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miércoles, 1 de agosto de 2018

Erdogan: ¿Pero qué hace Turquía en la OTAN?


Si en algo se parecen Donald Trump y Recep Tayyip Erdogan – aparte de su consabida e inconmensurable soberbia – es la facilidad con la que ambos se dedican a proferir amenazas. Con la diferencia de que las fanfarronadas de Trump suelen diluirse en un mar de rectificaciones, puntualizaciones o (auto)desmentidos, mientras que las amenazas del presidente-sultán acaban materializarse. ¿Cuándo? Tal vez en el momento menos oportuno para los aliados de Ankara.

Un ejemplo: hace apenas tres semanas, el inquilino de la Casa Blanca aterrizó en la cumbre de la OTAN, exigiendo a sus aliados europeos un sustancial incremento de su contribución financiera a los gastos de la Alianza. No se trataba del 2 por cientos del PIB nacional,  reclamado el año pasado, sino de un… ¡4 por ciento! La demanda hizo temblar a muchos estadistas del Viejo Continente. Y más aún,  cuando Trump les amenazó con la (hipotética) retirada de Washington de la Alianza Atlántica. Pero a cabo de unas horas la contingencia se fue difuminando. Trump volvió a presumir de la estructura de defensa transatlántica, mientras que sus socios tuvieron que hacerse a la idea de que el Viejo Continente ya no puede confiar en el paraguas atómico estadounidense. En resumidas cuentas: habrá que reconducir el proyecto de defensa europeo haciendo caso omiso de las frivolidades y los retos del socio transatlántico.

¿Meras dificultades pasajeras? En absoluto. Parece que el chantaje de Trump fue la gota que colmó el vaso.  ¿Consumada la ruptura? Aún es pronto para sacar conclusiones.

Distintas son las amenazas proferidas el pasado fin de semana por el Presidente turco, Tayyieb Recep Erdogan. En efecto, pocas horas después de anunciar el levantamiento del estado de excepción proclamado en julio de 2016, tras la extraña intentona golpista ideada, al menos aparentemente, por el predicador turco Fetullah Gülen, autoexiliado en los Estados Unidos y llevada a cabo por militares secuaces de éste, el sultán-presidente aprovechó el espacio cedido por una cadena de televisión privada `para arremeter contra los Estados Unidos, por haber suspendido Washington la entrega de aviones de combate F-35 destinados a la Fuerza Aérea del su país. Emulando el ejemplo de Trump, el presidente turco no dudó en amenazar con la retirada de Ankara de la OTAN.

La noticia llegó en el peor momento: la Casa Blanca está gestionando la creación de una alianza militar árabe destinada a combatir al país de los ayatolás. Turquía no es un país árabe; es un Estado musulmán que, amén de tener buenas relaciones con el régimen islámico de Teherán, cuenta con bases militares en el Golfo Pérsico. Un auténtico estorbo para los planes de Trump.

Las cosas se complican aún más si tenemos en cuenta que la irritación de Washington y el veto al suministro de los F 35 se debe, ante todo, a la adquisición por parte de Turquía de sistemas de defensa aérea S 400 de fabricación rusa. El contrato con Moscú, uno de los más importantes negocios de la industria de armamentos rusa, se firmó en año pasado, sin que Ankara se molestara en notificar los detalles a sus aliados de la OTAN. No hay que olvidar que para la Alianza, Rusia siegue siendo… el mayor enemigo.

Con el anuncio de la posible retirada de la OTAN, Erdogan trató de eclipsar el balance de la represión llevada a cabo en los últimos dos años: más de 150.000 funcionarios separados de sus cargos, 80.000 personas encarceladas, 28.000 opositores juzgados por los tribunales, 1.500 personas condenadas a cadena perpetua. 

La nueva ley antiterrorista gestada durante el estado de excepción y adoptada tras el levantamiento de éste, constituye un aval para el todopoderoso Erdogan.

¿Qué hay de la amenaza sobre la retirada de Turquía de la OTAN?  Los caminos de Erdogan son infinitamente más inescrutables que las provocaciones de Trump…

domingo, 24 de diciembre de 2017

La recalentada Guerra Fría de Donald Trump


Solo contra el Mundo. La decisión del Presidente Trump de reconocer Jerusalén como capital del Estado de Israel y ordenar el traslado de la misión diplomática estadounidense de Tel Aviv a la ciudad Tres Veces Santa ha vuelto a abrir la brecha entre Oriente y Occidente o, mejor dicho, ente el mundo musulmán y Washington. Trump rompió con una tradición de siete décadas, en las cuales todos los Gobiernos respetaron el estatuto de corpus separatum  de la milenaria urbe venerada y odiada por judíos, cristianos y musulmanes.

Tras el veto impuesto por la Administración norteamericana al proyecto de resolución presentado por los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que condenaba la iniciativa de Trump, el Gobierno de Ankara solicitó la convocatoria de una sesión extraordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que censuró la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca. Poco diplomática resultó ser la respuesta del primer mandatario estadounidense: quien no apoye nuestra política internacional puede olvidarse de la ayuda económica americana. Más claro… 

Trato de hacer memoria. Las encuestas de opinión llevadas a cabo en el mundo árabe por sociólogos norteamericanos después de los atentados del 11 S reflejaban claramente el odio de los jóvenes musulmanes contra Occidente y, más concretamente, contra los Estados Unidos, por el apoyo incondicional prestado durante décadas al Estado de Israel. Ni que decir tiene que el malestar se ha ido acentuando tras la guerra de Afganistán y la intervención armada en Irak, donde brotó el germen del Estado Islámico. Un mal que hasta ahora se ha combatido con meras acciones bélicas, propiciadas y bendecidas por la todopoderosa industria de armamentos americana.

Cabe suponer, pues, que el “episodio” de la Embajada siga alimentando la ira de las masas musulmanas, generando nuevas y temibles amenazas terroristas. Pero, ¿acaso no es eso lo que de verdad pretenden algunos gobernantes?

Más alarmante nos parece, sin embargo, la otra resolución adoptada recientemente por la Administración republicana y anunciada con bombo y platillo por Donald Trump. Se trata de la nueva estrategia de seguridad de los EE.UU., iniciativa que pretende:

· Proteger el país, el pueblo y el estilo de vida estadounidenses;
· Promover la prosperidad de la nación americana;
· Mantener la paz mediante la fuerza; y
· Aumentar el protagonismo de los EE.UU. a escala planetaria.

El nuevo plan de acción de Washington describe a Rusia y China como “amenazas” a la postura hegemónica de Norteamérica. En ambos casos, se acusa a Moscú y Pekín de tener sistemas económicos menos “libres y justos”, intensificar los gastos de defensa y reprimir a sus respectivas sociedades. ¿Simple exceso de ingenuidad o… de cinismo? “América vuelve con fuerza”, vaticinó Trump. “América ganará la apuesta”…

Por otra parte, a la América de la “Pax Trumpiana” no le interesa luchar contra el cambio climático: los monopolios mandan. Preocupa, en cambio, la inexplicable e inexplicada presencia de los OVNIS, fenómeno al que se le destinarán inversiones de decenas de millones de dólares.

¿Postmodernismo? No exactamente: convendría hablar de la vuelta al unilateralismo, al aislacionismo deseado por los círculos más conservadores. 

El Presidente Putin no dudó en tildar de “agresiva” la estrategia de seguridad estadunidense, recordando que cualquier movimiento de tropas detectado en suelo de la Federación rusa suele interpretarse como un peligro para los aliados de la Alianza Atlántica, mientras que la instalación de bases militares occidentales en los confines de la antigua URSS pasa por ser un… gesto normal.

¿Los chinos? Conocido es el hermetismo de Pekín en la materia. Los chinos suelen sorprendernos con gestos, no con palabras.

De todos modos, no cabe la menor duda de que las principales potencias mundiales recelan de este  descarado intento de Trump de acabar con el multilateralismo, de recalentar la vieja, aunque no olvidada Guerra Fría.