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lunes, 22 de agosto de 2022

La Bomba

 

¡Imperialistas! ¡Fuera las manos de la bomba antes de que os la tiremos en la cara!

Recuerdo haber descubierto esta extravagante pancarta en la década de los 60, durante un desfile del 1 de mayo celebrado en la capital de un opulento país europeo. La llevaba un viejo sindicalista, hombre rudo y un tanto sectario.

Al recordarle que su organización era partidaria de la paz, de la convivencia pacífica entre los pueblos, contestó:

Sí, compañero. Pero mi Gobierno me ha privado de mis derechos cívicos; alegan que soy un traidor a la Patria por haber participado en la Guerra Civil española.

¿Traidor a la Patria?

No olvide; estamos en plena Guerra Fría.

Comprendí que para el autor del estrafalario mensaje la guerra, el enfrentamiento entre el bien y el mal, no había terminado. 

En realidad, la Guerra Fría comenzó pocos meses después del final de la Segunda Guerra Mundial. Según los politólogos anglosajones, se trataba de la continuación del enfrentamiento entre la democracia occidental y el totalitarismo soviético. El proyecto se gestó durante los años 40, coincidiendo con el esfuerzo bélico de las potencias aliadas: Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS.

Las zonas de influencia establecidas en febrero de 1945 en la conferencia de Yalta eran ficticias; el país de los soviets tenía de desaparecer. Lo sabían el británico Churchill y el norteamericano Roosevelt al acudir a la cita con Stalin. El propio dictador ruso sospechaba de la aparente buena fe de sus aliados. Sin embargo, a la hora de repartirse el mundo, las reticencias se desvanecen. Los futuros exsocios estaban satisfechos; los tres abandonaron Yalta llevándose la parte de pastel que les correspondía.

Mas los acuerdos de Yalta fueron criticados por los congresistas norteamericanos tras la muerte de Roosevelt. Los políticos de Washington acusaron al Reino Unido y la URSS de no haber establecido un mecanismo de control internacional de los territorios europeos administrados por Moscú. Dos años más tarde, Winston Churchill entonó la mea culpa al anunciar solemnemente que un telón de acero dividía el Viejo Continente. La Guerra Fría estaba servida; con todos sus ingredientes.

El que esto escribe tuvo la suerte - o la desgracia - de vivir aquellos años en ambos lados del telón. Fue una experiencia kafkiana, cuyo común denominador era la palabra enemigo. Cruzar el telón por alguna de sus grietas suponía forzosamente pasarse al enemigo. Para la policía de fronteras de Europa oriental, del otro lado de los confines sólo se hallaban espías americanos, belicistas, imperialistas. Sus homólogos del llamado mundo libre imaginaban que los (pocos) viajeros que se dirigían hacia el Este eran agentes de Moscú, comunistas o, pura y simplemente, rojos. Sea como fuere, la mera acción de abandonar – incluso provisionalmente - uno de los bienquistos paraísos equivalía a una temeridad, cuando no a una traición.

Pero hacía falta más, mucho más, para lograr la cohesión de los pobladores de ambos bloques. El primer ensayo nuclear ruso de 1949 se convirtió en el pretexto ideal para crear el imaginario de temor al holocausto. Cierto es que los Estados Unidos habían experimentado sus artefactos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, descubriendo el terrorífico efecto del armamento nuclear, pero la perspectiva de codearse con Rusia en este club de la muerte… ¡con los rusos!

La BOMBA se convirtió, pues, en el fantasma de la primera etapa de la Guerra Fría. El inminente peligro del ataque atómico creó la psicosis necesaria para reforzar el maléfico espectro de la destrucción global. Fue ésta una época dorada para los fabricantes de refugios antinucleares y las empresas productoras de conservas de larga duración inscritas en las listas de avituallamiento imprescindible para la supervivencia en caso de conflicto atómico. La visita al refugio del amigo formaba parte del ritual de las relaciones sociales impuesto por la bomba.

En los años 60, cuando se acuñó por vez primera la expresión coexistencia pacífica, el término provocó un desconcierto general. ¿Coexistir con el enemigo? ¡Qué disparate! Sin embargo, la maratónica conferencia sobre la Cooperación y la Seguridad en Europa, que establecía nuevas normas de conducta entre los Estados del Viejo Continente, logró cambiar la fisionomía de las relaciones entre los dos bloques. Ficticio o real, el parte de defunción de la Guerra Fría se firmó en Helsinki el 1 de agosto de 1975.

Ficticio o real… En la capital finlandesa sucedió algo muy parecido al incidente de Yalta. Al abandonar el Centro de Conferencias tras la firma del supuestamente histórico acuerdo, un joven diplomático holandés comentó en voz baja: Ahora empieza el desarme ideológico del comunismo. No se equivocaba: el proceso llevó al desmantelamiento de los principales feudos del Kremlin, el Pacto de Varsovia y el COMECON, la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la propia URSS y la expansión de la Alianza Atlántica hasta los confines de Rusia. 

Un rápido repaso de la situación en el mundo actual nos permite hallar paralelismos y similitudes con el período de la Guerra Fría. No, la consagración de los Estados Unidos como única gran potencia mundial tras el fracaso diplomático de Mijaíl Gorbachov de 1990 no supuso el final de la Historia pomposamente anunciado por Francis Fukuyama. Ni el catastrófico fin del mundo, pregonado por los detractores de la cuasi laica etapa de progreso económico y social iniciada a mediados del siglo 19. El fin del mundo será, muy probablemente, como lo señala el francés Michel Maffesoli, miembro de la Academia Europea de Ciencia y Artes, el fin de los mundos carentes de espiritualidad de la ciencia y la gobernanza surgidos en los dos últimos siglos.

Las reformas urgen. Pero el camino hacia el indispensable cambio social tropieza, una vez más, con… la BOMBA.  Esta vez, no se trata de un artefacto imaginario, sino de un peligro real. Si bien los beligerantes del siglo XXI han escogido un terreno neutral – la guerra de Putin, de la OTAN, de Soros, de Biden – se libra en un territorio cuidadosamente escogido por los autores del perverso guion del desarme y derribo del comunismo. Curiosamente, los protagonistas de esta triste mascarada moderna interpretan los papeles de personajes históricos conocidos: Stalin, Hitler, Churchill, Roosevelt, Chamberlain, Molotov, Ribbentrop… Escoja su paladín, estimado lector, y póngale nombre.

Y no olvide que, en el caso de la guerra de Putin, eufemismo fabricado por los servicios de inteligencia o de intoxicación anglosajones, las sanciones económicas decretadas por Occidente han tenido un efecto boomerang. En pocas palabras, Europa ha conseguido dispararse en los pies. La bomba, esta carga de dinamita que maneja a su guisa nuestra inexperta y desaprensiva clase política, podría destallar en cualquier momento. Es algo que los ilusos, los globalistas y los buenistas prefieren descartar, olvidando que el peligro del holocausto nuclear no desaparece con un simple clic en la pantalla de un videojuego.

Esta vez, la Bomba es real; la Bomba mata. Lo pudimos comprobar estos últimos meses en Ucrania, en Crimea y también…en Moscú.                  


sábado, 3 de octubre de 2020

Nagorno Karabaj - una herida que no cierra

 

Los tanques recorrían las principales arterias de Tiflis, la capital de Georgia. La bandera de los Estados Unidos ondeaba encima del primer Abrams. No, no se trataba de una película de guerra rodada en los estudios de Hollywood; esos uniformados no eran actores. Como todos los años en estas fechas, los militares americanos, británicos y holandeses celebraban su participación en las maniobras conjuntas con el ejercito georgiano; una excelente ocasión para los habitantes de Tiflis de organizar manifestaciones de protesta contra la presencia rusa en las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso.

Sucedió este verano, el 27 de agosto. A 224 kilómetros al sur de Tiflis, en la base militar de Guiumri, en la republica de Armenia, los soldados rusos se dedicaban al mantenimiento de sus carros de combate. ¿El enemigo? Aparentemente, nadie hablaba de enemigos. Los americanos estaban en Georgia, los turcos, en Azerbaiyán, los iraníes, a escasos kilómetros de los confines armenios. Pero a nadie se le ocurría pronunciar la palabra “enemigo” y menos aún, “guerra”.  Sin embargo…

El conflicto estalló un mes más tarde, el 27 de septiembre, cuando la avanzadilla de las tropas azeríes lanzó un primer ataque contra las instalaciones armenias de Nagorno Karabaj, el enclave que se había convertido en la manzana de la discordia en el conflicto entre las dos exrepúblicas soviéticas: Azerbaiyán y Armenia. Si bien la región forma parte oficialmente del territorio de Azerbaiyán, la nutrida población armenia que lo habita reclama sus derechos cívicos y, por qué no, la adhesión a la vecina República de Armenia. Otro conflicto territorial descuidado por la Rusia de los zares y… de Putin, convertido en foco de tensión por la intransigencia de las comunidades religiosas. Azerbaiyán es un país musulmán, mientras que Armenia se enorgullece de ser el único baluarte cristiano en la región. Los roces vienen de muy antiguo, aunque hay que reconocer que el imperio otomano llevaba una hábil política de tolerancia religiosa, que se desvaneció a comienzos del siglo pasado, durante el gobierno de los jóvenes turcos.

Los zares protegieron siempre a los armenios, sus aliados cristianos sometidos al poder de los sultanes. La alianza no acababa de gustar a los dignatarios de la Sublime Puerta, poco propensos a aceptar las injerencias de la archienemiga Rusia en las políticas del imperio otomano. Tal vez por ello, los gobernantes de ambos imperios optaran por dejar en suspense la cuestión de las etnias caucásicas. El régimen soviético y el nuevo estado turco de Mustafá Kemal tampoco hallaron una solución al conflicto intercomunitario.

El 27 de septiembre, tras el inicio de la ofensiva de Nagorno Karabaj, tanto Rusia como las capitales europeas se encontraron con un déjà vu, con una repetición del enfrentamiento armado de 1988 – 1994, una guerra sin vencedores ni vencidos, que no satisfizo los deseos de los políticos de Bakú y Ereván. Un conflicto que facilitó, eso sí, la presencia de efectivos militares rusos en Armenia y, de paso, el acercamiento de los países miembros de la Alianza Atlántica – Estados Unidos, Inglaterra, Francia – a la región. El desfile de Tiflis es una muestra de ello.

El sistema de vigilancia y previsión de conflictos creado por la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una especie de mini-pacto de Varsovia o, mejor dicho, una organización político-militar creada por Rusia, que congrega a los últimos aliados estratégicos  del Kremlin en la zona - Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, y Tayikistán – no ha logrado formular propuestas de alto el fuego convincentes. Ante el interrogante: ¿tomará en Kremlin cartas en este asunto?, las cancillerías occidentales se vieron obligadas a elaborar su propia estrategia. Con razón: los servicios de inteligencia de la OTAN apuestan de antemano por la victoria de Armenia sobre Azerbaiyán, es decir, de Rusia sobre Turquía – aliada y valedora de los azeríes – e Irán, el convidado de piedra que mueve los hilos del conflicto entre bastidores.

¿Se enfrentará Putin a sus principales aliados musulmanes – Turquía e Irán? Los estrategas occidentales descartan esta opción. En realidad, la mayoría de las potencias extrarregionales tienen mucho que perder en este combate.  

Para empezar, Rusia. Si bien el Kremlin no parece dispuesto a renunciar a la tradicional alianza con los armenios, la Federación rusa sigue siendo uno de los mayores suministradores de armas destinadas al ejército azerí. Es una opción irrenunciable impuesta por la política euroasiática de Putin. De donde la necesidad de mantener los lazos con Bakú.  Pero hay más; mucho más.

Azerbaiyán suministra el gas natural del Turkish Stream, el gasoducto ruso destinado a abastecer a los países de Europa meridional y central:  Bulgaria, Rumanía, Serbia, Hungría y Austria.  Antes de llegar al Mar Negro, la tubería atraviesa… Armenia.

Otro proyecto energético que involucra a Azerbaiyán es el gasoducto del Cáucaso Sur, en el que participan empresas británicas, noruegas, francesas, italianas, griegas y japoneses. Sin bien el punto de partida es Shajdeniz, un yacimiento situado a 40 kilómetros al norte de Bakú, y la meta, el puerto (también) turco de Ceyhan, las instalaciones del Cáucaso Sur transitan por… Georgia.

¿Pura casualidad? No, en absoluto. El mapa energético de Asia Menor no puede modificarse. Es una de las razones que incitan a Occidente a tomar cartas en el conflicto interétnico, reclamando la solución negociada del enfrentamiento que, según los estrategas, podría desembocar en una guerra generalizada.

Ankara y Moscú, que apoyan bandos distintos en el Cáucaso, también tienen puntos de vista opuestos en los conflictos de Siria y Libia. Conocida es la animadversión de los turcos por los armenios, que se traduce por el incondicional apoyo a los turcomanos de Azerbaiyán. 

Aunque las perspectivas de una solución pacífica del conflicto parecen más bien sombrías – tanto los armenios como los azeríes insisten en imponer su punto de vista en el campo de batalla - una posible mediación de Rusia, Estados Unidos, Francia, Alemania y Turquía podría persuadir a las partes para renunciar a la violencia.  Es lo que desean en estos momentos el Kremlin, la Casa Blanca y sus respectivos aliados, principales beneficiarios de las exportaciones de gas azerí.

Los mediadores podrían redactar un documento sobre la devolución simbólica – total o parcial – de las propiedades de los armenios de Nagorno Karabaj a los azeríes a cambio de un compromiso formal de renuncia a la violencia, algo difícilmente imaginable en las actuales circunstancias.

 No cabe la menor duda de que el conflicto del Cáucaso presenta muchas similitudes con los desequilibrios poblacionales registrados en la Europa de comienzos del siglo pasado, un autentico rompecabezas que la Sociedad de las Naciones fue incapaz de armar. Los viejos conflictos – los Balcanes, Europa central, los mares Egeo y Mediterráneo – siguen vigentes y nos recuerdan la ineficacia de los diplomáticos del Viejo Continente.

Malos augurios, pues, para la ya de por sí convulsa región caucásica.


domingo, 25 de febrero de 2018

Bienvenidos a la nueva guerra fría


¿Se puede vivir sin enemigos? Aparentemente, no. Durante la guerra fría, la todopoderosa maquinaria de propaganda de la Unión Soviética trató de persuadir a los pueblos de Europa Oriental, satélites del Kremlin, que el enemigo común del utópico campo de la paz era el militarismo norteamericano. Para demonizar al enemigo, solían emplearse los vocablos Washington o Alianza Atlántica. Y para tranquilizar a los pobladores del campo socialista, bastaba con exhibir la Paloma de la Paz de Picasso. La diafanidad contra los misiles. La pureza contra la perversidad. El Este se había fabricado un temible enemigo: el tío Sam. A su vez, Occidente contaba con el suyo: el Oso ruso. Esos símbolos parecían haber quedado relegados del lenguaje políticamente correcto a finales de 1989, tras la celebración de la cumbre de Malta, cuando el amable líder soviético, Mijaíl Gorbachov, sucumbió a los encantos del tenaz George Bush, adalid del nuevo orden mundial.  Dos años más tarde, los dirigentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, rubricaban un documento que contenía el parte de defunción del imperio soviético: La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas deja de existir como sujeto de Derecho... 

Lo que sucedió después es harto conocido. Los países europeos situados en la zona de influencia de Moscú abandonaron el bloque, decantándose por la envidiable economía de mercado, así como por la opción estratégico-militar encarnada por la OTAN. Una solución pragmática, que hubiese debido redundar en el bienestar económico de las naciones de Europa oriental. Pero los codiciados fondos europeos y las suculentas subvenciones atlantistas no llegaron a sus destinatarios; el fantasma de la corrupción recorre la totalidad del continente europeo.

¿Los cambios? Lo cierto es que sí ha habido cambios. En los últimos años, coincidiendo con el final del mandato de Barack Obama, el desacertado Premio Nobel de la Paz, las tropas estadounidenses acantonadas en Alemania y los Países Bajos fueron enviadas a Polonia, Rumanía y los países bálticos, junto a los confines con el nuevo enemigo: la Federación Rusa. El operativo, fácilmente comprensible desde el punto de vista de los expertos militares, desembocó en una nueva guerra fría, con su correspondiente argumentación ideológica. Los malos son los de siempre: los rusos, enemigos de la libertad, cuyo objetivo final consulte de socavar la democracia occidental.
  
Los medios de comunicación de los países fronterizos volvieron a activar las estrategias de propaganda de las décadas de los 50 y 69 del pasado siglo. Pero esta vez, centrando sus baterías en dirección de Moscú. Prolifera la información sobre los perversos objetivos del Kremlin en Europa. Conviene señalar  que los argumentos esgrimidos por los comentaristas políticos de la zona coinciden con las conclusiones de los informes elaborados por el Pentágono, la Casa Blanca o el Departamento del Estado. 

En pocas palabras, está claro que el Kremlin trata de aprovechar los problemas internos de los países occidentales para debilitar su sistema político, apoyar a extremistas de todo signo, fomentar el malestar existente, potenciar las actividades de grupos o grupúsculos pro rusos o antioccidentales, militarizar la sociedad, infiltrar la prensa y los tejidos sociales, justificar la política de Rusia ante una crédula opinión pública europea.

A esta estrategia a medio y corto plazo se suman las injerencias en las campañas electorales de Francia y los Estados Unidos, así como en los asuntos internos de París, Berlín y Londres (Brexit), sin olvidar la avalancha de noticias falsas que invaden las redes sociales, como en el caso del procés catalán.

A nivel interno, la propaganda rusa trata de justificar los operativos de desestabilización, escudándose en argumentos bastos, como por ejemplo: en Occidente proliferan los ateos, los musulmanes, los homosexuales, los pedófilos y los falsos refugiados sirios que se dedican a violar mujeres cristianas. Un discurso éste digno de la propaganda nazi…
   
Hasta aquí, parte de las denuncias de los politólogos de Europa oriental. Curiosamente, la Prensa de los países de la primera línea del frente no parece interesada en abordar el tema de la manipulación/intoxicación llevada a cabo por el contrapoder mediático occidental. Porque ese también existe…        

martes, 25 de julio de 2017

El "ejemplo polaco"


Hace apenas unas semanas, el Presidente Trump nos deleitó con su retórica al ensalzar el apego del pueblo polaco por los “valores europeos”: tradición, religiosidad y, ante todo, animadversión frente a Rusia. Trump no dudó en poner a Polonia como “ejemplo” de la incondicional e indispensable defensa del legado del Viejo Continente. Un extraño paradigma que, de paso sea dicho, no comparten ni avalan los socios comunitarios de Varsovia.

Sin embargo, conviene señalar la presencia en la tribuna de honor de oficiales de los ejércitos Rumanía y de los Estados bálticos, así como de altos cargos de la Alianza Atlántica destacados en la región. ¿Pura casualidad? No, en absoluto. La visita del actual inquilino de la Casa Blanca a este país del Este europeo tenía una finalidad muy concreta: la puesta en marcha de la “Iniciativa de los Tres Mares”, un macro proyecto de independencia energética auspiciado por los Estados Unidos. Sus beneficiarios: Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Estonia, Letonia, Croacia, Eslovenia y Austria. Es decir, todos los Estados que podrían o, mejor dicho, deberían prescindir de las exportaciones de gas natural ruso, que inciden en las relaciones entre Moscú y Occidente. 

No se trata de un plan nuevo; la Iniciativa fue ideada durante la presidencia de Barack Obama, cuando Washington se comprometió a acabar con la dependencia energética de Europa occidental. Pero, ¿cómo? Las importaciones de gas natural norteamericano resultan demasiado onerosas. Jugar la carta de los países del Golfo Pérsico parecía hasta cierto punto arriesgado, cuando no disparatado. ¿Otras alternativas? ¡Cómo no! La respuesta se hallaba muy cerca de los confines de la Madre Rusia. Washington apostaba por… el gas natural noruego. Todo, con tal de desplazar al Kremlin. Y todo, con tal de reabrir la brecha entre “viejos” y “nuevos” miembros de la Unión Europea.

No se trata, recordémoslo, de una meta de la Administración Trump. La estratagema fue empleada en 2003 por el entonces Presidente Bush, para justificar el apoyo de los nuevos aliados de la OTAN durante la intervención en Irak.

Conviene señalar que, al igual que en aquella época, muchos políticos de Europa oriental no dudan en sucumbir a los cantos de sirena de Washington. Tampoco hay que extrañarse: las misiones diplomáticas estadounidenses en el Este europeo se han convertido en cajas de resonancia de la política de Washington, velando también por la “moralidad” política, la eficacia económica y los niveles de transparencia de las autoridades de los nuevos Estados miembros de la UE.

“Si hay que escoger entre la UE y la OTAN, digamos tres veces “sí” a la OTAN”, afirmaba recientemente un asesor político del Presidente de Rumanía. Tres veces OTAN, tres veces la Iniciativa de los Tres Mares, tres veces… Obviamente, la Casa Blanca recurre, una vez más, a la táctica del “divide y reinarás”. Esta vez, el objetivo no es la Rusia de Putin, sino la propia Unión Europea. Con Trump, el antieuropeísmo ha adquirido carta la naturaleza en la capital del Imperio.

“Polonia es el corazón de Europa”, afirmaba el Presidente norteamericano en Varsovia. Pero se vio obligado a añadir: “desde el punto de vista geográfico”. 

Desde el punto d vista meramente ideológico, a los europeos les preocupa la deriva totalitaria de las autoridades polacas.  El país está lejos de aceptar las reglas de juego de la UE, de respetar el concepto de Estado de Derecho. La reciente ley sobre la reforma del Tribunal Constitucional, la mordaza a los medios de comunicación estatales, que permite nombrar periodistas “a dedo”, la normativa sobre el embarazo y el aborto, la negativa a admitir refugiados “no cristianos”, irritan sobremanera a la Comisión Europea, que amenazó con retirar a Varsovia en derecho de voto y de limitar e incluso suspender la concesión de fondos europeos.

¿El “ejemplo polaco”? Hoy por hoy, los únicos dispuestos a seguir por esta senda son los ultraconservadores húngaros, más propensos a aliarse con Moscú que aceptar la disciplina comunitaria.

En resumidas cuentas, la brecha entre las dos Europas corre el riesgo de ensancharse.



   

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Rusia: el aliado inoportuno



La espectacular y exitosa intervención de la fuerza aérea rusa en Siria no es, al menos aparentemente, del agrado de algunos miembros de la llamada coalición antihyihadista  liderada por los Estados Unidos. De hecho, el Kremlin decidió intervenir en el conflicto que opone las tropas del Presidente al Assad a un mosaico de grupos y grupúsculos armados, en su gran mayoría, de corte islamista, no sólo para proteger a su aliado de Damasco, sino también y ante todo para tratar de prevenir la expansión del peligro islamista en la región del Cáucaso y de Asia Central. 
 
Desde la década de los 70 del siglo pasado, Rusia dispone de una importante base naval en el puerto de Tartus, situado a treinta kilómetros de la frontera con el Líbano. Las instalaciones marítimas de la base, que goza del estatuto de extraterritorialidad, sirven para el abastecimiento de la Flota del Mar Negro y de los buques de guerra que cruzan el Mediterráneo. Tras el inicio del conflicto sirio, la base se convirtió en la atalaya de Moscú en el Mare Nostrum. Una presencia ésta sumamente molesta para los detractores del régimen de al Assad, poco propensos a tolerar una presencia extranjera (léase rusa) en las inmediaciones de la zona de combate. Pero el Kremlin se limitó a hacer oídos sordos hasta finales de septiembre, cuando la fuerza aérea de Rusia realizó por primeros ataques contra las posiciones del Estado Islámico. La eficacia de los bombardeos rusos provocó la ira del actual inquilino de la Casa Blanca; Moscú desbarataba los planes de la coalición. Al atentado contra un avión de línea ruso perpetrado a finales de octubre en el Sinaí, se sumó, hace apenas unos días el derribo por la Fuerza Aérea turca de un aparato SU - 24 que efectuaba una misión en la frontera con Siria. Ankara acusó a los pilotos de haber violado el espacio aéreo del país otomano. Por su parte, Moscú sostiene que el avión volaba a un kilómetro de los confines con Turquía. El Presidente Putin calificó la acción del ejército de Ankara de puñalada por la espalda asestada por los cómplices de los terroristas (del Estado Islámico). Y, por si fuera poco, hay quien afirma que Washington podría haber movido los hilos de la trama.  
   
La gravedad del incidente y sus posibles repercusiones a nivel estratégico obligó a la OTAN a convocar una reunión de emergencia para tratar de quitar hierro al asunto. Contención, fue el mensaje de la Alianza: contención y diálogo. 
      
Subsiste el interrogante: ¿a qué se debe la presencia militar rusa en Siria, el empeño del Kremlin de librar batalla contra los grupúsculos islamistas que utilizan el territorio de un país soberano como mero laboratorio de la guerra postmoderna? Los politólogos occidentales afirman que Rusia se limita a auxiliar a su fiel aliado Bashar al Assad, superviviente de los no siempre acertados cambios de las primaveras árabes. Se trata, sin embargo, de una visión muy simplista o, tal vez, demasiado partidista de los hechos. En efecto, desde hace más de un cuarto de siglo, los estrategas rusos no disimulan su preocupación ante el avance del radicalismo islámico en las regiones asiáticas de la antigua URSS. En 1995, el vicepresidente del Instituto de Estudios Internacionales y Estratégicos de Moscú recorrió las capitales europeas con el propósito de recabar información sobre la amenaza islámica en Occidente y las políticas de prevención ideadas por los Estados miembros de la OTAN. Ante su gran sorpresa, éstas brillaban por su ausencia.
  
Rusia tenía, sin embargo, un problema muy serio en los enclaves musulmanes de Asia Central. Los primeros disturbios estallaron en Daguestán y en Chechenia, donde los radicales salafistas se dedicaban a eliminar a la mayoría sufí. Los fundamentalistas procedían, en su gran mayoría, de las filas de Al Qaeda. Eran los combatientes afganos llamados a establecer el Emirato del Cáucaso, punta de lanza del extremismo islámico en la… tierra de los ateos, para emplear el lenguaje de la familia real saudí. 

En los últimos cinco lustros, los servicios de inteligencia moscovitas detectaron la presencia de 17 grupos yihadistas en el territorio de la antigua URSS. El número de víctimas de la guerra  larvada contra el terrorismo ascendió a… 9.000.  Muy a menudo, las instituciones europeas confundían las operaciones militares contra los salafistas con… la violación flagrante por parte de Moscú de los derechos humanos. Hasta el día en que el azote llegó a… París.