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viernes, 17 de marzo de 2023

Moldova (III) - La desestabilización

 

Al cumplirse un año desde el inicio de la ofensiva rusa en Ucrania, los contrincantes llegaron a la triste conclusión de que el operativo bélico se hallaba en un callejón sin salida. El blitzkrieg (guerra relámpago) ideada por el Kremlin había fracasado; el discurso triunfalista del presidente Zelensky oculta un sinfín de fallos, de fracasos militares.

No, las huestes de Moscú no lanzaban sus ataques armados con simples palas, como pretendía la todopoderosa maquinaria de propaganda militar británica; la heroica resistencia de las unidades ucranias se debía, en gran parte, a la escasez de municiones. No había motivo alguno para echar campanas al vuelo.

Pero como las palabras desanimo y derrota no figuran en el decálogo de la propaganda psicológica escrito hace un siglo por el político británico Arthur Ponsonby, los amos de la desinformación optaron por recurrir a otros argumentos - indudablemente conflictivos, aunque inéditos - la inestabilidad política en los países de la zona candidatos a la adhesión a la OTAN o la UE: Moldova y Georgia.      

El parlamento de Georgia debatió a primeros de marzo un proyecto de ley sobre agentes extranjeros, equiparable a la normativa legal adoptada recientemente en Rusia o a la ley mordaza española. Al día siguiente, centenares de manifestantes se congregaron ante la sede del poder legislativo, reclamando la retirada del borrador de ley. La protesta surtió efecto; el debate sobre la ley rusa quedó congelado.

¿Ley rusa?  La prensa moscovita no tardó en recordar que la primera normativa legal sobre la identificación y el registro de agentes extranjeros – aún vigente - fue aprobada en 1938 por… el Congreso de los Estados Unidos. Por otra parte, la propia UE coquetea con la idea de vigilar a los detractores de su política atlantista. Conviene, pues, correr un tupido velo.

Las miradas se dirigen rápidamente hacia el otro candidato: Moldova. Pero, ¡ay! surge el golpe de teatro. Veinticuatro horas antes de presentar la escenificación de un golpe de Estado contra el Gobierno pro occidental de la presidenta Maia Sandu, las autoridades de la secesionista República Moldava del Dniéster - prorrusa - informan sobre un intento de asesinato del presidente Vadim Krasnoselski, hijo de militar y militar soviético, ordenado por el servicio de seguridad de Ucrania – SBU.

El Ministerio de Seguridad del Estado de Transnistria informó que el Land Rover de Krasnoselski debía haber explotado en pleno centro de Tiraspol. El vehículo contenía una carga de 8 kg de RDX, tornillos, tuercas y alambre.

Los autores del atentado contaban también con la eliminación física de otros altos cargos de Transnistria.

La televisión presentó al presunto cerebro del atentado: Vyacheslav Kisnichan, originario de Tiraspol, que se trasladó a Odessa hace 12 años. En 2022, Kisnichan empezó a colaborar con el SBU, familiarizándose con el uso de explosivos.

La seguridad ucrania se apresuró a desmentir la noticia, calificándola de burda provocación del Kremlin.

Detalle interesante: apenas 72 horas después de la crisis transnistriana, la policía de la República Moldavia informó que se había frustrado un complot urdido por agentes rusos, entrenados para provocar disturbios callejeros durante las protestas contra el gobierno pro occidental de Maia Sandu.

Las protestas, organizadas por el autodenominado Movimiento por el Pueblo, contaban con el apoyo de la agrupación política moldava Shor, partidaria de Rusia, que ocupa seis escaños en el parlamento.

Además de pedir la renuncia de la presidenta Sandu, los manifestantes exigieron que el gobierno de Chișinău cubra los costos de las abultadas facturas de energía eléctrica de los meses de invierno y no involucre al país en la guerra de Ucrania.

El anuncio de la policía moldava se produce pocos días después de que funcionarios de inteligencia estadounidense dijeran que habían identificado a personas vinculadas a los servicios secretos rusos, que  planeaban utilizar las protestas como plataforma para fomentar una insurrección contra el gobierno.

La ministra del Interior, Ana Revenco, manifestó por su parte que las protestas tienen por objeto debilitar la democracia y socavar la estabilidad del país.

Debilitar la democracia. Si algo han puesto manifiesto los constantes intentos de desestabilización política, los simulacros violentos – véase golpistas – de Tiflis, Tiraspol o Chișinău, son los intentos de provocar un constante deterioro de las ya de por sí frágiles estructuras democráticas del espacio postsoviético.   

Un peligro que, reconozcámoslo, nos acecha a todos. 

martes, 15 de junio de 2021

La Guerra Fría ha vuelto

 

No la esperábamos tan pronto, pero estábamos persuadidos de que iba a volver. Las últimas manifestaciones de ciertos estadistas, de muchos estadistas, permitían adivinar su retorno. De hecho, el primer interrogante surgió el 10 de noviembre de 1989, pocas horas después de la caída del Muro de Berlín. Despedimos la euforizante noticia con un desalentador Y ahora, ¿qué?, muestra del habitual fatalismo periodístico.

Y ahora, ¿qué? Después de la perestroika, la glasnost, el Nuevo Orden Mundial, la globalización, el episodio del Muro de Berlín se tornó en un ladrillo más lanzado a la cabeza de quienes lidiaban con los intríngulis de la política internacional, tratando de descifrar el pensamiento de los grandes de este mundo, los misterios de las Cancillerías.

Y ahora, ¿qué? Recuerdo la sarcástica despedida de uno de los compañeros: No os preocupéis; todo lo que venga será peor.  No se equivocaba; a la estrepitosa caída de las llamadas democracias populares le siguió el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, brazo armado del Kremlin en los Este europeo, la desaparición de los organismos de cooperación económica, la marcha a pasos agigantados hacia la economía de mercado, la apuesta por el capitalismo salvaje. Nada que ver con la férrea disciplina impuesta por la nomenklatura moscovita, que había dosificado con sumo cuidado los niveles de falacia y corrupción permitidos por el ejemplar sistema socialista.

Pero el espectacular vuelco registrado en los países del Este europeo no logró derribar las murallas del sistema soviético. Más aun, las rebautizadas instituciones se convirtieron en baluartes de un conservadurismo inmovilista. La Madre Rusia volvió a la palestra, disfrazada de su new British look. Pero los arsenales nucleares, las brigadas de tanques, los cazas supersónicos, los misiles intercontinentales y los submarinos atómicos seguían en manos de los mismos oficiales graduados en la Academia Militar Frunze, la West Point de la Unión Soviética. Con la agravante de que…

Con la agravante de que, al no haberse derrumbado el imperio, el Ejército se convirtió en una herramienta clave para la estabilidad de los dueños del Kremlin. Después de la aventura de Afganistán, autentico detonante del integrismo islamista, el poder moscovita volvió a recurrir a las fuerzas armadas en Osetia, Ucrania y Crimea. Con la agravante, eso sí, de que en este caso concreto Moscú no puede alegar que los conflictos tienen como escenario su zona de influencia. Estas zonas han dejado de existir.

Rusia ha establecido bases militares en el Cáucaso, en Oriente Medio (Siria), en el Norte de África (Libia). Sería un error hablar del declive del Ejército ruso. Tal vez por ello los estrategas de la Alianza Atlántica echan en cara a Moscú su política agresiva y desestabilizadora en las fronteras con la OTAN. Unas fronteras que, recordémoslo, no debían haberse desplazado de la Línea Oder-Nisse establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, a la Línea Báltico–Mar Negro, diseñada y bendecida durante el mandato de Donald Trump. Las fronteras de la OTAN son, en realidad, las fronteras de Rusia.

Durante la cumbre de la Alianza celebrada ayer en Bruselas, primera reunión presencial de los jefes de Estado y Gobierno después de la pandemia, los 30 miembros de la OTAN trataron de redefinir las nuevas amenazas. Finalmente, llegaron a la conclusión de que el nuevo enemigo se hallaba en dos países cuya riposta autoritaria atentaba contra el orden establecido: Rusia y China. Según el presidente Biden, que ostentó la vicepresidencia de los Estados Unidos durante el mandato de Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz llamado a gestionar el mayor número de conflictos bélicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Rusia sigue siendo el peor enemigo de las democracias occidentales. ¿Y China? China es el rival más poderoso. El tablero de los conflictos se recompone; ya tenemos enemigo. Enemigos, mejor dicho. Curiosamente, el contrincante se encuentra siempre en el Este.

La asamblea de la OTAN trató de actualizar la postra de los aliados frente a distintas cuestiones, como la elaboración de un nuevo Concepto Estratégico Global, la protección contra los ciberataques, las políticas de disuasión y defensa, la concertación y la cohesión, la financiación común, la resiliencia, y la lucha contra el cambio climático.

Para los tres candidatos permanentes a la adhesión: Ucrania, Georgia y la República Moldova, que reclaman la integración rápida en las estructuras de la Alianza, la cumbre sólo sirvió para escuchar las buenas palabras de sus amigos occidentales. Algo así como un mañana, mañana en varios idiomas. Aparentemente, Joe Biden, que se entrevistará mañana en Ginebra con Vladimir Putin, tomó muy en serio la advertencia del inquilino del Kremlin: si Ucrania se convierte en miembro de la OTAN, será la guerra. En efecto, un misil disparado desde Harkov podría alcanzar Moscú en 7 a 10 minutos. Y este sería el auténtico casus beli.  Pero de esto no se habló en Bruselas; sabido es que la OTAN es una alianza meramente… defensiva.