osama bin Laden entre 1991 y 1996 será eliminado esta semana de la lista negra de Estados patrocinadores del terrorismo elaborada por los Estados Unidos. ¿El precio? Además del reconocimiento de Israel, las autoridades de Jartum se comprometen a pagar la cantidad de 335 millones de dólares a las victimas estadounidenses del terrorismo islámico. Los sudaneses aceptaron el trato.

En la lista de candidatos a la normalización de relaciones con Tel Aviv figuran también Arabia Saudita, Marruecos, Omán y Qatar. Todos y cada uno de los gobernantes han puesto precio a su reconocimiento de la hasta ahora llamada entidad sionista (durante décadas, la palabra Israel ha sido vetada en el vocabulario oficial del mundo árabe).

Los saudíes, que apoyaron la valentía de los Emiratos Árabes Unidos y de autorizan la utilización de su espacio aéreo por aviones israelíes. Públicamente, la dinastía wahabita da prioridad a la reanudación de las consultas israelo-palestinas. Extraoficialmente, esperan la reelección de Trump para formular sus exigencias respecto del proceso de normalización.

Por su parte, el rey de Marruecos intentará vincular la normalización de las relaciones con Tel Aviv al reconocimiento estadounidense de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental.

El sultanato de Omán, que ha mantenido relaciones discretas con Israel desde la década de los 90, reanudará sus contactos si el inquilino de la Casa Blanca se lo exige. Pero aparentemente, el recién entronizado sultán prefiere no precipitarse.

Por último, Qatar, que tiene una estrecha relación de amor odio con Israel, debido en parte a su cooperación estratégica y financiera con el movimiento islámico Hamas de la Franja de Gaza, sería el último obstáculo que la Casa Blanca tendría que sortear. Es una apuesta difícil, puesto que Qatar sigue siendo uno de los baluartes de Irán en la zona. Su enemistad abierta con los regímenes de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin dificulta la negociación.

De todos modos, el problema clave se halla en el lado palestino. La Autoridad Nacional sigue condenando cualquier iniciativa árabe de normalización de los contactos con Israel. Extraoficialmente, el Gobierno de Ramallah confía en que la Administración Biden modifique el rumbo de la política exterior americana, dando un nuevo enfoque a la actuación de Washington en la región.

¿Y Europa? Subsiste el interrogante: ¿serán capaces los europeos de asumir el reto del Acuerdo Abraham? ¿Será necesario preservar las viejas y socorridas herramientas de la eficaz diplomacia oculta? El porvenir nos lo dirá.

domingo, 18 de octubre de 2020

¿Qué hacer por los "pobres" palestinos?

 

He estado en Riad para asistir a la entronización del rey Fahd. Le pregunté al nuevo jefe de la diplomacia saudí que podríamos hacer para aliviar la suerte de los pobres palestinos. Su respuesta me perturbó. ¿Los pobres palestinos? Mire excelencia, lo mejor que podría pasar es que los judíos los eliminen a todos, que acaben definitivamente con ellos. Nos quitarían un gran peso de encima…

Sucedió en una capital árabe, en septiembre de 1982, durante la invasión israelí del Líbano, baluarte – en aquel entonces – de la resistencia palestina. Mi interlocutor, alto cargo de una prestigiosa organización internacional, parecía desconcertado. ¿Podrías explicarme por qué hablan así? En realidad, creo que son los mayores donantes de la OLP, los que llenan las arcas de Yasser Arafat…

Le respondí que justamente ese era el problema; los saudíes, al igual que otras monarquías del Golfo Pérsico, se habían hartado de financiar a la OLP, que el monto de los prestamos (a fondo perdido) no parecían muy rentables para los supuestamente incondicionales defensores de la causa palestina.

Han sido muchos miles de millones de dólares que han ido a parar a manos de la cúpula de Al Fatah.  Mucho más dinero del que los “hermanos” podían haber imaginado hace unas décadas, cuando se comprometieron con el proyecto liderado por Arafat, me comentaba en su ostentoso apartamento parisino un fino intelectual árabe, ferviente defensor de la causa palestina, que conservaba el gramo de lucidez necesario para reparar los errores de los dirigentes de la OLP.

Resultó difícil explicarle a mi interlocutor occidental la compleja problemática de las relaciones de amor – odio entre los guerrilleros de Al Fatah y los príncipes del oro negro del Golfo Pérsico, comanditarios de la resistencia nacional palestina. A escasos metros de nosotros se hallaba el inexpugnable bunker en el que la plana mayor de la OLP pasó sus últimas horas en la capital libanesa. No, los judíos no los exterminaron a todos; los líderes de la central palestina se trasladaron a Túnez. Volverían a pisar la tierra de sus antepasados unos años más tarde, tras la firma de los Acuerdos de Oslo. Una de las condiciones impuestas por la Casa Blanca para autorizar su retorno fue un autoritario: Negociad con Israel.

Cuatro décadas después, la historia se repite. Durante su reciente gira por las capitales del Oriente Medio, el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, aterrizó en Riad con la firme convicción de poder sumar al reino wahabita a la lista de países dispuestos a hacer las paces con el Estado judío. En realdad, los tácitos acuerdos de cooperación entre Riad y Tel Aviv datan de finales del siglo pasado. Los saudíes prefieren guardar un cauteloso silencio a la hora de mencionar los lazos con la llamada entidad sionista; los israelíes, por su parte, han aprendido a abordar el tema con suma discreción y prudencia.

Pompeo se entrevistó en Riad con el príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, y con el titular de Asuntos Exteriores, Faisal Ben Ferhne. Oficialmente, el tema de la normalización de las relaciones con Israel no figuraba en el orden del día de las reuniones. Sin embargo…

El jefe de la diplomacia estadounidense recibió una respuesta clara de otro de los pilares de la Casa Real, el príncipe Bandar Bin Sultan, exembajador del reino wahabita en Washington, cabeza visible de la corriente más proamericana de la familia real. Bandar aprovechó sus comparecencias en la cadena de televisión Al Arabiye para afirmar rotundamente que había llegado el momento de que los saudíes se preocupen más por sus problemas domésticos que por la cuestión palestina. Argumentó que las críticas formuladas por la Autoridad Nacional Palestina por la firma de los acuerdos de paz entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos o Israel y Bahréin se sumaban a los ataques de los presuntos enemigos de la nación árabe:  Irán y Turquía. También recordó la traición de Arafat durante la guerra de Golfo, cuando el rais palestino tomó partido por el despreciable Saddam Hussein. En resumidas cuentas, la perorata del príncipe podría resumirse en pocas palabras: los palestinos no son de fiar. ¡Qué negocien su futuro con Israel! Una recomendación ésta muy parecida a los ucases de la Casa Blanca o las aparentemente amables recomendaciones de la diplomacia europea, que prefiere desentenderse de la pugna entre el amigo Abu Mazen y el rival Netanyahu. De hecho, el lenguaje empleado por Bruselas resulta muy ambivalente. Lejos quedan los tiempos cuando la UE estaba empeñada a jugar afondo su carta mediterránea. En su última conversación con el presidente Abu Mazen, el alto representante de La UE para política exterior, Josep Borrell, advirtió que los palestinos no recibirán más financiación comunitaria si se niegan a aceptar las transferencias de aranceles recaudados por las autoridades de Tel Aviv. Se trata de unos 630 millones de euros, correspondientes a los derechos de aduana de productos palestinos, fiscalizados ilegalmente por Israel.

Huelga decir que tanto al inquilino de la Casa Blanca como a los eurócratas les molestó la decisión de la Autoridad Nacional Palestina de romper, tras la firma de los acuerdos con los Emiratos Árabes, los lazos con Israel, renunciando a la cooperación en materia económica, comercial y…de seguridad con Tel Aviv. La espantada molestó mucho más al actual inquilino de la Casa Blanca que a su aliado Netanyahu, partidario de congelar las relaciones con los palestinos. Sin embargo, Donald Trump, que se enorgullece por la puesta en marcha de su Proyecto de Paz Abraham, necesita la aceptación unánime e incontestable del mal llamado Acuerdo del Siglo.

Pero la verdad es que esta paz se negoció sin los palestinos; haciendo caso omiso de su existencia. Más aún; Benjamín Netanyahu presume de haber neutralizado los Acuerdos de Oslo, vaciándolos por completo de contenido. ¿Una victoria para el líder del Likud? Cierto es que algunas de las cláusulas de los acuerdos entre Israel y los países petroleros del Golfo aluden vagamente al proceso de paz israelí palestino. Al comentarlos durante la ultima reunión del Gabinete, el primer ministro manifestó que una amplia reconciliación entre Israel y el mundo árabe conducirá al avance de una paz realista con los palestinos. También es cierto que los tratados con Egipto y Jordania subrayan el compromiso de las partes de trabajar conjuntamente para lograr una solución negociada al conflicto intercomunitario, que cumpla con las legítimas exigencias y aspiraciones de ambos pueblos. En los últimos acuerdos con los Estados del Golfo, esta alusión brilla por su ausencia.

Los palestinos, que se autoexcluyeron del Acuerdo del Siglo de Trump, descubren su arrinconamiento. Me viene a la mente la pregunta formulada hace cuatro décadas por el alto cargo del sistema de las Naciones Unidas: ¿Qué podríamos hacer para aliviar la suerte de los pobres palestinos? 

sábado, 1 de junio de 2019

Netanyahu: aguantar hasta octubre


Al principio, todo parecía una artimaña del establishment político israelí, una crisis de Gobierno provocada con tal de ganar tiempo ante las prisas de un interlocutor empeñado en “vender” su producto – el tan cacareado “acuerdo del siglo” -  en este caótico mercado repleto de jeques, emires, ayatolás y rabinos, habituados a las incomprensibles e injustificadas prisas de Washington y a los fallos provocados por la precipitación de sus ingenuos negociadores. Un plan de paz. ¿Otro más? ¡Llamad a los dinamiteros! 

Sin embargo, esta vez la jugada – el jaque al rey - obedecía a otros motivos. Los protagonistas decidieron que el tiempo de Netanyahu se había agotado. El tiempo y las perspectivas de  supervivencia del veterano político israelí, acosado por la justicia de su país. Las querellas por fraude y corrupción presentadas por el Fiscal General del Estado judío planean, tal una espada de Damocles, sobre la cabeza del líder del Likud. La justicia optó por suspender las investigaciones hasta el mes de octubre, fecha en la cual Netanyahu deberá comparecer ante los tribunales. Con o sin inmunidad parlamentaria; poco importa. Las maniobras dilatorias de sus abogados sólo sirvieron para conseguir un largo período de gracia.

Siete semanas después de la celebración de las últimas elecciones generales, Benjamín Netanyahu optó por la disolución de la Kneset (Parlamento israelí) y la convocatoria de una nueva ronda de consultas. La actual mayoría parlamentaria obstaculiza la formación de un nuevo Gobierno.
   
La próxima cita electoral está prevista para el 17 de septiembre. “Sólo vamos a nuevos comicios porque Netanyahu quiere librarse de la cárcel”, insinúan los políticos laboristas.

No, no es este el único motivo.  Aparentemente, la decisión del Primer Ministro se debe al conflicto generado por la iniciativa del exministro de defensa, Avigdor Lieberman, judío moldavo ultraconservador, aunque laico, de promover una ley sobre el servicio militar, que implicaría el reclutamiento forzoso de los estudiantes de las Yeshivás (escuelas rabínicas), hasta ahora exentos del alistamiento. Estos estudiosos de la Torá representan un 11% de la población. Sus prerrogativas se remontan e la época del premier jefe de Gobierno israelí, David Ben Gurion, quien defendió en su momento, la necesidad de contar con un segmento de la población capaz de preservar la esencia religiosa del Estado.

La mayoría de los partidos tradicionales rechazaron la iniciativa de Lieberman, que cuenta con el apoyo de la inmigración rusa, alrededor de un millón de almas. Para neutralizar el proyecto, Netanyahu trató de forjar una alianza con las agrupaciones conservadoras, aunque también, en el último memento, con sus contrincantes directos: los laboristas. Todos los intentos fracasaron.
Sabido es que la Administración Trump esperaba los resultados de la consulta popular israelí para dar a conocer su “plan de paz” para Oriente Medio. La publicación del borrador se retrasó a raíz de la fiesta musulmana de Ramadán, que finalizará la próxima semana.

En principio, un primer encuentro, destinado a analizar los aspectos meramente económicos del “acuerdo del siglo” tendrá lugar en Bahréin a mediados de este mes. Washington ha decidido a acelerar el ritmo de las negociaciones, tratando de contrarrestar la posible ofensiva diplomática de la Autoridad Nacional Palestina, cuyos representantes recuerdan que la opinión del Gobierno de Ramala no queda reflejada en el documento elaborado por el yerno de Trump, Jared Kushner, judío practicante cuya familia tiene intereses económicos en Israel y los territorios ocupados. “Los americanos no se han molestado siquiera en hablar con nosotros”, recuerda el negociador jefe de la ANP, Saeb Erakat.
  
Por su parte, Donald Trump lamenta el embrollo, debido a la incapacidad de su amigo Netanyahu  “un gran tipo”, de formar Gobierno.

La crisis, ficticia o real, permitirá sin embargo a Israel preparar una batería de argumentos destinados a contrarrestar cualquier ofensiva diplomática árabe y, ante todo, palestina.

sábado, 9 de febrero de 2019

He sido facilitador, relator, notario


El reciente debate sobre la necesidad de imponer la figura de facilitador, mediador o notario en el estéril debate entre el Gobierno de la Nación y los veleidosos representantes de una Comunidad autónoma terminó, como era de imaginar, en un estrepitoso fracaso. ¿La razón? No se trataba, como pretendían algunos, de un mero asunto de forma, sino de un problema de fondo. Lo que se pretendía, en realidad, era introducir observadores - preferiblemente, internacionales – en una disputa de familia anquilosada por la inflexibilidad de unos y la patente debilidad de otros. El que eso escribe no pretende analizar la legitimidad de los argumentos esgrimidos por las partes: el sentido común dicta la respuesta.

He de confesar que el galimatías lingüístico empleado por el Gobierno y el gobern, la absurda, aunque exquisita guerra criptosemántica que opone a Madrid y Barcelona, me trajo a la mente viejos recuerdos. Concretamente, el día en el que me convertí en facilitador, relator, notario  del conflicto israelo-árabe.

Sucedió en diciembre de 1973, durante la Conferencia Internacional de Paz convocada por los Estados Unidos y la Unión Soviética y auspiciada por la Secretaría General de las Naciones Unidas. El escenario: el ginebrino Palacio de las Naciones, remanso de paz edificado en los años 30 del pasado siglo, testigo de discretos conciliábulos y de estrepitosos fracasos diplomáticos. El Palacio – sede de la Sociedad de las Naciones, cerró sus puertas en diciembre de 1939. La guerra acababa de empezar.

En diciembre de 1973, acudieron a la cita ginebrina los representantes de tres Estados involucrados en el conflicto de Oriente Medio: Egipto, Israel y Jordania. Siria declinó la invitación cursada por las superpotencias; la OLP brillaba por su ausencia. En realidad, la conferencia se convirtió en un gran acontecimiento mediático. Aquí han más periodistas que delegados, afirmaba el presentador estrella de una cadena de televisión estadounidense. Sí, había más periodistas y, lógicamente, el conflicto se trasladó a las salas de prensa de las Naciones Unidas.
          
Su facilitador, relator, notario estaba dialogando con un pequeño grupo de informadores libaneses. La llegada del redactor jefe del Jerusalem Post, el periódico más influyente de Israel, convirtió nuestra charla en un auténtico velatorio.

¿Colegas árabes? preguntó el periodista del Post. Tengo varias preguntas para ustedes…. El silencio reinaba del otro lado de la mesa. Dígale que si quiere preguntar algo, lo haga a través de usted, contestó – en el mismo idioma – el comentarista político de la televisión libanesa. Me interesaría saber… replicó el israelí, dirigiéndose a mí, siempre en el mismo idioma común, en inglés. Aquello recordaba, salvando las distancias, las peleas familiares: Niño, dile a tu padre…  Tú, dile a tu madre…

La conversación a tres bandas duró alrededor de 45 minutos. No faltaron las descalificaciones, las recriminaciones, las declaraciones solemnes de ambas partes. Hoy en día, cuatro décadas después de aquel estrafalario encuentro, no parece que las posturas de las partes hayan variado.
  
Me quedo, pues, con la duda: ¿para qué sirve el facilitador, relator, notario?

martes, 4 de septiembre de 2018

Jordania no es Palestina


Soplan vientos de locura en el afligido Oriente Medio. La obsesión, nuestra obsesión, se ha convertido en auténtica pesadilla. El conflicto israelo-palestino, ese mal llamado “proceso de paz”, sigue sorprendiendo a quienes pensaban, hace ya décadas, que la crisis había tocado fondo. “Peca usted por ingenuo; se avecinan tiempos aún peores”, solían decirme, allá por la década de los 80, mis interlocutores palestinos. “Peca usted por ingenuo; aquí no puede haber una paz verdadera. No nos fiamos de los árabes, de los palestinos”. La cantinela se convirtió en mantra; el mantra, en grito de guerra…

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el precario equilibrio de la región mezo oriental se ha roto. Lejos quedan los intentos de su antecesor, Barack Obama, de entablar un dialogo con el Islam, de intentar un “lavado de cara” de Norteamérica en los países de religión mahometana; el choque de civilizaciones estaba servido. Trump no se molestó en seguir los pasos de Obama. Su pseudopolítica exterior se resume al insulto y la amenaza. El actual Presidente desconoce la mentalidad y la cultura árabes; se limita a apretar las tuercas de los interlocutores para lograr su meta. En efecto, después de la controvertida decisión de trasladar la embajada norteamericana a Jerusalén o la malograda retirada de Washington del acuerdo nuclear con Irán, el inquilino de la Casa Blanca contempla la posibilidad de presentar (léase imponer) un acuerdo de paz israelo-palestino. Se trata de una iniciativa que hace caso omiso de los intereses de una de las partes – la palestina – pues retoma la argumentación de los “halcones” de Tel Aviv, partidarios de trasladar el problema e implícitamente, la solución, por muy compleja que esa, al reino hachemita de Jordania.

En efecto, después de haber cancelado la contribución estadounidense a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA), organismo encargado de la protección de 5,4 millones de personas desplazadas que, según Washington y Tel Aviv debería desaparecer, facilitando la “solución jurídica” del problema, tal y como lo desea la derecha israelí, los emisarios de Trump para Oriente Medio, Jared Kushner y Jason Greenblatt, sugirieron a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) el establecimiento de una… Confederación jordano-palestina. La propuesta, rechazada tanto por Majmud Abbas como por el rey Abdalá de Jordania, aleja del escenario a la otra parte en el conflicto: Israel. No hay que extrañarse: durante décadas, el estribillo de la derecha israelí fue: “Jordania es Palestina”. El Likud de Ariel Sharon descartaba las otras opciones: el Estado binacional o la alternativa de los dos Estados, el israelí y el palestino.

En 1987, durante los primeros días de la “Intifada”, el rey Hussein de Jordania contestó a las llamadas de emergencia de la clase política israelí con un tajante: “Jordania no es Palestina”. Para solucionar los problemas de los pobladores de Cisjordania, había que entablar el diálogo con… ¡la OLP!

Hace unos días, Majmud Abbas puntualizó: para hablar de paz, habría que contemplar una confederación tripartita, integrada por Israel, Jordania y Palestina. Algo que Netanyahu y sus “socios” transatlánticos pretenden evitar a toda costa.

Abbas, que se encuentra al final de su mandato, advierte otros peligros para el porvenir del aún embrionario Estado palestino. En el ya de por sí dificultoso proceso de sucesión vuelven a barajarse los nombres de antiguos agentes de la CIA (¿antiguos?), dispuestos a tomar las riendas de la Autoridad Nacional. En principio, todo parece estar atado y bien atado.  Decididamente, el amigo trasatlántico tiene muchos recursos.