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lunes, 22 de agosto de 2022

La Bomba

 

¡Imperialistas! ¡Fuera las manos de la bomba antes de que os la tiremos en la cara!

Recuerdo haber descubierto esta extravagante pancarta en la década de los 60, durante un desfile del 1 de mayo celebrado en la capital de un opulento país europeo. La llevaba un viejo sindicalista, hombre rudo y un tanto sectario.

Al recordarle que su organización era partidaria de la paz, de la convivencia pacífica entre los pueblos, contestó:

Sí, compañero. Pero mi Gobierno me ha privado de mis derechos cívicos; alegan que soy un traidor a la Patria por haber participado en la Guerra Civil española.

¿Traidor a la Patria?

No olvide; estamos en plena Guerra Fría.

Comprendí que para el autor del estrafalario mensaje la guerra, el enfrentamiento entre el bien y el mal, no había terminado. 

En realidad, la Guerra Fría comenzó pocos meses después del final de la Segunda Guerra Mundial. Según los politólogos anglosajones, se trataba de la continuación del enfrentamiento entre la democracia occidental y el totalitarismo soviético. El proyecto se gestó durante los años 40, coincidiendo con el esfuerzo bélico de las potencias aliadas: Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS.

Las zonas de influencia establecidas en febrero de 1945 en la conferencia de Yalta eran ficticias; el país de los soviets tenía de desaparecer. Lo sabían el británico Churchill y el norteamericano Roosevelt al acudir a la cita con Stalin. El propio dictador ruso sospechaba de la aparente buena fe de sus aliados. Sin embargo, a la hora de repartirse el mundo, las reticencias se desvanecen. Los futuros exsocios estaban satisfechos; los tres abandonaron Yalta llevándose la parte de pastel que les correspondía.

Mas los acuerdos de Yalta fueron criticados por los congresistas norteamericanos tras la muerte de Roosevelt. Los políticos de Washington acusaron al Reino Unido y la URSS de no haber establecido un mecanismo de control internacional de los territorios europeos administrados por Moscú. Dos años más tarde, Winston Churchill entonó la mea culpa al anunciar solemnemente que un telón de acero dividía el Viejo Continente. La Guerra Fría estaba servida; con todos sus ingredientes.

El que esto escribe tuvo la suerte - o la desgracia - de vivir aquellos años en ambos lados del telón. Fue una experiencia kafkiana, cuyo común denominador era la palabra enemigo. Cruzar el telón por alguna de sus grietas suponía forzosamente pasarse al enemigo. Para la policía de fronteras de Europa oriental, del otro lado de los confines sólo se hallaban espías americanos, belicistas, imperialistas. Sus homólogos del llamado mundo libre imaginaban que los (pocos) viajeros que se dirigían hacia el Este eran agentes de Moscú, comunistas o, pura y simplemente, rojos. Sea como fuere, la mera acción de abandonar – incluso provisionalmente - uno de los bienquistos paraísos equivalía a una temeridad, cuando no a una traición.

Pero hacía falta más, mucho más, para lograr la cohesión de los pobladores de ambos bloques. El primer ensayo nuclear ruso de 1949 se convirtió en el pretexto ideal para crear el imaginario de temor al holocausto. Cierto es que los Estados Unidos habían experimentado sus artefactos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, descubriendo el terrorífico efecto del armamento nuclear, pero la perspectiva de codearse con Rusia en este club de la muerte… ¡con los rusos!

La BOMBA se convirtió, pues, en el fantasma de la primera etapa de la Guerra Fría. El inminente peligro del ataque atómico creó la psicosis necesaria para reforzar el maléfico espectro de la destrucción global. Fue ésta una época dorada para los fabricantes de refugios antinucleares y las empresas productoras de conservas de larga duración inscritas en las listas de avituallamiento imprescindible para la supervivencia en caso de conflicto atómico. La visita al refugio del amigo formaba parte del ritual de las relaciones sociales impuesto por la bomba.

En los años 60, cuando se acuñó por vez primera la expresión coexistencia pacífica, el término provocó un desconcierto general. ¿Coexistir con el enemigo? ¡Qué disparate! Sin embargo, la maratónica conferencia sobre la Cooperación y la Seguridad en Europa, que establecía nuevas normas de conducta entre los Estados del Viejo Continente, logró cambiar la fisionomía de las relaciones entre los dos bloques. Ficticio o real, el parte de defunción de la Guerra Fría se firmó en Helsinki el 1 de agosto de 1975.

Ficticio o real… En la capital finlandesa sucedió algo muy parecido al incidente de Yalta. Al abandonar el Centro de Conferencias tras la firma del supuestamente histórico acuerdo, un joven diplomático holandés comentó en voz baja: Ahora empieza el desarme ideológico del comunismo. No se equivocaba: el proceso llevó al desmantelamiento de los principales feudos del Kremlin, el Pacto de Varsovia y el COMECON, la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la propia URSS y la expansión de la Alianza Atlántica hasta los confines de Rusia. 

Un rápido repaso de la situación en el mundo actual nos permite hallar paralelismos y similitudes con el período de la Guerra Fría. No, la consagración de los Estados Unidos como única gran potencia mundial tras el fracaso diplomático de Mijaíl Gorbachov de 1990 no supuso el final de la Historia pomposamente anunciado por Francis Fukuyama. Ni el catastrófico fin del mundo, pregonado por los detractores de la cuasi laica etapa de progreso económico y social iniciada a mediados del siglo 19. El fin del mundo será, muy probablemente, como lo señala el francés Michel Maffesoli, miembro de la Academia Europea de Ciencia y Artes, el fin de los mundos carentes de espiritualidad de la ciencia y la gobernanza surgidos en los dos últimos siglos.

Las reformas urgen. Pero el camino hacia el indispensable cambio social tropieza, una vez más, con… la BOMBA.  Esta vez, no se trata de un artefacto imaginario, sino de un peligro real. Si bien los beligerantes del siglo XXI han escogido un terreno neutral – la guerra de Putin, de la OTAN, de Soros, de Biden – se libra en un territorio cuidadosamente escogido por los autores del perverso guion del desarme y derribo del comunismo. Curiosamente, los protagonistas de esta triste mascarada moderna interpretan los papeles de personajes históricos conocidos: Stalin, Hitler, Churchill, Roosevelt, Chamberlain, Molotov, Ribbentrop… Escoja su paladín, estimado lector, y póngale nombre.

Y no olvide que, en el caso de la guerra de Putin, eufemismo fabricado por los servicios de inteligencia o de intoxicación anglosajones, las sanciones económicas decretadas por Occidente han tenido un efecto boomerang. En pocas palabras, Europa ha conseguido dispararse en los pies. La bomba, esta carga de dinamita que maneja a su guisa nuestra inexperta y desaprensiva clase política, podría destallar en cualquier momento. Es algo que los ilusos, los globalistas y los buenistas prefieren descartar, olvidando que el peligro del holocausto nuclear no desaparece con un simple clic en la pantalla de un videojuego.

Esta vez, la Bomba es real; la Bomba mata. Lo pudimos comprobar estos últimos meses en Ucrania, en Crimea y también…en Moscú.                  


jueves, 19 de noviembre de 2015

Francia está en guerra...


Redadas, detenciones, tiroteos, manifestaciones xenófobas, gestos descontrolados, repulsa popular. Los atentados perpetrados en París el pasado 13 de noviembre sumieron al país galo en un ambiente de profundo desconcierto. Al  miedo se le sumaron la rabia, la confusión, la crispación. El Presidente François Hollande advirtió a sus compatriotas: Francia está en guerra contra el terrorismo yihadista. Y añadió: … sabemos quiénes son (los autores de los atentados) y dónde encontrarlos… Acto seguido, las autoridades decretaron el estado de excepción. Efectivamente, Francia estaba en guerra…

Hace exactamente tres lustros, el escritor libanés Amin Maalouf, vaticinaba un mundo con más libertad y menos democracia. Obviamente, se equivocaba: después del 11 S, los habitantes del planeta Tierra tuvieron que acostumbrarse a vivir en una sociedad con menos libertad y menos democracia. ¿Los responsables? Resulta muy fácil echar la culpa a Al Qaeda o Osama Bin Laden, a los regímenes autoritarios ¡laicos! del mundo islámico, a los detractores árabes o musulmanes de los valores occidentales. Resulta sumamente fácil y socorrido satanizar al enemigo, un enemigo creado, adiestrado y financiado por supuestos adalides de la democracia.

sabemos quiénes son, afirmaba Hollande después de los mortíferos atentados de París. Por supuesto; tanto Francia como Inglaterra o los Estados Unidos conocían no sólo la identidad de los yihadistas, sino también su ideario, su siniestro modus operandi. No hay que extrañarse: el Estado Islámico, escisión de Al Qaeda, fue creado con el beneplácito de algunas potencias occidentales, con el apoyo, sea este tácito o formal, de políticos y estrategas europeos y norteamericanos. Al igual que Al Qaeda, el Estado Islámico debía haberse convertido en el enemigo potencial de la civilización judeo-cristiana, en la herramienta indispensable para el derrocamiento de regímenes árabes empeñados en rechazar las dichas de la globalización. El primero en caer fue el libio Gaddafi. El segundo debía haber sido… Bashar al Assad. Mas los planes de Occidente fallaron: el hombre fuerte de Damasco supo hacer frente a las milicias islamistas, entrenadas en suelo saudí. Cierto, Bashar al Assad no es un demócrata. Tampoco lo son quienes pretenden acabar con su despótico reinado. Los luchadores por la libertad, eufemismo empleado antaño por Ronald Reagan en sus alabanzas a los aliados de Al Qaeda, se han convertido en dueños y señores de un auténtico Estado. El Estado Islámico controla actualmente más de la mitad del territorio sirio, el Norte de Irak, los yacimientos de petróleo más importantes de la zona. Las ventas clandestinas de oro negro y el narcotráfico le proporcionan ingresos multimillonarios. Otra importante fuente de financiación proviene del tráfico de obras de arte, pues no todos los monumentos históricos de la región han sido destruidos por las hordas yihadistas. Subsiste el interrogante: ¿dónde van a parar esos valiosos objetos? ¿En colecciones privadas occidentales? ¿Con la complicidad de las autoridades aduaneras del llamado mundo libre? Todo ello parece demasiado fácil. ¿Acaso Occidente no está en guerra contra el terrorismo yihadista? 

Igual de sorprendente es la aparente facilidad para la compra de armamento, misiles y vehículos militares de primera mano. Decididamente, Alá es misericordioso. Pero, ¿sólo Alá? 

Sabemos quiénes son y de dónde vienen estos terroristas, afirmaba François Hollande. En efecto, según la información filtrada por los servicios de inteligencia occidentales, Francia colaboró a la puesta en marcha del frente yihadista. El precio de su inexcusable error de cálculo ha sido demasiado elevado. 

Una extraña alianza se divisa en la guerra contra el Estado Islámico. Moscú y París decidieron aunar sus esfuerzos en la lucha sin cuartel contra el EI. Por otra parte, Washington y sus 30 aliados – occidentales y árabes – siguen dando palos de ciego, descartando la posibilidad de recurrir a la intervención terrestre reclamada por los estrategas del Pentágono y de la OTAN. Pesimistas y cínicos no dudan en tildar al Presidente Obama, al Premio Nobel Obama, de Camberlain del siglo XXI. 

Detalle interesante: los intelectuales musulmanes afincados en Occidente critican la postura excesivamente simplista del actual inquilino de la Casa Blanca y/o de los políticos que pretenden disociar el terror desencadenado por el EI del Islam. Qué no se engañen y no engañen a la sociedad; el Estado Islámico es la cara oscura del Islam, afirman rotundamente los detractores del buenismo primermundista. Para ellos, el Estado Islámico no deja de ser un mal que se ha de rechazar, de combatir. Cabe preguntarse, pues: ¿sólo Francia está en guerra?