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martes, 9 de enero de 2018

La “primavera iraní” - ¿un asunto interno?


“Si las primaveras árabes fueron ideadas por gnomos del equipo de George W. Bush y llevadas a la práctica con la inestimable ayuda de veteranos asesores de la Administración norteamericana, no cabe la menor duda de que la cacareada primavera iraní es un invento de Dolad Trump”, afirmaba recientemente un cínico analista político libanés afincado en Francia. 

Ficticia o real, la acriminación encuentra eco en las manifestaciones de numerosos políticos y diplomáticos europeos o asiáticos, quienes no dudan en calificar la impetuosa actuación del actual inquilino de la Casa Blanca de intrusión en los asuntos internos de la República Islámica de Irán. La reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, convocada a finales de la pasada semana por la diplomacia estadounidense, ha puesto de manifiesto el rechazo de los miembros de la ONU ante la arrogante política imperial de la Casa Blanca. “Los problemas internos de Irán no constituyen un peligro para la paz mundial”, advirtieron los embajadores de las grandes potencias que integran el Consejo.

Cierto es que tanto el Presidente Trump como el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tienen interés en acabar, de forma más o menos pacífica, con el régimen de los ayatolás. Donald Trump pretende liquidar el legado de su antecesor, Barack  Obama: el acuerdo nuclear con Teherán, que no es del agrado de los legisladores republicanos. Por su parte, Netanyahu espera ansiosamente la “luz verde” de Washington para la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes, deseada por mentor, el general Sharon.
  
No hay que extrañarse, pues, al comprobar que los ayatolás echan la culpa de todos los males a los “agentes extranjeros” - Estados Unidos, Gran Bretaña, Arabia Saudita o Israel. Nada nuevo bajo el sol: lo mismo sucedió durante las últimas semanas del reinado del Sha, cuando se identificaba a los miembros de la guardia imperial dedicados a reprimir las revueltas populares con… ¡agentes del Mosad israelí!

Sin embargo, parece más que improbable que los manifestantes de 2018 acepten esas alegaciones. En comparación con la revuelta de 2009, organizada por una agrupación supuestamente liderada por los “verdes”, la actual primavera iraní es la emanación de un movimiento más heterogéneo, que congrega a exponentes del Irán profundo, las capas más desfavorecidas de la sociedad persa, hasta ahora ausente en las movilizaciones populares, a jóvenes, estudiantes, parados y mujeres. En este caso concreto, las quejas de los iraníes son múltiples y variopintas. ¿Su común denominador? La innegable voluntad de cambios estructurales.

Las primeras manifestaciones tuvieron como escenario la población de Mashad, ciudad natal del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de la revolución islámica y el feudo de la resistencia contra su adversario político, el reformador Hasán Rouhaní. Al día siguiente, las protestas se trasladaron a Kermanshah, localidad afectada por el último terremoto. Luego el movimiento se extendió a Teherán y otras localidades del país. La intervención de los Guardianes de la Revolución, unidades de élite que se dedican a proteger al régimen teocrático, se saldó con más de una veintena de muertos, centenares de heridos y detenciones masivas. Si bien el general Mohamad Alí Yafar, comandante en jefe de los Guardianes, se precipitó en anunciar el “fin de la sedición”, las protestas siguieron durante el fin de semana.

¿Se puede hablar de “sedición”? Aunque en las primeras horas se oyeron gritos de No a la República Islámica o Abajo el dictador (por el ayatolá Jameney), el movimiento se tornó rápidamente en una protesta social. Los “sediciosos” reclaman la introducción de nuevas reformas socio-económicas, ansiadas por la sociedad civil.

Los manifestantes denunciaban el  alto índice de desempleo – el 12,4 por ciento – alrededor del 29 por ciento en el caso de los jóvenes; una tasa anual de inflación del orden del 9 por ciento (controlada por las autoridades, puesto que en 2013 se había registrado la cifra récord del 35 por ciento); el aumento desmesurado del precio de los alimentos, la carestía de los hidrocarburos, el estancamiento de los sueldos (el salario mínimo ronda el torno a 155 – 170 euros),  el elevado gasto militar, debido ante todo al involucramiento del ejército y de las agrupaciones paramilitares en el conflicto del Yemen, el control de algunas zonas clave en la vecina Irak, así como la presencia de elementos castrenses en Siria y en el Líbano. A ello se suma el funcionamiento salvaje de sociedades financieras “opacas”, creadas durante la presidencia del populista Mahmud Ahmadineyad, acérrimo oponente de la política del ayatolá Rouhaní.

Por último, aunque no menos importante, la campaña a favor de los derechos básicos de los ciudadanos y las reivindicaciones más que justificadas de los grupos feministas.

Obviamente, el principal factor de la crisis es la patente incapacidad de los clérigos de llevar a cabo impostergables reformas económicas o de combatir la corrupción, un mal existente durante la época del Sha que, dicho sea de paso, fue el detonante (o la coartada) para el cambio de régimen.

Las embrionarias medidas contempladas por Hasán Rouhaní – reducción de los impuestos e incremento de los sueldos bajos – servirían para redorar, al menos, provisionalmente, la imagen del actual Gobierno. Sin embargo, podrían avivar las críticas de una oposición empeñada en condenar la aparente  “debilidad” del ala reformadora del establishment político, liderada por el propio Rouhaní.
Cabe suponer, pues, que al finalizar esa criptoprimavera persa, el país entrará en una etapa de inestabilidad, deseada por los detractores de la República islámica. La lista es muy larga: son legión…

martes, 29 de diciembre de 2015

En la primera línea del frente


¿Acabará convirtiéndose el Viejo Continente en escenario de múltiples conflictos generados por desigualdades económicas, roces étnicos, descenso de la natalidad o  fragmentación de la estructura geopolítica de la región? ¿Desaparecerá la Unión Europea? ¿Sobrevivirá la moneda común: el euro? Los analistas del afamado think tank estadounidense Statregic Forcasting (Stratfor) no dudan en tildar de sombrío el porvenir de sus aliados transatlánticos de Washington.

En efecto, el escenario esbozado por la flor y nata del establishment político-militar de los Estados Unidos contempla la división de Europa en cuatro centros de poder económico, ubicados en el Oeste, el Este, Escandinavia y las Islas británicas. Ello presupone la disminución, cuando no desaparición de la supremacía de Alemania, el aislamiento progresivo, aunque no total, del Reino Unido, la aplicación de medidas llamadas a desembocar en una Europa a dos velocidades, deseada por quienes parecen haber perdido el control de la tan cacareada locomotora comunitaria. En resumidas cuentas, en el advenimiento de una Europa que se rige por simples acuerdos bilaterales o multilaterales coyunturales, en su mayoría, de corta duración.

¿Los motivos de este pesimismo? Los predecibles problemas que afrontará Alemania, principal exportador de la zona euro, en caso de acentuación de la crisis, del inevitable auge del euroescepticismo, fomentado no sólo por movimientos ultraconservadores, sino también por decisiones políticas precipitadas o poco acertadas, que facilitaron la llegada de un millón y medios de inmigrantes en apenas doce meses, las reacciones xenófobas registradas en algunos Estados de Europa oriental, poco propensos a acoger los cupos de inmigrantes establecidos por Bruselas y por último, aunque no menos importante, el deseo de trasladar los operativos de defensa global hacia las fronteras orientales del Viejo Continente.

En ese contexto, Washington contempla una reordenación total de sus intereses geoestratégicos. En la próxima década, Norteamérica cuenta con el establecimiento de una coalición antirrusa, integrada por Polonia, Rumania y los países bálticos, y capitaneada, claro está, por la primera potencia mundial. Dicha alianza debería desempeñar un papel clave para la redefinición de las fronteras de Rusia y la reivindicación de territorios perdidos a lo largo de la historia por los aliados de Occidente. Se calcula que, tras la (hipotética) disminución del poderío ruso, la alianza podría convertirse en una fuerza dominante no sólo en los confines de Ucrania y Bielorrusia, sino en la región de Europa oriental. Para ello, tanto Polonia como Rumanía deberían incrementar su poderío político y económico en la zona; una meta que sólo lograrían alcanzar merced a la asociación estratégica con… los Estados Unidos. 

Obviamente, Washington tiene interés en el desarrollo de la región, que se traduce, hoy por hoy en el establecimiento de bases militares supuestamente relacionadas con el escudo antimisiles. Sin embargo, al juzgar por las características del armamento almacenado en las nuevas instalaciones de Rumanía, el Pentágono infringe la normativa del Tratado sobre misiles de corto y medio alcance, negociado por la OTAN y el extinto Pacto de Varsovia. Rusia protestó recientemente ante el despliegue de estos artefactos, pero la Alianza Atlántica prefirió hacer oídos sordos.

Estiman los analistas de Stategic Forcasting que si bien no habrá una implosión en Rusia, es decir, una revuelta contra el sistema político implantado por Vladimir Putin, el impacto de las sanciones económicas impuestas por Occidente, la espectacular disminución del precio del petróleo y el incremento de los gastos militares desembocarán en la debilitación del poderío del Kremlin y la posible fragmentación territorial de la Federación rusa. ¿Cabe especular con la posible presencia de unidades de choque estadounidenses en algunos de estos nuevos territorios independientes? Los analistas norteamericanos no descartan esta posibilidad.

Otro país que podría o debería sumarse a la coalición contra Rusia es… Turquía. El país  otomano necesita del apoyo de los Estados Unidos en el por ahora embrionario aunque debidamente fomentado conflicto que le opone al Kremlin. Si bien tanto Washington como Moscú dudan de la eficacia o sinceridad de Ankara a la hora de combatir los movimientos islámicos radicales que operan en Siria o en Irak, no cabe la menor duda de que Turquía tiene capacidad e interés en convertirse en el próximo gendarme del Mar Negro. De este modo, quedaría configurada la primera línea del frente. Y eso nada tiene que ver con un escenario de política ficción.

lunes, 6 de abril de 2015

Lausana: un acuerdo de principios en un mundo sin ética


La presencia de aquel suboficial de las tropas especiales iraníes me sorprendió Hello míster. No, no se preocupe; estamos aquí para protegerle, me dijo el militar armado hasta los dientes. ¿Contra quién?, pregunté.  Contra cualquiera que trate de acercarse a este edificio, respondió, señalando con la mano la sede de la representación diplomática estadounidense en Teherán.  Sucedió allá, por diciembre de 1978, durante mi última visita a lo que iba a convertirse, unos meses más tarde, en el nido de víboras del Gran Satán.

Tuve que abandonar Irán al día siguiente; la SAVAK – policía política del Sah – me invitó a hacerlo. A su manera; con un minucioso registro del que dejó innumerables y ostensibles huellas. La presencia de los periodistas extranjeros resultaba molesta. El propio Sah iba a abandonar el país pocas semanas después.

En Ginebra, a escasos kilómetros del mítico Beau Rivage Palace, que acogió la última ronde de consultas entre las seis potencias – Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, China y Rusia – y la República Islámica de Irán, un viejo amigo persa me recibió con los brazos abiertos: Verás; ahora vendrá la democracia.  Murió en el exilio, sin poder pisar la tierra de sus antepasados. Es el sino de los librepensadores, incapaces de tolerar los abusos de los déspotas ilustrados o de acomodarse con la teocracia de  los clérigos fanáticos.

Vuelven a mi mente esos lejanos recuerdos al tratar de evaluar los resultados de las maratonianas negociaciones de Lausana, que desembocaron recientemente en la firma del acuerdo preliminar destinado a poner fin al contencioso nuclear que enfrenta a Irán con los grandes de este mundo.  

La problemática es harto conocida. El régimen de los ayatolás, acusado de llevar a cabo un programa secreto para la fabricación de armas atómicas, se compromete, tras años de negociación, a reducir sus reservas de uranio enriquecido de 10.000 a 300 kilos durante un plazo de 15 años, a limitar el número de centrifugadoras de 19.000 a 6.000 y a abandonar la construcción de nuevas instalaciones nucleares durante los próximo tres lustros. El uranio enriquecido se almacenará en una sola planta. Por otra parte, la instalación subterránea de Fordo se convertirá en un centro de investigación dedicado sola y únicamente a la utilización del átomo con fines pacíficos. A cambio de ello, Estados Unidos y sus aliados procederán, una vez que la AIEA deje constancia de que Irán cumple sus compromisos, al levantamiento de las sanciones económicas y financieras decretadas contra el régimen iraní hace más de diez años.

Un compromiso histórico, estima el Presidente Obama, que desea finalizar su segundo y último  mandato con algún resultado positivo en política exterior. Una farsa, contestan sus detractores, persuadidos de que la República Islámica hará todo lo posible por incumplir sus promesas. Un peligro para la estabilidad de la región, alega la monarquía saudita, preocupada por la expansión chiita en la zona. Un acuerdo que pone el peligro la supervivencia del Estado de Israel, advierte el Primer Ministro Netanyahu. Un pacto insuficiente, que conviene rechazar, señala John Boehner, líder de la mayoría republicana en el Congreso de los Estados Unidos. Un signo de debilidad por parte del Gobierno iraní, afirma por su parte el ayatolá Alí Jameney,  jefe espiritual de la Revolución Islámica. Ante los ataques de los “halcones”, los negociadores cuentan con escasas semanas para redactar un tratado aceptable para todos.

Una puntualización: el programa nuclear iraní no dio comienzo a finales des siglo XX, como afirman algunos. Los primeros contactos de Teherán con la energía nuclear se remontan a… 1957, fecha en la que el Sah firmó el primer acuerdo de cooperación nuclear civil. En 1975, el entonces Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, rubrico un memorándum titulado   U.S.-Iran Nuclear Co-operation, que aludía al suministro de equipo nuclear a Irán. Además de las exportaciones llevadas a cabo por Estados Unidos y Alemania, se creó un consorcio multinacional integrado por empresas francesas, belgas, españolas y suecas, cuya tarea consistía en facilitar financiación y tecnología nuclear a las autoridades iraníes.

Tras la revolución islámica, los suministros que quedaron congelados. Sin embargo, durante esa travesía del desierto, Israel intentó un acercamiento científico-estratégico a Irán. Corrían los tiempos del Irangate, cuando los traficantes de armas de Tel Aviv no dudaban en negociar con… Dios y con el Diablo. Jomeiny rechazó la propuesta: su programa político contempla – sigue contemplando - la destrucción total del ente sionista. De ahí los temores de Netanyahu.


Finalmente, conviene recordar que Irán cuenta con dos vecinos que disponen de la bomba atómica: Paquistán y la India. En ambos casos, los responsables de la proliferación nuclear son… las dos superpotencias: Estados Unidos y la antigua URSS. Pero aquí nos adentramos en el terreno de la… materia reservada.  

jueves, 26 de marzo de 2015

A la caza de los "submarinos rojos"


Hay verdades ocultas y revelaciones que conviene silenciar. El escándalo o, mejor dicho, la tormenta en un vaso de agua estalló en octubre del pasado año, cuando las autoridades suecas denunciaron la presencia de submarinos intrusos en sus aguas territoriales. Acto seguido, el Ministerio de Defensa del neutral Reino de Suecia decretó la mayor movilización militar desde el final de la Guerra Fría. Algunos recordaban vagamente que en 1981 un sumergible soviético que transportaba armas nucleares encalló cerca de las costas suecas.

Aunque durante el aparentemente inexplicable incidente producido en octubre los servicios de inteligencia suecos no señalaron a Rusia, el diario Svenska Dagbladet informó que los militares habían interceptado mensajes de emergencia procedentes de un mini submarino que solicitaba auxilio. Curiosamente, el objeto no identificado desapareció tras la llegada en la zona de un barco-laboratorio ruso, dedicado a la investigación científica del fondo de los mares. ¿Mera casualidad?

Al parecer, en el trasfondo de los extraños incidentes navales hallamos el distanciamiento entre Rusia y los países de Occidente que han impuesto sanciones a Moscú por lo que consideran un apoyo encubierto del Kremlin a los rebeldes ucranios.

Pero, ¿cómo se explica la aparición y desaparición de los submarinos rusos en las costas escandinavas? La clave del misterio estriba en uno de los secretos mejor guardados por la cúpula de la Alianza Atlántica: los rusos controlan actualmente una base militar ultrasecreta en Noruega, país miembro de la OTAN.

Hagamos memoria: hace apenas seis años, los políticos noruegos decidieron que la Federación Rusa había dejado de ser una amenaza para sus vecinos. Se habló del posible desmantelamiento de algunas instalaciones militares, cuyo mantenimiento resultaba muy gravoso para las arcas del país. El Ministerio de Defensa se decantó por la venta de la base secreta de Olavsvern, ubicada en una región montañosa, cerca de Tromsø. La base tiene una superficie de 948.900 metros cuadrados. Dispone de amarres para buques de guerra y submarinos. Cuenta también con 124 dormitorios. En resumidas cuentas, podría ser el refugio ideal para un… ejército. Un refugio situado en las inmediaciones de la frontera con Rusia.

La construcción de la base se realizó entre 1964 y 1994. Su coste ascendió a… ¡440 millones de Euros! Sin embargo, el Gobierno noruego decidió venderla – sin éxito - por 12,1 millones.  Finalmente, consiguió deshacerse de Olavsvern por el módico precio de  4,4 millones.

El comprador, el hombre de negocios Gunnar Wilhelmsen, no tardó en encontrar inquilino. Se trata de la empresa rusa Sevmorneftegeofizika, especializada en la medición sísmica marítima. Pero las embarcaciones de Sevmorneftegeofizika forman parte de la marina de guerra rusa. Los barcos, que realizan mediciones sísmicas y ejercen una estrecha vigilancia estratégica del entorno marino,  envían mini submarinos a las aguas territoriales de Suecia, Finlandia y Noruega. Todo ello, utilizando como punto de partida la antigua base de la OTAN, considerada durante décadas como uno de los pilares de la defensa de la soberanía noruega.

Si bien los políticos han puesto el grito en el cielo, la población de Tromsø no tiene queja alguna del comportamiento muy urbano de los visitantes rusos. Al contrario, espera que los negocios de la base se multipliquen.

Para recuperar las instalaciones estratégicas sacrificadas en el ara de la efímera convivencia pacífica con el oso ruso, el Gobierno debería invalidar la venta. Una opción ésta sumamente difícil en un país regido por la economía de mercado.

Detalle interesante: la venta de la base ultrasecreta de Olavsvern se realizó durante el mandato del Primer Ministro conservador Jens Stoltenberg, actual Secretario General de la Alianza Atlántica (OTAN) y ferviente defensor de la política de mano dura contra el Presidente Putin. Los comentarios sobran.

miércoles, 14 de enero de 2015

2015: el año del rearme nuclear


La Administración estadounidense dio la nota el pasado fin de semana, al brillar por su ausencia en la manifestación multitudinaria de repulsa al terrorismo celebrada en París. Recordemos que una cincuentena de jefes de Estado y de Gobierno acompañó al Presidente François Hollande en la marcha por la libertad de expresión y la defensa de los valores democráticos organizada a raíz del atentado que costó la vida a once ciudadanos inocentes. El pretexto: la publicación en el semanario humorístico galo Charlie Hebdo de unas viñetas caricaturizando al profeta Mahoma. Para los asesinos, ello suponía una imperdonable ofensa contra el Islam. Para las víctimas, un mero toque de humor… irreverente. Pero claro; hay humores que matan.

Mientras los indignados europeos trataban de (re)definir sus ya de por sí accidentadas relaciones con el Islam, confundiendo a veces terrorismo con tradicionalismo, las miradas de la Administración Obama se centraban en otro frente de batalla: el de la recalcitrante Rusia que, según los estrategas norteamericanos, se había dedicado a infringir las normas de seguridad transatlántica recogidas en el Acta Final de la Conferencia de Helsinki, que prohíbe la modificación de las fronteras mediante el uso de la fuerza o la amenaza. Para Washington, la anexión de Crimea y el conflicto de baja intensidad del Este de Ucrania constituyen violaciones flagrantes de los compromisos internacionales adquiridos por el Kremlin hace ya más de tres décadas.

Sí, es cierto: el mundo ha cambiado. En la década de los 70 del siglo pasado, los confines de los dos grandes bloques se situaban en el corazón de Alemania. Una división artificial, con la que Occidente quería acabar. El propio general De Gaulle habló de la Europa desde el Atlántico hasta los Urales, de una Europa unida. Hoy en día, la Alianza Atlántica llega hasta el Mar Negro y el Báltico. Ucrania sigue siendo el tampón entre Rusia y Occidente. Pero, ¿hasta cuándo? La Unión Europea inyecta ingentes cantidades de dinero para reflotar la economía de un país que padece dos grandes males: la corrupción y la intolerancia. Pero Ucrania es la pieza clave para la ofensiva hacia el Este, hacia la madriguera del oso ruso.

Hace unas semanas, tras la adopción de la enésima tanda de sanciones impuestas a Rusia por la Administración Obama y sus aliados europeos, el Presidente Putin anunció un cambio de rumbo en la política exterior del Kremlin. El mensaje resultaba a la vez sencillo y firme: no hay que utilizar la fuerza contra Rusia; no nos vamos a arrodillar ante las potencias extranjeras. Los hechos acompañaban las palabras. Submarinos en las aguas territoriales de los países vecinos, vuelos de reconocimiento en el espacio aéreo de los miembros de la Alianza, maniobras militares con armas convencionales y… misiles nucleares. Por si fuera poco, Rusia pretende modernizar su arsenal de misiles balísticos; Norteamérica anuncia el redespliegue de sus propias ojivas nucleares en suelo europeo.  Washington acusa a Moscú de haber violado el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), firmado por las superpotencias en 1987. Por su parte, el Kremlin alude a las múltiples transgresiones estadounidenses, que el Pentágono desmiente rotundamente. La desconfianza reina.

El ex-secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, solía afirmar que el orden mundial depende de una sutil mezcolanza de Poder y Legitimidad. Parece que esa fórmula ha dejado de tener vigencia. Los analistas occidentales estiman, por su parte, que Putin no descarta el uso de la fuerza, considerando que la guerra es un componente lícito y racional, una mera continuación de la política empleando otros medios.  

Conviene señalar que la Administración Obama optó por no dar la nota en el Este del Viejo Continente, enviando a los países de la línea del frente a la subsecretaria de Estado para Asuntos europeos, Victoria Nuland. Su misión: persuadir a los nuevos aliados de Washington que es preciso aceptar la presencia de instalaciones del escudo antimisiles en su territorio, aumentar los presupuestos de defensa y practicar políticas de transparencia. Son deberes impuestos: el precio que hay que pagar por estar en el… bando de los buenos.

Desengáñese, estimado lector: esa no es un episodio más de la guerra fría. Se parece más bien a un conflicto ardiente. Con la agravante de que esta vez la amenaza nuclear vuelve a perfilarse en el horizonte. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Putin y los enemigos de antaño


Dos extraños y contradictorios mensajes de fin de año nos llamaron la atención en vísperas de las fiestas navideñas. El primero procede del Kremlin; el segundo, de la capital de Alemania.
Huelga decir que para la mayoría de los europeos, los protagonistas del 2014 fueron dos amables contrincantes: Vladímir Putin y Angela Merkel. Dos estadistas que encarnan, quieran o no, la nueva guerra fría. La guerra hibrida, para los expertos en polemiología, muy propensos a inventar neologismos adaptados a conflictos de toda índole. Para los polemiólogos, la anexión de Crimea y el conflicto interno de Ucrania forman parte de las llamadas guerras hibridas. Nada que ver, claro está, con la guerra de Vietnam, el conflicto israelo-árabe o la invasión de Irak por la alianza militar liderada por Washington. Las guerras hibridas molestan, pero… no inquietan. Al menos, de momento.

Pero volvamos al tema que nos ocupa: el intercambio de mensajes entre Oriente y Occidente. Quien abrió las hostilidades (verbales) fue Vladímir Putin en su discurso pronunciado ante las Cámaras del Parlamento ruso. Su análisis sorprendió a los observadores extranjeros. En Presidente habló del papel de Rusia en el mundo, haciendo hincapié en el poderío militar de su país  que sigue siendo la primera potencia nuclear del planeta. Es inútil hablar con Rusia desde posiciones de fuerza, señaló Putin, recordando a los “interesados” el final de la aventura bélica de Adolf Hitler. El mensaje iba dirigido, sin duda alguna, a los enemigos de antaño de Rusia, que tratan de levantar un nuevo telón de acero. ¿Los destinatarios de esa advertencia? Washington, Berlín y Bruselas. Aunque el Presidente ruso se apresura en añadir que a Moscú lo le interesa el deterioro de las relaciones con Occidente, no duda en tachar el escudo antimisiles desplegado por la OTAN en las regiones fronterizas con la antigua URSS de amenaza para toda la humanidad.

Al evaluar el impacto de las sanciones impuestas por Occidente a raíz de la crisis de Crimea y de la situación bélica que reina en Ucrania, el número uno del Kremlin afirma rotundamente que la coyuntura actual representa un estímulo para el desarrollo nacional de Rusia. Reconociendo el importante perjuicio a la economía de su país tanto a nivel de las relaciones comerciales con los socios europeos como para la estabilidad del rublo, Putin insiste sobre la necesidad de apostar por tecnología nacional, conservando a la vez la calidad de los productos nacionales, así como la relación calidad precio.

También recuerda las presiones ejercidas recientemente por Bruselas sobre algunos países balcánicos (Rumanía, Bulgaria) con miras a obstaculizar la construcción del gasoducto South Stream, variante alternativa de la actual conexión energética que atraviesa el territorio de Ucrania. Tras la renuncia de Bulgaria de autorizar las obras previstas por los acuerdos bilaterales, Moscú dirigió sus miradas hacia… Ankara. En efecto, Turquía se convertirá en el suministrador de gas natural ruso en la región Mediterránea. La reciente firma del acuerdo de cooperación energética entre Moscú y Ankara provocó la ira de Washington y de sus aliados europeos. Mas no será este el primer ni el único motivo de enfado. En este contexto, conviene señalar que algunos kremlinólogos occidentales (¡cielos! ¿Esa “secta” aún no ha desaparecido?) estiman que la política llevada a cabo por Occidente frente a Moscú es a la vez contraproducente y nociva. Nuestros políticos no comprenden a Rusia, afirman los estudiosos anglosajones. Decididamente, no.

Los políticos comprenden lo que quieren y, en la mayoría de los casos, sólo lo que les interesa. Hacer caso omiso de la argumentación del enemigo de antaño forma parte de la estrategia de este partido de ajedrez. Hace años, la propaganda oficial rusa advirtió sobre el peligro del revanchismo centroeuropeo. Se trataba, obviamente, de una alusión poco velada a… Alemania, la primera potencia industrial del Viejo Continente. Los rusos no olvidan los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, la Canciller Merkel no tardó en censurar la postura del Kremlin que, según ella, obstaculiza la “normalización” de la relaciones de Ucrania y Georgia – candidatos al ingreso en la OTAN - así como de la República Moldova, con la UE. Moscú teme que Alemania sigue impertérrita su ofensiva hacia el Este y que el vocablo normalización es sinónimo de… anexión.  Algo que aún queda por ver. Aunque los pesimistas ya tienen su slógan: Guten Appetit, Frau Merkel! Buen provecho, señora Canciller…

jueves, 25 de septiembre de 2014

Obama: si vis pacem...


El Presidente de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, sorprendió a propios y extraños al afirmar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que  “…este es el mejor momento de la historia humana”. El mejor momento para nacer, recalcó el actual inquilino de la Casa Blanca, en un acalorado discurso en el que defendió el papel de los Estados Unidos, potencia que promueve “la paz y la estabilidad” a nivel planetario.

¿Paz y estabilidad? Si algo se parece a una guerra, es el gigantesco operativo “pacificador” del Nobel Barack Obama. Los ataques aéreos contra los radicales del Estado Islámico, llevados a cabo con el apoyo de Arabia Saudita, Emiratos Unidos, Jordania y Bahréin, requieren una intervención terrestre. Curiosamente, ningún país occidental parece dispuesto a mandar tropas a la zona. ¿Serán los gobernantes árabes los artífices de la victoria final contra el EI, los verdugos de esos desalmados terroristas?  No hay que olvidar que algunos regímenes “prooccidentales” de la región avalaron la creación de agrupaciones radicales islámicas – Al Qaeda, Estado Islámico, el Frente Al Nusra – financiando, entrenando y armando a los rebeldes.  La vocación de Arabia Saudita no es de combatir el Islam, sino de velar por su expansión en el mundo.

Si algo se parece a una guerra, es la inestabilidad de Oriente Medio. A la crisis política de Irak, fomentada por los partidarios del enfrentamiento entre chiitas y sunitas, se suma la guerra civil de Siria, desencadenada por quienes deseaban acabar con el régimen autoritario de Bashar el Assad. Mas la primavera árabe no pudo con el hombre fuerte de Damasco. Quedaba, pues, el viejo y socorrido recurso de la desestabilización. En ese contexto, las víctimas civiles, decenas de miles de víctimas, figuran en el apartado de los daños colaterales, eufemismo ideado por los estrategas militares para no emplear la palabra muertos.

Si algo se parece a una guerra, es el interminable enfrentamiento entre israelíes y palestinos, un conflicto en el cual los Estados Unidos actúan como juez y parte. En efecto, ninguna Administración norteamericana se atrevió a plantar cara a Israel, ninguna se pronunció abiertamente a favor del derecho de autodeterminación del pueblo palestino. Durante la última ofensiva israelí contra la Franja de Gaza, la postura sumamente cauta de Obama provocó la ira de algunos Gobiernos árabes, que acostumbran defender a los “hermanos palestinos” con palabras, palabras y más palabras. 
    
Si algo se parece a una guerra, son los operativos bélicos llevados a cabo en los últimos tres lustros en Afganistán, feudo y refugio de Osama Bin Laden, Paquistán, donde los ataques con drones causaron la muerte de 4.000 personas, Yemen o Libia. De hecho, la desaparición de Moamar Al  Gadafi  no dio paso a la democracia. Al contrario, el país africano vuelve al tribalismo reinante durante la época de la monarquía.

Si algo se parece a una guerra, es la caótica situación generada en Ucrania tras el golpe de palacio que acabo con la presidencia de Víctor Yanukóvich, el político que se negó a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea. De hecho, Berlín y Washington parecían muy interesados en que ello suceda. En el caso de la Canciller Merkel, para recuperar una antigua zona de influencia germana en Europa oriental; en el de la Administración Obama, para estrechar el cerco contra Rusia. La insistencia de Moscú en no abandonar su ya de por sí limitada esfera de influencia (sus antiguos aliados del Pacto de Varsovia pertenecen hoy en día a la Alianza Atlántica),  fue interpretada como una declaración de guerra por la Casa Blanca, el Pentágono y la OTAN. Una guerra tibia, que desembocó en la adopción en una serie de sanciones contra Rusia. ¡Ay! Otro error de cálculo: la reacción de  los rusos, sean estos partidarios o detractores de Vladimir Putin, ha sido diametralmente opuesta a las previsiones de Occidente.  No, Rusia no deja de ser una gran potencia.  


Una gran potencia que, según las palabras de Barack Obama ante la Asamblea General de las Naciones Unidas es, después de la mortífera epidemia de ébola, la… segunda mayor amenaza de la escena mundial. El Estado Islámico ocupa el tercer lugar en la lista. Pero nadie habla, al menos de momento, de una coalición para bombardear a Rusia. De momento…

viernes, 19 de septiembre de 2014

Moscú recurrirá las sanciones de Occidente


Si el Kremlin lo ordena, las tropas rusas tardarían dos días en llegar a Kiev, Riga, Vilna, Tallin, Varsovia o Bucarest. La noticia, divulgada hace apenas unas horas por el prestigioso rotativo alemán Süddeutsche Zeitung, revela el contenido de una conversación privada sostenida por el presidente ruso, Vladímir Putin, con su homólogo ucranio, Petro Porosenko.
 
Poroshenko no tardó en trasladar la amenaza de Putin al Presidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Barroso, a la vez que solicitaba la ayuda económica y militar de Occidente. Una ayuda que se materializará, de momento, con la concesión de nuevos créditos a las autoridades de Kiev.

Huelga decir que los portavoces oficiales de la Comisión se negaron a comentar las declaraciones del hombre fuerte del Kremlin, recordando que la UE no suele trasladar la acción diplomática a los medios de comunicación o pronunciarse sobre el contenido, total o parcial, de conversaciones confidenciales.  Pero Porosenko tenía interés en filtrar la noticia; según la prensa ucrania, el ejército de Kiev cuenta actualmente con un escaso 40 por ciento de sus arsenales. Los enfrentamientos de la región de Donbas tuvieron efectos devastadores.

Menos devastadoras son, al parecer, las sanciones impuestas por el actual inquilino de la Casa Blanca. Aunque la evaluación del impacto de las sanciones contra Rusia muestra un deterioro del margen de maniobra de la banca estatal y del papel preponderante del conglomerado Gazprom, las contramedidas anunciadas por Moscú – limitación de los suministros de gas natural, veto a las importaciones de productos alimentarios procedentes de la UE – han sido acogidas con preocupación, véase pánico, en los países de la Unión. A las protestas de los agricultores, principales víctimas del cierre del mercado ruso, se suma en nerviosismo de algunos Gobiernos, incapaces de hallar soluciones de recambio destinadas a paliar la más que probable escasez de combustibles  para el período invernal. De hecho, Gazprom acordó esta semana una disminución del 10 por ciento de las exportaciones de gas natural destinadas a los vecinos de Rusia: Ucrania, Polonia, Rumanía y los países bálticos. ¿Advertencia? ¿Mero anticipo de una nueva ofensiva energética? El mensaje es muy sencillo: A Rusia no se le chantajea. Por si fuera poco, Moscú piensa recurrir las sanciones occidentales ante la Organización Mundial del Comercio, baluarte del libre cambio comercial, ideado por los Gobiernos del primer mundo para llevar a cabo el desarme arancelario de los países en desarrollo.

Hace más de dos décadas, cuando por politólogos de la universidad de Yale idearon la pinza contra Rusia, partieron de la falsa premisa de que el frente occidental estaría compuesto por los antiguos vasallos de Moscú (ex miembros del Pacto de Varsovia) y que China se convertiría, a su vez, en el muro de contención asiático. Ni que decir tiene que se equivocaron. Los países de Europa oriental no disimulan su preocupación ante una posible, aunque por ahora, poco probable ofensiva militar de Rusia contra Kiev, Riga, Vilna, Tallin, Varsovia o Bucarest. En Asia, China se perfila, a través de la Organización de Cooperación de Shanghái, en uno de los principales aliados de la Federación rusa. Se le suman India y Singapur, dos gigantes económicos que apuestan por la inversión o la tecnología rusas. Un auténtico quebradero de cabeza para el Nobel de la Paz Obama, que navega zigzagueando entre los conflictos de Ucrania, Oriente Medio y África.  

Decididamente, la historia con H mayúscula no se escribe en Yale.

jueves, 29 de mayo de 2014

El romance Moscú - Pekín, a todo gas


Hace unos meses, cuando Moscú parecía dirigir su mirada con aparente timidez y cautela hacia el continente asiático, un politólogo estadounidense lanzó la advertencia: “Cuidado, Putin tiene intención de recomponer el imperio”. Ficticia o real, la advertencia no cayó en saco roto. El establishment político de Washington aprovechó el  grito de alarma del kremlonólogo de turno, argumentando que Rusia no podía ni debía ocupar un lugar preponderante en Asia, continente llamado a convertirse, según el guion preestablecido, en el nuevo y fiel vasallo de los Estados Unidos.  De hecho, Washington y sus aliados – Japón, Filipinas, Corea del Sur -  se habían repartido los papeles. Quedaba la gran incógnita: China. ¿Se sumaría Pekín al equipo ganador ideado por los estadounidenses? 

La respuesta llegó a mediados de la pasada semana,  cuando Rusia y China firmaron el mayor contrato de suministro de gas natural registrado hasta la fecha. El convenio, por valor de 400.000 millones de dólares, contempla el suministro anual de 38.000 millones de metros cúbicos de gas a China durante tres décadas. Irrelevante, dirán los economistas norteamericanos, recordando que el consumo de la ciudad de Nueva York asciende a 50.000 millones de metros cúbicos. Sin embargo, esa irrelevante cantidad cubrirá el 25 por ciento del consumo anual chino. 

Mas el problema no es económico, sino meramente político. Con la firma de este convenio, Moscú trata de paliar las posibles pérdidas causadas por un hasta ahora hipotético boicot de sus exportaciones hacia los países de la Unión Europea. En efecto, Bruselas, más preocupado por el suministro energético a su nuevo aliado, Ucrania, optó por chantajear a Moscú con posibles (aunque poco probables) represalias si el consorcio ruso Gazprom decide suspender las exportaciones destinadas al país vecino. Una amenaza que hace sonreír a los expertos. Un tercio del gas que consume la UE procede de… Rusia. Ni que decir tiene que la Unión debería buscar otras fuentes de suministro. El presidente Obama se apresuró en ofrecer a los europeos productos energéticos made in USA. Olvidaba, sin embargo, el político-jurista que la legislación estadounidense prohíbe la exportación de petróleo y gas provenientes de los yacimientos norteamericanos.

Por su parte, el presidente de la junta directiva de Gazprom, Alexei Miller, trata de ofrecer una versión meramente empresarial del contrato, alegando que Europa ha dejado de ser un mercado competitivo. Los precios en Asia son mucho más elevados y no cabe duda de que ello afectará, a la larga, la tendencia en los mercados”. 

La versión de los politólogos moscovitas es mucho más compleja. En realidad, no se trata sólo de desavenencias provocadas por la crisis ucrania, sino de consideraciones de índole ideológica. Tanto Rusia como China rechazan el neocolonialismo de Occidente, los designios imperiales del inquilino de la Casa Blanca, los intentos de dividir a los países del Pacífico. 

Los dirigentes chinos van incluso más lejos, al abogar por una alianza de seguridad con la participación de Rusia y de Irán. Para el presidente chino, Xi Jinping, esa nueva arquitectura de cooperación regional debería crear un mecanismo de consulta en materia de defensa, capaz de contrarrestar los planes hegemónicos de los Estados Unidos. Los chinos estiman que sería conveniente contar con la participación de otros países asiáticos en este proyecto de seguridad y defensa.  

¿Una alianza entre Rusia, China e Irán? Una mezcla explosiva que acabaría convirtiéndose en una pesadilla para los Estados Unidos. 

Huelga decir que hoy por hoy, la amenaza tiene otro nombre: BRICS. Ese grupo de economías emergentes, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que contemplan el abandono de la zona dólar, la creación de unas estructuras financieras paraleles, desvinculadas del Fondo Monetario y el Banco Mundial, de la tiranía de los países industrializados. ¿Meras elucubraciones? El porvenir nos lo dirá. 

De momento, Moscú ha dado un paso adelante al anunciar la creación, este fin de semana, de la Unión Euroasiática, integrada por Rusia, Bielorrusia y Kazajstán, un mercado común de 170 millones de personas que pretende convertirse en el contrapeso del bloque occidental. Sí, es cierto; Vladimir Putin sueña con la recomposición del imperio. Pero no se trata de un simple sueño.

martes, 15 de abril de 2014

El anhelo imperial de Vladímir Putin


Vladímir Putin no vive en este mundo, le confesó recientemente Angela Merkel a Barack Obama. La Canciller de Hierro (nada que ver con su ilustre antecesor, Otto von Bismarck) trataba de explicarle al poco carismático Presidente estadounidense, que no tiene la talla de líder mundial que el hombre fuerte del Kremlin hace caso omiso de las reglas del juego establecidas por círculos de poder occidentales. Según la Sra. Merkel, los recientes acontecimientos de Crimea y la oleada de protestas registrada en Ucrania oriental reflejan una manera de pensar nada conforme con los cánones de conducta de los políticos del primer mundo. 

Desde el inicio de la crisis ucraniana, que desembocó en la ruptura entre Kiev y Moscú, el Presidente ruso se ha convertido en el blanco de los líderes de opinión norteamericanos, quienes le acusan de emplear métodos dictatoriales, destinados a desestabilizar a las instituciones democráticas de los países vecinos (de momento, Ucrania, pero sin duda otros se sumarán a la lista), de expansionismo violento y un sinfín de etcéteras. Putin ocupa el lugar reservado hasta los años 50 del siglo pasado a… José Stalin, sanguinario eso sí, aliado de las potencias occidentales – Norteamérica, Reino Unido y Francia – durante la Segunda Guerra Mundial. Pero ni que decir tiene que Putin no es Stalin; Obama tampoco es Roosevelt, ni Kennedy, ni Reagan.

Es cierto: Putin no vive en el mundo de Frau Merkel, aunque hay muchos paralelismos entre el pensamiento político de ambos. En efecto, mientras la Canciller alemana sueña con restablecer el poderío germano en toda Europa, el Presidente ruso está empeñado en edificar el cuarto imperio ruso-eslavo. Para lograr su meta, Putin recurre al centralismo instaurado por Iván el Terrible en el siglo XVI y desarrollado por Pedro el Grande en el siglo XVII. Los líderes de la revolución de Octubre heredaron esas estructuras, que convirtieron, en 1922, en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al igual que muchos de sus coetáneos, Putin es un nostálgico de la era soviética, del prestigio de la extinta URSS, la potencia mundial fundadora del siniestro club nuclear. 

Pero el proyecto de supremacía rusa se desvaneció al final de la Perestroika. El imperio soviético se disgregó. Mientras los políticos de la generación de Putin tratan de recuperar el prestigio de la Madre Rusia, el padre de la espectacular liberalización de la década de los 80, Mijaíl Gorbachov, se dedica a grabar spots publicitarios loando las virtudes de la… pizza estadounidense.  

Según el politólogo italiano Irnerio Seminatore, presidente del Instituto Europeo de Relaciones Internacionales, organización con sede en Bruselas, Vladímir Putin dirige una empresa de gran envergadura, llamada a desembocar en el alumbramiento de una nueva potencia global: el Estado ruso euro-asiático. Para alcanzar esta meta, el Kremlin debe hacerse con el control político y económico a escala planetaria. El poderío global nada tiene que ver con el poder ejercido hasta ahora por las potencias industriales. La globalización manda. 

Moscú mira, pues, hacia Oriente. Sus nuevos mercados potenciales son China y la India. Sin olvidar a Corea y Japón o los países miembros de la ASEAN. De hecho, en los próximos 20 años China monopolizará gran parte de las exportaciones rusas de gas natural. También se prevé un incremento de los suministros de crudo. 

Los contactos con la India no se limitan, como hasta ahora, a la tecnología nuclear. Los rusos tienen intención de participar activamente en el desarrollo de la industria armamentística hindú. No se trata de una excepción. En los últimos meses,  han proliferado de acuerdos de venta de tecnología militar firmados con varios países latinoamericanos: Brasil, Venezuela, etc. 

Aparentemente, Rusia trata de ampliar sus relaciones económicas con los miembros del BRICS, agrupación que integra a varios Estados emergentes: Brasil, China, India y Sudáfrica. 

¿Las cacareadas sanciones occidentales a Rusia? Su eficacia aún queda por ver. El titubeo de Bruselas ante la crisis de Ucrania ofrece un bochornoso espectáculo de desunión comunitaria. En esas circunstancias, Norteamérica de convierte en adalid de la guerra (fría) contra Moscú. Barack Obama quiere defender la democracia ucrania. Pero, ¿dónde queda Ucrania? ¿Entre Guatemala, Panamá y Granada? ¿Entre Afganistán e Irak? La mayoría de los norteamericanos lo ignora. ¿Cómo explicarles que nos hallamos ante una nueva etapa de la bananizacion  (qué no balcanización) del Viejo Continente? A buen entendedor…