sábado, 6 de marzo de 2021

¿Quién resucita los demonios de la guerra fría?

 

La salida de Donald Trump de la Casa Banca coincidió, curiosamente, con un sorprendente recrudecimiento de las manifestaciones belicistas formuladas por los hasta ahora discretos aliados europeos de Washington. Al enunciado Rusia, nuestro viejo enemigo de Josep Borrell, Alto Representante para Política Exterior de la Unión Europea, acogido con una mezcolanza de sorpresa e indignación en el Kremlin, se sumó la no menos diáfana declaración de Jens Stoltenberg, secretario general de la Alanza Atlántica, quien añadió más leña al fuego con El diálogo con Rusia tiene que basarse en la fuerza y en la firmeza. Todo ello, en unos momentos en que el presidente Biden manifiesta su deseo de reactivar las relaciones de la Administración estadunidense con los aliados europeos ninguneados o humillados por el expresidente Trump.

Detalle interesante: las declaraciones de los políticos europeos parecen abonar el terreno para el inicio de la nueva cruzada de la Casa Blanca: la ofensiva global para la defensa de los valores democráticos. Nada sorprendente: Norteamérica suele movilizar sus ejércitos y, por supuesto, su opinión pública, utilizando el mantra democracia. Curiosamente, el único caso en el que Washington prefirió no emplear esta palabra fue la guerra contra Saddam Hussein. 

El resurgir de la amenaza de una guerra fría, argumento empleado ad nauseam por los políticos del Viejo Continente, no encuentra eco entre politólogos y estrategas de la nueva generación, quienes prefieren buscar respuestas más sosegadas a la vehemente argumentación de los pseudopacifistas empeñados en defender los valores tradicionales de Occidente.

Tratemos de llamar las cosas por su nombre: actualmente, el peligro de un enfrentamiento con Rusia es real. Los importantes cambios sociopolíticos y estratégicos registrados en las dos últimas décadas han desembocado en la modificación de las doctrinas militares, de los proyectos de defensa, de la configuración de los bloques y los confines. Quienes seguían con preocupación los avances de la carrera nuclear en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, difícilmente logran asimilar los cambios. Las amenazas se han multiplicado; los conflictos tradicionales han ido pasando en un segundo plano; la guerra moderna depende cada vez más de los avances tecnológicos, de la capacidad destructora de sofisticados artilugios creados por los humanos como respuesta a los desafíos de la última conflagración mundial. Hablar de tanques y misiles resulta, hasta cierto punto, anticuado. En las guerras modernas (o posmodernas, según como se mire), habrá que regirse por un nuevo concepto: contención. A ello se está dedicando la Red de Expertos UE-Rusia en Política Exterior, establecida en 2016 por el Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia y la delegación de la Unión Europea en Moscú.

Uno de sus últimos documentos de trabajo elaborados por esta red de expertos contempla cuatro posibles escenarios para la evolución de las relaciones entre Moscú y Occidente durante la próxima década: la asociación fría, la caída en la anarquía, al borde de la guerra y la comunidad de valores. Aparentemente, todas las hipótesis son válidas. Conviene, pues, analizarlas con detenimiento.

La asociación fría. La búsqueda de áreas de cooperación comienza con pequeños pasos. Para que este escenario se materialice, deben registrarse cambios tanto en la UE como en Rusia.

Cabe suponer que en 2030 la Unión Europea superará por completo la crisis económica provocada por la pandemia de Covid-19. Como consecuencia de ello, optará por la adopción de un rumbo de desarrollo económico independiente, que consiste en la no participación en la rivalidad entre Estados Unidos y China, así como el mantenimiento de buenas relaciones con ambas partes. Esto llevaría a la emancipación económica de la Unión, seguida de la emancipación estratégica. También consistirá en la negativa de algunos países de la UE miembros de la OTAN de aumentar su presencia militar en el Este y el incremento de gastos en políticas que podrían percibirse en Moscú como generadoras de tensiones. 

Esta evolución política de la Unión Europea irá acompañada por cambios en Rusia. En 2024, los rusos optarán por la salida de Putin de la presidencia y por el inicio de profundas reformas, principalmente en el ámbito de la digitalización de la administración y la lucha contra la corrupción, lideradas por Alexander Ogaryov, el joven sucesor del actual inquilino del Kremlin. El país estará sumido en el estancamiento y descontento general yla oposición comunista se ira fortaleciendo. Una política interna más prosocial, abierta a la presencia del capital extranjero facilitaría la estabilización del país y la reconstrucción gradual de la confianza de Occidente.

La cuestión de Crimea seguirá enfrentando a Europa y Rusia. En otras áreas, como por ejemplo Oriente Medio, Moscú adoptará decisiones "ad hoc", formando alianzas pragmáticas con los miembros de la UE.

La caída en la anarquía. En este escenario, Rusia, severamente afectada por la crisis provocada por la pandemia Covid-19, logra estabilizar su situación interna con bastante rapidez, ayudada por el aumento de los precios del petróleo resultante del conflicto de Oriente Medio, que se acentuará entre 2021y 2022. 

Al igual que en el anterior escenario, Putin se marcha después de 2024, pero es reemplazado por un político que se muestra reacio a Occidente.

Rusia dependerá cada vez más de sus relaciones con China, pero Pekín, inmerso en una competencia estratégica con Estados Unidos, no aprovecha el cambio. Rusia conserva su potencial, pero la percepción de la Unión Europea es completamente diferente.

Una de las primeras víctimas de este cambio de rumbo sería la política oriental de la Unión. Algunos países, como Alemania, Italia y Hungría, querrán conseguir ventajas competitivas en el mercado europeo de hidrocarburos, utilizando su relación especial con Rusia. Las divisiones inter europeas se verán acentuadas por las maniobras de los Estados Unidos, país afectado por la crisis e instigando a la división de los europeos.

En la década 2021-2031, Ucrania no se recuperará de la crisis económica, a la que se sumará una fuerte polarización política. Rusia, aprovechando las divisiones de la sociedad ucraniana, intentará ejercer su influencia en el país vecino. Por su parte, Estados Unidos no estará dispuesto a involucrarse militarmente en Ucrania. Los separatistas ganarán terreno en la región de Járkov y establecerán un nuevo Estado, inmediatamente reconocido por Moscú.

Alemania querrá construir su relación especial con Rusia, independientemente de la opinión de sus aliados occidentales. Como consecuencia de ello, las divisiones en el seno de la UE se irán profundizando.

Al borde de la guerra. En esta variante, Putin liderará Rusia hasta 2030 y no se vislumbra su salida del escenario político. Los precios del petróleo se mantendrán bajos durante la próxima década, pero el Kremlin, que ha construido una economía fuertemente controlada por el Estado, logrará mantener la estabilidad política y social sin disminuir su capacidad para imponer una política de poder.

Europa saldrá fortalecida de la crisis. Las relaciones transatlánticas serán mejores, ya que Estados Unidos estará dirigido por una Administración menos crítica con los europeos que durante el mandato de Trump. 

La economía europea estará en pleno auge, lo que implicará el mejoramiento de sus relaciones con China e India.

La situación será completamente distinta en Rusia, que exporta materias primas y trigo, productos cuya demanda irá disminuyendo. 

Tras superar la crisis, Estados Unidos vuelve a la posición de líder mundial en crecimiento tecnológico. La relación de Washington con Pekín, tensa y poco amistosa, no evoluciona hacia la hostilidad. 

Los problemas internos surgen en China impulsados por la desaceleración del crecimiento económico y la perspectiva de una buena cooperación entre Washington y Delhi.

La OTAN está recuperando protagonismo; la presión conjunta de Estados Unidos y Europa sobre Rusia, incluidas las sanciones, está aumentando en intensidad. China, poco propensa a verse arrastrada a un conflicto entre las dos potencias, se aleja gradualmente de Moscú. 

Comunidad de valores. Es, según los expertos, el escenario menos realista, resultante del fortalecimiento de la Unión Europea después del Covid-19 y el debilitamiento significativo de Rusia, tanto desde el punto de vista económico como político.

En Rusia, la crisis va acompañada de una creciente oleada de separatismo regional, fenómeno que surge alrededor de 2027, la desaparición casi completa de la vieja élite del Kremlin, la parálisis del liderazgo político ante las dificultades internas y el desvanecimiento del sueño de recobrar el pasado imperial.

Estas dos tendencias, una Europa fuerte, unida y prudente en su política exterior y una Rusia debilitada y empobrecida con una nueva élite gobernante, podrían entorpecer la reconciliación y la cooperación entre los dos gigantes.  

La mayoría de los expertos de la Red UE-Rusia considera, sin embargo, que el escenario más plausible sería el primero: la asociación fría. Pero a nivel continental subsisten dos incógnitas: Polonia y Ucrania, países cuya evolución interna podría afectar seriamente las relaciones de Occidente con Moscú.

La buena noticia: la perspectiva del conflicto armado parece alejarse.  ¿Hasta cuándo?


miércoles, 3 de marzo de 2021

“América ha vuelto”, pero el mundo ha cambiado

 

“¡América ha vuelto!” fue el mantra del discurso de Joe Biden en la Conferencia Internacional de Seguridad celebrada en Múnich el 19 de febrero. El presidente norteamericano aprovechó su participación en este primer evento internacional para enfatizar una clara ruptura con el cliché de “América primero” de su predecesor, marcando el regreso de los Estados Unidos a la arena internacional como socio dispuesto a cooperar con sus aliados tradicionales.

En la capital bávara, Biden hizo especial hincapié en la asociación transatlántica y el papel desempeñado en la actualidad por la OTAN, insinuando que las futuras relaciones con Rusia y China serán el caballo de batalla de la nueva Administración. Al abordar el espinoso tema de Oriente Medio, el inquilino de la Casa Blanca no dudó en señalar que a Washington le interesa reanudar el diálogo sobre el acuerdo nuclear con Teherán.

A la Administración Biden le gustaría volver al statu quo existente antes de la ruptura escenificada por Donald Trump; sus aliados europeos le presionan para hacerlo, basándose más bien en sus propios intereses económicos en la región. Olvidan, sin embargo, que la situación ha cambiado en los últimos años y que los iraníes han podido comprobar que el acuerdo nuclear sólo ha resuelto parcialmente sus problemas económicos y estratégicos. Aprovechando la retirada estadounidense, Irán abandonó gradualmente los compromisos asumidos a través de este instrumento jurídico vinculante. Por mucho que a la Administración demócrata le gustaría resucitar el legado de Barack Obama, la condición sine qua non para el buen funcionamiento del tratado sería el cumplimiento estricto por parte de Irán de todas las disposiciones de dicho acuerdo que, de paso sea dicho, debería incluir nuevas cláusulas capaces de reforzar el marco jurídico de los compromisos contraídos por ambas partes. Queda por ver si la hasta ahora utópica ofensiva de apaciguamiento de Joe Biden llegará a dar frutos.  

Los primeros pasos de la administración Biden en el Medio Oriente marcan cambios significativos en la política exterior de Washington.  Los aliados clave a los que Donald Trump había dado prácticamente libertad de acción en la zona fueron tratados con inesperada frialdad.

El 17 de febrero, el presidente Biden llamó por primera vez al jefe del gobierno israelí, Benjamín Netanyahu. Sin bien el escueto comunicado de la Casa Blanca reza: El presidente Joseph R. Biden Jr. mantuvo hoy una conversación telefónica con el primer ministro Netanyahu, la versión facilitada por la Oficina de Prensa del Gobierno israelí no duda en incluir los términos diálogo cordial y temas de mutuo interés para los dos países.  

En realidad, el actual presidente de los Estados Unidos tiene bastantes razones para no simpatizar con el político israelí. Biden formó parte de la administración Obama, que desde un principio tuvo una relación muy compleja y complicada con Benjamin Netanyahu, como resultado de la férrea oposición del líder del Likud al acuerdo nuclear con Teherán

Pero hay más; Bibi incluso se permitió desafiar a Obama en marzo de 2015, cuando por invitación del presidente republicano de la Cámara de Representantes, John Bohner, pronunció un belicoso discurso anti iraní ante el Congreso, haciendo caso omiso de las normas protocolarias, que habrían requerido la aprobación de su embajada ante los congresistas por… la Casa Blanca. Por si fuera poco, Netanyahu también se equivocó al dudar en reconocer, durante diez días, la victoria electoral de Joe Biden en los comicios del pasado mes de noviembre.

Biden respondió con la misma moneda; dejó pasar casi un mes desde que asumió el cargo hasta que llamó a Netanyahu. Un plazo de tiempo inusualmente largo que no pasó desapercibido ni en Estados Unidos ni en Israel; Sin embargo, Washington insistió en que “no pasaba nada” puesto que Bibi fue el primer estadista de Oriente Medio contactado por el inquilino de la Casa Blanca.

El primer cambio concreto en la política norteamericana en la zona está relacionado con la pugna entre Irán, principal potencia chiita de Oriente Medio, y Arabia Saudita, baluarte del Islam sunita: la guerra en Yemen. 

A comienzos de febrero, Joe Biden anunció que retiraba el apoyo estadounidense a la intervención saudí en ese país . Conviene recordar que en 2015 los saudíes atacaron a las milicias chiítas hutíes por temor a una alianza entre estas y el régimen teocrático de Teherán. Riad considera que Yemen forma parte de su área exclusiva de intereses, por lo que los iraníes nada tienen que ver en esta región.  

Recordemos que la guerra en Yemen es una de las iniciativas del heredero de la Corona saudí, Muhammad bin Salman. Con el aval de su padre, el monarca saudita, el príncipe revolucionó la política de Riad, tanto interna como internacional. Impuso una línea de fuerza en el exterior, que los miembros de la Casa Real hubiesen preferido evitar; potenció una apertura sin precedentes en las relaciones con Israel, con el que existe una cooperación discreta para limitar la influencia de Irán en la zona y reconoció el derecho a existir del Estado Judío.  Asimismo, Muhammad bin Salman inició un amplio proceso de reformas económicas y sociales diseñado para modernizar su país, convirtiéndolo en una potencia del siglo XXI. 

Sin embargo, Bin Salman no se distanció de los métodos empleados por los regímenes autoritarios de la región: eliminó a sus rivales, obligó a los saudíes más adinerados a ceder partes importantes de su riqueza y encarceló a los activistas que apostaron ingenuamente por su ficticia política de liberalización. El mayor escándalo fue el relacionado con el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, por parte de los esbirros de Bin Salman, un asesinato que el propio príncipe ordenó. Durante el mandato de Donald Trump, la Casa Blanca “toleró” su actuación. El heredero de la Corona saudí tenía contactos directos con el primer mandatario norteamericano, gracias a su amistad con el yerno de Trump, Jared Kushner. 

La administración Biden no parece dispuesta a asumir esta relación. Tras la publicación del voluminoso informe de la CIA que lo incrimina directamente en la muerte de Khashoggi, el príncipe apeló a las monarquías árabes del Golfo exigiendoles la adopción de una postura política común frente a… los Estados Unidos.

Por último, aunque no menos importante, es el descuidado o deliberadamente olvidado proceso de paz israelo-palestino, relegado a un segundo, cuando no, tercer plano por Trump, Kushner y, por supuesto, el obstruccionista Netanyahu.

El presidente Clinton, valedor de la iniciativa, no logró persuadir a israelíes y palestinos a llevar a la práctica los Acuerdos de Oslo. George W. Bush y los neoconservadores que lo rodeaban imaginaron que podían exportar la democracia a la región manu militari, pero solo lograron alentar el radicalismo musulmán, abonando el terreno para el surgimiento del Estado Islámico. Barack Obama presenció el período de las grandes transformaciones protagonizado por la mal llamada Primavera Árabe, que no modificó las relaciones entre las dos comunidades: israelí y palestina.

El acuerdo nuclear con Irán no sobrevivió a la era Trump, y la retirada de tropas de Irak quedó neutralizada por la inesperada aparición del Estado Islámico. En cuanto a la presidencia de Donald Trump se refiere,  su gran legado debería haber sido tan cacareado plan de paz (Acuerdo Abraham), que nació muerto. Sólo los ingenuos podrían haber imaginado que tenía alguna posibilidad de éxito, incluso si Trump se hubiera quedado otros cuatro años en la Casa Blanca.

La historia muestra que los cambios impuestos suelen acabar muy mal en Oriente, lo que no significa, sin embargo, que no deban ser alentadas y apoyadas las iniciativas que surgen naturalmente. Sin embargo, para que se produzcan nuevos cambios, es sumamente importante que la región se mantenga estable. Y aquí el papel de Estados Unidos puede ser sumamente importante, especialmente en este período en el que otros actores buscan ejercer una mayor influencia en la región. En estos momentos, cuatro potencias están contribuyendo a la inestabilidad en la zona. Se trata de Rusia, Turquía, Irán y Arabia Saudita.

Decididamente, el mundo ha cambiado, míster Biden. El mundo está cambiando…


lunes, 22 de febrero de 2021

Mar Negro: la caza del submarino rojo

 

“La democracia está en peligro”, afirma rotundamente Joe Biden, legatario de la política exterior de su antiguo mentor, Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz que más conflictos gestionó durante su mandato presidencial.

El presidente Biden acaba de descubrir la identidad de los verdaderos enemigos de la “democracia occidental”. Se trata, cómo no, de… Rusia y China, países que de alguna manera ocupaban un destacado lugar en la lista de las obsesiones de los estrategas occidentales, sean estos politólogos, analistas o militares.

Rusia y China serán a partir de ahora los gigantes que habrá que combatir empleando la estrategia de las sanciones económicas, temible arma que sustituye el impacto de los misiles balísticos intercontinentales.

Joe Biden seguirá, pues, la táctica estrenada por Obama y seguida, reconozcámoslo, por su sucesor en el cargo, Donald Trump. Pero Biden, cuyo carácter dista mucho del de un multimillonario bocazas, aplicará la estrategia de las sanciones con suma cautela. Los grandes discursos, la retórica aparatosa, serán – a partir de ahora - privativos de los “subordinados”: secretarios de Estado, generales, altos mandos de la OTAN. De todos modos, el anuncio de la próxima tanda de sanciones contra el Kremlin es inminente.  

Pero ¿de verdad está en peligro nuestra democracia, la tan cacareada democracia de Occidente? Es lo que estima también el Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, quien “descubrió”, hace apenas unas semanas, el “peligro” que supone Rusia para la estabilidad en el Mar Negro, una región que se halla, desde los acuerdos de Yalta, en la zona de influencia de Moscú. Una zona que se ha convertido, desde 2016, en coto de caza de los navíos de la OTAN, cuya presencia más allá del Bósforo supone o suponía una violación de la Convención de Montreux de 1936 sobre el paso de los estrechos.

La interpretación moderna de este instrumento internacional poco tiene que ver con las clausulas del instrumento jurídico que limitaba, cuando no prohibía el ingreso de barcos de guerra extranjeros en las aguas del Mar Negro. Sin embargo, la Alianza Atlántica aprovechó la anexión, en 2014, de la península de Crimea a Rusia para colocar sus primeros peones en el tablero del Kremlin. Desde finales de 2016, las “visitas” de las embarcaciones de la OTAN empezaron a multiplicarse. El único argumento esgrimido por la Alianza: sus navíos responden a invitaciones cursadas por la Marina de los países ribereños – Turquía, Rumanía y Bulgaria – puntales de la OTAN en la región.

El último incidente registrado en las aguas del Mar Negro fueron las maniobras navales llevadas a cabo la pasada semana por Estados Unidos y Turquía. La misión de los buques de guerra y los cazas F-16 de la Fuerza Aérea turca consistía en… detectar y neutralizar un submarino “enemigo” en las inmediaciones de las costas de Rusia.

“Estados Unidos está ansioso por encontrar un enemigo en el Mar Negro”, comentó la portavoz del Ministerio Ruso de Asuntos Exteriores, la poliglota Maria Zaharova, que los atlantistas no tardaron en bautizar “la marioneta de Putin”. Descubrimiento algo tardío, ya que Zaharova lleva años desempeñando el cargo de portavoz.

“Las maniobras navales conjuntas de Estados Unidos y Turquía están claramente dirigidas contra Rusia. Se celebran cerca de nuestras fronteras, cerca de la costa rusa del Mar Negro, lo que presupone una amenaza la paz y la estabilidad (en la región). Parece que la VI Flota estadounidense está ansiosa por encontrar un enemigo en el Mar Negro, pero en vano”, comentó Zaharova, aludiendo también a las declaraciones realizadas anteriormente por funcionarios del Departamento de Estado y del Pentágono, según las cuales mediante estos ejercicios Washington y sus aliados contribuirán a mejorar la seguridad en Europa. Detalle interesante: las agencias de noticias rusas – TASS y Novosti – no se hicieron eco de las criticas de la portavoz a la actuación de las fuerzas navales turcas. Aparentemente, la amistad entre Putin y Erdogan es incontestable. Tal vez por ello los medios de comunicación moscovitas prefieren centrar sus baterías en la retorica del secretario general de la OTAN, quien afirmó que la Alianza fortalecerá su presencia en el Mar Negro en respuesta a las acciones de Rusia "después de la anexión ilegal de Crimea".

Stoltenberg reveló también la celebración de otras maniobras navales en la zona, protagonizadas por tres barcos estadounidenses y embarcaciones ucranianas.

Obviamente, la Federación Rusa no puede cambiar su… ubicación geográfica para satisfacer los anhelos atlantistas. La caza del submarino rojo continuará.   


viernes, 12 de febrero de 2021

No estorbe, señor Borrell


Imaginen que un político español, catalán y para más inri, socialista moderado, como solía decir, tiempo ha, George Bush Jr., decidiera plantar cara a una columna de blindados rusos. ¿Cuál sería el desenlace? Lo más probable es que la columna acabe arrollando a nuestro protagonista, por muy Alto Representante de la Diplomacia Europea que pretenda ser.

Es lo que sucedió la pasada semana, cuando nuestro hombre, Josep Borrell, recién estrenado Míster Europa de la UE, aterrizó en Moscú para reclamar, en nombre de “los 27”, la liberación del disidente ruso Alekseí Navalni, acérrimo detractor de la corrupción que se había adueñado de la “madre Rusia” y… archienemigo de Vladimir Putin.

Con la autoridad de la que está investido por la Comisión Europea, Borrell pretendió cantarle las cuarenta al dueño del Kremlin. No esperaba, sin embargo, la respuesta contundente del jefe de la diplomacia rusa, Serguéi Lavrov, comandante de la columna de blindados que le recordó a los “presos políticos” de su Cataluña natal. Una manera poco elegante de acoger a un huésped que, a su vez, pretendía entrometerse en los asuntos internos de una gran potencia.

Sí, Rusia había perdido el peso específico que tenía en el tablero de los “grandes” hasta finales de la década de los 80 del pasado siglo. Sin embargo, los dueños del Kremlin siguen moviendo los hilos de la alta política internacional. Tal vez con un poco más de discreción, pero con la soberbia de siempre.

No, el President Pujol no fue el único que andaba vanagloriándose ante el   mundo “Som 6 millons” (Somos seis millones). Los rusos, seres libres o lacayos del zar Putin, son 147 millones y no reniegan de la grandeza de su pasado imperial o del temido a la vez que odiado renombre del país de los soviets. No, los rusos no han perdido el rumbo de la historia. Sus opciones pueden ser erróneas, no coincidir con las apuestas estratégicas de Bruselas, pero son intrínsicamente suyas. El mensaje dirigido por Lavrov a los comunitarios fue muy claro: “No estorbe, Borrell; no estorbe, Europa”.

Los resultados de las recientes elecciones presidenciales norteamericanas obligan al Kremlin a centrarse en acciones híbridas en suelo europeo, donde hay un mayor espacio de maniobra para las actividades encubiertas de Moscú, apoyadas por la acción de un importante lobby prorruso.

Si bien es cierto que la nueva configuración política de Washington no entorpecerá la hasta ahora fluida comunicación con Moscú, cabe suponer que la administración Biden se mostrará más firme que su predecesora en las relaciones con Rusia. El tono gélido de la declaración de la Casa Blanca sobre las consultas bipartitas para desarme sugiere que el Kremlin no tiene motivos para confiar en un pronto restablecimiento de relaciones cordiales con los Estados Unidos. La renovación del Tratado START habrá sido un mero compromiso.

Una relación más cautelosa con la nueva Administración estadounidense implicará la búsqueda de nuevos enfoques en los contactos con Bruselas. Los atlantistas estiman que a partir de ahora el principal objetivo del Kremlin será desestabilización y el debilitamiento de las instituciones europeas. El supuesto deterioro de la salud de Putin, hipótesis respaldada por los informes del Servicio de Inteligencia de Ucrania, no parece ser una razón suficiente para obstaculizar la ofensiva rusa.  He aquí, en líneas generales, una síntesis del razonamiento de los estrategas de la OTAN:

Mientras la UE mantenga sus fronteras actuales, especialmente en el Este, Rusia será incapaz de ampliar su esfera de influencia, que se reduce al espacio postsoviético, a países como Bielorrusia, Moldavia y Ucrania. Aun así, Moscú se enfrenta a varios desafíos, como la existencia de un modelo sociopolítico diferente, el de las democracias liberales basadas en el reconocimiento del Estado de derecho, modelo que funciona exitosamente, convirtiéndose en un buen ejemplo para las repúblicas exsoviéticas.  La Política Europea de Vecindad y los incentivos concedidos a países dispuestos a implementar reformas sociopolíticas presupone otro aliciente. Tal vez por ello a Moscú le interese socavar a la Europa comunitaria desde dentro. Mientras Bruselas centra su atención en los problemas internos, su capacidad de analizar los cambios surgidos más allá de sus fronteras está limitada. Además, una Europa que se enfrenta a dificultades económicas y conflictos sociales ya no es un modelo por seguir. Tal vez por ello,  los Estados propensos a abandonar el bloque comunitario podrían convertirse en presas fáciles para los adeptos del poder blando.

El Brexit es, sin duda, el mejor ejemplo de esta hipótesis de trabajo.  El Brexit afecta a la UE en su conjunto y sienta un precedente para otras retiradas, aunque es posible que los líderes de distintas corrientes antieuropeístas desistan de seguir el ejemplo británico. De hecho, queda por ver la evolución del Brexit a medio o largo plazo.

También conviene analizar la actitud de Putin hacia la UE, especialmente después de la adopción por el Parlamento Europeo, en septiembre de 2019, de la resolución que establece que tanto la Alemania nazi como la Unión Soviética fueron responsables por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En los últimos años, Rusia se ha empeñado en promover su propia versión de la historia, en la que la URSS aparece como víctima de la agresión nazi, y no como país que - antes de ser invadido por Alemania - había firmado, en agosta de 1930,  un Tratado de No Agresión con Berlín (el Pacto Molotov-Ribbentrop), atacado a Polonia, anexionado los Estados bálticos y parte de Rumanía.

Tras el reciente conflicto entre Azerbaiyán y Armenia, Rusia ha aumentado su presencia militar en Transcaucasia. En Georgia, la actuación del actual partido gobernante beneficia los intereses del Kremlin.

En Moldavia, a pesar del ascenso al poder de la proeuropea Maia Sandu, las fuerzas prorrusas apuestan por una contundente victoria en las futuras elecciones parlamentarias.

 La crisis política se está acentuando también en Bielorrusia, hasta ahora feudo de Moscú.

Rusia tratará de obstaculizar por todos los medios la integración europea y euroatlántica de Ucrania. El conflicto latente en el Donbás se percibe como una herramienta empleada por el Kremlin para influir en la política exterior de Ucrania.

Para el Kremlin, es vital mantener a la península de Crimea en la Federación Rusa. Moscú dispone de todo un arsenal de medios para influir en el actual liderazgo de Kiev.

Fuera de su antigua zona de influencia, Moscú trata de ingerirse en la situación política de los Balcanes Occidentales. La reciente adhesión de Macedonia a la OTAN constituye un fracaso para los rusos, quienes pretenden influir en los asuntos internos de Montenegro, Bosnia y Herzegovina.

Rusia está tratando de aprovechar las corrientes nacionalistas y xenófobas de los países miembros del llamado “grupo de Visegrad” – Polonia y Hungría – que rechazan sistemáticamente los ukases de Bruselas, y atizar el fuego del enfrentamiento franco alemán en torno al oleoducto NordStream2, de gran importancia para Alemania y su economía. El objetivo final del Kremlin es, sin duda, el levantamiento de las sanciones aplicadas por Occidente después de la invasión de Crimea.  Para ello, Putin no dudará en seducir a sus adversarios con la promesa de crecimiento económico sostenido. Poco importa si ello implica violar los principios éticos de los integrantes del “club” de Bruselas. ¿Los “principios éticos”?

El fiasco de la misión de Josep Borrell a Rusia debería hacernos reflexionar sobre la necesidad de hallar respuestas asimétricas. No basta con loar la singularidad de la Unión Europea; hay que determinar la coherencia y eficacia de sus acciones diplomáticas futuras. 


domingo, 7 de febrero de 2021

Davos: el capitalismo ha muerto, viva el Gran Reinicio


Trato de recordar aquellos años difíciles, aunque aparentemente felices, cuando la nueva clase empresarial surgida de una gigantesca conflagración bélica – la Segunda Guerra Mundial – se adentró por la vía de la reconstrucción de la Vieja Europa; un camino que llevaba, forzosamente, en aquellos tiempos, hacia una soñada meta: el capitalismo popular. Un concepto relativamente nuevo, destinado a borrar los traumáticos recuerdos de la Gran Depresión de la década de los 20 o los audaces experimentos populistas del nacionalsocialismo alemán. 

En las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, el mundo de las finanzas y la empresa había apostado por un modelo participativo de corte anglosajón, basado en quimeras, fantasías y… engaños. Curiosamente, los grandes escándalos financieros desembocaban en suicidios. Era el castigo que se autoimponían los seres faltos de ética que preferían eludir las condenas de la Justicia humana. Mas con el paso del tiempo, las buenas costumbres se fueron perdiendo.  ¿El honor? ¿La ética?

El Foro Económico Mundial (World Economic Forum), creado a comienzos de 1971 por un joven economista alemán, Klaus Schwab, se había fijado como meta reintroducir la ética en el mundo de la empresa. Su denominación primitiva – Management Forum – parecía más acorde con las tereas del núcleo duro de la institución: la humanización y democratización de la gestión empresarial. Los primeros pasos no fueron fáciles: Schwab y su equipo tropezaron con la incomprensión y las reticencias de muchos ejecutivos de la vieja escuela, poco propensos a aceptar las normas de conducta preconizadas por el Foro.

Pero las cumbres económicas de Davos dejaron de ser una mera cita anual de financieros y empresarios para convertirse en el aquelarre de los grandes de este mundo: jefes de Estado, Premios Nobel, economistas, políticos, militares. En resumidas cuentas: los poderes fácticos del planeta se reunían con la flor y nata del mundo empresarial. De los encuentros emanaban ideas, sugerencias, documentos de trabajo, ambiciosos planes de acción. Y así pasaron cincuenta años…

Ha llegado el momento del Gran Reinicio, anunciaba el sitio Internet del Foro Económico Mundial la pasada semana, al término de los conciliábulos de Davos. En el orden del día de esta última edición figuraban temas que poco tienen que ver con los aspectos puramente éticos abordados en los años 70. He aquí algunos puntos del programa de 2021: Cómo salvar el planeta, economías más justas, el futuro del trabajo, futuros más saludables, más allá de la geopolítica, etc.

El momento del Gran Reinicio… El informe final de la cumbre señala, por otra parte, que la población está lo suficientemente diezmada, debido al miedo por la tragedia sanitaria.  Un aspecto positivo de la pandemia es que nos ha enseñado que podemos introducir cambios radicales en nuestro estilo de vida con gran rapidez, ya que los ciudadanos han demostrado que están dispuestos a hacer sacrificios, afirmaba el propio Schwab.

Es obvio que existe una voluntad de construir una sociedad mejor y debemos aprovechar esta oportunidad para garantizar el Gran Reinicio que necesitamos con tanta urgencia, señala la Agenda de Davos.

Otro de los aspectos más destacados del informe final es el cuestionamiento del actual sistema capitalista. Marck Benioff, presidente de la compañía Salforces, ha llegado a decir que el capitalismo, tal y como lo hemos conocido, ha muerto.

Es hora de un nuevo capitalismo más justo, un capitalismo equitativo y sostenible que realmente funciona para todos y donde las empresas, incluidas las tecnológicas, no sólo se nutren de la sociedad, sino que realmente devuelven los beneficios, creando un impacto positivo.

De una manera hábil a la vez que sofisticada, el Foro Económico Mundial escamotea su visión globalista del mundo bajo el novedoso concepto de capitalismo inclusivo o equitativo, en el cual los empresarios dejarán de tener el control de sus compañías, sino que formarán parte de ella, al igual que los Gobiernos, los Estados y otras instancias interesadas.

El Foro de Davos ya lo venía anunciando hace años: En 2030, no tendrás nada y serás feliz. Ahora, el equipo de Klaus Schwab, al que pertenecen afamados compañeros de camino como Bill Gates, Jimmy Carter y otras destacadas personalidades de la vida política y la economía avalan y promueven el Gran Reinicio.
  
En 2030, no tendrás nada…  Sin embargo, los pudientes que integran el núcleo duro del proyecto Gran Reinicio y su Nueva Normalidad controlan los recursos hídricos del planeta, las grandes extensiones de terrenos agrícolas de los Estados Unidos, las multinacionales informáticas, los laboratorios farmacéuticos que nos suministrarán las ansiadas vacunas contra el coronavirus o, en última instancia, los Consejos de Administración de los principales institutos financieros.

En 2030, nosotros no tendremos nada.  Ellos…
 


sábado, 16 de enero de 2021

Turquía – Oriente: sueños de grandeza, temores, pesadillas (II)

 

Turquía, nuevo líder para un mundo diferente, se titulaba el ensayo que me envió hace más de dos décadas un amigo diplomático con el ruego de publicarlo en una revista especializada. Turquía, nuevo líder, Turquía, potencia regional emergente. Nadie imaginaba, en aquel entonces, que el Estado moderno ideado por Mustafá Kemal Atatürk iba a convertirse, en menos de un siglo, en un ejemplo a seguir para el mundo musulmán, en motivo de preocupación para los poderes fácticos de este mundo, en pesadilla para algunos de los vecinos y ex vasallos del extinto Imperio Otomano.

Recapitulemos los hechos: al final de la Primera Guerra Mundial, dos grandes potencias europeas – Inglaterra y Francia – pusieron todo su empeño en desmantelar las tambaleantes estructuras del gigante otomano, aliado durante la contienda del Reich alemán y del Imperio Austrohúngaro, colosos llamados a su vez a desaparecer tras la paz de Versalles. 

Turquía o, mejor dicho, el Imperio Otomano, vio su suerte sellada por los Tratados de Sèvres y de Lausana, que contemplaban la desintegración del Imperio, la abolición del sultanato, la creación de zonas de influencia italianas y francesas en Anatolia, así como el control del paso de los Estrechos por una comisión internacional. En enero de 1920, antes de la firma del Tratado de Sèvres, la Asamblea Nacional turca rechazó las condiciones leoninas dictadas por los occidentales. Sin embargo, su negativa resultó ser un gesto meramente simbólico. La Cámara quedó disuelta tras la aprobación del llamado Juramento Nacional, que se convirtió, con el paso del tiempo, en el dogma de las aspiraciones políticas del actual liderazgo en Ankara.

Curiosamente, los autores del Juramento Nacional apostaron por el factor tiempo y el tiempo jugó a su favor. En efecto, cien años después de aquella debacle histórica, Turquía y Rusia, los dos grandes imperios de Oriente vuelven a recuperar el protagonismo de antaño. El “zar” Putin y el “sultán” Erdogan actúan en plena sintonía. Ambos se aferran al poder hasta el punto de alcanzar manifestaciones dictatoriales; ambos aprovechan a fondo la baza del terrorismo; ambos promueven políticas nacionalistas y populistas que atraen a sus respectivos seguidores.

Desde la guerra de Georgia, la incursión en el Dombás y la anexión de Crimea, la Rusia de Putin ha comenzado a desvelar sus tendencias neoimperialistas.

Turquía aún no ha anexionado territorios. Por ahora, se limita a reforzar su posición internacional mediante la presencia militar en Siria y Libia, el despliegue naval en el Mediterráneo oriental y los confines con Grecia. 

Sin embargo, tras la llegada de Erdogan llegó al poder, los términos Nueva Turquía o  Gran Turquía, ansiada por los miembros de la Asamblea Nacional de 1920, se han vuelto recurrentes en los medios de comunicación cercanos al poder y, más recientemente, en las intervenciones de algunos parlamentarios. 

Hace apenas unas semanas, el diputado Metin Kulunk, miembro del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) fundado por Erdogan, abogó en pro del retorno a la Gran Turquía, publicando en sus cuentas de Twitter un mapa que incluye el sur de Bulgaria, incluida Varna, el norte de Grecia y las islas del Egeo oriental, Chipre, así como áreas de Armenia, Georgia, Siria e Irak.

El parlamentario turco se dirigió a sus vecinos griegos, invitándoles a recordar sus condiciones de vida durante los cuatro siglos de convivencia con los otomanos. “Pregunta a tus historiadores; te dirán que vivimos como hermanos”, reza el mensaje de Kulunk 

Es obvio que Turquía no podrá volver – a corto o medio plazo – a las fronteras de la Gran Turquía. Las posibilidades de materializar el sueño de los nacionalistas turcos son más probables en algunas áreas de Siria y especialmente en Irak, pero disminuyen drásticamente cuando se apunta a los Estados europeos miembros de la UE o de la OTAN. 

Ciertamente, el actual liderazgo turco no cuestiona la posible existencia de tales oportunidades a nivel internacional; lo que de verdad interesa es saber cuándo surgirán. Por eso, Ankara concede especial importancia a las relaciones con Rusia y China, estados que cumplen las dos condiciones deseadas por Turquía: ser potencias globales capaces de oponerse a los Estados Unidos y a la OTAN y naciones que no disimulan sus reivindicaciones territoriales, estando dispuestas a recurrir al uso de la fuerza para lograr sus objetivos.

Subsiste el interrogante: ¿está dispuesto Erdogan a actuar a nivel político, económico y militar para crear un clima propicio para alcanzar estos objetivos y actuar con valor y eficacia cuando la situación internacional lo permita?

De momento, los países limítrofes del Mar Negro – Bulgaria y Rumania – antiguos vasallos de la Sublime Puerta, apuestan por la presencia en su suelo de contingentes de la Alianza Atlántica, por los tratados de defensa firmados con Washington, por un hipotético cambio de rumbo de la política exterior de Ankara, por unas relaciones más justas (léase fluidas) con el Kremlin.   

En resumidas cuentas, por la posibilidad de escoger entre los dos vecinos, entre dos males…


martes, 12 de enero de 2021

Turquía – Occidente: ¿pasar página o volver a empezar? (I)

 

Qué todo siga igual, pero que todo cambie, parece ser el mantra del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en el umbral de la nueva década. Una meta difícil de lograr en circunstancias normales en países donde impera el cartesianismo, pero sin duda compatible con los sutiles matices de Oriente. Pero Turquía es, ante todo, un país oriental, donde la sutilidad y la diplomacia pueden lograr milagros. El primer mandatario turco lo sabe perfectamente y apuesta por soluciones portentosas en el embrollo de las relaciones internacionales.  

Entre los objetivos prioritarios de Erdogan figura la mejora de las relaciones con Washington, seriamente deterioradas durante los últimos años del mandato de Donald Trump, el multimillonario muy propenso a avalar las aventuras bélicas de Turquía en la región mediterránea – Siria, Libia – y el Cáucaso – Azerbaiyán, Armenia – pero inflexible a la hora de aceptar la afrenta de un miembro fundador de la Alianza Atlántica que se decanta por adquirir material bélico ruso. Después de todo, Rusia sigue siendo el enemigo de Occidente e, implícitamente, de la OTAN.

La Casa Blanca decidió, pues, imponer sanciones al régimen de Ankara, suspendiendo su participación en el desarrollo del programa del supercaza F-35. El Pentágono sospechaba que los turcos podrían servir de puente para la trasferencia de tecnología militar estadunidense a Rusia. Pese a la aplicación de las sanciones, el dialogo estratégico entre Washington y Ankara continúa.  

De hecho, el presidente Erdogan confía en que la nueva Administración demócrata decida adoptar un tono más dialogante, véase hacer borrón y cuenta nueva de los agravios de Trump. Quedan, sin embargo, otros aspectos conflictivos, como la negativa de Washington a conceder la extradición del clérigo turco Fethullah Gülen, ex aliado circunstancial de Erdogan y fundador de una gigantesca red de instituciones islámicas – centros culturales, colegios y universidades - con ramificaciones en decenas de países, o el apoyo estadounidense a la facción armada kurdo-siria YPG, socia de los estadounidenses en la lucha contra el Estado Islámico, pero que Ankara tilda de mera prolongación del movimiento marxista kurdo PKK, artífice de la interminable guerra civil que sacudió Turquía durante décadas.

A ello se añade, claro está, el apoyo del Gobierno Erdogan al régimen islámico de Teherán, archienemigo de mimada dinastía saudí, las buenas relaciones con el emirato de Qatar, donde Ankara cuenta con instalaciones militares, o la presencia de asesores turcos en Azerbaiyán. Un atentico quebradero de cabeza para la futura Administración estadounidense.

Sin embargo, Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente durante el mandato de Barack Obama, conoce la problemática de la región. Visitó Turquía en cuatro ocasiones y reiteró su deseo de mantener buenas relaciones con Erdogan.

Los americanos quieren pasar página, ha señalado el portavoz presidencial turco, Ibrahim Kalin, durante su primera comparecencia de 2021. Más aun; el equipo de Erdogan confía en que la Administración Biden podría resucitar, de manera directa o indirecta, el mortecino dialogo entre Ankara y Bruselas, ya que Washington había abogado en el pasado por el ingreso de Turquía en la Unión Europea.  El restablecimiento del diálogo diplomático con Grecia, así como los contactos de Erdogan con la presidenta de la Comisión Europea parecen haber creado una atmosfera positiva.

El enfrentamiento entre Turquía, Grecia y Chipre sobre la frontera marítima del Mar Egeo, véase la explotación de los recursos naturales del Mediterráneo oriental, la multiplicación de los incidentes navales y las amenazas de un posible recurso al uso de la fuerza enturbiaron aún más las tensas relaciones entre los Estados vecinos. Mientras el presidente Macron parecía propenso a apoyar las acciones militares greco-chipriotas, la Canciller Merkel desempeñó un papel moderador en el conflicto. Las aguas parecían haber vuelto a sus cauces hacia finales de diciembre, cuando Atenas, Ankara y Nicosia se decantaron por la celebración de consultas diplomáticas.

Otro escollo importante de las relaciones entre Turquía y la UE es la cuestión de la migración. En marzo de 2016, Bruselas y Ankara llegaron a un acuerdo para detener la migración irregular en el mar Egeo y mejorar las condiciones de vida de los dos millones de refugiados sirios residentes en suelo turco. La entrada en vigor del acuerdo ha logrado contener el flujo de refugiados hacia los países de la UE. Sin embargo, la tardanza de Bruselas en transferir los fondos comprometidos – alrededor de 6.000 millones de euros – ha suscitado un profundo malestar en Ankara. En Gobierno Erdogan amenazó en reiteradas ocasiones con la apertura de la frontera con Grecia, el gran coladero de la inmigración procedente de Oriente Medio.

También figura en la lista de agravios la no suspensión del visado comunitario para los ciudadanos turcos que viajan a la UE, proyecto que debía haberse materializado en 2013. Sin embargo, la decisión de Bruselas sigue relegada a… las calendas griegas.  

A esas incógnitas se suma otra, no menos importante y conflictiva: el porvenir de las relaciones de Turquía con sus vecinos asiáticos - Siria, Irak, Armenia y Georgia - y también europeos - Bulgaria, Grecia y Macedonia – territorios que formaban parte, al final de la Primera Guerra Mundial, de la Gran Turquía.