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lunes, 23 de abril de 2012

Nuestro amigo el jeque


Hace un par de décadas, cuando el Presidente Bush le exigió al emir de Qatar que trate de moderar el discurso antioccidental de la cadena de televisión Al Jasira, el príncipe le recordó al inquilino de la Casa Blanca que la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica consagraba la libertad de expresión. Y que él, monarca de un pequeño principado del Golfo Pérsico y… dueño de la popular emisora, no haría nada para acallar a los redactores de la cadena, periodistas palestinos, jordanos o sirios afincados en el emirato donde, al parecer, soplaban vientos de cambio.


Al Jasira acompaño, pues, a la opinión pública árabe durante la toma de Kabul por las tropas de la coalición liderada por los Estados Unidos, durante la guerra de Irak y la ofensiva israelí contra la Franja de Gaza, durante los movimientos reivindicativos que desembocaron en las llamadas “primaveras árabes” y la mal llamada intervención “humanitaria” de la OTAN en Libia. Hoy en día, Al Jasira informa puntualmente sobre los trágicos acontecimientos de Siria. Su in negable popularidad le ha permitido abrir un canal en lengua inglesa, destinado a ofrecer una opinión alternativa sobre la actualidad en tierras del Islam.

Mas junto a este arma, el jeque Hamad bin Jalifa al Thani, monarca de Qatar, emplea otros métodos de persuasión. Huelga decir que no se trata siempre de actuaciones diplomáticas. Curiosamente, sus vecinos saudíes le acusan de utilizar sus riquezas para fomentar campañas de protesta, que podrían desestabilizar el régimen wahabita. Los “moderados” de la Liga Árabe le echan en cara su insistencia a la hora de reclamar el envío de armas a los militares sirios rebeldes o de barajar el posible (por ahora, hipotético) envío de un contingente militar árabes al país de los omeyas.

Lo cierto es que el hábil juego político del qatarí le permite contar con aliados tanto en las filas de los radicales islámicos de Hamas y Hezbollah como en el seno del Gobierno israelí. ¿La clave? Qatar es, ante todo, uno de los países más ricos del planeta. En 2011, el emirato registró una tasa de crecimiento del 18,7 por ciento. En PNB per cápita es de 102,700 dólares. El emirato ocupa, pues, el segundo lugar en la lista de los Estados más prósperos del mundo. De hecho, sus reservas de gas natural y de petróleo parecen… inagotables.

Pero el jeque al Thani no es sólo un buen gestor de la bonanza del emirato. El pasado año, el qatarí invirtió más de 30.000 millones de dólares en las economías occidentales. En Europa, la familia principesca controla un 20 por ciento de las acciones de la compañía Volkswagen, un “modesto” 7 por ciento del banco británico Barclays, la cadena de supermercados Sanisbury y los grandes almacenes londinenses Harrods.

Tampoco faltan en este cuadro de caza del jeque los torneos de tenis o de golf, la financiación directa de grandes clubs deportivos, el deseo de organizar el campeonato mundial de fútbol y, ¿por qué no? los Juegos Olímpicos de 2022.

¿La oposición? Aparentemente, inexistente. El principado está gobernado por una familia – los Al Thani - a los que se suman los parientes de la esposa del emir, la princesa Mozah, quien dedica la mayor parte de su tiempo a la puesta en marcha de multimillonarios programas educativos. Sus interlocutores internacionales son las Universidades de Cornell y de Gergetown, conocidas por su afán de excelencia.

Aún así, hay quien acusa a los Al Thani de apoyar o de aprovecharse del descontento que reina en el mundo árabe para afianzarse como una de las dinastías más pudientes y más estable del Islam. La familia principesca trata de ofrecer una imagen amable, de gente moderna y tolerante. Nada que ver con los déspotas cuya caída celebraron estos últimos meses las cancillerías occidentales. Una imagen que agrada al inquilino de la Casa Blanca, gusta en el número 10 de la Downing Street, parece más que apetecible o aceptable para los políticos europeos que buscan desesperadamente “mecenas” dispuestos a hacerse cargo de la financiación de la deuda de sus respectivos países.

Pero subsiste el interrogante: ¿es el jeque Al Thani un verdadero, un desinteresado filántropo?

viernes, 15 de abril de 2011

Siria: entre el "malo conocido" y el caos por descubrir


Después de varios días de titubeos, el presidente sirio, Bashar el Assad, anunció una remodelación del Gabinete dimisionario, optando por la presencia en el nuevo Ejecutivo de políticos fieles, pertenecientes a la nomenclatura del Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baath). Pocas caras cambian, pues, en el Gobierno de Damasco; pocas opciones de auténtica liberalización se divisan en el horizonte político del país de los omeyas.

Los enfrentamientos entre la oposición y las fuerzas gubernamentales se multiplican. La violencia, las detenciones arbitrarias, la omnipotencia de los servicios secretos, el férreo control de los medios de comunicación han sido y siguen siendo las herramientas empleadas el clan de los alauíes instalado en el poder desde la sexta década del siglo XX.

Hace diez años, cuando el joven e inexperto oftalmólogo Bashar el Assad “heredó” – tras el fallecimiento de su padre - la presidencia del país, los politólogos occidentales no dudaron en vaticinar su rápida y estrepitosa caída. Y ello, con un razonamiento a la vez sencillo y muy simplista: ¿qué se puede esperar del vástago de un tirano? En aquél entonces, el rey Abdalá de Jordania trató de tranquilizar al aliado transatlántico: “No hay que preocuparse sobremanera. Bashar y yo tenemos muchas cosas en común: los dos pertenecemos a la generación de Internet”. Sin embargo, cuando en recién estrenado presidente trató de liberalizar el acceso de los sirios a la Red, tropezó con el veto de los poderes fácticos: la vieja guardia del Partido, valedora del sistema represivo introducido por su padre, Hafez el Assad.

Durante algún tiempo, se especuló con el sincero deseo de Bashar de introducir reformas políticas y sociales, de acabar con las desigualdades y las injusticias de un sistema de gobierno cuyos pilares eran el Ejército controlado por oficiales alauíes y la nueva clase media, integrada por los comerciantes sunitas. Sin embargo, el cambio supuestamente deseado por el Presidente no llegó a materializarse.

La situación experimentó un cambio radical hace unas semanas, tras el éxito de la revolución tunecina y la renuncia del Presidente Mubarak – ambas promovidas cuando no impuestas por las fuerzas armadas de los respectivos países. En Siria, donde la oposición tenía un escasísimo margen de maniobra, los promotores de la Declaración de Damasco - manifiesto político adoptado en 2005 - lideraron las protestas populares. Sus reivindicaciones podrían resumirse de la siguiente manera: mayor libertad religiosa y de pensamiento; una mejor distribución de la riqueza; nuevos impulsos a la liberalización económica; y un cambio del actual sistema de gobierno, que permite el control socioeconómico del país por la minoría alauí, a la que pertenece el clan de los Assad.

Las cartas de naturaleza de la oposición estriban en la pertenencia a tribus o familias no relacionadas con la historia del Partido Baath, que han destacado en la lucha contra el colonialismo francés y el actual régimen autoritario y/o una presencia activa y continuada en la llamada “blogosfera”, mundillo de las redes sociales que propició los movimientos de protesta.

La agresividad del núcleo duro de la oposición ha sido alimentada por una situación socioeconómica desastrosa. A la falta de inversiones, la ausencia de nuevas tecnologías y de métodos de gestión económica modernos se suman los lastres de la burocracia y la corrupción. Por si fuera poco, el país ha padecido – desde 2006 - cuatro años de devastadora sequía. Se calcula que 2 ó 3 millones de personas viven actualmente por debajo del umbral de pobreza.

Sin olvidar, claro está, el peso de las sanciones económicas impuestas por las sucesivas Administraciones norteamericanas, empeñadas en mantener al régimen de Damasco en la lista de países que apoyan el terrorismo internacional. De hecho, la alianza estratégica entre Siria e Irán y el apoyo de Damasco a las agrupaciones islámicas radicales, como por ejemplo Hezbollah (Líbano) o Hamas (Palestina), no facilitan los intentos de lavado de cara del establishment sirio.

Finalmente, conviene señalar que la confrontación entre los detractores del régimen y los partidarios de El Assad plantea serios (y extraños) interrogantes. Hoy por hoy, el Ejército y la acomodada clase media suni temen una posible victoria del movimiento popular, que se nutre ante todo en la población rural. Estiman los partidarios del statu quo que el éxito de este movimiento llevaría al desmembramiento violento de la sociedad, lo que desembocaría forzosamente en un prolongado período de inestabilidad política, cuando no en el caos. Tal vez por ello algunas potencias regionales y/o democracias occidentales prefieren apoyar, en su foro interno, al… malo conocido.

viernes, 8 de abril de 2011

¿Un Estado palestino? Sí, ¡gracias!


La espectacular oleada de revueltas que hacen temblar los cimientos de los arcaicos regímenes de Oriente Medio y el Norte de África ha logrado relegar en un segundo, véase tercer plano, los reñidos combates ideológicos que se están librando desde hace meses las diplomacias israelí y palestina. Durante las primeras semanas de enero, los medios de comunicación occidentales aún se hacían eco de la imparable ofensiva llevada a cabo por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para lograr el reconocimiento de facto del Estado palestino por los países latinoamericanos. La “operación sonrisa” surtió efecto: tanto Argentina como Brasil, gigantes del continente americano que, dicho sea de paso, cuentan con nutridas comunidades israelitas, optaron por dar luz verde al reconocimiento. Acto seguido, los emisarios de la ANP centraron su interés en algunos Estados de América Central – Honduras, Guatemala y El Salvador – países pequeños, pero muy activos e influyentes en las Naciones Unidas.

Pero, ¿qué pretenden los palestinos? El principal objetivo de estas maniobras consiste en lograr la aprobación por la Asamblea General de las Naciones Unidas de una resolución recomendando cuando no exigiendo la creación del Estado palestino. La Asamblea es, de hecho, el único órgano de la ONU donde los amigos de Israel – Estados Unidos y/o Inglaterra – no pueden ejercer su derecho de veto. Estiman los analistas políticos israelíes que la estrategia empleada por la ANP es correcta, ya que los palestinos han logrado ganar la ofensiva propagandística.

Subsisten, por supuesto, muchos interrogantes, como por ejemplo la actitud de la Unión Europea, hasta ahora muy propensa a poner en tela de juicio la oportunidad de declarar “unilateralmente” la independencia de los territorios palestinos. El frente de rechazo europeo está liderado por Inglaterra, Alemania y los Países Bajos, incondicionales de Israel. Sin embargo, hay quien estima que la cohesión de “los 27” podría romperse. El primer país “disidente”, es decir, dispuesto a apartarse de la línea de conducta común, sería España. Seguirán su ejemplo Eslovaquia y los Estados nórdicos – Suecia, Finlandia y Noruega, este último, no miembro de la Unión. A ello se suma, claro está, la postura muy firme de Rusia, heredera de la política meso-oriental de la Unión Soviética. El presidente Medvedev reiteró durante su reciente gira por Oriente Medio el apoyo de Moscú a creación del Estado palestino. Más aún: Rusia, que forma parte del Cuarteto para Oriente Medio, sigue barajando la opción de patrocinar una conferencia internacional sobre la paz en la zona.

Hoy por hoy, resulta sumamente arriesgado evaluar las repercusiones políticas de un posible voto positivo de la Asamblea de la ONU. Al parecer, la Cancillería israelí está considerando todas las opciones, sin descartar las más “catastróficas”, la peores para el Estado judío. Según el rotativo hebreo “Ha’aretz”, ha diseñado el mapa de un futuro estado palestino independiente. El borrador se limita a reconocer y aceptar el statu quo actual, concediendo a los palestinos un 40 ó 45 por ciento de los territorios de Cisjordania. Todo ello, dentro de unas fronteras provisionales, cuyo trazado definitivo se decidirá en consultas bilaterales.

Ante la amenaza que supone la avalancha provocada por la diplomacia palestina, las autoridades de Tel Aviv tratan por todos los medios de conseguir la anulación del informe Goldstone, redactado por un jurista sudafricano de origen judío, que condena la actuación de las tropas hebreas (aunque también, de Hamas) durante la invasión de la Franja de Gaza a finales de 2008 y comienzos de 2009. Pero Richard Goldstone, desprestigiado tanto en Israel como en las comunidades de la diáspora, no quiere dar su brazo a torcer. Claro que del “escamoteo” del informe depende el éxito o el fracaso de la contraofensiva diplomática de Tel Aviv en el palacio de cristal de Manhattan.

De aquí a septiembre, Israel jugará todas sus bazas. Esta vez, en un ambiente socio-político diferente. El Estado judío ya no puede enorgullecerse de ser la única democracia de Oriente Medio. Los vientos de cambio que soplan en la región deberían incitar al establishment de Tel Aviv a adoptar una postura más dialogante para con sus vecinos árabes. Guste o no al ala más conservadora de la clase política hebrea. Guste o no a los aliados incondicionales de Israel.

viernes, 18 de marzo de 2011

Los musulmanes y la democracia


“Los musulmanes no están preparados para la democracia”, profetizaba hace un par de lustros Bernard Lewis, uno de los más afamados islamólogos estadounidenses. Mas el viejo profesor, considerado uno de los mejores expertos en el mundo árabe-musulmán, añadía: “…pero están deseando que los Estados Unidos invadan sus países, acaben con los regímenes autoritarios e instauren la democracia”.

Después de estas desafortunadas declaraciones, que se limitaban a avalar las aventuras bélicas de George W. Bush en Afganistán e Irak, Bernard Lewis se tornó – en los ojos de los árabes – en un viejo judío inglés adicto a los designios neocolonialistas del “Imperio yanqui”.

Los acontecimientos de las últimas semanas – las revueltas “amables” de Túnez y Egipto – el levantamiento de las clases medias libias contra el régimen del sanguinario coronel Gaddafi – pusieron de manifiesto los errores de Bernard Lewis. Es cierto que los últimos documentos elaborados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), reflejaban una realidad completamente distinta. El informe sobre el desarrollo humano en el mundo árabe, publicado a finales de 2009, señala que las prioridades de la sociedad musulmana son: la pobreza, las deficiencias del sistema sanitario, el desempleo, la corrupción, etc. Los derechos humanos y los cambios de los sistemas sociales ocupan un modesto penúltimo lugar en la lista.

Muy parecidas son las conclusiones de la encuesta bienal minuciosamente preparada por la Universidad de Harvard, que señalan que la mayor preocupación de los habitantes de Oriente Medio es la imposibilidad de resolver el conflicto israelo-palestino o la humillación de las masas árabes por las potencias occidentales, Estados Unidos y sus aliados.
Cabe preguntarse, pues: ¿qué pasó en Túnez para desencadenar esta oleada de imparables protestas, este conjunto de reivindicaciones sociales? ¿Qué está pasando en el mundo árabe, en estos países con estructuras sociales diferentes, con distintos niveles de desarrollo económico? Los jóvenes que lideran los movimientos de protesta no pertenecen a las capas más desfavorecidas de la sociedad; por el contrario, son, en su gran mayoría, profesionales formados en las mejores universidades de Oriente Medio y el Magreb, en centros docentes del llamado “primer mundo”.

No, la revolución tunecina, las revueltas de Egipto, no son frutos de la “propaganda de Al Jazira” o una confabulación de las redes sociales, como pretenden los círculos conservadores. Tanto la cadena de televisión qatarí como Facebook son meras cajas de resonancia, testigos de una juventud que ha perdido el miedo, que reclama más oportunidades de perfeccionamiento personal. Pero la condición sine que non para ello es la libertad. Una libertad hasta ahora inexistente en muchos países árabes de Magreb y Oriente Medio.

Apoyan este movimiento los antiguos izquierdistas de los años 60, los oportunistas que se arriman al carro buscando provecho personal, y los grupos de oposición islámicos, que hacia finales de la década de los 90 adoptaron un discurso basado en la convivencia, sea ésta real o ficticia.

Los movimientos islámicos legalizados tienen una larga tradición de participación en los procesos electorales de los países que cuentan con un sistema parlamentario abierto. Por regla general, nunca han conseguido más del 10% de los sufragios. Sin embargo, la oposición laica que surge en países como Túnez y Egipto parece más frágil que los movimientos religiosos, siendo las agrupaciones islámicas la opción mejor organizada y más estructurada.

¿Un peligro para la democracia? Una hipotética victoria electoral de los movimientos islámicos no se traduciría forzosamente en una repetición de la revolución iraní de 1979. Los partidos de corte islámico han demostrado su voluntad de integrarse en procesos pluralistas y/o de frenar los intentos de imponer modelos teocráticos.

¿Cuál ha de ser la aportación de Occidente? Por proximidad geográfica, Europa podría desempeñar un papel clave en el proceso de evolución política. Si bien la Unión Europea no puede ofrecer a sus vecinos del sur la integración plena, como en el caso de los países del Este europeo, es importante promover el concepto de “partenariado de vecindad”.

¿Y los Estados Unidos? Si bien la Administración Obama promueve el concepto de democracia, se trata más bien de un cambio de discurso, no de política. El principal interés de Washington es la estabilidad política de la región. Y la geopolítica energética, exige mantener las buenas relaciones con las monarquías petroleras del Golfo Pérsico.