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jueves, 23 de abril de 2020

A por ellos...


Las reservas mundiales de petróleo se agotarán dentro de veinte o treinta años. Prepárense para la nueva era; la era de las restricciones. La advertencia, formulada en el invierno de 1972 por un alto cargo de la Compañía Nacional Iraní de Petróleo (NIOC), se convirtió en mi mantra durante lustros. Tardé en comprender el verdadero significado del mensaje: mi interlocutor se refería a las reservas mundiales de petróleo conocidas o, mejor dicho, inventariadas por los productores de oro negro: las multinacionales anglosajonas y las pocas empresas nacionalizadas por los regímenes autoritarios del mundo árabe.

A finales de la década de los 70 del pasado siglo, cuando los países miembros de la OPEP iniciaron un prudente acercamiento a los Estados productores de petróleo no miembros del cartel, los temores de los técnicos de Teherán parecían confirmarse. O tal vez…

¿Escasez o superabundancia? Los niveles de producción de los nuevos actores – los países de la no-OPEP, más conocidos en los últimos años como la agrupación OPEP+ - desvelaban nuevos horizontes. Entre los países que entraban en liza figuraban Rusia, los Estados Unidos, Canadá, México, Noruega, las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso. A más caudal, más competencia. La OPEP ya no podía fijar unilateralmente el precio de referencia de los crudos: sus nuevos socios - aunque siempre competidores – se regían por otros baremos.

Algunos de los recién llegados se sumaron al bloque liderado por Rusia. Otros, como por ejemplo Estados Unidos, Canadá o Brasil optaron por abrir otros frente: el de los independientes. Con razón: la multipolarización del sector afectaba sus intereses.

Durante décadas, la industria petrolera trató de ajustar los precios del crudo a la creciente demanda mundial y también a las cotizaciones, siempre al alza, de los países del “primer mundo” – Noruega, Canadá y los Estados Unidos, obligados a soportar costes de producción más elevados. Las plataformas del Mar del Norte empleaban tecnologías más sofisticadas que los pozos situados en los desiertos de Cercano Oriente; los yacimientos de Texas o Dakota funcionaban gracias a la fracturación hidráulica – el fracking  - método sumamente costoso, poco rentable en países donde el oro negro sale a raudales.
  
Durante décadas, el modus operandi funcionó. Sin embargo, hace 17 años, tras la aparición de otro virus chino, el SARS, los precios cayeron en un tercio y la economía mundial registró pérdidas estimadas en alrededor de 60.000 de millones de dólares. El mercado tardó más de un año en recuperarse.

A finales de 2019, los exportadores de petróleo advirtieron los primeros síntomas de una nueva recesión económica. El peligro de una pandemia estaba en el aire, pero no se había materializado. Sin embargo, los productores de la OPEP y, concretamente, Arabia Saudita, apostaron por una reducción sustanciosa de los niveles de producción, indispensable para mantener la cotización de los precios. La propuesta de Riad, que invalidaba el acuerdo con los miembros de OPEP+, contemplaba una disminución de 10 millones de barriles diarios e la producción de ambos bloques, contando también con la posible ¡y deseada! reducción de los independientes – Estados Unidos y Canadá.

Ante la negativa de Rusia de aceptar el ofrecimiento de Riad, los saudíes decidieron abrir el grifo, inundando el marcado con petróleo barato. La guerra entre los feudales de Riad y los apostatas de Moscú, finalizó la pasada semana con un inevitable acuerdo. Aún así, cabe suponer que la cotización del crudo no volverá a alcanzar los niveles del pasado año: la recesión económica y los efectos colaterales del coronavirus entorpecerán la recuperación.

¿Petróleo a 31, 32 ó 35 dólares por barril?  Rusia y Arabia Saudita pueden permitirse este lujo.  No es este el caso de los petroleros de Texas o Dakota. No hay que extrañarse, pues, si el día en que se dieron a conocer los detalles del nuevo acuerdo entre los dos grandes bloques, un ejecutivo de la compañía rusa de petróleo expresó su satisfacción con la escueta frase: Y ahora, a por ellos.

martes, 25 de julio de 2017

El "ejemplo polaco"


Hace apenas unas semanas, el Presidente Trump nos deleitó con su retórica al ensalzar el apego del pueblo polaco por los “valores europeos”: tradición, religiosidad y, ante todo, animadversión frente a Rusia. Trump no dudó en poner a Polonia como “ejemplo” de la incondicional e indispensable defensa del legado del Viejo Continente. Un extraño paradigma que, de paso sea dicho, no comparten ni avalan los socios comunitarios de Varsovia.

Sin embargo, conviene señalar la presencia en la tribuna de honor de oficiales de los ejércitos Rumanía y de los Estados bálticos, así como de altos cargos de la Alianza Atlántica destacados en la región. ¿Pura casualidad? No, en absoluto. La visita del actual inquilino de la Casa Blanca a este país del Este europeo tenía una finalidad muy concreta: la puesta en marcha de la “Iniciativa de los Tres Mares”, un macro proyecto de independencia energética auspiciado por los Estados Unidos. Sus beneficiarios: Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Estonia, Letonia, Croacia, Eslovenia y Austria. Es decir, todos los Estados que podrían o, mejor dicho, deberían prescindir de las exportaciones de gas natural ruso, que inciden en las relaciones entre Moscú y Occidente. 

No se trata de un plan nuevo; la Iniciativa fue ideada durante la presidencia de Barack Obama, cuando Washington se comprometió a acabar con la dependencia energética de Europa occidental. Pero, ¿cómo? Las importaciones de gas natural norteamericano resultan demasiado onerosas. Jugar la carta de los países del Golfo Pérsico parecía hasta cierto punto arriesgado, cuando no disparatado. ¿Otras alternativas? ¡Cómo no! La respuesta se hallaba muy cerca de los confines de la Madre Rusia. Washington apostaba por… el gas natural noruego. Todo, con tal de desplazar al Kremlin. Y todo, con tal de reabrir la brecha entre “viejos” y “nuevos” miembros de la Unión Europea.

No se trata, recordémoslo, de una meta de la Administración Trump. La estratagema fue empleada en 2003 por el entonces Presidente Bush, para justificar el apoyo de los nuevos aliados de la OTAN durante la intervención en Irak.

Conviene señalar que, al igual que en aquella época, muchos políticos de Europa oriental no dudan en sucumbir a los cantos de sirena de Washington. Tampoco hay que extrañarse: las misiones diplomáticas estadounidenses en el Este europeo se han convertido en cajas de resonancia de la política de Washington, velando también por la “moralidad” política, la eficacia económica y los niveles de transparencia de las autoridades de los nuevos Estados miembros de la UE.

“Si hay que escoger entre la UE y la OTAN, digamos tres veces “sí” a la OTAN”, afirmaba recientemente un asesor político del Presidente de Rumanía. Tres veces OTAN, tres veces la Iniciativa de los Tres Mares, tres veces… Obviamente, la Casa Blanca recurre, una vez más, a la táctica del “divide y reinarás”. Esta vez, el objetivo no es la Rusia de Putin, sino la propia Unión Europea. Con Trump, el antieuropeísmo ha adquirido carta la naturaleza en la capital del Imperio.

“Polonia es el corazón de Europa”, afirmaba el Presidente norteamericano en Varsovia. Pero se vio obligado a añadir: “desde el punto de vista geográfico”. 

Desde el punto d vista meramente ideológico, a los europeos les preocupa la deriva totalitaria de las autoridades polacas.  El país está lejos de aceptar las reglas de juego de la UE, de respetar el concepto de Estado de Derecho. La reciente ley sobre la reforma del Tribunal Constitucional, la mordaza a los medios de comunicación estatales, que permite nombrar periodistas “a dedo”, la normativa sobre el embarazo y el aborto, la negativa a admitir refugiados “no cristianos”, irritan sobremanera a la Comisión Europea, que amenazó con retirar a Varsovia en derecho de voto y de limitar e incluso suspender la concesión de fondos europeos.

¿El “ejemplo polaco”? Hoy por hoy, los únicos dispuestos a seguir por esta senda son los ultraconservadores húngaros, más propensos a aliarse con Moscú que aceptar la disciplina comunitaria.

En resumidas cuentas, la brecha entre las dos Europas corre el riesgo de ensancharse.



   

jueves, 26 de marzo de 2015

A la caza de los "submarinos rojos"


Hay verdades ocultas y revelaciones que conviene silenciar. El escándalo o, mejor dicho, la tormenta en un vaso de agua estalló en octubre del pasado año, cuando las autoridades suecas denunciaron la presencia de submarinos intrusos en sus aguas territoriales. Acto seguido, el Ministerio de Defensa del neutral Reino de Suecia decretó la mayor movilización militar desde el final de la Guerra Fría. Algunos recordaban vagamente que en 1981 un sumergible soviético que transportaba armas nucleares encalló cerca de las costas suecas.

Aunque durante el aparentemente inexplicable incidente producido en octubre los servicios de inteligencia suecos no señalaron a Rusia, el diario Svenska Dagbladet informó que los militares habían interceptado mensajes de emergencia procedentes de un mini submarino que solicitaba auxilio. Curiosamente, el objeto no identificado desapareció tras la llegada en la zona de un barco-laboratorio ruso, dedicado a la investigación científica del fondo de los mares. ¿Mera casualidad?

Al parecer, en el trasfondo de los extraños incidentes navales hallamos el distanciamiento entre Rusia y los países de Occidente que han impuesto sanciones a Moscú por lo que consideran un apoyo encubierto del Kremlin a los rebeldes ucranios.

Pero, ¿cómo se explica la aparición y desaparición de los submarinos rusos en las costas escandinavas? La clave del misterio estriba en uno de los secretos mejor guardados por la cúpula de la Alianza Atlántica: los rusos controlan actualmente una base militar ultrasecreta en Noruega, país miembro de la OTAN.

Hagamos memoria: hace apenas seis años, los políticos noruegos decidieron que la Federación Rusa había dejado de ser una amenaza para sus vecinos. Se habló del posible desmantelamiento de algunas instalaciones militares, cuyo mantenimiento resultaba muy gravoso para las arcas del país. El Ministerio de Defensa se decantó por la venta de la base secreta de Olavsvern, ubicada en una región montañosa, cerca de Tromsø. La base tiene una superficie de 948.900 metros cuadrados. Dispone de amarres para buques de guerra y submarinos. Cuenta también con 124 dormitorios. En resumidas cuentas, podría ser el refugio ideal para un… ejército. Un refugio situado en las inmediaciones de la frontera con Rusia.

La construcción de la base se realizó entre 1964 y 1994. Su coste ascendió a… ¡440 millones de Euros! Sin embargo, el Gobierno noruego decidió venderla – sin éxito - por 12,1 millones.  Finalmente, consiguió deshacerse de Olavsvern por el módico precio de  4,4 millones.

El comprador, el hombre de negocios Gunnar Wilhelmsen, no tardó en encontrar inquilino. Se trata de la empresa rusa Sevmorneftegeofizika, especializada en la medición sísmica marítima. Pero las embarcaciones de Sevmorneftegeofizika forman parte de la marina de guerra rusa. Los barcos, que realizan mediciones sísmicas y ejercen una estrecha vigilancia estratégica del entorno marino,  envían mini submarinos a las aguas territoriales de Suecia, Finlandia y Noruega. Todo ello, utilizando como punto de partida la antigua base de la OTAN, considerada durante décadas como uno de los pilares de la defensa de la soberanía noruega.

Si bien los políticos han puesto el grito en el cielo, la población de Tromsø no tiene queja alguna del comportamiento muy urbano de los visitantes rusos. Al contrario, espera que los negocios de la base se multipliquen.

Para recuperar las instalaciones estratégicas sacrificadas en el ara de la efímera convivencia pacífica con el oso ruso, el Gobierno debería invalidar la venta. Una opción ésta sumamente difícil en un país regido por la economía de mercado.

Detalle interesante: la venta de la base ultrasecreta de Olavsvern se realizó durante el mandato del Primer Ministro conservador Jens Stoltenberg, actual Secretario General de la Alianza Atlántica (OTAN) y ferviente defensor de la política de mano dura contra el Presidente Putin. Los comentarios sobran.