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domingo, 28 de noviembre de 2021

La Guerra Fría del pacifista Biden

 

Es Joe Biden el presidente pacifista llamado a subsanar los errores de Donald Trump, a hacernos olvidar los exabruptos del multimillonario convertido en estadista autodidacta?  Esta fue, por lo menos, la imagen que nos proyectaron durante la campaña presidencial de 2020 los asesores del partido Demócrata, empeñados en presentar a un candidato capaz de acabar los todos los males que aquejaban una América conmocionada por el inusual estilo del intruso Trump.

Cierto es que Donald Trump revolucionó el panorama político estadounidense. Mejor dicho, lo desajustó, logrando acabar con la alternancia de las dos corrientes dominantes – republicana y demócrata - con una fraseología carente de contenido y la capacidad de amoldarse a inverosímiles compromisos. Sin embargo, tras la salida de Trump de la Casa Blanca, asistimos a una especie de retorno a los viejos modales.

Trato de recordar: el eslogan de Trump fue: América primero; el de su sucesor: América ha vuelto. ¿La vieja América, la tradicional, la conservadora? Biden no tardó en facilitarnos la respuesta: su América es la del poderío militar, de la confrontación entre grandes potencias, de las guerras comerciales, de las famosas listas negras ideadas por políticos anglosajones.  El pacifista instalado en la Casa Blanca no dudó de tildar a su archirrival, Vladimir Putin, de… asesino, reservando un trato más benévolo al líder chino, Xi Jinping.

Joe Biden no tuvo inconveniente en tensar la cuerda de las relaciones con el Kremlin, acercándose cada vez más a los azarosos confines de la Guerra Fría. En los últimos meses, la presencia naval estadounidense en las inmediaciones de las aguas territoriales de Rusia se ha ido acentuando. Vladimir Putin lanzó el grito de alarma, al evidenciar la instalación de sistemas balísticos de la OTAN en Rumania y Polonia, así como la intensificación de las actividades militares de la Alianza Atlántica en Europa oriental y septentrional, así como en la región del Mar Negro. 

Las quejas no son nuevas. Reflejan, sin embargo, el creciente malestar del Kremlin ante el avance estratégico de Washington y sus aliados en la frontera con la Federación rusa. Esta semana, el ministro de defensa ruso, Serguei Shoigu, ha revelado un simulacro de ataque nuclear contra Rusia, llevado a cabo a comienzos de noviembre por bombarderos estadunidenses, que se acercaron a unos 20 kilómetros de la frontera con Rusia. ¿Se trataba realmente de una especie de tenaza nuclear, como pretenden los estrategas militares rusos?  ¿De una advertencia de Occidente ante la movilización de 94.000 soldados en los confines con Ucrania? Lo cierto es que el tono entre Washington y Moscú sube.

A finales de esta semana, la televisión oficial moscovita ha anunciado que Rusia podría destruir – con sus nuevos misiles ASAT - 34 satélites militares de la OTAN, neutralizando por completo los sistemas GPS de los misiles, aviones, barcos y unidades terrestres de la Alianza.

Los ASAT fueron ensayados recientemente al procederse a la destrucción en el espacio de un satélite soviético obsoleto. La metralla resultante de la explosión rebotó en las inmediaciones de la Estación Espacial Internacional, provocando la indignación de Washington y de los expertos de la NASA.

Pocas horas después de este inusual episodio, el jefe de Estado Mayor ruso, Valeri Guerasimov, y su homólogo norteamericano, Mark Milley, sostuvieron una larga conversación telefónica en la que se abordaron asuntos de seguridad relacionados con la tensión en Ucrania, la presencia de efectivos estadounidenses en Europa y la crisis en la frontera entre Bielorrusia y Polonia.  Escasas horas antes de la conversación con Guerasimov, el general Milley conversó con el jefe del Estado Mayor de Ucrania, Valeri Zalujni, reiterando el compromiso de la Administración estadounidense de enviar asesores militares y material bélico al Gobierno de Kiev. Un anuncio que bien valía ciertos esclarecimientos…

martes, 15 de junio de 2021

La Guerra Fría ha vuelto

 

No la esperábamos tan pronto, pero estábamos persuadidos de que iba a volver. Las últimas manifestaciones de ciertos estadistas, de muchos estadistas, permitían adivinar su retorno. De hecho, el primer interrogante surgió el 10 de noviembre de 1989, pocas horas después de la caída del Muro de Berlín. Despedimos la euforizante noticia con un desalentador Y ahora, ¿qué?, muestra del habitual fatalismo periodístico.

Y ahora, ¿qué? Después de la perestroika, la glasnost, el Nuevo Orden Mundial, la globalización, el episodio del Muro de Berlín se tornó en un ladrillo más lanzado a la cabeza de quienes lidiaban con los intríngulis de la política internacional, tratando de descifrar el pensamiento de los grandes de este mundo, los misterios de las Cancillerías.

Y ahora, ¿qué? Recuerdo la sarcástica despedida de uno de los compañeros: No os preocupéis; todo lo que venga será peor.  No se equivocaba; a la estrepitosa caída de las llamadas democracias populares le siguió el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, brazo armado del Kremlin en los Este europeo, la desaparición de los organismos de cooperación económica, la marcha a pasos agigantados hacia la economía de mercado, la apuesta por el capitalismo salvaje. Nada que ver con la férrea disciplina impuesta por la nomenklatura moscovita, que había dosificado con sumo cuidado los niveles de falacia y corrupción permitidos por el ejemplar sistema socialista.

Pero el espectacular vuelco registrado en los países del Este europeo no logró derribar las murallas del sistema soviético. Más aun, las rebautizadas instituciones se convirtieron en baluartes de un conservadurismo inmovilista. La Madre Rusia volvió a la palestra, disfrazada de su new British look. Pero los arsenales nucleares, las brigadas de tanques, los cazas supersónicos, los misiles intercontinentales y los submarinos atómicos seguían en manos de los mismos oficiales graduados en la Academia Militar Frunze, la West Point de la Unión Soviética. Con la agravante de que…

Con la agravante de que, al no haberse derrumbado el imperio, el Ejército se convirtió en una herramienta clave para la estabilidad de los dueños del Kremlin. Después de la aventura de Afganistán, autentico detonante del integrismo islamista, el poder moscovita volvió a recurrir a las fuerzas armadas en Osetia, Ucrania y Crimea. Con la agravante, eso sí, de que en este caso concreto Moscú no puede alegar que los conflictos tienen como escenario su zona de influencia. Estas zonas han dejado de existir.

Rusia ha establecido bases militares en el Cáucaso, en Oriente Medio (Siria), en el Norte de África (Libia). Sería un error hablar del declive del Ejército ruso. Tal vez por ello los estrategas de la Alianza Atlántica echan en cara a Moscú su política agresiva y desestabilizadora en las fronteras con la OTAN. Unas fronteras que, recordémoslo, no debían haberse desplazado de la Línea Oder-Nisse establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, a la Línea Báltico–Mar Negro, diseñada y bendecida durante el mandato de Donald Trump. Las fronteras de la OTAN son, en realidad, las fronteras de Rusia.

Durante la cumbre de la Alianza celebrada ayer en Bruselas, primera reunión presencial de los jefes de Estado y Gobierno después de la pandemia, los 30 miembros de la OTAN trataron de redefinir las nuevas amenazas. Finalmente, llegaron a la conclusión de que el nuevo enemigo se hallaba en dos países cuya riposta autoritaria atentaba contra el orden establecido: Rusia y China. Según el presidente Biden, que ostentó la vicepresidencia de los Estados Unidos durante el mandato de Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz llamado a gestionar el mayor número de conflictos bélicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Rusia sigue siendo el peor enemigo de las democracias occidentales. ¿Y China? China es el rival más poderoso. El tablero de los conflictos se recompone; ya tenemos enemigo. Enemigos, mejor dicho. Curiosamente, el contrincante se encuentra siempre en el Este.

La asamblea de la OTAN trató de actualizar la postra de los aliados frente a distintas cuestiones, como la elaboración de un nuevo Concepto Estratégico Global, la protección contra los ciberataques, las políticas de disuasión y defensa, la concertación y la cohesión, la financiación común, la resiliencia, y la lucha contra el cambio climático.

Para los tres candidatos permanentes a la adhesión: Ucrania, Georgia y la República Moldova, que reclaman la integración rápida en las estructuras de la Alianza, la cumbre sólo sirvió para escuchar las buenas palabras de sus amigos occidentales. Algo así como un mañana, mañana en varios idiomas. Aparentemente, Joe Biden, que se entrevistará mañana en Ginebra con Vladimir Putin, tomó muy en serio la advertencia del inquilino del Kremlin: si Ucrania se convierte en miembro de la OTAN, será la guerra. En efecto, un misil disparado desde Harkov podría alcanzar Moscú en 7 a 10 minutos. Y este sería el auténtico casus beli.  Pero de esto no se habló en Bruselas; sabido es que la OTAN es una alianza meramente… defensiva.