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martes, 25 de junio de 2019

Imamoglu: el “griego” que reconquistó Constantinopla


El islamismo moderado no existe. Como tampoco existe el comunismo moderado o la socialdemocracia precavida. Soy musulmán, acato los mandamientos del Corán, pero respeto las otras religiones. Para mí, los militantes de Al Qaeda no son islamistas; están empeñados en destruir la Casa  del Profeta, de ensuciar su nombre.

Recordé las palabras de mi buen amigo, un piadoso intelectual turco, al tropezar con las poco tolerantes manifestaciones de algunos políticos adscritos al Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) durante la última campaña electoral llevada a cabo en Anatolia. Su radicalismo y su exacerbado nacionalismo resultan cuando menos inquietantes.

En este caso concreto, su víctima fue Ekrem Imamoglu, candidato del Partido Popular Republicano (CHP) a la alcaldía de Estambul, denigrado por ser de origen griego o griego póntico. En efecto, Imamoglu es originario de Trebizonda, el último reino cristiano que sobrevivió a la caída de Constantinopla, en 1453. Los habitantes de este feudo heleno resistieron hasta 1461. A pesar de la musulmanización progresiva del territorio, se cree que gran parte la población de la región de Ponto tiene ascendencia griega.

Pese a la persecución de las minorías cristianas de los años 1913 – 1923, la cuestión étnica no parecía haberse planteado en la Turquía moderna hasta la primera década de nuestro siglo, cuando elementos integristas volvieron a resucitar las consignas racistas y xenófobas. La travesía del desierto de Ekrem Imamoglu empezó en el mes de mayo, después de su victoria en las elecciones locales celebradas en el mes de marzo en Estambul y anuladas, como se sabe, a petición expresa del presidente Erdogan.

A mediados de mayo, el alcalde conservador de Esenler, Mehmet Göksu, lanzó la primera diatriba: ¿Sabéis qué dice la prensa griega? Dicen que los griegos han reconquistado Estambul. Pero, ¡un momento! ¿De dónde es este tipo, Imamoglu? ¿Cómo es posible que los griegos hablen de la conquista de Estambul sin que haya habido resistencia alguna? 
  
Curiosamente, los medios de comunicación atenienses jamás habían aludido a los posibles o probables orígenes griegos de Imamoglu. 
 
Durante unas fiestas celebradas a comienzos de junio en la localidad póntica de Giresun, el vicepresidente del AKP, Nurettin Canikli, rindió homenaje a Topal Osman, uno de los líderes del movimiento nacionalista de la década de los 20, instigador de las masacres de las comunidades griegas, armenias y aleví.
  
Canikli lanzó diatribas contra los pontianos, acusándolos de traición durante la Guerra de Independencia. El propio Imamoglu se vio obligado a proclamar su lealtad al ideario nacionalista  de Osman.

El genocidio griego, instigado por los gobiernos del Imperio Otomano, el partido Comité de Unión y Progreso (CUP) y el Movimiento Nacionalista Turco de Mustafa Kemal Atatürk, desembocó en numerosas masacres, deportaciones forzadas y marchas de la muerte. Durante este período, se procedió a la eliminación de alrededor de 1 millón de griegos otomanos.
  
La hostilidad actual de los turcos parece derivar del adoctrinamiento llevado a cabo por las instituciones. Sirva como ejemplo la reciente decisión del Gobierno de Ankara de prohibir el rodaje de un documental sobre la cuestión armenia. Al parecer, el veto fue formulado por la plana mayor del ultraderechista Partido Acción Nacionalista (MHP), socio de Gobierno del AKP, que prefiere correr un tupido velo sobre este período histórico.

Irónicamente, muchos turcos que sienten animadversión hacia los griegos o la minoría cristiana, son probablemente de origen griego.

El nuevo alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, miembro de un partido laico, socialdemócrata y hombre de ideas liberales, aterriza en el despacho ocupado hace un cuarto de siglo por Tayyip Recep Erdogan, ese islamista moderado en el que tanto confiaban los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca. El nuevo regidor tiene por delante una colosal tarea: devolver la milenaria urbe a la normalidad republicana después de décadas de gestión islámica.

Los griegos reconquistaron Constantinopla. Vivir para ver…

martes, 28 de febrero de 2017

“No” – la palabra vedada


Aviso a los navegantes, viajeros, turistas o simples intrusos que tratan de adentrarse en el cada vez más tortuoso laberinto de la política turca: bajo ningún concepto utilicen la palabra “no”. Por muy extraño que ello parezca, en las últimas semanas, la negación se ha convertido en sinónimo de aliado de los terroristas del PKK, simpatizante de los golpistas del 15 de julio de 2016, o seguidor del clérigo Fetullah Gülen, antiguo valedor de Erdogan, que se ha convertido en el enemigo público número uno del régimen de Ankara. Y todo ello, en un ambiente político cada vez más enrarecido, donde las purgas, los ceses de funcionarios públicos, la defenestración de catedráticos  y las detenciones se tornan en una especie de lúgubre “pan nuestro de cada día”. Lejos quedan las rígidas, aunque añoradas estructuras del kemalismo, criticadas tanto por los ultraliberales como por los ultrarradicales. Ambos extremos pedían cambios. Mas el cambio que se está perfilando en el horizonte del país otomano parece más bien inquietante.
Pero vayamos por partes: ¿a qué se debe la negación del “no”, la demonización de esta palabra en el enrevesado vocabulario político turco? Todo parte de una ambiciosa apuesta que el Presidente Erdogan quiere ganar. Se trata de la reforma constitucional impulsada por su formación política, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cuyo principal objetivo es sustituir el actual sistema parlamentario por un régimen presidencialista, que confiere plenos poderes al Jefe del Estado.
El partido liderado por Erdogan dio el primer paso hacia la reforma de la Carta Magna tras alzarse con la victoria en las elecciones generales de 2011. Sin embargo, el Parlamento logró neutralizar las maniobras del AKP. En 2014, tras la elección de Erdogan en el cargo de Presidente de Turquía, las propuestas de cambio empezaron a proliferar. Algunos de los allegados del Presidente decidieron tirar la toalla. Es el caso del exprimer ministro Ahmet Davutoglu, incondicional aliado y reservado confidente de Erdogan, que dimitió en mayo del pasado año, a raíz de un enfrentamiento sobre la posible, aunque no hipotética supresión del cargo de Jefe de Gobierno. ¿Mero conflicto ideológico?   El porvenir nos lo dirá. Lo cierto es que el proyecto que será sometido a referéndum el próximo día 16 de abril contempla 18 enmiendas constitucionales, que deberían allanar la vía hacia un sistema más rígido (o autoritario) que permitiría a Erdogan mantenerse en el poder hasta 2029.
Huelga decir que esta iniciativa está avalada también por el ultraderechista Partido de Acción Nacionalista (MHP). Aparentemente, la derecha confía que el cúmulo de poderes sería mejor garantía para “poner fin al terrorismo”. Un terrorismo existente o fomentado, según los casos. Cabe recordar que el coqueteo de Ankara con el Estado Islámico ha debilitado las estructuras de las habitualmente temibles servicios de inteligencia turcos.  Las purgas llevadas a cabo después del fracaso de la intentona golpista del pasado mes de  julio han acentuado aún más el malestar. Frente al actual estado de cosas, la derecha ultranacionalista reclama una política de “mano dura”.
Mientras los politólogos barajan las posibles consecuencias de la victoria de un “sí” en el referéndum del mes de abril, ya que el “no” ha desaparecido casi por completo de la publicidad, de la televisión, de las librerías – situación un tanto anacrónica para un país que se reclama moderno y democrático, los analistas financieros centran su interés en el “cansancio” de la economía turca. Los síntomas son a la vez múltiples y preocupantes: disminución del turismo, depreciación de la libra turca, éxodo de las compañías extranjeras, incremento de los aranceles y los impuestos sobre las actividades económicas, aumento de la tasa de paro.
El Gobierno ha optado por jugar la baza de la “seguridad”, fomentado el miedo y la incertidumbre. Malos augurios para un país llamado a… cambiar de rumbo. Pésimos augurios para el comatoso kemalismo.

lunes, 18 de julio de 2016

Incógnitas otomanas


Desde hace más de cinco lustros, nos hemos acostumbrado a presenciar guerras, revoluciones y golpes de Estado en directo, en la pequeña pantalla de nuestro televisor. Las imágenes son casi siempre las mismas; los comentarios apenas difieren. Es lo que sucedió el pasado fin de semana con la intentona golpista de Turquía, retransmitida minuciosamente por centenares de cadenas televisivas de todo el mundo. Vimos las mismas escenas en Londres, Atlanta, París, Ankara, Sofía o Bucarest. Idénticos encuadres, aunque preocupaciones distintas.
 
Mientras las autoridades griegas no dudaron en reforzar la vigilancia en los confines con Turquía, los demás países miembros de la OTAN del sureste europeo – Bulgaria y Rumanía – adoptaron una postura titubeante. Tanto Sofía como Bucarest se enorgullecen de tener relaciones privilegiadas con Ankara. Los intereses económicos y culturales del país otomano son omnipresentes; los intercambios comerciales superan a veces el nivel del comercio bilateral con algunos Estados miembros de la UE. De hecho, Turquía se ha convertido en una especie de pivote económico del Mar Negro.

Desde el punto de vista estratégico, la Alianza Atlántica cuenta con la participación activa de la marina de guerra turca en la creación de una fuerza naval atlantista en el Mar Negro, única opción capaz de contrarrestar el poderío marítimo ruso en la zona. La puesta en marcha de este proyecto se decidirá en la próxima reunión ministerial de la OTAN, prevista para el mes de septiembre.

De ahí que nos planteemos un sinfín de interrogantes. ¿Qué pasó en la noche del 15 al 16 de julio? ¿Cuál fue el papel de los servicios de inteligencia de la OTAN a la hora de detectar y/o neutralizar la intentona golpista? ¿Estaban al tanto? ¿Por qué no actuaron? ¿No lo estaban? Más inquietante todavía. Turquía es, como lo indicábamos antes, una potencia regional, uno de los baluartes de la estabilidad estratégica en la extensa región del Cáucaso, el Mar Negro, Oriente Medio, un factor clave en los conflictos de Siria e Irak, un punto estratégico primordial para la ofensiva contra el Estado Islámico. ¿Un golpe de Estado en un país miembro de la OTAN? Aparentemente, ello parece impensable. Y más aún, en un Estado que pertenece a la Alianza desde 1951.

De todos modos, cabe recordar que desde la década de los 60 del pasado siglo, el Ejército turco protagonizó cuatro golpes (1960, 1971, 1980 y 1997). Siempre, para acabar con la “ineficacia” de los políticos. No hay que extrañarse que, desde la victoria electoral del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), Erdogan se haya fijado como meta acabar con la influencia del estamento militar en la política.

¿Sólo en la política? Poco se ha hablado de la presencia de los militares en el mundo empresarial, de las entidades que controlan ante todo en la República del Norte de Chipre, que han extendido sus “tentáculos” en el mundo árabe musulmán. Otro Estado dentro del Estado, que Ankara no logra controlar. 

¿Cómo se explica la respuesta popular a los llamamientos lanzados por los miembros del Gobierno de AKP en la noche del 15 al 16 de julio? El Presidente cuenta, indudablemente,  con el apoyo de varios sectores de la población. Sus seguidores proceden, ante todo, del campesinado de las aldeas deprimidas y de los trabajadores no cualificados de los núcleos urbanos, cuyo nivel de vida ha registrado un incremento anual del 3,8 por ciento en la última década. Los detractores de Erdogan provienen mayoritariamente de la clase media y la burguesía, de los círculos intelectuales y/o de negocios, más propensos a defender las estructuras del Estado laico fundado por Mustafá Kemal Atatürk en 1923 y/o de los derechos fundamentales del ser humano. Un país dividido, pues, con conceptos diametralmente opuestos en cuanto a los valores democráticos. Las ciudades miran hacia Occidente; el campo…

La intentona golpista, que algunos intelectuales no dudaron en tachar, al igual que algunos medios de comunicación occidentales, de… “autogolpe” puesto en escena por el propio Erdogan, habrá servido para acentuar la división, para desencadenar purgas masivas en el seno del Ejército (alrededor de 3.000 militares detenidos pocas horas después del fracaso del operativo militar), para la detención de cinco magistrados del Tribunal Supremo, y la separación de su cargo de 2.745 jueces. Sin olvidar, claro está, la rocambolesca solicitud de extradición de los Estados Unidos del clérigo Fetullah Gülen,  dueño de un imperio de instituciones docentes, medios de comunicación y organizaciones benéficas con ramificaciones en el mundo entero, que los analistas no dudan el tildar de “Opus Dei musulmán”.  Al multimillonario Gülen, ex aliado y amigo de Erdogan hasta el 2013, se le acusa de tratar de controlar la prensa, la justicia, la educación y el ejército turcos, objetivos prioritarios de los islamistas e islamizantes del AKP.

Fetullah Gülen, que vive en los Estados Unidos desde 1999, ha negado rotundamente su participación en el intento de Golpe de Estado. Por su parte, el Secretario de Estado John Kerry exigió a las autoridades turcas “pruebas concretas” sobre la hipotética implicación del clérigo en el levantamiento militar.

Toca volver al punto de partida, al golpe del pasado fin de semana y sus consecuencias para el futuro del país otomano. Toca finalizar este breve repaso con más interrogantes que respuestas. Cabe preguntarse: ¿qué hará Erdogan después del forcejeo del 15 – 16 de julio? ¿Buscará el diálogo con la oposición moderada y/o la minoría kurda? ¿Aprovechará esta oportunidad para instaurar un régimen (aún más) autoritario? ¿Modificará la Constitución, introduciendo el sistema presidencialista rechazado por el Parlamento? ¿Reforzará el papel de Turquía en el seno de la OTAN? ¿Apoyará incondicionalmente la ofensiva contra el Estado Islámico? ¿Seguirá buscando la integración de su país en la Unión Europea? ¿Hará las paces con Rusia?

No hay que olvidar que en Turquía, al igual que en los demás países musulmanes, cada gesto tiene una doble, cuando no múltiple lectura.

viernes, 4 de abril de 2014

El incombustible señor Erdogan


En noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación política de corte religioso, se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en Turquía tras un largo período de inestabilidad institucional, el entonces Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, envió a los gobernantes del Viejo Continente  un contundente mensaje: Míster Erdogan en un islamista moderado; hay que agilizar el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Pero las altas instancias comunitarias prefirieron hacer oídos sordos. La adhesión de la República Turca al club de Bruselas es un tema que suele quedar relegado a las… calendas griegas. 
 
El país otomano es, por su ubicación geográfica, uno de los pilares de la Alianza Atlántica. Turquía pertenece también al Consejo de Europa, respetable organismo que acoge en su seno a naciones que cuentan con sistemas legislativos democráticos. Sin embargo, las autoridades de Ankara no lograron pasar en umbral de la sacrosanta Comisión de la UE. Aparentemente, Turquía tiene en la Babel comunitaria dos archienemigos: Grecia y Chipre, miembros de pleno derecho de la Unión, que boicotean sistemáticamente cualquier intento de acercamiento. Pero hay más: las dos locomotoras de la economía europea, Alemania y Francia, parecen poco propensas a abrir las puertas del selecto club a un país musulmán, cuya tasa de crecimiento demográfico supera con creces a la media europea. El ancestral miedo al turco, generado durante la conquista otomana de Occidente en los siglos XV y XVII,  aún perdura. Los pobladores del Viejo Continente y, ante todo, su clase política no parecen haber asimilado la filosofía de Mustafá Kemal Atatürk, quien sentó, hace ya nueve décadas, las bases de un Estado moderno y laico.

Ficticio o real, el miedo de los occidentales se alimenta actualmente de los arrebatos del Primer Ministro Erdogan, del recién estrenado sectarismo, de la tentación autoritaria. Durante los doce años de gobierno, el AKP ha conseguido adueñarse de las estructuras clave del Estado – justicia, educación, seguridad – modificar la Constitución y eliminar algunas normativas legales que garantizaban el carácter laico del país. Los cambios institucionales pasaron casi inadvertidos.  Con la salvedad de la punga entre el Gobierno y el estamento castrense, valedor de la laicidad, y el debate sobre la reintroducción del pañuelo islámico en los lugares públicos, símbolo de la derrota del kemalismo. 

En las elecciones municipales celebradas la pasada semana, los turcos descubrieron los nuevos retos del islamista moderado de George W. Bush. Cansado de las molestas filtraciones sobre escándalos de corrupción que salpican a la plana mayor del AKP e incluso a algunos miembros de su familia, el Primer Ministro Erdogan optó por censurar los contenidos de Internet y prohibir Twitter y YouTube, redes sociales presuntamente implicadas en campañas desestabilizadoras. El Tribunal Supremo desautorizó a Erdogan, alegando que el cierre de las redes equivale a un ataque contra la libertad de expresión.

Detrás del aspecto meramente anecdótico de la ofensiva contra Twitter se hallan indicios de una guerra sin cuartel entre el jefe del Gobierno y el clérigo sunita Fetullah Güllen, un antiguó aliado de Erdogan, que dirige desde la sombra un auténtico imperio que comprende colegios religiosos, organizaciones patronales, ONG, etc. Además, Güllen tiene un sinfín de contactos subversivos o por lo menos sospechosos con funcionarios públicos: jueces, policías, inspectores de Hacienda. Sin olvidar a las legiones de políticos y  periodistas afiliados a Hizmet, su red. 

En los últimos años, el Gobierno procedió a la destitución de 6.000 agentes de policía y centenares de magistrados, supuestamente relacionados con el Hizmet, que algunos politólogos no dudan en calificar de Estado dentro del Estado. Lo cierto es que la ruptura ente Erdogan y Güllen hizo temblar los cimientos del edificio islamista turco. Hay quien afirma que Güllen, multimillonario que logró expandir su imperio a 160 países, es un gran defensor de la transparencia y, por consiguiente, enemigo de la corrupción. Pero cabe preguntarse si esos argumentos no ocultan diferencias más profundas.

Por último, queda el caso Ergenekon, esa extraña conjura de oficiales y periodistas kemalistas (léase laicos), acusados de preparar un golpe de Estado y encarcelados desde 2007.   

Aun así, la gestión del Primer Ministro Erdogan  cuenta con el apoyo del 45 por ciento de la población. Turquía: luces y sombras.          

jueves, 16 de enero de 2014

Turquía: el juego sucio




En noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en Turquía, la opinión pública del país otomano acogió la noticia con un gran y muy sincero suspiro de alivio. Durante décadas, el país había sobrevivido al vacío político, a las crisis generadas por frágiles pactos de Gobierno, que solían alimentar la inestabilidad institucional. La corrupción y la ineficacia eran el común denominador del juego de la alternancia en el poder. Después de muchos y estériles “lavados de cara”,  los políticos tradicionales optaron por tirar la toalla. 

El beneficiario de esta claudicación forzosa fue el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación de corte islámico renombrada por su transparencia y honradez.  Sus líderes, Recep Tayyep Erdogan y Abdalá Gül, defensores a ultranza de la remusulmanización de Turquía e islamización de la diáspora, abogaban por un país  musulmán más afín a los conceptos básicos del Islam. Una opción ésta diametralmente opuesta al Estado laico creado en 1923 por Mustafá Kemal Atatürk.    

¿Islamismo contra kemalismo? ¿Tradicionalismo contra modernidad? Estos fueron, desde marzo de 2003, los grandes interrogantes que se plantearon los politólogos occidentales, acostumbrados al estereotipo “Turquía – país musulmán laico”. 

Durante los once años de gobierno del AKP, el país otomano experimentó numerosos cambios. Los occidentales recordarán el apasionado debate sobre la utilización del pañuelo islámico en los lugares públicos, la limitación del papel desempeñado por las fuerzas armadas en la vida política, la modificación de la Carta Magna, la modernización de la normativa legal y la introducción de una serie de medidas destinadas a facilitar la integración de las minorías (kurda o cristiana) en la sociedad. Y, como no, la negativa del Parlamento de Ankara de autorizar el tránsito de tropas estadounidenses por territorio turco durante la guerra de Irak. Unas medidas controvertidas o mal comprendidas por los políticos del “primer mundo”, persuadidos de la validez universal de sus valores. 

Pero Turquía es diferente; siempre lo fue, siempre lo será. Ese puente entre Oriente y Occidente comparte los hábitos de los suníes de Bagdad o los chiíes de Teherán, de los alawitas de Latakia o los mazdeístas del Mar Caspio. Europa, la vieja Europa, es una quimera: la fantasía de un ilustre general otomano, Mustafá Kemal, nacido en la cosmopolita Salónica, baluarte heleno situado en los confines de dos mundos: el Islam y la cristiandad.   

Para los detractores de la integración de Turquía en la Unión Europea, el país otomano es un cuerpo extraño que jamás podrá adquirir cartas de naturaleza en el club cristiano de Bruselas. Coartadas: varias y muy diferentes, según la ideología de los críticos. 

Y si a las razones antes mencionadas se suma la tentación autoritaria del primer ministro Erdogan, la represión de las manifestaciones del parque de Gezi o la detención de periodistas no conformistas, se llega fácilmente a la conclusión de que Europa puede y debe –según los etnocentristas - exigir más cambios políticos y sociales. 

A finales de diciembre, un nuevo escándalo estalló en Turquía. Se trata, esta vez, de un “affaire” de corrupción que afecta al Ejecutivo. Las unidades especiales de la policía y los servicios secretos acusaron a los familiares de cuatro miembros del Gabinete de aceptar sobornos, realizar transferencias ilegales de dinero a Irán, manipular las licitaciones públicas, conceder permisos de obras ilegales. El escándalo desembocó en el cese fulminante de los titulares de Interior, Economía, Medio Ambiente y Urbanismo.

Erdogan no dudó en culpar a las potencias extranjeras de practicar un juego sucio destinado ante todo a… desprestigiar a Turquía. Acto seguido, varios centenares de policías fueron relevados de sus puestos. Tampoco se libraron los magistrados que habían ordenado investigar a los corruptos. 

¿Juego sucio? Ficticia o real, la acusación del primer ministro turco pone de manifiesto la existencia de un nuevo estado de cosas: lejos quedan los tiempos de la transparencia y la honradez. Erdogan debería recordar la máxima: El poder corrompe. Lo que ha trascendido es sólo la punta visible del iceberg. Aparentemente, el malestar es mucho más profundo. Hay quién estima que se trata, en realidad, de una guerra oculta entre el jefe del Ejecutivo y el clérigo islamista Fetulá Gülen, fundador de Hizmet (El Servicio), una extraña cofradía secreta que cuenta con numerosos seguidores en el mundo musulmán. Se cree que las últimas medidas adoptadas por el Gabinete Erdogan – cierre de algunos colegios regentados por El Servicio, que suponían una importante fuente de financiación  para el movimiento de Gülen, provocaron el incendio. Un incendio que los bomberos de Ankara difícilmente podrán apagar. 

viernes, 25 de octubre de 2013

¿Hacia la creación del Gran Kurdistán?


A finales del pasado mes de septiembre, mientras el Gobierno liderado por Recep Tayyip Erdogan, anunciaba la adopción de una serie de medidas democratizadoras, aparentemente destinadas a cambiar la faz de la sociedad turca, las miradas de los observadores occidentales se dirigían hacia el vecino Kurdistán iraquí, donde se celebraba la primera conferencia nacional de la nación kurda. 

La minoría kurda de Turquía no había esperado la proclamación de la nueva normativa legal de Ankara, calificada por algunos de poco novedosa y generosa, para sumarse al proceso de reconstrucción nacional propuesto por los organizadores del encuentro de Erbil. ¿Reconstrucción nacional? Pero, “nunca existió un Estado kurdo”, dirán los tecnócratas que nos gobiernan, poco propensos a sumergirse en los tratados de historia. De lo contrario, hubieses descubierto (o redescubierto) la división del territorio poblado por la etnia kurda en el siglo XVI, cuando los dos imperios de Oriente, el otomano y el safávida, se repartieron el Kurdistán. El Tratado de Zuhab (1639) formaliza la partición territorial. 

Después de la Primera Guerra Mundial, las potencias que redactaron el Tratado de Sevres (1920), se comprometieron a crear en la región controlada por el decadente Imperio Otomano una serie de Estados étnicos. Se trataba de Armenia y de Kurdistán. Conviene señalar, sin embargo, que ambos territorios fueron conquistados por Mustafá Kemal Atatürk, fundador de la Turquía moderna, quién obligó a los aliados a renegociar los trazados fronterizos en la conferencia de Lausana (1923), en la que se desvanecieron los sueños independentistas de los kurdos. Turquía se adueñó de gran parte del territorio kurdo (unos 190.000 kilómetros cuadrados), mientras que Irán, Irak y Siria heredaron las tierras que  se hallaban en sus confines.
Actualmente, la nación kurda cuenta con alrededor de 35 a 40 millones de personas. Las etnias que la componen forman un gran mosaico: hay comunidades árabes, armenias, asirias, azeríes, judías, persas y turcas, cuya lengua franca deriva de un dialecto persa.  
   
En la conferencia nacional de Erbil participaron unos 600 delegados provenientes de las cuatro provincias kurdas de la región y representantes de la diáspora, así como 300 invitados extranjeros. El líder de los kurdos iraquíes, Massoud Barzani, resumió los objetivos del encuentro con las siguientes palabras: “… se pretende es elaborar una estrategia común de las corrientes políticas que actúan en las distintas regiones del Kurdistán”.  Sus palabras causaron preocupación en las cancillerías occidentales. Y ello, por dos motivos: el primer lugar, porque se reafirma la existencia del Kurdistán como nación soberana, compuesta por territorios pertenecientes a los Estados de la zona y, en segundo lugar, por la exigencia de diseñar y aplicar “estrategias comunes”. 

Para los analistas, las palabras de Barzani podrían ocultar el deseo de potenciar el papel de las agrupaciones militares que apoyan a partidos de corte nacionalista y/o de aunar esfuerzos a la hora de librar batalla contra las comunidades nacionales de los Estados de la región. De hecho, las relaciones entre kurdos y los demás pobladores de la región han sido y siguen siendo conflictivas.

Recapitulemos: en Irak, la mayoría árabe critica abiertamente el protagonismo de los kurdos tanto a nivel político como administrativo. Se trata, al menos aparentemente, de una “compensación” ofrecida por los Estados Unidos por el sufrimiento causado a la etnia por los esbirros de Saddam Hussein. Sin olvidar, claro está, el factor clave: el suelo del Kurdistán encierra los mayores yacimientos petrolíferos del país.

En Irán, los kurdos están perseguidos por el mero hecho de no pertenecer a la mayoría chiíta. Se calcula que las regiones pobladas por los kurdos cuentan con una tasa de desarrollo inferior al resto del país, mientras que el paro supera el 50 por ciento.

En Turquía, la lucha armada contra las autoridades de Ankara, iniciada en 1983 por los guerrilleros promarxistas del PKK, arroja un saldo de decenas de miles de muertos. 

En el año 2000, el PKK renuncia a la lucha armada. Pero la decisión quedará revocada en 2003. En mayo de 2013, los movimientos de guerrilla acuerdan deponer las armas e iniciar una retirada estratégica hacia el Kurdistán iraquí. Sin embargo, los radicales de ambos bandos tratan de sabotear el proceso. 

En Siria, los integrantes del Partido de Unión Democrática combaten las milicias jihadistas que propugnan la creación de “emiratos” islámicos en el Norte del país. ¿El porvenir? 

Los estrategas del Pentágono estiman que la cuestión kurda podría solucionarse mediante la creación de un nuevo Estado: el Gran Kurdistán. Como si los estrepitosos “éxitos” de  Afganistán, Irak y Libia no les bastaran…