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viernes, 2 de abril de 2021

Ucrania trata de reavivar el conflicto del Donetsk

 

El ingreso en la Alianza Atlántica es, indudablemente, uno de los objetivos prioritarios de las autoridades ucranias. Coincide esta meta con la imperiosa necesidad de los estrategas atlantistas de consolidar su presencia en el vasto territorio europeo situado en los confines de la Federación Rusa.

Hasta aquí, nada nuevo.  La OTAN se pronunció a favor de la integración de los países limítrofes de Rusia – Georgia, Ucrania y Moldova – en el umbral del siglo XXI. Si bien en el caso de Georgia y de Moldova intervienen una serie de factores de índole geoestratégica que obstaculizan la integración de ambos países en la estructura de defensa liderada por Washington, la situación de Ucrania es mucho más ambigua. Cortejadas por la UE y por Norteamérica desde 2004, las autoridades de Kiev recibieron alrededor de 2.000 millones de dólares en concepto de asistencia de seguridad. Sin olvidar la presencia – muy molesta para Moscú - de instructores estadounidenses en el seno del ejército ucranio.

¿Romper definitivamente los lazos con Rusia? Misión imposible en el actual contexto internacional, aun teniendo en cuenta la anexión de la península de Crimea en 2014, el fracaso del movimiento de protesta en Bielorrusia o la guerra hibrida de Nagorno Karabaj, que finalizó en la noche en la que el Kremlin dijo basta. Cierto es que apenas 24 horas antes los politólogos barajaban la posibilidad de una intervención militar occidental bajo la bandera de… la OTAN. Obviamente, a Moscú le desagrada la presencia de extraños en el patio trasero del Cáucaso. El único invitado tolerado por el Kremlin fue Turquía, antigua potencia imperial administradora de los territorios turcomanos, que mantiene excelentes relaciones con la mayoría de las repúblicas ex soviéticas de Transcaucasia.   

Finalizadas las guerras psicológicas de Bielorrusia y el Cáucaso, las miradas de Occidente volvieron a dirigirse hacia Kiev o, mejor dicho, hacia las zonas conflictivas de Donetsk y Luhansk e inevitablemente, hacia Crimea. Aparentemente, algo había cambiado en la zona.

A finales de la pasada semana, algunos medios de comunicación europeos y transatlánticos se hicieron eco de la presencia de tropas y blindados rusos en la región fronteriza de Donetsk, levantando sospechas sobre la inminencia de una intervención militar en la zona. Moscú desmintió los rumores, indicando que se trataba de unas maniobras notificadas de antemano. Sin embargo, las autoridades ucranias no tardaron en lanzar señales de alarma, acogidas con inquietud por Washington.

Pese al mensaje apaciguador del Kremlin, el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelenski, advirtió sobre el riesgo de desafíos separatistas en la región rusa del país. Acto seguido, la Administración Biden advirtió a Rusia contra cualquier intento de intimidar a Ucrania. Estamos muy preocupados por la reciente escalada de los actos agresivos y provocaciones de Rusia en el este de Ucrania, manifestó el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, quien añadió:
Rechazamos cualquier acción agresiva destinada a intimidar o amenazar a nuestro socio, Ucrania.

Por su parte, el titular de Defensa ucranio, Andrei Taran, mantuvo una larga conversación telefónica con su homólogo estadounidense, Lloyd Austin, quien reiteró la disposición de Washington a apoyar a Ucrania en caso de una agresión rusa en el Este del país.

 El Ministro de Defensa ucranio señaló que el Pentágono fue informado sobre la situación político-militar en el frente y en los territorios temporalmente ocupados de Donetsk y Luhansk, Crimea y las inmediaciones de las fronteras de Ucrania.

Aparentemente, la nueva crisis se está gestando. Para que se convierta en enfrentamiento, hará falta un contrincante. Pero obviamente, Rusia no está por la labor.


lunes, 12 de octubre de 2020

Cercar a Rusia

 

Rusia está trayendo nuevos aliados al Mar Negro. Buques de guerra egipcios participarán en maniobras navales conjuntas en la región. La noticia, divulgada hace apenas unos días por el Departamento de Información de la Flota Rusa del Mar Negro, causó cierta preocupación tanto en los círculos atlantistas de Bruselas como en las Cancillerías de algunos países ribereños miembros de la Alianza Atlántica. ¿Qué hacen aquí – en el Mar Negro – los aliados de Rusia? Extraña pregunta, teniendo en cuenta que el cuartel general de la Armada rusa se encuentra en Sebastopol, en la península de Crimea. 

Un escueto comunicado del servicio de prensa de la marina rusa despejó la incógnita: navíos de guerra egipcios participarán, junto con los rusos, en las maniobras navales Friendship Bridge 2020 (Puente de la amistad), que se celebrarán en el Mar Negro. Las embarcaciones, que contarán con el apoyo de la Fuerza Aérea rusa, realizarán lanzamientos de misiles, tiros de artillería, ejercicios de rescate, desembarco de tropas y reabastecimiento de navíos, búsqueda y localización de barcos enemigos. En resumidas cuentas, seguirán un guion muy parecido, casi idéntico, al de los ejercicios navales organizados habitualmente por Turquía – miembro de la OTAN - con la participación de sus aliados: Estados Unidos, Inglaterra, Francia. Pero en el caso de Rusia, se trata de una inquietante novedad.   

Cierto es que los barcos de la Alianza Atlántica llevan años surcando en estas aguas. A veces, su presencia resulta demasiado inoportuna; en principio, el Convenio de Montreux de 1936 limita el acceso de barcos de guerra pertenecientes a países no ribereños en la zona. Sin embargo, durante las maniobras Cáucaso 2020, celebradas el pasado mes de septiembre en el sureste de la Federación rusa, la OTAN había movilizado un destructor y un navío para el desembarco de tropas de la Armada estadunidense, así como un barco francés de transmisiones marítimas, encargado de supervisar las comunicaciones radiofónicas de la región. En este caso, no se trataba de una primicia; las tropas estadounidenses, acompañadas por aliados de la OTAN participan, desde hace años, en maniobras conjuntas con el ejército de Georgia, antigua república soviética que solicitó su ingreso en la Alianza Atlántica después de la guerra de Osetia de 2008. Sin embargo, los estrategas occidentales estiman que la perspectiva de un nuevo enfrentamiento entre Tiblisi y Moscú desaconseja, por ahora, la integración del país caucásico en la OTAN. Los riesgos de un conflicto abierto con Rusia serían demasiado elevados.  

Otros países del universo postsoviético situados en los confines occidentales de la Federación rusa – Ucrania y la República Moldova – reciben periódicamente la visita de brigadas motorizadas estadounidenses. Las autoridades de Kiev desean apurar su adhesión a la Alianza, confiando en el hipotético blindaje de Occidente en un enfrentamiento con Rusia. Hoy por hoy, la OTAN prefiere no desoír las reiteradas advertencias de Moscú. Ucrania es, qué duda cabe, un manjar muy sabroso, pero ya se sabe: la avaricia…

Distinto es el caso de la República Moldova, donde los peones del Kremlin controlan las instituciones. Moldova adhirió a la Asociación para la Paz de la OTAN, pero la mayor parte de las decisiones estratégicas siguen tomándose en… Moscú. Los intentos de reunificación con Rumanía – uno de los baluartes del atlantismo en el Este europeo – fracasaron. Si bien los rumanos no dan por perdido en proyecto, son conscientes de la dificultad de superar los obstáculos impuestos por el Kremlin.

En resumidas cuentas: con una Bielorrusia que sigue en la órbita de Moscú y una Moldova sometida a los ukases de la clase dirigente rusa, el cerco a la Madre Rusia ideado hace más de dos décadas por los politólogos de Yale no parece, hoy por hoy, materializable.

Después de la desintegración de la Unión Soviética, el cabio de rumbo de los países de Europa oriental y el inevitable desmantelamiento del Pacto de Varsovia, al Kremlin sólo le quedan cinco aliados: Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán y Turkmenistán, integrados, eso sí, en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), la versión rusa de la OTAN. La organización pretende defender la política euroasiática de Putin, una original variante geoestratégica elaborada por la derecha nacionalista.

¿Los aliados de Moscú? En Bielorrusia soplan vientos de cambio, Armenia ha sido arrastrada, por obra y gracia de Ankara, en el conflicto con Azerbaiyán por el enclave de Nagorno Karabaj, Kirguistán tiene que hacer frente a una oleada de disturbios callejeros.  Los problemas de inestabilidad de los vecinos repercuten seriamente en la política del Kremlin.

Sin embargo, portavoz oficial de Vladimir Putin, Dimtri Peskov, trata de minimizar el alcance de los conflictos. ¿Hablar de un cerco a Rusia? ¡Eso parece absurdo! Existe un potencial de conflicto que se concentra alrededor de nuestras fronteras, pero la inestabilidad es un fenómeno generalizado, afirma Pleskov, recordando los problemas de Europa occidental después del Brexit, las protestas contra la discriminación racial en los Estados Unidos, la rebelión de Turquía contra sus aliados de la OTAN, la interminable batalla contra el coronavirus.  

¿Perspectivas? Es cierto que los repuntes pueden degenerar en una guerra mundial, el establecimiento de un nuevo orden planetario o… limitarse a pequeños terremotos, que permitirán reducir las tensiones y aliviar la situación. Pero por favor, no se les ocurra hablar del cerco a Rusia.  

¿Tan lejos queda el recuerdo del Pacto Molotov – Ribbentrop?


domingo, 25 de febrero de 2018

Bienvenidos a la nueva guerra fría


¿Se puede vivir sin enemigos? Aparentemente, no. Durante la guerra fría, la todopoderosa maquinaria de propaganda de la Unión Soviética trató de persuadir a los pueblos de Europa Oriental, satélites del Kremlin, que el enemigo común del utópico campo de la paz era el militarismo norteamericano. Para demonizar al enemigo, solían emplearse los vocablos Washington o Alianza Atlántica. Y para tranquilizar a los pobladores del campo socialista, bastaba con exhibir la Paloma de la Paz de Picasso. La diafanidad contra los misiles. La pureza contra la perversidad. El Este se había fabricado un temible enemigo: el tío Sam. A su vez, Occidente contaba con el suyo: el Oso ruso. Esos símbolos parecían haber quedado relegados del lenguaje políticamente correcto a finales de 1989, tras la celebración de la cumbre de Malta, cuando el amable líder soviético, Mijaíl Gorbachov, sucumbió a los encantos del tenaz George Bush, adalid del nuevo orden mundial.  Dos años más tarde, los dirigentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, rubricaban un documento que contenía el parte de defunción del imperio soviético: La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas deja de existir como sujeto de Derecho... 

Lo que sucedió después es harto conocido. Los países europeos situados en la zona de influencia de Moscú abandonaron el bloque, decantándose por la envidiable economía de mercado, así como por la opción estratégico-militar encarnada por la OTAN. Una solución pragmática, que hubiese debido redundar en el bienestar económico de las naciones de Europa oriental. Pero los codiciados fondos europeos y las suculentas subvenciones atlantistas no llegaron a sus destinatarios; el fantasma de la corrupción recorre la totalidad del continente europeo.

¿Los cambios? Lo cierto es que sí ha habido cambios. En los últimos años, coincidiendo con el final del mandato de Barack Obama, el desacertado Premio Nobel de la Paz, las tropas estadounidenses acantonadas en Alemania y los Países Bajos fueron enviadas a Polonia, Rumanía y los países bálticos, junto a los confines con el nuevo enemigo: la Federación Rusa. El operativo, fácilmente comprensible desde el punto de vista de los expertos militares, desembocó en una nueva guerra fría, con su correspondiente argumentación ideológica. Los malos son los de siempre: los rusos, enemigos de la libertad, cuyo objetivo final consulte de socavar la democracia occidental.
  
Los medios de comunicación de los países fronterizos volvieron a activar las estrategias de propaganda de las décadas de los 50 y 69 del pasado siglo. Pero esta vez, centrando sus baterías en dirección de Moscú. Prolifera la información sobre los perversos objetivos del Kremlin en Europa. Conviene señalar  que los argumentos esgrimidos por los comentaristas políticos de la zona coinciden con las conclusiones de los informes elaborados por el Pentágono, la Casa Blanca o el Departamento del Estado. 

En pocas palabras, está claro que el Kremlin trata de aprovechar los problemas internos de los países occidentales para debilitar su sistema político, apoyar a extremistas de todo signo, fomentar el malestar existente, potenciar las actividades de grupos o grupúsculos pro rusos o antioccidentales, militarizar la sociedad, infiltrar la prensa y los tejidos sociales, justificar la política de Rusia ante una crédula opinión pública europea.

A esta estrategia a medio y corto plazo se suman las injerencias en las campañas electorales de Francia y los Estados Unidos, así como en los asuntos internos de París, Berlín y Londres (Brexit), sin olvidar la avalancha de noticias falsas que invaden las redes sociales, como en el caso del procés catalán.

A nivel interno, la propaganda rusa trata de justificar los operativos de desestabilización, escudándose en argumentos bastos, como por ejemplo: en Occidente proliferan los ateos, los musulmanes, los homosexuales, los pedófilos y los falsos refugiados sirios que se dedican a violar mujeres cristianas. Un discurso éste digno de la propaganda nazi…
   
Hasta aquí, parte de las denuncias de los politólogos de Europa oriental. Curiosamente, la Prensa de los países de la primera línea del frente no parece interesada en abordar el tema de la manipulación/intoxicación llevada a cabo por el contrapoder mediático occidental. Porque ese también existe…        

domingo, 24 de septiembre de 2017

El “hombre cohete”, el “viejo chocho” y el falso Kaláshnikov


Con la inauguración de un imponente monumento de nueve metros dedicado al ingeniero Mijaíl Kaláshnikov, inventor del famoso fusil de combate AK-47, celebró Rusia el “día del armero”. La ceremonia coincidía, extrañamente, con la clausura de las maniobras militares Zapad – 17(Occidente 17), realizadas conjuntamente con las fuerzas armadas de la vecina Bielorrusia. 

El ministro de Cultura ruso, Vladímir Medinski, encargado de presidir el homenaje, no dudó en señalar que el AK-47 era una “marca cultural” del país. Por su parte, el escultor Salavat Scherbakov, autor de la obra, estima que el fusil de Kaláshnikov es equiparable a un “objeto de arte, como por ejemplo un violín Stadivarius”.

Lo cierto es que el consorcio militar Kaláshnikov, creado en 2013, produce el 95 por ciento de las armas de la Federación Rusa. Durante la última década, las exportaciones de material bélico registraron un incremento superior al 100 por ciento. 

¿”Marca cultural”? ¿Stradivarius? Apenas tres días después de su inauguración, el coloso se vio desposeído de su arma: la imagen de bronce no era un AK-47, sino un fusil alemán de la Segunda Guerra Mundial, el StG - 44. El garrafal error fue detectado por el historiador ruso Yuri Pasholok, poco propenso a perdonar el fallo. El erudito reclama un… castigo ejemplar. Con razón: ¿un arma automática nazi en manos del legendario inventor ruso? 

La verdad es que todo es posible en un mundo en el que los criptoestadistas se tachan alegremente de “hombre cohete” (el coreano Kim Jong-un) o “viejo chocho” (el flamante presidente de los Estados Unidos, Donald Trump). En un mundo en el que el lobo con piel de cordero (la OTAN) pretende estar aterrorizado por la presencia del oso (ruso) en los linderos de la UE y la Alianza Atlántica.

Pero volvamos a las consideraciones de orden geoestratégico, es decir, a las maniobras militares Zapad – 17. Durante la reunión anual de la cúpula de la OTAN, celebrada esos días en Tirana, el general checo Petr Pavel, jefe del Comité Militar de la Alianza, expresó la preocupación de los círculos atlantistas frente a los juegos de guerra llevados a cabo recientemente por los ejércitos de Rusia y Bielorrusia en el Mar Báltico, Rusia occidental y el enclave estratégico de Kaliningrado.

Según datos facilitados por el Estado Mayor ruso, en las maniobras participaron 17.200 efectivos de Bielorrusia y Rusia, 70 aviones de combate y helicópteros, 250 tanques, 200 equipos de artillería, lanzacohetes múltiples, sistemas balísticos nucleares, así como 10 buques de guerra.  Sin embargo, el general de la OTAN estima que el número de militares involucrados en Zapad – 17 oscila entre 70.000 y 100.000 soldados. Nada que ver con las cifras barajadas por Moscú. 

A pesar de las solemnes garantías ofrecidas por Rusia, de que "no consideraba a la OTAN como enemigo", y que "las maniobras no iban dirigidas contra la Alianza”, el militar checo manifestó que los rusos trataban de tergiversar los datos. "Si nos fijamos sólo de la versión rusa, no debería haber razones de preocupación. Sin embargo, si analizamos el panorama global, deberíamos estar inquietos. Hay indicios de preparativos para un gran conflicto”, manifestó Paul. En efecto, la OTAN estima que las maniobras encubren una simulación de conflicto con los Estados Unidos y sus aliados europeos. Recuerdan también que en 2009 los rusos simularon un ataque nuclear dirigido contra Polonia, mientras que en 2013 el blanco resultó ser… la neutral Suecia. Craso error: en aquellas fechas, Moscú preparaba su intervención en la península de Crimea, así como la operación en el Dombás.

¿Inquietud? En las últimas dos décadas, la OTAN modificó los confines de las llamadas zonas de influencia diseñadas en Yalta, realizando un considerable acercamiento a Rusia. En realidad, se trata de un avance de… ¡mil kilómetros en dirección de la guarida del Oso ruso! 

El Ministerio de Defensa de la Federación Rusa señaló, por su parte, que Moscú no tenía intención alguna de simular un ataque contra sus vecinos “ex comunistas”, Lituania, Letonia, Polonia y Ucrania, y que en realidad Occidente está amenazando la estabilidad en Europa del Este con los más de 4.000 de soldados acantonados en los países Bálticos y Polonia, en la base de Deveselu, situada en Rumanía, o de las instalaciones de vigilancia balística, aún sin estrenar, de la localidad polaca de Redzikowo. La llegada masiva de este contingente se produjo, recordémoslo, en los últimos meses del mandato del Presidente Obama, mal apodado… “Premio Nobel de la Paz”. 

Para Moscú, todo ello se resume en unas palabras: a Kaláshnikov rezando y con la OTAN dando. Y como siempre, pagarán justos por pecadores…