domingo, 7 de febrero de 2021
Davos: el capitalismo ha muerto, viva el Gran Reinicio
sábado, 16 de enero de 2021
Turquía – Oriente: sueños de grandeza, temores, pesadillas (II)
Turquía, nuevo líder para un mundo diferente, se titulaba el ensayo que me envió hace más de dos décadas un amigo diplomático con el ruego de publicarlo en una revista especializada. Turquía, nuevo líder, Turquía, potencia regional emergente. Nadie imaginaba, en aquel entonces, que el Estado moderno ideado por Mustafá Kemal Atatürk iba a convertirse, en menos de un siglo, en un ejemplo a seguir para el mundo musulmán, en motivo de preocupación para los poderes fácticos de este mundo, en pesadilla para algunos de los vecinos y ex vasallos del extinto Imperio Otomano.
Recapitulemos los hechos: al final de la Primera
Guerra Mundial, dos grandes potencias europeas – Inglaterra y Francia –
pusieron todo su empeño en desmantelar las tambaleantes estructuras del gigante
otomano, aliado durante la contienda del Reich alemán y del Imperio Austrohúngaro,
colosos llamados a su vez a desaparecer tras la paz de Versalles.
Turquía o, mejor dicho, el Imperio Otomano, vio su
suerte sellada por los Tratados de Sèvres y de Lausana, que contemplaban la
desintegración del Imperio, la abolición del sultanato, la creación de zonas de
influencia italianas y francesas en Anatolia, así como el control del paso de los
Estrechos por una comisión internacional. En enero de 1920, antes de la firma
del Tratado de Sèvres, la Asamblea Nacional turca rechazó las condiciones leoninas
dictadas por los occidentales. Sin embargo, su negativa resultó ser un gesto
meramente simbólico. La Cámara quedó disuelta tras la aprobación del llamado Juramento
Nacional, que se convirtió, con el paso del tiempo, en el dogma de las aspiraciones
políticas del actual liderazgo en Ankara.
Curiosamente, los autores del Juramento Nacional
apostaron por el factor tiempo y el tiempo jugó a su favor. En efecto, cien
años después de aquella debacle histórica, Turquía y Rusia, los dos grandes
imperios de Oriente vuelven a recuperar el protagonismo de antaño. El “zar”
Putin y el “sultán” Erdogan actúan en plena sintonía. Ambos se aferran al poder
hasta el punto de alcanzar manifestaciones dictatoriales; ambos aprovechan a
fondo la baza del terrorismo; ambos promueven políticas nacionalistas y
populistas que atraen a sus respectivos seguidores.
Desde la guerra de Georgia, la incursión en el Dombás
y la anexión de Crimea, la Rusia de Putin ha comenzado a desvelar sus
tendencias neoimperialistas.
Turquía aún no ha anexionado territorios. Por ahora,
se limita a reforzar su posición internacional mediante la presencia militar en
Siria y Libia, el despliegue naval en el Mediterráneo oriental y los confines
con Grecia.
Sin embargo, tras la llegada de Erdogan
llegó al poder, los términos Nueva Turquía o Gran Turquía, ansiada por los miembros
de la Asamblea Nacional de 1920, se han vuelto recurrentes en los medios de
comunicación cercanos al poder y, más recientemente, en las intervenciones de algunos
parlamentarios.
Hace apenas unas semanas, el
diputado Metin Kulunk, miembro del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) fundado
por Erdogan, abogó en pro del retorno a la Gran Turquía, publicando en
sus cuentas de Twitter un mapa que incluye el sur de Bulgaria, incluida Varna,
el norte de Grecia y las islas del Egeo oriental, Chipre, así como áreas de
Armenia, Georgia, Siria e Irak.
El parlamentario turco se dirigió
a sus vecinos griegos, invitándoles a recordar sus condiciones de vida durante
los cuatro siglos de convivencia con los otomanos. “Pregunta a tus
historiadores; te dirán que vivimos como hermanos”, reza el mensaje de Kulunk
Es obvio que Turquía no podrá
volver – a corto o medio plazo – a las fronteras de la Gran Turquía. Las
posibilidades de materializar el sueño de los nacionalistas turcos son más
probables en algunas áreas de Siria y especialmente en Irak, pero disminuyen
drásticamente cuando se apunta a los Estados europeos miembros de la UE o de la
OTAN.
Ciertamente, el actual liderazgo
turco no cuestiona la posible existencia de tales oportunidades a nivel internacional;
lo que de verdad interesa es saber cuándo surgirán. Por eso, Ankara
concede especial importancia a las relaciones con Rusia y China, estados que
cumplen las dos condiciones deseadas por Turquía: ser potencias globales capaces
de oponerse a los Estados Unidos y a la OTAN y naciones que no disimulan sus reivindicaciones
territoriales, estando dispuestas a recurrir al uso de la fuerza para lograr
sus objetivos.
Subsiste el interrogante: ¿está
dispuesto Erdogan a actuar a nivel político, económico y militar para
crear un clima propicio para alcanzar estos objetivos y actuar con valor y eficacia
cuando la situación internacional lo permita?
De momento, los países limítrofes
del Mar Negro – Bulgaria y Rumania – antiguos vasallos de la Sublime Puerta, apuestan
por la presencia en su suelo de contingentes de la Alianza Atlántica, por los tratados
de defensa firmados con Washington, por un hipotético cambio de rumbo de la
política exterior de Ankara, por unas relaciones más justas (léase
fluidas) con el Kremlin.
En resumidas cuentas, por la
posibilidad de escoger entre los dos vecinos, entre dos males…
martes, 12 de enero de 2021
Turquía – Occidente: ¿pasar página o volver a empezar? (I)
Qué todo siga igual, pero que todo cambie, parece ser el mantra del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en el umbral de la nueva década. Una meta difícil de lograr en circunstancias normales en países donde impera el cartesianismo, pero sin duda compatible con los sutiles matices de Oriente. Pero Turquía es, ante todo, un país oriental, donde la sutilidad y la diplomacia pueden lograr milagros. El primer mandatario turco lo sabe perfectamente y apuesta por soluciones portentosas en el embrollo de las relaciones internacionales.
Entre los objetivos prioritarios de Erdogan figura la
mejora de las relaciones con Washington, seriamente deterioradas durante los
últimos años del mandato de Donald Trump, el multimillonario muy propenso a
avalar las aventuras bélicas de Turquía en la región mediterránea – Siria,
Libia – y el Cáucaso – Azerbaiyán, Armenia – pero inflexible a la hora de
aceptar la afrenta de un miembro fundador de la Alianza Atlántica que se
decanta por adquirir material bélico ruso. Después de todo, Rusia sigue siendo
el enemigo de Occidente e, implícitamente, de la OTAN.
La Casa Blanca decidió, pues, imponer sanciones al
régimen de Ankara, suspendiendo su participación en el desarrollo del programa
del supercaza F-35. El Pentágono sospechaba que los turcos podrían servir de
puente para la trasferencia de tecnología militar estadunidense a Rusia. Pese a
la aplicación de las sanciones, el dialogo estratégico entre Washington y
Ankara continúa.
De hecho, el presidente Erdogan confía en que la nueva
Administración demócrata decida adoptar un tono más dialogante, véase hacer
borrón y cuenta nueva de los agravios de Trump. Quedan, sin embargo, otros
aspectos conflictivos, como la negativa de Washington a conceder la extradición
del clérigo turco Fethullah Gülen, ex aliado circunstancial de Erdogan y
fundador de una gigantesca red de instituciones islámicas – centros culturales,
colegios y universidades - con ramificaciones en decenas de países, o el apoyo
estadounidense a la facción armada kurdo-siria YPG, socia de los
estadounidenses en la lucha contra el Estado Islámico, pero que Ankara tilda de
mera prolongación del movimiento marxista kurdo PKK, artífice de la
interminable guerra civil que sacudió Turquía durante décadas.
A ello se añade, claro está, el apoyo del Gobierno Erdogan
al régimen islámico de Teherán, archienemigo de mimada dinastía saudí, las
buenas relaciones con el emirato de Qatar, donde Ankara cuenta con
instalaciones militares, o la presencia de asesores turcos en Azerbaiyán. Un
atentico quebradero de cabeza para la futura Administración estadounidense.
Sin embargo, Joe Biden, que ostentó el cargo de
vicepresidente durante el mandato de Barack Obama, conoce la problemática de la
región. Visitó Turquía en cuatro ocasiones y reiteró su deseo de mantener
buenas relaciones con Erdogan.
Los americanos quieren pasar página, ha señalado el portavoz presidencial
turco, Ibrahim Kalin, durante su primera comparecencia de 2021. Más aun; el
equipo de Erdogan confía en que la Administración Biden podría resucitar, de
manera directa o indirecta, el mortecino dialogo entre Ankara y Bruselas, ya
que Washington había abogado en el pasado por el ingreso de Turquía en la Unión
Europea. El restablecimiento del diálogo
diplomático con Grecia, así como los contactos de Erdogan con la presidenta de
la Comisión Europea parecen haber creado una atmosfera positiva.
El enfrentamiento entre Turquía, Grecia y Chipre sobre
la frontera marítima del Mar Egeo, véase la explotación de los recursos
naturales del Mediterráneo oriental, la multiplicación de los incidentes
navales y las amenazas de un posible recurso al uso de la fuerza enturbiaron
aún más las tensas relaciones entre los Estados vecinos. Mientras el presidente
Macron parecía propenso a apoyar las acciones militares greco-chipriotas, la
Canciller Merkel desempeñó un papel moderador en el conflicto. Las aguas
parecían haber vuelto a sus cauces hacia finales de diciembre, cuando Atenas,
Ankara y Nicosia se decantaron por la celebración de consultas diplomáticas.
Otro escollo importante de las relaciones entre
Turquía y la UE es la cuestión de la migración. En marzo de 2016, Bruselas y
Ankara llegaron a un acuerdo para detener la migración irregular en el mar Egeo
y mejorar las condiciones de vida de los dos millones de refugiados sirios residentes
en suelo turco. La entrada en vigor del acuerdo ha logrado contener el flujo de
refugiados hacia los países de la UE. Sin embargo, la tardanza de Bruselas en
transferir los fondos comprometidos – alrededor de 6.000 millones de euros – ha
suscitado un profundo malestar en Ankara. En Gobierno Erdogan amenazó en
reiteradas ocasiones con la apertura de la frontera con Grecia, el gran coladero
de la inmigración procedente de Oriente Medio.
También figura en la lista de agravios la no suspensión
del visado comunitario para los ciudadanos turcos que viajan a la UE, proyecto
que debía haberse materializado en 2013. Sin embargo, la decisión de Bruselas
sigue relegada a… las calendas griegas.
A esas incógnitas se suma otra, no menos importante y conflictiva: el porvenir de las relaciones de Turquía con sus vecinos asiáticos - Siria, Irak, Armenia y Georgia - y también europeos - Bulgaria, Grecia y Macedonia – territorios que formaban parte, al final de la Primera Guerra Mundial, de la Gran Turquía.
domingo, 27 de diciembre de 2020
Joe Biden en el país del coronavirus
Creo que me he equivocado; el verdadero peligro (para Occidente) no es el Islam, sino China. Habrá que profundizar en el tema.
Las palabras de Samuel Huntington, el padre y pope del
controvertido ensayo El choque de civilizaciones, sorprendieron a los
participantes en el multitudinario acto celebrado en la Universidad Complutense
de Madrid en mayo de 1995. Con razón; los diplomáticos, periodistas,
universitarios y agentes de los servicios de inteligencia occidentales
esperaban una evaluación objetiva del recién estrenado conflicto ente Occidente
y el Islam, publicitado por los medios de comunicación estadounidenses en 1992,
fecha en la que el peligro islámico tomó el relevo de la ya anacrónica amenaza
comunista. Obviamente, el mundo libre, las democracias
occidentales, no podían vivir sin enemigos.
Pese a las alegaciones de Huntington, el mundo
islámico se convirtió – a partir de 2001 – en el verdadero quebradero de cabeza
de las Cancillerías del primer mundo. El famoso choque anunciado por el
politólogo estadounidense degeneró en un auténtico enfrentamiento armado, del
que la guerra de Afganistán resultó ser un mero preludio. Tres presidentes norteamericanos
– George Bush, Barack Obama y Donald Trump – se tornaron en adalides de la
guerra sin cuartel contra el islamismo radical, un combate que todavía no ha
cesado. La presencia del Estado Islámico y al Qaeda en Oriente Medio y el Norte
de África es una muestra de ello. De hecho, el radicalismo islámico cuenta actualmente
con importantes ramificaciones políticas y económicas que impiden la
elaboración de estrategias coherentes y eficaces por parte del Primer Mundo.
Las ofensivas ideológicas y militares de los radicales islámicos ya no se
fraguan en las cuevas de Bora Bora, sino en las lujosas mansiones de los potentados
del Máshreq. Aparentemente, la clase política occidental ha perdido la ocasión
de idear o de crear un frente común ante el mal llamado, aunque siempre inquietante,
peligro islámico.
Al finalizar el primer año de la pandemia provocada
por el COVID 19 – inicio de la era de la seguridad sanitaria – los
políticos tratan de escamotear los estragos causados por el virus chino –
expresión ésta acuñada por Donald Trump – para centrar el interés de la opinión
pública en otro desafiante fenómeno: la incipiente guerra fría entre China y
Occidente.
El conflicto se percibía de manera completamente
distinta en la década de los 90 del pasado siglo, cuando Huntington lanzó su primera
advertencia. En aquel entonces, los politólogos barajaban la posibilidad de un
conflicto bélico entre Washington y Pekín, esgrimiendo argumentos de índole estratégica,
invocando la superioridad numérica de los ejércitos y la capacidad de destrucción
de los arsenales balísticos. Error, grave error; en este caso concreto, la
rivalidad se ha trasladado al plano económico.
En realidad, los chinos empezaron a desvelar sus planes
en la década de los 80 del pasado siglo, al iniciar una gran ofensiva comercial
en los mercados de Occidente. A la expansión de los intercambios – algunos acusan
a los chinos de practicar el dumping – venta de productos por debajo del
precio normal, prohibida por las normas del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros
y Comercio - se sumaba la compra masiva de bienes inmuebles y terrenos en los
países industrializados: Estados Unidos, Francia, Inglaterra, España. Menos
éxito tuvieron los inversores chinos en la región de Oriente Medio, donde su expansión
quedó obstaculizada por la presencia nipona.
La guerra comercial entre Estados Unidos y China
estalló en 2018, cuando Washington optó por aprobar un paquete de sanciones
económicas que afectan seriamente las exportaciones de Pekín. Si bien el
promotor de dichas sanciones fue el presidente Obama, la aplicación concreta de
las medidas de retorsión resultó ser obra del multimillonario Donald Trump,
quien no oculta, por otra parte, sus intereses económicos en China.
En el último trimestre de 2020, la economía china
experimentó un importante nivel de recuperación. Pekín centra sus esfuerzos en
incrementar la autonomía tecnológica. El presidente Xi Jinping utilizó las
palabras innovación y tecnología más de veinte veces en su discurso ante el último
Congreso del Partido Comunista Chino.
En cuanto a la globalización se refiere, Xi Jinping
señaló que prefería centrarse en el mercado interno, ya que China ya no debería
depender, para su desarrollo, únicamente de la inversión extranjera.
Estiman los analistas estadounidenses que la estrategia
de Xi Jinping de incrementar su poder e imponer el control ferrero al sector
privado podría conducir a una ruptura con Estados Unidos.
También hallamos intereses convergentes, como el deseo
de las dos superpotencias de combatir la influencia de los gigantes de la informática,
como Facebook y Google.
El equilibrio se rompe en el sector de la defensa y, muy
concretamente, a la hora de comparar el poderío naval de los dos países.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, China ha
experimentado en mayor crecimiento de sus embarcaciones de guerra. La Armada cuenta
actualmente con una gran dotación de cruceros, destructores y barcos anfibios,
a los que se suman dos primeros portaaviones, con un tercero ya en
construcción.
En 1993, China tenía 47 submarinos, incluido un
submarino de misiles balísticos clase Xia, cinco submarinos de ataque nuclear
clase Han, 34 submarinos eléctricos diésel clase Romeo de la década de 1950 y
seis submarinos del Clase Ming.
Según el Servicio de Investigación del Congreso estadounidense,
en 2019 la flota norteamericana consistía en cuatro submarinos de misiles
balísticos, seis submarinos de ataque de propulsión nuclear y 50 submarinos de
ataque eléctricos diésel.
La flota de submarinos de EE. UU. se mantendrá
bastante estática en la próxima década (2020-30), disminuyendo ligeramente de
68 a 66 el número de submarinos de todo tipo.
Los exhaustivos informes que obran en poder del
presidente electo, Joe Biden, reflejan claramente las semejanzas y disparidades
estructurales entre los dos países.
¿Serán éstas el punto de partida para la ansiada nueva
Guerra Fría?
lunes, 30 de noviembre de 2020
Que viene Biden
¿Victoria de Joe Biden? ¡Vamos! La verdad es que Bibi Netanyahu no se lo esperaba o, mejor dicho, no lo deseaba. El proyecto de anexión progresiva de Cisjordania, avalado por el actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, queda inconcluso, al igual que la creación de una alianza militar regional anti iraní, ideada por los estrategas de Tel Aviv y de Riad. Aparentemente, los intereses son convergentes, aunque no idénticos. Mientras Netanyahu denuncia el “peligro nuclear” iraní, auténtica pesadilla para el estamento castrense hebreo, la monarquía wahabita tiembla ante la expansión del chiismo en los países habitualmente controlados por el régimen feudal saudí. En efecto, en las últimas décadas, Teherán logró colocar sus peones en el tablero del Mashrek: Siria, Líbano, Yemen, la Franja de Gaza… Lo que podía haber parecido un mero enfrentamiento entre las dos grandes corrientes religiosas: chita y sunita, acabó convirtiéndose en una pugna geoestratégica. El régimen de los ayatolas propugna la revolución, la desaparición de estructuras obsoletas, mientras que la dinastía saudí apuesta por el inmovilismo. Sí, es cierto; la “joven generación” contempla algunos cambios sociales, compatibles con las rígidas estructuras monárquicas del país. Pero los ayatolas son partidarios de cambios radicales, del “borrón y cuenta nueva”.
Tras el anuncio de la derrota electoral de Donald Trump,
los protagonistas del guion crematístico ultraconservador ideado por el clan
presidencial decidieron acelerar el proceso iniciado hace un año en la conferencia
de Bahréin. Algunos de los proyectos – la paz entre Israel, los Emiratos Árabes
Unidos y Bahréin – se han materializado. A última hora, el Secretario de Estado,
Mike Pompeo, logró añadir al reciente “cuadro de caza” de la Casa Blanca un
país que se hallaba en la lista negra de Washington: Sudán. Quedaba, sin
embargo, una gran incógnita: Arabia Saudita.
El intento de acercamiento se produjo a finales de la
pasada semana, cuando el Primer Ministro Netanyahu se desplazó a Neom, una
localidad situada en las orillas del Mar Rojo, que los saudíes pretenden
convertir, tras la edificación de un gigantesco puente, en… punto fronterizo
con Egipto. El proyecto necesitaba el visto bueno de Israel. Los primeros
contactos informales entre emisarios de Riad y Tel Aviv se celebraron en
Washington, París y Roma. Tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, las
reuniones diplomáticas se convirtieron en discretos conciliábulos entre los
jefes de los servicios de inteligencia de ambos países: el Príncipe heredero de
la Corona saudí, Mohamed bin Salman, y el director del Mossad israelí, Yossi
Cohen.
El desplazamiento de Netanyahu a Arabia Saudita, un “viaje
secreto” anunciado con bombo y platillo por los medios de comunicación hebreos
con… 24 horas de antelación, no dio los resultados esperados. Las reticencias
del anciano monarca wahabita lograron contener el ímpetu de su hijo, partidario
de establecer relaciones con el Estado judío. Mas el mensaje de Riad fue claro
y conciso: “Abriremos una embajada en Tel Aviv cuando se solucione la cuestión palestina”.
Bibi Netanyahu regresó a casa con una promesa. Y un desafío: su hipotético aliado
en la guerra contra Irán reclamaba un precio excesivamente elevado.
El Primer Ministro israelí, acosado por la justicia de
su país, tendrá que hace frente a nuevas acusaciones relacionadas esta vez con irregularidades
en la compra de submarinos alemanes para la marina israelí. Un escándalo que salpica
también a los familiares de Netanyahu. Su único consuelo es la nominación,
junto al príncipe heredero de los Emiratos árabes, para el Premio Nobel de la
Paz. Una propuesta formulada el pasado fin de semana por el Lord David Trimble,
quien participó directamente en el proceso de paz entre las dos Irlandas.
Sin embargo, Bibi Netanyahu prefiere centrar su
atención en asuntos prioritarios, como la construcción de nuevas colonias
judías en Jerusalén Este, siguiendo la vieja y muy socorrida política de los
hechos consumados, o imaginar toda clase de trabas a la normalización de las
relaciones entre Washington y Teherán. El asesinato del cerebro del programa
nuclear iraní, Mohsen Fakhrizadeh-Mahavadi, refleja claramente la opción del establishment
de Tal Aviv.
El mensaje dirigido a Joe Biden es transparente:
Israel no permitirá que Irán tenga el arma nuclear y;
No hay vuelta atrás al acuerdo nuclear con Teherán.
“Si Bibi supo plantarle cara a Obama, más fácil
resultará enfrentarse a Biden”, aseguran sus consejeros.
Eso… queda por ver.
jueves, 12 de noviembre de 2020
Nagorno Karabaj: a río revuelto...
Israel ha pactado con
las fuerzas del mal, con Turquía, con los terroristas y los mercenarios sirios
para respaldar a Azerbaiyán en el actual conflicto con Armenia; eventualmente,
padecerá las consecuencias de esa alianza impía,
vaticinó el primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, en una entrevista concedida
al rotativo The Jerusalem Post unos días después de la
retirada del embajador de Armenia en Tel Aviv.
Visiblemente molesto por la
zigzagueante política exterior del Estado Judío – mayor proveedor de armas a Azerbaiyán - el político armenio llamó la atención
sobre la ambición imperialista del actual Gobierno de Ankara, señalando
que es sólo cuestión de tiempo antes de que Turquía se dirija contra Israel.
Contestando a la pregunta de los periodistas hebreos sobre
si Armenia está dispuesta a recibir la ayuda humanitaria ofrecida por Israel,
Pashinyan repuso vehementemente: ¿Ayuda humanitaria de un país que vende
armas a mercenarios que atacan a civiles? Sugiero que Israel envíe esta ayuda a
mercenarios y terroristas como una continuación lógica de sus actividades. Obviamente,
el primer ministro armenio reprueba la ética de los mercaderes de la muerte.
Las autoridades de Ereván trataron en reiteradas
ocasiones de normalizar sus relaciones con Turquía, el país al que consideran a
la vez autor intelectual y ejecutor del Holocausto armenio. Los sucesivos
Gobiernos de Ankara optaron por acercar posturas, negándose sin embargo a pedir
disculpas por las masacres perpetrados en la época del Imperio Otomano y la
revolución de los jóvenes turcos. El paréntesis histórico abierto en las
primeras décadas del pasado siglo sigue, pues, sin cerrarse. Es este uno de los
motivos – aunque no el único – de preocupación de la República de Armenia.
Convine señalar que otros actores de la zona comparten
la preocupación de los jerarcas de Ereván. De hecho, la mayoría estima que los
turcos llegaron al Cáucaso para… quedarse. Hace apenas unas horas, el Kremlin obligó
a los Gobiernos de Armenia y Azerbaiyán a firmar una tregua, asumiendo Rusia la
responsabilidad de supervisar el alto el fuego. Aparentemente, ambas partes
lamentaron el ukase de Moscú; la fiebre nacionalista se había apoderado de las
masas. Sin embargo, la perspectiva de la mediación rusa ofrecía ciertas
garantías de ecuanimidad, al contrarrestar la influencia de los llamados factores
externos. Pero los datos del problema cambiaron al día siguiente, al
anunciar Ankara su participación en el operativo de vigilancia de los acuerdos.
Bastó con una simpe llamada de teléfono del presidente Erdogan a su aliado
Putin para restablecer el preponderante papel de Turquía en el conflicto
transcaucásico. Obviamente, los turcos llegaron para quedarse.
El experimento de Nagorno
Karabaj podría ser un simple anticipo de la política expansionista deseada por
las agrupaciones islamistas de Ankara. De hecho, Igor Strelkov, ex ministro de Defensa de la
República Popular de Donetsk, estado fantasma creado tras la invasión del Este
de Ucrania por llamados elementos no identificados provenientes de la
Federación rusa, se refirió a una posible expansión turca apuntando… a la península
de Crimea. Strelkov formuló estas advertencias en el programa de televisión Intereses
rusos, transmitido por el canal YouTube.
El éxito de las tropas azerís abre amplias
oportunidades para que los turcos expandan su esfera de influencia a otras
regiones, creando amenazas directas para la Federación de Rusia, señaló, haciendo especial
hincapié en otra región en litigio: la península de Crimea. Los parlamentarios del
AKP, el partido de Erdogan, sugirieron claramente que Crimea debería volver a ser
turca. Al parecer, el presidente del país se ha adherido a su retórica,
denunciando los instrumentos diplomáticos injustos que permitieron a
Rusia quedarse con Crimea.
En este sentido, Strelkov concluye que el acuerdo de
cooperación militar entre Ankara y Kiev sobre la producción de drones turcos en
Ucrania es de vital importancia. Estamos siendo testigos de una alianza
militar emergente entre Turquía y Ucrania, afirma
Ficticia o real, la amenaza se está abriendo camino en
los círculos castrenses. Sin embargo, los estrategas están divididos. Algunos
estiman que ya es hora de castigar la prepotencia del sultán Erdogan.
Otros, probablemente más afines a la doctrina y los intereses de Ankara, se
decantan por un análisis completamente distinto, que se resum en pocas
palabras:
· Azerbaiyán utiliza armamento israelí y turco para
ganar la guerra, pero depende de Putin a la hora de mantener el acuerdo de alto
el fuego con Armenia;
· El primer ministro Pashinyán, a punto de ser defenestrado
en Ereván. Putin se queda con el control de Armenia;
· Turquía gana un pasillo de seguridad que conduce a
Azerbaiyán, pero tiene que confiar en Putin para mantener el trato.
En resumidas cuentas: Putin gana.
A río revuelto…
jueves, 5 de noviembre de 2020
Putin - Erdogan: un difícil noviazgo
Durante la segunda mitad de 2016, las autoridades de Ankara iniciaron un rápido y sorprendente acercamiento hacia el Kremlin. El cambio de rumbo de la política turca se debía, al menos aparentemente, a un episodio que los occidentales optaron por ocultar: la ayuda prestada por los servicios de inteligencia rusos al presidente Erdogan durante la intentona golpista del 15 de julio de aquel año, protagonizada por varias unidades del ejército, apoyadas por facciones de la policía nacional turca. La información de última hora facilitada por la inteligencia militar rusa sirvió para frustrar el golpe y salvar la vida del mandatario turco. Un Erdogan crecido y agradecido dirigió su afable mirada hacia el Kremlin.
Rusia acababa de
ganar un aliado; se trataba nada más y nada menos que del presidente de uno de
los baluartes de la Alianza Atlántica en la región, del país que albergaba el
mayor depósito de ogivas nucleares estadounidenses ubicado en los confines con
la antigua URSS. La luna de miel entre Moscú y Ankara se tradujo en la firma de
numerosos acuerdos de cooperación cultural, comercial y tecnológica, aunque
también en la adquisición por parte de Turquía de los sofisticados sistemas de
defensa antiaérea S – 400 rusos, capaces de localizar y derribar los rápidos
cazas de… la OTAN.
Pero los tiempos
cambian. En los últimos doce meses, Turquía se ha convertido en el mayor
obstáculo para la expansión del poderío ruso tanto en la región mediterránea y
Oriente Medio como en el Mar Negro, un “lago” en los mapas de los sultanes de
Constantinopla. Los dos Estados han acumulado una serie de desacuerdos en los
teatros de combate de Siria y Libia, así como en el conflicto que tiene por
escenario el enclave de Nagorno Karabaj.
Los turcos no
permitieron el aniquilamiento de la oposición siria, ansiado por Moscú. Por su
parte, el Kremlin ha dejado claro a Ankara que su presencia e involucramiento
en el conflicto del Cáucaso constituye una intromisión en la zona de influencia
de Rusia.
Por su parte, las
autoridades de Ankara no disimulan su malestar por el acercamiento de Moscú a
las agrupaciones armadas kurdas de Siria o por el empecinamiento del Kremlin a
la hora de exigir que sus vecinos reconozcan la soberanía de Rusia sobre la
península de Crimea.
¿Crimea? Ese antiguo
feudo greco bizantino cuya economía estaba regentada por comerciantes otomanos.
Esa tierra habitada por tártaros, hermanos de sangre de las tribus turcomanas. Renunciar
a Crimea presupone abandonar parte del legado del Imperio Otomano.
Sin embargo, las
diferencias políticas, los roces, como se empeñan en llamarlas los
diplomáticos, no impiden que Moscú y Ankara mantengan excelentes relaciones
económicas. Los proyectos de gaseoductos Blue Stream y Turkish
Stream, así como la central nuclear de Akkuyu, edificada por técnicos
rusos, se han convertido en una especie de amortiguador que protege los lazos entre
los dos países. La cooperación va viento en popa.
