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martes, 15 de junio de 2021

La Guerra Fría ha vuelto

 

No la esperábamos tan pronto, pero estábamos persuadidos de que iba a volver. Las últimas manifestaciones de ciertos estadistas, de muchos estadistas, permitían adivinar su retorno. De hecho, el primer interrogante surgió el 10 de noviembre de 1989, pocas horas después de la caída del Muro de Berlín. Despedimos la euforizante noticia con un desalentador Y ahora, ¿qué?, muestra del habitual fatalismo periodístico.

Y ahora, ¿qué? Después de la perestroika, la glasnost, el Nuevo Orden Mundial, la globalización, el episodio del Muro de Berlín se tornó en un ladrillo más lanzado a la cabeza de quienes lidiaban con los intríngulis de la política internacional, tratando de descifrar el pensamiento de los grandes de este mundo, los misterios de las Cancillerías.

Y ahora, ¿qué? Recuerdo la sarcástica despedida de uno de los compañeros: No os preocupéis; todo lo que venga será peor.  No se equivocaba; a la estrepitosa caída de las llamadas democracias populares le siguió el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, brazo armado del Kremlin en los Este europeo, la desaparición de los organismos de cooperación económica, la marcha a pasos agigantados hacia la economía de mercado, la apuesta por el capitalismo salvaje. Nada que ver con la férrea disciplina impuesta por la nomenklatura moscovita, que había dosificado con sumo cuidado los niveles de falacia y corrupción permitidos por el ejemplar sistema socialista.

Pero el espectacular vuelco registrado en los países del Este europeo no logró derribar las murallas del sistema soviético. Más aun, las rebautizadas instituciones se convirtieron en baluartes de un conservadurismo inmovilista. La Madre Rusia volvió a la palestra, disfrazada de su new British look. Pero los arsenales nucleares, las brigadas de tanques, los cazas supersónicos, los misiles intercontinentales y los submarinos atómicos seguían en manos de los mismos oficiales graduados en la Academia Militar Frunze, la West Point de la Unión Soviética. Con la agravante de que…

Con la agravante de que, al no haberse derrumbado el imperio, el Ejército se convirtió en una herramienta clave para la estabilidad de los dueños del Kremlin. Después de la aventura de Afganistán, autentico detonante del integrismo islamista, el poder moscovita volvió a recurrir a las fuerzas armadas en Osetia, Ucrania y Crimea. Con la agravante, eso sí, de que en este caso concreto Moscú no puede alegar que los conflictos tienen como escenario su zona de influencia. Estas zonas han dejado de existir.

Rusia ha establecido bases militares en el Cáucaso, en Oriente Medio (Siria), en el Norte de África (Libia). Sería un error hablar del declive del Ejército ruso. Tal vez por ello los estrategas de la Alianza Atlántica echan en cara a Moscú su política agresiva y desestabilizadora en las fronteras con la OTAN. Unas fronteras que, recordémoslo, no debían haberse desplazado de la Línea Oder-Nisse establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, a la Línea Báltico–Mar Negro, diseñada y bendecida durante el mandato de Donald Trump. Las fronteras de la OTAN son, en realidad, las fronteras de Rusia.

Durante la cumbre de la Alianza celebrada ayer en Bruselas, primera reunión presencial de los jefes de Estado y Gobierno después de la pandemia, los 30 miembros de la OTAN trataron de redefinir las nuevas amenazas. Finalmente, llegaron a la conclusión de que el nuevo enemigo se hallaba en dos países cuya riposta autoritaria atentaba contra el orden establecido: Rusia y China. Según el presidente Biden, que ostentó la vicepresidencia de los Estados Unidos durante el mandato de Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz llamado a gestionar el mayor número de conflictos bélicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Rusia sigue siendo el peor enemigo de las democracias occidentales. ¿Y China? China es el rival más poderoso. El tablero de los conflictos se recompone; ya tenemos enemigo. Enemigos, mejor dicho. Curiosamente, el contrincante se encuentra siempre en el Este.

La asamblea de la OTAN trató de actualizar la postra de los aliados frente a distintas cuestiones, como la elaboración de un nuevo Concepto Estratégico Global, la protección contra los ciberataques, las políticas de disuasión y defensa, la concertación y la cohesión, la financiación común, la resiliencia, y la lucha contra el cambio climático.

Para los tres candidatos permanentes a la adhesión: Ucrania, Georgia y la República Moldova, que reclaman la integración rápida en las estructuras de la Alianza, la cumbre sólo sirvió para escuchar las buenas palabras de sus amigos occidentales. Algo así como un mañana, mañana en varios idiomas. Aparentemente, Joe Biden, que se entrevistará mañana en Ginebra con Vladimir Putin, tomó muy en serio la advertencia del inquilino del Kremlin: si Ucrania se convierte en miembro de la OTAN, será la guerra. En efecto, un misil disparado desde Harkov podría alcanzar Moscú en 7 a 10 minutos. Y este sería el auténtico casus beli.  Pero de esto no se habló en Bruselas; sabido es que la OTAN es una alianza meramente… defensiva. 

domingo, 6 de junio de 2021

El enemigo sin rostro

 

El actual modelo de relaciones internacionales y la arquitectura de seguridad se destruyen sistemáticamente; se limita el papel de los organismos internacionales. Las normas de derecho internacional están sustituidas por un orden basado en reglas distintas, propuesto y apoyado por personas desconocidas, no definidas y no identificadas.


La cita no le pertenece al que esto escribe. Se trata más bien de una constatación algo tardía de un relevante miembro del equipo de Vladimir Putin; el coronel general Alexandr Fomin, viceministro de defensa de la Federación Rusa.


En unas sonadas declaraciones a la televisión rusa, Fomin aseguró que estamos asistiendo a la creación de un nuevo orden mundial, en el que los inevitables partidarios de la nueva Guerra Fría tratan de dividir el mundo entre nosotros y los otros, los buenos y los malos, los aliados y los adversarios.


Coincide esta división, cada vez más acentuada, con la aparición de nuevos tipos de armas, que invaden el espacio y el ciberespacio, modificando los conceptos y los métodos de guerra. En efecto, lo que hace apenas unas décadas podía habernos parecido una simple utopía se perfila como una amenaza real. Hoy en día, las ofensivas se ganan en el ciberespacio; las guerras pueden convertirse en batallas galácticas.


Estas nuevas formas de combate serán analizadas a finales de este mes en Moscú por los participantes en la novena Conferencia sobre Seguridad auspiciada por las autoridades rusas. 


¿Se siente Rusia acorralada? La respuesta es un rotundo. A la presencia de cazas de combate de la OTAN en los países bálticos, de buques de guerra norteamericanos, británicos, holandeses o franceses en el Mar Negro, se suma el deseo de tres países limítrofes  – Ucrania, Georgia y la República Moldova – de acelerar su ingreso en la Alianza Atlántica y la Unión Europea. Los “tres mosqueteros”, que sellaron una alianza estratégica hace apenas unas semanas, alegan idénticos motivos: Ucrania teme la pérdida del Dombás, región fronteriza disputada durante siglos por los cosacos rusos y ucranios; la República Moldova reclama la devolución de Transnistria, territorio ocupado por unidades del 14º ejército ruso desde la década de los 90, cuando Moldova proclamó su independencia; a su vez, Georgia reclama la devolución de Abjasia y Osetia del Sur, regiones que autoproclamaron su soberanía para poder navegar a  la zaga de Moscú, autorizando la presencia de bases militares rusas en su territorio. Los tres gobiernos acusan a Rusia de llevar a cabo acciones de desestabilización en sus respectivas regiones fronterizas. Por su parte, Moscú les echa en cara una actitud hostil, caracterizada por un sinfín de provocaciones antirrusas.


A la retórica belicosa se han ido sumando en las últimas semanas una serie de medidas concretas. En efecto, en Ministerio de Defensa ruso ha anunciado la creación de una veintena de divisiones llamadas a defender su frontea occidental para contrarrestar la creciente presencia de la OTAN. Se trata, según el Estado Mayor del ejército, de una respuesta a las maniobras llevadas a cabo por los miembros de la Alianza, cuya frecuencia aumenta de año en año. En el verano de 2021, Europa albergará varias maniobras auspiciadas por los Estados Unidos, las más importantes desde el final de la Guerra Fría. En opinión de los estrategas de Moscú, podría tratarse de preparativos para una guerra contra Rusia.


Detalle interesante:  la prensa moscovita se hizo eco últimamente de las posibles razones que podrían llevar a un conflicto armado entre la Federación Rusa y la OTAN. Un primer escenario y el más probable, según los diarios rusos, sería un enfrentamiento por la región de Kaliningrado, un enclave estratégico donde se almacenan varios tipos de proyectiles balísticos rusos capaces de alcanzar los principales objetivos de la infraestructura militar de la OTAN. Aparentemente, el objetivo de las maniobras de la OTAN en la región sería la conquista y ocupación del enclave. Obviamente, Rusia no renunciará a Kaliningrado, lo que provocaría un conflicto abierto con la Alanza Atlántica. 


En segundo lugar, cabe la posibilidad de un choque entre Rusia y la OTAN a raíz de la tensa situación de Bielorrusia. Hasta hace poco, hubo protestas masivas en este país debido a los resultados de las últimas elecciones presidenciales. Si la oposición pro-occidental toma el poder en Minsk, cabe suponer que reclamaría la presencia de tropas de la Alianza en su territorio. En este caso concreto, el Kremlin no considerará que se trata de un problema interno de Bielorrusia e intervendrá por la fuerza.


Otra opción barajada es un posible conflicto armado involucrando a Ucrania. Las autoridades de Kiev tratarán de apoderarse de las repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk. Si bien las tropas rusas enviadas recientemente en la zona fronteriza se retiraron, su armamento permanece en los campos de entrenamiento situados en las inmediaciones de la frontera. A petición de Ucrania, la Alianza Atlántica podría enviar sus contingentes para tratar de detener la ofensiva rusa.


También existen otros escenarios que contemplan un conflicto entre la OTAN y Rusia en los países bálticos. Sin embargo, en este caso concreto, los estrategas prefieren no utilizar la expresión de guerra abierta, tratando de recurrir al socorrido eufemismo de redistribución por la fuerza de las esferas de influencia


El guion está escrito y las actuaciones, perfiladas. El enemigo… Todos somos enemigos. Pero aún seguimos sin saber quiénes son los insignes desconocidos, no definidos y no identificados a los que alude el general Fomin.


viernes, 12 de febrero de 2021

No estorbe, señor Borrell


Imaginen que un político español, catalán y para más inri, socialista moderado, como solía decir, tiempo ha, George Bush Jr., decidiera plantar cara a una columna de blindados rusos. ¿Cuál sería el desenlace? Lo más probable es que la columna acabe arrollando a nuestro protagonista, por muy Alto Representante de la Diplomacia Europea que pretenda ser.

Es lo que sucedió la pasada semana, cuando nuestro hombre, Josep Borrell, recién estrenado Míster Europa de la UE, aterrizó en Moscú para reclamar, en nombre de “los 27”, la liberación del disidente ruso Alekseí Navalni, acérrimo detractor de la corrupción que se había adueñado de la “madre Rusia” y… archienemigo de Vladimir Putin.

Con la autoridad de la que está investido por la Comisión Europea, Borrell pretendió cantarle las cuarenta al dueño del Kremlin. No esperaba, sin embargo, la respuesta contundente del jefe de la diplomacia rusa, Serguéi Lavrov, comandante de la columna de blindados que le recordó a los “presos políticos” de su Cataluña natal. Una manera poco elegante de acoger a un huésped que, a su vez, pretendía entrometerse en los asuntos internos de una gran potencia.

Sí, Rusia había perdido el peso específico que tenía en el tablero de los “grandes” hasta finales de la década de los 80 del pasado siglo. Sin embargo, los dueños del Kremlin siguen moviendo los hilos de la alta política internacional. Tal vez con un poco más de discreción, pero con la soberbia de siempre.

No, el President Pujol no fue el único que andaba vanagloriándose ante el   mundo “Som 6 millons” (Somos seis millones). Los rusos, seres libres o lacayos del zar Putin, son 147 millones y no reniegan de la grandeza de su pasado imperial o del temido a la vez que odiado renombre del país de los soviets. No, los rusos no han perdido el rumbo de la historia. Sus opciones pueden ser erróneas, no coincidir con las apuestas estratégicas de Bruselas, pero son intrínsicamente suyas. El mensaje dirigido por Lavrov a los comunitarios fue muy claro: “No estorbe, Borrell; no estorbe, Europa”.

Los resultados de las recientes elecciones presidenciales norteamericanas obligan al Kremlin a centrarse en acciones híbridas en suelo europeo, donde hay un mayor espacio de maniobra para las actividades encubiertas de Moscú, apoyadas por la acción de un importante lobby prorruso.

Si bien es cierto que la nueva configuración política de Washington no entorpecerá la hasta ahora fluida comunicación con Moscú, cabe suponer que la administración Biden se mostrará más firme que su predecesora en las relaciones con Rusia. El tono gélido de la declaración de la Casa Blanca sobre las consultas bipartitas para desarme sugiere que el Kremlin no tiene motivos para confiar en un pronto restablecimiento de relaciones cordiales con los Estados Unidos. La renovación del Tratado START habrá sido un mero compromiso.

Una relación más cautelosa con la nueva Administración estadounidense implicará la búsqueda de nuevos enfoques en los contactos con Bruselas. Los atlantistas estiman que a partir de ahora el principal objetivo del Kremlin será desestabilización y el debilitamiento de las instituciones europeas. El supuesto deterioro de la salud de Putin, hipótesis respaldada por los informes del Servicio de Inteligencia de Ucrania, no parece ser una razón suficiente para obstaculizar la ofensiva rusa.  He aquí, en líneas generales, una síntesis del razonamiento de los estrategas de la OTAN:

Mientras la UE mantenga sus fronteras actuales, especialmente en el Este, Rusia será incapaz de ampliar su esfera de influencia, que se reduce al espacio postsoviético, a países como Bielorrusia, Moldavia y Ucrania. Aun así, Moscú se enfrenta a varios desafíos, como la existencia de un modelo sociopolítico diferente, el de las democracias liberales basadas en el reconocimiento del Estado de derecho, modelo que funciona exitosamente, convirtiéndose en un buen ejemplo para las repúblicas exsoviéticas.  La Política Europea de Vecindad y los incentivos concedidos a países dispuestos a implementar reformas sociopolíticas presupone otro aliciente. Tal vez por ello a Moscú le interese socavar a la Europa comunitaria desde dentro. Mientras Bruselas centra su atención en los problemas internos, su capacidad de analizar los cambios surgidos más allá de sus fronteras está limitada. Además, una Europa que se enfrenta a dificultades económicas y conflictos sociales ya no es un modelo por seguir. Tal vez por ello,  los Estados propensos a abandonar el bloque comunitario podrían convertirse en presas fáciles para los adeptos del poder blando.

El Brexit es, sin duda, el mejor ejemplo de esta hipótesis de trabajo.  El Brexit afecta a la UE en su conjunto y sienta un precedente para otras retiradas, aunque es posible que los líderes de distintas corrientes antieuropeístas desistan de seguir el ejemplo británico. De hecho, queda por ver la evolución del Brexit a medio o largo plazo.

También conviene analizar la actitud de Putin hacia la UE, especialmente después de la adopción por el Parlamento Europeo, en septiembre de 2019, de la resolución que establece que tanto la Alemania nazi como la Unión Soviética fueron responsables por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En los últimos años, Rusia se ha empeñado en promover su propia versión de la historia, en la que la URSS aparece como víctima de la agresión nazi, y no como país que - antes de ser invadido por Alemania - había firmado, en agosta de 1930,  un Tratado de No Agresión con Berlín (el Pacto Molotov-Ribbentrop), atacado a Polonia, anexionado los Estados bálticos y parte de Rumanía.

Tras el reciente conflicto entre Azerbaiyán y Armenia, Rusia ha aumentado su presencia militar en Transcaucasia. En Georgia, la actuación del actual partido gobernante beneficia los intereses del Kremlin.

En Moldavia, a pesar del ascenso al poder de la proeuropea Maia Sandu, las fuerzas prorrusas apuestan por una contundente victoria en las futuras elecciones parlamentarias.

 La crisis política se está acentuando también en Bielorrusia, hasta ahora feudo de Moscú.

Rusia tratará de obstaculizar por todos los medios la integración europea y euroatlántica de Ucrania. El conflicto latente en el Donbás se percibe como una herramienta empleada por el Kremlin para influir en la política exterior de Ucrania.

Para el Kremlin, es vital mantener a la península de Crimea en la Federación Rusa. Moscú dispone de todo un arsenal de medios para influir en el actual liderazgo de Kiev.

Fuera de su antigua zona de influencia, Moscú trata de ingerirse en la situación política de los Balcanes Occidentales. La reciente adhesión de Macedonia a la OTAN constituye un fracaso para los rusos, quienes pretenden influir en los asuntos internos de Montenegro, Bosnia y Herzegovina.

Rusia está tratando de aprovechar las corrientes nacionalistas y xenófobas de los países miembros del llamado “grupo de Visegrad” – Polonia y Hungría – que rechazan sistemáticamente los ukases de Bruselas, y atizar el fuego del enfrentamiento franco alemán en torno al oleoducto NordStream2, de gran importancia para Alemania y su economía. El objetivo final del Kremlin es, sin duda, el levantamiento de las sanciones aplicadas por Occidente después de la invasión de Crimea.  Para ello, Putin no dudará en seducir a sus adversarios con la promesa de crecimiento económico sostenido. Poco importa si ello implica violar los principios éticos de los integrantes del “club” de Bruselas. ¿Los “principios éticos”?

El fiasco de la misión de Josep Borrell a Rusia debería hacernos reflexionar sobre la necesidad de hallar respuestas asimétricas. No basta con loar la singularidad de la Unión Europea; hay que determinar la coherencia y eficacia de sus acciones diplomáticas futuras. 


miércoles, 11 de septiembre de 2019

Exit John Bolton: el último vuelo del “halcón”


La noticia del fulminante cese de John Bolton, asesor de seguridad de la Casa Blanca, nos cogió totalmente desprevenidos. Con razón; veinticuatro horas antes del despido tuitero de Donald Trump, aún recibíamos detallados informes sobre el último periplo europeo de Bolton, el último encargo discreto del Presidente de los Estados Unidos. Se trataba de una misión sumamente difícil: mientras los pobladores del Viejo Continente celebraban el 30 aniversario de la abolición de las fronteras entre en Este y el Oeste y el final de la época de los bloques antagónicos, John Bolton debía definir el emplazamiento del nuevo Telón de Acero, de los confines con la siempre hostil… Rusia.

Aparentemente, los tiempos habían cambiado. Sólo aparentemente; el “halcón” Bolton, partidario del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, de los bombardeos de castigo y las intervenciones armadas, seguía imponiendo su doctrina en las altas esferas de la capital del imperio. Sí, el Telón de Acero había caído, pero… ¿es preciso renunciar definitivamente a  semejante herramienta? Incumbe al buen “halcón” hallar o sugerir nuevos obstáculos. Y ello, independientemente de las extravagancias de un Presidente empeñado en aprovechar las hasta ahora sobrias reuniones de la cumbre con dignatarios extranjeros para jugar a la pelota con el enviado del Imperio del Mal. La seguridad de América no puede depender de la frívola actuación de un multimillonario...  

John Bolton estuvo de gira en Europa del Este la semana pasada para tantear el terreno y  encontrar los puntos débiles en la frontera con Rusia. Cabe suponer que los Estados Unidos traten de detectar las posibles grietas para aumentar su influencia en los países fronterizos - Ucrania, Bielorrusia y Moldavia – posibles palancas de presión sobre el Kremlin.

Durante su visita a Kiev, a finales de agosto, Bolton era portador de un mensaje muy claro. Se trataba de destacar el apoyo de Estados Unidos a la soberanía y la integridad territorial de Ucrania, su apuesta por la vía euroatlántica. El enviado de Trump reiteró el interés estratégico de Norteamérica por la libre circulación en el Mar Negro. “Estados Unidos defenderá sus intereses en el mundo, al igual que los intereses de nuestros aliados. Queremos estar en el Mar Báltico, en el Mar Negro y también en el Ártico”, manifestó John Bolton al despedirse de sus anfitriones.

Sin embargo, pocas horas después, llegó información de que presidente Trump estaba  considerando limitar la asistencia militar de Ucrania. Al parecer, el inquilino de la Casa Blanca prefiere minimizar la interferencia rusa en Ucrania. De hecho, Trump propuso recientemente la readmisión de Rusia en el Grupo de países altamente industrializados (G 8), del que los rusos fueron excluidos tras la anexión de la península ucraniana de Crimea, en 2014.

Bolton llegó a la República Moldova poco después de que el partido pro europeo y la agrupación pro moscovita llegaran a un acuerdo para compartir el poder en este país, campo de batalla de las corrientes occidentales y el Kremlin, con el único objetivo de eliminar a un enemigo común: el Partido Demócrata del oligarca pro ruso Vlad Plahotniuk.
  
Sin embargo, los socios de la frágil coalición tienen visiones diferentes en cuanto a la política exterior se refiere: los socialistas preconizan la integración a Rusia, mientras que el bloque liberal apuesta por los valores encarnados por la UE.

Por su parte, el pro ruso Presidente Igor Dodon aseguró que continuará estrechando las relaciones con Moscú,  apostando por la iniciativa euroasiática de Vladimir Putin.

John Bolton fue el primer alto cargo de la Administración estadounidense a ser recibido por las autoridades de Bielorrusia, antigua república soviética aún anclada en la órbita de Moscú. Las recientes disputas sobre el suministro de petróleo podrían facilitar, sin embargo, la expansión de las relaciones comerciales y energéticas con Washington.

Hasta aquí, los apuntes del viaje de Bolton, quien no se acercó a las dos capitales clave para el proyecto geoestratégico de Washington: Varsovia y Bucarest, baluartes de la “nueva frontera”  ideada junto con los estrategas de la OTAN.

En el caso concreto de Polonia, país que reclama una presencia militar norteamericana permanente en su territorio, indispensable – según las autoridades de Varsovia – para fortalecer la seguridad de los aliados en la frontera con Rusia, la Casa Blanca contempla el incremento de los efectivos de la Alianza, que pasarían de alrededor de 4.500 a unos 5.500 hombres. Una vez iniciado el proceso, se pondrá en marcha el traslado gradual del personal acuartelado actualmente en Alemania, movimiento que no parece ser del agrado del Gobierno germano.

Ni que decir tiene que este cambio de estrategia presagia la modificación del equilibrio en la frontera oriental de la OTAN – Unión Europea. Subsiste el interrogante: en qué medida afectará la nueva estrategia la política de defensa del otro socio prioritario de la Alianza: Rumanía.

Recordemos que la estrategia de seguridad común en las fronteras con Rusia contaba con tres pilares: Polonia, Rumanía y Turquía. Pero el “triunvirato”  ideado durante la cumbre de la OTAN celebrada en Varsovia en 2016 se ha reducido considerablemente tras el acercamiento de Ankara a Moscú, dejando al descubierto el flanco sudoriental de la Alianza, incluido un Mar Negro dominado por el constante aumento de la presencia militar rusa en Crimea.

Si bien hasta ahora la OTAN solía dar prioridad absoluta al fortalecimiento de las relaciones militares con los países bálticos y Polonia, siguiendo un guion establecido antes de 2016, la modificación del paradigma se impone: Rumanía está llamada a desempeñar un papel clave a la hora de definir la nueva frontera.  

Hace apenas unos días, la ministra rumana de Asuntos Exteriores, Ramona Manescu, exigió una mayor presencia de tropas estadounidenses en su país como elemento disuasorio indispensable frente a las acciones agresivas de Moscú.

Aludiendo a la presencia de cazas aliados en su país, la jefa de la diplomacia rumana dijo: “No queremos iniciar una guerra; sólo pretendemos evitarla”. Los vuelos de vigilancia de la OTAN en el Mar Negro tienen carácter meramente… estratégico. “Queremos entablar un diálogo constructivo con Rusia, dentro de los límites del respeto del derecho internacional y la integridad territorial” (de los países vecinos).

Obviamente, los límites estratégicos e ideológicos del nuevo Telón de Acero parecen estar esbozados. Incumbe a otro washingtoniano “halcón” velar por la puesta en marcha del nada pacífico proyecto de John Bolton.