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viernes, 6 de octubre de 2023

La guerra de Nagorno Karabaj: la culpa es de… Stalin

 

Al presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, se le esperaba esos días en Granada para la celebración de una ronda de negociaciones discretas con su homólogo armenio, Nikol Pashinian. Pero la invitación, cursada por Bruselas, fue rechazada por el hombre fuerte de Bakú, visiblemente molesto por el lenguaje empleado por el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel. No es este el primer fracaso de la diplomacia de la UE, que ofreció sus buenos oficios para intermediar entre azeríes y armenios y evitar un nuevo conflicto armado, aunque su objetivo oculto era reducir la influencia de Rusia en la región transcaucásica.

Cierto es que el lenguaje empleado por el belga Charles Michel nada o poco tiene que ver con las exquisitas palabras de su colega alemana, Ursula von der Leyen, que llegó a calificar a Alíyev de interlocutor digno de confianza.  

Lo cierto es que los participantes a la cumbre de Granada tuvieron que contentarse, esta vez, con la presencia del presidente armenio, Nikol Pashinian, un convidado de piedra que no eclipsó la mediática actuación del ucranio Volódimir Zelenski. Obviamente, el conflicto de Transcaucasia (aún) no vende…

Pero volvamos al escenario del enquistado conflicto de Nagorno-Karabaj, de este atroz rompecabezas donde se entremezclan factores étnicos, ideológicos y religiosos. Para algunos analistas occidentales, el principal responsable de este estado de cosas es… José Stalin, el dictador que confiaba en el internacionalismo proletario y la convivencia pacífica entre pueblos. Pero el desmantelamiento de la URSS puso de manifiesto los errores de la doctrina comunista.

La autoproclamada República de Nagorno-Karabaj – Artsaj – establecida hace 32 años por la comunidad armenia de esta región fronteriza - dejará de existir a partir de enero de 2024, al negarse sus pobladores a aceptar una reintegración pacífica forzosa a Azerbaiyán, la exrepública socialista soviética poco propensa a ofrecerles ningún tipo de autonomía ni garantías creíbles de seguridad.

En realidad, todo empezó el pasado 19 de septiembre, cuando el Gobierno de Bakú desencadenó una ofensiva contra el enclave armenio, alegando la presencia de terroristas en el suelo de Artsaj. El contingente azerí contaba con 60.000 hombres; las fuerzas armadas de Artsaj, con apenas 2.500, las fuerzas de paz rusas desplegadas en los confines de Nagorno Karabaj con Azerbaiyán, con 2.000 efectivos. La escapada bélica azerí finalizó en la tarde del 28 de septiembre, tras la derrota de las milicias de autodefensa locales y la capitulación del Gobierno regional.  

Armenia no participó en los combates ni en las negociaciones entre Azerbaiyán y las autoridades de Nagorno Karabaj. Más aún, el presidente Nikol Pashinian, reconoció a Nagorno Karabaj como parte integrante de Azerbaiyán. Sin embargo, el líder armenio no dudó en calificar la agresión de operativo de limpieza étnica, acusando al contingente de interposición ruso de no haber velado por la seguridad de los residentes del enclave. Conviene señalar que los reproches de Pashinian coincidieron con… el final de las primeras maniobras conjuntas armenio-norteamericanas, que tuvieron por escenario el territorio de Armenia, país que todavía alberga importantes instalaciones logísticas del ¡ejército ruso!

¿Hubo abandono deliberado de los pobladores de Artsaj por parte de las autoridades de Ereván, como insinúan los manifestantes congregados ante la sede de la Presidencia de Armenia?  Lo cierto es que la posición del gobierno armenio es a la vez oportunista y tramposa. Su postura ambigua respecto a la pacificación de Nagorno-Karabaj, sus recientes amistades con las potencias occidentales, sus reiteradas críticas a la Federación Rusa tratan de poner en una posición incómoda a Moscú, que no ha renunciado a su compromiso humanitario, esperando mantener su influencia en la zona.

Por su parte, Occidente vincula deliberadamente a Armenia con costosos contratos de suministro de armas, destinados a consolidar su presencia en la región transcaucásica.

Azerbaiyán, cuya población es de origen turcomano, juega la baza del apoyo político y diplomático de la Madre Patria - Turquía - y de la ayuda militar y económica de Israel. Su presidente, Ilham Aliyev, el gran ausente de la cita de Granada, advierte: Ereván es territorio azerí; lo reconquistaremos.

El otro protagonista del conflicto enquistado - Irán – se limitará por ahora a proteger sus fronteras. Definirá su papel estratégico una vez que las aguas vuelvan a sus cauces.

La opinión pública armenia culpa del éxodo de refugiados de Nagorno-Karabaj – más de 100.000 personas desplazadas al escribir estas líneas - tanto a Azerbaiyán como a la inoperancia de la UE. Bruselas se volvió especialmente dependiente de las exportaciones de hidrocarburos de Bakú después de auto privarse del gas ruso.

Todo el mundo dice que se preocupa por nosotros, los armenios, pero ¿dónde están? ¿Dónde está Francia? ¿Dónde están los EE.UU.? ¿Dónde está el Consejo Europeo?, inquieren los jóvenes armenios.

Decididamente, Transcaucasia aún no vende…


lunes, 26 de abril de 2021

Biden y el genocidio armenio: un acierto y una humillación

 

La Casa Blanca reconoció oficialmente esta semana el genocidio armenio, una masacre perpetrada hace más de un siglo – entre 1915 y 1917 – por el Ejercito del Imperio Otomano. Un reconocimiento tardío, que pone en tela de juicio la clarividencia del presidente Biden a la hora de abordar cuestiones clave para el equilibrio estratégico global. En efecto, tras haber tratado al gigante chino de peligro para los intereses de los Estados Unidos y al presidente ruso, Vladimir Putin, de asesino, el actual inquilino de la Casa Blanca pegó una patada diplomática (¡y moral!) al régimen de Ankara, afirmando que, si la decisión de emplear la palabra genocidio le desagradaba, podía retirarse de la OTAN o hacer lo que le plazca. Finalizada, pues, la era del apaciguamiento, de la política de guante blanco en las relaciones con los gobernantes turcos. El estilo Biden es/será, completamente distinto. ¿Reminiscencia de la etapa Trump? Quizás, aunque Joe Biden se comprometió a abandonar los modales de su predecesor.

En realidad, se esperaba que Biden informara al presidente Erdogan antes de anunciar públicamente la decisión de reconocer el genocidio armenio. Sin embargo, la llamada telefónica con Ankara se produjo mucho después.  Huelga decir que el ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Mevlut Cavusoglu, advirtió que cualquier medida de esta índole supondría un nuevo golpe a los ya de por sí frágiles relaciones de Washington con su aliado de la OTAN. Los altos funcionarios turcos llamaron la atención sobre el hecho de que el reconocimiento del genocidio por parte de Biden descarrilaría los esfuerzos de reconciliación entre Turquía y los representantes del pueblo armenio.  

Al parecer, muchos armenios prefieren olvidar la humillante derrota infligida en noviembre por Azerbaiyán, gracias a los drones y los asesores militares turcos y los mercenarios sirios en el disputado enclave de Nagorno-Karabaj.

Durante los combates, que se prolongaron 44 días, fallecieron 3.360 soldados armenios y 2.855 militares azerbaiyanos. También murieron cientos de combatientes sirios y decenas de civiles.

¿De qué reconciliación nos hablan? El sentimiento predominante entre los armenios es que hace 100 años los turcos querían exterminar nuestro pueblo, hacernos desaparecer de la faz de la tierra; hoy quieren hacer lo mismo, matarnos a todos, aseguran los armenios de la diáspora.

La decisión de Estados Unidos de reconocer el genocidio armenio se produce después de décadas en las que Turquía y sus lobistas de Washington chantajearon a Estados Unidos. Aparentemente, las amenazas de Ankara eran muy sencillas: si Washington usara el término  genocidio para un crimen perpetrado hace 106 años por un gobierno anterior al de la Turquía moderna, Ankara tomaría sanciones contra los Estados Unidos, cerrando sus bases militares, amenazando la seguridad de los ciudadanos norteamericanos, fortaleciendo los lazos con Irán, China y Rusia, enemigos de Washington.


Esta extraña amenaza es la que utilizó Teherán con respecto al acuerdo nuclear. Los países no occidentales aprendieron que la forma de tratar con los occidentales era aprovecharse de sus miedos. El intento de Ankara de mantener a los países del primer mundo como rehenes en relación con el genocidio armenio funcionó durante años, véase décadas. Evitó que muchos Gobiernos ofendan a Ankara al mencionar la palabra genocidio. Turquía fue mimada durante muchos años porque se vendió como clave para ayudar a Occidente en su enfrentamiento con la URSS. Cuando la Unión Soviética se desintegró, Turquía cambió su estrategia negociadora, afirmando que deseaba formar parte de la Unión Europea, de convertirse en puente entre Occidente y Asia, que al más mínimo enfado podría favorecer los designios del extremismo islámico.


De hecho, el AKP, partido capitaneado por Erdogan, que tiene sus raíces en el pensamiento islamista, podría haber culpado de las atrocidades a los gobiernos turcos anteriores. Pero no lo hizo; Occidente no comprende la mentalidad de los gobernantes de Ankara.


Conviene señalar que en Turquía hay varias versiones del holocausto: distintas, contradictorias, complementarias.


La versión oficial, defendida por todos los Gobiernos del Estado moderno, se limita a la total negación de los hechos. El genocidio armenio jamás ha existido. Los operativos de mantenimiento del orden llevados a cabo a partir de 1915 se limitaron a acabar con grupos terroristas (cristianos, léase armenios) infiltrados a través de la frontera con el Imperio Ruso. El número de bajas causadas por el Ejército otomano jamás superó la cifra de 140-150 mil.


Otra versión, exhibida por algunos catedrático e investigadores, se remite a los hechos sin facilitar cifras concretas de las bajas. Las teorías varían: algunos afirman que no se trataba de una operación planeada, sino más bien de castigos ordenados por un comandante polaco ¡cristiano! convertido al Islam.


La tercera versión, vehiculada por los propagandistas negacionistas, niega la veracidad de los documentos elaborados por la Secretaría de la Sociedad de las Naciones, acusándola de parcialidad, al defender sola y únicamente los intereses de Gran Bretaña y Francia, principales beneficiarias del desmantelamiento del Imperio Otomano. La presencia en Anatolia de una misión de analistas y politólogos ingleses durante el inicio de los enfrentamientos está debidamente documentada.

 

Durante décadas, la exigua comunidad armenia residente en Anatolia tuvo que hacer frente, al igual de las demás agrupaciones étnicas o religiosas existentes en el país, a medidas discriminatorias de toda índole. Sin embargo, resulta muy difícil, por no decir, imposible, identificar la procedencia real de dichas medidas.


Entre 1985 y 2015, hubo un periodo de acercamiento, cuando armenios de la diáspora o de la recién proclamada República de Armenia regresaron a Turquía para tratar de encontrar sus raíces. Pero la situación experimentó un notable deterioro tras la intentona de golpe de Estado de 2016. La comunidad armenia abandonó la esperanza de la normalización de las relaciones con Turquía. Por su parte, el presidente Erdogan optó por engrosar – junto con Vladimir Putin, Viktor Orban y Nicolás Maduro - la lista de los autócratas.


No, el innombrable genocidio no volverá a repetirse. Pero las viejas heridas permanecen abiertas.


jueves, 12 de noviembre de 2020

Nagorno Karabaj: a río revuelto...

 

Israel ha pactado con las fuerzas del mal, con Turquía, con los terroristas y los mercenarios sirios para respaldar a Azerbaiyán en el actual conflicto con Armenia; eventualmente, padecerá las consecuencias de esa alianza impía, vaticinó el primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, en una entrevista concedida al rotativo The Jerusalem Post unos días después de la retirada del embajador de Armenia en Tel Aviv.

Visiblemente molesto por la zigzagueante política exterior del Estado Judío – mayor proveedor de armas a Azerbaiyán - el político armenio llamó la atención sobre la ambición imperialista del actual Gobierno de Ankara, señalando que es sólo cuestión de tiempo antes de que Turquía se dirija contra Israel.

Contestando a la pregunta de los periodistas hebreos sobre si Armenia está dispuesta a recibir la ayuda humanitaria ofrecida por Israel, Pashinyan repuso vehementemente: ¿Ayuda humanitaria de un país que vende armas a mercenarios que atacan a civiles? Sugiero que Israel envíe esta ayuda a mercenarios y terroristas como una continuación lógica de sus actividades. Obviamente, el primer ministro armenio reprueba la ética de los mercaderes de la muerte.

 

Las autoridades de Ereván trataron en reiteradas ocasiones de normalizar sus relaciones con Turquía, el país al que consideran a la vez autor intelectual y ejecutor del Holocausto armenio. Los sucesivos Gobiernos de Ankara optaron por acercar posturas, negándose sin embargo a pedir disculpas por las masacres perpetrados en la época del Imperio Otomano y la revolución de los jóvenes turcos. El paréntesis histórico abierto en las primeras décadas del pasado siglo sigue, pues, sin cerrarse. Es este uno de los motivos – aunque no el único – de preocupación de la República de Armenia.

 

Convine señalar que otros actores de la zona comparten la preocupación de los jerarcas de Ereván. De hecho, la mayoría estima que los turcos llegaron al Cáucaso para… quedarse. Hace apenas unas horas, el Kremlin obligó a los Gobiernos de Armenia y Azerbaiyán a firmar una tregua, asumiendo Rusia la responsabilidad de supervisar el alto el fuego. Aparentemente, ambas partes lamentaron el ukase de Moscú; la fiebre nacionalista se había apoderado de las masas. Sin embargo, la perspectiva de la mediación rusa ofrecía ciertas garantías de ecuanimidad, al contrarrestar la influencia de los llamados factores externos. Pero los datos del problema cambiaron al día siguiente, al anunciar Ankara su participación en el operativo de vigilancia de los acuerdos. Bastó con una simpe llamada de teléfono del presidente Erdogan a su aliado Putin para restablecer el preponderante papel de Turquía en el conflicto transcaucásico. Obviamente, los turcos llegaron para quedarse.

 

El experimento de Nagorno Karabaj podría ser un simple anticipo de la política expansionista deseada por las agrupaciones islamistas de Ankara. De hecho, Igor Strelkov, ex ministro de Defensa de la República Popular de Donetsk, estado fantasma creado tras la invasión del Este de Ucrania por llamados elementos no identificados provenientes de la Federación rusa, se refirió a una posible expansión turca apuntando… a la península de Crimea. Strelkov formuló estas advertencias en el programa de televisión Intereses rusos, transmitido por el canal YouTube.

El éxito de las tropas azerís abre amplias oportunidades para que los turcos expandan su esfera de influencia a otras regiones, creando amenazas directas para la Federación de Rusia, señaló, haciendo especial hincapié en otra región en litigio: la península de Crimea. Los parlamentarios del AKP, el partido de Erdogan, sugirieron claramente que Crimea debería volver a ser turca. Al parecer, el presidente del país se ha adherido a su retórica, denunciando los instrumentos diplomáticos injustos que permitieron a Rusia quedarse con Crimea.

En este sentido, Strelkov concluye que el acuerdo de cooperación militar entre Ankara y Kiev sobre la producción de drones turcos en Ucrania es de vital importancia. Estamos siendo testigos de una alianza militar emergente entre Turquía y Ucrania, afirma

Ficticia o real, la amenaza se está abriendo camino en los círculos castrenses. Sin embargo, los estrategas están divididos. Algunos estiman que ya es hora de castigar la prepotencia del sultán Erdogan. Otros, probablemente más afines a la doctrina y los intereses de Ankara, se decantan por un análisis completamente distinto, que se resum en pocas palabras:

· Azerbaiyán utiliza armamento israelí y turco para ganar la guerra, pero depende de Putin a la hora de mantener el acuerdo de alto el fuego con Armenia;

· El primer ministro Pashinyán, a punto de ser defenestrado en Ereván. Putin se queda con el control de Armenia;

· Turquía gana un pasillo de seguridad que conduce a Azerbaiyán, pero tiene que confiar en Putin para mantener el trato.

En resumidas cuentas: Putin gana.

A río revuelto…


jueves, 5 de noviembre de 2020

Putin - Erdogan: un difícil noviazgo


 Durante la segunda mitad de 2016, las autoridades de Ankara iniciaron un rápido y sorprendente acercamiento hacia el Kremlin. El cambio de rumbo de la política turca se debía, al menos aparentemente, a un episodio que los occidentales optaron por ocultar: la ayuda prestada por los servicios de inteligencia rusos al presidente Erdogan durante la intentona golpista del 15 de julio de aquel año, protagonizada por varias unidades del ejército, apoyadas por facciones de la policía nacional turca. La información de última hora facilitada por la inteligencia militar rusa sirvió para frustrar el golpe y salvar la vida del mandatario turco. Un Erdogan crecido y agradecido dirigió su afable mirada hacia el Kremlin.

Rusia acababa de ganar un aliado; se trataba nada más y nada menos que del presidente de uno de los baluartes de la Alianza Atlántica en la región, del país que albergaba el mayor depósito de ogivas nucleares estadounidenses ubicado en los confines con la antigua URSS. La luna de miel entre Moscú y Ankara se tradujo en la firma de numerosos acuerdos de cooperación cultural, comercial y tecnológica, aunque también en la adquisición por parte de Turquía de los sofisticados sistemas de defensa antiaérea S – 400 rusos, capaces de localizar y derribar los rápidos cazas de… la OTAN.  

Pero los tiempos cambian. En los últimos doce meses, Turquía se ha convertido en el mayor obstáculo para la expansión del poderío ruso tanto en la región mediterránea y Oriente Medio como en el Mar Negro, un “lago” en los mapas de los sultanes de Constantinopla. Los dos Estados han acumulado una serie de desacuerdos en los teatros de combate de Siria y Libia, así como en el conflicto que tiene por escenario el enclave de Nagorno Karabaj.

Los turcos no permitieron el aniquilamiento de la oposición siria, ansiado por Moscú. Por su parte, el Kremlin ha dejado claro a Ankara que su presencia e involucramiento en el conflicto del Cáucaso constituye una intromisión en la zona de influencia de Rusia.

Por su parte, las autoridades de Ankara no disimulan su malestar por el acercamiento de Moscú a las agrupaciones armadas kurdas de Siria o por el empecinamiento del Kremlin a la hora de exigir que sus vecinos reconozcan la soberanía de Rusia sobre la península de Crimea.

¿Crimea? Ese antiguo feudo greco bizantino cuya economía estaba regentada por comerciantes otomanos. Esa tierra habitada por tártaros, hermanos de sangre de las tribus turcomanas. Renunciar a Crimea presupone abandonar parte del legado del Imperio Otomano.

Sin embargo, las diferencias políticas, los roces, como se empeñan en llamarlas los diplomáticos, no impiden que Moscú y Ankara mantengan excelentes relaciones económicas. Los proyectos de gaseoductos Blue Stream y Turkish Stream, así como la central nuclear de Akkuyu, edificada por técnicos rusos, se han convertido en una especie de amortiguador que protege los lazos entre los dos países.  La cooperación va viento en popa. 

Con el paso del tiempo los gobernantes de ambos países aprendieron a dialogar, a dividir las trabas en dos categorías: las problemáticas, que podrían desembocar en la confrontación ¿bélica? y las mutualmente aceptables, que se solucionan mediante la cooperación. Ambos países entienden que el diálogo es necesario, ya que la congelación de las relaciones no conducirá a nada bueno. En definitiva, Moscú y Ankara tratan de emular el ejemplo de los zares y los sultanes otomanos, acostumbrados a apostar por la convivencia durante los períodos de calma entre… dos conflictos. 

lunes, 19 de octubre de 2020

Nagorno Karabaj: el cauto silencio de Irán

 

Resulta sumamente difícil explicar a un europeo, a un español, qué se siente al estar involucrado – directa o indirectamente – en un conflicto bélico. Y más difícil aún, si se ejerce esta noble profesión de periodista, de reportero, de testigo, de notario.

Hace unos años, al regresar a Madrid después de una prolongada estancia en Oriente, me tocó esclarecer las dudas de una joven compañera que, después de la presentación de un libro sobre conflictos bélicos (he presenciado unos cuantos) estaba empeñada a obtener una respuesta clara y contundente a su pregunta: A su juicio, ¿quiénes son los buenos y quiénes los malos? Le sorprendió mi respuesta: En las guerras, no hay buenos ni malos; sólo hay combatientes. Mi comentario no la satisfizo; no nos volvimos a encontrar.

Los buenos y los malos… Me acordé de aquella apreciación – poco simplista a mi juicio – durante las largas temporadas dedicadas a cubrir la información en distintos frentes: guerras, revoluciones, conflictos intercomunitarios. Y me ratifico: en las guerras no hay buenos ni malos: sólo combatientes y… muchos intereses. Una infinidad de intereses.

El conflicto de Nagorno Karabaj, una guerra hibrida iniciada en 1991, es un ejemplo palpable de conflicto sin buenos ni malos. Si bien ambas partes tienen razón – cada cual a su manera – las dos se equivocan a la hora de tratar de solucionar la disputa territorial mediante una confrontación armada. Sobre todo, teniendo en cuanta los intereses poco altruistas de los actores externos: Rusia, Estados Unidos, Turquía, Francia, nuestra querida Unión Europea. Los grandes han introducido en esta pugna otros componentes: zonas de influencia, petróleo, bases militares, suministro de armas, etc. Sin embargo, hoy por hoy, los grandes prefieren no mover ficha: nadie quiere atizar el fuego.

El único país de la región que optó por quedarse al margen del conflicto fue Irán. La republica islámica mantiene buenas relaciones tanto con las autoridades de Bakú como con las de Ereván.

Por muy extraño que ello parezca, los lazos con Armenia son más estrechos que las hasta ahora accidentadas relaciones con Azerbaiyán, país musulmán ¡y chiita! que salió de la orbita de la ex Unión Soviética para apostar por una alianza estratégica con… los Estados Unidos. Pésima decisión esta, para un vecino del país de los ayatolás.

Los vínculos entre Teherán y Ereván nada tienen de atípico. El Irán imperial, por no decir, el antiguo Imperio persa, contaba con una nutrida colonia armenia. En la última época del Sha, los armenios gozaban de un estatuto privilegiado. Tenían su propia universidad, medios de comunicación – televisión y prensa – colegios, representación parlamentaria. Muchos iraníes tardaron en asimilar el sorprendente éxodo masivo de sus compatriotas armenios. Con el paso del tiempo, acabaron comprendiendo el porqué del fenómeno migratorio.  

En las últimas décadas, la República islámica trató de potenciar los intercambios comerciales con Armenia. Irán exportaba gas natural y recibía a cambio energía eléctrica producida por la central nuclear armenia de Metsamor. Por si fuera poco, Irán abrió sus puertos a la exportación de productos armenios; una asociación privilegiada no cuestionada hasta ahora por los radicales islámicos.

Distinto es el caso de Azerbaiyán, que debía aparecer como aliado natural del régimen de los ayatolás. Y ello, por varias razones. En primer lugar, porque los azeríes representan el mayor grupo étnico residente en Irán. Sin embargo, las autoridades azeríes se han visto obligadas a desmantelar recientemente varios grupos de corte islamista potenciados por Teherán, cuestionar el estatuto jurídico de la minoría azerí del vecino Irán, exigir la celebración de consultas bilaterales sobre la delimitación de las aguas territoriales del Mar Caspio o minimizar el impacto de escaramuzas protagonizadas por las fuerzas armadas de los dos países.   

A los gobernantes de Bakú les ha molestado siempre que el discurso iraní a favor de la defensa de los musulmanes oprimidos alude siempre a Palestina, Cachemira o los rohinga, pero hace caso omiso de la cuestión de Nagorno Karabaj.

¿Simple pragmatismo del régimen de los ayatolás? Irán no puede considerarse ajeno a un conflicto que constituye una amenaza seria para su propia seguridad. Desde sus inicios, Teherán se ha preocupado por la posible presencia de tropas extranjeras o mercenarios al otro lado de su frontera, así como por la necesidad de proteger a las poblaciones adyacentes a ella. Aunque Irán haya reiterado, diez días después del inicio de los combates de Nagorno Karabaj, su neutralidad en el conflicto, la declaración del Gobierno islámico hace hincapié en la integridad territorial de Azerbaiyán, lo que representa una toma de posición de facto a favor de Bakú. Un reconocimiento implícito, que trata de reforzar la tesis de que en las guerras no hay buenos ni malos. Sólo hay intereses…