martes, 13 de abril de 2021

Ucrania: nuestros fusiles están cargados

 

Concentración de tropas rusas en la frontera con Ucrania, destructores de la marina norteamericana penetran en el Mar Negro, el teniente general Ben Hodges, ex jefe de las tropas estadounidenses en Europa recomienda la inclusión de la República Moldova en los planes de la Alianza Atlántica para la seguridad en el Mar Negro, Turquía no reconoce la soberanía de Moscú sobre la Península de Crimea, el Gobierno de Kiev aprueba una nueva estrategia militar basada en la lucha del pueblo para la defensa del territorio nacional…

La lectura de las noticias provenientes de la otra extremidad del Viejo Continente me recuerda, extrañamente, las estrofas de la vieja canción patriótica interpretada majestuosamente por los coros del Ejército Rojo… “nuestros fusiles están cargados”.  Hoy en día, los fusiles vuelven a estar cargados en la vasta región del río Don, el Mar de Azov y el Cáucaso.  ¿Nuestros fusiles? No, en este caso concreto, los fusiles se han convertido en… misiles.

Curiosamente, ninguno de los presuntos contrincantes – Rusia, Ucrania, Turquía, Norteamérica o la OTAN – exhiben intenciones bélicas. Sin embargo, las elucubrantes estrategias de combate proliferan. Algunos gobernantes las tildan de meramente defensivas; otros hablan de movimientos de tropas rutinarios.  Todos se empeñan en acusar de antemano al posible agresor: el otro.

El informe sobre la nueva estrategia militar de Ucrania, aprobado a finales de marzo por el presidente Volodymyr Zelensky, hace hincapié en una amenaza existencial para el país, que se ve acentuada por el desequilibrio entre las fuerzas militares de Ucrania y… Rusia. Un desequilibrio casi insuperable, teniendo en cuenta la escasez de recursos financieros de las autoridades de Kiev. Pero los autores del documento insisten: la amenaza existencial es… ¡Rusia!

Para hacer frente a los zarpazos del oso de las taigas, los colaboradores de Zelensky recomiendan una solución global: involucrar a todo el pueblo ucranio en una guerra para la defensa del territorio nacional. La estrategia estaría basada en el desarrollo de un conflicto generalizado, recurriendo a los métodos tradicionales empleados por los estrategas a principios y mediados del siglo XX.  

Se contempla, asimismo, la creación una defensa territorial fuerte que, junto con el movimiento popular de resistencia, contribuiría a aumentar los niveles de protección del Estado, la cohesión social y la educación patriótica de los ciudadanos, garantizando la seguridad de las instituciones nacionales. Una misión ésta realmente imposible, si no cuenta con el apoyo de los países de la OTAN o, mejor dicho, de la estructura militar de la Alianza. Uno de los objetivos prioritarios sería, pues, la adhesión inminente de Ucrania a la OTAN, lo que implicaría o facilitaría forzosamente la presencia de tropas occidentales en su territorio.

No está claro la amenaza militar para la seguridad de Ucrania presupone una invasión armada, como sucedió en Dombás o Crimea. Sin embargo, la nueva estrategia contempla el inicio – en cualquier momento - de operaciones militares en ambas regiones.

El informe de los estrategas de Kiev parten del supuesto de que Ucrania puede poner fin (al conflicto) en términos favorables para el país con la ayuda de la comunidad internacional, es decir, con el apoyo político, económico y militar proporcionado por la comunidad internacional en el enfrentamiento geopolítico con la Federación Rusa.

Detalle interesante: el estamento castrense insiste en la necesidad de que Ucrania respete su el estatuto de país desnuclearizado, pero al mismo tiempo asegura que el ex territorio soviético estaría dispuesto a involucrarse en un conflicto armado en el que participarían Estados que disponen de armas nucleares.

Rusia sería, sin duda, uno de los posibles contrincantes. Subsiste el interrogante: ¿cuál sería en segundo?

 


domingo, 11 de abril de 2021

La Europa de los “civilizacionistas”

 

¿Los civilizacionistas? Se les conoce poco y se les quiere aún menos. Sin embargo, están aquí, entre nosotros, tratando de encontrar su lugar, de ocupar un espacio, su espacio presuntamente natural, en una sociedad en crisis, enferma y desconcertada, que busca desesperadamente, en esos tiempos de pandemia, los brillantes horizontes que se quedaron atrás. 

Hace un lustro, el autor de esas líneas tuvo ocasión de presenciar una reunión del grupo de Vysegrad, integrado por cuatro países del antiguo bloque comunista: Eslovaquia, Hungría, Polonia y la República Checa. Sus gobernantes, a los que se les tacha fácilmente de ovejas negras de la Unión Europea, no dudan en censurar la actuación de Bruselas, cuando no de contemplar una hipotética retirada del club de las naciones que conforman el núcleo duro de la opulencia de nuestro continente.

¿Abandonar la Unión Europea? ¿Por qué no? Los países de Europa Oriental, que habían depositado grandes esperanzas en este universo de libertad, no dudaron en romper amarras con Moscú. Mas con el paso del tiempo llegó el desengaño… No, esta Europa no es la deseada, la ansiada por los pobladores del Centro y el Este del Viejo Continente.

Hace unos días, el primer ministro húngaro, Viktor Orban, se reunió en Budapest con el primer ministro polaco Mateusz Morawiecky y el exministro de interior italiano, Marco Salvini, para sentar las bases de la alianza de la nueva derecha europea. Los tres políticos presumen haber hallado el elixir de la resurrección del conservadurismo, la herramienta necesaria para proteger los valores de la civilización occidental y luchar contra la desintegración de las estructuras políticas y sociales de Europa. Viktor Orban, que fue expulsado del Partido Popular Europeo, está empeñado en estrenar una nueva vía: la variante civilacionista. Un término éste perteneciente al intrincado vocabulario empleado por Donald Trump o John Bolton.

La nueva derecha… La copiosa memoria de los ordenadores, que sustituye con mayor o menor éxito las neuronas del cerebro humano, no tardó en ponerse en marcha. Lógicamente, la primera pregunta que hubo que contestar fue: ¿Estamos regresando a la sombría época de la década de 1930? Los politólogos del clan trumpiano nos aseguran que no es el caso. Es cierto que, en los últimos diez años, nuevos movimientos políticos de derecha han reunido a neonazis con conservadores que defienden las normas del libre mercado, conciliando ideologías políticas que en el pasado causaban alarma.

Pero no hay que preocuparse, asegura el politólogo estadounidense Daniel Pipes, experto en el mundo árabe y el Islam, consejero áulico de varios presidentes norteamericanos. Pipes, que comparte el ideario de la derecha israelí capitaneada por Benjamín Netanyahu, señala que la nueva derecha europea, que algunos tildan de extrema derecha, ofrece una mezcla de políticas de derecha (centradas en la cultura) y de izquierda (centradas en la economía).

Son patrióticos antes que nacionalistas: adoptan una línea política defensiva más que ofensiva, asegura Pipes, quien añade: el nacionalismo suele preocuparse por el poder, la riqueza y el prestigio. Los nacionalistas se centran en las costumbres, las tradiciones y la cultura. Aunque se les llame neofascistas o neonazis, los partidos populistas o civilizacionistas priorizan la libertad personal y la cultura tradicional. Sienten una intensa frustración al ver desaparecer su modo de vida. Aprecian la cultura tradicional de Europa y Occidente. Los partidos civilizacioncitas son populistas, antiinmigración y antiislamización. El "civilizacionismo" tiene la ventaja de excluir a aquellas agrupaciones que detestan la civilización occidental.

Huelga decir que el elenco de partidos populistas (civilizacionistas, según el término acuñado por el antiguo inquilino de la Casa Blanca) es bastante amplio.  Encontramos en ese listado al veterano FPÖ austríaco, fundado en 1956, y al nuevo Foro para la Democracia (FVD) holandés, fundado en 2016, agrupaciones políticas que, según sus aliados estadounidenses, llenan un vacío social y electoral. Es cierto que albergan a un número inquietante de extremistas antijudíos y antimusulmanes, racistas, arribistas, conspiranoides, revisionistas históricos y, por ende, nostálgicos nazis. Una mezcla explosiva que, siempre según los aliados estadounidenses, no hay que temer. Su llegada al poder no nos hará volver al siniestro decenio de los años 1930.

Dado que están creciendo inexorablemente, en alrededor de veinte años estarán ampliamente representados en los gobiernos europeos, influenciando tanto a conservadores como izquierdistas. Por ello, rechazar, marginar, aislar e ignorar a los civilizacionistas, confiando en su desaparición, es un ejercicio destinado a fracasar, asegura Pipes.  Y añade, para nuestra mayor tranquilidad: los civilizacionistas tienen algo que aportar a las élites europeas, pues poseen conocimientos realistas sobre el mantenimiento de los valores tradicionales y la preservación de la civilización occidental.

Más claro…

 


viernes, 2 de abril de 2021

Ucrania trata de reavivar el conflicto del Donetsk

 

El ingreso en la Alianza Atlántica es, indudablemente, uno de los objetivos prioritarios de las autoridades ucranias. Coincide esta meta con la imperiosa necesidad de los estrategas atlantistas de consolidar su presencia en el vasto territorio europeo situado en los confines de la Federación Rusa.

Hasta aquí, nada nuevo.  La OTAN se pronunció a favor de la integración de los países limítrofes de Rusia – Georgia, Ucrania y Moldova – en el umbral del siglo XXI. Si bien en el caso de Georgia y de Moldova intervienen una serie de factores de índole geoestratégica que obstaculizan la integración de ambos países en la estructura de defensa liderada por Washington, la situación de Ucrania es mucho más ambigua. Cortejadas por la UE y por Norteamérica desde 2004, las autoridades de Kiev recibieron alrededor de 2.000 millones de dólares en concepto de asistencia de seguridad. Sin olvidar la presencia – muy molesta para Moscú - de instructores estadounidenses en el seno del ejército ucranio.

¿Romper definitivamente los lazos con Rusia? Misión imposible en el actual contexto internacional, aun teniendo en cuenta la anexión de la península de Crimea en 2014, el fracaso del movimiento de protesta en Bielorrusia o la guerra hibrida de Nagorno Karabaj, que finalizó en la noche en la que el Kremlin dijo basta. Cierto es que apenas 24 horas antes los politólogos barajaban la posibilidad de una intervención militar occidental bajo la bandera de… la OTAN. Obviamente, a Moscú le desagrada la presencia de extraños en el patio trasero del Cáucaso. El único invitado tolerado por el Kremlin fue Turquía, antigua potencia imperial administradora de los territorios turcomanos, que mantiene excelentes relaciones con la mayoría de las repúblicas ex soviéticas de Transcaucasia.   

Finalizadas las guerras psicológicas de Bielorrusia y el Cáucaso, las miradas de Occidente volvieron a dirigirse hacia Kiev o, mejor dicho, hacia las zonas conflictivas de Donetsk y Luhansk e inevitablemente, hacia Crimea. Aparentemente, algo había cambiado en la zona.

A finales de la pasada semana, algunos medios de comunicación europeos y transatlánticos se hicieron eco de la presencia de tropas y blindados rusos en la región fronteriza de Donetsk, levantando sospechas sobre la inminencia de una intervención militar en la zona. Moscú desmintió los rumores, indicando que se trataba de unas maniobras notificadas de antemano. Sin embargo, las autoridades ucranias no tardaron en lanzar señales de alarma, acogidas con inquietud por Washington.

Pese al mensaje apaciguador del Kremlin, el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelenski, advirtió sobre el riesgo de desafíos separatistas en la región rusa del país. Acto seguido, la Administración Biden advirtió a Rusia contra cualquier intento de intimidar a Ucrania. Estamos muy preocupados por la reciente escalada de los actos agresivos y provocaciones de Rusia en el este de Ucrania, manifestó el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, quien añadió:
Rechazamos cualquier acción agresiva destinada a intimidar o amenazar a nuestro socio, Ucrania.

Por su parte, el titular de Defensa ucranio, Andrei Taran, mantuvo una larga conversación telefónica con su homólogo estadounidense, Lloyd Austin, quien reiteró la disposición de Washington a apoyar a Ucrania en caso de una agresión rusa en el Este del país.

 El Ministro de Defensa ucranio señaló que el Pentágono fue informado sobre la situación político-militar en el frente y en los territorios temporalmente ocupados de Donetsk y Luhansk, Crimea y las inmediaciones de las fronteras de Ucrania.

Aparentemente, la nueva crisis se está gestando. Para que se convierta en enfrentamiento, hará falta un contrincante. Pero obviamente, Rusia no está por la labor.


sábado, 27 de marzo de 2021

Los bateleros del Danubio (ya) no temen al oso ruso

 

Hungría no considera que Rusia sea una amenaza directa para su territorio. Curiosamente, esas palabras fueron pronunciadas por el ministro húngaro de Asuntos Exteriores, Peter Szijjarto, en la última reunión de cancilleres de la OTAN celebrada en Bruselas.  

Szijjarto añadió que las autoridades de Budapest comprenden y respetan el hecho de que otros Estados miembros de la Alianza piensen de manera diferente. Sin embargo, Budapest prefiere distanciarse de la postura atlantista, que trata de reconvertir a Rusia en el principal enemigo de Europa. Szijjarto recordó que su país siempre había sido leal a sus aliados, contribuyendo a los para fortalecer el su flanco oriental de la Alianza y apoyando la seguridad de los Estados bálticos. 

Por otra parte, Hungría solicitó el amparo de la OTAN a la hora de defender los derechos de la comunidad húngara de Ucrania, sistemática y gravemente violados por las autoridades de Kiev. 

¿Y la desconcertante apuesta de Budapest por las vacunas COVID 19 fabricadas en Rusia y China? preguntaron los informadores. La contestación del ministro húngaro fue rápida y contundente: Ya es hora de que la campaña contra la vacuna no se rija por consideraciones de índole ideológica.

Lejos quedan los tiempos de la rebelión de Hungría de 1956, de la llegada de los tanques soviéticos, de las señales de emergencia lanzadas por el hereje reformista Imre Nagy, el comunista que dirigió el Gobierno revolucionario que intentó, sin éxito, plantar cara a Nikita Jrushchov, el sucesor de Stalin.

Huelga decir que el constante alejamiento de Budapest de la postura archiortodoxa de los miembros de la Alianza difiere mucho de las tomas de posición de los países bálticos y escandinavos, poco propensos a minimizar o descartar el peligro que supone la maquinaria de guerra rusa.

El 11 de marzo, la Agencia Sueca de Inteligencia de Defensa (FOI), publicaba un voluminoso informe sobre la capacidad de defensa de Occidente en el Norte de Europa frente a la amenaza que representa Rusia. El principal problema militar (de Occidente) es que Rusia disfruta de una mayor disponibilidad de sus fuerzas armadas y puede lanzar un ataque rápido en el flanco oriental antes de que la OTAN tenga tiempo de reaccionar, señalan los suecos.

 Rusia está mejor preparada para una guerra a gran escala en el norte de Europa que los estados miembros de la OTAN, constatan, evaluando la capacidad militar de los estados que tienen una frontera terrestre o marítima común con Rusia, o países dispuestos a hacer frente a una posible amenaza, como Francia y Gran Bretaña, o el contingente europeo de tropas estadounidenses, capaces de intervenir con suficiente rapidez en el teatro de operaciones del norte de Europa.

El documento del FOI analiza el nuevo rumbo de la política exterior estadounidense, que centra sus esfuerzos en Asia. Si Washington cambia sus prioridades a largo plazo, los aliados europeos deben asumir una mayor responsabilidad en la defensa colectiva, manteniendo un nivel adecuado de preparación para el combate en todos los entornos: terrestre, aéreo, naval, espacial y cibernético.  

Aparentemente, el argumento de la próxima contienda está servido. Una perspectiva ésta que no todos los europeos consienten o desean. Hay cada vez más voces que disienten de la óptica atlantista. ¿Una guerra con Rusia? ¿A quién le beneficia?  

Occidente necesita reconocer la importancia de Rusia, afirma el príncipe Michael de Liechtenstein, economista, empresario, fundador y presidente de Geopolitical Intelligence Services, consultora de relaciones internacionales con sede en Vaduz (Liechtenstein). Para el príncipe, que pertenece a la vieja aristocracia europea, Joe Biden no acertó al tildar a China de competidor serio y a Rusia de oponente.

Varios temas sin resolver siguen generando tensiones entre Occidente y Moscú. Entre ellos se encuentran la anexión de la península de Crimea por parte de Rusia, la guerra hibrida en el este de Ucrania y denuncias sobre las violaciones de derechos humanos. Sin embargo, las transgresiones del lado chino son peores, señala Michael de Liechtenstein. Beijing está cometiendo algo parecido a un genocidio contra los uigures (minoría musulmana) en el oeste de China y está forzando brutalmente la asimilación de los pobladores en el Tíbet. Está infringiendo la libertad y el estado de derecho en Hong Kong, persiguiendo a los cristianos y pisoteando los derechos civiles de sus ciudadanos.

Tanto Rusia como China desafían a Estados Unidos en el ciberespacio y están acusados de intentar influir en las elecciones estadounidenses, generalmente a través de la difusión de noticias falsas.

Es difícil comprender por qué Biden decidió atacar a Moscú. Hacerlo es probablemente un error geopolítico significativo. Moscú ha comenzado a alinear algunas de sus estrategias con las de Beijing, aunque no existe una alianza formal entre los dos. El Kremlin quiere evitar una asociación directa con los chinos y, por lo tanto, ha tratado de mejorar sus relaciones con otros países asiáticos, como Japón y Corea del Sur, indicaba la pasada semana el presidente del GIS.

Rusia y Occidente comparten algunos intereses comunes, como la lucha contra el islam radical, el desarrollo del comercio mundial, la necesidad de obtener acceso a los recursos naturales, recuerda Michael de Liechtenstein.

Por otra parte, conviene recordar que Occidente sigue siendo el lugar donde residen los mayores intereses geopolíticos de Moscú. Es necesaria una postura más abierta y respetuosa, pero aún firme, hacia Rusia. Tal posición apoyaría la integridad política y territorial de los vecinos de Moscú, pero también mostraría moderación retórica y respeto por el régimen…

Decididamente, el economista, politólogo, geoestratega y exponente de la vieja aristocracia europea no confía en que a Vladimir Putin podría barrerle una revolución de colores.


martes, 23 de marzo de 2021

Turquía abandona la Convención de Estambul – jaque al feminismo progresista

 

Turquía acaba de retirarse de la Convención de Estambul sobre los derechos de las Mujeres del Consejo de Europa, instrumento internacional que obliga a los Gobiernos a promulgar y acatar la normativa legal destinada a prevenir y combatir la violencia contra las mujeres y las niñas, incluida la violencia doméstica, que se ha intensificado durante la actual pandemia, el acoso sexual, la violencia psicológica, la violación conyugal, la mutilación genital y otras formas de abuso.

La decisión sorprendió a quienes recordaban que el propio presidente Erdogan asistió en 2011, en su calidad de primer ministro de Turquía en aquella época, a la solemne firma de la Convención. Pero el tiempo pasa y la coyuntura cambia. ¿La retirada de Ankara? Para la Ministra de Familia, Trabajo y Servicios Sociales, Zehra Zumrut Selcuk, la República Turca tiene, merced a sus leyes y disposiciones constitucionales, la potestad proteger los derechos de la mujer sin la necesidad de recurrir a la Convención.

Cabe preguntarse si el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) al que pertenece Erdogan, es realmente capaz de ofrecer el mismo tipo de protección contra la violencia machista, ¿cómo se justifica el elevado número de víctimas de las agresiones – 409 asesinatos en 2020 y no menos de 77 en lo que va de año?

El AKP es un partido de corte conservador - nacionalista que ha promovido constantemente, desde una perspectiva de género, una ideología de carácter islamista neotradicionalista, al estilo de los Hermanos Musulmanes, centrada en preservar los papeles de género tradicionales, añadiendo ligeros ajustes culturales. En otras palabras, el discurso del AKP sobre los derechos de la mujer es un tributo al "feminismo" islamista de antaño. En este caso concreto, la palabra neotradicionalismo trata de encubrir uno de los objetivos clave del programa del AKP: la remusumanización de Turquía. Una de las primeras manifestaciones de esta política fue la reconversión de la basílica de Santa Sofía en lugar de culto islámico. La desacralización de otros monumentos cristianos pasó, sin embargo, inadvertida.

Conviene recordar que la legislación del Estado turco reconoce y protege las confesiones no mahometanas. Pese a ello, miembros de las comunidades cristianas, hebreas o armenias denuncian el no cumplimiento de la normativa legal. Oficialmente, las violaciones denunciadas nada tienen que ver con la política gubernamental. 

Algo muy parecido sucede con la legislación destinada a garantizar los derechos de la mujer. Hasta ahora, existía un supuesto solapamiento entre las normas de la Convención de Estambul y la legislación nacional; una normativa que promueve el feminismo neotradicionalista.  Este concepto, que algunos tildan de discurso anti-género, cuenta sin embargo con el apoyo de una organización progubernamental de mujeres – KADEM - cuya vicepresidenta es Sumeyye Erdogan, la hija del presidente.  

KADEM preserva los supuestos de masculinidad hegemónica y jerarquía social de género promovidos por los núcleos islamistas. Las campañas de KADEM contra la violencia doméstica no tienen en cuenta el aspecto legislativo y punitivo de la práctica patriarcal, sino solo el moralmente recomendable. El lema de sus campañas es: "Si eres hombre, ¡controla tu ira!” Las mujeres merecen el autocontrol de la ira (por no decir, el respeto) sólo si permanecen sumisas y no exceden los límites de sus tareas domésticas y maternas. 

Mientras no se cuestionen las premisas para justificar la desigualdad de género en la retórica islamista que pretende proteger los derechos de la mujer, decisiones como la retirada de la Convención de Estambul no tienen por qué sorprendernos. 

De hecho, la retirada de Turquía de la Convención de Estambul, considerada por algunos como “causa del aumento de la tasa de divorcios y estrategia subversiva para romper la familia tradicional, promoviendo el género y la orientación sexual”, explica el miedo de quienes pretenden seguir marginando a los segmentos de la sociedad turca discriminados actualmente.

Conviene señalar que paralelamente al Islam político que surgió dentro del neotradicionalismo, se desarrolló el feminismo islámico progresista. Este nuevo discurso contempla una lectura igualitaria del Corán y tacha la jurisprudencia que fundamenta la desigualdad de género de teoría islámica sociocultural elaboradas por juristas (hombres) de contraposición a los principios metafísicos y morales del Corán.  De hecho, los adeptos del neotradicionalismo prefieren sustituir la noción de igualdad por la idea de complementariedad de género y equilibrio en las obligaciones, considerando los que hombres y las mujeres son iguales ante Ala, pero que deben desempeñar papeles destinitos, claramente reflejados por la jurisprudencia musulmana.

El debate sigue abierto.

 


lunes, 22 de marzo de 2021

Washington y las superpotencias: cuando Joe Biden emula a Donald Trump

 

Poco menos de dos meses tardó el actual inquilino de la Casa Blanca en fijar las pautas para las futuras relaciones entre Washington, Moscú y Pekín. Ante la gran sorpresa de quienes confiaban en que el nuevo Biden iba a desterrar la agresividad verbal de su antecesor, el presidente hizo alarde de una retórica igual de contundente, o tal vez más, que la empleada por el multimillonario neoyorquino durante su mandato.  Si las palabras de Trump resultaron violentas, fuera de contexto para un jefe de Estado, las manifestaciones de Biden suenan más que belicosas. Vladimir Putin, ¡un asesino que recibirá su castigo! China, ¡una amenaza para la estabilidad global! Decididamente, la retorica de la Administración demócrata resulta más bien desconcertante.

Algunos politólogos estiman que los exabruptos de Biden deberían indicar a los aliados el tono que conviene emplear en el dialogo con Rusia y China. Unas pautas, reconozcámoslo, difícilmente aceptables por el conjunto de la diplomacia europea.

 En el caso concreto de Rusia, los ataques dirigidos contra el zar Putin sólo servirán para aglutinar a las distintas corrientes nacionalistas detrás del amo y señor de la Madre Rusia. Insultar a Putin presupone insultar a la Nación.      

Distinto es el caso de China, el gigante asiático que se ha convertido en la pesadilla constante del establishment norteamericano. La guerra comercial iniciada en 2018 por Donald Trump desencadenó una ardua contraofensiva por parte de Pekín. El aumento de los aranceles aduaneros y la elaboración de listas negras acabaron perjudicando los intereses de ambas partes. Con su proverbial paciencia, los chinos contrarrestaron los efectos inmediatos de las sanciones comerciales estadounidenses. Cabe suponer que el enfrentamiento será largo y el desenlace, incierto. 

Conviene señalar que los primeros viajes al extranjero de altos funcionarios de la Administración demócrata fueron a la región de Asia Pacífico. El secretario de Estado Antony Blinken, viajó a Tokio y Seúl, mientras que su colega de Defensa, Lloyd Austin, efectuó su primera escala en Hawái, cuartel general de las fuerzas estadounidenses para la región del Indo-Pacífico. Se trata de un ejército enorme, que cuenta con centenares de miles de soldados, 200 acorazados y 2.500 aviones.

Blinken y Austin optaron por mandar un mensaje al Estado problemático de la región: China. En un artículo de opinión publicado en el Washington Post, los dos miembros del Gabinete advierten: Estados Unidos no abandonará la región ni a sus aliados asiáticos. Washington se opondrá a la agresión o amenaza de Pekín, responsabilizando a China de la violación de los derechos humanos en Xinjiang y en el Tíbet, las acciones hostiles contra Taiwán o las reivindicaciones soberanistas en el mar de China Meridional que, según Washington, violan las normas de derecho internacional. 

La Administración Biden reitera su voluntad de entablar el diálogo con Pekín, pero sin renunciar a la política de Trump. De hecho, en el informe sobre los intereses comerciales de los Estados Unidos en la zona, publicado el 1 de marzo, el equipo del presidente retoma la mayoría de los agravios expresados por Trump para justificar la imposición de nuevos aranceles: robo de tecnología y propiedad intelectual, prácticas comerciales desleales, subsidios gubernamentales destinados a algunas industrias, etc. Estas prácticas denotan una política económica agresiva, diseñada para favorecer a China, fortaleciendo su condición de superpotencia económica.

La economía es, por tanto, un instrumento al servicio de las ambiciones de poder global de Pekín. Pero no el único: las autoridades chinas prestan también especial atención a otro factor que refleja las sus ambiciones expansionistas: el ejército.

La marina de guerra china se ha convertido en la mayor del mundo, habiendo logrado triplicar el número de sus barcos en los últimos veinte años. Los dirigentes chinos estiman que, para ser una gran potencia mundial, el país debe convertirse en una potencia naval. Recuerdan la máxima: Quien controla los mares controla el mundo.

Beijing solo puede aspirar al estatus de una gran potencia naval en la inmediación de sus aguas territoriales, donde tiene varios objetivos estratégicos: Taiwán, el Mar de China Oriental y el Mar de China Meridional. Taiwán disfruta de la protección militar y naval de los Estados Unidos. Cualquier intento de reconquistar la isla secesionista provocaría una respuesta contundente de Washington.

En el Mar de China Oriental, hay litigios sobre la delimitación de zonas económicas exclusivas con Japón y Corea del Sur, ambos aliados de los Estados Unidos.

El Mar de China Meridional, donde China tiene disputas con Filipinas, Vietnam y Taiwán, Pekín lleva años en un proceso de consolidación de su presencia militar mediante la construcción de islas artificiales convertidas en bases, organización de maniobras y creación de un arsenal de misiles capaces de contener a las embarcaciones estadounidenses. 

Pero los esfuerzos para modernizar y equipar las fuerzas armadas chinas no se limitan a la marina: hay inversiones significativas en tierra y, especialmente, en la fuerza aérea, equipada con docenas de aviones Chengdu J-20 de quinta generación. 

En realidad, parece poco imaginable que las dos superpotencias se decanten por un reinicio de sus relaciones bilaterales, haciendo borrón y cuenta nueva de la era Trump.

América ha vuelto, fue el mensaje de Biden dirigido a los europeos. PA los chinos, el inquilino de la Casa Blanca les advirtió: Estados Unidos está aquí para quedarse. 

sábado, 6 de marzo de 2021

¿Quién resucita los demonios de la guerra fría?

 

La salida de Donald Trump de la Casa Banca coincidió, curiosamente, con un sorprendente recrudecimiento de las manifestaciones belicistas formuladas por los hasta ahora discretos aliados europeos de Washington. Al enunciado Rusia, nuestro viejo enemigo de Josep Borrell, Alto Representante para Política Exterior de la Unión Europea, acogido con una mezcolanza de sorpresa e indignación en el Kremlin, se sumó la no menos diáfana declaración de Jens Stoltenberg, secretario general de la Alanza Atlántica, quien añadió más leña al fuego con El diálogo con Rusia tiene que basarse en la fuerza y en la firmeza. Todo ello, en unos momentos en que el presidente Biden manifiesta su deseo de reactivar las relaciones de la Administración estadunidense con los aliados europeos ninguneados o humillados por el expresidente Trump.

Detalle interesante: las declaraciones de los políticos europeos parecen abonar el terreno para el inicio de la nueva cruzada de la Casa Blanca: la ofensiva global para la defensa de los valores democráticos. Nada sorprendente: Norteamérica suele movilizar sus ejércitos y, por supuesto, su opinión pública, utilizando el mantra democracia. Curiosamente, el único caso en el que Washington prefirió no emplear esta palabra fue la guerra contra Saddam Hussein. 

El resurgir de la amenaza de una guerra fría, argumento empleado ad nauseam por los políticos del Viejo Continente, no encuentra eco entre politólogos y estrategas de la nueva generación, quienes prefieren buscar respuestas más sosegadas a la vehemente argumentación de los pseudopacifistas empeñados en defender los valores tradicionales de Occidente.

Tratemos de llamar las cosas por su nombre: actualmente, el peligro de un enfrentamiento con Rusia es real. Los importantes cambios sociopolíticos y estratégicos registrados en las dos últimas décadas han desembocado en la modificación de las doctrinas militares, de los proyectos de defensa, de la configuración de los bloques y los confines. Quienes seguían con preocupación los avances de la carrera nuclear en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, difícilmente logran asimilar los cambios. Las amenazas se han multiplicado; los conflictos tradicionales han ido pasando en un segundo plano; la guerra moderna depende cada vez más de los avances tecnológicos, de la capacidad destructora de sofisticados artilugios creados por los humanos como respuesta a los desafíos de la última conflagración mundial. Hablar de tanques y misiles resulta, hasta cierto punto, anticuado. En las guerras modernas (o posmodernas, según como se mire), habrá que regirse por un nuevo concepto: contención. A ello se está dedicando la Red de Expertos UE-Rusia en Política Exterior, establecida en 2016 por el Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia y la delegación de la Unión Europea en Moscú.

Uno de sus últimos documentos de trabajo elaborados por esta red de expertos contempla cuatro posibles escenarios para la evolución de las relaciones entre Moscú y Occidente durante la próxima década: la asociación fría, la caída en la anarquía, al borde de la guerra y la comunidad de valores. Aparentemente, todas las hipótesis son válidas. Conviene, pues, analizarlas con detenimiento.

La asociación fría. La búsqueda de áreas de cooperación comienza con pequeños pasos. Para que este escenario se materialice, deben registrarse cambios tanto en la UE como en Rusia.

Cabe suponer que en 2030 la Unión Europea superará por completo la crisis económica provocada por la pandemia de Covid-19. Como consecuencia de ello, optará por la adopción de un rumbo de desarrollo económico independiente, que consiste en la no participación en la rivalidad entre Estados Unidos y China, así como el mantenimiento de buenas relaciones con ambas partes. Esto llevaría a la emancipación económica de la Unión, seguida de la emancipación estratégica. También consistirá en la negativa de algunos países de la UE miembros de la OTAN de aumentar su presencia militar en el Este y el incremento de gastos en políticas que podrían percibirse en Moscú como generadoras de tensiones. 

Esta evolución política de la Unión Europea irá acompañada por cambios en Rusia. En 2024, los rusos optarán por la salida de Putin de la presidencia y por el inicio de profundas reformas, principalmente en el ámbito de la digitalización de la administración y la lucha contra la corrupción, lideradas por Alexander Ogaryov, el joven sucesor del actual inquilino del Kremlin. El país estará sumido en el estancamiento y descontento general yla oposición comunista se ira fortaleciendo. Una política interna más prosocial, abierta a la presencia del capital extranjero facilitaría la estabilización del país y la reconstrucción gradual de la confianza de Occidente.

La cuestión de Crimea seguirá enfrentando a Europa y Rusia. En otras áreas, como por ejemplo Oriente Medio, Moscú adoptará decisiones "ad hoc", formando alianzas pragmáticas con los miembros de la UE.

La caída en la anarquía. En este escenario, Rusia, severamente afectada por la crisis provocada por la pandemia Covid-19, logra estabilizar su situación interna con bastante rapidez, ayudada por el aumento de los precios del petróleo resultante del conflicto de Oriente Medio, que se acentuará entre 2021y 2022. 

Al igual que en el anterior escenario, Putin se marcha después de 2024, pero es reemplazado por un político que se muestra reacio a Occidente.

Rusia dependerá cada vez más de sus relaciones con China, pero Pekín, inmerso en una competencia estratégica con Estados Unidos, no aprovecha el cambio. Rusia conserva su potencial, pero la percepción de la Unión Europea es completamente diferente.

Una de las primeras víctimas de este cambio de rumbo sería la política oriental de la Unión. Algunos países, como Alemania, Italia y Hungría, querrán conseguir ventajas competitivas en el mercado europeo de hidrocarburos, utilizando su relación especial con Rusia. Las divisiones inter europeas se verán acentuadas por las maniobras de los Estados Unidos, país afectado por la crisis e instigando a la división de los europeos.

En la década 2021-2031, Ucrania no se recuperará de la crisis económica, a la que se sumará una fuerte polarización política. Rusia, aprovechando las divisiones de la sociedad ucraniana, intentará ejercer su influencia en el país vecino. Por su parte, Estados Unidos no estará dispuesto a involucrarse militarmente en Ucrania. Los separatistas ganarán terreno en la región de Járkov y establecerán un nuevo Estado, inmediatamente reconocido por Moscú.

Alemania querrá construir su relación especial con Rusia, independientemente de la opinión de sus aliados occidentales. Como consecuencia de ello, las divisiones en el seno de la UE se irán profundizando.

Al borde de la guerra. En esta variante, Putin liderará Rusia hasta 2030 y no se vislumbra su salida del escenario político. Los precios del petróleo se mantendrán bajos durante la próxima década, pero el Kremlin, que ha construido una economía fuertemente controlada por el Estado, logrará mantener la estabilidad política y social sin disminuir su capacidad para imponer una política de poder.

Europa saldrá fortalecida de la crisis. Las relaciones transatlánticas serán mejores, ya que Estados Unidos estará dirigido por una Administración menos crítica con los europeos que durante el mandato de Trump. 

La economía europea estará en pleno auge, lo que implicará el mejoramiento de sus relaciones con China e India.

La situación será completamente distinta en Rusia, que exporta materias primas y trigo, productos cuya demanda irá disminuyendo. 

Tras superar la crisis, Estados Unidos vuelve a la posición de líder mundial en crecimiento tecnológico. La relación de Washington con Pekín, tensa y poco amistosa, no evoluciona hacia la hostilidad. 

Los problemas internos surgen en China impulsados por la desaceleración del crecimiento económico y la perspectiva de una buena cooperación entre Washington y Delhi.

La OTAN está recuperando protagonismo; la presión conjunta de Estados Unidos y Europa sobre Rusia, incluidas las sanciones, está aumentando en intensidad. China, poco propensa a verse arrastrada a un conflicto entre las dos potencias, se aleja gradualmente de Moscú. 

Comunidad de valores. Es, según los expertos, el escenario menos realista, resultante del fortalecimiento de la Unión Europea después del Covid-19 y el debilitamiento significativo de Rusia, tanto desde el punto de vista económico como político.

En Rusia, la crisis va acompañada de una creciente oleada de separatismo regional, fenómeno que surge alrededor de 2027, la desaparición casi completa de la vieja élite del Kremlin, la parálisis del liderazgo político ante las dificultades internas y el desvanecimiento del sueño de recobrar el pasado imperial.

Estas dos tendencias, una Europa fuerte, unida y prudente en su política exterior y una Rusia debilitada y empobrecida con una nueva élite gobernante, podrían entorpecer la reconciliación y la cooperación entre los dos gigantes.  

La mayoría de los expertos de la Red UE-Rusia considera, sin embargo, que el escenario más plausible sería el primero: la asociación fría. Pero a nivel continental subsisten dos incógnitas: Polonia y Ucrania, países cuya evolución interna podría afectar seriamente las relaciones de Occidente con Moscú.

La buena noticia: la perspectiva del conflicto armado parece alejarse.  ¿Hasta cuándo?