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martes, 9 de enero de 2018

La “primavera iraní” - ¿un asunto interno?


“Si las primaveras árabes fueron ideadas por gnomos del equipo de George W. Bush y llevadas a la práctica con la inestimable ayuda de veteranos asesores de la Administración norteamericana, no cabe la menor duda de que la cacareada primavera iraní es un invento de Dolad Trump”, afirmaba recientemente un cínico analista político libanés afincado en Francia. 

Ficticia o real, la acriminación encuentra eco en las manifestaciones de numerosos políticos y diplomáticos europeos o asiáticos, quienes no dudan en calificar la impetuosa actuación del actual inquilino de la Casa Blanca de intrusión en los asuntos internos de la República Islámica de Irán. La reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, convocada a finales de la pasada semana por la diplomacia estadounidense, ha puesto de manifiesto el rechazo de los miembros de la ONU ante la arrogante política imperial de la Casa Blanca. “Los problemas internos de Irán no constituyen un peligro para la paz mundial”, advirtieron los embajadores de las grandes potencias que integran el Consejo.

Cierto es que tanto el Presidente Trump como el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tienen interés en acabar, de forma más o menos pacífica, con el régimen de los ayatolás. Donald Trump pretende liquidar el legado de su antecesor, Barack  Obama: el acuerdo nuclear con Teherán, que no es del agrado de los legisladores republicanos. Por su parte, Netanyahu espera ansiosamente la “luz verde” de Washington para la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes, deseada por mentor, el general Sharon.
  
No hay que extrañarse, pues, al comprobar que los ayatolás echan la culpa de todos los males a los “agentes extranjeros” - Estados Unidos, Gran Bretaña, Arabia Saudita o Israel. Nada nuevo bajo el sol: lo mismo sucedió durante las últimas semanas del reinado del Sha, cuando se identificaba a los miembros de la guardia imperial dedicados a reprimir las revueltas populares con… ¡agentes del Mosad israelí!

Sin embargo, parece más que improbable que los manifestantes de 2018 acepten esas alegaciones. En comparación con la revuelta de 2009, organizada por una agrupación supuestamente liderada por los “verdes”, la actual primavera iraní es la emanación de un movimiento más heterogéneo, que congrega a exponentes del Irán profundo, las capas más desfavorecidas de la sociedad persa, hasta ahora ausente en las movilizaciones populares, a jóvenes, estudiantes, parados y mujeres. En este caso concreto, las quejas de los iraníes son múltiples y variopintas. ¿Su común denominador? La innegable voluntad de cambios estructurales.

Las primeras manifestaciones tuvieron como escenario la población de Mashad, ciudad natal del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de la revolución islámica y el feudo de la resistencia contra su adversario político, el reformador Hasán Rouhaní. Al día siguiente, las protestas se trasladaron a Kermanshah, localidad afectada por el último terremoto. Luego el movimiento se extendió a Teherán y otras localidades del país. La intervención de los Guardianes de la Revolución, unidades de élite que se dedican a proteger al régimen teocrático, se saldó con más de una veintena de muertos, centenares de heridos y detenciones masivas. Si bien el general Mohamad Alí Yafar, comandante en jefe de los Guardianes, se precipitó en anunciar el “fin de la sedición”, las protestas siguieron durante el fin de semana.

¿Se puede hablar de “sedición”? Aunque en las primeras horas se oyeron gritos de No a la República Islámica o Abajo el dictador (por el ayatolá Jameney), el movimiento se tornó rápidamente en una protesta social. Los “sediciosos” reclaman la introducción de nuevas reformas socio-económicas, ansiadas por la sociedad civil.

Los manifestantes denunciaban el  alto índice de desempleo – el 12,4 por ciento – alrededor del 29 por ciento en el caso de los jóvenes; una tasa anual de inflación del orden del 9 por ciento (controlada por las autoridades, puesto que en 2013 se había registrado la cifra récord del 35 por ciento); el aumento desmesurado del precio de los alimentos, la carestía de los hidrocarburos, el estancamiento de los sueldos (el salario mínimo ronda el torno a 155 – 170 euros),  el elevado gasto militar, debido ante todo al involucramiento del ejército y de las agrupaciones paramilitares en el conflicto del Yemen, el control de algunas zonas clave en la vecina Irak, así como la presencia de elementos castrenses en Siria y en el Líbano. A ello se suma el funcionamiento salvaje de sociedades financieras “opacas”, creadas durante la presidencia del populista Mahmud Ahmadineyad, acérrimo oponente de la política del ayatolá Rouhaní.

Por último, aunque no menos importante, la campaña a favor de los derechos básicos de los ciudadanos y las reivindicaciones más que justificadas de los grupos feministas.

Obviamente, el principal factor de la crisis es la patente incapacidad de los clérigos de llevar a cabo impostergables reformas económicas o de combatir la corrupción, un mal existente durante la época del Sha que, dicho sea de paso, fue el detonante (o la coartada) para el cambio de régimen.

Las embrionarias medidas contempladas por Hasán Rouhaní – reducción de los impuestos e incremento de los sueldos bajos – servirían para redorar, al menos, provisionalmente, la imagen del actual Gobierno. Sin embargo, podrían avivar las críticas de una oposición empeñada en condenar la aparente  “debilidad” del ala reformadora del establishment político, liderada por el propio Rouhaní.
Cabe suponer, pues, que al finalizar esa criptoprimavera persa, el país entrará en una etapa de inestabilidad, deseada por los detractores de la República islámica. La lista es muy larga: son legión…

viernes, 24 de enero de 2014

Siria: consultas de paz, tambores de guerra


En un ambiente de justificado pesimismo dieron comienzo esta semana en Montreux (Suiza) las conversaciones de paz sobre Siria, patrocinadas por Washington, Moscú y las Naciones Unidas. En efecto, la segunda ronda de consultas empezó con virulentos ataques verbales de los representantes del Gobierno de Damasco contra los emisarios de la ya de por sí fragmentada oposición política y con no menos violentas contrarréplicas de las distintas agrupaciones de combatientes, en su gran mayoría, de corte islámico, que acudieron muy a regañadientes a la cita de la ciudad helvética. Malos presagios para el desenlace de una conferencia de paz  poco deseada por las partes en conflicto, aunque sí por los padrinos de ambos bandos – Rusia y los Estados Unidos.

Huelga decir que las dos superpotencias tratarán de aprovechar los encuentros de Montreux y Ginebra para… enderezar los entuertos. Y ello, por la sencilla razón de que en el caso de Siria, el guion preestablecido de la revolución de Twitter, que algunos llaman pomposamente “primaveras árabes”, fracasó estrepitosamente. Washington y sus aliados regionales – Arabia Saudí, Qatar y Kuwait - no lograron derrocar a Bachar el Assad. El hombre fuerte de Damasco logró sobrevivir. ¿El precio de su victoria pírrica? Un baño de sangre que se cobró alrededor de 130.000 vidas de civiles inocentes. Cabe suponer que los daños colaterales hubiesen podido ser mucho más elevados si los planes bélicos del Presidente Obama llegan a materializarse. El Kremlin logró en el último momento frenar la aparatosa ofensiva militar ideada por el… Premio Nobel de la Paz. ¿Simple casualidad? ¿Golpe de suerte? Decididamente, no. Las autoridades rusas recurrieron a las tácticas de guerra convencional para neutralizar los impulsos bélicos del inquilino de la Casa Blanca. Y Obama no tuvo más remedio que dar marcha atrás…

A partir de este momento, surge el interrogante: ¿cómo gestionar un conflicto sin vencedores ni vencidos? Para las dos superpotencias, ello se convierte en una misión imposible. Y más aún, teniendo en cuenta que los nuevos aliados de Occidente, es decir, los movimientos de guerrilla anti régimen, no disimulan su ideología yihadista ni las estrechas relaciones con Al Qaeda, la agrupación terrorista que encarna al enemigo de la cristiandad.  Obviamente, la Casa Blanca se equivocó de… aliado.

Para Moscú, en empecinamiento de  Al Assad provoca un sinfín de quebraderos de cabeza. Rusia no quiere renunciar a la mayor base naval que gestiona en el Mediterráneo: el puerto sirio de Latakia. Sin embargo, el apoyo incondicional al tirano de Damasco empieza a resultar molesto. Los tiempos han cambiado; Moscú ya no puede permitirle el lujo de defender a los dictadores. 

Sin embargo, resulta sumamente difícil poner sobre la mesa el borrador del documento redactado en junio de 2012, que contempla la puesta en marcha de un proceso de transición, un diálogo nacional, la modificación del sistema jurídico y la celebración de elecciones libres bajo la supervisión de un Gobierno pluralista de transición. Estas son las exigencias de los detractores de Al Assad, recogidas en un plan de acción presentado por las Naciones Unidas.

Para el Gobierno de Damasco, las consultas deben centrarse en la lucha contra el terrorismo, es decir, contra la mayoría de los movimientos insurgentes. 

Si a este galimatías diplomático se le suma el apoyo de Teherán al régimen de Al Assad, el involucramiento político y financiero de los países conservadores de la región en el conflicto, llegamos fácilmente a la conclusión de que el llamado proceso de paz sirio tardará en materializarse. 

Más víctimas, sangre y muertes en perspectiva.

viernes, 8 de abril de 2011

¿Un Estado palestino? Sí, ¡gracias!


La espectacular oleada de revueltas que hacen temblar los cimientos de los arcaicos regímenes de Oriente Medio y el Norte de África ha logrado relegar en un segundo, véase tercer plano, los reñidos combates ideológicos que se están librando desde hace meses las diplomacias israelí y palestina. Durante las primeras semanas de enero, los medios de comunicación occidentales aún se hacían eco de la imparable ofensiva llevada a cabo por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para lograr el reconocimiento de facto del Estado palestino por los países latinoamericanos. La “operación sonrisa” surtió efecto: tanto Argentina como Brasil, gigantes del continente americano que, dicho sea de paso, cuentan con nutridas comunidades israelitas, optaron por dar luz verde al reconocimiento. Acto seguido, los emisarios de la ANP centraron su interés en algunos Estados de América Central – Honduras, Guatemala y El Salvador – países pequeños, pero muy activos e influyentes en las Naciones Unidas.

Pero, ¿qué pretenden los palestinos? El principal objetivo de estas maniobras consiste en lograr la aprobación por la Asamblea General de las Naciones Unidas de una resolución recomendando cuando no exigiendo la creación del Estado palestino. La Asamblea es, de hecho, el único órgano de la ONU donde los amigos de Israel – Estados Unidos y/o Inglaterra – no pueden ejercer su derecho de veto. Estiman los analistas políticos israelíes que la estrategia empleada por la ANP es correcta, ya que los palestinos han logrado ganar la ofensiva propagandística.

Subsisten, por supuesto, muchos interrogantes, como por ejemplo la actitud de la Unión Europea, hasta ahora muy propensa a poner en tela de juicio la oportunidad de declarar “unilateralmente” la independencia de los territorios palestinos. El frente de rechazo europeo está liderado por Inglaterra, Alemania y los Países Bajos, incondicionales de Israel. Sin embargo, hay quien estima que la cohesión de “los 27” podría romperse. El primer país “disidente”, es decir, dispuesto a apartarse de la línea de conducta común, sería España. Seguirán su ejemplo Eslovaquia y los Estados nórdicos – Suecia, Finlandia y Noruega, este último, no miembro de la Unión. A ello se suma, claro está, la postura muy firme de Rusia, heredera de la política meso-oriental de la Unión Soviética. El presidente Medvedev reiteró durante su reciente gira por Oriente Medio el apoyo de Moscú a creación del Estado palestino. Más aún: Rusia, que forma parte del Cuarteto para Oriente Medio, sigue barajando la opción de patrocinar una conferencia internacional sobre la paz en la zona.

Hoy por hoy, resulta sumamente arriesgado evaluar las repercusiones políticas de un posible voto positivo de la Asamblea de la ONU. Al parecer, la Cancillería israelí está considerando todas las opciones, sin descartar las más “catastróficas”, la peores para el Estado judío. Según el rotativo hebreo “Ha’aretz”, ha diseñado el mapa de un futuro estado palestino independiente. El borrador se limita a reconocer y aceptar el statu quo actual, concediendo a los palestinos un 40 ó 45 por ciento de los territorios de Cisjordania. Todo ello, dentro de unas fronteras provisionales, cuyo trazado definitivo se decidirá en consultas bilaterales.

Ante la amenaza que supone la avalancha provocada por la diplomacia palestina, las autoridades de Tel Aviv tratan por todos los medios de conseguir la anulación del informe Goldstone, redactado por un jurista sudafricano de origen judío, que condena la actuación de las tropas hebreas (aunque también, de Hamas) durante la invasión de la Franja de Gaza a finales de 2008 y comienzos de 2009. Pero Richard Goldstone, desprestigiado tanto en Israel como en las comunidades de la diáspora, no quiere dar su brazo a torcer. Claro que del “escamoteo” del informe depende el éxito o el fracaso de la contraofensiva diplomática de Tel Aviv en el palacio de cristal de Manhattan.

De aquí a septiembre, Israel jugará todas sus bazas. Esta vez, en un ambiente socio-político diferente. El Estado judío ya no puede enorgullecerse de ser la única democracia de Oriente Medio. Los vientos de cambio que soplan en la región deberían incitar al establishment de Tel Aviv a adoptar una postura más dialogante para con sus vecinos árabes. Guste o no al ala más conservadora de la clase política hebrea. Guste o no a los aliados incondicionales de Israel.

viernes, 30 de julio de 2010

Turquía se está alejando


“Para Turquía, la idea de Europa ha perdido inocencia”, afirmaba recientemente el escritor turco Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura, comentando la reacción de sus compatriotas tras el primer lustro de infructíferas negociaciones para el ingreso del país otomano en la Unión Europea. En efecto, las constantes maniobras dilatorias de Bruselas, la negativa de las dos “locomotoras” comunitarias – Alemania y Francia – de allanar el camino para la integración del gigante euro-asiático en el concierto de las naciones libres del Viejo Continente, han modificado la percepción del utópico sueño de Mustafá Kemal, de la deseada Europa, oasis de paz y ejemplo de convivencia. La Europa del siglo XXI poco tiene que ver con aquel modelo de civilización contemporánea ansiado por Atatürk. La Europa de hoy ha dejado de ser cuna de ideas e ideales para convertirse en una entidad política, en una potencia económica sumida en una grave crisis estructural.
Hace cinco años, cuando los “eurócratas” dieron el pistoletazo de salida a las consultas sobre la adhesión de Ankara a la UE, más de la mitad de la población turca, alrededor del 70 por ciento, veía con buenos ojos la integración de su país en ese conglomerado de naciones que compartía los conceptos de democracia, libertad y fraternidad emanantes de la Declaración de los Derechos Humanos. ¿Una visión demasiado optimista? Es cierto que en el Viejo Continente había/hay racismo, intolerancia, prejuicios. Y no es menos cierto que la crisis económica global ha acentuado aún más la desconfianza, el odio, el temor al “otro”. La Europa del siglo XXI no puede o no quiere permitirse el “lujo” de ser generosa, de acoger en su seno a 76 millones de musulmanes, de tratar a los descendientes de los conquistadores otomanos con la misma generosidad con la que recibió a los cristianos ortodoxos de Bulgaria o de Rumanía. Los tiempos han cambiado; la Europa del “euro” ya no se la apuesta sólida de comienzos de esta década. La supervivencia del bloque comunitario exige una serie de limitaciones, de medidas de austeridad que no contemplan el ingreso de nuevos socios.
Turquía se está alejando, estiman los politólogos occidentales, al analizar las nuevas opciones geopolíticas de las autoridades de Ankara, poco propensas a esperar cruzadas de brazos los contradictorios mensajes de la UE. Turquía está explorando otras vías susceptibles de llenar el vacío del hasta ahora frustrante diálogo con Bruselas. Para el corresponsal diplomático del rotativo catalán “La Vanguardia”, el giro de la política turca podría obedecer a tres factores: el desencanto producido por las consultas con Bruselas, la búsqueda de opciones alternativas y la paulatina islamización de la vida política del país.
Es cierto que el desencanto provocado por el fracaso de las negociaciones con Bruselas obligan a las autoridades turcas a considerar otras alternativas geoestratégicas, sin por lo tanto abandonar el objetivo prioritario de la diplomacia de Ankara: el ingreso en la UE. Pero no se trata de un simple cambio de rumbo, sino de una estrategia ideada por los anteriores Gabinetes turcos. La llamada “opción musulmana”, que consiste en mantener relaciones correctas, cuando no cordiales, con la totalidad de los países de la zona y el conjunto de las naciones musulmanas de Asia y África, ha sido barajada por los Gobiernos liberales y socialdemócratas de las décadas de los 80 y los 90. No se puede hablar, pues, de “improvisaciones” de última hora, sino de un proyecto que cuenta con el visto bueno de la clase política liberal que trata de hallar un lugar para Turquía en una región geográfica en la que los otomanos no cuentan sólo con amigos. La rivalidad con Rusia, los altibajos en las relaciones con Irán, los roces con Siria e Irak son de notoriedad pública. Sin embargo, el lema y estribillo de la nueva política exterior de Ankara es: “cero conflictos con los vecinos”. Algo inimaginable hace apenas unas décadas.
La reciente crisis en las hasta ahora más que cordiales relaciones con Israel ha convertido a los islamistas turcos en… adalides del mundo islámico. ¿Encierra esta política una agenda oculta, como afirman los kemalistas? Aún es pronto para evaluar los pros y los contras de este cambio de rumbo.
Es cierto: Turquía se está alejando. Pero, ¿de quién? ¿de qué? ¿por qué? Y, sobre todo, ¿a quién le favorece este alejamiento?