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domingo, 18 de octubre de 2020

¿Qué hacer por los "pobres" palestinos?

 

He estado en Riad para asistir a la entronización del rey Fahd. Le pregunté al nuevo jefe de la diplomacia saudí que podríamos hacer para aliviar la suerte de los pobres palestinos. Su respuesta me perturbó. ¿Los pobres palestinos? Mire excelencia, lo mejor que podría pasar es que los judíos los eliminen a todos, que acaben definitivamente con ellos. Nos quitarían un gran peso de encima…

Sucedió en una capital árabe, en septiembre de 1982, durante la invasión israelí del Líbano, baluarte – en aquel entonces – de la resistencia palestina. Mi interlocutor, alto cargo de una prestigiosa organización internacional, parecía desconcertado. ¿Podrías explicarme por qué hablan así? En realidad, creo que son los mayores donantes de la OLP, los que llenan las arcas de Yasser Arafat…

Le respondí que justamente ese era el problema; los saudíes, al igual que otras monarquías del Golfo Pérsico, se habían hartado de financiar a la OLP, que el monto de los prestamos (a fondo perdido) no parecían muy rentables para los supuestamente incondicionales defensores de la causa palestina.

Han sido muchos miles de millones de dólares que han ido a parar a manos de la cúpula de Al Fatah.  Mucho más dinero del que los “hermanos” podían haber imaginado hace unas décadas, cuando se comprometieron con el proyecto liderado por Arafat, me comentaba en su ostentoso apartamento parisino un fino intelectual árabe, ferviente defensor de la causa palestina, que conservaba el gramo de lucidez necesario para reparar los errores de los dirigentes de la OLP.

Resultó difícil explicarle a mi interlocutor occidental la compleja problemática de las relaciones de amor – odio entre los guerrilleros de Al Fatah y los príncipes del oro negro del Golfo Pérsico, comanditarios de la resistencia nacional palestina. A escasos metros de nosotros se hallaba el inexpugnable bunker en el que la plana mayor de la OLP pasó sus últimas horas en la capital libanesa. No, los judíos no los exterminaron a todos; los líderes de la central palestina se trasladaron a Túnez. Volverían a pisar la tierra de sus antepasados unos años más tarde, tras la firma de los Acuerdos de Oslo. Una de las condiciones impuestas por la Casa Blanca para autorizar su retorno fue un autoritario: Negociad con Israel.

Cuatro décadas después, la historia se repite. Durante su reciente gira por las capitales del Oriente Medio, el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, aterrizó en Riad con la firme convicción de poder sumar al reino wahabita a la lista de países dispuestos a hacer las paces con el Estado judío. En realdad, los tácitos acuerdos de cooperación entre Riad y Tel Aviv datan de finales del siglo pasado. Los saudíes prefieren guardar un cauteloso silencio a la hora de mencionar los lazos con la llamada entidad sionista; los israelíes, por su parte, han aprendido a abordar el tema con suma discreción y prudencia.

Pompeo se entrevistó en Riad con el príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, y con el titular de Asuntos Exteriores, Faisal Ben Ferhne. Oficialmente, el tema de la normalización de las relaciones con Israel no figuraba en el orden del día de las reuniones. Sin embargo…

El jefe de la diplomacia estadounidense recibió una respuesta clara de otro de los pilares de la Casa Real, el príncipe Bandar Bin Sultan, exembajador del reino wahabita en Washington, cabeza visible de la corriente más proamericana de la familia real. Bandar aprovechó sus comparecencias en la cadena de televisión Al Arabiye para afirmar rotundamente que había llegado el momento de que los saudíes se preocupen más por sus problemas domésticos que por la cuestión palestina. Argumentó que las críticas formuladas por la Autoridad Nacional Palestina por la firma de los acuerdos de paz entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos o Israel y Bahréin se sumaban a los ataques de los presuntos enemigos de la nación árabe:  Irán y Turquía. También recordó la traición de Arafat durante la guerra de Golfo, cuando el rais palestino tomó partido por el despreciable Saddam Hussein. En resumidas cuentas, la perorata del príncipe podría resumirse en pocas palabras: los palestinos no son de fiar. ¡Qué negocien su futuro con Israel! Una recomendación ésta muy parecida a los ucases de la Casa Blanca o las aparentemente amables recomendaciones de la diplomacia europea, que prefiere desentenderse de la pugna entre el amigo Abu Mazen y el rival Netanyahu. De hecho, el lenguaje empleado por Bruselas resulta muy ambivalente. Lejos quedan los tiempos cuando la UE estaba empeñada a jugar afondo su carta mediterránea. En su última conversación con el presidente Abu Mazen, el alto representante de La UE para política exterior, Josep Borrell, advirtió que los palestinos no recibirán más financiación comunitaria si se niegan a aceptar las transferencias de aranceles recaudados por las autoridades de Tel Aviv. Se trata de unos 630 millones de euros, correspondientes a los derechos de aduana de productos palestinos, fiscalizados ilegalmente por Israel.

Huelga decir que tanto al inquilino de la Casa Blanca como a los eurócratas les molestó la decisión de la Autoridad Nacional Palestina de romper, tras la firma de los acuerdos con los Emiratos Árabes, los lazos con Israel, renunciando a la cooperación en materia económica, comercial y…de seguridad con Tel Aviv. La espantada molestó mucho más al actual inquilino de la Casa Blanca que a su aliado Netanyahu, partidario de congelar las relaciones con los palestinos. Sin embargo, Donald Trump, que se enorgullece por la puesta en marcha de su Proyecto de Paz Abraham, necesita la aceptación unánime e incontestable del mal llamado Acuerdo del Siglo.

Pero la verdad es que esta paz se negoció sin los palestinos; haciendo caso omiso de su existencia. Más aún; Benjamín Netanyahu presume de haber neutralizado los Acuerdos de Oslo, vaciándolos por completo de contenido. ¿Una victoria para el líder del Likud? Cierto es que algunas de las cláusulas de los acuerdos entre Israel y los países petroleros del Golfo aluden vagamente al proceso de paz israelí palestino. Al comentarlos durante la ultima reunión del Gabinete, el primer ministro manifestó que una amplia reconciliación entre Israel y el mundo árabe conducirá al avance de una paz realista con los palestinos. También es cierto que los tratados con Egipto y Jordania subrayan el compromiso de las partes de trabajar conjuntamente para lograr una solución negociada al conflicto intercomunitario, que cumpla con las legítimas exigencias y aspiraciones de ambos pueblos. En los últimos acuerdos con los Estados del Golfo, esta alusión brilla por su ausencia.

Los palestinos, que se autoexcluyeron del Acuerdo del Siglo de Trump, descubren su arrinconamiento. Me viene a la mente la pregunta formulada hace cuatro décadas por el alto cargo del sistema de las Naciones Unidas: ¿Qué podríamos hacer para aliviar la suerte de los pobres palestinos? 

sábado, 21 de octubre de 2017

Trump, Netanyahu y el “irrelevante” señor Abbás


Trato de recordar cuántas veces emplearon los políticos israelíes la palabra “irrelevante” a la hora de aludir a sus interlocutores palestinos. La lista es muy larga; casi interminable. La expresión fue acuñada en diciembre de 2001, pocos meses después de los atentados del 11 S, por el entonces primer ministro israelí, Ariel Sharon, quien tildó al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat, de “terrorista”, “asesino” y “personaje irrelevante” para en proceso de paz de Oriente Medio. En septiembre de 2003, cuando las Naciones Unidas aprobaron una resolución de apoyo a la causa palestina e, implícitamente, al funcionamiento de la ANP, el Gobierno de Tel Aviv volvió a utilizar el mismo vocablo: “irrelevante”. 

En febrero de 2006, después de la muerte (¿asesinato?) de Arafat, cuando su sucesor, Mahmud Abás (Abu Mázen) intentó una mediación entre las dos grandes corrientes palestinas, Al Fatah (laica) y Hamas (islamista), la entonces ministra de Asuntos Exteriores de Israel, Tzipi Livni, siguió los pasos de Sharon, calificando al nuevo Presidente de la ANP de… político “irrelevante”. La expresión se ha convertido en el estribillo de la clase política hebrea. Aparentemente, todas las iniciativas, véase logros de los palestinos son… irrelevantes.

Si bien no sucede lo mismo cuando Palestina alcanza su reconocimiento internacional o la adhesión a los organismos especializados de las Naciones Unidas, como por ejemplo, la UNESCO, la palabra vuelve a emplearse cuando las facciones palestinas rivales – Al Fatah y Hamas – tratan de sellar las paces. Fue lo que sucedió recientemente en El Cairo, cuando los emisarios de la ANP y los representantes gazatíes del Movimiento de Resistencia Islámica firmaron el acuerdo sobre la entrega del control de Gaza a la Autoridad Nacional Palestina. El documento, negociado en la sede de la Dirección de la Inteligencia egipcia, ponía fin a la rebelión de los islamistas, quienes asumieron el control de la Franja en 2007, tras la expulsión manu militari del personal civil y los milicianos de la ANP.

El protocolo rubricado en El Cairo contempla seis cláusulas, que tratamos de detallar a continuación:  
· La Autoridad Nacional Palestina asume, a partir del 1 de diciembre, la gestión administrativa de la Franja de Gaza;

· Los jefes de los servicios de seguridad de Gaza y Cisjordania estudiarán la creación de un sistema de seguridad común;

· Los miembros de la Guardia Presidencial de la ANP (unos 3.000 efectivos) se harán cargo de la vigilancia de las fronteras de la Franja con Israel y Egipto;

· Durante la primera semana de diciembre, se celebrará en El Cairo una reunión conjunta destinada a evaluar la aplicación del acuerdo entre las dos partes;

· Una comisión de la ANP se encargará de solucionar, de aquí al 1 de febrero del año próximo, el problema de los 40.000 funcionarios públicos de Gaza. Unos 5.000 pasarán a desempeñar sus funciones tras el traspaso de poderes. El resto, percibirá sus sueldos durante el periodo interino; 
 
· Las facciones que firmaron el Acuerdo de 2011, que contempla la reconciliación y la celebración de elecciones generales en los territorios palestinos, se reunirán en El Cairo el 14 de noviembre; y

· Las partes estudiarán las modalidades de un posible desarme o disolución de las Brigadas Izzadin Kassam, brazo armado de Hamas. Hoy por hoy, la organización islamista de Gaza rechaza esta alternativa.

El acuerdo, que prevé la creación de un Gobierno de Concentración Nacional, alude asimismo a la “unidad de los palestinos” con miras a acabar con la ocupación, la creación de un Estado soberano en la totalidad de los territorios ocupados por Israel en 1967, al retorno de los refugiados y al derecho de establecer la capital del futuro Estado en Jerusalén Este.

Conviene señalar, sin embargo, que un documento elaborado por la plana mayor de Hamas a comienzos de 2017 descarta el reconocimiento del Estado judío y/o cualquier opción política que haga caso omiso del objetivo final del movimiento islámico: la liberación de Palestina desde la orilla del río Jordán hasta el Mediterráneo, lo que implica la desaparición del Estado judío.

No hay que extrañarse, pues, que el Gobierno de Benjamín Netanyahu, haya rechazado tajantemente el diálogo con Hamas, esa “organización terrorista” que figura en las listas negras elaboradas por el Departamento de Estado y de Unión Europea.  La condición sine qua non de Tel Aviv es que el movimiento de corte religioso rompa definitivamente los lazos con el régimen de Teherán, su principal valedor en la zona.

Tampoco hay que extrañarse que la Administración Trump haya exigido a la ANP, en un tono autoritario, el desmantelamiento de las Brigadas Izzadin Kassam, así como el desarme total de la Franja de Gaza. Aparentemente, el actual inquilino de la Casa Blanca, que no tiene especial predilección por los musulmanes, adopta una postura mucho más intransigente que sus antecesores.