jueves, 3 de agosto de 2023

El siglo de Turquía (II) Mirando hacia La Meca

 

La próxima cumbre Putin-Erdogan se celebrará próximamente en un lugar de Anatolia. Lo acaba de anunciar el portavoz del Kremlin, resumiendo un extenso diálogo mantenido por el zar de todas las Rusias y el sultán del renaciente Imperio Otomano o, tal vez del Gran Turán, el nuevo engendro de los ideólogos de Ankara, que irrita sobremanera a los estrategas moscovitas. Con razón: el Gran Turán es una nueva variante de los dominios del Imperio; un proyecto de tipo confederal que, lejos de contemplar una islamización tosca y la sumisión total, presenta una forma suave y civilizada de mahometismo, más acorde con la tradición laxista de la Sublime Puerta o del Estado Moderno fundado por Mustafá Kemál Atatürk.

La reciente presentación del mapa del Gran Turán, comercializada en las librerías y los zocos de Turquía, ha causado sorpresa, incredulidad e incluso ira en la planta noble del Kremlin. En efecto, el hipotético dominio de los nuevos otomanos se extiende a tierras de los Urales, las antiguas repúblicas caucásicas de la URSS, pobladas por tribus turcomanas, gran parte del suelo iraní y la zona norte de la República Popular China habitada por los uigures. El proyecto, que destaca la importancia geopolítica de Turquía, neutralizará casi por completo a Rusia y a Irán, limitando las pretensiones geopolíticas de China. No hay que extrañarse, pues, si en Moscú se habla de los delirios de grandeza de Erdogan.

El conflicto de Ucrania podría tener una nueva víctima: el vínculo entre Putin y Erdogan, advertía recientemente el Washington Post. Craso error. Sin embargo, el aparente cambio de rumbo del presidente turco al tratar de allanar al menos, aparentemente, el ingreso de Suecia a la OTAN, ha generado en Occidente una oleada de comentarios sobre un posible distanciamiento de Turquía de Rusia y un hipotético regreso al redil atlantista. ¿Cuánto tiempo puede durar la relación especial entre Vladimir Putin y Erdogan?, preguntaban los articulistas del primer mundo, incapaces de comprender que el líder turco está manejando las relaciones internacionales de Ankara de la manera que considera más benéfica para los intereses de Turquía y, sobre todo, para su propia supervivencia política.

¿Alejarse del Kremlín a cambio de los 13.000 millones de dólares ofrecidos casi in extremis por Joe Biden para sanear el estado de las finanzas de Ankara o por la flotilla de cazas F-16 apalabrada con Washington desde hace más de un año? El guion resulta bastante extravagante. Para los turcos, Rusia es y seguirá siendo el gran vecino al que le unen importantes lazos históricos. Un vecino amable en tiempos de paz, un temible rival, en épocas de conflicto.

Al evaluar la importancia de las relaciones con los países de la región, Erdogan sigue las normas de la sabiduría musulmana: Más vale estar a buenas con los vecinos que con la familia.  Y los vecinos, Rusia, Bulgaria, Rumanía, Israel, Egipto, Arabia Saudita, cuentan con la transigencia de Turquía.

Las relaciones con Moscú y Pekín se perfilarán en el mes de agosto, durante la cumbre de los Estados de BRICS, que estudiará la solicitud de adhesión de Ankara al nuevo bloque económico que pretende acabar con el mundo unipolar ideado por Washington.

Pero los proyectos de Erdogan no se limitan a definir el porvenir de las relaciones con China y Rusia: hay más vecinos con los que pretende entablar lazos de amistad y, ante todo, de cooperación económica y financiara Es el caso de Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo Pérsico. 

Recientemente, el gigante petrolero saudí ARAMCO se reunió con 80 contratistas turcos para evaluar la posible puesta en marcha de proyectos por un valor de 50.000 millones de dólares.  Se nos invita a participar a la construcción de refinerías, oleoductos, edificios administrativos, obras de infraestructura, señala el presidente de la Asociación de Contratistas de Turquía, Erdal Eren.  

ARAMCO, la tercera empresa petrolera del mundo, pretende apoyar a las empresas turcas, afectadas tanto por los vaivenes de la guerra en Ucrania como por los terremotos que se cobraron la vida de unas 50.000 personas a comienzos de este año. Un detalle importante, teniendo en cuenta que las dos principales potencias regionales – Turquía y Arabia Saudita - se habían distanciado en los últimos tiempos debido a los vínculos del clan Erdogan con la secta de los Hermanos Musulmanes, desaprobada por la monarquía wahabita, y el asesinato, en 2018, en el consulado saudí de Estambul del periodista Jamal Khashoggi, opositor de la Casa Real saudí. 

El interés de ARAMCO en involucrar a las empresas turcas puede interpretarse como parte de los intentos de reconciliación entre Ankara y Riad. Sabido es que Erdogan está buscando alternativas para aliviar la presión ejercida por las instituciones financieras del primer mundo sobre la economía turca. En este contexto, los contratos con los países del Golfo Pérsico, incluida ARAMCO, forman parte de la estrategia postelectoral del presidente turco para tratar de neutralizar los efectos negativos de las presiones económicas.  

Por otra parte, conviene señalar que el heredero de la Corona saudí, Mohammed bin Salman (MBS), ha sido más que generoso con el sultán, al regalarle el pasado año 5 millones de dólares, invertidos en proyectos industriales turcos.


En la República Turca del Norte de Chipre, territorio ocupado por Ankara desde la invasión de 1974, proliferan los bancos saudíes y libaneses. Además, durante la era Erdogan, Turquía se ha convertido en un gran mercado para las mezquitas “prefabricadas” en Arabia Saudí.


Cierto es que, durante la reciente campaña electoral, Erdogan mencionó solo a dos amigos extranjeros - Rusia y los países del Golfo - como fuentes de financiación de la economía. Se puede decir que Putin y las monarquías del Golfo le ayudaron a ganar la consulta electoral, asegura el analista económico Soner Cagaptay, quien confía en la profundización de los lazos turco-sauditas y turco-emiratíes en el futuro. Es la opción estratégica que otorgaría a Turquía la independencia frente a Occidente, añade 


Pero, ¿qué persiguen exactamente los saudíes al normalizar sus relaciones con Ankara? ¿A qué se debe la repentina generosidad del príncipe bin Salmán? ¿Ingenuidad, solidaridad, visión geoestratégica? Es preciso recordar que los saudíes financiaron, en las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, la construcción de la bomba atómica paquistaní la llamada bomba islámica.  También podrían decantarse por sacar a flote la maltrecha economía turca o… dedicar ¿por qué no? parte de su riqueza a la creación del por ahora estrafalario Gran Turán.

 


jueves, 13 de julio de 2023

El siglo de Turquía (I) Recuperar el esplendor del Imperio

 

Cuando las autoridades de un país industrializado sorprenden a sus socios con un paquete de fundadas (o  infundades) reivindicaciones, los heraldos gubernamentales suelen hablar de exigencias inesperadas. Cuando un país no perteneciente al primer mundo, véase Turquía, sorprende a sus socios con demandas justas (o  justificadas) que entorpecen ¡ay! el buen funcionamiento de los engranajes burocráticos de Uniones, Alianzas u organismos internacionales, su discurso se traduce por el despectivo giro chantaje de última hora.

Es lo que sucedió recientemente con el veto de Ankara a la adhesión de Suecia a la Alianza Atlántica, bloqueada por los turcos al alegar el escaso interés del país escandinavo de acabar con el núcleo terrorista léase, presencia de nacionalistas kurdos en las instituciones suecas. La OTAN había dado por zanjada la crisis, considerando que la nueva normativa jurídica adoptada por las autoridades suecas debía contentar al ejecutivo de Ankara. Sin embargo, Erdogan exigía más, mucho más. En lenguaje diplomático, ello se traducía por la neutralización o total desaparición del grupo de presión kurdo de Estocolmo. Pero los suecos no daban su brazo a torcer. En jerga geopolítica, la factura de la membresía sueca a la OTAN incluía la venta de una treintena de cazas F-16 estadounidenses al Ejército turco – bloqueada por la Administración Biden – y el compromiso de los escandinavos a apoyar el reinicio de las negociaciones sobre la adhesión de Turquía a la Unión Europea, un proceso congelado en 2018 por la Canciller Angela Merkel, quien alegó la falta de compromiso de Ankara con las reformas europeas en materia de los derechos fundamentales. Un comodín éste, que franceses y alemanes suelen emplear muy a menudo para obstaculizar el diálogo con Turquía. Sin embargo…

En las actuales circunstancias, Occidente se vio obligado a ceder ante las exigencias del sultán. Va de la unidad de la Alianza; si al envío a las calendas griegas de la petición de ingreso de Vlódimir Zelenski se suma el bloqueo de la adhesión de Suecia, la imagen de monolitismo de la OTAN resulta muy dañada. Turquía tendrá, pues, sus F-16 y… una promesa más o menos firme de Estocolmo de potenciar la reanudación del diálogo entre Ankara y Bruselas.

Pero dialogar no significa, forzosamente, pactar. Los negociadores turcos lo saben.  Ankara presentó su solicitud de ingreso en 1987 y tardó doce años en recibir el estatus de candidato. Las negociaciones se abrieron ya en 2005 y no han parado de tener altibajos. El club cristiano de Bruselas se ha mostrado siempre muy reacio al ingreso de Turquía, país que utiliza como dique de contención contra la avalancha de refugiados e inmigrantes provenientes de Oriente Medio y Asia en el prospero huerto de la gran familia europea. Las reformas de Mustafá Kemal Atatürk jamás convencieron a los occidentales. A la hora de la verdad, el factor religioso pesa más que los cambios estructurales, la adecuación del sistema institucional a las normas europeas. En pocas palabras: el gran fallo de los turcos es… ¡ser musulmanes!

Conscientes del gran hándicap intelectual de los centroeuropeos, los sucesivos Gobiernos de Ankara hicieron suya la famosa máxima del humorista español, adaptándola a su manera: Si doña Europa no nos quiere, renunciamos generosamente a la mano de doña Europa.  Y así pasaron varias décadas…

El que esto escribe recuerda una conversación sostenida en el silencio de la noche de Ankara, pocas fechas después de la victoria del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), con el ex primer ministro turco, Bülent Ecevit, uno de los impulsores de la política europeísta de Ankara. Ecevit no dudaba de la voluntad de sus rivales islamistas de proseguir el diálogo con Europa. ¿Un fracaso de las negociaciones? Lo dudo. Hay consenso a nivel de la clase política turca: la meta es Europa, afirmaba el catedrático y poeta que ostentó tres veces el cargo de primer ministro. De todos modos, habrá otras opciones. Mire, Asia es un gran continente con el que tenemos importantes lazos históricos. Y, además, podría haber otras opciones…

Ecevit me habló aquella noche de los países o regiones en las que el Imperio Otomano y la Turquía moderna influyeron con su presencia colonial o su diplomacia; Afganistán, Libia, Azerbaiyán, Qatar, Somalia, Djibutí, los tártaros y las comunidades musulmanas de Rusia o los Balcanes. La lista resultó ser muy larga. Pero la opción aún no tenía nombre.

En realidad, la alternativa empezó a esbozarse una década más tarde, cuando los ideólogos del AKP pusieron de moda la expresión neo-otomanismo. La nueva doctrina pretendía recuperar el esplendor del Imperio Otomano, influir en los territorios históricamente administrados por Estambul o Ankara, convertir la Turquía moderna, potencia regional en ciernes, en una potencia global. Para ello, el aparato de propaganda del AKP ha ideado el slogan: El siglo de Turquía.

El proyecto fue lanzado poco después de la consulta popular celebrada en el mes de mayo, cuando los seguidores de Erdogan lograron un nuevo mandato legislativo. Se trata del tercer renacimiento turco, afirman orgullosamente los militantes islamistas.

İhsan Aktaş, profesor de periodismo en la Universidad Medipol de Estambul e incondicional del presidente Erdogan, explica: Personalmente, estimo que la primera era turca comenzó con la alianza formada con Bagdad en Transoxiana, una región histórica repartida actualmente entre Uzbekistán, Kazajistán, Turkmenistán, Kirguistán y Tayikistán. 

La segunda coincidió con los siglos XIV al XVI cuando los otomanos influían en la política de la mayoría de los imperios. Sabemos que los europeos no podían prescindir de Turquía desde la Edad Media y que los otomanos influenciaron a los europeos durante 400 años, después de la Paz de Westfalia.

Creo que el tercer renacimiento de los turcos se dará en esta época.

Para Aktaș, el porvenir de Turquía se forjará en las antiguas plazas fuertes de los otomanos. Si doña Europa no nos quiere… En fin, esto queda por ver. De momento, conviene centrarse en los logros del chantaje de última hora de Erdogan, como lo calificó, muy cariñosamente, el jefe supremo de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, olvidando el desafío lanzado desde la tribuna de las Naciones Unidas por Erdogan a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: El mundo no se limita a cinco (superpotencias).

De hecho, antes de ganar las elecciones del pasado mes de mayo, Erdogan se había planteado seriamente la posibilidad de adherirse al grupo de los BRICS, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, opción que provocó en auténtico terremoto en Washington. Erdogan, ese amigo de Putin, nos está traicionando, bramaban los altos cargos de la Administración.

Pero, ¿quién avalaría este cambio de bando, este estrepitoso abandono de Occidente?  ¿Moscú? ¿Pekín? Aparentemente, ninguno de los grandes. Y si fuera… ¡La Meca!


miércoles, 7 de junio de 2023

La desdolarización – novedades en el frente del Este


Si alguna vez ves a un banquero suizo saltar por la ventana, salta detrás. Seguro que hay algo que ganar, solía decir Voltaire. El filósofo francés, confinado en la fronteriza aldea de Ferney, llegó a conocer a los gnomos de la finanza helvética. Les tenía muy poco aprecio. En realidad, a nadie se le ocurre tener un romance con su banquero. Para Voltaire, el libre pensador, resultaba inconcebible lisonjear a un banquero, a un ser inmerso en el poco imaginativo mundo de los números. Pero tenía que reconocer que los cálculos de los financieros ginebrinos no fallaban. O, mejor dicho, no siempre…

Durante la Segunda Guerra Mundial, los bancos suizos cometieron dos graves errores: se equivocaron al aceptar los depósitos de muchos judíos europeos, perseguidos por el terror nazi, sospechando que las víctimas del Holocausto no estarán en condiciones de reclamar los fondos disimulados en las cajas fuertes de la Confederación helvética y, por otra parte, al acoger parsimoniosamente el dinero, el oro y las alhajas entregadas en custodia por los oligarcas nazis. Huelga decir que los depósitos de los hitlerianos causaron más quebraderos de cabeza que el dinero de los judíos. Norteamérica se lanzó a la busca y captura del oro del Reich incluso antes del final de la guerra.

Los supervivientes del Holocausto o, mejor dicho, sus descendientes, tuvieron que esperar hasta finales de la década de los 90. En ambos casos, los gnomos se habían equivocado. ¿Simple error de cálculo?

En 1970, el canciller germano Willy Brandt firmó un acuerdo histórico con Moscú, en el que la República Federal se comprometió extender el gasoducto Soyuz hasta el Estado de Baviera. Corrían los años de la Realpolitik, de la política centrada en el entendimiento entre potencias y la prosecución de los intereses nacionales. Alemania necesitaba el gas natural; la URSS estaba dispuesta a suministrarlo. La firma del acuerdo no resultó ser del agrado del aliado transatlántico de Occidente, dispuesto a convertirse en principal exportador de gas.  

La gestión de los fondos destinados a la materialización del proyecto recayó en uno de los tres grandes bancos suizos. Preguntados por la oportunidad o la temeridad del proyecto, el administrador suizo contestó: Es un acuerdo sólido; no hay ningún peligro de incumplimiento. Y no lo hubo durante décadas.

En la misma época, la Reserva Federal estadounidense renunció a la cobertura oro del dólar. El franco suizo mantuvo la cobertura, confiando en convertirse – junto con el dólar – en moneda universal de reserva. Otra aspiración frustrada por los artífices del Acuerdo de Bretton Woods.

En fechas más cercanas, los sucesores de los gnomos que – según Voltaire – tenían la molesta costumbre de saltar por la ventana, se sumaron a las sanciones económicas impuestas por la Casa Blanca al Kremlin, optando por la congelación de los fondos depositados por los oligarcas rusos y su entrega a un posible proyecto de reconstrucción de Ucrania. ¿La proverbial neutralidad helvética? Algunos gnomos sugirieron también renunciar a este concepto; convendría participar al envío de armas a Kiev. ¿Otra equivocación?

Otro fantasma recorre actualmente el finito universo de las finanzas suizas: el amenazador proyecto de la desdolarización de las transacciones internacionales. Se trata de una iniciativa cuya paternidad reclaman los principales promotores del BRICS - Rusia y China - cuya precipitada puesta en práctica se debe, ante todo, al deseo de contrarrestar el impacto de las sanciones económicas impuestas a Moscú

Durante la reunión de los ministros de asuntos exteriores de BRICS, celebrada la semana pasada en Shanghái, se informó los participantes que las autoridades de cuarenta y un países acogerían con agrado la creación de una divisa común de esta agrupación. Los autores del informe, expertos del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), creado en 2014 por los miembros fundadores del BRICS - Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica – barajan dos alternativas: la posibilidad de utilizar las divisas nacionales para los intercambios comerciales o de adoptar una moneda común, que no pertenezca a un solo Estado. El objetivo primordial: acelerar la erosión de la hegemonía mundial de los Estados Unidos emanante de los acuerdos de Bretton Woods, crear una arquitectura multilateral global, evitar la imposición de medidas y sanciones unilaterales por parte de Occidente, promover el establecimiento de un nuevo orden global favorable a los países del Sur, dispuestos a identificarse con este proyecto.

En realidad, los sistemas alternativos llevan meses funcionando, debido a la creciente desconfianza hacia las herramientas financieras occidentales. A las consideraciones de índole meramente financiera se suman varios factores geoestratégicos. En sus relaciones con la Europa comunitaria, China trata de promover el concepto de autonomía estratégica frente a los Estados Unidos, considerando que el Viejo Continente debe seguir su propia vía en materia de política internacional.

Norteamérica trata por todos los medios de desarticular el BRICS, considerando que el bloque es el principal artífice de la política de desdolarización. Para los politólogos, la cuestión en mucho más compleja. Estiman que Pekín apuesta por la separación de Estados Unidos y Europa, que debilitaría al bloque occidental y aumentaría la influencia de China en el mundo.

El representante especial de China para Asuntos Euroasiáticos, Li Hui, visitó recientemente Varsovia, Berlín, París y Bruselas con un mensaje claro para los gobernantes europeos: “Beijing es una alternativa a Washington”. 

Conviene recordar que las relaciones de China con Occidente no eran muy buenas antes de febrero de 2022. En 2021, Bruselas congeló el acuerdo financiero con China aprobado por el Parlamento Europeo, considerando que las relaciones con Pekín no eran beneficiosas para Washington. 

Los estadounidenses insisten, por su parte, en que es imposible que las empresas europeas se asocien con China. Mientras tanto, las grandes corporaciones norteamericanas tratan de reanudar los viajes a China, haciendo todo lo posible para establecer acuerdos de cooperación con representantes de la economía más grande del mundo.

Actualmente, China - como una de las principales economías del mundo – es la única capaz de contrabalancear el poderío económico y financiero de los Estados Unidos.

Los directivos del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), competidor en ciernes del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, hacen hincapié en la necesidad de desdolarizar los intercambios internacionales, recordando que un tercio de los préstamos concedidos por la nueva institución financiera son en moneda local.

En resumidas cuentas: algo se mueve en el sigiloso mundo de la banca. Un desafío para los gnomos de las finanzas helvéticas y para muchos de sus colegas occidentales. 

miércoles, 31 de mayo de 2023

El incombustible sultán Erdogan

 

En noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) liderado por Recep Tayyip Erdogan, se alzó con la victoria en las elecciones generales convocadas en Turquía tras la crisis provocada por el desmembramiento de la coalición integrada por DSP-MHP-ANAP, agrupaciones políticas de distinto corte político, que defendían el carácter laico del país, el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, se apresuró en enviar un mensaje a sus socios comunitarios, reclamando la rápida adhesión de Ankara a la Unión Europea.

El Sr. Erdogan en un islamista moderado, cuyo ingreso en la UE facilitaría nuestros intereses en la región de Oriente Medio, rezaba el mensaje del inquilino de la Casa Blanca. La misiva fue acogida con recelo en Bruselas. Para las altas instancias comunitarias, se trataba de una intolerable injerencia de Bush en los asuntos internos de la Unión. Y más aún, teniendo en cuenta que Erdogan, ex alcalde de Estambul, había sido inhabilitado por la Corte Suprema de Turquía por manifestaciones de apoyo al islamismo, incompatibles con la normativa jurídica del Estado laico fundado en 1923 por Mustafá Kemal Atatürk.

Por otra parte, el establishment de Bruselas se había familiarizado con el programa electoral del AKP, que contemplaba la remusulmanización de Turquía y la islamización de la diáspora. Una amenaza potencial ésta para los países comunitarios, que acogen alrededor de 4 millones de emigrantes procedentes de Anatolia.       

¿Una emigración islamizada? Aparentemente, el peligro es mínimo. La mayoría de los emigrantes turcos se rige por las normas de la moderación religiosa, es decir, poco propensa a interferir con las creencias de los países de inmigración. Sin embargo, el miedo al otro, al ser diferente, alimenta el discurso de las agrupaciones radicales. La preocupación real de los gobernantes es otra: se trata del desequilibrio de la balanza comercial entre los países comunitarios y el Estado turco. Un estado de cosas que provoca pavor en los círculos empresariales. Turquía en un competidor serio y temible.

En las dos últimas décadas, el moderado Erdogan logró convertirse en el fiscal del proteccionismo comunitario, detractor de las políticas de defensa de la OTAN, aliado y sostén le Kremlin, amigo de los ayatolás de Teherán, aliado de las monarquías del Golfo Pérsico que rechazan la hegemonía de Arabia Saudita, líder de una potencia regional que trata de resucitar y relumbrar la grandeza de las glorias de antaño, del resplandeciente Imperio otomano.

Después de la intentona golpista de 2016, ideada – según el sultán y sus secuaces – por los servicios de inteligencia occidentales, Erdogan se ha ido distanciando aún más de los miembros de la UE.

La decisión de Angela Merkel de congelar las negociaciones para la adhesión de Turquía a la UE fue interpretada como una auténtica declaración de guerra. Por si fuera poco, en la OTAN se oyeron voces reclamando insistentemente la salida de Ankara del sistema de defensa atlántico. Pero en este caso concreto, Washington se sintió obligado a calmar la revuelta. Turquía sigue siendo una pieza clave en la estructura de defensa de Occidente. Por otra parte, el papel de mediador ejercido por Erdogan en el conflicto de Ucrania le convierte en juez y árbitro del juego peligroso que opone la Casa Blanca al Kremlin.

Si bien Turquía tiene que hacer frente a una crisis económica sin precedentes, Recep Tayyip Erdogan ha aprovechado la campaña electoral para recordar los excelentes resultados obtenidos por la industria de defensa, que sale fortalecida del forcejeo entre Rusia y Occidente. Erdogan ha sido el político turco más poderoso durante las dos últimas décadas. Parece poco probable que cambie drásticamente de rumbo tras su reelección.

El Occidente, que ha apostado por el candidato kemalista Kemal Kilicdaroglu, jefe de fila del Partido Republicano del Pueblo, ha tenido que rectificar el tiro tras la victoria electoral de Erdogan. No cabe duda de que las capitales europeas hubiesen preferido tratar con las agrupaciones laicas capitaneadas por los kemalistas, predispuestas a un acercamiento con las posturas de Washington y de Bruselas.

Al cumplirse cien años de la fundación del Estado moderno, Turquía recupera, merced a su política neo-otomanista del AKP, su pompa imperial. Mas el fasto de las celebraciones no logrará acallar las críticas de la oposición, que denuncia la constante erosión de las normas democráticas, la persecución de los disidentes, la discriminación de la comunidad LGBTI, la situación de la comunidad kurda. De hecho, Erdogan aprovechó su primer contacto telefónico con su rival Kilicdaroglu para exigir información detallada acerca del acuerdo firmado por los kemalistas con el partido kurdo. ¿Es cierto que os habéis comprometido a excarcelar a sus líderes? preguntó Erdogan, acérrimo enemigo de las agrupaciones paramilitares kurdas que operan en Turquía y Siria.

Tanto Erdogan como Kilicdaroglu se comprometieron a iniciar el proceso de repatriación de los refugiados sirios – alrededor de 3,5 millones de personas desplazadas – que perderán la protección de los organismos internacionales. Uno de los problemas más acuciantes es, sin duda, la escasez de viviendas en el país vecino, asolado por el terremoto del pasado mes de febrero, pero ante todo por la destrucción masiva provocada durante el conflicto interno. Un auténtico quebradero de cabeza para el sultán, que inicia su tercer mandato en un ambiente de crisis y desconfianza.

Pero en incombustible Erdogan seguirá gobernando Turquía cinco años más. Guste o no a la Casa Blanca; guste o no al club cristiano de Bruselas.

martes, 23 de mayo de 2023

Moldova: entre los hechizos de Mimi y las garras del Kremlin


Europa es Moldova - Moldova es Europa. El slogan coincidió con el aterrizaje en el aeropuerto internacional de Chișinău, la capital de la República Moldova, de un nutrido grupo de asesores comunitarios. No se trataba, al parecer, de expertos enviados por Bruselas, sino de los sherpas encargados de preparar la Cumbre de la Comunidad Política Europea, que se celebrará la próxima semana en el castillo de Mimi, auténtica joya arquitectónica que evoca los tiempos de gloria de Besarabia, el territorio arrebatado por los zares de Rusia al Principado de Moldavia en 1812.

El castillo de Mimi, escenario de la primera cumbre paneuropea organizada en suelo moldavo, no pertenecía a una adinerada cortesana afincada en esa tierra de viñedos. Su propietario fue el aristócrata Constantin Mimi, un empresario que ostentó el cargo de gobernador de la provincia en la época del imperio ruso. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando Besarabia volvió a integrar el reino de Rumanía, el exgobernador Mimi recibió con todos los honores al rey Carlos II, soberano de los principados de Valaquia y Moldavia, quien no dudó en nombrarle presidente del Banco Nacional de Rumanía. No hay que extrañarse, pues, si después de proclamar su independencia, en 1991, Moldova, antigua república de la URSS, haya barajado la opción de una hipotética reunificación con la occidentalizada y conservadora Rumanía, país que se había decantado por una política más proamericana que pro europea. Pero no fue esta la opción de los poderes fácticos, partidarios de añadir una estrella a la bandera azul de la UE.

El pasado fin de semana, la presidenta Maia Sandu apareció ante las cámaras de la televisión estatal moldava para informar a sus compatriotas que la Cumbre de la Comunidad Política Europea es a todas luces una señal de solidaridad y apoyo de Europa con su país, destacando que la prioridad para Moldova sigue siendo la integración en la infraestructura de la UE. De hecho, la mandataria espera poder formalizar la candidatura de ingreso en el “club de Bruselas” antes de finales del año.

Sandu señaló que los 50 jefes de Estado y de Gobierno que confirmaron su presencia en este encuentro abordarán asuntos relacionados con la seguridad regional, temas relativos al suministro de energía, así como la elaboración de nuevos proyectos de cooperación transfronteriza.

El mero hecho de que esta cumbre se celebre en las inmediaciones de la frontera con Ucrania constituye en mensaje claro para nuestros pueblos – moldavo y ucranio – de que no estamos solos, manifestó la presidenta. Sin embargo, Maia Sandu prefirió eludir la respuesta a la pregunta del comentarista de la televisión: ¿Acudirá Zelensky?

Cabe suponer que la contestación de la primera mandataria habría que buscarla en la cada vez más frecuentes alusiones a los intentos de desestabilización llevados a cabo – según las autoridades de Chișinău – por los servicios secretos de la Federación Rusa. El fantasma del golpe de Estado auspiciado por el Kremlin se ha convertido en el mantra de la clase política moldava. Aparentemente, la amenaza es real.

Desde la proclamación de la independencia, la República Moldova ha sido escenario de constantes luchas intestinas entre partidos proccidentales y agrupaciones políticas afines a la ideología del Kremlin. De hecho, para Vladimir Putin, la actual presidenta moldava, economista educada en Harvard, es la oveja negra que conviene neutralizar. Pero el dueño del Kremlin no parece muy propenso a decantarse por el golpe de Estado; sabe que puede recurrir a otras estratagemas.   

Si bien para los politólogos occidentales el problema clave de Chișinău estriba en la presencia del ejército ruso en el enclave secesionista de Transnistria, para el establishment moldavo el principal quebradero de cabeza se llama Gagauzia, la región autónoma cuya población de origen túrquico – unos 160.000 habitantes – suele beber de las fuentes de Moscú. De hecho, ya en 1991, tras el primer intento de golpe de Estado prorruso, los diputados gagaúzos se pronunciaron a favor de la permanencia de su región en la antigua Unión Soviética. La situación no ha variado desde entonces. La mayoría de los bashkan (gobernadores) de Gagauzia fueron partidarios de estrechar las relaciones con Moscú. En la última consulta popular, celebrada en la primera quincena de mayo, se alzó con la victoria la candidata del prorruso partido Shor, Evghenia Gutul. Se trata de una vieja conocida de las autoridades moldavas, muy reacias en entablar el diálogo con la minoría gagauza.

La nueva gobernadora ha abogado por mejorar los contactos con Moscú, contemplando incluso la apertura de una oficina de representación diplomática de Gagauzia en Moscú. Al día siguiente a la celebración de la consulta popular, la policía moldava irrumpió en la sede de la Comisión Electoral Central de la autonomía, tratando de incautar las papeletas destinadas a validar los resultados de las elecciones.

Las autoridades de Chișinău no quieren reconocer la victoria de la señora Gutsul, señalan los miembros de la Comisión Electoral, recordando que la Asamblea Popular (Parlamento) de Gagauzia ratificó la victoria de la representante del partido Shor. Los gagaúzos acusan al Gobierno de la República Moldova de intimidaciones e interferencia en el funcionamiento del sistema electoral.

Pero hay más: en los confines de Gagauzia se halla el no menos conflictivo distrito de Taraclia, hogar de la minoría búlgara de Moldova, donde se hallan numerosas instituciones culturales y educativas. El búlgaro es también uno de los idiomas de instrucción en la Universidad Estatal de Taraclia.

Semiindependiente del gobierno central de Moldova, la administración regional del distrito mantiene relaciones especiales con Rusia. En efecto, al igual de Gagauzia, Taraclia se considera un bastión de los partidos pro moscovitas. Debido al descontento con las políticas del gobierno central Chișinău, las tendencias separatistas se han intensificado en los últimos años.

Transnistria, Gagauzia, Taraclia. Sólo tres de los numerosos quebraderos de cabeza de Maia Sandu a la hora de contemplar la ansiada adhesión a la Unión Europea; a la hora de querer librarse de las garras del Kremlin. 

jueves, 18 de mayo de 2023

¿Hacia una autonomía estratégica global?

 

A Emmanuel Macron no se le puede echar en cara su… falta de sinceridad. Macron, ¿hipócrita? No, en absoluto. Pero lo cierto es que a veces sus verdades pueden resultar molestas para sus pares, los hombres y mujeres que dirigen los destinos del Planeta.  

El presidente galo afirmó recientemente que la victoria de Kiev en el conflicto con Moscú ha de ser el objetivo prioritario de las democracias occidentales, pero que los europeos tienen que idear una relación sostenible con Rusia. Si bien sus aliados comunitarios aplaudieron la primera parte del discurso – la victoria de Ucrania – consideraron que sería prematuro contemplar un hipotético restablecimiento de relaciones normales con el Kremlin.

Pero hay más; cuando Macron manifestó que el desequilibrio de fuerzas creado por la intervención rusa en Ucrania convierte a Moscú en un mero vasallo de China, logró abrir la caja de los truenos del Kremlin. El portavoz de Vladimir Putin le recordó al inquilino del Eliseo que las relaciones entre Rusia y China están basadas en el respeto mutuo y la cooperación fraternal, conceptos – según él – casi inexistentes en el vocabulario de la clase política occidental.  

Por ende, cuando el primer mandatario francés se erigió en defensor de la autonomía estratégica del Viejo Continente, el secretario general de la OTAN se apresuró en recordarle la irremplazable importancia del paraguas nuclear estadounidense. Menos diplomática resultó ser la reacción de Donald Trump al enterarse, durante la cumbre de la Alianza celebrada en 2017 en Varsovia, del extravagante neologismo de Macron. La respuesta del entonces presidente norteamericano fue contundente: ¿Autonomía? Pague su cuota a la OTAN y procure incrementar su contribución.

Con el paso del tiempo, el concepto de autonomía estratégica adquirió un nuevo significado. Tras la invasión de Ucrania, la imposición de sanciones contra Moscú, los desequilibrios económicos y monetarios generados por la alteración de las reglas aplicables a los intercambios comerciales, muchos Gobiernos tratan de hallar otras vías para el desarrollo armónico de las relaciones internacionales. Rusia y China abogan en pro del surgimiento de un mundo multipolar, que acabe con el papel hegemónico de los Estados Unidos. Se suman a este proyecto los mayores productores de petróleo – Araba Saudita e Irán – así como algunas potencias regionales emergentes que pertenecen al llamado Sur Global. El objetivo de estos países es de crear nuevas estructuras para el desarrollo de una intensa cooperación política y económica a través de plataformas globales y regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) o la Organización de Cooperación de Shanghái. (OCS).

Una de las prioridades de Moscú y Pekín es la desdolarización de los intercambios comerciales y la paulatina sustitución de la divisa estadounidense por un sistema de pagos basado en la utilización de monedas nacionales o la creación de una nueva unidad monetaria común.

La esencia de este concepto (autonomía estratégica) es que una nación mantenga sólidas relaciones de alianza y, al mismo tiempo, cultive la capacidad de pensar de manera independiente y actuar en función de sus propios valores e intereses, señala el catedrático y economista Kerem Alkin, que ostenta en cargo de representante de Turquía ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Señala el profesor estambulí, partidario de nuevas posibles alternativas para la integración de su país en un amplio concierto internacional, que el concepto de autonomía estratégica no se limita a los países del Sur, ya que también está siendo debatido entre los miembros de la Unión Europea y… la Alianza Atlántica.

En un mundo donde el equilibrio político-económico se está desplazando del Atlántico a Asia-Pacífico, las naciones líderes están experimentando diferencias significativas, ideas contradictorias e intereses en conflicto con sus supuestos socios y aliados de los últimos 22 años, sostiene el representante de Ankara en la OCDE. 

Si bien en las décadas posteriores a la Guerra Fría, la mayoría de las economías de los países industrializados abrazaron el concepto de autonomía estratégica y la indispensabilidad de convertirse en naciones autosuficientes en materia de defensa, energía, agricultura. alimentación, salud, tecnología digital y logística, la cuestión que destaca actualmente es la escasa confianza en el sistema multilateral, la equidad e imparcialidad de los organismos internacionales o la transparencia de las decisiones tomadas por dichas organizaciones.

Apostar por el multilateralismo. ¿Acaso ello significa que Turquía está dispuesta a abandonar su viejo sueño europeo para acercarse progresivamente al perverso eje Pekín-Moscú? Lo cierto es que, en los últimos meses, el presidente Recep Tayyip Erdogan no disimuló su interés por concertar un posible ingreso de Ankara en este Club de los Emergentes.

El porvenir nos los dirá.


sábado, 13 de mayo de 2023

Después de Erdogan, ¿qué?

 

No nos vamos a dedicar, estimado lector, a analizar la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones turcas ni a hacer una evaluación científica del incremento del precio de la cebolla en la cesta de compra de los pobladores de Anatolia. Cierto es que muchos analistas vinculan estas cuestiones con los resultados de la consulta popular que se celebra este fin de semana en Turquía, díscolo aliado de la Alianza Atlántica y eterno candidato al ingreso en la Unión Europea, cuya admisión ha sido pospuesta en reiteradas ocasiones tanto por las carencias en la aplicación de una normativa pro derechos humanos equiparable a la europea, como - y ante todo – por tratarse de un país musulmán que inundó los mercados comunitarios con productos muy competitivos. Amenaza cultural, pues, para la Europa cristiana; fuerte competidor comercial de las economías del Viejo Continente.

Tampoco vamos a dedicar mucho espacio al fenómeno de la emigración turca, pujante en Alemania y Francia, las dos locomotoras económicas de la Unión Europea. Los hijos de Anatolia llegaron aquí para quedarse, integrándose en las estructuras sociales de los países de inmigración. Alemania es, sin duda, el mejor ejemplo de este mestizaje intercultural. ¿Un ejemplo para el porvenir interracial de Europa? Los franceses lo dudan; la palabra otomano sigue ateniendo connotaciones incómodas.

Pero, volvamos a Anatolia, donde se celebran unas elecciones presidenciales y generales que podrían acabar con los 20 años de gobierno de Recep Tayyip Erdogan. Este es, al menos, el deseo (y la esperanza) de la oposición liderada por Kemal Kiliçdaroglu, que aglutina a cinco agrupaciones políticas de distinto corte.    

Resulta difícil pasar por alto los paralelismos entre las elecciones de 2002, cuando el partido de Erdogan se alzó con la victoria, y las de 2023. En las primeras, el electorado se enfrentó a una inflación vertiginosa, políticas económicas dañinas y un coste de vida en aumento. En aquel entonces, una sociedad cansada de los viejos políticos reclamó un gobierno que pudiera centrarse en la economía, una mayor democracia y más libertades.

Em 2023, con la inflación en espiral y un coste de vida galopante, medidas económicas poco ortodoxas, claramente impulsadas por una política a corto plazo en lugar de un crecimiento a largo plazo, demandas de más democracia y libertades, exigen a los votantes hartos de polémicas y guerras culturales (religiosas) buscar un nuevo momento que pueda unir, sanar y garantizar mejores condiciones económicas para el conjunto de la sociedad.

El kemalista Kemal Kilicdaroglu, dirigente del Partido Republicano del Pueblo, aboga por el regreso a un sistema parlamentario fuerte, amnistía para los opositores y presos políticos, al multipartidismo democrático.  Asimismo, promete un regreso a políticas fiscales convencionales, un banco central independiente y un paquete de medidas destinadas a reducir la inflación.

 

La victoria de Erdogan supondría, según los analistas, la consolidación a largo plazo de un gobierno de partido único, lo que hará que Turquía esté mucho más cerca del modelo chino que de cualquier otro referente del mundo islámico. 

 

La situación actual de la economía turca es poco boyante. En los últimos 18 meses, la inflación ha pasado del 20% a más del 80%, aunque se estima que la tasa real podría superar el 100%. La depreciación de la lira turca y el repunte de la inflación han provocado un gran descontento popular.

 

Consciente del descenso de su popularidad, Erdogan anunció, una semana antes de la celebración de los comicios, una subida salarial del 45% para 700.000 funcionarios públicos. Actualmente, el salario mínimo mensual de los funcionarios asciende a 15.000 liras turcas (768 dólares). También está previsto un incremento del 10% para las víctimas del terrorismo o los empleados de larga duración.

 

Aunque la mala respuesta gubernamental de los catastróficos terremotos del sudeste de Turquía podría jugar contra el candidato-presidente, cabe suponer que la población de estas regiones, en su gran mayoría, religiosa y muy conservadora, seguirá apoyando al candidato Erdogan. No es este el caso de los jóvenes que votarán por primera vez – alrededor de 6 millones, es decir, un 7% ciento del electorado - que censuran las políticas restrictivas de Erdogan.

Una victoria de la oposición tendría un enorme impacto en Occidente. La Unión Europea debería responder reactivando el programa de liberalización de visados, mejorando el acceso de Turquía al mercado único y cooperando más estrechamente en materia de política exterior.

Otro asunto pendiente sería la renegociación del acuerdo migratorio con la Unión, aunque las peticiones del nuevo gobierno a Bruselas solo quedarían claras después de las elecciones.

La nueva administración turca mantendría la política equidistante de Erdogan en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Seguiría suministrando drones a Kiev, pero no se uniría a las sanciones contra Moscú, ya que depende demasiado de Rusia para la realización de sus proyectos energéticos y el mercado turístico.

Estados Unidos continuará cooperando con Turquía profundizando las relaciones con el gobierno que elija el pueblo turco. Turquía es un aliado importante de la OTAN y desempeña un papel clave importante en muchos asuntos que preocupan a Estados Unidos, señala el portavoz del Departamento de Estado, recordando la participación activa de Ankara en la implementación de la Iniciativa de Granos del Mar Negro.

El Gobierno de Ankara, no ha disimulado su descontento con el aparente favoritismo de Washington por la oposición en este período preelectoral. De hecho, el embajador de los Estados Unidos en Turquía, Jeffry Flake, se reunió a finales de marzo con Kemal Kılıçdaroğlu, el candidato de la oposición, provocando la ira de Erdogan.

Sabido es que el Partido para la Justicia y el Desarrollo (Partido AK) de Erdoğan adopta una postura internacional que no es totalmente pro-occidental ni apoya firmemente a otras potencias atlantistas; el sentimiento antiestadounidense se hizo más visible en la opinión pública después de los comentarios de Joe Biden, quien, en una entrevista de 2020, dejó muy claro el apoyo de Estados Unidos a la oposición, provocando en rechazo de la clase política, que interpretó las palabras del inquilino de la Casa Blanca como una injerencia directa en los asuntos internos del país.

Subsisten, pues, los interrogantes: ¿Erdogan o Kılıçdaroğlu? ¿Continuismo o cambio? El autor de estas líneas recuerda que, allá por los años 60, el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, publicó en el exilio un libro – poco conocido en España – titulado Después de Franco, ¿qué? En el caso del libro de Carrillo, hubo dos respuestas, que reflejaban la polarización de la sociedad española: Después de Franco, la democracia, decían algunos. Después de Franco, otro Franco, respondía el bunker.

Pues bien, y después de Erdogan, ¿qué?