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miércoles, 18 de marzo de 2015

Elecciones israelíes: ¿más de lo mismo?


Sucedió lo que todo el mundo esperaba: el partido de centroderecha Likud, liderado por el Primer Ministro Benjamín Netanyahu, se alzó con la victoria en las elecciones legislativas celebradas esta semana en Israel. Pese a los sondeos a pie de urna, que vaticinaban un empate virtual entre la derecha y la bicéfala coalición de centroizquierda Unión Sionista del laborista Isaac Herzog y la liberal Tzipi Livni, los conservadores lograron imponerse. Hay quien cree que se trata de una victoria pírrica, puesto que ninguna de las grandes agrupaciones cuenta con la mayoría necesaria para contemplar la formación de un Gobierno estable, lo que deja entrever la opción de frágiles y efímeras alianzas.

En efecto, la proliferación de partidos bisagra, dispuestos a apoyar a cualquiera de las grandes corrientes ideológicas a cambio de pingües beneficios económicos, convierte el escenario político del Estado judío en una auténtica pesadilla para el ciudadano de a pie, obligado a afrontar el constante deterioro de la situación económica, que desembocó en el espectacular empobrecimiento de la clase media. A las desigualdades sociales se suma la alta tasa de desempleo, amén del vertiginoso incremento del precio de la vivienda.  Nada o muy poco que ver, al menos aparentemente, con la obsesión de Bibi Netanyahu por acabar de un plumazo con el programa nuclear iraní – peligro potencial para la supervivencia de Israel – o el deseo de los centristas - laboristas y liberales - de reanudar el diálogo con la Autoridad Nacional Palestina, interrumpido hace cuatro años por el Likud, apostando por la creación de un Estado palestino. Aún así, la izquierda prefiere hacer caso omiso del espíritu y la letra de los Acuerdos de Oslo.  

Huelga decir que durante la jornada electoral, es decir, antes del cierre de los colegios,  los principales partidos políticos habían iniciado consultas destinadas a asegurarse la  mayoría parlamentaria. Una tarea sumamente difícil, teniendo en cuenta el hecho de que ninguna de las corrientes mayoritarias contará con bastantes escaños para contemplar alianzas duraderas con las formaciones afines. Benjamín Netanyahu tendrá que recomponer los pactos con Bayt Yehudí o Israel Beteinu, agrupaciones que se sitúan la derecha del Likud y que contemplan el control de los territorios palestinos ocupados, así como la expansión de los asentamientos judíos de Cisjordania.

Para Isaac Herzog, la alternativa viable hubiese sido un acuerdo con el izquierdista Meretz, los comunistas árabes e israelíes de Hadash y los integrantes de la Lista Árabe Unida, tercera fuerza política del país. Sin embargo, los dirigentes de la Lista parecen poco propensos a forjar alianzas con las agrupaciones sionistas. Su electorado, que representa al 20 por ciento de la población árabe de Israel, no lo consentiría.

Quedan los liberales de centroizquierda de Yesh Atid  y los de centroderecha de Kulanu. Los primeros podrían decantarse por la Unión Sionista de Herzog; los segundos, por sus excompañeros y socios del Likud.

La gran incógnita será la postura de los partidos religiosos, que cuentan con una veintena de escaños en la Cámara, y que suelen arrimarse al carro del… mejor postor.
  
En resumidas cuentas, el partido de Netanyahu tiene muchas probabilidades de contar con una mayoría parlamentaria que le permita capear el temporal.

Detalle interesante: el pasado martes, poco después del cierre de los colegios electorales, el Presidente de Israel, Reuven Rivlin, instó a laboristas y conservadores a formar un Gobierno de Unidad Nacional. Pero tanto Netanyahu como Herzog rechazaron la propuesta.  Su ideología y sus respectivos programas de gobierno son (o al menos, parecen)… diametralmente opuestos. ¿Más inestabilidad política en perspectiva? ¿Más amenazas para los equilibrios o desequilibrios regionales? Para el ciudadano de a pie, ello se traduce por… más de lo mismo. 

jueves, 5 de marzo de 2015

La bofetada de "Bibi" Netanyahu


De bofetada a la Administración Obama tildaron los altos cargos de la diplomacia norteamericana el discurso pronunciado esta semana por el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ante las Cámaras del Congreso de los Estados Unidos. ¿Un golpe en la cara que ensancha aún más la brecha entre Washington y Tel Aviv? Aparentemente, la insolente actuación de Netanyahu irritó no sólo a Barack Obama, sino a la inmensa mayoría de sus colaboradores. Fue la gota que hizo desbordar el vaso…

No es costumbre que un estadista utilice la tribuna parlamentaria de un país extranjero para alertar a los representantes electos de otra nación sobre los peligros – ficticios o reales – que implica la política llevada a cabo por sus gobernantes. Es exactamente lo que hizo Benjamín Bibi Netanyahu al censurar el posible pacto nuclear con Irán. El líder del derechista Likud, invitado por la mayoría republicana del Congreso a intervenir en el debate sobre política exterior, aseguró que el hipotético mal acuerdo con el país de los ayatolás sólo serviría para allanar la vía hacia una catástrofe nuclear. Si a los estadounidenses les importa  su seguridad, a los israelíes nos preocupa la supervivencia, señaló Netanyahu. Su advertencia fue acogida con innegable júbilo por los congresistas republicanos (aunque también demócratas), partidarios de la mano dura en las relaciones con los países rebeldes – Corea del Norte, Irán, Siria… Rusia. Una postura inquietante, teniendo en cuenta la proliferación de los focos de tensión que acompaña los espectaculares reajustes geoestratégicos iniciados en la última década del siglo XX.

Recordemos que Netanyahu fue uno de los primeros políticos que alertó, a finales de los años 90, sobre el peligro que supone el programa nuclear iraní. De hecho, el establishment israelí no descartó la posibilidad de una intervención armada contra las instalaciones atómicas de Teherán, opción rechazada por los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca. Si bien las autoridades de Tel Aviv desean mantener a toda costa el monopolio de potencia nuclear regional,  Washington no descarta la existencia de un duopolio. Y ello, siempre y cuando los intereses estratégicos de Irán coincidan con los designios de los Estados Unidos. De hecho, una embrionaria bomba atómica persa implicaría el aumento de la cooperación militar (y también económica) de Washington con Arabia saudita, Irak y los Emiratos del Golfo Pérsico. El Estado judío tiene otras prioridades; el siempre vigente programa de gobierno del ayatolá Jomeyni contempla… ¡la destrucción total de Israel!

Desde el inicio de las consultas entre Teherán y las potencias occidentales sobre el programa nuclear iraní, las autoridades hebreas presentaron un documento de trabajo conocido bajo el nombre del memorándum de los cuatro “no”.  No al enriquecimiento del uranio, No al centrifugado, No al almacenamiento de uranio enriquecido, No al suministro de agua pesada para el reactor nuclear de Arak. Con el paso del tiempo, los cuatro no se han convertido en historia. Los científicos iraníes han adquirido los conocimientos necesarios para la fabricación de armas atómicas. Desde el punto de vista tecnológico, el proceso parece, pues, irreversible. ¿Frenar la producción de artefactos nucleares? Todo depende de la contrapartida ofrecida por Occidente. De momento, los interlocutores de Teherán sugieren una moratoria de 15 a 20 años, que los persas rechazan tajantemente.

Un nuevo factor se añadió recientemente al regateo nuclear: la ofensiva global contra el Estado Islámico. La Casa Blanca tiene interés en asociar a los países del mundo árabe-musulmán a la coalición ideada para combatir a las fuerzas del mal. En ese contexto, el Irán chiita sería, sin duda, un elemento clave en la lucha contra el radicalismo sunita.  Barack Obama está empeñado en alcanzar un acuerdo con los iraníes.

Por su parte, Benjamín Netanyahu, primer ministro saliente de Israel, aprovecha los últimos días de la campaña electoral en su país para romper moldes, sabiendo positivamente que el golpe en la cara de la Administración estadounidense podría facilitar su reelección o convertirle en incuestionable líder de una oposición conservadora intransigente. Bibi Netanyahu ¿profeta en tierra de Israel? Un legado éste difícil de gestionar sin la ayuda del Congreso de los Estados Unidos.

viernes, 10 de junio de 2011

Una fecha emblemática



La mayoría de los analistas políticos coincide en que el Partido para de Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por el actual Primer Ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, se alzará con la victoria en las próximas elecciones legislativas, que se celebrarán el próximo día 12 de junio. Sería éste el tercer éxito electoral de la agrupación de corte islámico que irrumpió en la vida pública del país otomano a finales de 2002, tras el descalabro sufrido por partidos tradicionales, completamente desacreditados por los escándalos de corrupción y la falta de liderazgo político. En aquél entonces, el fenómeno AKP logró adueñarse de un espacio político deshabitado. Para los pobladores de Turquía empezaba una nueva etapa; la era de la transparencia y la honradez. Al menos, estas fueron las consignas de la primera campaña electoral de Erdogan.


El Primer Ministro otomano se ha fijado una meta: presidir los actos conmemorativos del centenario de la creación de la Turquía moderna. De hecho, el lema de su campaña actual es: “Objetivo 2023”. Una fecha emblemática.


Aparentemente, la estrategia ideada por el equipo del AKP es sencilla. En el caso de ganar los comicios, como previsto, el Primer Ministro tratará de impulsar la redacción de una nueva Carta Magna, que avale un modelo presidencialista, parecido al francés o al norteamericano, que recortaría los poderes del Parlamento. Una vez aprobada la nueva Constitución, Erdogan podría presentarse, dotado de plenos poderes constitucionales, a las elecciones presidenciales de 2014, ocupando el cargo que hoy en día ostenta su correligionario Abdallah Güll. Los politólogos israelíes se hacen eco del malestar provocado en Tel Aviv por la crisis de la flotilla de Gaza, tachando la maniobra del Erdogan de… “putinismo”. Aluden, claro está, a la maniobra de Vladimir Putin al decantarse por compartir el poder con su socio y amigo Vladimir Medvedev.

Pero Turquía no es Rusia. Las preocupaciones de la opinión pública otomana son, sin duda, diferentes. Los logros del equipo de gobierno del AKP avalan la buena gestión de los militantes islámicos. En la última década, Turquía se ha convertido en la 17ª potencia económica mundial (y 6ª de Europa). Merced a la hábil actuación de su diplomacia, el país de Atatürk vuelve a ocupar un destacado lugar tanto a escala regional como internacional. A la ampliación de las prestaciones sociales destinadas a las capas más desfavorecidas de la población se suma la Gran Amnistía Fiscal, que perdona parte de la deuda de los contribuyentes y sienta nuevas bases para las relaciones de la ciudadanía con Hacienda.


Otro detalle importante es la normalización de las hasta ahora conflictivas relaciones entre Ankara y la minoría kurda. En los últimos años, los kurdos han logrado el reconocimiento de sus derechos lingüísticos. Su lengua y cultura se enseñan en las universidades; la televisión oficial emite programas en kurdo durante 24 horas, las localidades recuperan su denominación en el idioma vernáculo. También es cierto que la comunidad kurda no cuenta con la totalidad de derechos civiles y políticos. Sin embargo, hay quien estima que la situación ha experimentado una notable mejoría.


Entre las preocupaciones de los partidos de oposición figura también el ambicioso programa atómico del Gobierno Erdogan, que contempla la instalación de reactores nucleares en Akkuyu, Sinop y Iğneada. Los miembros del Partido Republicano del Pueblo (CHP) hacen hincapié en el hecho de que Akkuyu se encuentra en las inmediaciones de la falla volcánica de Ecemiş, lo que implica un gran peligro para la seguridad de la población.


Sin embargo, hay otros temas que irritan mucho más a la oposición, empezando por las prerrogativas que tiene el actual Ejecutivo para el nombramiento de jueces y fiscales, lo que podría llevar, según los detractores del AKP, a la desaparición progresiva de la separación de poderes, convirtiendo a Turquía en un Estado más centralizado y menos plural.


Unos apuntes más: la reciente prohibición de la venta y el consumo de alcohol en lugares públicos, vigente desde el pasado mes de enero, la posible penalización del adulterio, la supervisión y vigilancia de Internet, la destrucción de manuscritos “no publicados” de algunos periodistas poco afines al régimen, la detención y el enjuiciamiento de militantes políticos y miembros de las Fuerzas Armadas acusados de pertenecer a la organización “Ergenekon”, supuestamente involucrada en los preparativos de un golpe de Estado. Cara y cruz de la misma moneda. Luces y sombras del país otomano…


Objetivo 2023. Una fecha emblemática.